Marea oscura
Capítulo 34
34
Sonó el timbre de la puerta. Tobey corrió ladrando hacia la puerta. Alex estaba en casa de un amigo, estudiando para un examen. Samantha estaba hablando por teléfono en el salón, con las piernas colgando sobre el respaldo del sofá. En la tele echaban Héroes.
—¿Puedes ir, mamá?
Karen acababa de lavar los platos en la cocina. Tiró el trapo y fue a abrir.
Cuando vio quién era, sonrió sorprendida.
—Hay un par de cosas que puedes hacer por mí —dijo el teniente, acurrucado con una chaqueta de nailon beige para defenderse de la lluvia.
—Mi hija está en casa —dijo Karen, al tiempo que miraba hacia el salón, pues no deseaba mezclarla. Cogió un impermeable del banco, se lo puso sobre los hombros y salió—. ¿Qué es?
—Registra los objetos personales de tu marido. Notas de su despacho. Cheques cancelados, recibos de tarjetas de crédito. Lo que encuentres. ¿Aún puedes acceder a su ordenador?
Karen asintió. Nunca había experimentado la necesidad de sacarlo de su estudio. Nunca había encontrado el momento.
—Creo que sí.
—Bien. Examina sus correos electrónicos antiguos, cualquier lugar al que haya viajado antes de desaparecer, facturas del teléfono. ¿Aún guardas los objetos relacionados con su trabajo?
—Tengo abajo una caja de cosas que me trajeron. No estoy segura de dónde acabó el ordenador de su oficina. ¿Qué debo buscar?
—Cualquier cosa que pueda ayudarnos a descubrir adónde pudo ir. Aunque no sea el lugar donde se encuentra ahora, podría ser un punto de partida. Algo que nos ayude a seguir adelante…
Karen se cubrió la cabeza para protegerse de la lluvia.
—Ha pasado más de un año.
—Sé que ha pasado un año, pero aún quedan registros. Ponte en contacto con su exsecretaria, o con la agencia de viajes que solía utilizar. Quizá le enviaron folletos o hizo reservas que nadie consideró importantes en aquel momento. Intenta pensar adónde pudo ir. Viviste con él durante dieciocho años.
—¿No cree que ya me he devanado bastante los sesos? —La lluvia aumentó de intensidad, Karen cruzó los brazos para protegerse del frío—. Volveré a mirar.
—Te ayudaré si es necesario —dijo Hauck— cuando vuelva.
—¿Cuándo vuelva? ¿De dónde?
—De Pensacola.
—¿Pensacola? —Karen le miró fijamente—. ¿Qué hay ahí? ¿Es por mí?
—Te informaré —dijo él con una sonrisa— en cuanto lo tenga claro. Entretanto, quiero que investigues todo cuanto puedas, Piensa. Tiene que haber alguna pista. Algo que se dejó. Me pondré en contacto contigo cuando vuelva.
—Gracias —dijo Karen. Apoyó la mano sobre su impermeable, mientras la lluvia resbalaba por su cara. Sus ojos se encendieron de repente.
Había pasado mucho tiempo desde que había sentido la presencia de alguien en su vida, y aquí tenía a este hombre, este hombre al que apenas conocía, que había entrado en su vida durante el caos posterior a la muerte de Charlie, y él la había visto, tan perdida como un barco a pique en las olas de una tormenta. Y ahora era la única persona a la que podía aferrarse en este mundo, el único asidero. Era extraño.
—Siento haberle arrastrado a esto, teniente. Estoy segura de que con su trabajo ya tiene bastante.
—Tú no me arrastraste a esto. —Hauck sacudió la cabeza—. En cualquier caso, no lo hago de manera oficial.
—¿Qué quiere decir?
—No querías hacerlo a la vista de todo el mundo, ¿verdad? No querías que me encargara de lo que descubriera. Nunca podría hacerlo de manera oficial.
Ella le miró confusa.
—No lo entiendo.
—Me he tomado unas semanas de vacaciones —dijo Hauck mientras la lluvia resbalaba por su cuello. Le guiñó un ojo—. No te preocupes. Tampoco sabía qué hacer con ese tiempo. Pero lo haré solo. Sin placa. Nadie más. —Una sonrisa se insinuó en sus ojos azules—. Espero que te parezca bien.
¿Le parecía bien? Karen no sabía qué esperaba cuando acudió a él. Tal vez sólo necesitaba a alguien que la escuchara. Pero ahora su corazón se derritió un poco por lo que iba a hacer.
—¿Por qué…?
Hauck se encogió de hombros.
—Los demás estaban muy ocupados o sólo necesitaban el cheque del sueldo.
Karen sonrió y le miró, mientras una cálida y agradable sensación la embargaba.
—Me refiero a por qué hace esto, teniente.
Hauck trasladó su peso de un pie al otro.
—La verdad es que no lo sé.
—Sí que lo sabe. —Karen le miró. Se echó hacia atrás un mechón de pelo que le había caído sobre los ojos—. Ya me lo dirá cuando llegue el momento, pero gracias de todos modos, teniente. Por lo que sea.
—Creo que ya habíamos quedado en tutearnos —dijo él—. Ty.
—De acuerdo, Ty.
Un cálido brillo de gratitud iluminó sus ojos. Karen extendió la mano. Él la estrechó. Se quedaron así, bajo la lluvia.
—Karen. —Le miró a los ojos—. Encantada de conocerte, Ty.