Pan y circo
Capítulo III
Las librerías estaban en los distritos comerciales más selectos, como el Argileto de Roma, y servían de lugar de reunión para eruditos y bibliófilos.
Vitruvia había elegido para la suya una antigua casa de dos plantas en una de las calles más transitadas de Puteoli. No era un mercado tan extenso como el de la capital, pero se encontraba en el corazón de la bahía de Neápolis, lugar de veraneo de la aristocracia romana y puerto de llegada del papiro egipcio, gracias a lo cual podía elegir entre las mejores remesas.
Se apeó de su litera, hizo un gesto para que sus esclavos la esperasen junto a la puerta y entró en la tienda. Casi de la altura de un hombre, su delgado cuerpo transmitía una fría elegancia o una serena fragilidad, en función del momento. Dedicó un somero saludo al dependiente antes de pasar a la trastienda. Su cabello negro y rizado, recogido en la nuca, permaneció cubierto por la palla, incluso allí dentro, donde el decoro no lo exigía; concesiones a cambio de desempeñar un oficio masculino.
En el taller, media docena de escribas transcribían el poema que Anteo les dictaba. Al verla, el encargado se detuvo e hizo un gesto hacia la estantería donde habían depositado centenares de rollos de papiro.
—Ya hemos terminado —dijo el liberto.
Vitruvia asintió complacida. De sus correctas facciones destacaban aquellos ojos grises que se clavaban con una intensidad que nunca llegaba a ser íntima. Ningún pigmento cubría su rostro moreno, más allá de ensombrecer los párpados para reforzar una mirada que ahora examinaba con satisfacción los volúmenes recién terminados.
Los copistas habían trabajado hasta la madrugada. Meses atrás, la editora había concedido la manumisión al encargado y había decidido
entregar al resto un porcentaje por cada copia realizada. Al cabo de pocos meses, la productividad se había duplicado.
Tomó un ejemplar al azar para comprobar la etiqueta de cuero donde se hallaba el título. Lo aproximó a su rostro, para olisquearlo con deleite: charta regia, papiro de la mejor calidad, pulido con piedra pómez.
Fabricado a partir de la fibra de una planta acuática egipcia, su laboriosa manufactura era monopolio del princeps, por lo que estaba gravado con impuestos. No resultaba barato.
Desenrolló el volumen con la mano derecha mientras lo recogía con la zurda, para admirar la elegante caligrafía distribuida en columnas.
—¿Todo en orden? —le preguntó a Anteo.
Al ser un pliego continuo de más de treinta pies de longitud, cualquier pequeño error en una sola línea podía echar a perder todo el libro.
—Hemos encontrado un par de erratas —respondió el liberto—.
Farnaces y Timaios se han encargado de corregirlas.
Mientras admiraba el título trazado con tinta roja, Vitruvia asintió de nuevo. En su última visita a Atenas, había encontrado una mohosa copia de los versos de Corina de Tanagra, considerada, junto a Safo de Lesbos, una de las dos grandes poetisas griegas. Tuvo que pagar una fortuna por aquel ajado rollo de papiro, lleno de hongos y carcomido por la polilla: no existía ninguna otra copia, al menos en Pérgamo y Alejandría. Tras deducir algunas palabras perdidas y cotejar con versiones abreviadas los pasajes en los que la tinta se había desvanecido, el fruto de meses de trabajo era aquel espléndido volumen.
Su mayor preocupación era la pervivencia de lo antiguo. La desaparición de un libro no solo podía ser el resultado de un incendio; el papiro era muy vulnerable a la polilla, a los ratones y a la humedad. Por ello, mantener una biblioteca requería de un cuerpo de escribas que realizaran continuas copias. Era excepcional que una obra sobreviviera más de doscientos años, y solo lo hacían las que despertaban mayor interés. La Ilíada aún constituía casi la mitad de la producción editorial; después de Homero, Demóstenes era el autor más popular, al igual que Eurípides, Menandro y Platón. Otros no tenían tanta suerte. Se trataba de una
interminable guerra contra el paso del tiempo, en la que no siempre triunfaba la calidad literaria.
Descubrió sobre la mesa el estuche de cuero que contenía su manuscrito; era pequeño, algo habitual en obras de poesía.
—¿Lo has leído?
Anteo guardó silencio. Por un momento, Vitruvia se sintió como una muchacha aguardando el veredicto de su maestro. Trató de desterrar esa idea: era una matrona de veinticuatro años y él solo era un liberto.
—Merecería estar escrito en griego —aseguró el servus literatus, y ella le obsequió con una sonrisa; era un momento excepcional que Anteo eligió para disculparse—: Cintia echó un vistazo al manuscrito. No pude evitarlo, ya sabes lo persuasiva que puede llegar a ser.
Vitruvia lo sabía muy bien; se habían criado juntas. También conocía las expectativas de aquel liberto griego hacia ella, y el modo en que Cintia las empleaba en su provecho. Hay mujeres que no juegan limpio con el otro sexo, aunque se recordó que las reglas de aquel juego las habían inventado hombres.
En el pasado, Cintia había sido su criada; una simple esclava, la hija de su ama de cría. A medida que se hizo adulta, su parecido con el dueño de la casa en la que vivían acabó resultando insoportable para su esposa. Para su madre, aquella niña era el recordatorio constante de una relación que ni siquiera podía considerarse ilegítima, de modo que, cuando Vitruvia contrajo matrimonio, Cintia la acompañó como doncella.
A ambas las unía un complejo vínculo trenzado con hebras de afecto, celos y una desigualdad que ella había tratado de mitigar otorgándole la manumisión. Sin embargo, para un esclavo la libertad nunca es absoluta, siempre mantiene lazos legales de dependencia hacia su antiguo dueño. Tal vez por eso Cintia había aceptado ingresar en la compañía teatral propiedad de su esposo Tito Fabricio. Un trabajo que le permitía contar con cierta libertad económica, aunque había comenzado a erosionar el estrecho nexo que existía entre ambas.
Para Cintia, el trabajo como actriz suponía convertirse en una esclava de su cuerpo y de la disciplina que se había impuesto. El mimo era, en gran
medida, improvisación; por ello solo habían esbozado el argumento de aquel ensayo: una respetable matrona descubre a su esposo con una joven cortesana y trata de recuperar su interés hacia ella.
Sobre la plataforma, Neera y Batilo realizaban sus elaborados pasos de danza. La actriz, ya madura, se movía en torno al joven en un elaborado ritual de seducción. Hacía tiempo que Neera había cruzado esa intangible barrera que separaba los papeles de heroína de los de madre o esposa deshonrada. Era una reina a punto de ser destronada, y la tensión entre las dos intérpretes, a medida que sus cuerpos se mecían al ritmo de la sensual música, resultaba cada vez más palpable.
Cintia tuvo que reconocer que aquel cuerpo era más expresivo que el suyo; dominaba mejor el espacio, se movía con más seguridad: había llegado a ese punto en el que, gracias a dominar la técnica, podía entregarse por completo a la danza. Aquella pugna por un amante ficticio se había convertido en una disputa real entre ellas. La joven, deseosa de disputarle su puesto; Neera, celosa de que se lo arrebatara. Ambas proyectaban sus emociones sobre el personaje y gracias a ello la escena cobró vida.
A medida que la cadencia de la melodía aumentaba, el desgaste físico resultaba mayor. A sus veintiún años, ahí era donde Cintia la superaba: la atención del hombre se desplazó hacia ella. La joven se mostraba exultante y extendió el brazo para reclamar a su amante. Neera se interpuso entre ambos, aferró su muñeca y, obligándola a inclinarse, se adueñó de su boca: la lengua se abrió paso entre sus labios hasta encontrar la suya.
Cintia contuvo el aliento.
En el teatro griego, jamás se mostraba sexo o violencia; se consideraba
«obsceno», algo que debía suceder «fuera de escena». Sin embargo, el mimo romano se caracterizaba por sus escenas de humor, erotismo y violencia. Lo que antes era obviado, ahora constituía la esencia del espectáculo.
—Cintia, ¿qué te he dicho mil veces? —dijo Batilo—. Debes incorporar cualquier suceso inesperado al acto escénico.
Como archimimus, el actor dirigía el ensayo. La joven se había sonrojado; el gesto de su competidora la había sorprendido, y la
interpretación exigía una concentración constante.
Sintió un gran alivio cuando uno de los criados se presentó ante ella.
—El amo quiere verte —le dijo.
Mientras atravesaba los jardines en dirección al estanque, Cintia evaluó la situación: Vitruvia no estaba en la casa, y esa circunstancia no podía ser casual.
Durante los últimos años, aquella mansión a las afueras de Puteoli se había ido llenando de antigüedades griegas; recargados frescos cubrían sus paredes y había sido ampliada con nuevas dependencias destinadas a los almacenes y a la cada vez más numerosa servidumbre. Sabía que Fabricio utilizaba aquel lujo como una herramienta de intimidación, y alejarla de su entorno familiar, reuniéndose con ella en sus aposentos, sin duda también era deliberado.
Lo encontró sentado ante una mesa, junto al estanque en cuyo fondo serpenteaban las morenas. Tito Fabricio era su dominus gregis, el propietario de la compañía teatral en la que trabajaba. Superados los cuarenta, su cabello rizado había encanecido de forma prematura, como un campo nevado en octubre. De su magro rostro sobresalía una nariz carnosa como la espiga de un reloj de sol, que proyectaba una sombra afilada sobre una exigua boca de labios teñidos con cinabrio.
Fabricio había acompañado a Augusto durante su campaña de Egipto y, gracias a ello, pudo crearse una nutrida clientela en las ciudades griegas de Oriente. El fin de las guerras civiles había traído consigo el auge del comercio, y él poseía los contactos y el talento necesarios para explotarlo.
Los mercaderes helenos habían sido relegados por la nueva aristocracia itálica, y cientos de familias arruinadas se veían obligadas a desprenderse de su patrimonio artístico. Fabricio compraba barato y vendía caro; sus naves llegaban a Puteoli con las bodegas llenas de estatuas, pinturas, joyas y sedas, y comenzaban a surcar el mar de Eritrea para traer productos cada vez más exóticos desde la India.
Su sofisticación y elocuencia le habían abierto las puertas de las mansiones de Baiae y el Palatino, donde la aristocracia dilapidaba su fortuna en caprichos cada vez más extravagantes. Oportunista especializado
en la reventa, conocedor de los gustos de hasta el último noble, ya fueran los amantes de la música griega capaces de pagar una fortuna por alguna bella joven que tocara la tibia, ya fueran aquellos que sucumbían ante el pálido encanto de los muchachos nórdicos, sabía que cualquier peculiaridad podía valer una fortuna si se llamaba a la puerta adecuada. Gracias a ello, se había ganado la confianza de Mecenas y de los grandes amantes del arte.
Nada más verla llegar, Fabricio sonrió. Cintia tuvo que soportar que sus ojos recorrieran su cuerpo con insolencia. Sabía de su escaso interés por las mujeres; aquel solo era un modo de ejercer su dominio. El comerciante de arte no era aficionado a emplear el látigo con la servidumbre; prefería demostrar quién era el amo de otro modo, y su esposa fingía no darse cuenta a cambio de librarse de sus deberes conyugales.
Rodeado por su séquito de esclavos, Fabricio hizo un ademán al minister.
—¿Una copa de vino?
La joven negó con un gesto, tratando de ahogar su irritación. Jamás hubiera hecho esa oferta a una mujer respetable, pero su condición de actriz, soltera y liberta hacía que con ella los límites de la corrección se desdibujaran.
Descubrió que el minister la observaba. «A pesar de esas joyas, no hace mucho eras igual que yo», le decía su mirada. Recordó el cortejo de aquel criado al poco de llegar a la casa y, al sumergirse en sus ojos, pudo ver toda su mezquindad y su desprecio. Inclinó la cabeza para recogerse el cabello en un gesto deliberadamente sensual, para abofetearle con su atractivo. Un leve estiramiento en la comisura de los labios de Fabricio le hizo saber que se había dado cuenta:
—Odiamos todo aquello que deseamos y no conseguimos —dijo, sin importarle que el esclavo le oyera—. Lo amamos a la vez que lo despreciamos, y eso hace que lo deseemos aún más.
La mirada de la actriz se volvió opaca. «No hay peor amo que quien ha sido esclavo». El trato que el dueño de la casa le dedicaba parecía despertar, a partes iguales, el resentimiento y la envidia de la servidumbre. Y ahora ella, sin darse cuenta, le había seguido el juego.
—Este tipo de reuniones siempre dan que hablar —dijo.
—A una mujer como tú no deberían importarle las habladurías.
Cintia encajó aquel nuevo insulto sin parpadear; las de los actores, prostitutas y gladiadores eran profesiones que se consideraban infames.
—¿Y qué hay de ti? —respondió, bajando la voz—. ¿Qué pensarán si te ven hablando con la liberta de tu esposa?
—Supongo que pensarán que tengo buen gusto —repuso él de inmediato.
Se decía que los actores eran gente en la que no se podía confiar, pues son capaces de fingir unos sentimientos que no son reales. Cintia empleaba ese talento en el día a día, y el papel que había concebido para ella era el de joven ingenua, algo que le permitía ignorar las insinuaciones masculinas sin necesidad de mostrarse cortante. Ante una insistente mirada, bastaba una cándida sonrisa para ignorarla. Aquella simpleza era una pieza que encajaba demasiado bien en el conjunto como para que alguien la cuestionara y, de ese modo, todos salvaguardaban su orgullo.
Sin embargo, con Fabricio ese papel solo era una convención que ambos aceptaban sin creerla realmente: ella aparentaba no percibir el sutil asedio realizado a espaldas de su esposa, y él fingía creer que ella no se daba cuenta. Era como interpretar a una actriz que a su vez encarnaba a un personaje y, a un nivel más profundo, también fingía ignorar que la verdadera intención de Fabricio no era más que romper el lazo que la unía con su antigua dueña.
¿Era consciente de que conocía su propósito? ¿A cuál de las dos mujeres pretendía aislar?
—¿Para qué me has hecho llamar? —Las palabras de Cintia sonaron más duras de lo que a ella le hubiera gustado.
—Como sabes, este año Marcelo desempeña el cargo de edil…
Cintia recordaba al hijo de Octavia, la hermana de Augusto, pues había presenciado su primera obra de mimo, en la celebración del triunfo de la guerra cántabra: un atractivo aristócrata adolescente. Tras su regreso de Hispania, se había desposado con Julia, la hija carnal del princeps, y se
convirtió en su sucesor, algo que había disgustado a Marco Vipsanio Agripa, mano derecha del primer ciudadano de Roma.
—Marcelo se dispone a celebrar por todo lo alto los Juegos Megalenses
—prosiguió Fabricio—. Organizará un concurso teatral dotado de un importante premio. Vamos a participar: he encargado una obra a Lucio Vario Rufo.
La actriz pudo leer fácilmente entre líneas: Fabricio trabajaba para Mecenas, el otro consejero y hombre de confianza de Augusto, protector de un buen número de artistas y poetas. Su antigua rivalidad con Agripa para disputarse el favor del princeps sin duda le obligaba a apoyar al joven heredero.
A pesar de su popularidad, al mimo se le consideraba un género menor, el único en el que los personajes femeninos eran interpretados por mujeres y no se empleaban máscaras. Resultaba insólito que Fabricio apostara tan fuerte por una obra de ese tipo y que un autor del prestigio de Vario Rufo hubiera aceptado escribirla: seis años atrás, gracias a su obra Tiestes, había sido galardonado durante el triple triunfo celebrado por Augusto. Eso le había reportado un millón de sestercios y había elevado su fama hasta el nivel de los grandes maestros.
—Me gustaría saber tu opinión sobre ella —dijo Fabricio.
Cintia apenas logró ocultar su sorpresa.
—Si quieres, puedo leerla —respondió con cautela.
Percibió que su tono de voz se había suavizado, y eso la inquietó: lo que ella entendía como diplomacia él podría interpretarlo como claudicación.
—Me temo que he de presentársela al edil mañana —señaló Fabricio—.
Me gustaría que la leyeras ahora.
Cintia vaciló. Una vez que el autor vendía su obra, dejaba de tener control sobre ella. Cualquier rival podría plagiarla si tenía acceso al manuscrito antes de que se representara, como le sucedió a Terencio con su comedia El eunuco. Los recelos de Fabricio estaban hasta cierto punto justificados, pero detestaba su compañía.
Como liberta, Cintia era una diurna y, por tanto, cobraba por cada representación; aquella obra podía suponer el espaldarazo definitivo para su
carrera. Hasta entonces, solo había interpretado grandes papeles en obras pequeñas, así como pequeños papeles en obras grandes. En los últimos años, la fama de los actores se había acrecentado, al igual que su sueldo: Quinto Roscio Galo, el más famoso de su tiempo, había llegado a cobrar cuatro mil sestercios por actuación y los honorarios no dejaban de aumentar. Un modo de obtener fama y fortuna impensable para cualquier otro esclavo…, especialmente si era mujer.
La oportunidad que se presentaba ante ella era demasiado tentadora como para echarla a perder: Fabricio le había tendido una trampa y no le quedaba más remedio que aceptar.
—Está bien —accedió.
Tomó el rollo de papiro y comenzó a leer. Cuando el comerciante de arte se sentó a su lado, no encontró un modo de evitarlo. Tuvo que claudicar de nuevo y concentrarse en la lectura.
A partir de la primera escena supo que se trataba de una gran obra.
Narraba la historia de la reina Ónfale, que había accedido al trono de Lidia tras la muerte de su esposo. En uno de sus viajes, Hércules se detuvo en su palacio y quedó tan prendado de ella que se abandonó a los placeres del amor. Siguiendo la tradición, la obra presentaba al héroe con el atuendo propio de una cortesana, borracho y rodeado de mujeres que se burlaban de él. Tras arrebatarle su maza, Ónfale se había vestido con su piel de león y, en ocasiones, le golpeaba con una sandalia.
Resultaba fácil ver la analogía. A causa de su corpulencia y su carácter campechano, Marco Antonio se había hecho retratar con los atributos de Hércules, héroe guerrero vinculado a su linaje. Ese tipo de identificaciones simbólicas eran habituales en un lenguaje iconográfico destinado a una plebe iletrada.
Bebedor, mujeriego y admirador de las costumbres griegas, más tarde el triunviro cometió el error de adoptar la imagen de Dionisio en Oriente.
Entonces la propaganda de Augusto le presentó sucumbiendo a los encantos de Cleopatra, esclavizado por el hedonismo oriental. Le asestó el golpe de gracia cuando se hizo con su testamento tras profanar el templo de Vesta y lo leyó en el Senado: en él, Antonio convertía a la reina egipcia en su única
heredera y expresaba su voluntad de ser enterrado en Alejandría. La guerra entre ambos triunviros no tardaría en llegar.
La victoria de Augusto sobre Marco Antonio y Cleopatra se había convertido en el mito fundacional del nuevo régimen. Gracias a él, el dueño de la República se autoerigía como restaurador de la moral pública. Aquella obra de mimo mostraba al héroe guerrero denigrado tras sucumbir al encanto femenino: arrastrado por la pasión, Hércules, al igual que Marco Antonio, se veía sometido a toda clase de vejaciones, hasta darse cuenta de que, al negarse a ejercer su dominio sobre la mujer, también había renunciado a su hombría.
No resultaba difícil ver la mano de Fabricio tras aquel sutil malabarismo. Mostrarse provocador y, al mismo tiempo, adular al poder; utilizar un cuento moralizador para recrearse en la depravación y el morbo; todo ello encajaba muy bien con su enorme talento para la hipocresía.
—Es una gran obra —dijo Cintia.
—He decidido que Batilo haga de Hércules, y tú, de Ónfale.
Aquello la sobresaltó de nuevo. A pesar del sórdido argumento, aquel mimo sin duda tendría una buena acogida en el Palatino; podía lograr el primer premio, y ella tal vez obtendría la hoja de palmera a la mejor intérprete. Si el manuscrito lo hubiera comprado el edil, solo se representaría en los festivales; para amortizar la inversión. Sin embargo, Fabricio organizaría alguna gira por municipios y provincias: Atenas, Alejandría…
—¿Alguna idea sobre la puesta en escena? —le preguntó su dominus gregis.
Cintia se limitó a describir la imagen que se había formado en su mente:
—Ónfale podría llevar un tocado con un disco solar y un sistro en la mano.
El dueño de la casa sonrió complacido. Con frecuencia se representaba a Cleopatra con los atributos de Isis, deidad egipcia cuyo culto se había difundido por Roma. Otorgar a Ónfale el aspecto de Isis haría que, en definitiva, el público viera en ella a la reina de Egipto.
—No sé cómo no se me había ocurrido —dijo Fabricio—. Además de belleza, posees una refinada inteligencia.
Aun sabiendo que solo pretendía halagarla, Cintia no pudo evitar que una cálida satisfacción la invadiera. Fabricio se levantó de su asiento para escanciar dos copas de vino, y esta vez no pudo negarse a beber. Tras el primer sorbo, sintió que un agradable calor recorría su cuerpo. A pesar de no ser una experta en caldos, dedujo que debía de ser obscenamente caro.
—¿No crees que la obra resulta algo arriesgada? —preguntó el comerciante de arte—. Como defensor de la moral pública, Augusto podría considerarla… inapropiada.
—Creo que mostrar la degradación de Hércules es la mejor crítica a sus excesos.
Fabricio le prestaba atención. Una vez más, la actriz se cuestionó sus intenciones. Un adinerado équite escuchando las opiniones de una liberta era algo demasiado anómalo como para que su interés fuera real, al menos en parte. Hacía tiempo que había dejado de lado el papel de muchacha ingenua y ahora sentía cómo su segunda barrera se desmoronaba.
—Mañana he de marchar a Roma para organizar los festivales —
anunció Fabricio—. Necesitaré un archimimus, alguien que haga de director…
Cintia sintió su mano sobre el hombro y no reaccionó, temía arruinar la oportunidad que vislumbraba ante ella. Fabricio la contempló durante un instante sin concluir la frase; quería que fuera ella quien se rebajara a preguntar. El silencio se prolongó hasta que se vio obligada hacerlo:
—¿Quién…?
—He decidido que tú serás la actriz principal —dijo, mientras le acariciaba el hombro—. Por supuesto, tu remuneración estará acorde con ello.
En unos grandes festivales de la capital, eso significaba al menos veinte mil sestercios. Cintia se sintió desbordada, presa de una embriagadora euforia.
—Te agradezco esta oportunidad —respondió.
Había bajado las defensas, algo que él aprovechó. Sintió cómo su mano la acariciaba como a una mascota y trató de convertirlo en un gesto desprovisto de significado. Al descubrir la sonrisa del minister, imaginó los rumores que pronto correrían entre la servidumbre. No tardarían en llegar a oídos de Vitruvia.
La actriz regresó a los ensayos tratando de dejar atrás la inquietud, pero esos pensamientos la persiguieron. Su antigua dueña jamás debía saber que había dado el primer paso hacia el destino que había elegido. Usaría a Fabricio en su provecho; solo era un obstáculo más en su camino. Trató de serenarse, pero su mente era un torrente de emociones contradictorias: la alegría de poder dirigir una obra a su antojo unida a la inquietud por un asedio que no había hecho más que empezar.
OceanofPDF.com