Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 13 de 27

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Pan y circo

Capítulo XII

Cientos de volúmenes sobre leyes, economía y política, escritos estoicos y obras de historia se apilaban, meticulosamente ordenados, en la biblioteca de Varrón Murena. La débil claridad que atravesaba las contraventanas se reflejaba sobre el suelo marmóreo y los anchos muros de piedra hacían que la estancia resultase inusualmente fría. Una sensación que tal vez solo obedeciera al contraste con el tórrido patio, pero no evitó que Marco sintiera un escalofrío.

Deambuló frente a una sucesión de bustos para enfrentarse al escrutinio de aquellos rostros de mirada severa. A su lado, una colección de arte barato se mezclaba con un Apolo de Mirón sin nada especial, más allá del gusto de su propietario. En el ábside, sobre una mesa de nogal abarrotada de documentos, había un busto de Terencia. La penumbra, el silencio y la total ausencia de vida hacían que de aquella habitación emanara el espíritu reverente de un templo.

Descubrió que el senador le observaba desde la puerta con expresión ambigua. Era la primera vez que Marco pisaba la segunda planta de la casa, y ahora su dueño le descubría admirando aquellas esculturas; para ser un simple desertor, tal vez demostraba demasiado aprecio por el arte. Varrón Murena se aproximó a la mesa cojeando. Critias le había cosido la herida sin interesarse en ningún momento por su origen; al parecer, el médico griego había aprendido a no hacer preguntas.

—Hay que dar una respuesta contundente. —Hermes caminaba dos pasos detrás de su patrón.

—¿A quién? —respondió el senador.

Era una buena pregunta. Velox había pasado toda la mañana buscando una respuesta. En ese momento entró en la sala, limpiándose las manos de sangre con un trapo.

Cuando los atacaron en la confluencia entre la vía Tiburtina y la Labicana, los caballos se encabritaron. Velox no pudo elegir peor momento para sufrir uno de sus ataques de pánico: aterrado por los relinchos, huyó en dirección a la puerta Esquilina. El resto de la escolta corrió tras él, dejando atrás a Varrón Murena y a sus tres acompañantes. Cuando se recuperó, Hermes ya estaba en camino, alertado por un mensajero. Pronto se hizo cargo de la situación; sin embargo, la demencia del antiguo legionario los había condenado a deambular por la necrópolis y el arrabal durante toda la noche.

Hasta entonces, Velox había sido el brazo ejecutor de Hermes, quien le hacía el trabajo sucio, algo para lo que no se requerían demasiadas luces.

No obstante, ahora había quedado en evidencia. Por ese motivo, había torturado al líder de los bandidos que habían capturado como si tuviera algo personal contra él.

—¿Qué has averiguado? —le preguntó Varrón Murena.

—Los contrataron esa misma tarde —farfulló el gladiador—, en una taberna de la Suburra. Recibieron una bolsa de plata y acordaron otras dos más a cambio de tu cabeza.

Demasiado improvisado, incluso para unos matones de tercera. ¿A qué se debían tantas prisas?

—¿Quién les pagó? —preguntó Hermes.

—Un joven bien vestido, de rango ecuestre —respondió Velox—.

Buena planta y refinados modales. Iba acompañado de dos tipos, uno bajito, con marcas de viruela en la cara, y un muchacho desgarbado. Dijeron que el encargo formaba parte de un juramento a Némesis.

Quinto. No podía ser otro. Marco supo que se trataba de un mensaje dirigido a él. De esa forma su amigo le decía que todo había sido una maniobra para que se ganara la confianza de su patrón. Aquella improvisación cobraba sentido: el plan habría sido urdido poco después de su victoria en la arena, al saber que acompañaría al senador a la casa de

Mecenas. Sin duda, Tiberio sabía que aquella emboscada jamás tendría éxito; fue la enajenación de Velox lo que hizo que la situación se les fuera de las manos.

La mente de Varrón Murena parecía considerar quiénes podían desear su muerte. Al cabo de un rato desistió: la lista debía de ser demasiado larga.

—Hay que adelantar los planes.

Hermes esbozó un gesto de asentimiento.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Marco.

—Significa que nos vamos de viaje.

Acción y reacción. La retorcida maniobra de Tiberio había traído consigo unas consecuencias inesperadas y, a pesar de todo, se había salido con la suya: Marco había entrado en el círculo de confianza de Varrón Murena. Eso le situaba más cerca de su objetivo, aunque también de Fanio Cepión: era una cuestión de tiempo que se encontraran de nuevo. Debía descubrir qué tramaban los conspiradores antes de que sucediera.

Iba a retirarse cuando la voz de Varrón Murena le detuvo:

—¿Necesitas algo?

—Sí —respondió—: un baño.

Su patrón accedió. Al fin pudo salir de la casa.

Le hubiera gustado reunirse con Quinto, pero no quiso tentar a la suerte.

En su lugar, atravesó el puente Fabricio, que unía la isla Tiberina con el Campo de Marte, para pasear por la inmensa explanada que se extendía al norte de la ciudad, más allá de las murallas, entre la vía Flaminia y una amplia curva que formaba el Tíber. Desde muy antiguo, aquel había sido el lugar donde los jóvenes se ejercitaban a diario en el uso de las armas; con el tiempo, la ciudad lo fue engullendo a medida que se poblaba de edificios.

Los Juegos Megalenses habían concluido con una insolente ostentación de lujo. Finalizadas las carreras de caballos, una procesión encabezada por los sacerdotes de Cibeles había desfilado por el circo Máximo portando las tradicionales imágenes de los dioses. Al fin, la normalidad había regresado a las calles y cientos de puestos de verduras y hortalizas abarrotaban el foro Holitorio. Marco se dispuso a admirar una ciudad muy distinta a la que había conocido en su infancia.

A su izquierda se encontraba el circo Flaminio, una pista rectangular donde se realizaban carreras de carros; a la derecha, los templos de Belona y Apolo Sosiano. Ante él se alzaba el pórtico de Octavia, construido por Augusto en honor a su hermana, que rodeaba los templos de Júpiter Stator y Juno Regina, las dos deidades más respetadas en Roma. Desde allí podía contemplar la imponente figura del teatro de Pompeyo, cuyo níveo mármol resplandecía bajo el sol de la mañana.

La calzada le condujo hacia la Saepta, un patio rectangular de mil quinientos pies de longitud y doscientos de anchura, con dos enormes pórticos y una gran sala cubierta. Julio César había iniciado su construcción, y Lépido la había retomado. Marco Vipsanio Agripa adornó su fachada con mármoles y frescos después de transformar su lateral izquierdo en el pórtico de los Argonautas, en honor a sus victorias navales en Nauloco y Accio. Su nombre pasó a ser Saepta Iulia. Había sido la sede de los comicios, el lugar donde el pueblo se reunía para legislar, tomar decisiones y elegir a los magistrados. Ahora, en ella se celebraban luchas entre gladiadores.

Junto a aquel soberbio edificio, en el corazón del Campo de Marte, se encontraban las termas de Agripa, una enorme sauna cubierta por una cúpula que se había convertido en los primeros grandes baños de Roma. A su izquierda, Agripa había hecho construir un lago artificial, el Stagnum. En las inmediaciones, la basílica de Neptuno rememoraba una vez más sus triunfos navales.

Al norte de las termas, Marco se encontró ante un colosal edificio. Lo había visto infinidad de veces en planos, dibujos y maquetas en el estudio de su padre adoptivo; había paseado por su interior en su imaginación y ahora se adentraba en él: era, literalmente, un sueño hecho realidad. En el friso del pórtico de entrada, una inscripción decía: «Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, lo hizo». Se trataba del Panteón. En el pronaos encontró estatuas de Augusto y Agripa entre otras de deidades asociadas a la familia Julia, incluido Julio César divinizado. Una vez dentro, alzó la vista para admirar aquella majestuosa cúpula de hormigón revestido de mármol, la más grande jamás construida: su altura de ciento

cincuenta pies coincidía con el diámetro de su base. El óculo de veintinueve pies de diámetro proyectaba un círculo de luz sobre el bruñido suelo de mármol.

De nuevo en el exterior, recorrió la vía Flaminia hasta llegar al mausoleo de Augusto. En su testamento, Marco Antonio había dejado constancia de que deseaba ser enterrado en Alejandría, lo cual sirvió de excusa para la guerra civil entre ambos triunviros. Mediante aquel gigantesco túmulo circular de muros concéntricos de ladrillo, cubierto de cipreses y coronado por una estatua con su propia efigie, el princeps proclamaba que él sería sepultado en Roma.

Las obras no concluían. Bajo los auspicios de Agripa se estaba construyendo el Aqua Virgo, un acueducto para proveer de agua a sus baños. Hacia el suroeste, cientos de albañiles asentaban los cimientos de un puente que conectaría el Campo de Marte con el Trastévere: se lo conocería como el puente de Agripa.

Mirase donde mirase, todos aquellos espléndidos edificios que habían cambiado para siempre la imagen de la Ciudad Eterna le remitían a un solo hombre.

Se sentó en un banco de los jardines que rodeaban al Stagnum, el enorme estanque rectangular en el que se bañaban docenas de jóvenes. Al contemplar la estatua de un atleta desnudo limpiándose el aceite del cuerpo con un estrígilo, le asaltó una insólita melancolía. Pronto cumpliría los veintisiete años y había abandonado sus estudios de arquitectura. Siempre había soñado con realizar algún proyecto tan grandioso como aquellos, pero ya era demasiado tarde: en el mejor de los casos, solo sería un arquitecto mediocre.

Admiraba aquella escultura cuando se topó con un anciano envuelto en un amarillento himation griego. Súbitamente reconoció aquel rostro apacible de pómulos hundidos y cabello alborotado: era Diógenes, su antiguo maestro de escultura. A juzgar por su vacía mirada, se había vuelto ciego.

El anciano tropezó y cayó de bruces al suelo. Sin detenerse a pensar, Marco se apresuró a ayudarle:

—Gracias —murmuró Diógenes mientras se incorporaba—. Lo siento, mi vista ya no es lo que era…

Un joven esclavo, que se había separado de él, le sujetó del otro brazo y el anciano le propinó un afectuoso cachete en la mejilla.

—Me interesan las estatuas, aunque ahora solo puedo palparlas —le dijo a Marco, en busca de conversación—. ¿Puedes describírmela?

Se había recortado la barba, aunque no igual en cada mejilla, por lo que su escuálido rostro poseía una armonía imperfecta. Marco trató de marcar un acento y hacer su voz más grave:

—Es una copia del Apoxiomeno de Lisipo. Se halla en la transición del arte clásico al helenístico: posee la sencillez del primero, pero no su frontalidad. La cabeza es más pequeña de lo establecido por el canon de Policleto. En lugar de ser la séptima parte de la altura total del cuerpo, es casi una octava. Eso estiliza la figura y le otorga una mayor elegancia.

Ceñirse a un canon. Marco experimentó una nueva aflicción.

—Sabes de lo que hablas —comentó Diógenes—. ¿Cuál es tu nombre?

—Marco Castricio. Yo también fui escultor.

—¿«Fuiste»? —le preguntó el anciano con sarcasmo—. Un artista nunca deja de serlo. ¿Qué es lo que te preocupa, muchacho?

Se sentaron de nuevo en el banco. Hacía años que Marco no podía expresar en voz alta sus inquietudes; a pesar del peligro de que le reconociera, poder hablar con su antiguo maestro le resultaba liberador:

—Aristóteles dijo que la filosofía cultiva su propia inutilidad y que eso la hace libre. Con la escultura, yo no tuve esa suerte.

—Entiendo. El arte es un medio de transmitir ideas. Esa es la base de su grandeza, pero al mismo tiempo es su maldición.

—Es más que eso —dijo, sacando a la luz todos sus fantasmas—. Los griegos establecieron nuestra concepción del arte, según la cual su finalidad sería la de plasmar un orden para crear belleza. Ceñirse a un canon, a una estructura racional y mensurable. A partir de este principio, ¿cómo es posible hablar de un arte basado en la libertad?

—¿Por eso abandonaste la escultura?

—No tenía nada que contar.

—Escuchándote, nadie lo diría —respondió Diógenes, tras un carraspeo

—. Hace tres siglos, Aristóteles ya formuló esa pregunta: ¿cómo debemos regir nuestra vida? ¿Cuál ha de ser la guía para nuestros actos? La filosofía, la religión y el arte han tratado de encontrar una respuesta, cada cual a su modo. Cada pintura, poema o escultura trata de dar sentido a una parte de nuestra existencia y, en ese intento, se da esta paradoja. Cuanto más grande sea nuestro conocimiento sobre los principios del arte y la faceta del mundo que deseamos plasmar, menos opciones tendremos a nuestro alcance. Sin embargo, cuanto más diluida sea nuestra impresión sobre ambos, tanto más falsa y vacía será nuestra obra. Por eso, las limitaciones impuestas por las circunstancias no inhiben nuestra libertad, sino que la inspiran.

Tal como decían los estoicos, somos actores en un drama: no podemos elegir nuestro papel, pero podemos escoger interpretarlo bien. Marco observó al anciano, que, durante años, había sido para él un ejemplo.

Comprendió que si la plebe no hacía caso a los filósofos, comprometidos con sus problemas, era porque predicar la virtud no servía para enardecer a las masas. Como gladiador, era más famoso que cualquier filósofo estoico.

Sin embargo, ¿qué había hecho por ellos?

Se despidió de Diógenes para regresar a la mansión de Varrón Murena.

Debía prepararse para un viaje.

La vía Ostiense nacía en el foro Boario, pasaba entre el Tíber y el Aventino, y atravesaba las murallas de la ciudad por la puerta Trigémina.

Desde allí, corría paralela al río a lo largo de veintidós millas de llanuras y suaves colinas; un apacible trayecto que apenas les llevaría tres horas a caballo.

—¿Cuál será nuestra misión? —Marco cabalgaba junto a Hermes. No quería demostrar un excesivo interés sobre el propósito del viaje, aunque quizá resultase igual de sospechoso no hacerlo.

—Hay que escoltar un cargamento de grano, desde Ostia hasta Emporium. Nos reuniremos con los hombres de Fanio Cepión… Veo que le conoces.

Los ojos del lanista permanecían fijos en él; tuvo que esforzarse para no eludir su mirada.

—Trabajé en su hacienda —respondió secamente—. No llegué a conocerle.

—Entonces tuviste suerte.

Era junio y los campos parecían fértiles, aunque, más allá de las vegas, el Lacio se mostraba pardo. El Tíber se había convertido en una transitada vía que unía la capital con el puerto de su desembocadura, y cientos de barcazas remontaban su curso, remolcadas por recuas de bueyes desde la orilla.

—¿Dónde está Perseo? —Marco trató de cambiar de tema.

—De visita en casa de Mecenas. Al parecer, deseaba conocerle.

Se oyeron risas sofocadas y Hermes no se molestó en ocultar su sonrisa.

Conociendo las apetencias del consejero de Augusto, aquella frase poseía un doble significado.

A orillas del camino, una necrópolis les dio la bienvenida a Ostia. La vía Ostiense desembocaba en el decumano máximo y la ciudad se extendía a ambos lados de la calle principal, que se bifurcaba antes de llegar a una hermosa playa en la orilla oriental de la boca del río. Ostia había sido la primera colonia fundada por Roma. Enriquecida por el comercio, la mayor parte de sus cuarenta mil habitantes estaban vinculados de un modo u otro con el puerto que unía a la urbe con su imperio. Desde allí era posible navegar hasta Cartago en poco más de tres días; se necesitaban seis para llegar a Tarraco y nueve para desembarcar en Gades. Sin embargo, las limitaciones al calado que imponía el cauce del Tíber, en cuyo lecho no dejaba de acumularse cieno y arena, hacían de ella solo un puesto intermedio entre Roma y el complejo portuario de la bahía de Neápolis.

Tras dejar atrás el teatro, los gladiadores desfilaron ante una sucesión de almacenes y panaderías. Las enormes factorías de pan estaban provistas de enormes molinos accionados por mulas que tiraban incansables de las norias, mientras los hornos irradiaban un calor asfixiante. Antes de llegar al foro, tomaron una calle hacia la derecha y, girando de nuevo a la izquierda, enfilaron por un estrecho vial hasta llegar a una taberna situada frente a un bloque de viviendas. Un grupo de estibadores almorzaban ante uno de los

mostradores, que, cubierto de lajas de mármol, daba al exterior; pocos podían permitirse una modesta cocina en el cubículo de su insula.

—Tenemos tiempo de sobra, así que podemos tomar algo —les dijo Hermes mientras descabalgaban—. Recordad que debemos obrar con discreción.

Las paredes del interior, pintadas de rojo y amarillo, estaban cubiertas de frescos que mostraban los platos de la casa; construían un amplio espacio, saturado por el grasiento olor que desprendían los hornillos del mostrador, tras el que se amontonaban las ánforas. Del techo abovedado, saturado de humo, colgaba un bosquecillo de morcillas rojizas. El propietario era un individuo chaparro con una hilera de dientes carcomidos, tan irregular como un ejército en desbandada. Sus enormes ojos se asomaban entre los párpados como si fueran a saltar al vacío.

—¿Qué queréis? —les preguntó.

—Seis vasos de vino y algo de comer —dijo Hermes—: seis salchichas calientes, con una hogaza de pan para compartir.

—¿Nada más? —El tabernero señaló con un gesto a una sirviente siria sentada junto a las escaleras que conducían a la segunda planta. Pintado junto a la puerta, vieron el tosco retrato de un falo.

Por toda respuesta, los gladiadores tomaron los vasos y se acomodaron en torno a una de las mesas, junto a la entrada a un minúsculo jardín. Más allá de unas cortinas, oyeron los lamentos de un desafortunado cuando sus cuatro dados cayeron con el mismo número, formando la «tirada del perro».

Un grupo de individuos de aspecto arrogante y que calzaban cáligas atravesaron la puerta; de sus cíngulos militares colgaban espadas y puñales.

Marco recordó que, como cuestor ostiense, Tiberio había establecido allí su residencia para controlar la llegada del trigo a la capital. No resultaba nada extraño la presencia de pretorianos en aquel enclave portuario, como tampoco lo era que no les quitasen la vista de encima: su aspecto de sicarios los delataba.

El cabecilla de los soldados se aproximó hacia ellos. Ceñía un gladius en el costado izquierdo: dedujo que se trataba de un centurión.

—He visto tu cara antes… Eres Hermes, ¿verdad?

El aludido apenas levantó la vista del vaso.

—Te vi luchar en Paestum, cuando solo era un muchacho —prosiguió el pretoriano—. Dioses. Creía que, a estas alturas, ya estarías muerto…

Hermes guardaba silencio, obstinado, pero él se apoyó en su mesa y le resultó imposible ignorarlo:

—Me gustaría que nos explicaras cómo lograste que tu sica se colara bajo su escudo —dijo el soldado—. Vamos, levántate. Si nos enseñas cómo lo hiciste, te invitaré a un trago.

Le ofreció un vaso de vino. Hermes aferró su mano con la zurda y la apretó con fuerza; los tendones de su antebrazo se tensaron, todos oyeron el crujir de la cerámica al romperse. Las facciones del pretoriano se crisparon de dolor y el vino se le escurrió entre los dedos, hasta formar un charco rojizo sobre la mesa, mezclado con sangre.

—Escúchame bien, porque no te lo voy a repetir —masculló Hermes, con el rostro a menos de un palmo del suyo—: no soy uno de tus esclavos.

Si vuelves a hablarme así, te rajaré desde el cuello hasta la ingle como a un cerdo. ¿Está claro?

Cuando le soltó la mano, el centurión dio dos pasos atrás. Su mirada vagó hacia los soldados, que observaban a los gladiadores en silencio.

En el ejército, todos despreciaban a los pretorianos, a quienes consideraban unos blandengues con un sueldo inmerecido. Sin embargo, todos sin excepción aspiraban a ingresar en las cohortes pretorianas para disfrutar de un plácido destino en la capital. Muy pocos lo lograban, pues se trataba de tropas de élite. Ahora, ante sus compañeros de escuela, no se atrevían a mover un dedo. Marco contempló la imagen de Némesis grabada a fuego en su piel y descubrió una vaga emoción. Tras reflexionar un instante, supo que se trataba de orgullo. Sabía cómo funcionaba aquello; lo había experimentado antes, en el ejército y con sus amigos de la Suburra.

Trató de desterrarla de su mente o, de lo contrario, tarde o temprano le llevaría a la tumba.

—¿Es que no sabéis leer? —les gritó el tabernero, señalando un fresco que mostraba el rótulo: «¡Vayan a pelearse afuera!».

Hermes se levantó para dirigirse al mostrador, y se llevó una mano a la cintura. El tabernero se había olvidado de respirar. Cuando bajó la vista, se encontró ante un puñado de monedas de cobre. Daba la impresión de que se le había aflojado el esfínter.

—Terminaremos de comer en la calle —dijo el lanista, y sus hombres abandonaron la cantina.

—Discreto como una puta en el templo de Vesta —murmuró Marco.

—Hermes odia a los legionarios —dijo Mucro—. Teniendo en cuenta lo que le hicieron, no le culpo…

Al tomar las riendas de sus caballos, Hermes se dirigió a ellos:

—Hay que conseguir un turno de embarque.

—Yo me encargo —se ofreció Velox.

—No —respondió él—. Marco, irás tú, y Mucro te acompañará.

La expresión de Velox evidenciaba su contrariedad.

El colegio de los codicarii infernates tenía su sede en la plaza de las Corporaciones de Ostia. La pareja de gladiadores atravesó la monumental entrada orientada hacia el norte, hasta llegar a un imponente atrio de trescientos cincuenta pies, tan reciente como el teatro tras el que se encontraba; buenos exponentes de la prosperidad del antepuerto de Roma.

Cruzaron un corredor cubierto para acceder al pórtico de las oficinas. El suelo de mosaico mostraba los símbolos de cada colegio y corporación, ya fueran navieros o comerciantes: barcos, delfines y medidas de cereal reproducidos con teselas negras y blancas. Una vez en el despacho, Marco preguntó al rechoncho oficinista. Él le entregó un pedazo de corteza con unas indicaciones garabateadas.

—Las naves os aguardan en el muelle III —les dijo.

Se reunieron con el resto en el embarcadero, que estaba abarrotado de barcazas. Marco se encontró de nuevo con el capataz de la hacienda de Cepión. Su cabello, de un rojo incandescente, parecía flamear a cada paso.

Seis hombres le escoltaban; su actitud era sosegada y, al mismo tiempo, amenazante, como la de quien es capaz de romper un brazo con la calma de un funcionario al redactar un informe. De entre ellos sobresalía una

desgarbada figura de piel oscura con una melena negra que le caía sobre la espalda.

—El ergastularius—murmuró Marco.

—Veo que lo conoces —dijo Mucro—. Es el último juguete de Fanio Cepión. Al parecer procede del sur de la India: era hijo del sacerdote de una siniestra diosa de seis brazos.

Los acompañaba un individuo con el refinado aspecto de un funcionario de alto rango. Para su sorpresa, se trataba del propietario de la villa próxima a la vía Apia donde había tenido lugar la extravagante boda homosexual. Al parecer, Manio Agrícola era uno de los mensores frumentarii que controlaba la recepción del grano y, aunque fingía no conocerlos, era incapaz de ocultar su ansiedad.

—Llenaré los digmata.

Sostenía un pequeño recipiente que contenía muestras del grano que sería transportado por cada barcaza. Una vez sellados y etiquetados, se registraba el nombre del patrón y la embarcación, además del rango y la unidad de los legionarios que habían supervisado el cargamento. De este modo, las autoridades se aseguraban que la carga no fuera adulterada durante el trayecto río arriba.

El funcionario entró en la bodega de la primera gabarra con una bolsa a la espalda; al cabo regresó con una vasija de cerámica precintada con su correspondiente etiqueta. Era obvio que no había tenido tiempo suficiente para tomar las muestras. Una tras otra, repitió la operación en las doce naves que componían la flotilla y, al fin, se despidió de ellos con un apresurado gesto, dando a entender que estaba ocupado.

Hermes se dirigió hacia el capataz y su silencioso acompañante:

—Gracias por haberlo traído hasta aquí. A partir de ahora, nosotros nos haremos cargo.

—Nuestro amo nos ha ordenado que escoltemos el cargamento hasta Emporium —señaló el pelirrojo.

El lanista se vio obligado a asentir.

—Está bien —concedió—. Somos catorce, así que viajaremos uno en cada barca. Marco y Mucro irán en la que cierre la marcha.

El hindú se dio la vuelta sin pronunciar palabra y sin que Hermes lo perdiera de vista. La relación entre Fanio Cepión y Varrón Murena no parecía falta de mutuos recelos.

Mucro y Marco se dirigieron a su embarcación. Al igual que el resto, era una navis caudicaria diseñada para el transporte fluvial, una robusta barcaza de poco calado y fondo plano, con poco más de cincuenta pies de eslora y una capacidad de tres mil ánforas. Poseía un mástil a proa, provisto de una vela cangreja sin botavara, en cuya base se fijaba el cabo del que tiraban los bueyes que los remolcarían. El capitán era viejo, de rostro curtido sin afeitar y que exhibía unos hombros nevados de caspa, a pesar de su calvicie. Una tripulación formada por cinco malolientes pescadores etruscos le acompañaba.

—¿Sois nuestra escolta? —les preguntó.

La idea de contar con una pareja de guardianes parecía divertirle. Marco estrechó la mano al capitán y ayudó a Mucro a subir a cubierta. Saltaba a la vista que jamás había pisado una embarcación.

A medida que arribaban a Ostia, las barcazas aguardaban su turno para ser remolcadas, tenían preferencia las que transportaban grano o aceite.

Haciendo uso de los remos, la nave capitana se aproximó a la otra orilla del río, donde se encontraban las yugadas de una docena de bueyes que los arrastrarían. Una tras otra, el resto de la flotilla fue haciendo lo mismo.

Ellos fueron los últimos. Cuando les arrojaron la sirga, los marinos ataron la gruesa maroma al mástil y la fijaron a un cabrestante en la popa. Las yuntas comenzaron a tirar de las gabarras río arriba; el camino de sirga corría paralelo a la ribera occidental del Tíber.

—¿Cuánto tardaremos? —preguntó Marco al capitán.

—Son diecinueve millas, y nos llevará tres días. Al venir del norte, el viento tramontano hace aún más difícil navegar contracorriente.

Al poco de dejar atrás el embarcadero, el primer meandro los obligó a torcer a babor. La sirga y el timón hicieron virar la embarcación por avante y la vela flameó. Tuvieron que agacharse cuando el trapo pasó de un costado a otro. Mucro, a punto de ser decapitado por la escota, profirió un exabrupto.

—¡Ten cuidado, novicio! —gritó el capitán, y la tripulación rio con ganas.

A partir de entonces, el curso del río se hizo más rectilíneo, a medida que atravesaban prados y bosques de pinos. Marco observó que, en la proa, un marino sondeaba continuamente el lecho del río con una pértiga, y el capitán se percató de ello.

—Es fácil embarrancar en el alfaque de la desembocadura —le explicó

—. Ese banco de arena se forma al menguar la fuerza de la corriente, poco antes de llegar al mar. Allí el calado solo es de un par de pies; por eso hay que dragarlo. Una vez superado ese obstáculo, la profundidad puede variar: de diez a treinta pies; normalmente hacemos este trayecto en invierno o primavera, cuando el cauce es mayor. Ahora, a causa de esta maldita sequía, las posibilidades de encallar se multiplican.

—¿Qué tal el viaje desde Puteoli?

—Dejamos atrás la bahía de Neápolis hace cinco días. La tramontana no ha ayudado, pero aquí estamos.

La navegación marítima se iniciaba a finales de mayo. Asumiendo el riesgo de tempestades, era posible realizar una navegación de cabotaje desde principios de marzo, y así remontar el Tíber sin complicaciones. Se encontraban a mediados de abril, y hacía tiempo que Fanio Cepión enviaba grano a la capital desde su hacienda; parecía el momento idóneo, pues el cauce del río mermaba en verano. Sin embargo, ¿por qué había dicho Varrón Murena que estaban adelantando los planes? Tal vez las bodegas ocultaban algo más: al fin y al cabo, habían enviado a más de una docena de hombres para escoltar un simple cargamento de trigo. ¿Por qué otro motivo habrían sobornado a uno de los mensores frumentarii que controlaban los transportes?

Con los brazos cruzados en la regala, Marco decidió que tenía que hallar una respuesta a cualquier precio.

La nave fue perdiendo impulso a medida que se aproximaba a un nuevo recodo del río. El cable de remolque gimió por el esfuerzo; allí la corriente era más fuerte. La sirga iba sujeta a un cabrestante en la popa, para permitirles avanzar allá donde resultara más duro a las yuntas. Los marinos

hicieron girar el torno fatigosamente y, poco a poco, recuperaron la velocidad. Sentado en la proa, Mucro afilaba su espada, sin inmutarse.

—¡Echadnos una mano! —gritó uno de los marinos.

—Que os jodan —le respondió.

A su lado, Marco no dejaba de reflexionar. ¿Qué tramaban Fanio Cepión y Varrón Murena? Con un millón de habitantes y un consumo medio de cuarenta modios de trigo por persona al año, Roma necesitaba cuarenta millones de modios de cereal para alimentarse. De esa colosal cantidad, ocho millones estaban destinados a los doscientos mil beneficiarios de los subsidios públicos.

El grano debía traerse en barco, pues ningún otro medio de transporte era viable. Los bueyes que tiraban de los carros debían alimentarse de cereal y pastos. Por ese motivo, una carga de sesenta modios de trigo duplicaba su precio una vez recorridas trescientas millas, mientras que traerlo en barco desde Alejandría solo aumentaba su coste una sexta parte.

Una nave tipo corbita podía cargar con cincuenta mil modios de trigo: eso suponía que eran necesarios ochocientos transportes al año. El trigo egipcio se cosechaba entre abril y mayo, y la temporada de navegación se cerraba hacia los idus de noviembre. Un viaje desde Puteoli a Alejandría apenas duraba entre diez y catorce días, pero, en sentido inverso, suponía el doble de tiempo, a causa del viento dominante: la flota alejandrina acostumbraba a llegar a Italia hacia la primera mitad de junio. Una vez en Puteoli, el grano era estibado en embarcaciones como aquella, que, más tarde, remontaban el Tíber. Sin embargo, dado que la estación seca dificultaba el transporte por el río, buena parte procedía del año anterior.

Cada navis caudicaria tenía una capacidad media de diez mil modios.

Por tanto, eran necesarios cuatro mil trayectos como aquel y, además de trigo, debían fletarse vino y aceite, materiales de construcción y toda clase de productos. Una vez almacenado en los Horrea Sulpicia de Emporium, el trigo de los subsidios se repartía cada mes en forma de pan, gracias a unas contratas que se encargaban del molido y el horneado.

Por primera vez, Marco fue consciente de las enormes dificultades logísticas a las que Tiberio, como cuestor ostiense, se enfrentaba. Repasó

mentalmente todas aquellas etapas, una tras otra: si Fanio Cepión deseaba romper esa cadena en algún punto, debía encontrar el eslabón más débil.

Sentado a su lado, Mucro seguía afilando su espada. Con el tiempo, había descubierto que para él era un modo de ahuyentar sus inquietudes.

—¿Te preocupa algo?

—Ten cuidado con Velox —masculló el hombretón—. Siempre ha sido el brazo derecho de Hermes y ahora te considera una amenaza.

—¿Crees que intentará algo?

—Velox solo conoce un modo de anular una amenaza.

En ese momento, el siroco acudió en su ayuda para inflar las velas.

Se detuvieron para pasar la noche en Puilia Saxa, un viejo embarcadero de vigas de aliso construido en un recodo del río, junto al camino de sirga.

Pese a que había varias posadas para que las tripulaciones pernoctaran, Hermes no deseaba alejarse de las embarcaciones, y por ello acamparon junto al muelle, en un bosquecillo de pinos.

Desde allí, era posible contemplar las ruinas de Ficana, un laberinto de decrépitos muros de adobe cubiertos de hiedra junto a la vía Ostiense, en la otra orilla. Seis siglos atrás había sido una próspera ciudad del Lacio, hasta que fue conquistada por Anco Marcio, nieto de Numa Pompilio, el segundo rey de Roma. Sus habitantes fueron deportados hasta el Aventino tras ser incendiada.

Una flotilla de barcazas descendía, arrastrada por la corriente, a lo largo de la otra ribera. Su propio viaje se hacía lento: en aquella jornada habían recorrido más de siete millas.

Mientras los gladiadores encendían las hogueras, el capataz ordenó que encadenaran a los remeros a los árboles y ellos, exhaustos, se dejaron caer al suelo. Un criado ató a una pareja de enormes perros a su lado. Cuando depositaron unos cuencos con gachas ante ellos, los esclavos tuvieron que disputarse la comida con los animales.

El capataz sonrió al darse cuenta de que Marco le observaba.

—El amo los compró siendo cachorros —le dijo—. Me ordenó que alimentara a los esclavos con las sobras de su comida, que los obligara a

recoger sus heces con las manos. Con el tiempo, aprendieron que la vida de un animal valía más que la suya.

Los molosos se sentaron sobre sus cuartos traseros y el capataz les acarició el pelaje del cráneo.

—Un día, el amo retorció el cuello de uno de los cachorros ante ellos, solo por capricho, y en sus ojos pude ver hasta qué punto había llegado su desesperación. Destruir la esperanza es lo más difícil de todo…

El pelirrojo le dio la espalda. Hermes les ordenó formar un perímetro de guardia en torno a las gabarras, divididos por parejas. Los marinos acudieron a las tabernas para dormir bajo techo, y los arrieros adecentaron a las bestias en las cercas; con una docena de bueyes por barcaza, formaban una manada enorme.

Marco ocupó su puesto y desenrolló la esterilla para tumbarse. Era una noche despejada y una enorme luna se reflejaba en el Tíber bajo un cielo cuajado de estrellas. Hacia el norte, descubrió el Carro, además de Orión, las Pléyades y el Boyero.

—¿Te importa hacer la primera guardia? —le preguntó Mucro, mientras se sentaba a su lado—. ¿Qué miras?

—Según los griegos, Zeus, el padre de los dioses, logró seducir con malas artes a Calisto, una ninfa de los bosques —respondió—. Su esposa Hera, movida por los celos, la convirtió en un oso. Un día, Arcas, el hijo cazador de Calisto, se topó con su madre y a punto estuvo de matarla, pero Zeus se lo impidió. Para alejar a Calisto de cualquier otro peligro, la lanzó al cielo, y la convirtió en estrellas. Transformó a Arcas en oso e hizo de él una nueva constelación, para que su madre no estuviera sola. Él es la Osa Menor, y en la punta de su cola se encuentra la estrella polar, guía de navegantes y viajeros.

—¿Y esa mancha blanca?

—Es la Vía Láctea. Dicen que fue creada por Hera, tras derramar su leche mientras amamantaba a Heracles, el hijo ilegítimo de su esposo.

—¡Joder! Zeus ha dejado el cielo espolvoreado con su puterío.

Durante un largo rato, Mucro permaneció tumbado, en silencio. Creía que se había dormido cuando oyó de nuevo su voz:

—¿Sabes qué? He decidido intentarlo con Herennia.

—Me alegra oírlo.

Hermes llegó de entre los árboles, siguiendo la ronda para supervisar los turnos de guardia. Se sentó junto a ellos y, al hacerlo, se llevó las manos a las rodillas. Su rostro se convirtió en un pliego arrugado de pergamino.

—¿Duelen? —preguntó Mucro con sarcasmo.

—Es la humedad —respondió—. Y los años.

Entonces oyeron los gritos. Los tres gladiadores corrieron hacia el pinar espada en mano. Tumbado sobre la grava, descubrieron a uno de los esclavos del capataz aullando de dolor:

—¡Me queman! ¡Dioses!

Marco tomó sus manos para examinarlas: estaban negras, podridas, calcinadas. Otro esclavo aquejado de aquella enfermedad, que algunos llamaban «fuego del Tártaro». Convulsiones; esta vez, el vientre también le ardía. El muchacho se retorcía en el suelo, encogido sobre sí mismo, y el capataz ordenó a sus hombres que lo arrojaran al río. Después de debatirse en el agua, su cuerpo se perdió en la oscuridad, arrastrado por la corriente.

El ergastularius observó al capataz mientras se dirigía hacia la posada para pasar la noche. Hizo un gesto a Hermes y ambos se reunieron en un lugar apartado.

De regreso a su puesto, Marco se recostó sobre una roca y se cubrió con la manta. Cerró los ojos. Hacía años que su vida había cobrado un rumbo propio y que todos sus antiguos sueños de juventud se habían ido al traste.

No solo se habían esfumado, sino que también se habían pervertido. Ahora se sentía vacío, sin ninguna meta, más allá de saldar una vieja deuda de sangre. Trató de convencerse de que solo se debía al cansancio. Aguardó tumbado hasta que el sonido de las voces se fue apagando, al igual que las llamas de las hogueras, y solo oyó el murmullo del río.

Había llegado el momento.

Tras comprobar que Mucro estaba dormido, se levantó para dirigirse a las naves. Dio un rodeo para evitar el claro del pinar, y utilizó la sombra de los árboles para ocultarse. Cuando oyó los pasos de un centinela, se tumbó en el suelo. Esperó, con el rostro pegado a la hierba, hasta que pasó de largo

y se incorporó de nuevo. Le temblaban las piernas. No quiso pensar en las consecuencias de que le descubrieran. En su lugar, centró toda su atención en caminar sobre la grava del embarcadero sin que el sonido de sus pasos le delatase.

Saltó a la cubierta de una de las barcazas y retiró la tablazón que cubría la escotilla para acceder a la bodega. Buscó a tientas entre los cajones donde se almacenaba el grano y trató de abrir uno de ellos. Descubrió que estaba sellado con un precinto de plomo y ahogó una maldición: si lo rompía, sabrían que alguien había estado husmeando. Demasiado riesgo; así que, resignado, trepó hasta la cubierta.

Se disponía a cerrar la escotilla cuando oyó el sonido de unos pasos a su izquierda. No tuvo tiempo de esconderse; casi se dio de bruces con el capataz. Al reconocerle, este se detuvo.

Sus ojos se entrecerraron con malicia para evaluarle. Entonces desenfundó una daga y trató de apuñalarle. Marco, por puro instinto, le pateó en el pecho y salió despedido hacia atrás. El capataz volvió a saltar sobre él. Esta vez logró inmovilizar su arma, y los dos forcejearon.

Empezaron a sonar voces. Los centinelas saltaron a la barcaza con antorchas y los sujetaron. Los llevaron a rastras hasta el embarcadero, donde se encontraban Hermes y el ergastularius. Marco trató de sostenerles la mirada, a pesar de estar a punto de orinarse encima. La vista del hindú deambuló por el círculo de hombres que se había formado en el muelle y pudo oír su voz. A pesar del acento extraño, resultaba serena, algo que contrastaba con su aspecto salvaje.

—Al parecer, tenemos un traidor entre nosotros… —No tuvo que hacer ningún gesto para acallar a su gente; aquella frase fue suficiente.

—¡No sé qué mentiras os habrá contado, pero este maldito esclavo está resentido conmigo! —gritó el capataz—. Solo fui a la barcaza para…

—Marco no ha dicho nada —señaló Hermes con calma—. Has sido tú quien lo ha hecho.

—¿Y qué diablos hacía él allí? —preguntó Velox, dando un paso al frente.

El antiguo legionario no desaprovechó la oportunidad de menoscabar su posición. ¿Realmente creía que era un espía o solo pretendía poner en tela de juicio la confianza que Hermes depositaba en él? La estúpida suficiencia de su rostro no decía nada al respecto.

—¿Qué sabemos de él? —preguntó, dirigiéndose a Hermes—. ¿De dónde ha salido?

—Deserté —respondió Marco secamente—. Unos bandidos me apresaron y Fanio Cepión me compró para trabajar en su hacienda.

Preguntádselo a él, si dudáis de mi palabra.

Señaló al capataz. Poniéndole como testigo, pretendía demostrar lo absurdo de la acusación, a pesar de que le diera pie a intervenir. Aquel era un riesgo asumido. El ergastularius sabía que su historia era cierta, al menos hasta donde él la conocía, y el pelirrojo no parecía tener ninguna baza oculta para usar en su contra. Aliviado, Marco expulsó el aire que retenía en los pulmones.

—Oí unos ruidos mientras montaba guardia —prosiguió—. Al llegar al embarcadero, le descubrí en una de las gabarras.

—¿Y por qué no diste la voz de alarma? —espetó Velox.

—Solo oí unos pasos, no sabía que fuera un intruso. Me asomé a la bodega y, cuando quise darme cuenta, me atacó.

—¡Mentira! —aulló el capataz—. ¡Fui yo quien te oyó saltar al barco y traté de impedir que sabotearas la carga!

—¿Me oíste desde la posada? —le respondió, sarcástico—. Debes de tener un oído muy fino.

Toda arma tiene dos extremos, la empuñadura y la punta. El capataz siempre se había encontrado en el lado más cómodo y no sabía reaccionar cuando la hoja le amenazaba. Esa torpeza quizá fuera su salvación.

Entonces, desde las naves atracadas, llegó Pulcher.

—¿Todo en orden? —le preguntó Hermes.

—La carga sigue sellada —respondió el retiario.

En ese momento, intervino Mucro:

—Marco creció en mi barrio. Incluso Hermes lo conoció de niño. Si estás sugiriendo que es un traidor, Velox, tendrás que demostrarlo. —Dio un

paso al frente, con el acero desnudo. Su nariz de tubérculo se había teñido de un rojo incandescente.

Marco observó a su alrededor. Los hombres de Fanio Cepión los escuchaban con indiferencia, dispuestos a cumplir las órdenes del ergastularius; no demostraban ninguna lealtad hacia el capataz y, por ello, se preguntó qué clase de instrucciones les habría dado su amo. Tal vez el hindú fuera un hombre de confianza, para controlar al administrador de la hacienda. Por su parte, los miembros de la familia Varrón conocían a Velox y les era fácil imaginar los motivos de la acusación. Mucro rara vez hablaba en defensa de alguien, y por eso sus palabras adquirían un enorme peso.

Hermes los observaba en silencio.

—Agripa tiene espías en todas partes —protestó Velox, mientras manoseaba su bolsa, tal vez considerando la idea de añadir un nuevo stigma a su colección.

—Si es un espía de Agripa, ¿cómo es que no sabe nada de…? —espetó Mucro, pero se contuvo—. Hace unos días, Marco nos salvó la vida mientras tú salías corriendo. Podría haber huido y no lo hizo. Mientras que tú, maldito tarado, te tiras al suelo cada vez que oyes rebuznar a un asno.

—Silencio —dijo Hermes.

Los gladiadores enmudecieron. El ergastularius hizo un gesto y sus hombres sujetaron al capataz y le golpearon en la cara. El hindú se aproximó hasta situar su rostro a tres pulgadas del suyo.

—¡¿Te has vuelto loco?! —chilló el capataz—. No te imaginas lo que el amo te hará por todo esto….

El ergastularius sonrió. Era una sonrisa gélida, desprovista de humor; el capataz se retiró de él tanto como pudo.

—Crees saberlo todo acerca del dolor —dijo el hindú—. Pero te equivocas. Voy a enseñarte algo…

Se despojó de la túnica, dejando el torso al descubierto. El pecho y la espalda estaban surcados por una maraña de cicatrices, junto a otras heridas recientes. Algunos eran cortes producidos por un objeto afilado y había frases escritas empleando un extraño alfabeto. Otras eran quemaduras,

visibles a pesar de su piel oscura, y en la espalda se podían apreciar las huellas del látigo.

—Solo cuando te hayas hecho esto en tu propia carne, podrás hablar sobre lo que es el dolor.

El capataz era incapaz de ocultar su terror. El ergastularius tomó asiento en el suelo para hablarle:

—Sabemos que has estado robando al amo.

El pelirrojo negó con un gesto, aunque su expresión lo decía todo.

Entonces, el hombre de piel oscura desenrolló un envoltorio de cuero sobre el regazo, para desplegar una colección de cuchillos y útiles de carnicero.

—Me has visto otras veces, ¿verdad?

El aludido era incapaz de articular palabra.

—Otros usan mandiles de carnicero: no les gusta mancharse de sangre.

—Hizo una pausa, mientras recapacitaba—. Hay quien es capaz de matar pronunciando una sola palabra; sin mirar a su víctima a los ojos, sin escuchar sus gritos ni mancharse con su sangre…

El ergastularius inspeccionó su instrumental hasta dar con una cuchilla de su agrado, que comenzó a afilar con una piedra. Su prisionero cerró los ojos y murmuró en voz baja. Él alzó la vista, divertido.

—Te voy a contar un secreto: pierdes el tiempo. Ningún dios vendrá en tu ayuda. A todos los hemos creado para esconder nuestro miedo.

—¿Miedo?

—El miedo al vacío. Ningún dios me obliga a hacer esto… —con un gesto aludió al puñal que tenía en la mano—, ni siquiera el amo. Actúo así por voluntad propia. Nosotros somos los únicos responsables de todo lo que ocurre en este mundo. No busques a nadie a quien culpar.

—Tú eres el verdugo.

—¿Quién es el monstruo, capataz? —Pronunció aquella última palabra con infinito desprecio—. ¿Quien tortura y mata a una mujer, o quien le ordena hacerlo? ¿Acaso crees que por haberte convertido en la voz del amo no eres responsable? Aterrorizado, el tipo observó a su alrededor; no encontró ninguna compasión en sus hombres, solo un inmenso alivio al

saber que no ocupaban su lugar. Marco sentía lo mismo; dio media vuelta para regresar al campamento, pero Hermes le sujetó del brazo:

—Tienes que hacerlo tú.

Tomó la cuchilla que le ofrecía el ergastularius y contempló al capataz: el rostro amoratado por los golpes y la ropa llena de sangre, la frente empapada en sudor y el cabello rojizo alborotado.

No fue una muerte rápida. Los gritos se prolongaron durante toda la noche y les impidieron dormir. Los marinos y arrieros se alejaron haciendo gestos contra el mal de ojo. Ni siquiera las tripulaciones acampadas en la otra orilla lograron conciliar el sueño.

Entre chillidos y lamentos, el capataz lo reconoció todo. Admitió haber sustituido el trigo por centeno en las raciones de los esclavos de la hacienda, para lucrarse con lo escatimado. Iba a robar los digmata cuando se topó con Marco. Confesó haber falseado los libros de cuentas y dijo que el dinero estaba enterrado en el jardín de su casa. Reconoció haber organizado una red de prostitución entre la servidumbre y, lo que es peor, sin que el amo obtuviera una parte de los beneficios. Se inculpó de haber concedido privilegios a algunos muchachos a cambio de favores. Y no dejó de hablar hasta la tercera vigilia.

Cuando terminó de arrancarle las uñas con las tenazas, comenzaron a desollarle. Entonces los gritos se convirtieron en alaridos. Al fin, el capataz calló para siempre y su cuerpo ensangrentado se volvió inerte.

Marco se alejó de él, exhausto, con la túnica empapada en sudor y sangre. El frescor de la brisa nocturna le devolvió súbitamente a la realidad.

Sumido en la oscuridad de la noche, se sintió solo. Alzó la vista para contemplar el firmamento, y esta vez no encontró a ningún dios. Solo un vacío inmenso, tan grande como el de su propia alma. Cerró los ojos, tratando de ahuyentar las imágenes que acudían a su mente. Pero no pudo.

Y ya no tenía a nadie a quien culpar.

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