Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 76 de 106

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Marea oscura

Capítulo 76

76

Transcurrió otro día, mientras Karen aguardaba las instrucciones de Charlie. Esta vez no se sentía nerviosa ni asustada. Tampoco se sorprendió cuando las recibió.

Sólo aliviada.

Ve al Saint James’s Club de Saint Hubert, en las Islas Vírgenes.

Karen conocía el lugar. Habían navegado por la zona un par de veces. Era un hermoso local en una ensenada en forma de herradura, un puñado de casitas con techo de paja en la playa. Un lugar remoto.

Charles añadía:

Pronto. Días, no semanas, Karen. Me pondré en contacto contigo allí.

A ella se le ocurrieron muchas cosas que decirle, pero lo único que escribió fue:

Allí estaré.

 

Ronald Torbor no sabía qué hacer. Aquella mañana había alzado los ojos y visto a Steve Hanson, el norteamericano, de pie ante su escritorio.

Venía a cerrar sus cuentas.

El director del banco intentó disimular su sorpresa. Desde que los dos norteamericanos habían ido a su casa, había rezado para no volver a ver a aquel hombre. Pero aquí estaba. Hablaron de negocios todo el rato, mientras el corazón de Ronald martilleaba en su pecho. En cuanto el hombre se marchó, corrió al cuarto de baño de la oficina. Se mojó la cara con agua fría.

¿Qué debía hacer?

Sabía que estaba mal hacer lo que aquellos hombres le habían pedido. Sabía que violaba todos los juramentos de su profesión. Que le despedirían si alguien se enteraba. Perdería todo aquello por lo que había trabajado durante años.

Además, le caía bien el señor Steven Hanson. Siempre era jovial y educado. Siempre tenía algo bueno que decir sobre Ezra, cuya foto estaba encima de la mesa de Ronald, y a quien Hanson había visto en una ocasión en que Ezra y Edith le habían ido a ver al banco.

Pero ¿qué alternativa le quedaba?

Lo hacía por su hijo.

El hombre del bigote había prometido que, si alguna vez descubría que Ronald le engañaba, volverían. Y si habían seguido el rastro de Hanson hasta aquí, podrían seguirlo adónde fuera. Y si descubrían que había transferido sus cuentas, sería peor para ellos. Para Edith y Ezra.

Muchísimo peor.

Ronald comprendió que se jugaba algo más que su trabajo. Su familia. Habían amenazado con matar a Ezra. Y él había jurado que nunca más volvería a ver aquella mirada de miedo en los ojos de su esposa.

Compréndalo, por favor, señor Hanson. ¿Qué otra alternativa me queda?

Había una cabina telefónica al otro lado de la plaza en la que se encontraba el banco. Al lado de un banco, con un cartel electoral encima, una foto del ministro de Nevis acusado de corrupción, sobre el lema ES HORA DE QUE SE VAYAN.

Introdujo una tarjeta prepago en la ranura y marcó el número internacional que le habían facilitado. No olvides ponerte en contacto con nosotros, Ronald, había dicho el hombre del bigote antes de marcharse, mientras palmeaba la cabeza de Ezra.

—Guapo chico. —Le guiñó un ojo—. Estoy seguro de que le aguarda un gran futuro en la vida.

La llamada se estableció. Ronald tragó saliva, junto con su miedo.

—Hola —contestó una voz. Ronald reconoció el tono. Oírla de nuevo provocó que un escalofrío de vergüenza y asco recorriera su espina dorsal.

—Soy Ronald Torbor. De Nevis. Dijo que llamara.

—Ronald. Me alegro de oírte —contestó el hombre del bigote—. ¿Cómo está Ezra? ¿Todo bien?

—Le he visto —dijo Ronald sin contestar a su pregunta—. He visto al hombre que andan buscando. Estuvo aquí hoy.