Marea oscura

Andrew Gross · Capítulo 25 de 106

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Marea oscura

Segunda parte

25

La mañana era despejada y luminosa, y la carretera de Nueva Jersey se hallaba prácticamente desierta, salvo por la treintena de ciclistas que la surcaban al unísono con maillots de alegres colores.

Jonathan Lauer, que se deslizaba sin esfuerzo cerca de la primera línea, dirigió una veloz mirada hacia atrás, en busca del maillot verde rabioso de su amigo Gary Eddings, un operador de bonos de Merrill. Le vio obstaculizado por otros. ¡La oportunidad perfecta! Jonathan empezó a pedalear con decisión entre el laberinto de los primeros corredores del pelotón. Cuando se abrió un sendero ante él, los dejó atrás.

¡Lauer, una maniobra audaz y decidida!, exclamó el imaginario locutor en su cabeza.

Aunque casi todos eran papás treintañeros que iban a sudar unos cuantos hidratos de carbono un domingo por la mañana, Gary y él jugaban un juego particular. Más que un juego, un desafío. Siempre se provocaban mutuamente para llegar al límite. Competían en la última recta. Esperaban a que el otro moviera ficha. El ganador fanfarroneaba durante una semana y lucía el falso maillot amarillo. El perdedor invitaba a cervezas.

Pedaleando a todo trapo, inclinado sobre el manillar de su Le-Mond nueva de fibra de carbono, Jonathan consiguió una ventaja de unos veinte metros, y después entró en la curva sin el menor esfuerzo.

La línea de llegada, la curva posterior al cruce con la 287, se encontraba a un kilómetro de distancia.

Jonathan miró atrás y vio que Gary intentaba alejarse del pelotón. Su sangre empezó a bombear, se aceleró cuando la carretera rural desembocó en una recta perfecta en el último kilómetro. ¡Había actuado en el momento perfecto!

Los muslos de Jonathan echaban chispas. No pensaba en el nuevo empleo que había conseguido unas semanas antes, en el departamento del sector energético de Man Securities, una de las grandes, la posibilidad de ganar una buena pasta tras el fiasco de Harbor.

Tampoco estaba pensando en la declaración que debía prestar aquella semana. Con aquel auditor del Bank of Scotland y el abogado de Parker, Kegg, quien le obligaba a testificar contra su antigua organización, después de aceptar el generoso pacto de indemnización que le habían ofrecido cuando la empresa cerró.

No, lo único que obsesionaba a Jonathan aquella mañana era llegar a la línea de meta imaginaria antes que su amigo. Gary había logrado distanciarse del pelotón y acortar distancias. El cruce distaba unos cien metros. Jonathan se lanzó hacia él, con los cuádriceps doloridos y los pulmones a punto de estallar. Lanzó una última mirada hacia atrás. Gary había frenado. Final del juego. El resto del pelotón apenas se veía. Ya no podría alcanzarle.

Jonathan se deslizó sin pedalear bajo el paso elevado de la 287, dobló la curva y alzó los brazos con un grito de triunfo.

¡Le había dado una paliza!

Poco después, pedaleaba hacia casa por las calles residenciales de Upper Montclair.

El tráfico era escaso. Recordó una compleja jugada con el índice del sector energético que alguien le había explicado en el trabajo. Estaba gozando de su victoria, y de que podría contarle a su hijo de ocho años, Stevie, que su viejo papá había hecho trizas a todo el mundo hoy.

Cerca de su barrio, las calles eran un poco más sinuosas y con fuertes pendientes. Descendió la recta de Westerley, y después dobló hacia arriba, Mountain View, la última colina. Resolló cuando pensó que había prometido a Stevie comprarle unas botas de fútbol. Su casa estaba a medio kilómetro de distancia.

Fue entonces cuando vio el coche. Algo grande y negro, un Navigator, Escalade o lo que fuera, con una reluciente rejilla de cromo.

Iba en su dirección.

Por un segundo, Lauer se sintió irritado. Frena, idiota. Era una calle residencial. Había mucha distancia entre ellos. No se veía a nadie. Pensó que tal vez se había abierto demasiado al tomar la curva.

Pero Jonathan Lauer no oyó el sonido de los frenos.

Oyó otra cosa.

Algo demencial, y su irritación se transformó en otra cosa. Algo horripilante, mientras la rejilla del todoterreno se iba acercando cada vez más.

Oyó que aceleraba.