Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 9 de 27

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Pan y circo

Capítulo VIII

En el pasado, la cena libera había sido un acto simbólico de compensación; el organizador de los juegos concedía un último festín a los condenados la víspera de los combates. Sin embargo, al igual que estos habían dejado de ser un ritual funerario hacía mucho tiempo, para el lanista aquella celebración se había convertido en un modo de exponer su mercancía al público; para el organizador, en una forma de demostrar su generosidad ante el pueblo.

La fiesta tenía lugar en uno de los jardines del Palatino con vistas al foro, de modo que los gritos y la música llegaban incluso a la residencia de las vestales. Deseoso de cultivar una imagen marcial, a Marcelo le gustaba rodearse de gladiadores. Pero a pesar de que en ese momento se encontraba a menos de veinte de pasos de él, rodeado por su habitual séquito de aduladores, parásitos y clientes, a Marco le hubiera sido más fácil disfrutar de la compañía de Hércules. Estimó que habría una centuria de pretorianos en torno al jardín, y tal vez otras dos más en las inmediaciones, equipadas con la panoplia completa. Un insulto a la ciudadanía romana, a la que se trataba como una ciudad conquistada; se suponía que la prohibición de portar armas dentro de las murallas debería bastar para garantizar el orden público. Aunque esas medidas, concebidas cuando Roma era solo una aldea, no tenían sentido con tres familias gladiatorias reunidas. Entre todas sumaban casi un centenar de criminales, prisioneros de guerra y asesinos meticulosamente entrenados para matar.

Los curiosos deambulaban entre las mesas para observar de cerca a sus ídolos, que yacían recostados mientras les servían en vajillas de plata.

Aquella noche, Mucro había decidido emborracharse y lo hacía con una dedicación encomiable.

—Si la diño —dijo—, quiero una bonita estela de mármol junto a la vía Apia. Que exponga mi historial en grandes letras: Mucro, el asesino. No estaría de más que hubiera un rosal junto a ella.

—No te preocupes: yo lo regaré —terció Pulcher—. Iré a mear tu tumba todos los días.

El resto de la familia Varrón estaba a su lado. Reían, tratando de ahuyentar el miedo, y no faltaban los que, ajenos a la fiesta, dictaban a un escriba su testamento. Velox tenía a una joven en su regazo:

—Estate quieto —le dijo la muchacha, mientras apartaba su manaza del pecho.

—Claro, pequeña —replicó él, zalamero—. Solo hasta donde acordamos.

—Ahora no —insistió ella—. Sigo enfadada.

Los gladiadores se vieron sometidos al escrutinio de tres jóvenes de clase alta. Una de ellas se acercó a su mesa. Sus ornatrices habían logrado construir un rostro de serena inocencia, desacreditada por su generoso busto, aprisionado en la parte superior del vestido mediante una sucesión de cintas.

—Busco a Perseo —les dijo, con la suficiencia propia de su clase.

—Eres Helva, ¿verdad? —respondió Mucro—. Perseo nos ha hablado mucho de ti.

—¿De verdad?

—No te hagas muchas ilusiones, monada —le advirtió la mujer que acompañaba a Velox.

—Dijo que me prefería por encima del resto.

—Una declaración de amor en toda regla —replicó la acompañante de Velox—. Al principio, yo también lo vi como un sueño.

Como si hubieran invocado su presencia, Perseo acudió junto a ellos.

Como ídolo de su escuela, se había reunido con varios senadores en compañía de Varrón Murena.

—Helva… —murmuró—. Qué guapa estás esta noche.

—Gracias, me miras con buenos ojos. —Un delicioso rubor tiñó sus mejillas.

Ante ellos se presentó un musculoso individuo de origen griego, moreno y ancho de espaldas. Su cuerpo era un amasijo de fibra y tendones.

—Perseo… —dijo, esbozando un saludo—. Siempre rodeado de mujeres.

Nadie pasó por alto la ironía.

—Anda, reúnete con Marcelo. ¿No ves que está esperando a que le beses el culo? —Mucro no parecía seguidor ni de Cicerón ni de Hortensio; su escuela de oratoria había sido la Suburra—. Mañana nos veremos en la arena, y entonces te subiré la mierda a pollazos.

El aludido prefirió ignorarlos y se dirigió hacia la mesa del heredero de la República.

—Es el Arcadio —explicó el suburano a Marco—, uno de los gladiadores del princeps. Compite como tracio.

Augusto había heredado de César su escuela de gladiadores en Capua, la Ludus Iulianus. Al parecer, el enfrentamiento entre la escuela de Varrón Murena y la del primer ciudadano de Roma adquiría un enorme significado político. Pulcher no paraba de observar a Marcelo.

—Olvídate de él, guaperas —espetó Mucro—. Marcelo solo se codea con triunfadores. Jamás enculará a un antiguo esclavo doméstico.

—Soy primus palus de la familia Varrón Murena —respondió Pulcher con orgullo—. He vencido en veinte ocasiones y no he conocido la derrota en mis últimos doce combates. He ganado tres ramas de palma y una corona de laurel.

—Cierra la boca, maricón.

—Y si no, ¿qué? —respondió el retiario, encarándose a él—. ¿A mí también me subirás la mierda a pollazos?

—No, porque a ti te gustaría.

Perseo cogió la mano de Helva para besarla. Ella sonrió y ambos se levantaron para dirigirse a un cubículo. La boca de la joven, ancha y de labios perfilados, sonreía con arrogancia.

Un remilgado joven se presentó ante ellos; tal vez el hijo de algún próspero comerciante. Sonreía, tras haber presenciado la escena.

—Me llamo Lucio Ahala —les dijo—. Si no os importa, me gustaría sentarme con vosotros.

Marco asintió y él se acomodó en una silla a su lado. Al ser un simple tertius palus, había esperado pasar desapercibido. Pronto descubrió que los rumores sobre la victoria de unos simples noxii ante unos gladiadores en Puteoli habían pasado de boca en boca, algo que le otorgaba cierta popularidad.

—¿Qué clase de gladiador eres? —le preguntó Ahala.

— Myrmillo.

El muchacho sonrió con satisfacción.

—Estupendo, yo soy scutarius.

Al igual que los seguidores de las carreras de carros se dividían en cuatro facciones, entre los aficionados a los gladiadores existían los scutarii y los parmularii, que mostraban su predilección por los combatientes con escudo grande o pequeño.

—¿Puedo ver tu espada? —preguntó Ahala con avidez.

Marco tomó un arma al azar del expositor que se encontraba a su lado y se la entregó. Él la acarició como si fuera la reliquia de un santuario.

—¿A cuántos has matado con ella?

—He quitado la vida a cuatro hombres en la arena —respondió Marco, lacónico—. Antes de ser gladiador, a muchos más.

—Dime, ¿cómo prefieres acabar con ellos cuando están de rodillas?

Dicen que lo más doloroso es clavársela en la espada.

—Jamás me lo he preguntado.

—Yo creo que es mejor en el cuello —aseguró Ahala, rotundo—. He visto degollamientos de todo tipo, y en la espalda siempre tardan más en morir. En ocasiones, he podido contar hasta cien antes de que dejaran de respirar.

Parecía un muchacho corriente, y eso era lo peor. Debió de interpretar su silencio como alguna clase de complicidad y se mostró más animado:

—Hermes es vuestro doctor armorum, ¿verdad? A los ocho años le vi en un munera sine missione. Cuando entró en la arena, el gladiador que quedaba en pie había acabado con dos adversarios. El cansancio hace que los que salen al principio apenas tengan posibilidades, pero Hermes mató a una docena, uno tras otro. Fue el único superviviente. ¡Dioses, jamás he visto tanta sangre! Las gradas se convirtieron en una fiesta: todos se amontonaban en la balaustrada para verle de cerca. Es toda una leyenda.

Decían que los gladiadores aportan un ejemplo útil de valor. Gracias a ellos, los romanos podían habituarse a la sangre desde niños. Si un simple esclavo, un bárbaro o un criminal, podía soportar el dolor y enfrentarse sin temor a la muerte, ¿qué no sería capaz el pueblo elegido para gobernar el mundo?

El gladiador era alguien al que, al mismo tiempo, se le admiraba y se le despreciaba. Junto a actores y aurigas se habían convertido en héroes. A pesar de ser profesiones infames, los luchadores encarnaban la valentía y la habilidad marcial; las actrices, la sofisticación y la belleza. Incluso los más adinerados aristócratas deseaban ser histriones, aurigas o bestiarios, para vergüenza de sus familias. La sangre de gladiador se consideraba un preciado talismán y su sudor un afrodisiaco; mujeres respetables deseaban yacer con ellos después de los combates, sin que llegaran a lavarse. Una matrona incluso se cortó el cabello para convertirse en esclava al servicio del actor Estefanión, a quien Augusto hizo azotar en público. El princeps tuvo que prohibir por ley que los équites formaran parte del cortejo de los actores.

Marco observó la expresión fascinada de Ahala cuando sus compañeros de escuela se retiraron a los cubículos, todos ellos acompañados. Un muchacho es una persona a medio hacer; necesita un modelo. ¿Y quién desearía ser como un filósofo estoico, a pesar de su virtud? Roma se estaba convirtiendo en una sociedad de eternos adolescentes.

Experimentó un gran alivio cuando Hermes acudió para rescatarle de la compañía del muchacho.

—¿Algún capricho en especial? —le preguntó.

—Quisiera pasar la noche con una mujer.

Poco después, acompañado por dos libertos, Marco caminaba por el Submemmium, la «calle de las putas», que atravesaba la Suburra de un extremo a otro. Una hilera de sucios y angostos cubículos, con la entrada apenas velada por unas cortinas hechas jirones, se sucedía por ambos lados.

Junto a la entrada, mujeres y muchachos desnudos aguardaban en pie entre los talleres de artesanos. Nadie se atrevía a adentrarse en aquel lugar tras la puesta del sol sin una escolta provista de antorchas. No solo había que temer a ladrones y sicarios, también a las bandas de jóvenes de buena familia enfervorecidos por el vino.

Según Cicerón, la fuerza es el derecho de las bestias. Sin embargo, decir que en aquel lugar imperaba esa ley resultaba generoso. Los animales solo atacan a otros para alimentarse, mientras que en la Suburra la violencia siempre era algo gratuito e iba acompañada por el hambre. A pesar de las eternas disputas del hampa, la miseria era la única dueña de sus calles, y cuando entraba en los hogares, los niños de más corta edad salían por la puerta de atrás. Crecer allí suponía enfrentarse a toda clase de depredadores, y las muchachas eran las presas más fáciles. Para la mayoría de ellas, trabajar en alguno de los lupanares que atestaban aquel suburbio no suponía ningún cambio en su vida. Salvo, tal vez, que el proxeneta les entregaba una parte de las ganancias y que el matón a sueldo solo las golpeaba de vez en cuando.

Llegaron hasta un edificio que ocupaba una esquina; la segunda planta sobresalía sobre la deslucida fachada y creaba una especie de soportal. Una tosca pintura junto a la puerta, iluminada por un farol de aceite, mostraba a Príapo alzando su túnica para depositar un colosal miembro viril sobre uno de los platillos de una báscula. En el otro, una enorme bolsa de sestercios competía con su peso: el fiel de la balanza no se decantaba por ninguno de los dos. Bajo aquella imagen, un rótulo rezaba «Aquí habita la felicidad».

—Te esperamos —dijo uno de sus guardias—. Disfruta de tu última noche.

En el recibidor, varias rameras aguardaban desnudas bajo los candiles que colgaban del techo. Los frescos de las paredes mostraban toda clase de acrobacias sexuales; un explícito catálogo de posturas amatorias que dejaría

corto el tratado de la hetaira Filenis de Samos. En los prostíbulos de esclavas de origen bárbaro, había barrotes en las ventanas. Allí no hacían falta. La prisión de aquellas mujeres era el hambre y la miseria.

Marco sintió una presencia a su lado.

—¿Vienes conmigo? —No era la forma más original de abordar a un cliente. Lo que la hacía especial era el cuerpo que acompañaba a aquellas palabras: alto y pálido como el de una ninfa, con una melena rubia cayendo por su espalda.

Su precio eran dos ases. El mismo que un vaso de buen vino en cualquier taberna, el doble que el de uno corriente y la mitad que uno de Falerno. Las más cotizadas podían llegar a los dieciséis.

Decidió acompañarla. Iluminado por la mísera luz de una lucerna, el pasillo conducía a una sucesión de estancias con las puertas cubiertas con cortinas, en las que había un cartel que señalaba la especialidad de su inquilina. Escuchó gemidos y groseros gruñidos de placer. Olor a perfume barato. A juzgar por otro más intenso, bajo las escaleras se encontraban las letrinas. Fue conducido hasta un cubículo de la segunda planta con una puerta entreabierta. En su interior, apenas había espacio para un lecho de ladrillo cubierto con una esterilla, que se lavaría al finalizar la jornada, y una palangana con agua sobre una banqueta. La espartana sencillez de aquel mobiliario resultaba, en sí misma, elocuente.

La mujer cerró la puerta dejándole a solas con Quinto.

—¿Confías en ella? —le preguntó.

—Tanto como en mi propio padre.

Sonreía. Años atrás, había sido desheredado a causa de su conducta licenciosa y el ejército se convirtió en su única salida. No le importaba que su familia le creyera muerto. Tampoco mostraba demasiado interés en un reencuentro; su carácter cínico hacia de él alguien inmune al autoengaño.

Quinto era el producto de una rebeldía juvenil frustrada por la derrota y de un temprano idealismo domesticado por el fracaso. Se sabía incapaz de cambiar nada.

Su amistad había nacido a altas horas de la noche, en una taberna regentada por una prostituta siria, al amparo de un local cerrado al público.

Surgió con esa descarnada sinceridad solo posible cuando dos personas están totalmente borrachas.

—¿Alguna novedad? —le preguntó Quinto.

—Varrón Murena nos envió a chantajear a un funcionario llamado Manio Agrícola —aseguró—. Y al parecer anda en tratos con Sulpicio Galba.

Su amigo esbozó un gesto de preocupación.

—Es el dueño de los Horrea Sulpicia —dijo—, los almacenes más grandes de Roma, donde se guarda el trigo destinado a los repartos gratuitos entre la plebe.

Marco ya lo sabía. Era otra cosa lo que se preguntaba:

—¿Es leal a Augusto?

—Su padre, Servio Sulpicio Galba, fue legado de Julio César durante la guerra de las Galias. Aunque más tarde fue condenado a muerte por participar en el magnicidio. Digamos que él no es un férreo defensor de Augusto, y por ello no ha ascendido más allá del cargo de pretor.

—No alcanzo a entender la gravedad del problema.

—La cosecha egipcia será muy mala. Y según los nilómetros de la isla Elefantina, este año el Nilo apenas subirá de nivel.

El limo que arrastraban las crecidas del río, que tenían lugar entre julio y septiembre, fertilizaba los campos egipcios, que suministraban a Roma el grano necesario para casi seis meses. La urbe contaba con casi un millón de habitantes y cada uno de ellos consumía cuarenta modios de trigo al año. En condiciones normales, Egipto generaba un excedente de unos veinte millones, aunque también debía abastecer a las grandes ciudades de Oriente. Dos años de malas cosechas hacían que el suministro de pan corriera un serio peligro.

—Por si fuera poco —añadió Quinto—, también hay sequía en África y Sicilia: allí las cosechas serán igual de pésimas. La isla paga sus impuestos en especie y aporta la décima parte de su producción de cereal. No se le puede exigir más.

La temporada de lluvias daba comienzo entre principios de septiembre y finales de octubre. Aquel otoño, la ausencia de lluvias hizo que la mayor

parte de las semillas no germinaran, al encontrarse sobre una tierra dura y seca. Las precipitaciones concluían entre principios de abril y finales de mayo. Se trataba de otro momento crítico: lo ideal era que se prolongaran todo lo posible para que el cereal creciera, pero, de momento, apenas habían caído cuatro gotas. Como cuestor ostiense, Tiberio supervisaba la recepción y el almacenaje del grano que llegaba a la capital, y Quinto le ayudaba en sus funciones. Su preocupación era comprensible.

—Si hay malas cosechas en todo el Mediterráneo, el precio del trigo se disparará —concluyó Marco—. Y si escasea el pan, habrá revueltas en Roma. La quinta parte de los habitantes depende de las entregas gratuitas de pan. En el pasado Augusto ya estuvo a punto de perder la ciudad, a causa del bloqueo naval de Sexto Pompeyo. ¿Acaso lo has olvidado?

Recordaba como si fuera ayer las hambrunas de su niñez, que se cebaron con los barrios populares de la urbe. Con la hogaza de pan a casi un denario, los robos se hicieron habituales y los disturbios se sucedieron hasta colapsar el comercio.

—Sabemos que se avecina una grave crisis y estamos preparados para ello —aseguró Quinto para tranquilizarlo.

Hacía cuatro años que el princeps había trasladado su guardia personal a la capital para crear las Cohortes Pretorianas, y había prohibido que las legiones pisaran Italia. Para ayudar a los pretorianos, había creado las Cohortes Urbanas. También estaban los vigiles, que se encargaban además de la extinción de incendios. Hasta entonces, Roma no había conocido ninguna fuerza de orden público; durante más de un siglo de guerras civiles y enfrentamientos entre líderes del hampa, los disturbios habían sido habituales. Ahora, todas estas nuevas instituciones dependían de un solo hombre.

—Roma necesita cuarenta millones de modios de trigo al año, que han de traerse en barco —prosiguió Quinto—. Las naves fondean en Puteoli y, desde allí, otras de menor tamaño lo llevan a Roma remontando el Tíber. El grano se descarga en Emporium, el puerto fluvial del Aventino, y es almacenado en los Horrea Sulpicia hasta que se reparte en el templo de

Ceres en forma de pan. Es posible que Fanio Cepión trate de romper algún eslabón de esa cadena.

—¿Qué hay de la flota?

—Como sabes, el Estado solo posee naves de guerra —replicó Quinto, ante aquella pregunta envenenada—. Los barcos mercantes están en manos privadas: las compañías de navicularii.

—Es decir, en manos de los publicanos.

—Y también en las de modestos propietarios de una o dos embarcaciones, cuyo sustento depende de los contratos estatales. Y de comerciantes griegos, con intereses enfrentados a las sociedades mercantiles romanas. Sé lo que estás pensando, pero los publicanos no pueden cortar el suministro de grano a la capital.

—En Egipto, el trigo se cosecha entre abril y mayo —reflexionó Marco

—. La flota de Alejandría fondea en Puteoli hacia las calendas de junio.

¿Qué pasará si no trae grano suficiente?

—Creo que la pregunta es: ¿qué tienen entre manos Fanio Cepión y Varrón Murena con el propietario de los almacenes? A partir de ahora, tu misión será averiguarlo.

Quinto le ofreció la mano para despedirse. Al estrechársela, se percató del stigma en su antebrazo. Le entregó un pequeño rollo de papiro y su amigo lo desenrolló para leerlo:

D·M

MARCVS·VITRVVIVS·RVFIANVS

VET·S·V·F·C·MILITAV

MENSOR·IN·LEG·VIIII·HISP

TI·CLAVDIVS·NERO·FACTVS

SPECVLATOR·QVOD

CEPISSET·COROCVTAM

—El texto de mi lápida —le explicó, de forma innecesaria—. He hecho un boceto del relieve para el cantero, creo que le servirá.

Quinto no dejaba de observarle, tal vez considerando si aquella conversación era la última.

—Es solo por lo que pudiera pasar —añadió Marco.

—¿He de decirles algo a tus padres?

—Ya han perdido a su hijo una vez. No quiero que pasen por ello de nuevo.

—¿Y a tu hermanastra?

Marco estrechó su mano con fuerza.

—Soy tertius palus: me enfrentaré a gladiadores de poco nivel. Creo que sobreviviré.

Su amigo asintió, sin pronunciar palabra. Mientras bajaba por las escaleras en dirección a la calle, trató de convencerse de que lo que acababa de decir era cierto.

El anfiteatro estaba teñido de ocre, con escenas venatorias pintadas en vivos colores. El muro que separaba la arena del graderío había sido decorado con hiedra y guirnaldas de flores. La fragancia de los perfumes trataba de mitigar el sudor de los diez mil espectadores que se agolpaban en las gradas, y unos toldos desplegados sobre mástiles les protegían del sol.

Por encima ellos —asentados sobre la cima del Capitolio—, el templo de Júpiter Óptimo Máximo y las arcadas del Tabularium creaban un majestuoso fondo escénico.

Incrustada entre dos basílicas, a los pies de sus más venerados santuarios, aquella colosal construcción de madera había engullido el corazón político, económico y espiritual de la urbe; la Curia, donde se reunía el Senado, parecía insignificante a su lado. A pesar de que Roma contaba con un anfiteatro permanente construido por Estatilio Tauro en el Campo de Marte, el ritual de erigir y desmantelar una colosal estructura como aquella simbolizaba su vinculación con el patrocinador de los juegos.

Por ese motivo, todas las miradas convergían sobre Marco Claudio Marcelo.

Acompañado por una docena de músicos, fue el primero en pisar la arena. Las trompetas resonaron cuando atravesó la puerta triunfal y una lluvia de pétalos de rosa cayó desde la parte alta de la cávea; el público

comenzó a rugir entusiasmado. El joven heredero iba acompañado de dos criados que sostenían las tablillas de cera en las que figuraban los emparejamientos entre gladiadores y los castigos para los criminales. Tras ellos, varios libertos cargaban con las plataformas de madera con las estatuas de Marte, Hércules, Némesis y Niké. Precedidos por el portador de la rama de palmera destinada al vencedor, desfilaban los gladiadores en doble fila, seguidos de los venatores. Por último, un grupo de esclavos cargaba con sus armas para exhibirlas ante el público.

Marco bajó el rostro, temiendo que alguien le reconociera. Desde niño, había presenciado decenas de desfiles como aquel, pero jamás imaginó que alguna vez formaría parte de uno. Inquieto, observó el graderío, dividido en tres zonas concéntricas. La primera fila, ante la balaustrada, estaba reservada a los senadores, y las siguientes a los équites: no encontró el rostro de Fanio Cepión.

—¡Arcadio! ¡Arcadio!

El público ovacionaba al gladiador con quien Marcelo se dejaba ver; una farsa de amistad de la que la plebe parecía convencida. Mecenas se había sentado en el palco y, como una sombra, Tito Fabricio permanecía detrás. Marco trató de ocultarse tras el corpachón de Mucro. Por fortuna, la atención del esposo de su hermanastra no recaía sobre la arena.

—El princeps no ha acudido —masculló Perseo.

Tenía razón. Augusto rara vez se ausentaba de un espectáculo público, y eso evidenciaba que su enfermedad se había agravado.

La plebe gritaba entusiasmada, acomodada sobre camastros y cojines.

Muchos habían llevado ánforas de vino o parrillas para asar, y realizaban apuestas, por lo que eran frecuentes las peleas. Entre aquella vociferante multitud deambulaban los vendedores ambulantes con dulces, refrescos y mercancías con imágenes de gladiadores: lucernas, vasijas, espejos y lámparas, que reproducían escenas acaecidas en la arena. Varias centurias de pretorianos habían formado un perímetro para controlar a los gladiadores y las bestias destinadas a las cacerías.

Una vez que dieron la vuelta a la pista, las tubas anunciaron el comienzo del espectáculo. Los gladiadores atravesaron de nuevo la puerta

triunfal para dirigirse al hipogeo, un complejo de pasadizos y celdas bajo la plataforma que sustentaba la arena. Habían excavado varios túneles sorteando la Cloaca Máxima, y su proximidad hacía que el hedor resultara insoportable.

Marco se sentó junto a uno de los pilares de roble para ajustar las correas de la manica de su brazo derecho, tratando de que no ahogara la circulación. Los miembros de la familia Varrón aguardaban en los bancos adosados a la mugrienta pared de ladrillo, bajo la luz de las lucernas. El corredor era tan angosto que entre las rodillas de unos y otros apenas había espacio para avanzar. Sobre sus cabezas, entre las grietas de la estructura de madera, se filtraba la arena de la pista. El rugido procedente de las gradas resultaba ensordecedor y, en ocasiones, los obligaba a comunicarse mediante gestos.

A su izquierda, Mucro dormitaba con la espada apoyada en la pared, y Velox manoseaba su desgastada bolsa de cuero, llena de pedazos de piel humana. Marco ojeaba los elevadores por los que los gladiadores accedían a la arena cuando Hermes llegó a través del estrecho corredor para hablarles:

—Lucharemos contra la Ludus Iulianus, la escuela de Augusto —les dijo—. He de reunirme con Varrón Murena para que me diga a quién os enfrentaréis.

Al oír la noticia, Mucro observó a un luchador con armamento tracio que se encontraba al final del corredor.

—El Arcadio —le recordó—. Uno de los mejores hombres de la Ludus Iulianus.

Siendo myrmillo y primus palus, era probable que Mucro tuviera que enfrentarse a él, pues se solía emparejar a luchadores del mismo nivel.

Desde el fondo del pasillo, el aludido le saludó con un gesto confiado, tal vez recordándole su promesa de subirle la mierda a pollazos.

—A pesar de todo, me cae bien —reconoció el suburano—. Procuraré que sea una muerte rápida.

Buena parte de su campechana arrogancia se había esfumado. Si Marcelo había escogido al Arcadio como campeón, sin duda era por algún motivo, y sería muy ingenuo esperar un arbitraje justo. Derrotar al

protegido del heredero de la República podría acarrearle unas consecuencias incómodas.

Resonaron las tubas. Habían tenido lugar los noxii y las cacerías; era el momento del preludio, en el que algunos ciudadanos de clase acomodada combatirían con armas de madera, deseosos de pisar la arena sin correr demasiados riesgos.

Marco observó a Perseo, apoyado en el asta de fresno de su lanza.

Esperaba encontrarse ante su habitual serenidad; sin embargo, había algo en su postura que delataba inquietud. Por muy bueno que fuera luchando, en una situación como aquella solo un loco podría mostrarse confiado.

De nuevo resonaron las tubas: había llegado la probatio armorum. El juez de arena inspeccionaría las armas que iban a entregarles, para asegurarse de que estaban bien afiladas.

Un esclavo llegó con un par de ánforas.

—¿Queréis agua? —les preguntó.

—Dame la de vino —dijo Perseo.

Sus compañeros de escuela rieron mientras él bebía, en lo que sin duda era una vieja costumbre. Hermes se abrió paso por el túnel, inusualmente serio.

—Perseo, te ha tocado aquel myrmillo. Mucro luchará contra Mercurio.

—El lanista se detuvo ante él—: Marco, tú combatirás contra el Arcadio.

No supo cómo reaccionar.

—Marco no está preparado para enfrentarse a un primus palus —

masculló Mucro.

—Es una decisión de Varrón Murena —le dijo Hermes.

—Ya sé de quién es la decisión.

A lo largo de los últimos días, Marcelo se había dejado ver junto al Arcadio. No le interesaba que su campeón saliera derrotado, por lo que le había buscado un adversario fácil. El incidente en Puteoli había sido muy comentado: un esclavo había logrado derrotar a tres gladiadores. Era algo demasiado anómalo como para no despertar la fantasía popular, y el boca a boca no había hecho más que magnificar el número de muertos. Eso podía maquillar la diferencia de nivel entre ambos.

La compositio se establecía de común acuerdo entre el organizador de los juegos y los propietarios de las escuelas gladiatorias. Al parecer, Varrón Murena había dado aquel combate por perdido, evitaba el riesgo de quedarse sin un valioso veterano. En su lugar, había puesto al superviviente de Puteoli, pues sin duda no le guardaba simpatía: de este modo, la pérdida económica sería mucho menor.

Un muro de expresiones sombrías se extendió entre los gladiadores al ver cómo su dueño especulaba con la vida de uno de ellos. Quizás en otro momento les tocaría a ellos. Perseo observaba a Marco con atención, sin que el gesto delatara sus emociones:

—Así que hoy serás el campeón de la familia Varrón Murena…

—Solo es un cadáver —espetó Pulcher.

Fueron saliendo por turnos. Primero los tertius palus, más tarde los secundus palus. A medida que el corredor se fue vaciando, los gladiadores se estudiaban más entre sí.

—Es tu turno.

Marco se dirigió hacia la plataforma que le tenía que elevar hasta la arena mediante un sistema de poleas accionado por unos esclavos. Entonces sintió una mano sobre su hombro: era Perseo.

—El Arcadio emplea la sica con su brazo derecho formando un gancho, sin llegar nunca a estirarlo —le advirtió—. Acuchilla con todo el cuerpo formando un único bloque. Parar sus golpes es como tratar de detener la embestida de un toro. Pero eso le hace perder alcance. Debes combatir en todo momento en el límite de distancia, donde tú puedas herirle y él a ti no.

Has de aprovechar la mayor longitud de tu gladius frente a su sica. Esa será tu única ventaja.

Una portezuela se abrió sobre su cabeza y la tarima comenzó a ascender lentamente hacia la arena.

Aferró con fuerza su gladius. Era un arma de origen hispano; una adaptación de las largas espadas tajantes de los galos, provista de una aguzada punta que también la hacía útil para la estocada. Fabricada en las grandes factorías de Roma, la calidad del hierro dejaba mucho que desear; por ese motivo, en los últimos años la hoja se había vuelto más ancha y

corta. Aunque los jinetes y la infantería auxiliar empleaban una espada más larga, en general la longitud de esta arma romana se había reducido. Eso convertía aquella esgrima en un intercambio de puñaladas a corta distancia.

Algunos gladiadores utilizaban puñales; al exponer más el brazo, se habían desarrollado aquellas protecciones. Acostumbrado al bosque de lanzas y largas espadas de los galos, Marco no estaba habituado a tener a su adversario tan encima.

La trampilla se abrió y un torrente de luz le deslumbró. Escuchó un tremendo clamor. Uno tras otro, los luchadores emergieron de la arena, como salidos de las profundidades del Hades. El ascensor finalizó su recorrido acompañado por el ritmo de las trompetas. Las gradas formaban un mar humano; miles de espectadores presos de una pasión que rayaba la locura. Manchas de un rojo oscuro resbalaban por los muros pintados de púrpura y teñían la arena de escarlata.

Encontró al Arcadio junto al summa rudis, el juez de arena. Otras cuatro parejas combatirían al mismo tiempo; entre ellos, se encontraba Mucro. La categoría de un gladiador se medía por lo avanzado de la hora en la que pisaba la pista, y Marco había dejado de luchar al mediodía para hacerlo casi al anochecer. Los combates de última hora eran los más esperados.

Todos saludaron al palco. Una pareja de esclavos mostró unos carteles con su nombre y la escuela de procedencia.

—¡El Arcadio, el más famoso de nuestros auctorati! —anunció un individuo togado.

—¡Arcadio! ¡Arcadio!

El público comenzó a corear el nombre de su adversario. Un niño de diez años se apoyó en la balaustrada para hacer un explícito gesto a Marco, arrastrando su pulgar por el cuello. Cuando el Arcadio saludó a las gradas, la ovación se convirtió en tempestad. La muchedumbre se revolvió como las olas de un océano encrespado.

De nuevo, Marco se preguntaba qué hacía allí.

Los poetas imaginaron Arcadia como una idílica tierra de pastores, sumidos en una apacible existencia repleta de paz y armonía. Obligados a sobrevivir en una áspera y montañosa tierra del Peloponeso central,

atrapados entre las continuas guerras de argivos y espartanos, los arcadios se habían convertido en un pueblo de duros y obstinados guerreros. Casi la mitad del ejército de mercenarios griegos que acompañó a Jenofonte desde el corazón del Imperio persa procedía de allí y, a juzgar por el correoso aspecto de aquel gladiador, las cosas no habían cambiado en los últimos años. Armado con un puñal curvo llamado «sica» y un escudo más pequeño que el suyo, compensaba esa desventaja con dos grebas altas y unos acolchados para proteger las piernas.

Marco puso el pie izquierdo sobre una marca de cal en la arena. El summa rudis se situó entre ambos.

Las reglas eran sencillas. La lucha se desarrollaba sin asaltos ni interrupciones; era posible establecer descansos, de mutuo acuerdo o decretado por el summa rudis, aunque solo en casos excepcionales. El combate terminaba cuando uno de los dos estuviera muerto, incapacitado, o si, a causa del cansancio o las heridas, alzaba el índice y el anular para rendirse. En ese caso, su destino dependía de Marcelo, el patrocinador de los juegos, tras consultar al público. Si desobedecían, el árbitro los golpeaba con su bastón. Más allá de eso, todo estaba permitido.

El sonido de una tuba anunció el comienzo del combate.

Hubo varios golpes de tanteo. Perseo estaba en lo cierto: las cuchilladas impactaban en su escudo con una fuerza brutal. Al sostenerse mediante un asa en su centro, el escudo se abatía si recibía un golpe en la parte superior.

Para evitarlo, Marco debía apoyar el hombro en la cara interna, y los ataques del Arcadio se lo estaban machacando.

Vio venir una nueva cuchillada y dio un paso atrás; la sica pasó a un palmo de su rostro.

Al verlo retroceder, el público comenzó a abuchearle. Los espectadores de la parte superior de las gradas apenas podían distinguir los detalles; se contagiaban del ánimo de las primeras filas de équites y senadores.

Si no sabes combatir, solo eres consciente de dos dimensiones. Gracias a la instrucción, comienzas a ver tus acciones de una forma tridimensional, como si las observaras desde fuera. Es la diferencia entre contemplar un

bajorrelieve o una escultura. Entonces descubres que la clave reside en controlar la distancia.

Guardar la distancia. Dominar el espacio vital. Mantenerse siempre alerta. Protegerse en todo momento. En el pasado, Marco no lo había hecho y había quedado marcado en el rostro de por vida. Jamás volvería a cometer ese error.

El Arcadio se le echó encima. Su sica trazó un arco, buscando su hombro izquierdo por encima del escudo. Marco corrigió su posición con la pierna retrasada, mientras buscaba su muslo con la espada. Escuchó un sonido metálico: había chocado contra la greba.

Entonces sintió el golpe.

Años antes, cuando su centuria estaba defendiendo la puerta de un fuerte, una veintena de tracios intentaron echarla abajo con un ariete empapado en brea, al que habían prendido fuego. Para evitarlo, los legionarios tuvieron que apoyarse en el postigo. Cuando la tablazón de roble se hizo pedazos, la punta de hierro candente alcanzó de lleno en el hombro de Marco, hundiéndose en su carne.

Esta vez el dolor fue peor.

La sica atravesó cuero y madera. La parte superior de su escudo se había hecho pedazos, y la sangre chorreaba por el brazo. Marco dio dos pasos atrás. Descubrió una melladura en su hoja; modificó el agarre, para cambiar de filo, mientras oía los abucheos de un rebaño de necios que jamás habían pisado un campo de batalla. Trató de encauzar su ira contra el Arcadio.

El gladiador tracio alzó los brazos, contagiado por la euforia de un público que lo jaleaba. Eso hizo que Marco le perdiera el respeto. O tal vez el miedo se volvió tan intenso que se olvidó de los imbéciles que le observaban.

El Arcadio lanzó una estocada y él dio un paso atrás. De nuevo, trató de acercarse, y Marco saltó hacia un lado. Una nueva puñalada se quedo corta.

El público gritaba, indignado, pero él los ignoró. Combatiría a su modo, como siempre había hecho. Con aquella decisión, estaba destruyendo el único puente tendido a su espalda: si se rendía, jamás le perdonarían la vida.

El coste de un gladiador sin renombre era asumible para Marcelo. Su única forma de salir con vida era la victoria.

Las acciones del Arcadio se volvían vistosas, sin un sentido táctico.

Jugaba con él, le obligaba a retroceder. De su propia herida no dejaba de manar sangre. Podía sentir su calor deslizándose hasta la mano con la que sujetaba el escudo, hecho pedazos en la parte alta. Sabía que ese era su punto débil. Bastaba una nueva estocada para convertir su hombro en un amasijo de carne. A su rival eso no se le escapaba, y él sabía que lo sabía.

Vio cómo el Arcadio se giraba para observar el palco: desde su escaño de plata y marfil, Mecenas esbozó un asentimiento.

Recordó las lecciones de geometría de su padre: la distancia más corta entre dos puntos no es el arco, sino la línea recta. Velocidad frente a fuerza; debía jugar con ambas.

Su enemigo dio medio paso al frente, evaluando su reacción. Él no se movió. Un tenue ademán. Marco bajó su espada. El Arcadio se le echó encima y lanzó un nuevo gancho. Él dio un paso atrás con la pierna izquierda y utilizó el giro del cuerpo para segar el espacio que los separaba.

Había ensayado aquel golpe miles de veces frente al poste. Un tajo ascendente, en diagonal, de derecha a izquierda. La fuerza no solo surgía del brazo y el dorsal, sino de desplazar el peso del cuerpo de una pierna a otra.

Mientras su hombro salía del alcance de la sica, buscó el brazo estirado.

Cuando su pie izquierdo pisó la arena, la hoja atravesó las escamas de metal y el acolchado de la manica, seccionó el antebrazo y amputó la extremidad.

La sica saltó hacia un lado, con la mano aún aferrándola. El Arcadio regó la arena con su sangre y cayó de rodillas, sujetándose el muñón.

Un tajo no es más rápido que una estocada, pero la línea recta es más corta que el arco.

El Arcadio se alzó sobre sus rodillas y adoptó la posición de «recibir el hierro». Marco dirigió su mirada hacia el palco. El heredero de la República era incapaz de ocultar su descontento: había preparado un combate fácil para su campeón y este le había dejado en entredicho. Vio cómo Mecenas le susurraba algo al oído, y pudo imaginar el qué. Lisiado e incapaz de

empuñar de nuevo un arma, el Arcadio había perdido todo su valor; en esas circunstancias, ofrecer una muerte al público era algo que se podían permitir. De este modo, les demostraría que no escatimaba en gastos.

Asqueado, alzó su brazo para mostrar el pulgar, solicitando que la vida de su adversario fuera perdonada. Un gesto tan poco habitual que arrancó el aplauso del público, de modo que Marcelo se vio obligado a acceder. Marco ayudó al Arcadio a incorporarse y se dirigió hacia la puerta triunfal, donde sus compañeros le aguardaban.

—Bien hecho, hermano —le dijo Mucro.

La familia Varrón Murena había sobrevivido, salvo un par de tertius palus que abandonaron la arena por la otra puerta, la consagrada a Libitina, la diosa de la muerte. Critias revisaba un brasero lleno de barras de hierro mientras su ayudante Cnemo empleaba un mortero para preparar emplastes.

El dolor le devolvió a la realidad. El médico vertió un chorro de vinagre en la herida de su hombro y aplicó sobre ella el cauterio. La rapidez con la que el anciano detuvo la hemorragia le sorprendió.

—Podrías ejercer en el Palatino —le dijo.

—El lema de la escuela empírica de Alejandría es «curar con medicamentos, no con elocuencia» —respondió Critias—. El éxito de un médico no siempre responde a su capacidad para curar. El primer griego que llegó a Roma para ejercer nuestra profesión fue Arcágato, pero se ganó una pésima reputación por utilizar el cauterio y realizar amputaciones. Por entonces, los romanos desconocían la cirugía, y a ese paleto de Catón le parecía una aberración. En sus escritos, aconseja usar encantamientos para curar las luxaciones…

Catón, el Censor, aseguraba que los médicos griegos se habían conjurado para matar a los extranjeros gracias a su medicina. Y lo hacían cobrando, para inspirar confianza.

—Asclepíades de Bitinia, por el contrario, sedujo a los nobles gracias a su brillante oratoria y su oposición a las sangrías —añadió Critias—.

Casualmente, sus dietas coincidían con los gustos de sus adinerados clientes: evitaba los purgantes y recomendaba reposo y masajes. Incluso recetaba vino y música para curar la fiebre.

—Tú también estás en contra de las sangrías.

—Sí, pero no porque sea algo que agrade a mis pacientes —repuso el médico—. Si dejáramos decidir a la plebe sobre cuestiones de Estado, las arcas públicas se vaciarían para organizar unos juegos.

Marco dirigió su mirada hacia el palco. Finalizados los combates, Marcelo había decidido entregar a Perseo la palma al mejor luchador.

Mientras el gladiador ascendía en dirección al palco, resonaron unas trompas y desde lo alto del auditorio unos esclavos comenzaron a arrojar pan a las gradas donde se encontraba la plebe. Hombres y mujeres se disputaron a empujones las hogazas y se arrodillaron para buscar a tientas las monedas y las placas de bronce, que, más tarde, podrían canjear por regalos. El resto, en pie, ovacionaba, eufórico, al heredero de Augusto.

—Pensaba que los atenienses creíais en la democracia —dijo al médico.

—Aristóteles distinguió entre democracia y oclocracia —respondió Critias—. En la primera, el pueblo elige a aquellos que considera mejores para gobernarle, mientras que la segunda está regida por los caprichos de la muchedumbre: todos opinan sobre cualquier cosa y se creen sabios en cualquier materia. La democracia se basa en una injusticia: la opinión de una persona sabia y honesta vale lo mismo que la de cualquier hijo de puta egoísta e ignorante. Y a partir de esa injusticia, se pretende construir un sistema justo, como si cualquier acto despiadado, decidido por mayoría, dejara de serlo. Roma no está preparada para esa forma de gobierno —

sentenció el médico—. Quizá ninguna sociedad lo esté.

Marco observó a la pareja de criados que, ataviados como Caronte y Mercurio, cargaba con varios cuerpos sin vida, mientras Velox empleaba su cuchillo para arrancar un jirón de piel del antebrazo de su adversario muerto.

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