Marea oscura
Capítulo 96
96
—Me han suspendido de empleo y sueldo —dijo Hauck en el Arcadia, mientras rodeaba la taza de café con los dedos.
Karen le había llamado una hora antes. Le había dicho que debía enseñarle algo importante. Se citó con ella en la ciudad.
—¿Y tu trabajo? —preguntó.
—No estoy seguro. —Hauck exhaló un suspiro de resignación—. No soy candidato a Agente del Año, exactamente. Se lo conté todo a mi jefe. —Sonrió—. Se reabrirá el caso. El problema es que no mejoré mis perspectivas con lo sucedido en Nueva Jersey. De todos modos, tenemos los atropellos… Estoy convencido de que Pappy Raymond testificará que fue Dietz quien le obligó a dejar lo de los petroleros. Eso bastará… hasta que algo más aparezca.
—Lo siento —dijo Karen. Apoyó la mano sobre la de él. Sus ojos eran brillantes, redondos. Acompañados de una sonrisa—. Pero creo que tal vez pueda ayudarte, teniente.
—¿Qué quieres decir?
El corazón de Hauck se aceleró mientras la miraba.
Ella sonrió.
—Ha aparecido algo más.
Karen introdujo la mano en el bolso.
—Un regalo. De Charlie. Lo dejó para que yo lo encontrara. Cuando me acompañó hasta la barca en la isla, dijo algo acerca de cosas que yo debía saber si alguna cosa le pasaba, dijo que la verdad estaba oculta en el fondo de su corazón. Creí que estaba hablando por hablar. No volví a pensar en ello hasta que lo vi.
—¿Qué viste?
—El corazón. —Karen exhibió una sonrisa triunfal—. El Mustang de Charlie, Ty. Su niña.
Extendió el teléfono. Él la miró sin comprender.
—Estaba sujeto con cinta adhesiva por detrás del parachoques posterior del coche. Por eso no quería que me deshiciera de él. Lo había escondido allí desde el primer momento. Es lo que quería que yo encontrara.
—¿Qué, Karen?
Ella se encogió de hombros.
—Yo tampoco estaba segura. De modo que examiné toda la lista de contactos. No me dijo gran cosa. Tal vez tú encontrarás uno o dos números que quieras investigar. Entonces pensé, un móvil: fotos. Tal vez contenía algunas fotos comprometedoras para alguien. Tenía que existir un motivo para que Charles lo hubiera escondido allí. Así que miré el contenido de Multimedia, y después el de Cámara. —Karen abrió el teléfono—. Pero tampoco había nada.
Hauck lo cogió.
—Diré a alguien del laboratorio que lo examine.
—No hace falta, teniente: ¡lo descubrí! Era una grabación de voz. Ni siquiera sabía que estos trastos servían para eso, pero allí estaba, al lado de Cámara. Lo abrí. —Karen recuperó el teléfono y fue a Grabadora—. Aquí. Aquí tienes tu «algo más», Ty. Un regalo de Charlie. Desde la tumba.
Hauck la miró.
—No pareces muy contenta, Karen.
—Tu escucha.
Apretó el botón.
Se oyó una voz metálica.
—Tú crees que me gusta esta situación.
Hauck miró a Karen.
—Ése es Charles —dijo ella.
—Crees que me gusta el apuro en el que me he metido. Pero estoy metido hasta el cuello. Y no puedo remediarlo.
—No —contestó una segunda voz. Hauck estaba seguro de haberla oído en alguna parte—. Estamos en esto juntos, Charles.
Karen le miró, la sorpresa desvanecida, sustituida por un brillo de reivindicación.
—Ése es Saul Lennick.
Hauck parpadeó.
La grabación continuó.
—Ése es el problema, Charles. Crees que eres el único cuya vida se va a ir a pique por culpa de tus chapuzas. Estoy metido en esto tanto como tú. Ya sabes lo que hay en juego. Sabías quién era esa gente. Si quieres jugar con los grandes, has de estar a la altura.
—Me devolvieron una felicitación de Navidad, Saul. ¿De quién más podía ser? Habían recortado las caras de mis hijos, por el amor de Dios.
—Y yo tengo nietos, Charles. ¿Crees que eres el único que se está jugando el cuello? —Una pausa—. Te dije lo que debías hacer. Te dije cómo debías manejar la situación. Te dije que debías callarle la boca al puto patán de Florida. Ahora, ¿qué?
—Es demasiado tarde —contestó Charles con un suspiro—. En el banco ya sospechan…
—¡Yo me ocuparé del banco! Pero tú… Tú has de poner remedio a este desastre. Si no, te aseguro que existen otras formas, Charles.
—¿Qué otras formas?
—Según me han dicho, tiene un hijo que vive aquí.
Una pausa.
—Se llama apalancamiento, Charles. Un concepto que, por lo visto, comprendes muy bien cuando se trata de arrojarnos al pozo.
—No es más que un viejo pedorro, Saul.
—Va a ir a la prensa. ¿Quieres que metan las narices en un asunto de seguridad nacional y descubran el pastel? Yo me ocuparé de que el viejo no hable. Tengo tipos especializados en estas cosas. Tú adecenta tu balance general. Tenemos un mes. Un mes, Charles, no la vuelvas a cagar. ¿Has comprendido lo que estoy diciendo? No eres el único que se juega la cabeza.
Una respuesta en voz baja.
—Lo comprendo, Saul.
Hauck miró a Karen.
—Era Saul —dijo ella mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos—. Dietz, Hodges… Trabajan para él.
Él cubrió su mano con la suya.
—Lo siento.
La tristeza ensombreció el rostro de Karen.
—Charlie le quería, Ty. Saul estuvo presente en todos los grandes momentos de nuestra vida. Era como un hermano mayor para él. —Apretó los dientes—. Habló en el funeral de Charles. Y fue capaz de hacerle esto… Era Saul. Incluso acudí a él cuando vinieron los hombres de Archer. Cuando acosaron a Sam. Me dan ganas de vomitar.
Hauck le apretó la mano.
—Acudí a él, Ty…, antes de irnos. No le conté exactamente adónde iba, pero tal vez sumó dos y dos. —Karen tenía el rostro ceniciento—. Quizá nos siguieron, no lo sé.
—No hiciste nada malo.
—Tú fuiste quien dijo que les habíamos conducido hasta él. —Levantó el teléfono—. Esto era lo que andaban buscando cuando registraron el barco. Tal vez Charles le dijo que tenía pruebas contra él antes del atentado. Como un seguro. Después descubrieron que estaba vivo.
Exhaló un suspiro, henchido de una sensación de traición y furia.
—¿Qué vamos a hacer?
—Tú te vas a casa —dijo Hauck. La miró con firmeza—. Quiero que pongas algo de ropa en una maleta y esperes a que te vaya a buscar. Si esa gente nos siguió hasta Charles, también deben saber que te reuniste con él allí.
—De acuerdo. ¿Qué vas a hacer tú?
Hauck cogió el móvil.
—Me voy a casa a hacer una copia, por si acaso. Después llamaré a Fitzpatrick. Mañana habré obtenido una orden de detención para esa gente. Antes de que la situación se nos escape de las manos.
—Mataron a Charles —dijo Karen con los puños apretados. Le dio el móvil—. Que sirva de algo, Ty. Charlie quería que yo lo hiciera. No dejes que ganen.
—Te prometo que no lo conseguirán.