Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 62 de 106

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Marea oscura

Capítulo 62

62

Un día después, Hauck y Karen acordaron encontrarse. Se decidieron por el Arcadia Coffee House, situado en una calle tranquila de la ciudad, no muy lejos. Él ya estaba sentado a una mesa cuando ella llegó. Le saludó con la mano, fue a la barra y pidió un café con leche. Luego se reunió con él junto al ventanal de atrás.

—¿Cómo va el costado?

Él levantó el brazo.

—Ni daño, ni infección. Hiciste un buen trabajo.

Ella sonrió por el cumplido, pero al mismo tiempo le miró con aire de reprobación.

—De todos modos, deberías dejar que alguien le echara un vistazo, Ty.

—He conseguido algunas cosas —contestó Hauck para cambiar de tema. Empujó hacia ella una copia de la lista de suscriptores de Mustang World. Karen pasó un par de páginas y bufó, abrumada por el número.

—Pude reducirla. Creo que lo mejor es dar por sentado que Charles está fuera del país. Si tiene fondos guardados en el Caribe, en algún momento tuvo que ponerse en contacto con esos bancos. Hay sesenta y cinco nombres nuevos sólo en Florida, y otros sesenta y ocho internacionales. Treinta son de Canadá, cuatro de Europa, dos de Asia, cuatro de Sudamérica, así que olvidémoslos. Veintiocho estaban en México, el Caribe o Centroamérica.

Hauck los había subrayado con un rotulador amarillo.

Karen rodeó la taza con las manos.

—De acuerdo.

—Tengo un amigo que es investigador privado. Fui a verle por la información que te enseñé relacionada con la empresa de Charles en Tórtola. Eliminamos cuatro nombres al instante. Hispanos.

Seis más eran comerciales, concesionarios de automóviles o suministradores de piezas. Le pedí que hiciera una rápida investigación financiera del resto.

—¿Y qué encontraste?

—Eliminamos seis más por asuntos como la prolongación de la estancia en su residencia y material que podíamos extraer de tarjetas de crédito. Cinco más constaban como casados, de manera que, a menos que Charles haya estado muy ocupado durante el último año, creo que también podemos borrarlos.

Karen asintió y sonrió.

—Quedan once.

Los había subrayado página por página. Robert Hopewell, que vivía en Shady Lane, en las Bahamas. Un tal F. March, en Costa Rica. Karen se detuvo. Ella, Charles Paula y Rick habían estado una vez allí. Un tal Dennis Camp, que vivía en Caracas, Venezuela. Un tal Steve Hanson, con un apartado de correos en Saint Kitts. Alan O’Shea, de Honduras.

Cinco más.

—¿Te suena alguno de esos nombres? —preguntó Hauck.

Karen repasó toda la lista y negó con la cabeza.

—No.

—De algunos también consta el número de teléfono, pero no creo que alguien empeñado en hacerse invisible vaya dejando constancia por ahí de su teléfono. La mayoría sólo da un apartado de correos.

—¿Podemos asumir que Charlie está entre ellos?

—Sí. —Hauck asintió con un suspiro—. La única ventaja con la que contamos es que él ignora que existen motivos para que alguien suponga que está vivo. —La miró —. Pero tengo un par más de posibilidades, antes de que tengas que hacer alguna llamada.

—Espera. Tengo que decirte algo.

Karen asintió, nerviosa, y se masajeó la frente.

—¿Qué pasa?

—Quiero enseñarte algo, Ty.

Introdujo la mano en el bolso.

—Encontré un par de cosas la semana pasada, enterradas en el cajón del escritorio de Charles, cuando me pediste que registrara sus pertenencias. Tendría que habértelas enseñado entonces, pero eran antiguas y me asustaron. No sabía qué hacer. Son de antes del atentado.

—Déjame ver.

Karen las sacó del bolso. Una era una pequeña tarjeta, todavía dentro de su diminuto sobre, dirigida a Charles. Hauck la abrió. Era una de esas tarjetas que se envían junto con un ramo de flores.

Siento lo del chucho, Charles. ¿Podrían ser tus chicos los siguientes?

Miró a Karen.

—No estoy seguro de entenderlo.

—Antes de morir… —Karen se humedeció los labios—, de marcharse, teníamos otro perro. Sasha. La atropelló un coche, justo en nuestra calle. Delante de nuestra casa. Fue horrible. Charlie fue quien la encontró. Un par de semanas antes del atentado…

Hauck volvió a mirar la nota. Le estaban amenazando.

—Y esto…

Karen sacó otra cosa. Se masajeó la frente con mirada tensa.

Era una felicitación de Navidad. Con una foto de la familia. Tiempos más felices. De los Friedman. Charlie, con chaleco azul de lana y camisa de punto, el brazo alrededor de Karen, que llevaba una cazadora y tejanos, sentados en la valla de algún lugar en el campo. Tenía los ojos brillantes y parecía orgullosa. Hermosa. Os deseamos lo mejor para el año que viene…

Hauck se encogió, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

Los rostros de Alex y Samantha habían desaparecido. Recortados.

La miró.

—Alguien estaba amenazando a Charles, Ty. Hace un año. Antes de que se marchara. Mi marido guardaba estas cosas escondidas. No sé qué hizo, pero sé que está relacionado con la gente de Archer y todo ese dinero en el extranjero.

Alguien le estaba amenazando, pensó Hauck, al tiempo que ponía una tarjeta sobre la otra y se las devolvía a Karen.

—Ayer recibí esto.

Introdujo la mano en el bolso y extrajo algo más, un sobre grande gris.

—En el buzón.

Sus ojos expresaban preocupación. Hauck abrió el sobre y sacó un folleto. Tufts. El lugar al que Sam iría en otoño, recordó.

Había algo escrito en él. La misma letra inclinada hacia adelante de la otra nota.

Aún nos debes algunas respuestas, Karen. Nadie se ha marchado.

Seguimos aquí.

—Están amenazando a mis hijos, Ty. No puedo permitir que eso ocurra.

Hauck apoyó una mano sobre la de ella.

—No. No lo permitiremos.