Marea oscura
Capítulo 29
29
La oficina de Saul Lennick estaba cerca, en el piso cuarenta y dos de una de esas altas torres de oficinas acristaladas de la Cuarenta y siete con Park.
Karen se fue hacia allí a toda prisa, sin ni siquiera llamar, rezando para encontrarle.
Su secretaria, Maureen, salió y advirtió al instante la agitación y los nervios en la cara de Karen.
—¿Le apetece algo, señora Friedman? —preguntó solícita—. ¿Un vaso de agua?
Karen negó con la cabeza.
—Venga conmigo, por favor. El señor Lennick no está ocupado en este momento. La recibirá enseguida.
—Gracias.
Karen exhaló un suspiro de alivio. ¡Gracias a Dios!
La oficina de Saul Lennick era grande, de aspecto impresionante, decorada con una colección de máscaras africanas y objetos funerarios balineses, con una panorámica de los edificios más altos de Manhattan recortados en el horizonte y, hacia el norte, Central Park.
Acababa de colgar el teléfono, y se levantó con aire preocupado cuando Maureen entró con Karen.
—¿Karen?
—Algo está pasando, Saul. No sé qué es. Pero Charlie ha hecho algo… en sus negocios.
—¿Cómo? —inquirió Lennick. Colocó una silla para ella delante de su escritorio, y después volvió a sentarse.
Karen estaba a punto de soltar todo lo que sabía y había descubierto, empezando con el rostro de Charlie en el documental. ¡Estaba vivo!
Pero consiguió contenerse en el último segundo, preocupada por si Saul pensaba que estaba hablando con una lunática, y decidió que sólo le hablaría de lo que había visto hoy.
—Encontré algo, Saul. Algo que Charlie escribió antes de morir. No sé ni cómo empezar a explicarlo, pero sé que encaja con todas esas cosas demenciales que han estado ocurriendo. La gente de Archer. Samantha. No sabía qué hacer al respecto, Saul.
—¿Con qué?
Karen, muy agitada, le habló del descubrimiento de la caja de seguridad. El dinero y los bonos. El pasaporte. La fotografía de Charlie al lado del nombre falso.
—Al principio pensé que se trataba de otra mujer, pero no era otra mujer. Es peor. Fíjate en mí, estoy hecha un lío. —Respiró hondo—. Charlie ha hecho algo. No sé qué. Era mi marido, Saul. Y estoy asustada. Creo que aquellos hombres volverán. Hay gente que nos persigue, y de repente encuentro una caja llena de dinero y una falsa identidad. No voy a poner en peligro a mis hijos, Saul. ¿Por qué Charlie me ocultó estas cosas? Sé que tú sabes algo. ¿Qué está pasando? Has de decírmelo. ¿Qué es?
Lennick se meció en su silla giratoria. Detrás de él, los edificios de Nueva York se desplegaban a lo largo de la línea del horizonte como una foto panorámica gigantesca.
Exhaló aire.
—De acuerdo, Karen. Esperaba que jamás tendría que hablar de esto. Que se hubiera arreglado.
—¿Qué, Saul? ¿Qué tendría que haberse arreglado?
Se inclinó hacia adelante.
—¿Alguna vez te habló Charlie de alguien llamado Coombs? ¿Ian Coombs?
—¿Coombs? —Karen sacudió la cabeza—. Creo que no. No me acuerdo.
—¿Y de un grupo inversor llamado Baltic Securities? ¿Te habló alguna vez de ellos?
—¿Por qué me preguntas esto, Saul? Yo no me metía en los negocios de mi marido. Lo sabes mejor que nadie.
—Lo sé, Karen, es que…
—¿Es que qué, Saul? Charlie no está aquí. De pronto, todo el mundo se pone a insinuar cosas sobre él. ¿Qué hizo mi marido?
Lennick se levantó, vestido con un traje de raya diplomática azul marino, y gemelos de oro en los puños de la camisa. Rodeó el escritorio y se sentó en una esquina del mueble.
—Karen, ¿por casualidad te habló Charlie de otras cuentas que estuviera gestionando?
—¿Otras cuentas?
Lennick asintió.
—Al margen de Harbor. En el extranjero, quizá, las Bahamas o las Caimán. Cosas
que la SEC[5] o las leyes financieras estadounidenses no controlan.
Su mirada era seria y calculadora.
—Me estás asustando un poco, Saul. Charlie era un tipo legal. No ocultaba nada a nadie. Y mucho menos a ti.
—Lo sé, Karen. Y no habría hablado de ello. Pero…
Ella le miró fijamente.
—¿Pero…?
—Pero has descubierto lo que has descubierto. El dinero, el pasaporte. En conjunto, a mí no me parece tan legal.
Karen se sobresaltó. Sus pensamientos volaron hacia aquella cara en la pantalla. Su vida en común, lo habían compartido todo. Los chicos, las finanzas domésticas. Cuando se enfadaban mutuamente. Incluso los problemas de los perros. Así hacían las cosas. Era una cuestión de confianza. Ahora, en la boca del estómago, Karen sintió dudas. Escalofriantes. Acerca de Charlie. Una sensación que jamás había experimentado.
—¿De quién es ese dinero, Saul?
El hombre no contestó. Se limitó a apretar los labios y a echarse hacia atrás su ralo pelo gris.
—¿De quién es el dinero?
Karen le miró fijamente.
El protector de su marido exhaló un suspiro. Sus dedos tamborilearon sobre su escritorio de nogal como un canto fúnebre.
Se encogió de hombros.
—Ése es el problema, Karen. Nadie lo sabe con seguridad.