Marea oscura
Capítulo 5
5
Al principio, Karen no perdió los estribos. No era su estilo. Se dijo una y otra vez que no debía perder la calma. Charlie podía estar en cualquier parte. En cualquier parte.
Ni siquiera sabes con seguridad si iba en ese tren.
Como unos cuantos años atrás, cuando Samantha tenía cuatro o cinco y pensaron que la habían extraviado en Bloomie’s. Y tras una búsqueda frenética y acongojante, volver sobre sus pasos, llamar al encargado y empezar a aceptar la realidad de que algo horrible había sucedido (¡esto no es una falsa alarma!), vieron a su pequeña Sammy, saludando a papá y mamá, pasando las páginas de uno de sus libros favoritos sobre una pila de alfombras orientales, tan inocente como si estuviera en el escenario del colegio.
Podía tratarse de una situación similar, se tranquilizó Karen. Mantén la calma, Karen. ¡Maldita sea, haz el favor de mantener la calma!
Volvió corriendo al estudio de yoga, localizó su bolso y buscó el teléfono. Con el corazón martilleando en su pecho, pulsó el número de Charlie en marcado rápido. Vamos, vamos… Sus dedos apenas la obedecían.
Mientras esperaba a que se efectuara la conexión, intentó repasar los movimientos de su marido de aquella mañana. Se había ido de casa alrededor de las siete. Ella estaba terminando de secarse el pelo. Diez minutos para llegar a la ciudad, diez minutos en el taller para dejar el coche, explicar lo que debían hacer. Serían las… ¿siete y veinte? Otros diez minutos más o menos para llegar a la estación. Las noticias afirmaban que la explosión se había producido a las 8.41. Tal vez había tomado un tren anterior. O había terminado alquilando un coche. Por un segundo, Karen se sintió más animada. Todo era posible… Charlie era el hombre más ingenioso que conocía.
El teléfono de su marido empezó a sonar. Karen vio que sus manos temblaban. Vamos, Charlie, contesta…
Decepcionada, oyó la voz grabada.
«Soy Charlie Friedman…».
—Soy yo, Charlie —soltó Karen—. Estoy muy preocupada por ti. Sé que tomaste el tren. Llámame en cuanto oigas este mensaje. Me da igual lo que estés haciendo, Charlie. Tú llama, car…
Apretó el botón de colgar, con una enorme sensación de impotencia.
Entonces, se dio cuenta… ¡Había un mensaje de voz en su teléfono! Con el corazón acelerado, fue a Llamadas Recibidas Recientes.
¡Era el número de Charlie! ¡Gracias a Dios! El corazón casi se le subió a la garganta a causa de la alegría.
Pulsó angustiada su código y apretó el aparato contra el oído. Oyó la voz familiar de su marido, y sonaba serena.
—Escucha, cariño, he pensado que, como voy a bajar en Grand Central, compraré uno de esos filetes marinados que tanto te gustan en Ottomanelli’s, camino de casa, y lo haremos a la plancha en lugar de salir… ¿Te parece bien? Dime algo. Estaré en el despacho a eso de las nueve. He de colgar. El taller parece un manicomio. Adiós.
Karen contempló la pantalla: 8.34. Estaba entrando en Grand Central cuando hizo la llamada. Todavía a bordo del tren. Empezó a sudar de nuevo. Echó un vistazo al monitor, a la capa de humo que se estaba formando sobre Grand Central, el caos y la confusión que se habían adueñado de la pantalla.
De pronto, lo supo en el fondo de su corazón. Ya no podía continuar negándolo.
Charlie iba en aquel tren.
Incapaz de controlarse, Karen tecleó el número del despacho de su marido. Vamos, vamos, repitió una y otra vez durante los agónicos segundos que tardó en conectarse la llamada. Por fin, Heather, la ayudante de Charlie, descolgó.
—Despacho de Charles Friedman.
—Heather, soy Karen. —Intentó controlarse—. ¿Mi marido ha llegado, por casualidad?
—Todavía no, señora Friedman. Me envió a primera hora un correo electrónico desde su BlackBerry, diciendo que había llevado el coche al taller. Estoy segura de que no tardará en llegar.
—¡Ya sé que iba a llevar el coche al taller, Heather! Por eso estoy preocupada. ¿Has visto las noticias? Dijo que iba a tomar el tren.
—¡Oh, Dios mío!
La ayudante lanzó una exclamación ahogada cuando la realidad se impuso. Claro que las había visto. Todo el mundo las había visto. Toda la oficina las estaba mirando en aquel mismo momento.
—Señora Friedman, voy a intentar localizarle por teléfono. Estoy segura de que reina el caos en los alrededores de Grand Central. Tal vez está de camino y los teléfonos no funcionan. Quizá tomó un tren posterior…
—¡He recibido una llamada de él, Heather! A las ocho y treinta y cuatro minutos. Dijo que estaban a punto de entrar en Grand Central… —Su voz temblaba—. ¡Fue a las ocho y treinta y cuatro, Heather! Iba en el tren. De lo contrario, ya habría llamado. Creo que iba en ese tren…
La mujer le rogó que conservara la calma y dijo que le enviaría un correo electrónico, que estaba segura de que pronto tendrían noticias de él. Karen asintió, pero cuando colgó el teléfono, su corazón latía acelerado y no tenía ni idea de qué debía hacer. Apretó el teléfono contra su pecho y luego marcó el número una vez más.
Vamos, Charlie… Charlie, por favor…
Ante Grand Central, el reportero estaba confirmando que había sido una bomba, como mínimo. Algunos supervivientes habían conseguido salir de la estación. Estaban congregados en la calle, aturdidos, los rostros manchados de sangre y ennegrecidos de hollín. Algunos murmuraban algo acerca de la vía 109, de que se habían producido al menos dos explosiones potentes y que ardía un voraz incendio, con montones de personas atrapadas todavía. Que algo había estallado en los dos primeros vagones.
Karen se quedó petrificada. Fue entonces cuando las lágrimas empezaron a rodar por fin por sus mejillas.
Allí se sentaba siempre Charlie. Era como un ritual. ¡Se instalaba siempre en el primer vagón!
Vamos, Charlie… Suplicó en silencio, mientras miraba la pantalla.
—Hay gente saliendo. Miren, les están entrevistando.
Karen volvió a teclear el número de su marido, y fue presa del pánico.
—¡Contesta el teléfono, Charlie!