Pan y circo
Capítulo XVII
El juicio iba a celebrarse en el pórtico del extremo sur de la basílica Emilia, frente al templo de Vesta. Desde la columnata de aquel modesto santuario, una pareja de vestales ataviadas de blanco murmuró algo al ver pasar a Marco Primo entre la comitiva de gladiadores. La plebe, impaciente, se amontonaba en los accesos al anfiteatro erigido en el foro, ajena al proceso en el que se iba a decidir el destino de la República. Con un puñal oculto bajo la túnica, Marco escoltaba al procónsul, que, ansioso, escrutaba el severo rostro de Varrón Murena.
—¿Vamos a recusar a alguno de los jueces? —preguntó.
—No, y dudo que Tiberio lo haga —respondió el jurista—. De los cinco jueces, dos son abiertamente republicanos. El resto forma parte del partido augústeo, pero, ahora que el princeps está enfermo, considerarán los intereses del posible sucesor.
—Si prefieren a Marcelo, votarán en mi contra —murmuró Marco Primo—. Si son leales a Agripa, quién sabe: la mano derecha de Augusto jamás ha ocultado sus simpatías republicanas.
El pórtico no era amplio. Frente a la entrada, sobre una plataforma elevada, se habían sentado los cinco jueces y el pretor urbano. Dado que el magistrado no tenía por qué estar versado en leyes, le acompañaban media docena de asesores. Los bancos de la acusación y la defensa se encontraban a ambos lados, uno frente al otro, y los asientos del público formaban un arco a su alrededor.
Augusto había fijado el número de senadores en seiscientos; en la sala apenas habría la duodécima parte, pero lo que ocurriera aquel día sin duda llegaría a oídos del resto. Los demás asientos estaban ocupados por équites
y su clientela se amontonaba en la entrada. Más que un juicio, parecía una reunión de la Curia. De pie, ante el banco de la acusación, Marco descubrió a Tiberio; al seguir la dirección de su mirada, reconoció las facciones de un rostro cuadrado de nariz gruesa, que revelaban el carácter duro e inflexible de un pugilista. Responsable de las construcciones que estaban transformando Roma, lo había conocido durante un trayecto en barca, mientras supervisaba las reparaciones de la cloaca Máxima que había dirigido Vitruvio. Era Marco Vipsanio Agripa, el general más reputado de la República, responsable de las victorias en Nauloco y Accio.
Le acompañaban otros destacados miembros del partido augústeo. Cayo Antistio conversaba en voz baja con Estatilio Tauro. Aclamado tres veces imperator, Antistio poseía el derecho de designar cada año un miembro del colegio de pretores. El otro extremo de la sala parecía ocupado por senadores de una posición más ambigua, como Valerio Mesala Corvino o Junio Silano; en apenas una década, la lealtad de este último había deambulado entre Lépido, Marco Antonio y Augusto. En torno al banco de la defensa, Sulpicio Galba parecía liderar el grupo más hostil al régimen.
Marco descubrió, aliviado, que Fanio Cepión no se hallaba entre ellos.
Pocos se atrevían a declararse en público en contra del princeps, aunque la mayor parte de la Curia lo detestaba.
Cuando los cinco jueces prestaron juramento, el pretor urbano se dirigió a Marco Primo:
—¿Admite su culpabilidad el acusado?
—No, magistrado —replicó Varrón Murena—. Mi defendido se declara inocente de los crímenes que se le imputan.
—Entonces, el fiscal tiene la palabra.
La oratoria y el derecho, los dos mayores logros intelectuales de la civilización romana, iban a escribir un nuevo capítulo de la historia aquel día. Tiberio caminó hasta situarse en el centro de la sala:
—Es posible que vosotros, jueces, o alguno de los presentes os extrañéis de que alguien de mi edad, sin apenas experiencia en jurisprudencia, actúe como acusador contra un miembro destacado del Senado. Sin embargo, no
dudo ni un instante de que, cuando conozcáis los crímenes cometidos por Marco Primo, todos comprenderéis mis motivos.
Mesala Corvino esbozó una sonrisa tibia. Se decía que Tiberio empleaba su florido estilo como modelo de oratoria, y por ello estudiaba al joven con atención: era su primer juicio, pero no lo parecía. Su carácter reservado, en ocasiones tímido, tal vez le ayudaba a enmascarar el nerviosismo. Su tono de voz al formular el exordio transmitía convicción y franqueza; sin embargo, la reputación de Varrón Murena como jurista era considerable.
—En los idus de mayo de este año, Marco Primo, como procónsul de Macedonia, emprendió una guerra ilegal contra el reino odrisio de Tracia.
No buscaba el bien de la República, sino su lucro personal. Dejó desprotegida la provincia que le habían confiado, para atacar a un pueblo con el que habíamos firmado un tratado de paz. Tampoco hubo ningún casus belli, pues los bárbaros se habían mantenido dentro de sus fronteras.
Ni siquiera fue una conquista para engrandecer nuestro imperio: Marco Primo regresó a Macedonia con trescientas libras de oro y diez mil prisioneros, que vendió a las sociedades de publicanos. Casualmente, Fanio Cepión, amigo de Varrón Murena, el defensor del acusado, tiene participaciones en todas ellas. Los hechos son simples, senadores: Marco Primo emprendió una contienda cruel y devastadora, en la que murieron miles de inocentes, solo para saciar sus ansias de riqueza.
»Provincias saqueadas, maltratadas, asoladas hasta los cimientos; aliados y tributarios del pueblo romano arruinados y sumidos en la miseria; todos piden no ya una esperanza de salvación, sino un consuelo para su ruina.
Un murmullo se extendió por la sala. Tiberio había finalizado su narración citando las Verrinas, de Marco Tulio Cicerón, discurso pronunciado durante el proceso contra Cayo Verres por los abusos cometidos en su provincia. Esa obra maestra de la oratoria había convertido al procónsul de Sicilia en un paradigma de corrupción.
—La cuestión que debéis considerar en esta causa es sencilla —
prosiguió Tiberio—: ¿tenía derecho Marco Primo a invadir Tracia? La Lex
Iulia de Maiestate, bajo cuya jurisdicción nos encontramos, dice, de forma textual: «Es un crimen de alta traición intervenir en los asuntos del Estado sin autorización». Previamente, la Lex Cornelia de Maiestate ya castigaba a cualquier gobernador que abandonara su provincia sin permiso para iniciar una guerra.
»Esta —proclamó Tiberio, mostrando un rollo de papiro— es un acta del Senado de hace cuatro años, de cuando la Curia concedió a Cayo Julio César Octaviano un imperium proconsulare para una década. Entonces se crearon dos clases de provincias: imperiales y senatoriales. Las primeras, fronterizas o no pacificadas, se encontrarían bajo la autoridad del princeps, mientras que las segundas dependerían directamente del Senado.
»La esencia de ese imperium era que Augusto ejerciera su poder sobre las provincias con presencia de legiones. Y este —alzó otro documento—
es un mandato decretado por Augusto, en el que ordena que ningún procónsul o propretor emprenda una campaña militar sin su consentimiento.
Unos deseos que, por algún motivo, Marco Primo ha decidido obviar.
Los mandatos eran instrucciones dirigidas a funcionarios y gobernadores provinciales. En principio, solo poseían validez sobre el destinatario, aunque su reiteración las había convertido en recomendaciones para quien desempeñara el cargo. Desde un punto de vista legal, el argumento de Tiberio resultaba endeble, pues Macedonia era una provincia senatorial sobre la que el princeps no ejercía su imperium proconsulare. El hecho de que Ilírico, Macedonia y África, a pesar de serlo, contaran con la presencia militar suponía una anomalía al modelo creado cuatro años antes, que la enfermedad de Augusto había dejado al descubierto.
—¿Acaso os he de recordar —prosiguió Tiberio— que la auctoritas de Augusto se basa en el juramento de fidelidad que hizo toda Italia poco antes de la guerra contra Egipto y Marco Antonio? En ese solemne momento, mi padre adoptivo juró, sobre la tumba de sus antepasados, que traería una nueva era de paz y prosperidad a Roma.
Tiberio había apelado a la fides, el cumplimiento a la palabra dada, uno de los pilares inspiradores del pensamiento jurídico romano. Cualquier juramento, en una sociedad cuya urdimbre social se basaba en relaciones de
fidelidad entre familias, patronos, clientes, amos y libertos, adquiría un enorme poder simbólico. Allá donde la ley no le asistía, Tiberio recurría a la emotividad.
—A continuación —anunció—, voy a leer las opiniones de Aulo Ofilio sobre este caso.
—Qué raro —masculló Varrón Murena con sarcasmo.
Había llegado el momento de los responsa, los dictámenes de los juristas que, con su auctoritas, avalarían la acusación. Aulo Ofilio, discípulo de Sulpicio Rufo, había sido amigo íntimo de César y era muy afín a Augusto.
—«La razón de emprender una guerra siempre ha de ser el deseo de vivir en paz» —leyó Tiberio—. Eso dice Marco Tulio Cicerón en Sobre los deberes, pues incluso al hacer la guerra se ha de ser justo. Las convenciones para la contienda forman parte del ius gentium, la «ley de las naciones», unas obligaciones morales para todos los seres humanos. Un conflicto solo ha de iniciarse para repeler una agresión, o como represalia por la violación de un tratado. Para que una guerra sea justa, ha de existir un casus belli o, de lo contrario, la República perderá el favor de los dioses.
Un nuevo rumor, esta vez de sorpresa. No importaba que Roma llevara seis siglos declarando guerras «defensivas» hasta hacerse con un vasto imperio; la obra de Cicerón ejercía un enorme peso sobre el pensamiento jurídico romano. Además la cita dejaba abierta una cuestión inquietante: tal vez Marco Primo fuera el responsable de los males que asolaban Roma.
Tiberio se dispuso a exponer sus conclusiones:
—Al iniciar una despiadada campaña para saciar su desmedida avaricia, Marco Primo ha violado las leyes de Roma, los mandatos del princeps, la ley de las naciones y la de los dioses. ¿Qué más crímenes puede cometer un solo hombre? Por ello, solicito a los jueces que le declaren culpable y que, según establece la Lex Iulia de Maiestate, se le requisen sus bienes y se le condene al exilio.
La audiencia, cuyo estado de ánimo influía en los jueces, parecía dividida, y los abucheos o aplausos eran, en ocasiones, más importantes que los propios discursos. A pesar de tener fama de ecuánime, el pretor urbano
tampoco era inmune a su influencia. Tiberio tomó asiento. Varrón Murena ocupó su lugar:
—Sé que muchos os preguntáis por qué he aceptado defender esta causa, a pesar de las terribles consecuencias que podría acarrearme. Pero
¿qué pasaría si nadie se atreviese a contradecir los caprichos de la familia que nos gobierna? Si defiendo a Marco Primo no es solo porque estoy convencido de su inocencia, sino porque, de no hacer nada, la República se hundiría aún más en la tiranía.
»¿Qué puedo decir del acusador, a quien Teodoro de Gádara, su propio maestro de retórica, llamó «barro amasado con sangre»? Ningún miembro del linaje de los Claudios se ha presentado jamás ante un tribunal implorando perdón o con vestimentas de duelo, ni aun acusados de un delito castigado con la pena capital.
»¿Pretende darnos lecciones sobre respeto a los dioses? Todos sabemos que su antepasado Publio Claudio Pulcro, el día antes de una batalla, al ver que los pollos de los sacrificios se negaban a alimentarse, los arrojó al mar diciendo que bebieran, ya que no deseaban comer. La consecuencia de su impiedad fue una ignominiosa derrota ante los cartagineses en Drépano.
»¿Qué puede saber él de dignidad? Su padre, seguidor de Marco Antonio, tuvo que ocultarse como un proscrito y más tarde entregó a Augusto, su enemigo, a su esposa, Livia, de una forma servil y rastrera.
Incluso asistió a la boda, acompañando a la novia como lo hubiera hecho un hermano.
Marco observó la mueca que Tiberio dedicaba a Varrón Murena; una sonrisa gélida, desprovista de humor; el resto de las facciones permanecían inalterables. Era el juramento de un cazador a una presa que, tarde o temprano, desollaría viva. El exordio suponía una breve introducción al discurso, en la que se buscaba el favor y la atención del público. No era extraño que se despreciara al adversario, pero Varrón Murena estaba mostrando una insólita hostilidad hacia Tiberio y su linaje. Marco comprendió que, al hablar del juramento de su padre adoptivo, el joven había dicho que Augusto lo realizó sobre la tumba de «sus antepasados», es decir, los de la familia Octavia, y los del rancio linaje de los Claudios. Sin
duda, Varrón Murena se había dado cuenta de ese matiz y trataba de explotarlo.
—«El crimen de alta traición consiste en disminuir de algún modo la dignidad, grandeza y autoridad del pueblo o de aquellos a quienes el pueblo confirió sus atributos» —recitó Varrón Murena—. Esa es la esencia de la Lex Iulia de Maiestate. Tiberio ha presentado las actas del Senado en las que los padres conscriptos le concedimos «libremente» —dijo con infinito sarcasmo— un imperium extraordinario sobre una serie de provincias. Sin embargo, eso solo sucedió después de que Augusto devolviera al Senado el gobierno de la República. ¡Y Macedonia no se encontraba entre ellas!
Como provincia senatorial, esa autorización, de ser necesaria, debería proceder de la Curia.
—¡Bien dicho! —gritó alguien.
Su discurso daba rienda suelta a un descontento acumulado durante casi una década. El pretor urbano tuvo que alzar la voz para contener el clamor y permitir que el defensor prosiguiera.
—Tiberio ha tratado de convencernos de que la esencia del poder que concedimos a Augusto era que no se emprendiera ninguna guerra sin su consentimiento. Pero eso atenta contra los mos maiorum, los usos y costumbres de nuestros antepasados. El derecho consuetudinario, aquel que tiene su origen en la naturaleza y ha sido conformado por el uso y la costumbre, establece, desde hace siglos, que se confíe en los gobernadores provinciales sobre la conveniencia de iniciar o no una guerra. A pesar de no estar recogidas en las Doce Tablas, esas normas han sido la fuente esencial de nuestro derecho desde la fundación de Roma. Y, como Augusto nos ha recordado infinidad de veces, su cumplimiento es la garantía de la armonía con los dioses.
Se creía que la prosperidad de la urbe era una retribución de los dioses por su fidelidad hacia ellos y los antepasados; por ese motivo, la propaganda de Augusto le presentaba como el restaurador de las antiguas tradiciones. Empleando ese argumento en su contra, Varrón Murena insinuaba que, tal vez, el princeps fuera el responsable del hambre y la peste que asolaban Roma.
—«En tiempos de guerra, la ley enmudece» —añadió, citando el Pro Milone, de Cicerón—. Al igual que vosotros, jueces, yo también he servido en el ejército. Marco Primo recibió informes de que los odrisios preparaban una incursión de rapiña y tuvo que tomar una determinación. ¿Debería haber esperado a ver su provincia invadida, sus ciudades saqueadas y sus campos arrasados para intervenir? ¡Qué fácil es cuestionar aquí, cómodamente sentados, al amparo de la paz que nuestras legiones nos otorgan, las duras decisiones de aquellos que duermen en tiendas desde las que se puede ver al enemigo!
—¿El fiscal desea leer los informes? —preguntó el pretor urbano, mientras recibía los documentos de manos de Varrón Murena.
—¿Proceden de alguna unidad de speculatores, o de las sociedades de publicanos a las que Marco Primo vendió los prisioneros de guerra? —
preguntó Tiberio. Ante el elocuente silencio del aludido, añadió—: Entonces no será necesario, gracias.
Tras carraspear, Varrón Murena reanudó su discurso:
—Tiberio nos ha hablado de ambición desmedida. ¿Acaso Julio César, padre adoptivo del propio Augusto, no emprendió la conquista de las Galias sin el consentimiento del Senado, solo para aliviar sus enormes deudas? ¿Es que ahora Augusto exige a sus iguales que hagan lo que jamás hizo su propio padre? Aunque Macedonia se encontrara bajo su imperium proconsulare, él no está en disposición de ejercerlo a causa de su enfermedad. ¿Por qué, jueces, un senador de Roma no podría ejercer su derecho ancestral de decidir sobre la conveniencia de iniciar una guerra?
Hubo más gritos de apoyo. Varrón Murena recurría a la ficción que el propio Augusto había desarrollado para menoscabar su posición. Era una farsa según la cual el princeps solo era un ciudadano más, con algunos poderes excepcionales y una auctoritas superior al resto. Ahora, ante el vacío de poder causado por su ausencia de la vida pública, esa ficción se volvía en su contra. Más allá de valorar la decisión de Marco Primo, en la sala se estaba juzgando la base constitucional del principado.
Varrón Murena retomó la palabra:
—¿El fiscal acepta que, si hubiera contado con la autorización de Augusto, las acciones de Marco Primo no habrían atentado contra ninguna disposición de la Lex Iulia de Maiestate?
Cuando Tiberio hizo un vago gesto de asentimiento, su adversario esbozó una expresión lobuna.
—En ese caso, llamo a declarar a Marco Claudio Marcelo.
Los senadores se miraron entre sí, buscando al joven heredero en la sala. Los lictores del pretor eran incapaces de ocultar su desconcierto.
—Encontraréis a mi hermanastro en el palco del anfiteatro, cumpliendo con sus obligaciones como edil —los informó Tiberio.
La razón de la fuerza o la fuerza de la razón. Para Marco, aquella disputa había sacado a la luz los fantasmas de su pasado. Platón creyó que la ley era la conveniencia del más fuerte, y Cicerón que la fuerza era el derecho de las bestias. No bastaba con que Roma fuera capaz de someter a los pueblos: debía demostrar que tenía derecho a hacerlo. ¿Acaso era así?
Como soldado, él se había hecho muchas veces esa pregunta.
Al cabo, Marcelo llegó vestido con una ostentosa toga de seda que contrastaba con la pálida indumentaria del público. Se presentó ante el tribunal, acompañado por Mecenas.
—¿Reconoces este documento? —le preguntó Varrón Murena.
El rostro del joven perdió cualquier vestigio de color.
—No.
—Sin embargo, tiene tu sello —añadió el senador. Alzó la voz para dirigirse a toda la sala—: En esta carta, Marcelo, el heredero de Augusto, concede a Marco Primo el derecho de emprender una guerra en Tracia.
El auditorio se convirtió en una suerte de mercado. Varrón Murena entregó el rollo de papiro al pretor, que esbozó un solemne asentimiento tras verificar el contenido del documento. Marco observó a Tiberio; a pesar de su contrariedad, supo que era algo que había previsto.
—Mi defendido declara que en todo momento actuó con la aprobación de Marcelo y del propio Augusto.
Ante las palabras de Varrón Murena, el alboroto se hizo aún mayor. A causa de su enfermedad, el princeps no podía contradecirle, y el testimonio
escrito de Marcelo hacía que aquella afirmación resultase verosímil.
—Su turno, fiscal —dijo el pretor.
Tiberio se aproximó al testigo como un cazador al acecho.
—Marcelo, ¿podrías decirnos qué magistratura desempeñas?
—Sabes perfectamente que…
—Responde, por favor.
—Edil.
—Entonces, ¿con qué autoridad concediste a Marco Primo el derecho a iniciar una guerra?
—Como bien sabes, soy el «heredero» de Augusto. —Aquella palabra parecía envenenada.
—¿Y acaso ignoras que el imperium proconsulare no es un poder delegable, ni tampoco transferible por herencia?
Marcelo enmudeció, aunque la mirada de desconcierto que dirigió a Mecenas fue más que elocuente.
—El testigo puede retirarse —concluyó el acusador.
Tiberio se había visto forzado a elegir. Si defendía la capacidad de Marcelo para ejercer el imperium proconsulare de Augusto, estaría legitimando una sucesión dinástica y, con ello, habría definido su gobierno como monarquía. Y eso era una de las pocas cosas en las que senadores, équites y plebe estaban de acuerdo en despreciar. Si no lo hacía, y negaba la legitimidad de Marcelo para actuar en nombre de su padrastro, quizá ganase el juicio, pero se habría visto obligado a reconocer ante la Curia que el poder de su padre adoptivo, ya moribundo, se basara exclusivamente en su auctoritas.
Tiberio había logrado que la acusación de violar la Lex Iulia de Maiestate siguiera en pie. Sin embargo, en aquel juego de tablero, él y Varrón Murena habían intercambiado dos fichas de muy distinto valor.
El pretor urbano concedió de nuevo la palabra al defensor.
—Me dispongo a leer los responsa —anunció—. Marco Antistio Labeón ha redactado mi informe.
Resonó un murmullo de expectación. A pesar de su juventud, Labeón era uno de los juristas más reputados de Roma. Hijo de un experto en
derecho, su rivalidad con Aulo Ofilio y sus seguidores había dado lugar a dos escuelas jurídicas enfrentadas. La transformación de Roma desde una minúscula ciudad-estado hasta un enorme imperio había hecho que muchas de sus leyes estuvieran obsoletas, y el respeto a la tradición obligaba a reinterpretarlas. Eso hacía que las opiniones de los juristas de prestigio poseyeran un enorme peso, y la hostilidad de Labeón hacia Augusto era ya proverbial.
—El estado de causa jurídica se divide en dos tipos: absoluta y asuntiva
—dijo Varrón Murena—. La absoluta contiene cuanto es suficiente para establecer si algo es justo o injusto: sucede cuando el acusado ha actuado conforme al derecho. La asuntiva se produce cuando ella misma no contiene apoyos firmes para rechazar la acusación y busca medios de defensa externos a la causa. Uno de ellos puede ser la «transferencia de la acusación», si es posible trasladar a otra persona la responsabilidad del hecho que se imputa.
»En mi opinión, a pesar de que Marco Primo admite haber realizado los actos de los que se le acusa, es posible aplicar esa transferencia de culpabilidad. Con independencia de que Marcelo tuviera la capacidad legal para otorgar el derecho de iniciar una guerra, está fuera de duda que el procónsul actuó de buena fe, al pensar que no contradecía los deseos del princeps.
Un inmenso estupor se propagó por el pórtico. El pretor tuvo que ordenar a gritos que los senadores guardaran silencio. Varrón Murena se dispuso a exponer sus conclusiones:
—A causa de la fogosidad de la juventud, Tiberio ha acusado a Marco Primo de violar las leyes de Roma, los mandatos del princeps y la ley de las naciones. Para ello, ha citado varias veces a Marco Tulio Cicerón. Algo insólito, dado que fue su padre adoptivo quien firmó su condena de muerte.
—Hubo risas entre el público—. Sin embargo, en Sobre los deberes, Cicerón deja claro que la justicia no debe confundirse con la ley. La justicia, como concepto universal, ha de imperar por encima de todas las leyes, o de lo contrario «la extrema justicia acaba convertida en injusticia extrema».
»Sin embargo, ha quedado demostrado que el gobernador de Macedonia no vulneró la Lex Iulia de Maiestate, pues no se le había dirigido un mandato expreso, y Macedonia es una provincia senatorial, que no se encuentra bajo el imperium proconsulare de Augusto. Si debiéramos juzgar a alguien, es a Marcelo, por ejercer de forma ilícita un poder concedido a su tío durante un periodo de diez años. —El defensor se plantó ante los jueces con una solemnidad teatral—: «En la duda prevalece la equidad». «La obligación de probar incumbe al demandante». Durante siglos, estos principios han sido dos de los pilares de nuestro derecho. Por ello, solicito la absolución de Marco Primo de los cargos que se le imputan.
Dicho esto, el senador se sentó de nuevo junto a su defendido. Su expresión dejaba claro que se sentía ganador.
—¿Desea añadir algo el fiscal? —preguntó el pretor urbano.
Tiberio se levantó de su asiento para contestar.
—Quisiera formular una pregunta al defensor.
—Proceda.
—Por lo que ha dicho Varrón Murena, debemos entender que Augusto desempeña su puesto preeminente en la República solo a partir de una auctoritas que lo sitúa por encima del resto —razonó Tiberio—. Una auctoritas basada en el respeto del pueblo hacia un líder que les ha traído la paz, después de ser aclamado imperator por sus legiones. Un poder que, por desgracia, su enfermedad le impide ejercer. ¿No es así?
—Así es —confirmó Varrón Murena.
—En ese caso —concluyó Tiberio—, llamo a declarar a Cayo Julio César Octaviano.
El murmullo se convirtió en estruendo cuando el público vio entrar a Augusto en la sala. No parecía moribundo; su aspecto, sereno y arrogante, era el de siempre. Su vestimenta resultaba tan sencilla como sus ademanes; la corta estatura de su proporcionado cuerpo era lo único que le restaba dignidad. Se situó ante el fiscal de forma solemne, no sin antes dedicar una mirada altiva a Varrón Murena.
—De nuevo, solo haré una pregunta —dijo Tiberio—. ¿Diste tu aprobación a Marco Primo para que iniciara una guerra en Tracia?
—No —respondió Augusto—. Antes de que tomara posesión de su cargo en Macedonia, le expresé mi deseo de que respetara las fronteras y los tratados firmados con nuestros aliados.
—Esta es la voluntad de quien nos ha traído la paz romana —proclamó Tiberio—. Alguien cuya auctoritas ha reconocido el propio defensor.
Con aquella maniobra, el juicio se había convertido en un enfrentamiento entre la palabra de un procónsul y la del heredero de Julio César, imperator, princeps y Augusto, quien ejercía el control sobre las veintiséis legiones de Roma.
—¿Desea el defensor interrogarle? —preguntó el pretor urbano.
Varrón Murena se dirigió con determinación hacia el centro de la sala, hasta encararse a Augusto:
—¿Acaso no es cierto que en Egipto has sido coronado «rey»? —
pronunció la última palabra con el desprecio de la que solo sería capaz un optimate—. ¿No es verdad que has prohibido que cualquier senador pise el reino que ostentas como propiedad privada? ¿No es cierto que pagas a las legiones de tu propia bolsa y que por ello te son leales? ¿No es verdad que utilizas el grano del Nilo para comprar al populacho? ¿No es cierto, en definitiva, que en tus decisiones confundes el interés público con el privado? ¡Y ahora acusas a un miembro del Senado de utilizar a sus legiones para enriquecerse!
—¿Me está acusando Varrón Murena de emplear mi patrimonio para pagar aquello que Roma no puede? —respondió Augusto—. ¿O de utilizar el grano egipcio para alimentar a los desfavorecidos? En ese caso, puedes subir a la Rostra para decirle al pueblo romano que estás en contra de que se les entregue pan y se pague a sus legiones.
Los asistentes guardaron silencio mientras imaginaban la escena: si Varrón Murena aceptaba el desafío, sus restos mortales acabarían desperdigados por el foro. Acorralado, el senador enrojeció de ira.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Quién te ha pedido que vengas? —gritó, señalando al princeps con el dedo.
—El interés público.
Un nuevo murmullo, esta vez de admiración. Augusto habría podido fácilmente intimidar al tribunal, pero decidió acudir como un simple testigo, mientras que Varrón Murena había perdido la compostura. En ese momento, Marco supo que todo estaba sentenciado. Tiberio había actuado con una tercera intención. Primero les había hecho creer que buscaba una condena para Marco Primo, a sabiendas de que Varrón Murena trataría de utilizar la farsa de Augusto en su contra. Gracias a ello, había logrado que uno de los líderes de la conspiración reconociera en público la auctoritas de su padre adoptivo. Y eso le puso en bandeja el golpe final que supuso la llegada del propio Augusto.
Tres votos a favor y dos abstenciones condenaron a Marco Primo al exilio.
Era de noche cuando regresaron a la isla Tiberina. La comitiva acompañó a Varrón Murena con una antorcha en la mano; la otra sobre la empuñadura de la espada, oculta bajo el manto. El funeral de Velox fue más animado que aquella sombría procesión por las callejuelas del Velabro.
Pasaron ante un vetusto templo en cuyo soportal las esposas de artesanos y comerciantes, hasta entonces respetables, ofrecían su cuerpo acompañadas de sus hijas. El pudor de las busconas disminuía a medida que la carestía acrecentaba su desesperación.
Mientras caminaban, Marco se esforzaba para que ningún gesto delatase su satisfacción ante el desenlace del juicio. Ajeno a las maquinaciones de su patrón, la mente de Mucro también parecía estar en otra parte:
—Mañana te enfrentarás a Perseo.
Él asintió con la cabeza.
—¿Cómo lo ves? —añadió el suburano.
—No será fácil —reconoció.
—Marco…, no te ofendas por lo que te voy a decir —masculló Mucro
—. Solo en uno de cada cinco combates el público desea la muerte del perdedor. Sal a la pista y hazlo bonito, no te compliques. Y si no lo ves claro, levanta los dos dedos en cuanto puedas. He visto a Perseo infinidad de veces en la arena. Créeme, es mejor jugarse la vida a los dados que tratar de acabar con él.
Era un buen consejo. Implicaba una posibilidad entre diez de morir.
Encontró esa idea reconfortante y, una vez más, se preguntó qué le movía a hacerlo. Dos años atrás, al referirse a la arena, había dicho que, para que el valor fuera útil de verdad, debía existir una causa por la que luchar, y él no acababa de encontrar la suya. Saldar su deuda de sangre con Fanio Cepión habría sido más fácil si se tratara de asaltar su comitiva espada en mano, nada más. En su lugar, debía afrontar un peligro tras otro y matar a alguien al que no odiaba.
La identidad de Prudes, el gladiador, se estaba adueñando de él. Lo había obligado a convertirse en algo de lo que había huido durante toda su vida; ya no sabía a quién obedecía su voluntad. Ignoraba si había matado a Velox porque suponía una amenaza, o porque detestaba el olor de su bolsa de cuero y su mezquindad. Tal vez aquella misión solo le otorgaba una coartada para sacar a la luz una parte de sí mismo que jamás había estado dispuesto a asumir. La desoladora verdad es que no temía lo que pudiera ocurrirle al día siguiente. Su mayor miedo era dejar de saber quién era.
Al fin llegaron a la casa. La luz de las lámparas de aceite apenas mitigaba el sombrío aspecto del atrio, tan solo desfiguraba las facciones de los bustos depositados en el sagrario. La sucesión de candiles adosados a las paredes del corredor que conducía al patio hacía que este se perdiera en la oscuridad.
—¿Qué es eso? —preguntó Mucro.
La puerta del dispensario permanecía entreabierta, y una mancha oscura asomaba por debajo. Marco tomó uno de los candiles y se asomó más allá del umbral.
La sangre reseca no parece sangre, reflexionó, sino más bien una flema melosa y negruzca, como garum podrido. Descendía por un reguero continuo, empapando la túnica, como manchas de humedad en las paredes de una casa abandonada. Habían desgarrado la prenda, que dejaba al descubierto un tórax blanquecino, cuyas costillas se marcaban bajo la piel como los barrotes de una jaula. De la herida asomaban las vísceras y manaba a borbotones toda aquella podredumbre. Inclinada, la cabeza del médico tenía una expresión agónica y antinatural; su rostro partido por un
surco rojizo dejaba al descubierto parte del cráneo, como si fuera una máscara de piel sobre una débil membrana de carne.
—Primero Velox. Ahora Critias —murmuró Perseo.
Al girarse, Marco se dio cuenta de que la mitad de la escuela se había congregado más allá de la puerta. No supo cuánto tiempo había estado contemplando el cadáver.
—Marco ha estado con Varrón Murena —farfulló Mucro, mirando fijamente a Perseo—. No ha podido ser él.
Vitruvio acostumbraba a decirle que toda tragedia siempre trae consigo algo útil. La desconcertada expresión de Perseo era una muda disculpa por haber dudado de él. Un gesto que Marco agradeció, aunque al día siguiente tuviera que matarle.
OceanofPDF.com