Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 79 de 106

Páginas del PDF

Marea oscura

Cuarta parte

79

El Cessna de Island Air con capacidad para doce pasajeros aterrizó en la pista de la isla, una estrecha franja de tierra en mitad del Caribe turquesa. El pequeño avión se detuvo en la terminal, poco más que una cabaña prefabricada con una torre y un indicador de vientos.

Hauck guiñó un ojo a Karen, sentada al otro lado del pasillo.

—¿Preparada?

Dos maleteros en camiseta y pantalones cortos salieron corriendo en cuanto las hélices se detuvieron.

El joven piloto con gafas de sol envolventes ayudó a los pasajeros a bajar a la pista.

—Bonito vuelo —comentó Hauck.

—Bienvenido al paraíso —sonrió el piloto.

Habían tomado el avión de la mañana a San Juan en el JFK. En Tórtola transbordaron al aparato de American Eagle, y después volaron en el Cessna hasta Saint Hubert. Karen había guardado silencio durante la mayor parte del viaje. Durmió, manoseó un libro de bolsillo que había llevado. Angustiada. Para Hauck, no habría podido estar más guapa, con su ceñida blusa sin mangas marrón y los pantalones piratas blancos, un colgante de ónice alrededor del cuello y las gafas de sol de carey sobre la cabeza.

La ayudó a bajar la escalera y se puso las gafas de sol. Con independencia del motivo de su viaje, aquél era un lugar hermoso. El sol deslumbraba. Un viento fresco procedente del mar les acarició.

—¿Friedman? ¿Hauck?

Un representante del complejo turístico, vestido con camisa blanca provista de charreteras y que sujetaba una tablilla, les llamó.

Hauck le saludó con un gesto de la mano.

—Bienvenidos a Saint Hubert. —El joven negro sonrió cordialmente—. Les acompañaré al complejo.

Cargaron las maletas en el Land Cruiser del hotel. La isla parecía poco más que una ancha franja de arena y vegetación en mitad del mar. Unos cuantos kilómetros de un extremo a otro. Había una pequeña montaña que partía en dos el paradisiaco lugar, algunos puestos de comida improvisados, nativos que vendían fruta y ron casero, algunas cabras. Un par de letreros chillones anunciaban un servicio de alquiler de coches y cerveza Caribe.

El trayecto hasta el hotel duró poco más de quince minutos de traqueteos por una carretera irregular. No tardaron en entrar en el complejo turístico de Saint Hubert.

El lugar era hermoso, de exuberante vegetación y palmeras altas. Hauck tardó dos segundos en comprender que no era el tipo de sitio que podía permitirse. Una semana aquí debía costar más que su paga de un mes. En el mostrador de recepción al aire libre situado bajo un techo de paja, Karen pidió las dos habitaciones contiguas que había reservado en el hotel del complejo. Ya lo habían hablado. Hauck aceptó. No estaban de vacaciones. Era importante recordar para qué habían venido.

—¿Algún mensaje? —preguntó Karen mientras se registraban.

La bonita empleada de recepción miró el ordenador.

—Ninguno, señora Friedman, lo siento.

Un botones les condujo a sus habitaciones, espléndidamente decoradas, con una gran cama de dosel y caros muebles de junco. Un amplio cuarto de baño de mármol con una gran bañera. Fuera, las palmeras se elevaban hasta la terraza, que dominaba la perfecta playa de arena blanca.

Se encontraron en las terrazas contiguas y contemplaron el mar. La playa estaba sembrada de algunas cabañas, y había un espléndido yate de nueve metros de eslora amarrado en el muelle.

—Es bonito —dijo él, mientras paseaba la vista a su alrededor.

—Sí —admitió Karen al tiempo que inhalaba la brisa del mar—. Lo es.

—Sería absurdo quedarnos sentados a esperar su llamada. —Hauck se encogió de hombros—. ¿Vamos a nadar?

—¿Por qué no? —sonrió ella—. Vamos.

Poco rato después, Karen bajó con un elegante traje de baño color bronce y un pareo. Iba con el pelo recogido. Hauck llevaba un bañador de «diseño» del Colby College.

El agua estaba tibia y espumosa. Diminutas olas blancas lamieron sus pies. No había casi nadie en la playa. Era junio, y el complejo de ocio no parecía muy concurrido. Había un pequeño arrecife a unos doscientos metros de distancia, con un puñado de personas que tomaban el sol. Una pareja joven estaba jugando a paddle. El mar estaba tan calmo como un espejo.

—Dios, es maravilloso —suspiró Karen cuando entró en el agua; tuvo la sensación de estar en el paraíso.

—Ya lo creo —coreó Hauck, y se zambulló. Cuando emergió, señaló con el dedo —. ¿Quieres nadar hasta aquel arrecife?

—¿Nadar? ¿Quieres competir? —sonrió Karen.

—¿Me reta a mí? ¿Sabe con quién está hablando, señora? —rió Hauck—. Todavía soy el tercer mejor nadador del equipo de natación de Greenwich High de todos los tiempos.

—Oh, ya tiemblo. —Ella puso los ojos en blanco, indiferente—. Cuidado con los tiburones.

Se zambulló con elegancia delante de él. Hauck le concedió una ventaja de dos brazadas y salió tras ella. Nadó con vigor, mientras pequeñas olas se estrellaban contra él. Karen hendía las olas sin esfuerzo aparente. Él no la alcanzaba. Por más que se esforzaba, daba la impresión de que no reducía distancias. Una o dos veces intentó agarrarle las piernas. Tardó unos tres minutos. Karen le ganó. Ya estaba esperando en el arrecife cuando él subió jadeante.

—Me has vencido.

Ella le guiñó un ojo.

—Campeona de cien metros libres de la AAU de Atlanta para menores de doce años. —Se sacudió el agua del pelo—. ¿Qué demonios te ha retrasado tanto?

—Me topé con un tiburón —resopló Hauck, y le sonrió con timidez.

Karen se tendió sobre la arena fina. Él se sentó con los brazos alrededor de las rodillas, mientras contemplaba los techos de paja y las palmeras oscilantes de la hermosa isla tropical.

—¿Qué más haces bien? —preguntó, fingiendo abatimiento—. Sólo para saberlo.

—Chile con carne. Tenis. Donaciones generosas. —Sonrió—. En mis buenos tiempos, era famosa por mi capacidad para recaudar unos cuantos pavos. ¿Y tú?

—Despejar la zona de defensa de hockey. Bajar gatos de los árboles. Comer donuts —contestó Hauck—. Deprimirme de vez en cuando.

—Pintas —dijo Karen para animarle.

—Ya lo viste.

—Es verdad. —Le empujó con el pie, juguetona—. ¡Podría decirse así!

Hauck contempló las gotas de agua que se estaban secando sobre su piel mojada.

—¿Qué pasará? —preguntó Karen en un tono sugerente de que había cambiado de tema—. Después.

—¿Después?

—Después de que vea a Charles. ¿Qué será de él, Ty? Todo eso que ha hecho…

—No lo sé. —Hauck exhaló aire. Se protegió los ojos del sol—. Tal vez puedas convencerle de que se entregue. Si nosotros le hemos encontrado, alguien más podría hacerlo. No puede huir eternamente.

—Quieres decir que irá a la cárcel, ¿verdad?

Él se encogió de hombros.

—No creo que eso llegue a ocurrir. No me lo imagino, Ty.

Hauck tiró una piedra al agua.

—Primero, oigamos lo que tiene que decir.

Ella asintió. Se miraron unos segundos, sin querer verbalizar su miedo a un futuro desconocido. Después Karen volvió a empujarle con el pie, sonriente.

—De manera que… Mmm, ¿doble o nada cuando volvamos?

—Ni por asomo. Deberías saber que no me tomo muy bien la derrota.

—¡Tu derrota! —gorjeó Karen con una sonrisa de complicidad, y le miró antes de lanzarse de nuevo a las olas.

Él saltó tras ella.

—¡Por otra parte, tampoco llevo muy bien que me dejen en ridículo!

Más tarde, se encontraron para cenar. La terraza que dominaba la ensenada estaba medio llena. Unas cuantas parejas en luna de miel y un par de familias europeas.

Hauck pidió un plato de pescado de la zona. Ella se decantó por la langosta. Él insistió en pagar y pidió una botella de Meursault. Karen, que ya estaba un poco bronceada, se había puesto un vestido de encaje negro. Hauck conocía las reglas básicas, pero apenas podía apartar su mirada de ella.

Después regresaron juntos por el sendero hasta el mostrador de recepción. Ella consultó su BlackBerry, decepcionada. Luego preguntó en recepción si tenía mensajes.

Nada.

—Ha sido un bonito día —dijo Hauck.

Karen sonrió con dulzura.

—Sí.

Ya arriba, él la acompañó hasta su puerta. Se produjo un momento incómodo, cuando ella se inclinó hacia él y le dio un beso en la mejilla.

Le sonrió de nuevo, con un brillo malicioso en los ojos, mientras movía un dedo de un lado a otro y cerraba la puerta. Pero Hauck leyó preocupación en sus ojos.

Seguían sin saber nada de Charles.