Marea oscura
Capítulo 22
22
Resultó que Archer & Bey no existía.
Sólo era un nombre en una tarjeta. Una llamada a un antiguo contacto de la Interpol, más un rápido examen por Internet de las empresas registradas en Sudáfrica, lo certificó. Incluso la dirección y el número de teléfono de Johannesburgo eran ficticios.
Hauck sabía que alguien estaba intentando extorsionar a Karen. Alguien que conocía los trapicheos de su marido. Incluso su fideicomisario, Lennick, con quien había hablado antes, y que parecía ser un tipo recto, estaba de acuerdo.
—¡Llamada exterior, teniente!
La llamada sonó fuera de la sala de reuniones, seguida de la imitación del sonido de un mortero al estallar.
«Llamada exterior» significaba que su exmujer estaba en la línea.
Hauck hizo una pausa, con el teléfono en la mano, antes de descolgar.
—Hola, Beth, ¿cómo va?
—Bien, Ty, bien. ¿Y tú?
—¿Cómo está Rick?
—Bien. Acaba de conseguir un aumento de territorio. Ahora también lleva Pensilvania y Maryland.
El nuevo marido de Beth era jefe de distrito de una firma de hipotecas.
—Eso es estupendo. Felicidades. Jess me dijo algo por el estilo.
—Por eso te llamo. Hemos pensado hacer ese viaje tantas veces aplazado. ¿Sabes que le prometimos a Jessie llevarla a Orlando? El rollo del parque temático.
Hauck se enderezó.
—Le había dicho que la llevaría yo, Beth.
—Sí, ya sé que siempre dices eso, Ty, pero, mmm… Este viaje va en serio.
La pulla se clavó entre sus costillas. Pero sabía que su exmujer tenía razón.
—¿Cuándo pensáis iros?
Otra pausa.
—Estamos pensando que para Acción de Gracias, Ty.
—¿Acción de Gracias? —Esta vez, la pulla llegó hasta los intestinos—. Pensaba que habíamos acordado que este año Acción de Gracias me tocaba a mí, Beth. Iba a llevar a Jesse a Boston, a casa de mi hermana. A ver a sus primos. Hace tiempo que no vamos.
—Estoy segura de que le gustaría, pero las cosas han ido así. Y es Disneylandia.
Hauck resopló, irritado.
—¿Qué pasa? ¿Rick tiene una convención de ventas allí o qué?
Beth no contestó.
—Es Disneylandia, Ty. Ya la llevarás a casa de tu hermana por Navidad.
—No. —Tiró el bolígrafo sobre el escritorio—. No puedo llevarla por Navidad.
Ya lo hablamos. Lo planeamos. En Navidad me marcho. —Había hecho planes para ir a pescar a las Bahamas con un grupo de compañeros del colegio, la primera vez que se iba lejos desde hacía mucho tiempo—. Ya hemos hablado de esto, Beth.
—Ah, sí. —Suspiró, como si lo hubiera olvidado—. Tienes razón. Ahora me acuerdo.
—¿Por qué no se lo preguntas a Jess?
—¿Preguntarle qué?
—Adónde quiere ir.
—No he de preguntárselo, Ty. Soy su madre.
Y yo su padre, Beth, maldita sea, estuvo a punto de replicar, pero sabía adónde conduciría eso.
—Ya hemos reservado los billetes. Lo siento. No he llamado para pelearme.
Hauck exhaló un largo suspiro de frustración.
—Sabes que a ella le gusta ir a ver a sus primos, Beth. Nos están esperando. Es bueno para ella ahora verles al menos una o dos veces al año.
—Lo sé, Ty. Tienes razón. La próxima vez, te prometo que irá. —Otra pausa—. Escucha, me alegro de que lo entiendas.
Colgaron. Giró en su silla, con los ojos clavados en la foto de Jessie y Norah que tenía sobre el aparador. Cinco y tres. Un año antes del accidente. Enormes sonrisas.
Costaba recordar que él y Beth habían estado enamorados.
Una llamada a la puerta de su despacho le sobresaltó.
—¡Hola, Loo!
Era Steve Christofel, quien se encargaba de fraudes y estafas.
—¿Qué quieres, Steve?
El detective se encogió de hombros, como disculpándose, libreta en ristre.
—Querías que volviera, ¿no? Tal vez no sea el mejor momento.
—No, tranquilo. Entra. —Hauck giró en la silla, furioso consigo mismo—. Lo siento. Ya conoces la rutina.
—Siempre pasa algo, ¿verdad? Teniente, ¿te importa que eche un vistazo al expediente del caso que siempre guardas ahí?
—¿Qué expediente?
—Ya sabes, ese que tienes escondido en tu escritorio. —El detective sonrió—. Ese antiguo atropello en que el conductor se dio a la fuga. Raymond.
—Ah, ése. —Hauck se encogió de hombros como si le hubieran pillado in fraganti. Siempre lo guardaba sepultado bajo una pila de casos abiertos. No lo había olvidado, ni por un segundo. Pero no lo había resuelto. Levantó la pila y extrajo el expediente amarillo del fondo—. ¿Qué pasa?
—La memoria me falla un poco, pero ¿no había un nombre relacionado con él? ¿Marty no sé qué?
Hauck asintió.
La persona que había llamado a AJ Raymond al taller, justo antes de que saliera para cruzar la calle. Algo así como Marty, había dicho su jefe. La pista no había conducido a nada.
—¿Por qué?
—Acaba de llegar este telegrama. —Christofel dejó su libreta sobre el escritorio de Hauck—. Un grupo de investigación de estafas con tarjetas de crédito ha intentado localizarlo después de todo este tiempo. Una tarjeta Amex perteneciente a un tal Thomas Mardy, M-A-R-D-Y, fue utilizada para pagar un trayecto en limusina hasta Greenwich. Le dejó delante del Fairfield Diner poco antes de mediodía, teniente. El nueve de abril.
Hauck levantó la vista y su pulso se aceleró.
9 de abril. Fue la mañana del atropello. Mardy, no Marty. ¡Encajaba! Habían dejado a un tal Thomas Mardy al otro lado de la calle donde asesinaron a AJ Raymond.
Todas las células del cuerpo de Hauck cobraron vida.
—Sólo hay un problema, teniente. —El detective se rascó la cabeza—. No se lo pierda… El Thomas Mardy al que pertenecía la tarjeta Amex murió ese nueve de abril. En el atentado de Grand Central. En las vías…
Hauck le miró fijamente.
—Y eso fue tres horas antes del atropello en Greenwich —concluyó el detective.