Pan y circo
Capítulo XIII
Las dos jornadas restantes transcurrieron sin novedad. Era media tarde cuando llegaron a Emporium, un inmenso complejo de almacenes construido extramuros, más allá de la puerta Trigémina, en la orilla oriental del Tíber, al sur del Aventino. La flotilla atracó en el muelle de sillería, con la proa orientada hacia el cauce del río para no ser arrastrada por la corriente. Mientras los marinos ataban las gabarras al amarradero de travertino tallado en forma de cabezas de animales, los gladiadores se abrieron paso entre un bullicio formado por estibadores, funcionarios y comerciantes que vociferaban en un centenar de lenguas.
Marco cargó el petate al hombro y admiró el lugar. Más allá de las aduanas y las instalaciones portuarias, se erguía el gigantesco pórtico Emilio, con más de mil seiscientos pies de largo por doscientos de ancho, cubierto por cincuenta bóvedas dispuestas en cuatro filas. Los Horrea Sulpicia eran tres enormes almacenes construidos detrás de él, con las naves dispuestas en torno a unos patios; algo más al sur, había nacido una colina gracias a los fragmentos de las ánforas de aceite llegadas de la Bética.
Los gladiadores rodearon el pórtico para entrar en uno de los almacenes.
Los recibió la imponente tumba del cónsul Sulpicio Galba, proclamando el origen de la riqueza de su estirpe.
—Tengo que entregar los digmata—dijo Hermes.
El horrearius recogió los recipientes sellados y anotó el nombre de los patrones y las naves en el registro. Tras ello, ordenó a un grupo de esclavos que descargara el cereal.
Mientras cumplían los trámites, Marco paseó por el interior de aquella inmensa construcción. No muy lejos de las oficinas, se almacenaba una
inmensa cantidad de leña y aceite, que el millón de habitantes de la urbe emplearía para calentar e iluminar sus hogares. La preocupación ante el peligro de incendio era palpable, a juzgar por la presencia de surtidores de agua y las cuadrillas de bomberos. ¿Acaso pretendía Fanio Cepión sabotear los almacenes mediante un incendio? Lo consideró improbable. Había completado su misión sin descubrir nada importante. Salvo por la formidable escolta que había acompañado a la flotilla de gabarras y el incidente con el capataz, no había visto nada fuera de lo normal.
—Nos vamos —le dijo Hermes.
Velox los aguardaba con los caballos en una de las salidas que desembocaba en la vía Ostiense. Al parecer, el ergastularius y los hombres de Cepión los acompañarían hasta la isla Tiberina, y eso no era nada halagüeño.
Alrededor de Emporium se había congregado una enorme multitud de curiosos que una cohorte urbana y varias centurias de pretorianos trataban de mantener alejada del perímetro vallado. El puerto del Aventino se encontraba más allá del recinto amurallado de Roma; así pues, los soldados iban armados con la panoplia completa. Sus yelmos y cotas de malla resplandecían bajo el hiriente sol de la tarde.
Al salir, un enjambre de curiosos se apiñó a su alrededor.
—¿Venís de Ostia? —les preguntó un tipo bajito, de aspecto plebeyo—.
¿Habéis traído trigo?
—Sí. —Marco no supo qué añadir; la ansiedad ante la escasez de pan era palpable.
La estación estival acostumbraba a teñir de dorado las siete colinas y el calor despertaba en sus habitantes el deseo de refrescarse en el Tíber. Sin embargo, aquel verano el río se había convertido en un lodazal de fétidas charcas de agua estancada donde los peces se pudrían al sol y cientos de mujeres y niños se agolpaban para llenar los cántaros y las ánforas.
Entraron en la ciudad por la puerta Trigémina, una vez rebasado el puente Sublicio, y se abrieron paso por las calles que recorrían la orilla. Los cuernos de la abundancia que Augusto había hecho esculpir en los edificios públicos aparecían tachados con groseras pintadas. Otras se mofaban de la
pacificación del norte de Hispania y del cierre de las puertas del templo de Jano; la propaganda de Augusto era incapaz de ocultar que la guerra cántabra estaba muy lejos de finalizar.
A su derecha, una muchedumbre se agolpaba ante un templo erigido en la falda septentrional del Aventino, no muy lejos del circo Máximo.
Consagrado a la diosa de la agricultura, la importancia política de aquel modesto santuario era, sin embargo, enorme. No solo se había convertido en la sede de los magistrados plebeyos, sino también en el lugar donde se repartía el pan de los subsidios.
—El templo de Ceres se incendió hace ocho años —dijo Mucro—.
Augusto lo hizo reconstruir, pero hay quien lo considera un mal augurio.
Atravesaron el puerto Tiberino, el vetusto embarcadero de Roma, tras el cual se hallaba el foro Boario. Una vez allí, pudieron ver la isla Tiberina.
La mansión de Varrón Murena estaba abarrotada, sumida en un insólito ajetreo. En el patio, las comitivas de varios nobles aguardaban sin poder ocultar su inquietud. Nada más descabalgar, Hermes se dirigió a la segunda planta.
—Será mejor que tú también vengas —le dijo a Velox.
Vestido con una elegante túnica de seda, Perseo los aguardaba junto al corredor que conducía a los establos.
—Fijaos, si es el nuevo lameculos de Marcelo… —vociferó Mucro—.
¿Qué haces mezclándote con simples mortales, Perseo? Por cierto, ¿te encuentras bien? Parece que sientes una ligera incomodidad al sentarte.
El hoplómaco se levantó de su asiento esbozando una enigmática sonrisa y les estrechó la mano.
—¿Todo bien? —preguntó.
Por un momento, Marco sintió la mirada del gladiador horadándole.
Después de aquella demencial noche en el cementerio y el arrabal, la actitud de Perseo hacia él se había vuelto más cordial; sin embargo, ahora mostraba una indefinible cautela. Sin saber por qué, le asaltó una turbadora intuición: Marco era myrmillo y Perseo hoplómaco, gladiadores de categorías rivales.
—¿Qué ocurre? —inquirió Mucro—. Al llegar aquí vimos…
—El grano comienza a escasear —dijo Perseo—, al igual que el suministro de agua.
—¿Y qué va a hacer Marcelo al respecto? —preguntó Marco.
—Organizar unos juegos. Hacia las calendas de julio, durante los Juegos Apolinares, protagonizará la clásica peregrinación por los templos para ahuyentar a los males. Y, a finales de mes, celebrará por todo lo alto la Neptunalia, la fiesta en honor a Neptuno para conjurar la sequía.
—Eso me tranquiliza —respondió, sarcástico—. Cuando Agripa desempeñó el cargo de edil hizo construir fuentes y acueductos, y restauró la cloaca Máxima. Ese niñato no hace más que dilapidar el erario público.
—Explícaselo a la plebe. —Perseo se encogió de hombros—. Están encantados con sus medidas. Nadie desea ver una cloaca, por muy necesaria que sea. Ver a Cintia desnuda en escena resulta mucho más estimulante.
Roma contaba con cuatro acueductos: Aqua Apia, Aqua Anio Veto, Aqua Marcia y Aqua Tepula. Durante su edilato, Agripa realizó mejoras en este último e hizo reparar el resto, además de erigir ciento treinta depósitos de agua y mil doscientas fuentes, todo a costa de su patrimonio. Años después, había ordenado construir otros dos acueductos, el Aqua Iulia y el Aqua Virgo, que aumentarían en un tercio el suministro de agua a la capital.
Las obras no habían concluido.
Agripa había sido ingeniero militar y pensaba como tal. Mecenas, por el contrario, aconsejaba al joven heredero en lo que resultaba más útil para ganarse el favor del pueblo. La plebe deseaba evadirse de la miseria en la que vivía y acudiría eufórica a los espectáculos que Marcelo preparaba para ellos. Esa idea reavivó su inquietud.
—¿Tendremos que participar en los Juegos Apolinares? —preguntó Marco a Perseo.
—Sin duda —respondió el hoplómaco—. Mecenas ha recurrido a todos los lanistas de Italia.
—¿Tú y yo?
Perseo le observó fijamente antes de contestar:
—Es más que probable. —Gracias a sus reuniones con Marcelo y Mecenas, era obvio que sabía algo más, aunque no quisiera decirlo.
Marco trató de cambiar de tema:
—¿Has conocido a Cintia?
—No tanto como quisiera —dijo con una sonrisa de depredador. Algo más serio añadió—: Es la nueva amante de Marcelo. Sé que fue la doncella de Vitruvia…
De nuevo, esa expresión suspicaz. Perseo no era ningún idiota. Debía ser más cauto.
—Marco… —le dijo—, una mujer puede ser ingenua, puede ser hermosa o puede ser inteligente, pero resulta imposible que sea las tres cosas al mismo tiempo. Desde luego, Cintia no es tonta, y Vitruvia tampoco. Los hombres nos volvemos estúpidos ante esa clase de mujeres, y eso es algo que ellas saben usar en su provecho.
No supo qué responder. ¿De dónde había sacado su hermanastra el dinero necesario para su negocio editorial? ¿Por qué los tratados de su padre, que ella había publicado, estaban dedicados a Augusto y le había concedido una pensión? Podía seguir eludiendo aquellas preguntas, pero eso no cambiaría la realidad.
—Por cierto —añadió Perseo—, nos ha visitado tu antiguo dueño.
Llegó a primera hora, junto a diez senadores. Han estado reunidos con Varrón Murena toda la mañana. Si quieres saludar a Fanio Cepión, está en la segunda planta.
No supo interpretar el sarcasmo. Se trataba de una advertencia; el hoplómaco había percibido su inquietud. Tratando de mostrarse tranquilo, se despidió de él y de Mucro para llevar su caballo al establo. Tenía que buscar una excusa para abandonar la casa sin levantar sospechas o, al menos, buscar un lugar donde ocultarse hasta que Cepión se marchara. En la caballeriza, los animales pastaban en sus pesebres mientras el mozo de cuadra ensillaba uno de ellos.
—Déjalo ahí —dijo Vesto al verle entrar—. Tengo que preparar a Niké para Velox, más tarde me encargaré de él.
Marco anudó las riendas en el dornajo y, una vez retirada la silla, fingió inspeccionar los cuartos traseros de su montura. El muchacho acariciaba con cariño las crines de la yegua que atendía.
—Tienes un largo viaje, pequeña…
Había ensillado a otros tres caballos y las alforjas estaban llenas. Se preguntó qué se traían entre manos. Días atrás, Varrón Murena había asegurado que adelantarían sus planes, y ahora enviaba a Velox a una misión, tras reunirse con Fanio Cepión, Sulpicio Galba y una decena de senadores.
Marco atravesó el vestíbulo tratando de evitar que le descubrieran, consciente de que, si se topaba con Cepión, su vida no valdría nada. Una turba de indigentes le rodeó ante el templo de Esculapio. Se detuvo ante un tullido con las piernas amputadas, sentado sobre un pequeño carro que movía con dos tacos de madera atados a las manos. Le llamaban Diocles, en honor a un famoso auriga. El letrero que colgaba de su cuello aseguraba que era veterano de la Legión X. Muchos mendigos recurrían a mentiras como aquella para despertar la compasión de los transeúntes. Sin embargo, la mirada de Diocles irradiaba el orgullo del veterano, esa absurda autoestima de quien ha logrado sobrevivir una y otra vez a la muerte. Lo único que a él mismo le había permitido encontrar un lugar en el mundo, aunque tal vez solo sirviera para crear otro ficticio, ajeno al real, donde conceptos como el honor y la lealtad tenían algún sentido.
Ambos se observaron durante un instante, compartiendo una extraña complicidad. Quien ha sido soldado jamás deja de serlo. Marco extrajo un par de sestercios de su bolsa para entregárselos.
«Las bestias salvajes de Italia tienen su refugio; pero los que combaten y mueren por ella no poseen más que el aire y la luz. Sin casa, como vagabundos, erran con mujer e hijos. Los generales mienten a sus soldados cuando, antes de la batalla, los instan a defender sus tumbas y santuarios contra sus enemigos, pues ninguno de esos romanos posee un altar familiar o una tumba de sus ancestros. Por el lujo y la riqueza de otros combaten y mueren; ellos, de quienes se dice que son los amos del mundo, no tienen siquiera un puñado de tierra que les pertenezca».
Cien años antes, ese había sido el discurso de Tiberio Sempronio Graco para defender su reforma agraria. Un proyecto de ley que establecía un límite de extensión a las tierras públicas entregadas en usufructo a cada
ciudadano, para que las restantes pudieran ser redistribuidas en lotes entre los desposeídos y los legionarios licenciados a cambio de una retribución simbólica. Eso chocaba frontalmente con los intereses de los optimates, los grandes terratenientes que hasta entonces habían gobernado la República, liderados por la poderosa familia de los Escipiones.
Cuando Tiberio Sempronio Graco trató de ser reelegido de forma inconstitucional para prolongar su mandato y consolidar sus reformas, un grupo de hombres armados, encabezados por Escipión Nasica, masacró a sus seguidores en la colina Capitolina. Tiberio murió de un mazazo en la nuca. Arrojaron su cuerpo al Tíber, con lo que se le negó cualquier sepultura. Mientras tanto, el pueblo cuyos intereses había defendido se apresuró a saquear su casa.
La reforma agraria fue sacada adelante por su hermano Cayo Sempronio Graco, que también logró aprobar la Lex Frumentaria, gracias a la cual el Estado debía suministrar pan a la plebe a un precio módico. Sin embargo, una vez agotado su mandato, el Senado, controlado por los optimates, comenzó a demoler una tras otra sus reformas. Las disputas entre ambos bandos se convirtieron en batallas campales. Cuando trataba de calmar los ánimos, la escolta de varios senadores rodeó a Cayo, quien, antes de ser linchado, ordenó a un esclavo que lo matara. Uno de sus amigos le decapitó y rellenó su cabeza con barro: los optimates habían ofrecido su peso en oro a quien se la entregara.
Durante los siguientes sesenta años, la Lex Sempronia frumentaria se convirtió en un caballo de batalla que enfrentó a optimates y populares. El tribuno de la plebe Publio Clodio Pulcro la amplió, haciendo que el trigo fuera gratuito, y legalizó de nuevo los collegia, que rápidamente se convirtieron en bandas armadas. Cuando Clodio fue asesinado por otro populista radical llamado Anio Papiano Milón, sus seguidores convirtieron a la Curia en su pira funeraria.
Durante su primer consulado, Julio César trató de reinstaurar la ley agraria de Tiberio Sempronio Graco, para repartir las tierras públicas entre la plebe y los veteranos de Pompeyo. Una vez más, se encontró ante la oposición de buena parte de la Curia. Marco Porcio Catón empezó a hablar
sin parar, y César ordenó a sus lictores que se lo llevaran. Algunos senadores abandonaron la sala. Cuando les preguntó por qué lo hacían, respondieron que preferían estar en la cárcel con Catón, antes que en el Senado con él. Un anciano senador, llamado Lucio Gelio, declaró que aquella ley no entraría en vigor mientras él viviera. Cicerón, mostrando su acostumbrada sagacidad, apostilló con sarcasmo: «Al parecer, Lucio Gelio solicita un breve aplazamiento antes de que se apruebe la ley».
César decidió llevar su propuesta a los Comicios. El otro cónsul, Marco Calpurnio Bíbulo, yerno de Catón, trató de impedírselo. Pero César era un hombre con recursos. Los veteranos de Pompeyo llegaron en masa a la capital. Asaltaron a Bíbulo en plena calle, rompieron los fasces de sus lictores y volcaron un cesto lleno de estiércol sobre su cabeza. Cuando la asamblea popular aprobó la Lex Iulia Agraria, Bíbulo decidió dedicarse a escrutar los cielos en busca de presagios, sin salir de casa. Era costumbre designar cada año por el nombre de los dos cónsules electos; aquel pasaría a la historia como «el año de Julio y César».
Por obra de César, el legado de los Graco había permanecido intacto, y más tarde, Augusto, su heredero, fijó el número de beneficiarios de los subsidios en doscientos mil ciudadanos. Desde niño, Marco había sentido una enorme admiración por César, a quien su padre había servido hasta que fue herido en la Galia. Gracias a él su madre había obtenido la ciudadanía, y sus entregas de pan habían ayudado a su familia a subsistir.
A lo largo de los últimos días, Marco se había preguntado por qué estaba arriesgando su vida, cuál era la causa por la que luchaba, si solo trataba de satisfacer una venganza. Al contemplar a aquel veterano lisiado, al fin lo había recordado.
Una hora después, Velox recorría a caballo las calles del Quirinal acompañado de otros tres gladiadores. Los conspiradores sin duda sospechaban que Agripa, o algún otro miembro del gabinete del princeps, podría haber apostado espías en torno a la casa, y una comitiva más numerosa tal vez hubiera despertado sospechas.
El gladiador atravesó las murallas de Roma por la puerta Colina, que desembocaba en la vía Salaria, una antigua calzada que se dirigía hacia el
este. Marco, que le había seguido entre el tumulto, le vio detenerse ante una pequeña casa adosada a unas letrinas; en el soportal un barbero afeitaba a un cliente. Este advirtió las cáligas de una docena de individuos que se aproximaban y recogió a toda prisa sus utensilios para marcharse.
Todo fue rápido. Cuando los gladiadores quisieron reaccionar, habían apuñalado a dos por la espalda. El tercero les dio más problemas, hasta que Annio y Niñato lo degollaron. Marco descubrió a Velox con el arma desenvainada y la espalda apoyada en la pared del pórtico. Sus ojos deambularon de un rostro a otro; los entrecerró con rencor al reconocerle.
—Así que era cierto —espetó con desprecio—. Eres un maldito traidor…
Sin embargo, era incapaz de ocultar su miedo. Sin duda sabía por qué aún seguía con vida y parecía dispuesto a todo para impedirlo. Su mano derecha aferró con fuerza la empuñadura de su arma hasta que los nudillos se volvieron blancos. Desde el interior de la casa, una voz le detuvo:
—¿Tito?
Una anciana de cabello revuelto se había asomado por la puerta entreabierta, con un ademán de inquietud dibujado en su apacible rostro.
—¿Mamá? —respondió Velox, mientras ocultaba su arma. Se dirigió hacia ella, para evitar que escudriñara más allá de la esquina y descubriera los dos cadáveres.
—¿Quiénes son estos hombres, hijo? —preguntó la anciana—. ¿No habrás vuelto a hacer algo malo?
La expresión del gladiador mostraba una desesperación mayor que al verse acorralado. Dirigió una mirada de súplica a su compañero de escuela.
—No —dijo Marco, con la vista fija en Quinto.
La anciana observó la mano derecha del antiguo centurión; lucía un anillo de oro, símbolo de su pertenencia a la clase ecuestre, rango que despertaba entre la plebe un temor reverente.
—No —asintió Quinto—. Nos han encargado una misión y su hijo se ha ofrecido a ayudarnos. Ha venido a despedirse.
—¿Una misión importante? —En el rostro de la anciana había brotado una sonrisa.
—Sí, una de vital importancia para Roma —corroboró Quinto—. Es muy peligrosa, tal vez no regrese…
—Adiós, hijo —se despidió la anciana, adoptando toda la dignidad que cabría esperar en una matrona romana—. Sé valiente y escríbeme.
—Eso haré, madre —respondió Velox.
Le arrastraron hasta el interior de las letrinas. Las paredes de sillería estaban cubiertas de pintadas de prostitutas que ofrecían sus servicios, y una pequeña hornacina contenía una efigie de Hércules. A la derecha, había un corredor con un banco corrido provisto de agujeros para hacer de vientre.
Los legionarios que acompañaban a Quinto cerraron la puerta y se apostaron en la entrada; la estancia quedó sumida en la penumbra.
—En la escuela, nadie la conoce —dijo Velox, nervioso, refiriéndose a su madre—. Ni siquiera sabe que formo parte de ella. Quizá podamos llegar a un acuerdo…
Annio comenzó a recitar en voz alta:
—«Igual que no es posible la alianza entre leones y hombres, ni el acuerdo entre lobos y corderos, tampoco puede haber pactos ni amistad entre nosotros».
El gladiador dio dos pasos atrás.
—Yo no sé nada —dijo—. Aparte de Fanio Cepión y Varrón Murena, los planes solo los conocen Hermes y el ergastularius.
—Lo siento —repuso Marco—, ya sabes cómo funciona esto.
Velox tensó ligeramente su mandíbula, al recordar la última noche del capataz. Sabía que, aunque les dijera la verdad desde el principio, querrían asegurarse de que no les ocultaba nada.
—¿Cuál es tu misión? —le preguntó Quinto.
—Entregar esto —dijo, depositando sobre las letrinas un minúsculo rollo de papiro—. Es un mensaje para un armador de Castrum Truentinum.
El puerto de Asculum: desde allí se fletaban naves hacia Oriente. Si la carta iba dirigida al gobernador de Siria o al de Macedonia, resultaba ingenioso. Con un buen caballo, aquellas ciento sesenta millas por la vía Salaria se podían realizar en cinco o seis días. Cualquiera que quisiera interceptar un mensaje habría aguardado en Ostia, el puerto de Roma.
—Si nos has mentido… —le advirtió Quinto.
—Ya lo sé. —El gladiador dirigió una mirada hacia la casa y arrojó al suelo su espada.
Velox era rápido. Cuando Niñato trató de sujetarle, le golpeó en el rostro y huyó por el corredor. Marco corrió tras él, a sabiendas de que no había salida. Al llegar, descubrió al gladiador blandiendo un puñal. Dio un paso atrás, y vio cómo arrojaba algo a una de las letrinas. A continuación, Velox se clavó el arma en el lado izquierdo del cuello y abrió un surco hasta llegar a la garganta. La sangre manó como al rasgar un pellejo de vino, hasta formar un charco en el suelo. Marco se arrodilló junto a él.
—No le hagáis daño —dijo Velox, entre toses.
Él asintió, mientras Niñato trataba de taponar la herida con un pedazo de tela; la hoja había desgarrado la yugular y la carótida. El gladiador sabía lo que hacía: vena y arteria se habían convertido en un manantial. Al cabo de unos instantes, murió desangrado.
Marco tomó el trapo que le ofrecían para limpiarse las manos.
—Ten cuidado —murmuró Annio a su lado—: Tiberio no juega limpio contigo.
Quinto apareció en el pasillo e hizo un gesto a sus hombres.
—Deshaceos del cadáver y esperadme fuera —les ordenó—. Aseguraos de que nadie entre.
Annio y Niñato se llevaron a rastras el cuerpo sin vida de Velox, no sin antes dedicar a su camarada una mirada de advertencia. Marco se encaró al centurión:
—Su madre…
—Esa vieja no me interesa —aseguró—. Y la emboscada ante la puerta Esquilina no fue idea mía, sino de Tiberio. Le dije que era muy arriesgado…
—Seguro que eso no le quitó el sueño.
Quinto decidió ignorar su comentario.
—Diocles nos hizo llegar tu recado —prosiguió—. Registramos las gabarras: no hemos encontrado nada anómalo, salvo que la carga era de centeno y no de trigo.
—El funcionario que chantajeamos tenía que supervisarla —señaló Marco—. Debió de falsificar los digmata. Fanio Cepión ha estado cultivando centeno en su hacienda…
Quinto comprendió lo que su amigo quería darle a entender.
—Parece una maniobra comercial fraudulenta —asintió—. Fanio Cepión y Varrón Murena pretenden vender trigo adulterado con centeno para aumentar su margen de beneficios. El princeps ha fijado unos precios por ley, y los optimates ya no pueden especular como antaño.
Desde siempre, los nobles se habían enriquecido gracias al hambre. En años de carestía, compraban el trigo en provincias para almacenarlo, a sabiendas de que su precio se dispararía a causa de la escasez, y lo vendían cuando la plebe, desesperada, estaba dispuesta a pagar cualquier precio por una hogaza de pan.
—¿Podrá Augusto sufragar los subsidios y, al mismo tiempo, controlar los precios? —preguntó Marco—. La guerra cantábrica se ha reanudado…
La llegada del tesoro egipcio a Roma había desencadenado una bajada de los precios y el interés de los préstamos obligaba a una emisión de moneda casi insostenible. Augusto esperaba que el oro que albergaban las montañas del noroeste de Hispania sirviera para paliar el colosal gasto público. Sin embargo, a pesar del prematuro triunfo celebrado en la capital, la guerra cantábrica aún estaba lejos de concluir, las arcas públicas se encontraban cada vez más vacías y, para comprar trigo, el princeps tendría que recurrir a su propio patrimonio.
—Existen problemas aún mayores —aseguró Quinto, eludiendo responder.
—La salud del princeps.
—Augusto está muy enfermo, hay quien cree que va a morir —admitió
—. Ayer reunió al Senado, para designar a su sucesor, pero la Curia solicitó que no lo hiciera. Si se decantaba por Marcelo o Agripa, desencadenaría una guerra civil. En su lugar, entregó los documentos oficiales al cónsul y su sello a Agripa.
—Muy conveniente.
—En el Senado no ocurre nada que a Augusto no le convenga. Con esta decisión, la posición de Marcelo comienza a declinar. Aunque la situación es crítica no solo por la disputa entre los dos herederos. El Senado es un nido de sedición que ambiciona restaurar la oligarquía republicana; los équites son un poder en la sombra que trata de destruir el mismo tejido del Estado. Mientras tanto, a la plebe solo le interesan los juegos circenses y las entregas de pan.
—¿Qué pasará si Augusto muere?
—La República acabaría en manos de Agripa. Marcelo es aún muy joven, ni siquiera es senador. No tiene la auctoritas suficiente.
—Cuenta con el apoyo de Mecenas.
—Mecenas solo apoya a Mecenas. Ha sumido a ese adolescente en una espiral hedonista para poder manipularlo a su antojo, y para ello cuenta con Tito Fabricio. Marcelo ni siquiera ha tenido la sensatez de ocultar sus excesos ante los ojos del pueblo. Toda Roma sabe que celebra un festín diario, mientras el suministro de pan pende de un hilo. ¿Qué más has averiguado?
—En la fiesta de Mecenas, Varrón Murena se reunió con Herodes —
respondió—. Pretendía ganarse su apoyo.
Su amigo sufrió una nueva conmoción.
—Eso supone otro nuevo jugador en el tablero. El legado de Siria es primo de Varrón Murena. Al ser una provincia imperial, fue designado por Augusto, pero la reciente muerte del cabeza de familia tal vez haya cambiado sus lealtades.
—¿La situación en Oriente es peligrosa?
—Más de lo que te imaginas —replicó Quinto—. La enfermedad del princeps ha hecho que las provincias sean una clase con el maestro ausente.
Marco Primo, el procónsul de Macedonia, ha organizado una campaña militar en Tracia sin autorización.
—Un gobernador provincial iniciando una guerra en busca de dinero y prestigio… Eso supone volver a los viejos hábitos republicanos.
—Las limitaciones que impone el nuevo régimen a la carrera de los senadores, despojándolos de la posibilidad de enriquecerse gracias a la
guerra, han hecho que aumente el descontento incluso entre los miembros del partido augústeo. Al fin y al cabo, es la confluencia de intereses lo que mantiene unida una facción política.
No era difícil entrever la raíz del problema. De todas las provincias imperiales del este, Siria era la más próspera. El legado tenía cuatro legiones bajo su mando, con las que defendía la frontera del Éufrates contra los partos. Por su parte, el ejército de Macedonia controlaba Grecia, además de la ruta entre Italia y Asia. Una rebelión de los gobernadores de Siria y Macedonia dejaría a Egipto, el granero de Roma, en una situación muy vulnerable. Si además los conspiradores se ganaban el favor de Herodes y llegaban a algún acuerdo con los partos, todo el precario equilibrio de poder alcanzado en Oriente se vendría abajo.
—¿Y qué hay de Roma?
—Circulan libelos por la ciudad, que han dado lugar a infinidad de rumores —respondió Quinto; de nuevo le dio la impresión de que eludía algo—. Algunos ensalzan tu victoria sobre el Arcadio y se burlan de la incapacidad de Marcelo para elegir a sus paladines. Otros hablan de las infidelidades de Terencia y presentan a Mecenas como un afeminado y complaciente cornudo.
—Hay algo más que no deseas decirme y no eres capaz de ocultar.
Se diría que a Quinto le asaltó una repentina acidez en el estómago.
—Hace ocho días, tu hermanastra se reunió con Fanio Cepión en Puteoli. Creemos que ella también está implicada en la conspiración.
—¿De qué modo?
—¿Tú qué crees? Es editora. Tiberio está convencido de que desempeñará un importante papel, sea el que sea.
Al recordar las simpatías republicanas de su hermana adoptiva, experimentó un repentino acceso de vómito. Se fraguaba una guerra civil entre los herederos de Augusto, y estos a su vez se enfrentaban a los republicanos. Los conspiradores tal vez planeaban una revuelta en Oriente mientras una despiadada lucha por la popularidad tenía lugar en Roma, que se decidiría mediante pan y circo. El futuro de la República quizá dependiera de sus decisiones, y esa era una responsabilidad que Marco
ignoraba si podría asumir. Por si fuera poco, Vitruvia también estaba implicada.
—Marco… —dijo Quinto—, amor y libertad son incompatibles. Quien ama siempre será un esclavo.
Le entregó la espada consagrada a Némesis que habían guardado desde que hicieron la devotio dos años atrás. Marco la extrajo de su funda: un hierro opaco, sin apenas brillo, repleto de melladuras. Su viejo amigo le dirigió una gélida mirada antes de despedirse:
—Recuerda cuál es tu deber.
Marco se aseguró de que todos se hubieran marchado antes de indagar en el interior de la letrina. Hundió el brazo en el agujero para buscar a tientas entre las heces. Encontró algo duro y lo depositó bajo el chorro de una fuente para limpiarlo de excrementos: se trataba de dos tablillas de madera, unidas mediante tiras de cuero hasta formar un cuaderno. Según la etiqueta de cuero, era un mensaje dirigido a un armador de Castrum Truentinum. Cortó el sello con un cuchillo y separó las tablas. En su interior, habían rebajado la madera para verter una película de cera coloreada. Sobre ella, habían inscrito con un punzón: III·IIII·I·V·I·IIII·II·IIII·III·V·IIII·V·IIII·III Era una sucesión de números: tres, cuatro, uno, cinco, uno, cuatro… Tal vez un libro de cuentas, o quizás una relación de fechas. En todo caso, algo que investigaría por su cuenta. Annio le había advertido de que Tiberio no jugaba limpio con él, y acababa de descubrir que su hermanastra estaba implicada en la trama: sin duda, ambos hechos estaban relacionados. Ahora sabía por qué Tiberio no confiaba del todo en él, y aquel mensaje constituía una baza oculta que podría emplear en cualquier momento.
Salió a la calle y recorrió la vía Salaria en dirección a la puerta Colina, para regresar al Quirinal. Al pasar ante un templo erigido junto a la calzada, se topó con otro fantasma de su pasado.
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