Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 97 de 106

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Marea oscura

Capítulo 97

97

Karen condujo hasta su casa.

Sus dedos temblaban sobre el volante. Nunca había sentido un nudo en el estómago como ése. ¿Corría peligro?

¿Cómo había podido Saul hacerles esto a ella y a Charles?

Alguien en quien había confiado como si fuera de la familia durante los últimos diez años. Alguien a quien había acudido en busca de apoyo. Casi sintió náuseas. Le había mentido. La había utilizado para llegar hasta Charlie, tal como había utilizado a su marido. Y Karen sabía que ella se lo había entregado en bandeja. De repente, se sintió cómplice de todo lo sucedido.

Incluso de la muerte de Charlie.

Recordó a Saul, de pie en el funeral, donde había dedicado palabras llenas de cariño a Charles. Cómo se habría divertido, se enfureció Karen, con aquella maravillosa intromisión del destino. Sacarse de encima un problema en potencia.

Y, mientras tanto, Charlie estaba vivo.

¿Lo sabía Charlie? ¿Alguna vez se dio cuenta de quién le perseguía? Pensaba que eran sus inversores, para desquitarse. Esta gente es mala, Karen… Pero Dietz y Hodges trabajaban para Saul. Desde el primer momento su enemigo había sido su aterrorizado socio, que intentaba proteger su cobarde culo.

Oh, Charlie, estabas equivocado, ¿verdad?

Dobló por Shore, en dirección al mar. Pensó en ir a casa de Paula, pero recordó lo que Ty le había dicho. Se desvió por Sea Wall. No se veía a nadie. Entró con el Lexus en el camino de entrada a su casa.

Las luces de la casa estaban apagadas.

Karen entró a toda prisa por la puerta del garaje y encendió una luz en cuanto pisó la cocina.

Al instante, se dio cuenta de que algo iba mal.

—¡Tobey! —llamó.

Examinó el correo que había dejado sobre la isla de la cocina. Algunas facturas y catálogos. Siempre tenía una sensación extraña cuando Alex y Sam no estaban en casa. Desde que Charlie se había ido. Volver a una casa a oscuras.

—¿Tobey? —llamó de nuevo—. Hola, chico.

Por lo general, estaría rascando la puerta.

No hubo respuesta.

Karen sacó una botella de agua de la nevera y entró en la casa con el correo.

De pronto, oyó al perro…, pero lejos, aullando.

¿Arriba, en el estudio? Karen se detuvo y pensó. ¿No lo había dejado en la cocina cuando se fue?

Atravesó la casa, siguiendo los ladridos del perro. Encendió una luz cerca de la puerta principal.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal.

Saul Lennick estaba sentado de cara a ella en una butaca de la sala de estar, con las piernas cruzadas.

—Hola, Karen.