Pan y circo
Capítulo X
El tráfico rodado en Roma durante el día estaba prohibido, así que, en cuanto el sol se ocultaba tras el monte Janículo, las calles se convertían en una barahúnda de carros cargados con cajas, sacos y ánforas. De regreso a la isla Tiberina, la escolta de Varrón Murena se encontró la vía Labicana abarrotada; por todas partes resonaban las voces de los arrieros y el mugir de los bueyes. La marcha de los carros resultaba demasiado lenta y los había obligado a cabalgar por la cuneta en una sola fila. Ya habían dejado atrás los jardines de Mecenas y, a lo lejos, se vislumbraban las luces de la puerta Esquilina, donde confluían las tres principales calzadas que llegaban a la capital desde el noreste.
A lomos del caballo, la vista de Marco alcanzaba hasta donde moría la luz de las antorchas.
—Un hermoso paisaje —ironizó Velox.
Sobre aquella desolada cumbre del Esquilino, más allá del recinto sagrado de las murallas Servianas, se extendía una enorme necrópolis donde eran abandonados los cadáveres de los indigentes, los esclavos y los ajusticiados. Tumbas miserables en un suelo sembrado de osamentas, desperdicios y escombros por el que merodeaban los perros salvajes, los cuervos y los lobos que bajaban de las montañas en busca de alimento.
Marco no dejaba de darle vueltas a su encuentro con Vitruvia. Las parcas habían entrelazado las hebras de su destino de una forma cruel y caprichosa, como solo una mujer era capaz de hacer.
—Os he visto —le dijo Perseo.
Se giró alarmado, aunque, al ver su expresión, sintió alivio. Un gladiador reunido a solas con una dama de clase ecuestre; algo demasiado
habitual como para no alcanzar una conclusión errónea. Una vez más, dejó que Perseo completara un cuadro del que solo conocía una ínfima parte.
—¿La conoces? —le preguntó.
—Conozco a muchas mujeres, y sé a cuáles evitar —aseguró el primus palus—. Acepta un consejo: aléjate de ella. Ni tan siquiera Mecenas consiente que alguien se meta en lo que es suyo. Solo se lo permite a quien está por encima de él, y porque le interesa.
—¿Qué sabes de ella?
—Únicamente rumores —admitió Perseo—. Hace años, se decía que Tito Fabricio pretendía utilizar a su esposa para satisfacer sus ambiciones.
Ahora ella regenta un próspero negocio editorial, y al parecer su esposo goza del favor de Augusto. ¿Eso no te dice nada?
—Una mujer no es propiedad de nadie.
—Marco, jamás confundas lo que es con lo que te gustaría que fuera —
respondió Perseo—. La realidad es obstinada y siempre acaba imponiéndose.
Escrutó su mirada y halló tozudez.
—Yo también creía en un profundo sentimiento que va más allá de lo carnal, en dos almas gemelas fundiéndose en un abrazo sin fin y todo eso —
prosiguió el hoplómaco—. Hasta que me di cuenta de que, casualmente, todas las mujeres que me gustaban eran hermosas. Y eso me indujo a pensar que, tal vez, mis motivaciones no fueran tan elevadas y sí bastante venéreas.
Lo cierto es que, haciendo un listado de todas las estupideces que he cometido en mi vida, que a decir verdad son muchas, he descubierto que en la mayoría había una mujer de por medio.
A su lado, Mucro profirió un exabrupto: frente a ellos, un lujoso carruaje les dificultaba el paso. Sus conductores se giraron para echar una furtiva ojeada a sus armas. Hubo algo en su expresión que le escamó.
A Marco aún le costaba dormir toda la noche; su cuerpo le despertaba para los cambios de guardia. Ante cualquier situación anómala, no dejaba de evaluar las posibles amenazas. Eran hábitos de los que le costaba desprenderse. Quien ha sido soldado jamás deja de serlo.
Su vista escrutó el cementerio en tinieblas. Los caballos resoplaban inquietos. Examinó la carga de las carretas, el forcaz lleno de cestos. El aspecto del arriero no era el propio de un hombre de campo. La vanguardia de su columna había rebasado el suntuoso carro que obstruía la cuneta.
Pronto Varrón Murena llegaría a su altura. Su vista se desplazó hasta el eje trasero del vehículo: la suspensión parecía forzada hasta el límite.
Marco azotó las ancas del caballo.
Resonó un griterío. Las puertas del carruaje se abrieron y, del interior, salieron media docena de hombres armados. Marco giró su montura y tiró con fuerza de las riendas. El bocado se clavó en el paladar de la bestia, que coceó de dolor. Los cascos golpearon de lleno a dos de ellos. Descabalgó.
El senador trataba de despojarse de su toga. Bajo ella, colgada del cinto, llevaba una daga. Uno de los atacantes aferró las riendas para derribarlo.
Marco desenfundó la espada. En la izquierda, blandía el puñal. Dio un paso atrás, y una hoja pasó a cuatro pulgadas de su rostro. Lanzó una estocada y rebanó una garganta. El senador estaba herido en el tórax; no parecía grave. Vio a otro más. Detuvo un tajo con el tercio fuerte y le apuñaló en el vientre con la zurda. Intuyó un nuevo ataque. Cruzó las dos armas, como unas tijeras, y le amputó el antebrazo. Al girarse, descubrió a un nuevo enemigo, que Perseo acuchilló por la espalda.
Estaban rodeados. Otro vehículo se había cruzado al otro lado de la calzada. Perseo, Mucro, Varrón Murena y él quedaron aislados de la vanguardia que dirigía Velox. Los gladiadores arrastraron a su patrón hacia el laberinto de tumbas que se extendía a ambos lados de la carretera, como una siniestra prolongación de la ciudad.
Corrieron a ciegas, cargando con Varrón Murena. Pronto su vista se habituó a la oscuridad. La luna, en cuarto creciente, seguía oculta tras las nubes. Atrás, a cien pasos, un enjambre de antorchas oscilaba en la negrura.
Los caballos no podían adentrarse en la gigantesca necrópolis. Sus gritos les llegaban apagados. Se abrieron paso a tientas, hacia el sur, con las murallas siempre a su derecha. Mucro y Marco cargaban con los brazos del senador sobre sus hombros, cuya entrecortada respiración les resonaba en el oído.
Tuvieron que detenerse a descansar junto a un tosco altar de toba.
Marco se encontró ante la férrea mirada del senador.
—¿Cómo supiste que iban dentro?
—Los flejes de suspensión estaban forzados —le respondió—.
Soportaban mucho peso.
Varrón Murena examinó su herida y recompuso su aspecto mientras echaba una ojeada hacia atrás.
—Nos atacaron en la confluencia entre la vía Tiburtina y la Labicana, poco antes de la puerta Esquilina —señaló, reflexivo—. Sabían que teníamos que pasar por allí a la fuerza. La elección del lugar fue acertada; la de los hombres, no.
Sin duda poseía experiencia militar. Tenía razón. Había sido un plan bien trazado, ejecutado por matones de los que se alquilan por un denario en cualquier taberna. La encerrona había logrado separarlos de su escolta, y, sin embargo, aquellos patanes no eran rival para tres gladiadores, dos de ellos primus palus.
—No dejan de subestimarme —se lamentó el noble.
Se ocultaron tras el altar al oír unos pasos que se detuvieron a unos treinta pies de distancia. Habían reunido a más hombres.
—¿Adónde habrán ido? —El temblor de la voz dejaba clara su aprensión.
No era a ellos a quienes temían. Las Doce Tablas prohibían los enterramientos dentro de las murallas de Roma, y por eso las tumbas se amontonaban en los baldíos de la periferia, a lo largo de los márgenes de las vías que llegaban desde todos los confines de Italia. De noche, aquel laberinto de sepulturas se convertía en el refugio de toda clase de malhechores. Saqueadores de tumbas en busca de ungüentarios, lucernas y figurillas de bronce; no respetaban ni las monedas dejadas para Caronte.
Los mendigos acudían a alimentarse de las ofrendas dejadas en los altares.
Las hechiceras aprovechaban la oscuridad para recoger la médula y el hígado de los cadáveres, que luego empleaban para preparar sus conjuros.
No era el mejor lugar para aventurarse de noche.
Las pisadas resonaban cada vez más cerca. La luz de sus antorchas creaba un oscilante océano de sombras. Una docena de matones se detuvo a diez pasos; no se atrevían a adentrarse más.
—No pueden estar lejos —dijo alguien que parecía su líder—.
Esperadlos en la puerta Querquetulana: tratarán de tomar la vía Tusculana para llegar al foro. Tulio los aguarda en la puerta Celimontana. El resto daremos vueltas hasta encontrarlos: no deben atravesar las murallas.
Sostenía una tea, que iluminaba unas facciones de comadreja que Marco no olvidaría fácilmente. Sus perseguidores dieron media vuelta para regresar a la calzada que habían dejado atrás.
—No podemos regresar a la casa de Mecenas —masculló Varrón Murena—. Si Velox y el resto no han venido a ayudarnos, significa que están muertos.
¿Formaba parte su cuñado de aquel intento de homicidio? Marco lo consideró improbable. Sin duda, habría encontrado mejores formas de acabar con él.
—Es posible que alguno haya sobrevivido —dijo Mucro—. En ese caso, buscarán refuerzos en la isla Tiberina.
Varrón Murena esbozó un vago gesto, dando a entender que no podían contar con esa eventualidad.
—La única opción es que sigamos la muralla hacia el sur —apuntó Marco—, pasar de largo la puerta Querquetulana y la Celimontana hasta llegar a la puerta Capena. Una vez allí, podremos llegar a la isla Tiberina.
En aquella dirección, la muralla bajaba hacia el valle situado entre el Esquilino y el monte Celio, hasta llegar a un miserable arrabal. Luego ascendía de nuevo hacia la cima de este último para rodear su cumbre. Una vez dejado atrás el bosque de Egeria, la muralla se precipitaba hacia el fondo de la vaguada que separaba esta colina del Aventino: allí encontrarían la puerta Capena. Dos millas a través de un laberinto de chabolas y tumbas, rodeados de enemigos, sumidos en la oscuridad. Los vigiles jamás patrullaban por aquel paraje donde la civilización no existía.
—Es muy arriesgado —dijo Mucro, quien mejor conocía la zona—.
Debemos buscar un sitio seguro hasta que amanezca.
—¿Algún amigo por aquí? —preguntó Perseo.
Varrón Murena se encogió de hombros. Aquel no parecía el lugar más idóneo para buscar entre las amistades de un senador.
—Los amigos se pueden comprar —respondió—. Pero no llevo oro encima.
—La promesa de un senador tal vez podría valer —aseguró Mucro—.
Conozco a un grupo de… bandidos. Tienen un refugio no muy lejos de aquí.
Su patrón solo dudó un instante antes de asentir. Marco evaluó la situación. Varrón Murena estaba herido, sabía que no podría soportar una larga marcha. No parecía grave, pero les hacía ir más lentos, y solo le buscaban a él. Si los abandonaba, podría escapar y reunirse con Tiberio.
Estaría a salvo y no volvería a verlos jamás.
Descartó la idea y tomó el brazo del senador para ayudarle a incorporarse. Al hacerlo, supo que este había notado su indecisión.
Siguieron caminando hacia el sur. La luna apenas asomaba entre los jirones de nubes. Las murallas Servianas habían sido construidas con bloques de toba oscura y su altura era de treinta pies. Sin otro modo de orientarse, trataron de mantener aquel almenado horizonte siempre a su derecha.
Descubrieron un pálido haz de luz a cien pasos frente a ellos.
—Vamos a echar un vistazo —dijo Mucro.
Una exedra semicircular les sirvió de momentáneo refugio. Marco y Mucro dejaron a su patrón en el interior de la cripta, acompañado de Perseo, y se aproximaron con cautela hacia la tenue claridad que asomaba de una informe construcción. A diez pasos, el hedor los golpeó en el rostro y tuvieron que taparse la nariz con las manos. Frente a ellos, la chimenea de un crematorio vomitaba una espesa nube negra; entre la tablazón de su destartalada puerta se filtraba la oscilante luz de una inmensa hoguera. Un par de voces surgían de su interior:
—Hemos tenido suerte, Sergio. Vaya que sí.
Un gemido de satisfacción respondió a la voz cascada de un anciano.
—Venga, termina de una vez —insistió.
—Sí, sí…
Los gladiadores desenfundaron sus armas ante la entrada de aquel minúsculo edificio de mampostería cubierta por una bóveda. Los gruñidos eran cada vez más fuertes. A Marco le escocían los ojos a causa del humo; la peste se volvió insoportable.
—No debe de tener más de dos días —dijo el viejo más allá de la puerta
—. Sí. Sin duda, somos afortunados.
—Tierna, muy tierna… —gruñó un retrasado.
Echaron la puerta abajo. Hacia el fondo del cuchitril, junto a la boca de un enorme horno, una docena de cadáveres yacían amontonados. Tendido sobre una mesa, el cuerpo desnudo de una muchacha recibía los envites de un corpulento joven con aspecto de retrasado, que, con la túnica alzada y los calzones en las rodillas, culeaba torpemente entre sus piernas. A su lado, un anciano tullido, sostenido con muletas, los observaba con fascinación.
Su boca entreabierta, de la que caía un hilillo de baba, esbozó una grosera mueca al verlos entrar.
—¿Se puede saber qué…?
Marco dio una patada a una de sus muletas y el viejo cayó sobre el montón de despojos humanos. Mucro amenazó a su ayudante con un puñal.
A pesar de no tener muchas luces, el muchacho no creyó sensato intervenir y siguió embistiendo al cadáver.
—Tiernecita, como a mí me gusta —gimió.
—¿Qué queréis? —La voz del viejo sepulturero estaba impregnada de pánico.
Examinaron su aspecto. Los esclavos condenados a mantener encendidos los crematorios eran considerados los más miserables entre los miserables, y se les rapaba la mitad de la cabeza para señalar su infamia. Ni siquiera las rameras que ejercían su profesión entre los sepulcros en ruinas los soportaban; jamás podían deshacerse del pestilente hedor que los rodeaba.
—Necesitamos ropa —dijo Marco, y se dirigió hacia una montaña de túnicas raídas. A su lado, encontró una cesta llena de cabellos de mujer que
venderían a los fabricantes de pelucas. Poco más podrían encontrar de valor entre aquellos despojos.
Eligieron cuatro ajadas túnicas de color pardo, con las que esperaban pasar desapercibidos.
—Podéis quedaros con las nuestras, creo que salís ganando con el canje
—dijo Mucro, señalando al montón.
—Sí, señor —respondió el anciano.
—Tierna, muy tierna… —añadió el imbécil.
Se reunieron de nuevo con Perseo y Varrón Murena. Tuvieron que dar varias vueltas hasta encontrar el muro de mampostería que cerraba la cripta.
—¿Quiénes son estos dos? —preguntó el hoplómaco al descubrir al viejo cojo y al retrasado.
—Nuestros nuevos guías —respondió Mucro—. Nos acompañarán durante un rato, ¿verdad?
La pareja de esclavos se limitó a asentir. El senador se puso la túnica raída que le ofrecían sin hacer preguntas, tras despojarse de un par de anillos de oro que guardó en su ropa interior.
De este modo reanudaron la marcha. La metrópoli de tumbas se volvía cada vez más densa. Altares funerarios cubiertos de frisos, siguiendo la moda del sur de Italia, entre túmulos de tipo etrusco que se veían obligados a rodear. Los sepulcros más lujosos se apiñaban en torno a las calzadas; los más antiguos eran los más próximos a los accesos de la ciudad.
Gracias a ello, Marco dedujo que habían dejado atrás la puerta Querquetulana.
—En el fondo os entiendo —les dijo Perseo a la pareja de esclavos—.
Lucrecia, mi primera esposa, era frígida. En la cama, ni tan siquiera se movía: se limitaba a abrirse de piernas. Era como hacerlo con un cadáver.
—La mía, en cambio, era una histérica —aseguró Mucro.
—¿Gritaba al hacer el amor?
—Vaya que sí. La oía desde la taberna.
Marco tropezó con algo, y un objeto metálico rodó por el suelo. Lo buscó a tientas para estudiarlo: una placa de bronce con una inscripción grabada. Magia negra, el arte de las brujas de Tesalia; láminas con conjuros
para atar a los difuntos sumidos en la desgracia: niños, parturientas o ajusticiados, cuyo odio hacia los vivos sería encauzado contra la víctima elegida.
Dejó aquella maldición donde la había encontrado para reanudar la marcha.
—Allí es —les dijo Mucro.
La silueta del muro encalado se recortaba nítidamente en la oscuridad.
El cerramiento de un colegio funerario, lugar de descanso de quienes en vida desearon asegurarse una tumba digna mediante el pago de una cuota mensual, para no legar aquella carga a su descendencia. La hiedra y los grafitis cubrían los altos muros de ladrillo de aquel recinto en ruinas provisto de una arcada de acceso. Los mausoleos se amontonaban en su interior, convirtiéndolo en una fortaleza de diez pies de altura. Habían encendido una hoguera en el patio, y sobre la techumbre se intuían varias figuras humanas.
—Menudo vertedero… —murmuró Perseo.
—No quieren que nadie se meta en sus asuntos —aseguró Mucro.
A lo largo del dintel de la entrada había una inscripción dedicada a Laverna, la diosa etrusca del Inframundo, cuyo culto se había extendido entre los criminales de Roma. Existía un altar consagrado a ella en la puerta Lavernalia del Aventino.
Oculto bajo la sombra de un sepulcro, un individuo rechoncho los observaba:
—Mucro, maldito bastardo. ¿Qué haces aquí? —dijo con una sonrisa en su rostro cetrino—. Imaginaba que estarías desangrándote en algún anfiteatro de mala muerte.
El ladrón se pasó la mano por su raída túnica teñida de púrpura, tal vez saqueada de alguna tumba, y se la ofreció al gladiador, que la estrechó con cautela.
—No me ha ido mal, Balbo —replicó Mucro—. ¿Cómo va todo por aquí? ¿Sigue el viejo al mando?
—Salvio le quitó el puesto —farfulló; eso no parecía agradarle—.
Muchas cosas han cambiado por aquí, aunque otras siguen igual. Pasad, no
os quedéis ahí parados.
Tuvieron que dejar sus armas sobre una mesa junto a la puerta.
Obedecieron a regañadientes, reacios a entrar desarmados a una guarida de ladrones. En el interior, una veintena de harapientas figuras bebían un oscuro brebaje en cuencos de madera y, junto a la hoguera, unas líneas pintadas en el suelo delimitaban un círculo donde una pareja peleaba a puñetazos y patadas. Pankration. En griego, «todas las fuerzas». En aquel tipo de lucha todo estaba permitido, salvo morder y sacarse los ojos, aunque los espartanos lo obviaban. Cuando, en el transcurso de unos juegos olímpicos, un juez recriminó a un lacedemonio que estaba mordiendo al contrario «como una mujer», él le respondió que lo hacía «como un león».
—Cuidad de nuestros guías —dijo Mucro, sarcástico.
Balbo condujo a los dos esclavos del crematorio hasta un subterráneo.
Salió a su encuentro un sujeto de mediana edad; fibroso, de facciones afiladas como el pedernal tallado, y con unos ojillos crueles que no dejaban de evaluar su aspecto.
—Mucro…
—Salvio, cuánto tiempo.
—Este no es un buen lugar para hablar —contestó el otro, mientras estrechaba la mano del gladiador—. Vamos a un sitio más tranquilo.
Entraron en una cripta decorada con tapices deshilachados. Una mesita de cedro y una cama de bronce hacían de mobiliario, junto a un brasero cubierto de verdín y un ánfora que desprendía un olor nauseabundo; tal vez anchoas o arenques podridos. Colgado del techo, entre ristras de ajos y cebollas, un barroco candil de bronce capuano les regalaba su miserable luz.
Aquel botín, sustraído en lujosas viviendas del Aventino, adornaba el interior de un sepulcro en ruinas.
Se sentaron en el suelo y Salvio les ofreció algo de vino.
—Estaréis sedientos —les dijo.
Varrón Murena se acomodó sobre las losas con esfuerzo. A pesar de que la herida no era profunda, había empapado su nueva y andrajosa túnica.
Durante el trayecto no había pronunciado un solo quejido.
Entró una mujer de piel pálida, vestida con una túnica negra, los pies descalzos y el cabello suelto. A juzgar por su aspecto, era una de tantas busconas que se ofrecían a los estibadores de Emporium, que incorporaba a sus venéreas prácticas otras más arcanas, como la de invocar a Hécate y a la cruel Tisífone, la de hacer «descender la luna» con su rueda mágica o la de embrujar a incautos con estatuillas de cera.
—Buenas noches, Canidia —dijo Mucro.
Ella los saludó con un gesto. Rasgó la túnica de Varrón Murena para descubrir la hemorragia y sumergió un paño oscuro dentro de un cuenco que llevaba bajo el brazo. Sus manos ajadas, como si acostumbrara a cavar la tierra con las uñas, limpiaron la herida del senador con minuciosidad, mientras los gladiadores daban buena cuenta del vino.
—¿Qué os ha traído hasta aquí? —les preguntó Salvio.
A pesar de sus ropas, Varrón Murena no pasaba ni de lejos por esclavo.
Ni siquiera con un puñal en la garganta habría abandonado la altivez propia de su clase. Aunque no sería sensato reconocer que se trataba de un senador.
—Necesitamos refugio —respondió Mucro—. Solo por esta noche, mañana nos iremos.
—¿Os persiguen?
—Podemos pagar, si es necesario —añadió el gladiador.
Al parecer, lo era.
—¿Cuánto podéis ofrecer?
Por un instante, Mucro dirigió una mirada a Varrón Murena. Bastó para que Salvio se diera cuenta de quién estaba al mando.
—Dos áureos —dijo el gladiador—. Mañana, cuando estemos a salvo.
—No es mucho —respondió Salvio con cinismo—. Pero por ser tú será suficiente.
La tensión disminuyó, aunque no para Marco. Demasiadas cosas no encajaban. Canidia había llegado con lo necesario para atender a un herido.
Salvio solo mostró desconcierto al descubrir a Mucro allí. Sabía que alguno de ellos tenía mucho dinero. Solo era una sospecha, y el tiempo resultaba vital.
—Iré a buscar ayuda —dijo Marco.
—No es necesario —señaló Salvio, ofreciéndole más vino—. Aquí estáis a salvo.
—No me buscan a mí. —Se dirigía también a Varrón Murena—. Puedo llegar a la puerta Capena y tratar de reunirme con el resto. Estaré de regreso antes del amanecer. Así podremos pagaros antes.
Había hablado más de la cuenta, pero Salvio no se inmutó. Lo que le había dicho no era nuevo para él.
—Aun así, es muy peligroso —insistió el bandido.
Más allá del umbral, sus hombres no les quitaban el ojo de encima. Eso aumentó su ansiedad. Escrutó a sus camaradas para ver si se habían dado cuenta. Mucro parecía confiar demasiado en sus viejos amigos. Perseo estaba demasiado fuera de sitio como para que algo le resultara anómalo.
Buscó un modo de advertirlos. Solo era una sospecha, tal vez se equivocaba, ya habían arriesgado demasiado.
El senador hizo un gesto de asentimiento, y a Salvio no le quedó más remedio que aceptar.
—Está bien —les dijo—. Necesitarás alguien que conozca el camino.
Vedio y esos dos te acompañarán.
Señalaba a un tipo enjuto y desgarbado, de cabello pajizo. Mientras atravesaba el patio, Marco tuvo que esforzarse para no mirar atrás. Sintió un gran alivio cuando le devolvieron su espada. Al salir se perdió en la oscuridad, acompañado de aquellos tres fuera de la ley, y siguió la muralla hacia el sur.
Los sepulcros dieron paso a las chabolas sin que pudiera precisar en qué momento habían dejado atrás la necrópolis para adentrarse en el arrabal; estaba desierto, nadie se atrevía a abandonar de noche su hogar. Los más pobres habitaban en las depresiones de las siete colinas, antiguos pantanos, que corrían el riesgo de convertirse en un cenagal ante cualquier crecida del Tíber. Lugares donde a veces el aire se volvía irrespirable, a causa del polvo y el humo de los talleres y de los millares de braseros y lucernas.
Caminando a tientas, entre aquella ciudad hecha de cañas y barro, Marco no daba la espalda a sus acompañantes.
—¿Esos son los jardines de Asinio Polión? —forzó su acento hasta convertirlo en el latín de provincias que hablaba su madre.
—Sí —dijo Vedio—. Es por allí.
Se dirigían hacia el sur, aunque no en dirección a la puerta Capena. Y
aquel robledal solo podía ser el bosque de Egeria, entre la falda del monte Celio y la vía Apia. Los jardines construidos por Asinio Polión estaban más al sureste: aquellos hombres querían alejarle de la ciudad. Le habían tomado por uno de los muchos recién llegados a Roma y, al ponerles a prueba, obviaron la norma básica para mantener cualquier engaño: mentir solo en lo indispensable. Ahora tenía a un bandido a cada lado, y a Vedio en algún lugar a su izquierda. En cualquier momento recibiría una cuchillada.
Desenfundó su espada. El pomo golpeó en la cara de quien tenía más cerca. Con un movimiento, le hundió la hoja bajo su mandíbula. Detuvo una estocada dirigida a su pecho, y derribó al segundo maleante de una patada.
Tuvo que retroceder cuando Vedio se le echó encima.
Uno ya estaba muerto. Los otros dos se habían plantado ante él, blandiendo sus armas, y trataban de rodearle.
—¿Por qué?
—Llegaron poco antes que vosotros —respondió Vedio—. Nos ofrecieron parte de la recompensa.
—Nuestro patrón es rico —dijo Marco—. Puede superar cualquier oferta.
—Lo siento. Siempre es mejor unos áureos en la mano que una simple promesa. Esta noche habrá una fiesta de iniciación y tus amigos serán el plato fuerte.
Aprovechando la oscuridad, Marco lanzó un tajo que les obligó a retroceder y se dio la vuelta para salir corriendo. Buceó en las tinieblas en dirección al bosque; los dos ladrones le persiguieron.
Se había tirado un órdago y ahora suponía un lastre. En otras circunstancias, tal vez le habrían dejado huir, pero en el refugio aseguró que se reuniría con sus amigos más allá de la puerta Capena. Sin duda, el jefe de aquellos bandidos les había ordenado que no le dejaran con vida.
Tropezó con algo y cayó al suelo; sintió un tremendo dolor en la espinilla. No parecía rota. El quejido les dijo a sus perseguidores dónde encontrarle. Se incorporó para seguir corriendo y pudo llegar a la arboleda.
Comenzó a atravesar la espesura. Uno se encontraba a cinco pasos tras él.
Una rama se cruzó en su camino. En lugar de esquivarla, Marco la aferró con fuerza y siguió trotando. Se giró hacia el bandido y la soltó: el matorral le golpeó en la cara como un látigo. Cegado por el dolor, Vedio se llevó las manos al rostro. Marco saltó sobre él, y comenzó a apuñalarlo en el suelo.
Tuvo que morderle la mano para que dejara de arañarle la mejilla.
Al girarse, vio al otro bandido trotando hacia él. Si hubiera ido más retrasado, tal vez Marco habría podido hacer algo para detener aquel tajo dirigido a su sien. Una azada surgió de la oscuridad y golpeó al bandido en la frente. Su cuerpo cayó al suelo, sin vida, con el apero hundido en el cráneo. De entre los arbustos surgió un hombretón y se lo arrancó de la cabeza.
Marco se vio rodeado por un grupo de hombres y de mujeres armados.
Aquel era el bosque de Egeria, una de las camenas, las ninfas de los manantiales de la puerta Capena. Se creía que el agua de aquellas fuentes otorgaba la fertilidad, y por ello las embarazadas les dejaban ofrendas de leche. Los bosques sagrados eran inviolables y en ellos jamás entraban los vigiles; se habían convertido en el refugio de prófugos de la justicia.
—¿A qué has venido aquí? —le preguntó un tipo corpulento, con las letras «FVG» tatuadas en la frente. Le acompañaba una gruesa mujer que parecía ser su pareja.
—Buscaba un sitio para pasar la noche —respondió, señalando los cadáveres.
El hombretón le aferró del antebrazo y observó el stigma grabado en su piel.
—¿Te has fugado? —Alguien le desgarró el cuello de la túnica, dejando a la vista las marcas del látigo en su espalda.
— Damnatio ad ludum—mintió Marco—. Me trajeron a Roma para los Juegos Megalenses. Aproveché un descuido para escapar.
Los proscritos bajaron las armas y comenzaron a desvalijar a los cadáveres.
—Está bien —asintió el gigante—. Puedes quedarte si quieres.
Aquel bosque se había convertido en su hogar y la hospitalidad era un deber, incluso entre aquellos desgraciados. Allí estaría a salvo, podría descansar. Sería una locura regresar al refugio de aquellos bandidos. Esa misma tarde, Varrón Murena le había utilizado como un jugador de petteia que no duda en deshacerse de una ficha sin valor. Arriesgar la vida por él no tenía sentido; además era amigo de Fanio Cepión, y tal vez su muerte desbarataría una conjura.
El recuerdo de su antiguo legado avivó esa llama que jamás se extinguía del todo. Debía regresar, si quería completar su misión y vengarse. Pero, a pesar de ello, Marco era demasiado terco para engañarse a sí mismo: su deuda de sangre solo otorgaba sentido a una decisión que, muy a su pesar, ya había tomado. En el pasado, había jurado no dejar atrás a ningún compañero de armas, y Mucro y Perseo lo eran.
—Gracias por vuestra ayuda —les dijo—. He de irme.
El viaje de vuelta resultó mucho más fácil. Rodeó la cumbre del monte Celio siguiendo la sombra de las murallas, hasta vislumbrar a lo lejos la tenue luz de la hoguera por encima de la pared. Cuando oyó un apagado sonido de flauta, recordó las palabras de Vedio acerca de un rito de iniciación. Pudo hacerse una vaga idea de a qué se refería. Cargando con un hatillo sobre el hombro, decidió apretar el paso.
Se aproximó en silencio y escaló el muro para asomarse por encima del borde. Dentro del cerramiento, una docena de espectros se agitaban en una danza extática. Unos con túnicas blancas y el rostro pintado de albayalde; otros teñidos de hollín y con ropajes negros. Los primeros danzaban bajo la luz de la luna, mientras que el resto lo hacía entre las sombras de la noche.
Vestidos como lémures, espectros condenados a vagar eternamente, los bandidos conducían al esclavo idiota hacia un ara.
—Yo no he hecho nada —protestó—. No he hecho nada…
—Compórtate con nobleza —le dijo Salvio.
Varrón Murena y los gladiadores observaban la escena, maniatados, en el hueco entre dos panteones. Un orondo individuo, con un cinturón rojo púrpura como única vestimenta, vertió un cuenco de vino sobre la cabeza del retrasado. Tras la libación, le obligaron a dar una vuelta en torno al altar siguiendo el ritmo de la flauta.
Entonces tumbaron al esclavo del crematorio sobre el ara. Comenzó a gritar. El arúspice le hizo un profundo corte en el tórax con un cuchillo.
Extrajo el corazón para partirlo en dos mitades, que repartió entre los más jóvenes. El idiota dejó de convulsionarse mientras su sangre resbalaba por el altar.
Salvio les habló en voz alta:
—Jurad sobre el corazón que jamás desertaréis ni cometeréis traición, aunque se os someta a tortura y os arranquen los ojos.
Marco había oído rumores acerca de los rituales mistéricos que las bandas de criminales realizaban bajo los auspicios de Laverna y los manes.
Hasta entonces, había pensado que solo eran patrañas para asustar a los niños.
Los iniciados comenzaron a devorar la carne cruda.
Ya había visto suficiente. Trepó hacia la parte alta de un columbario y utilizó los nichos como escalera para descender hasta el recinto. Caminaba oculto entre las sombras, con la espalda pegada al muro. Los bandidos entonaban cánticos dedicados a las vísceras de la víctima. Una jarra comenzó a circular entre ellos de mano en mano; estaban borrachos, y eso supondría una ventaja.
Sus amigos le vieron cuando se hallaba a seis pasos. Mucro tenía la cara como si le hubiera pasado un carro por encima. Marco se reunió con ellos, dejó el hatillo en el suelo y lo abrió. Una sonrisa se dibujó en el rostro de su amigo cuando descubrió el contenido: eran las armas de Vedio y sus hombres.
Fue una cuestión de prioridades. Primero cortó las ataduras de Perseo; le hizo un tajo en el brazo, pero a él pareció no importarle. Salvio los vio y todo se fue al traste. Su grito hizo que los bandidos recogiesen sus armas a toda prisa. Marco se situó a la espalda de Varrón Murena mientras sus dos
camaradas recogían las espadas. El senador contemplaba al líder de los criminales como si calculase las medidas de su ataúd.
—Quítame la mordaza —farfulló a través del tejido.
—¿No prefieres que…?
—Primero la mordaza.
Con las manos aún atadas a la espalda, Varrón Murena se encaró a los bandidos.
—¿Sabéis a quién habéis apresado?
Al fin Marco pudo deshacerle de sus ataduras. El noble se frotó las muñecas con parsimonia ante una hueste de espectros armados.
—¡Eso no importa! —aulló Salvio.
Los bandidos se habían detenido. La voz de Varrón Murena era del tipo que solo se oía desde la Rostra. Su misma actitud proclamaba que era un aristócrata.
—Mi nombre es Licinio Varrón Murena, hermano del difunto cónsul; senador de Roma y dueño de la ludus gladiatoria que lleva mi nombre. Y
quien está a mi diestra es Perseo, primus palus de mi escuela, vencedor en la arena en sesenta ocasiones. Pensad bien las palabras que vais a pronunciar, pues, una vez que hayan salido de vuestra boca, ya no habrá marcha atrás. Si traicionáis vuestra hospitalidad y logro sobrevivir, os juro por mis antepasados que no me detendré hasta veros a todos colgando de una cruz.
—¿Ha dicho Perseo? —preguntó uno de los bandidos.
—Yo vi su combate en Pompeya; fue hace un par de años —dijo otro.
Miraban a Salvio, resentidos. No les había dicho que aquel hombre era un senador. La familia Varrón Murena tenía fama de ser implacable; además, tres de sus gladiadores se hallaban ahora a su lado, espada en mano. Que Marco hubiera regresado con vida, significaba que él solo había acabado con tres de sus mejores hombres.
—¿Por qué no nos lo dijiste? —espetó Balbo.
Marco intuyó una soterrada disputa por el liderazgo. Los bandidos parecían divididos: algunos se mostraban leales a Salvio, mientras que el resto se agrupaba tras Balbo. El líder parecía acorralado. Bajó el arma ante
ellos y se acercó a Marco, conciliador, tendiéndole la mano en un gesto de disculpa. Él también se aproximó, ofreciéndole la zurda. Todos se relajaron.
Entonces, rápido como una serpiente, Salvio lanzó una estocada.
Nuestro yo racional nos dice que no debemos matar. Por eso, si queremos superar ese obstáculo, debemos acallarlo de algún modo. Para lograrlo, Salvio y su cofradía de ladrones recurrían a aquel ritual.
Prometeo había robado el fuego de Zeus para dárselo a los hombres y, de este modo, les otorgó la civilización. Al comer carne cruda, los seguidores de Laverna rechazaban el fuego, la civilización. Liberaban su naturaleza salvaje. Vencían al mayor escrúpulo, el de comer carne humana, y así regresaban a un estado animal. De este modo, las fronteras entre bestias y hombres se abolían: para matar daban rienda suelta a su instinto.
Pero el instinto nos traiciona. Es él quien nos dice que debemos encogernos ante un ataque, y así perdemos el centro. Hace que nos concentremos solo en la hoja que nos amenaza. Hace que nos olvidemos de la existencia del otro brazo.
La armatura obliga a demoler ese instinto que la naturaleza nos ha otorgado, para poner otro en su lugar. Uno que te hace ser consciente de tu brazo izquierdo. Un instinto que te enseña a luchar con las piernas y a mirar en todo momento al contrario; a golpear con todo el cuerpo, sin perder el equilibrio; a controlar el espacio, a dominar el miedo.
Al intuir la estocada, Marco no tuvo tiempo de interponer su arma, ni tampoco de dar un paso lateral. Si retrocedía, la hoja podría seguirle. Tuvo que apelar a ese instinto adquirido gracias a las horas de entrenamiento.
Una respuesta ante un determinado estímulo. Una acción mecánica, previamente aprendida. Una apuesta al todo o nada.
Su mano izquierda, tendida hacia Salvio, se convirtió en un arma: salió disparada hacia el frente. El plano de la espada de su adversario se deslizó por la cara externa de su antebrazo mientras él alzaba su gladius. El ladrón había girado el cuerpo para imprimir velocidad a la estocada; su brazo izquierdo había quedado atrás. No pudo detener la doble acción simultánea: la hoja de Marco se adentró en su pecho. Herido de muerte, cayó al suelo.
El gladiador se encaró a los ladrones. De aquel modo, su líder había intentado forzarlos a luchar; trató de saldar la disputa mediante hechos consumados. El desenlace les recordó con quiénes estaban tratando. La endiablada inteligencia de Varrón Murena no lo pasó por alto:
—Gracias, seréis recompensados —le dijo a Balbo—. Sé que jamás habríais cometido esta traición a sabiendas.
Hubo expresiones de alivio. Aquellas palabras no solo dejaban abierta la posibilidad de una salida honrosa, sino de obtener los áureos prometidos.
Fue lo que desequilibró la balanza. Poco después, los gladiadores caminaban en dirección a la puerta Capena, custodiados por una decena de ladrones. Nadie albergaba dudas de que la finalidad de aquella escolta era asegurarse de que el noble cumpliera con su palabra.
Amanecía cuando pisaron las losas de la vía Apia, desgastadas por los millares de rodadas de carros. Junto a la puerta Capena, un grupo de hombres armados les aguardaban. Marco contempló de nuevo el rostro de comadreja de quien lideró la emboscada en la confluencia entre la vía Tiburtina y la Labicana.
Estaba maniatado. Hermes y Velox le acompañaban, junto al resto de la familia Varrón Murena. En total, casi treinta gladiadores.
—Necesito oro —dijo el senador.
Hermes le entregó una bolsa de cuero, y él se la arrojó a Balbo, que logró cogerla al vuelo. Cuando la abrió, quedó atónito. Casi fue posible ver el reflejo dorado en sus ojos mientras balbuceaba unas palabras de gratitud.
Tras cumplir con la promesa que había hecho, Varrón Murena se reunió con sus hombres.
—Matadlos a todos.
Los gladiadores obedecieron sus órdenes. Acuchillaron a los bandidos mientras estos trataban de huir hacia el cementerio. Sus gritos pudieron oírse desde la cima del monte Celio.
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