Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 6 de 27

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Pan y circo

Capítulo V

Los libros estaban por todas partes. Abarrotaban las estanterías de la enorme habitación hasta formar un auténtico bosque provisto de sendas y claros; se amontonaban sobre las mesas y en el suelo hasta convertirse en maleza. Dos mil rollos de papiro ordenados en función del afecto y otros extraños vínculos, desconocidos por todos salvo por su dueña. Volúmenes que jamás abría por miedo a deteriorarlos se apilaban junto a otros repletos de anotaciones; múltiples ediciones de una misma obra entremezcladas con legajos que ella misma había transcrito. La biblioteca de Vitruvia crecía a un ritmo casi imperceptible, pero poco a poco se había ido extendiendo por las dependencias que rodeaban el peristilo de la casa, cubriendo las paredes como la hiedra.

«Si tienes una biblioteca con jardín, nada te faltará». Cicerón no se equivocaba. La mansión de su esposo no dejaba de ser una celda, y aquel era su refugio, un viejo sueño hecho realidad. Compartirlo con su hija suponía una felicidad añadida.

Fabricia acababa de cumplir seis años y se había empeñado en enseñarla a leer ella misma, guiando sus deditos manchados de tinta para que esbozara una letra tras otra. En ocasiones, se encontraba ante alguna mirada condescendiente que le decía que educar a una niña era tiempo perdido. Sin embargo, aquella criatura de ojos negros no solo se había convertido en el eje en torno al que giraba su vida, sino también en una proyección de sí misma.

No recordaba cómo había aprendido a leer. Era como si aquella facultad siempre hubiera estado ligada a ella. Sus primeros recuerdos estaban relacionados con la lectura; horas de estudio compartiendo mesa con su

padre, en su biblioteca. Como cualquier muchacha de clase acomodada, Vitruvia apenas pudo franquear los muros de la casa familiar. La lectura expandía su realidad, le permitía trasladarse a regiones y épocas remotas; conocer los pensamientos de personas que llevaban siglos muertas.

Aquellos rollos de papiro creaban para ella un universo sin límites. Más tarde, descubrió que los libros no solo servían para escapar de la realidad, sino también para entenderla. Y ahora, como editora, podía hacer algo para cambiarla, aunque solo fuera en una ínfima parte.

Una música procedente del exterior hizo que en el rostro de la niña se dibujase una radiante sonrisa. Saltó del escabel para salir corriendo en dirección al jardín. En un claro, habían erigido un modesto escenario de madera pintado de vivos colores: una plataforma con un cuerpo central y otros dos laterales donde se hallaban las puertas de entrada y salida para los actores. Del frente escénico sobresalía un porche sostenido por seis columnas; tras él, un paisaje fantástico mostraba varios edificios en perspectiva. Ante aquel fabuloso decorado, Ónfale se despedía de Hércules.

Cubierta por una piel de león, la reina de Lidia cargaba una porra sobre el hombro, y en la otra mano sostenía un sistro de bronce. Sobre su vestido de seda translúcida, en su parte superior, del cuello colgaba una cruz con un óvalo. El héroe, cubierto de joyas y arrodillado ante ella, vestía una túnica amarilla: una convención escénica para representar a las prostitutas.

Vitruvia enseguida comprendió el significado. Tanto Virgilio como Propercio habían descrito a Cleopatra con un sistro, instrumento musical empleado por Isis, «la de los diez mil hombres». Vestir a Ónfale con los atributos de aquella diosa asociada a la reina egipcia convertía a Hércules en Marco Antonio, y hacía de aquel mimo una clara apología política. Las Doce Tablas castigaban la difamación con la pena de muerte; dos siglos antes, bastó una vaga alusión a la familia de los Metelos en una de las tragedias de Nevio para que el dramaturgo fuera exiliado. Desde entonces, la tradición escénica romana recurría a alegorías mitológicas para la sátira política.

Cuando Ónfale abandonó el escenario por la puerta derecha, Hércules se acostó en su lecho. Entonces, desde la otra entrada, un nuevo personaje

apareció en escena: tenía una larga barba, dos pequeños cuernos en la frente y hacía sonar una flauta con una sensual melodía; entre sus peludas piernas de macho cabrío exhibía una enorme erección. Era Pan, dios de la fecundidad masculina, que, al ver a Hércules dormido, esbozó una mueca lasciva. Era obvio que, a causa de su vestido, creía encontrarse ante la reina de Lidia.

Pan entró en el lecho para tratar de poseer al hijo de Zeus como si fuera una ninfa. Vitruvia oyó una risa infantil a su lado y trató de tapar los ojos de su hija; ella le apartó la mano con enfado.

Al sentir aquellas ávidas manos sobre él, Hércules se despertó furioso y propinó a Pan una tremenda patada en la entrepierna. Él rodó por el suelo, vociferando, encogido sobre sí mismo. Fabricia rio de nuevo ante sus cómicos gestos de dolor. Alarmada por los gritos, Ónfale apareció de nuevo en escena con un candil en la mano y, tras descubrir lo que había sucedido, estalló en carcajadas.

Aristóteles creía que el teatro suponía una catarsis: las emociones experimentadas por los espectadores —ya fuera miedo, angustia o tristeza

— se desvanecían al finalizar la obra. Vitruvia supo que era cierto, incluso con un simple ensayo.

—¡Bravo! ¡Bravo!

La niña no dejaba de aplaudir, y los actores, agradecidos, le hicieron una reverencia. Cuando Cintia bajó las escaleras, la chiquilla corrió hacia ella para abrazar sus rodillas, y ella la alzó para besarla. Como dama de compañía, la actriz había ayudado a criar a Fabricia. Por un momento, Vitruvia experimentó una extraña mezcla de satisfacción y de celos, al ser testigo de aquel afecto compartido y de la fascinación de su hija hacia el deslumbrante mundo del teatro.

—Ve a jugar al jardín —le ordenó a Fabricia.

Cintia se la entregó al ama de cría para girarse hacia el escenario:

—Batilo…, no vamos a actuar en un triclinio —dijo al actor que hacía de Hércules—. Debes dar más amplitud a los gestos, para que los distinga el público de la última cávea.

Vitruvia observó la expresión contrariada de Batilo. Sabía que había aspirado al cargo de archimimus para aquella obra; que su esposo se lo hubiera dado a Cintia parecía despertar en él cierto resentimiento.

—Eso se llama «sobreactuar» —respondió Batilo—. Fui yo quien te lo enseñó, ¿recuerdas? El teatro que buscas murió gracias a Menandro. Trato de dar vida a un personaje real.

—Es difícil hacerlo con un semidiós que deambula desnudo con una piel de león —replicó Cintia—, que roba las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides y captura al can Cerbero del Hades.

—¿Prefieres una falsa y fría declamación? —le preguntó el actor, irritado—. Esta es una obra de mimo. De lo contrario, tu papel lo desempeñaría un hombre.

Aquella frase tenía un doble sentido que Cintia no estaba dispuesta a pasar por alto.

—No puedes apelar a tu experiencia emocional para interpretar a un viril guerrero —le dijo—. Te resultaría tan difícil como saber qué hacer con una mujer en el lecho.

Por un instante, Vitruvia se encontró ante una desconocida. Los gruesos labios de la actriz esbozaron una sonrisa cruel que jamás había visto en ella; algo que le produjo una vaga y remota inquietud.

El joven actor se sonrojó.

—¿Qué quieres que haga?

—Cíñete al guion y deja de improvisar —espetó Cintia—. Construye un personaje gracias a armonizar gesto, movimiento, tono de voz y reacción, para que el diálogo parezca nacer a cada instante y logre una ilusión de realidad. Deja de revivir emociones y limítate a actuar.

Batilo acabó de vestirse y se marchó. Vitruvia no dejaba de observar el aspecto de Cintia. Ella le formuló una muda pregunta.

—Resultas muy poco sutil, ¿no crees? —dijo la editora.

—¿Qué quieres decir?

—Que pareces salida de un lupanar corintio.

Su expresión fue la de César al recibir la última puñalada de Bruto; Vitruvia se arrepintió de sus palabras. Al considerar la causa de su

irritación, descubrió que le molestaba que la actriz empleara su talento para denigrar a otra mujer. Tal vez estaba proyectando demasiadas emociones sobre la reina egipcia.

—Damos al público lo que desea —dijo Cintia.

—Tal vez deberíais darle lo que necesita.

—Apolo frente a Dionisio —relató la actriz—. El conflicto entre lo irrefrenable de la condición humana y nuestro ser racional…

—Tal como escribió Cicerón.

Cintia arrugó la frente. En el pasado, habría reaccionado de otra forma; la manumisión la había cambiado, tal vez sin que ella misma se diera cuenta.

—Has heredado de tu padre algo más que las citas a ese carcamal.

—Y tú has… —Súbitamente, Vitruvia enmudeció.

La actriz escrutó su rostro con una inusitada dureza y ternura. Cuando habló, parecía contemplar algún lugar remoto.

—Aunque jamás lo hayamos dicho en voz alta, ambas sabemos lo que somos.

Considerar a una esclava como hermana resultaba obsceno, sin que importara su parecido con tu propio padre. Sin embargo, Vitruvia jamás había dejado de hacerlo. Se habían criado juntas, habían compartido mucho más que juegos. Los ojos oscuros de la actriz escudriñaron su expresión, y supo que era capaz de percibir su incomodidad. Decidió cambiar de tema:

—Has leído el manuscrito —no era una pregunta.

—Solo por encima.

Vitruvia había compuesto aquellas cuatro elegías a lo largo del último año. Las dos primeras hablaban de una pareja de jóvenes que habían crecido juntos, hasta que el destino hace que su relación sea imposible. El tercer poema era un lamento por su traición con una esclava; el último describía la definitiva pérdida del ser amado. A pesar del seudónimo, el argumento resultaba demasiado vívido como para que obedeciera a un simple patrón lírico.

—Para interpretar debes desnudar tu cuerpo; para escribir debes desnudar tu alma —dijo Cintia—. No deberías avergonzarte de ello. Él no

se lo merece.

Por primera vez, la actriz encontró una grieta en aquella máscara de templanza. Irritación. Tal vez celos. Se sintió halagada y molesta al mismo tiempo.

—¿Aún no me has perdonado? —añadió—. Era una esclava, no tenía elección.

Se veía asediada en aquella mentira, inmersa en una rivalidad que ya no tenía sentido. Las dos habían compartido con él intimidad, aunque de distinta naturaleza. Solo una fracción de lo que ambas hubiesen deseado.

Cintia recordó el día en que Marco le entregó aquel colgante de ámbar, y lo que sintió por él desde entonces. Cuando la madre de Vitruvia le ordenó que acudiera a su lecho, supo que solo trataba de alejarlo de su hermanastra.

Aun así, recordaba cada momento de sus encuentros nocturnos, a pesar de que para él no significaran nada.

—¿Tampoco tienes elección ahora? —Vitruvia hizo un vago gesto a su alrededor.

Otra vez esa mirada; desde su pedestal. Como si estuviera traicionando al género femenino.

—¿Ves a esa muchacha tan hermosa? —Cintia señaló a una de las actrices de reparto—. Hace tiempo, comenzó a verse con Cimón. Pero era requerida por tu esposo, por el mayordomo, por los sirvientes que pagaban al amo a cambio de sus favores, hasta que él la abandonó. Ahora Cimón está con otra, menos agraciada, a la que puede considerar suya.

La mirada de la editora siguió a la joven mientras se alejaba del escenario.

—Para una esclava, la belleza es una maldición —concluyó Cintia—.

Pero puede convertirse en la base de su poder.

Los ojos grises de Vitruvia la escrutaron.

—Me han dicho que hace unos días te reuniste con mi esposo…

—¿Quieres que, como liberta tuya, te dé explicaciones? —preguntó Cintia, sarcástica.

—Nunca te las he pedido.

La mayoría de los actores eran esclavos o libertos, como Cintia, que aún debían prestar servicios a su antiguo dueño, el cual podía cederlos en alquiler para cualquier obra. A pesar de que Vitruvia había renunciando a ese derecho, tenía la potestad de impedir que la actriz interpretara a Ónfale en aquel mimo. Aunque, si lo hacía, ella jamás se lo perdonaría.

—Me ofreció dirigir la obra y acepté —dijo Cintia.

—¿Te está molestando de nuevo? Tal vez, a causa de estos festivales, vuelva a intentar…

Trataba de mostrarse conciliadora. Sin embargo, los gestos nos delatan.

Una persona puede mentir con sus palabras, pero no con su expresión.

Gesticulamos sin darnos cuenta, para dar énfasis a nuestras palabras, sin ser conscientes de que en ocasiones las contradicen, o añaden matices no deseados. La formación actoral de Cintia le hacía ser consciente de ello; era su herramienta de trabajo.

—¿Me crees capaz de eso? —A través de sus gruesos labios, la actriz mostró los dientes—. ¿O es que estás celosa?

—Eres libre —respondió la editora con sequedad—. Tú sabrás lo que haces.

Cintia observó sus resueltos ademanes mientras se alejaba. Había descubierto que la libertad también supone una maldición. Para un esclavo, la incapacidad de elegir su propio destino al menos le otorga una enorme serenidad de conciencia. Una paz interior que ella hacía tiempo que había perdido.

Vitruvia se dirigió hacia la puerta de la casa, donde le aguardaban los esclavos con su litera. Tras acomodarse en ella, observó la senda que serpenteaba a lo largo de la costa, desde la diminuta ensenada de la mansión de Fabricio hasta Puteoli; el azul del mar contrastaba con el ocre de los acantilados, cubiertos por manchas de color esmeralda.

El trayecto se le hizo largo. Trató de ahuyentar su malestar centrándose en sus obligaciones como editora. Aunque, al llegar a la librería, otras ocuparon su lugar. Nada más atravesar la puerta, Anteo le dirigió una mirada de inquietud. Le acompañaba una figura a contraluz, sentada sobre un escaño próximo a la ventana. Un rostro de fauno de cabello rubio rizado

le dedicaba una mirada gélida e inexpresiva, como si estuviese muerto por dentro. Como si la muerte habitase en él. Sus labios se despegaron sin abandonar aquella sonrisa burlona:

—Busco un libro.

—La lista está junto a la puerta —respondió con cautela.

Fanio Cepión se levantó de su asiento para pasar junto al mostrador y dirigirse a las estanterías de la trastienda. Nadie se atrevió a detenerle.

—Me han dicho que aquí es posible encontrar otra clase de libros —

afirmó el senador.

Vitruvia se había visto obligada a seguirle. Una biblioteca refleja el carácter de su dueño, que es quien la ha creado y le ha dado forma. Cepión lo sabía y por ello estudiaba las repisas con la meticulosidad de un estadista.

La editora percibió aquel ávido escrutinio como una invasión de su intimidad; una idea absurda, aunque inquietante.

El noble se detuvo para coger un rollo de papiro. Vitruvia conocía la ubicación de todas sus obras: se trataba del sexto volumen de la Historia de Polibio. Tras desenrollarlo, Fanio Cepión comenzó a leerlo en voz alta:

—«… incapaces de alcanzar sus objetivos por sus propios medios, emplean sus bienes para corromper al pueblo. Una vez que este se ha habituado a dejarse sobornar y a vivir a costa del afán de honores de sus dirigentes, el carácter esencial de la democracia queda destruido y evoluciona hacia la violencia y el gobierno por la fuerza. El populacho, acostumbrado a vivir a cargo de las propiedades de otros, y ante la expectativa de vivir de las de sus vecinos, seguirá a cualquier líder ambicioso y carente de cargos públicos. Se entregará a los últimos excesos y todo serán muertes, destierros y expropiaciones de tierras, hasta que al fin vuelve a vivir al modo de las bestias, para hallar un señor y monarca que lo domine».

Vitruvia permaneció en silencio. Augusto trataba de controlar todo libro que se editara, y no dudaba en suprimir las intervenciones de sus adversarios políticos de las populi acta diurna, la gaceta que resumía las actas del Senado, el único modo que tenía el pueblo de saber qué se hablaba en la Curia. Tras el suicidio de Cornelio Galo, prefecto de Egipto, decretó

una damnatio memoriae para su obra poética, que fue destruida, e incluso ordenó a Virgilio que omitiera el elogio que le dedicaba en sus Geórgicas.

Antes ya había prohibido que se leyeran los discursos de Cicerón en público.

De momento, Augusto trataba de no crear mártires, aunque no dudaba en recurrir a las multas y al destierro. Se rumoreaba que tarde o temprano utilizaría la cláusula de las Doce Tablas que proscribía los escritos difamatorios, o incluso las leges maiestatis, que penaban incitar a la sedición, para proscribir cualquier escrito incómodo.

Si eso ocurría, una de las primeras bibliotecas que visitarían los ediles sería la suya.

—Virgilio y Horacio nos muestran un idílico pasado, una Roma regida por unos nobles valores —ironizó Cepión—. De la mujer que no es hermosa, se dice que está bien educada y, si no es ninguna de las dos cosas, se ensalza su bondad. Ante el esplendor del mundo oriental, solo podemos presumir de una sencillez de costumbres que Augusto pretende recuperar.

Es algo más bien ingenuo, ¿no crees?

—En literatura no hay nada ingenuo —respondió la editora—. Sirve para construir nuestra imagen del pasado, del presente y del futuro.

Los libros cohesionan y dan forma a la sociedad. Permiten que miles de personas compartan las mismas ideas, en un lazo intangible que une a los más remotos ancestros con las generaciones venideras. Por ello, se habían convertido en una herramienta política.

Los sucesores de Alejandro crearon la biblioteca de Alejandría como un medio para imponer la cultura griega en Egipto; en ella no tenía cabida la riquísima cultura local. En más de dos siglos, Cleopatra fue la única de su dinastía que se tomó la molestia de aprender la lengua hablada por la mayor parte de sus súbditos. Esta institución se había disputado con la biblioteca de Pérgamo la hegemonía como centro cultural; para menoscabar sus fondos, los ptolomeos llegaron a impedir la exportación de papiro y, por ese motivo, los eolios tuvieron que escribir sobre pergamino.

Dieciséis años antes, gracias al botín de la conquista de Dalmacia, Asinio Polión había creado la primera biblioteca pública en Roma. Más

tarde, Augusto había hecho construir otra aún más espléndida junto al templo de Apolo, y el contenido de sus estanterías no era casual: reflejaban la realidad que el primer ciudadano de la República deseaba construir.

Cepión depositó el volumen de Polibio en la estantería.

—Griegos y egipcios viven anclados en el ayer —dijo el senador—; justifican su grandeza en función de lo que fueron. El princeps, por el contrario, nos muestra lo que Roma podría llegar a ser gracias a él. Una Roma eterna.

—Es fácil mentir sobre el pasado, pero resulta imposible no hacerlo sobre el futuro —dijo Vitruvia—. Puede ser maleado a voluntad.

—Te veo escéptica. —El antiguo propretor de Macedonia ojeaba un nuevo libro, aunque al mismo tiempo escrutaba su rostro.

—En política, los mayores excesos siempre han sido fruto de las utopías, de aquellos que supeditaron los derechos del individuo al advenimiento de una nueva era. Bajo una promesa de paz y prosperidad, cualquier acto es justificable.

—Tú crees que ese futuro jamás llegará.

—¿Qué estás buscando? —insistió la editora.

—Poder. La capacidad de satisfacer nuestros deseos. En ocasiones, no es necesario ejercerlo: basta con saber que puedes.

La vista de Cepión se desplazó hacia el retrato de una niña pintado en encáustica sobre una tabla colgada en la pared. Era una velada amenaza que Vitruvia no estaba dispuesta a tolerar.

—Mi esposo…

—Tu esposo —asintió Cepión—. Lo peor no es el dolor, ¿verdad? Sino la indiferencia. Encierras a una esclava durante meses en una celda sin ventanas, alimentándola con pan mojado a través de una reja. Ordenas que nadie se dirija a ella, bajo pena de muerte. Y durante todo ese tiempo, no ve a nadie, no oye nada. Ni tan siquiera se atreven a mirarla. Al final, cuando la arrastras hasta el lecho para forzarla, en sus ojos puedes ver un destello de gratitud.

Se creó un silencio. Vitruvia sintió los latidos que golpeaban su pecho y un leve temblor que esperaba que no fuera perceptible. El senador observó

de nuevo el retrato de su hija.

—La moral es una barrera intangible, ¿no crees? Muchas veces, ni siquiera somos conscientes de su existencia. Sin embargo, pone límites a nuestro poder. De niño, mi hermano Gayo siempre me censuraba; decía que un buen romano debe anteponer la moral por encima de todo. Era el hijo perfecto; mi familia estaba orgullosa de él.

»Cuando pedí dinero a nuestro padre para acceder al vigintisexvirato, me respondió que solo podría costear la carrera política de uno de sus dos vástagos, y que Gayo era el primogénito. Quería que me mantuviera a su lado; que fuera como él, un anodino équite dedicado a sus negocios. Pero se trataba de mí. Tenía derecho a mi herencia. —Cuando se apoyó sobre una silla, la madera crujió al recibir su peso—. Durante las proscripciones, descubrí las simpatías de mi hermano hacia Marco Junio Bruto —murmuró

—. Así que rebusqué en su correspondencia y le hice llegar a Augusto varios documentos. Dos días después, una veintena de soldados entraron en nuestra casa. Al ver cómo se llevaban a rastras a mi hermano, una voz en mi interior me dijo que aquello no estaba bien; que al menos debía sentirme culpable. Pero yo era feliz, me sentía libre. Y cuando aquellos hombres cerraron la puerta tras de sí, esa voz se fue extinguiendo y jamás he vuelto a oírla.

El senador pasó a su lado para dirigirse hacia la puerta. Ella le sostuvo la mirada, desafiante. Sin embargo, su agitada respiración la delataba.

—Necesito tu talento para reescribir una obra de teatro —dijo Cepión, a apenas dos palmos de su rostro—. Si aceptas, envíame esto.

Tomó su mano para depositar en ella un camafeo. Mostraba la efigie de una mujer con una corona de espigas de trigo en los cabellos y un cuerno de la abundancia sobre el regazo. Era Ceres, la diosa de las cosechas.

Fanio Cepión se despidió de ella con un beso en la mejilla.

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