Pan y circo
Epílogo
Una vez retirado el andamiaje, Marco depositó los planos sobre la mesa y caminó en torno al edificio recién concluido, con la excitación que precede a cualquier descubrimiento. Por un momento, permaneció en silencio, y solo se oyó el lejano gorjeo de las alondras. Pasó las yemas de los dedos sobre el relieve con la delicadeza de quien acaricia a un bebé. La pintura aún estaba fresca. La mano derecha le bastaba para sostener el mazo, y la zurda no había perdido su habitual destreza con el cincel, el puntero y la gradina, pero pintar los relieves estaba fuera de su alcance. Se alegró de contar con la ayuda de Fabricia; a pesar de que solo tenía dieciséis años, ya demostraba una enorme habilidad.
Por supuesto, la joven había ignorado sus indicaciones, y lo había hecho a su modo. Tuvo que reconocer que el tono azulado de las figuras situadas en segundo plano acentuaba la sensación de profundidad que había logrado mediante el uso combinado del altorrelieve y bajorrelieve.
El friso mostraba una procesión de figuras togadas encabezada por Augusto, acompañado de sus lictores y flamines. Detrás se hallaba Marco Vipsanio Agripa, con la cabeza cubierta con la toga, y a continuación su esposa Julia, la hija del princeps. Al haberle dado cuatro hijos, personificaba el ideal de maternidad que postulaba Augusto y por ello había superado a Livia en prestigio… mientras no se aireara su vida privada. Tras ella caminaban los dos vástagos de Livia, Tiberio y Druso. La esposa de este último, Antonia, la Menor, le precedía llevando de la mano a su hijo Germánico. Antonia, la Mayor, la otra hija de Octavia y Marco Antonio, iba por delante de su esposo, Lucio Domicio Ahenobarbo. En el relieve opuesto del lado norte, hacia el comienzo de la procesión, había esculpido a
Octavia y a Livia. Dado que no le había dado hijos varones, la esposa de Augusto había fallado en su labor de mater familias; su progenie procedía de su primer matrimonio.
Consciente de que no poseía la formación y la experiencia para acometer una obra de mayor envergadura, Marco había concebido aquel modesto edificio que integraba escultura y arquitectura. Un altar consagrado a la paz, tallado en níveo mármol de Luna, sobre un pedestal rodeado por una estructura rectangular de treinta pies, provista de dos puertas al igual que el templo de Jano.
Se dio la vuelta para contemplar el mausoleo de Augusto y, al otro lado, el panteón de Agripa, que se erguían a menos de trescientos pasos en el Campo de Marte: a pesar de sus reducidas dimensiones, su obra se mostraba a la altura. Paseó de nuevo a su alrededor, sin dejar de observarla.
Flanqueando la puerta principal, un relieve mostraba a Eneas oficiando un sacrificio; el mítico ancestro de Augusto vinculaba su linaje con el de Venus, y a Roma con Troya. En la otra escena, Marte observaba cómo Rómulo y Remo eran amamantados por la loba. La decoración de la puerta opuesta la formaban dos figuras femeninas que encarnaban la Tierra y Roma, rodeadas de plantas y animales. En los zócalos de aquel espléndido edificio, cientos de parras y hojas de acanto se entrelazaban en una eclosión de vida.
Vitruvia llegó con un libro recién editado en una mano y con su hijo en la otra. Un tenue haz de arrugas se formó en torno a sus ojos grises cuando admiró aquel soberbio trabajo de encargo, que combinaba el clasicismo griego con el realismo y la sobriedad del retrato romano. Una gran obra en el arte del relieve; no estaba nada mal para un agrimensor retirado.
Somos actores en un drama. No podemos escoger nuestro papel, pero podemos elegir interpretarlo bien.
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