Pan y circo
Capítulo IV
Capua era famosa por sus perfumes y sus mataderos; por sus refinados bronces y sus escuelas de gladiadores. Situada en una meseta a los pies de los Apeninos, junto a un meandro del Volturnus, aquella opulenta ciudad de calles rectilíneas era la segunda más importante de Italia, después de la propia Roma. Llamada «la pérfida Capua» tras pasarse al bando de Aníbal, era la mayor productora de perfumes de la parte occidental del imperio; los más famosos eran los de pétalos de rosa. El refinamiento de los capuanos contrastaba con los toscos hábitos de los montañeses que vivían en la cordillera que se erguía al este.
Marco había recorrido la vía Campana encadenado a un carro junto a cuatro prisioneros germanos, entre granjas de cerdos y rebaños de ovejas.
Era marzo, e incluso aquella fértil tierra había adquirido un color parduzco; la falta de lluvias había despojado de verdor a los prados y las cumbres de los Apeninos no estaban cubiertas por el acostumbrado manto de nieve.
Solo los campos de espelta conservaban su tono esmeralda, aunque no era necesario saber de agricultura para reconocer una pésima cosecha.
Observó a los bárbaros que lo acompañaban, traídos desde los confines del imperio, arrancados de sociedades tribales que desconocían la vida urbana. Sus largas cabelleras de color pajizo se mecían por el traqueteo; el sol había quemado su pálida piel, que había adquirido un tono rosáceo. De vez en cuando, los cautivos murmuraban algo entre sí en su gutural lengua norteña.
Hacia el mediodía llegaron a la capital de Campania, región considerada el lugar de origen de los combates entre gladiadores. O al menos donde se habían construido los primeros anfiteatros de piedra y se hallaban las
mejores escuelas. La ludus gladiatoria de Varrón Murena, un bastión erigido a las afueras de la ciudad cuyos muros se elevaban treinta pies del suelo. Apenas contaba con ventanas al exterior, y una sucesión de puertas de roble cerraban el acceso, custodiadas por una nutrida guarnición.
Cincuenta años antes, doscientos esclavos de la familia gladiatoria Léntulo Batiato, armados con cuchillos de cocina y espetones, se habían sublevado contra sus carceleros. Los setenta y cuatro supervivientes, liderados por un tracio llamado Espartaco, se refugiaron en el Mons Vesuvius y durante dos años un ejército de sesenta mil esclavos mantuvo en jaque a la República.
Aquella insurrección había encarnado el peor temor de los romanos, el terror servilis: miedo a que sus esclavos se volvieran contra ellos como un perro de caza mal adiestrado.
Nada más atravesar el umbral, los guardianes los condujeron ante un liberto que sostenía unas tablillas de cera para escribir.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Marco… Castricio.
—Se os grabará el nombre de la ludus gladiatoria en el brazo —los informó el liberto, tras realizar una apresurada anotación—. No podréis abandonar la escuela mientras seáis novicios. En la segunda planta se encuentra el comedor: el almuerzo se sirve a la hora sexta. Las letrinas están al final de aquel pasillo. Si intentáis huir, seréis crucificados.
Los novicios llegaron a un pórtico al que daban las celdas de los gladiadores y el resto de las dependencias. En el centro del gran patio rectangular, se había construido una pista en forma de elipse con un graderío de madera para un centenar de espectadores. A su alrededor había una veintena de postes de seis pies de altura clavados en el suelo, cuya finalidad conocía bien.
Treinta hombres medio desnudos los observaban. Marco y los cuatro germanos se vieron sometidos al despiadado escrutinio de los veteranos.
—Aguardad aquí —les dijo el encargado—. El doctor desea veros.
Los combates entre gladiadores eran populares entre la soldadesca, poco aficionada a espectáculos tan refinados como el teatro. Hacía ochenta años que el cónsul Rutilio Rufo había recurrido a los instructores de la escuela de
Cayo Aurelio Escauro para adiestrar a sus soldados, ante la amenaza de cimbrios y teutones. Su sucesor, Cayo Mario, utilizó aquel adiestramiento para derrotar a ambos pueblos, y tras ello profesionalizó las legiones. Desde entonces, los doctores armorum de las escuelas de gladiadores se habían convertido en una leyenda dentro del ejército romano.
Cuando vio aparecer al que sería su maestro, Marco sintió que se le erizaba el cabello. No era la primera vez que lo veía. En su memoria era enorme como un cíclope, pues la visión infantil lo magnifica todo. Ahora tenía su misma altura; el paso del tiempo había arrugado su rostro y había aclarado aún más aquel cabello pajizo, hasta convertirlo en una mata albina asentada sobre un cráneo alargado.
Pero era él.
Le había visto por última vez antes de cumplir los once años, en una de tantas visitas a aquella escuela de gladiadores del Aventino. Allí conoció al ilirio que ahora, quince años después, sería de nuevo su maestro.
—Me llamo Hermes —les dijo, alternando su mirada de un novicio a otro—. Y os ofrezco algo que jamás nadie ha hecho por vosotros: una oportunidad de cambiar vuestro futuro. En Puteoli perdimos a ocho novicios. Si hubieran superado aquella prueba, ahora serían parte de la familia Varrón Murena. No lo hicieron, y ahora vosotros ocupáis su lugar.
No os voy a engañar: la mayoría de vosotros moriréis antes de que haya transcurrido el primer año. Pero si sois lo suficientemente buenos y tenéis suerte, tal vez podáis ganaros la libertad.
Hermes se detuvo ante él, con un rudis y un escudo de mimbre en las manos. Tal como recordaba, era zurdo. Le hizo un gesto para que recogiera una panoplia idéntica. En Roma, los niños jugaban con espadas de madera y más tarde se preparaban para la guerra con ellas sin poder precisar en qué momento había dejado de ser un juego. Para Marco, el cambio fue prematuro y nació junto a la cicatriz que desfiguraba su rostro, y que ahora hacía que, a pesar de los años transcurridos, le resultara familiar a su maestro de armas.
Se encaró a él. Había crecido en muchos aspectos; se había enfrentado multitud de veces a la adversidad, al miedo y al dolor. Frente al poste, en la
calle y de esa infinidad de formas que solo permite la guerra; un largo historial de triunfos y fracasos, escrito con sudor y sangre. Pero Hermes era ya una leyenda cuando él jugaba con su espada de madera, y, aunque su cuerpo ya no fuera el mismo, no había permanecido ocioso durante los últimos quince años. Había entrenado de sol a sol, en un patio como aquel, bajo la constante amenaza del bastón y del látigo, mientras Marco asistía a sus clases de dibujo y de aritmética.
Iba a enfrentarse a un fantasma de su pasado.
—¡ Pugnate!
Le bastó ver cómo controlaba la distancia que los separaba para saber que era mejor que él, por lo que decidió actuar con cautela. En una lucha con armas blancas se ha de ser conservador: incluso un rasguño puede gangrenarse. Sin embargo, el objetivo de un ejercicio era practicar las técnicas. Mantener una guardia bien cerrada, en busca de un error del adversario, podía ser útil para sobrevivir, pero no para aprender, y se suponía que estaba allí para eso.
Marco amagó un ataque a la cabeza y cambió el plano para buscar el hombro. Sin saber cómo, recibió un impacto en el cuello. Empezaron de nuevo; esta vez intentó una estocada. Su hombro izquierdo aulló de dolor.
Hermes era zurdo, y eso suponía una ventaja. Un luchador diestro rara vez se enfrenta a un zurdo, pero un zurdo estaba acostumbrado a luchar contra diestros; había desarrollado su técnica para ello. En lugar de encontrar un escudo en el lado de su espada, Marco tenía ante sí otra espada. Era como luchar ante un espejo. En el ejército, para poder mantener la línea de batalla, todos los legionarios debían llevar el escudo a la izquierda, y se había habituado a ello… De repente, recibió un nuevo golpe en la sien.
Había algo más: Hermes siempre iba un paso por delante de él. Solo le dejaba una opción a su alcance. Buscó una apertura y el arma de su adversario le golpeó en las costillas. Parecía capaz de leerle el pensamiento.
Entonces comprendió.
La tercera intención.
Los luchadores mediocres solo conocen una intención: si desean tajar en la cabeza, dirigen su ataque hacia ella. Es algo fácil de intuir y de contrarrestar. Pero aquellos que han escalado un peldaño pueden recurrir a la segunda intención: ese primer ataque es solo un medio para forzar una reacción del contrario. Lo más habitual es realizar una finta: un tajo alto hará que se proteja la cabeza, y de ese modo descubrirá el costado. También es posible emplear un cebo, tal y como él mismo había hecho en Puteoli.
Solo unos pocos luchadores son capaces de luchar a tercera intención.
Intuyes que su ataque es solo un engaño, y, gracias a ello, logras desbaratar el segundo. Cuando crees que le has desenmascarado y te dispones a acabar con él, te encuentras con una cuchillada en el vientre.
Así luchaba Hermes.
Marco tuvo la certeza de que aquello le superaba: había sobrevivido de milagro como noxius y, en lo sucesivo, debería enfrentarse a los mejores gladiadores de la República. Siguió luchando. Vio un hueco y trató de emplear su mayor fuerza para atacar con el canto del escudo. No supo qué ocurrió. Algo le golpeó en el muslo, a tres pulgadas de la herida. Apretó los dientes para ahogar un grito de dolor. Un palmo más abajo y le habría roto la rodilla.
La sangre comenzó a manar de un corte que ya había empezado a cicatrizar.
—Has estado en el ejército. —Hermes le observaba fijamente, tal vez evaluando si se encontraba ante un desertor.
Guardó silencio. Era posible que Varrón Murena le hubiera dicho algo al respecto. Más allá de eso, lo único que aquel hombre podía saber de su vida era algo asociado a la imagen de un niño miserable, nacido en uno de los barrios populares de Roma, que exhibía una cicatriz en el rostro y quería aprender a luchar. Más tarde, se habría alistado en el ejército para huir de la miseria y, de algún modo, habría acabado por desertar. Eso era lo único anómalo en una historia, que, por lo demás, bien podría ser la de uno de tantos que componían la plebe romana.
—Te cubres demasiado la cabeza… —El maestro de armas le habló con ese tenue acento bárbaro que recordaba—. Si extiendes el brazo hasta
formar un ángulo recto con el cuerpo, lograrás el máximo alcance. Eso hace que la cabeza sea la mejor elección en un combate al límite de distancia.
Pero ponte esto… —Le entregó un casco de myrmillo. Su enorme peso le sorprendió—. Los yelmos de gladiador son los más pesados que existen: de ocho a quince libras —dijo Hermes—. A pesar de su decoración, el grosor de la lámina de bronce en su parte frontal es de casi media pulgada. Están concebidos para ser empleados durante un breve lapso de tiempo. Por eso, no debe preocuparte un ataque dirigido a tu cabeza si no posee mucha fuerza.
»La manica cubre el brazo con el que esgrimes el arma. La greba protege la pierna izquierda adelantada que asoma bajo el escudo. El resto de tu cuerpo estará desnudo: no llevarás coraza ni cota de malla. Tus órganos vitales estarán al descubierto.
»La panoplia del gladiador está diseñada para evitar que un simple corte te incapacite para el combate, pero no te salvará de una estocada mortal.
Cualquier truco sucio, como buscar el brazo adelantado, no tendrá éxito.
Deberás alcanzarle de lleno en el torso, en el vientre o en los muslos, y tendrás que hacerlo mediante una acción clara.
»Será una lucha individual. No contarás con nadie que cubra tu costado; tampoco hay ninguna línea de batalla que mantener. Por eso, debes cambiar tu forma de combatir.
»Y una cosa más: esta vez habrá público. Si eres derrotado, de él dependerá si vives o mueres. No combates por ti, sino para ellos, y si les ofreces un buen espectáculo tus posibilidades de supervivencia aumentarán.
En la arena, verás acciones que no obedecen a ningún sentido táctico; no son útiles, pero sí vistosas. El público las aprecia y deberás aprenderlas. —
Iba a darse la vuelta cuando recordó algo—: No retrocedas. No des ni un solo paso atrás: aunque a veces sea lo más sensato, creerán que eres un cobarde. Y si no logras vencer a tu enemigo, nadie moverá el pulgar por ti.
El público quiere ver un combate a vida o muerte, y quien sufraga los juegos, que es quien toma la decisión final, tendrá que dárselo. Ha de pagar por cada gladiador muerto, pero prescindir de alguien como tú es algo que
puede permitirse, si con ello logra ganarse el favor del público. Y jamás olvides que esa es su única obsesión.
Había llegado el momento del juramento. Los cinco novicios se dirigieron hacia un bloque de piedra oscura, que se erguía entre los postes.
Marco no pudo leer la inscripción, prefirió ignorar a qué deidad estaba consagrada el ara. Sobre sus cabezas, el cielo se mostraba gris, plomizo; un viento agitó sus ropas y levantó una nube de polvo. Se arrodilló ante el altar y depositó su antebrazo derecho sobre él. Sabía qué palabras debía pronunciar, no hacía falta que se las dictaran:
—Acepto ser quemado, encadenado, golpeado y muerto por el hierro.
Al ver llegar a un guardia con un acero candente, supo que se iba a cumplir la primera parte. Cuando la barra de metal se aproximó a su piel, tuvo que recurrir a toda su voluntad para mantenerse inmóvil, sin apartar la vista. Sentía cómo el calor aumentaba a medida que se acercaba el hierro incandescente, hasta que le abrasó.
El dolor le llegó hasta la médula. Tuvo que morder el cuello de la túnica para que no se le escapara un alarido. Toda su realidad se concentró en aquella parte de su cuerpo. Solo existía el dolor, el hedor de su carne quemada y el del humo gris que desprendía.
Cuando todo terminó, depositó la extremidad sobre su regazo: escocía como si una bestia le hubiera dado una dentellada. Observó la herida: le habían grabado a fuego un stigma con la efigie de Némesis, el símbolo de la familia Varrón Murena. Por una ironía del destino, quedaría marcado de por vida con la imagen de la diosa de la venganza.
Le llevaron a rastras al dispensario, un oscuro cubículo con las paredes ocultas por estanterías llenas de recipientes repletos de ungüentos y de hierbas. Había conocido otros lugares como aquel; de nuevo se preguntó si su inquietud obedecía a la gravedad de sus heridas, o más bien a la sombría exposición de aquellos útiles —cuchillos y sierras para amputar, pinzas y tenazas— que apenas se diferenciaban de los de un carnicero.
Cuando los guardias le dejaron tirado sobre un camastro, los ojillos de un enjuto individuo entrado en años se fijaron en él, entre un mar de arrugas
y dos profundas ojeras; el rostro ajado y amarillento, como los rollos de papiro que se amontonaban sobre su mesa.
—Me llamo Critias —dijo—. Para tu desgracia, soy vuestro matasanos.
Con manos trémulas, el médico aplicó crema de caléndula en las quemaduras y estudió atentamente la herida de su pierna. Buscó un recipiente en una estantería y dio un largo trago. Tras ello, vertió un generoso chorro sobre el corte en el muslo. Escocía.
Critias tomó una enorme aguja de su botiquín y trató de enhebrarla. Le resultó imposible; sus dedos temblaban como un manojo de ramas mecidas por el viento. Dio un nuevo trago del recipiente que había dejado sobre la mesa y su rugoso gaznate engulló con avidez. Por un momento cerró los ojos. Al abrirlos, extendió la mano. Al comprobar que había recuperado el pulso, clavó la aguja en la herida. Marco esbozó un gesto de dolor.
—¿Quieres opio? —le preguntó Critias, ofreciéndole un vaso con una infusión.
Él negó con la cabeza.
—Tú te lo pierdes —dijo el médico, apurando el contenido. Rio como un chiflado.
Parecía borracho; poco después, Marco supo que lo estaba.
—«Mente sana en cuerpo sano» —recitó, esbozando una mueca; Marco le observaba con desconcierto—. Solo era un chiste. Puedes reírte, si quieres.
Sonrió para exhibir dos hileras de dientes. La falta de dulces hacía que, a pesar de la edad, conservaran la blancura; aunque el polvo que desprendían los molinos con los que elaboraban la harina los había desgastado hasta casi las encías.
—Te preguntarás cómo he llegado hasta aquí —le dijo Critias mientras le zurcía el corte—. Formé parte de la Legión XIII Gémina. Estuve en la Galia, Dirraquio, Tapso, Accio, Iliria… Dioses, vaya mierda de vino que había allí. —Su rostro se ensombreció al recordar—. Me expulsaron con deshonor. Recuerdo que me dijeron algo acerca de «comportamiento indigno», como si acuchillar mujeres y niños para arrebatarles el oro fuera algo digno. —Le terminó de coser la herida y cortó el cordel con lo que le
quedaba de dientes—. Listo —concluyó—. Y ahora hazme un favor: si te preguntan, di que te dolía la pierna y que tuve que darte opio. Creo que sabrás guardarme un secreto…
Aquella noche, sobre un colchón de paja, Marco pudo dormir tranquilo por primera vez en mucho tiempo.
Diez días después, había ganado peso y comenzaba a recuperar la forma; pero no era suficiente. Al recibir una estocada en el estómago, se encogió de dolor. Una vez más, se preguntó qué estaba haciendo en aquella escuela. En Puteoli, pudo sacar partido a su experiencia en escaramuzas ante unos luchadores de tercera; le subestimaron, y pagaron ese error con su vida. Ahora, en un combate cara a cara, sin subterfugios, no hacía más que recibir una paliza tras otra. Si el bastón que hacía de lanza no hubiera contado con un acolchado en la punta, el hoplómaco le habría sacado las entrañas.
Marco combatía con la panoplia de myrmillo; sus armas eran idénticas a las que había empleado como legionario, aunque no sus protecciones, y era algo a lo que le costaba acostumbrarse. La visera del yelmo le restaba visibilidad: contemplaba el mundo a través de una rejilla que le hacía difícil respirar. A causa del grosor, la lámina de bronce y el acolchado de fieltro apenas podía oír nada, y el peso de aquel maldito artilugio amenazaba con hundirle las vértebras del cuello.
La manica que protegía su brazo derecho le hacía perder el tacto del arma. Había aprendido lo engañosa que resultaba aquella privación sensorial, y la inexistencia de ese peso familiar sobre los hombros le recordaba que cualquier fallo en su guardia podía ser fatal.
—Solo existen dos clases de dolor —le recordó Hermes—: el efímero de la disciplina y el eterno del fracaso. ¡Es hora del almuerzo!
Treinta gladiadores se sentaron en el suelo del pórtico y los esclavos les entregaron unos cuencos con comida. Marco observó el contenido del suyo sin entusiasmo: «comedores de cebada». Ahora entendía aquel maldito apodo, aunque la manduca resultaba abundante; a decir verdad, era mejor que la de cualquier campesino.
Estudió a los hombres que lo rodeaban: allí solo había líderes, seguidores, confidentes y, ante todo, rivales. En una legión existía un enemigo común y eso forjaba un estrecho vínculo entre sus miembros; en una escuela de gladiadores, cualquier compañero podía ser un futuro adversario.
—Así que eres tú quien ha matado a Cycnus y al resto de los gregarii.
—Una enorme sombra se proyectaba sobre la arena ante él.
Al alzar la vista del plato, Marco descubrió a un gigante de rostro sonrosado, con una gruesa nariz en forma de tubérculo aplastado y dos ojillos entrecerrados. Sus gruesos labios, amoratados como uvas maduras, esbozaban una extraña mueca que quiso interpretar como sonrisa.
—¡Bah! Se lo merecían… —añadió el hombretón—. Eran unas nenazas… —El corpulento gladiador estalló en carcajadas—. Bienvenido a la familia Varrón —le dijo, ofreciéndole la mano para que se levantara—.
Mi nombre es Mucro. Ese de ahí con pinta de maricón se llama Pulcher, y es exactamente lo que parece.
Señalaba a un joven de complexión atlética, con unas facciones agraciadas de las que destacaban unos gruesos labios. No le extrañó verle con un tridente y una red en la mano: los retiarios solían ser elegidos por su atractivo, pues eran los únicos gladiadores que no cubrían su rostro con un yelmo.
—No es más que un tirón —espetó Pulcher, refiriéndose a él—. Todavía no se ha ganado el stigma.
—No le hagas caso —intervino Mucro—. Se daba por el culo con una de esas locas que acuchillasteis en Puteoli.
Le tomó del hombro para llevarle hacia la pista elíptica del patio. Iba a dar comienzo una exhibición con armas de madera y un centenar de curiosos se amontonaba en el graderío.
—Pulcher era un esclavo doméstico —aseguró el gigante, mientras caminaban—. Su amo le vendió a la escuela cuando descubrió que se acostaba con su hijo. —Resonó una nueva carcajada—. Por supuesto, Pulcher tampoco es su verdadero nombre. Más vale que te vayas acostumbrando…
Marco observaba la lucha que tenía lugar ante un público formado en su mayoría por mujeres. Un hoplómaco, armado con un bastón largo y un escudo circular, derribó a su oponente con facilidad.
—Es Perseo —dijo Mucro. Al ver su expresión añadió—: Veo que has oído hablar de él. Es de Celsa, una colonia del noreste de Hispania. Se metió en esto para pagar los funerales de su padre, que era militar. Yo habría hecho lo mismo, si hubiera conocido al mío. Pero mi madre se veía con demasiados hombres… —bromeó, y soltó otra zafia risotada.
—¿De la Suburra? —preguntó Marco.
Mucro asintió antes de contestar:
— Damnatio ad ludum. Me condenaron por apuñalar a un comerciante de seda. ¿Tú también eres del barrio?
Se apoyaron en la balaustrada para observar los combates. Supuso que no le creería si decía que jamás había dejado el suburbio donde había pasado la infancia. Marco había abandonado la jerga propia de las clases bajas.
—Crecí en la Suburra y luego me mudé al Quirinal —dijo Marco. Ante su mirada inquisitiva, añadió—: Conservo algunos amigos; uno de ellos se llama Numerio. ¿Lo conoces?
Estaba muerto, no corría ningún riesgo. A decir verdad, él mismo lo había matado.
—Sí, recuerdo a Numerio —respondió Mucro, sonriendo—. Un tipo alto y rizoso… La última vez que lo vi trabajaba para un figurín del Aventino llamado Tito Fabricio.
El corazón de Marco dio un repentino vuelco. Dos años antes, Numerio había tratado de asesinarle. Había supuesto que fue un encargo del legado, o de alguno de sus socios. Ahora estaba claro quién había contratado a su viejo amigo: Tito Fabricio, el esposo de su hermanastra, que jamás le había perdonado una humillación pasada.
Le dio la impresión de que había ganado cierta confianza con Mucro.
Decidió sacarle partido:
—¿Recuerdas el «caballo de octubre» de hace diez años?
—La Suburra contra esos maricones de la vía Sacra… —asintió Mucro
—. Creo que esa vez les dimos una buena tunda para conseguir la dichosa cabeza de caballo. Si el pobre animal hubiera sabido lo que le esperaba, no hubiera corrido tanto por el Campo de Marte.
—Numerio fue quien se hizo con ella —recordó Marco—. Había un tumulto enorme, él se abrió paso a gatas entre toda esa gente y logró sujetarla por las crines. Yo le agarré por los tobillos y tiré de él hacia atrás.
Salimos volando como Hermes. La gente todavía se peleaba por conseguir la maldita cabeza mientras nosotros corríamos con ella bajo el brazo. Ese año pudimos colgarla en la torre Mamilia. Luego nos emborrachamos para celebrarlo. —Sonrió nostálgico. Aquella historia estaba afectando a su estado de ánimo—. Cuando volví a casa de madrugada, tuve que vomitar a escondidas para que mi madre no se diera cuenta —aseguró Marco—. A la mañana siguiente, descubrí que lo había hecho en su cesto de costura…
Mucro le palmeó la espalda y estalló en carcajadas.
Luchar te obliga a recurrir al engaño. Un adversario te presiona, trata de arrinconarte. Y al dar un paso para buscar tu flanco, deliberadamente abres un hueco en la guardia. Tu arma ya no le apunta; cree que te ha ganado el lado exterior. Entonces no duda. Cuando trata de segar tu antebrazo, descubre que has apartado su hoja para atravesarle la garganta.
Pero si tu error es demasiado obvio, sospechará que solo es un cebo. La clave reside en simular que ese fallo es la consecuencia de su acción. De ese modo, no sospechará nada: se sentirá demasiado orgulloso de sí mismo para hacerlo.
A partir de ese momento, Marco debía emplear esa misma estrategia. Si mentía más allá de lo necesario, cualquiera de sus compañeros de escuela podría sospechar. Solo tenía que dejar que completaran por sí mismos el complejo mosaico de su vida, a partir de lo único que conocían de él. «La verdad se corrompe tanto por la mentira como por el silencio». Cicerón no se equivocaba.
—Si necesitas algo —le dijo Mucro—, Perseo o cualquiera de los auctorati puede conseguirte lo que sea. Entran y salen de la escuela a su antojo, aunque te advierto de que no será barato…
—No tengo dinero.
—Para eso, puedes hablar con Velox. Es el hombre de confianza de Hermes.
Le condujo hasta un fibroso gladiador de cabello rizado. La comisura izquierda de su boca se prolongaba a lo largo de la mejilla por una enorme cicatriz que le hacía mostrar dos hileras de dientes. Al verlos llegar, les dirigió un saludo.
Los miembros de la escuela parecían divididos en tres facciones. Los auctorati eran una pequeña camarilla de hombres libres, convertidos en gladiadores por voluntad propia, a pesar de que significaba caer en la infamia. El grupo más numeroso estaba formado por prisioneros de guerra germanos, galos, hispanos y orientales. Parecían tener problemas de liderazgo. De entre los orientales destacan los zelotes judíos, fanáticos religiosos que no se llevaban bien con nadie. Los hispanos formaban un grupo aislado, compuesto por astures y cántabros.
Velox parecía liderar a los convictos procedentes de los bajos fondos de Roma, casi todos de origen itálico. A pesar de no ser tan numerosos como los bárbaros, algunos aún formaban parte de algún collegium del hampa, y por ello poseían contactos en el exterior. Habían sobornado a los guardianes que controlaban el acceso a la armería, lo cual les otorgaba mucho poder dentro de la escuela.
—Me llamo Marco Castricio —dijo, a modo de saludo.
—Dicen que fuiste legionario —señaló Velox—. ¿Cómo acabaste aquí?
Era la pregunta que más temía.
—Me enemisté con mi legado —respondió—. Andaba en negocios con la sociedad de publicanos que abastecía a mi legión. Sus hombres le pegaron una paliza a un camarada, cuando se negó a que su mujer trabajara de puta para él. Los matamos. Nos condenaron por ello.
Velox asintió, satisfecho. Le había dicho la verdad, pero sin duda sospechaba que la historia no terminaba ahí.
—¿Cuál era tu legión? —preguntó Marco; aun sin cíngulo ni cáligas, la actitud y jerga militar de Velox eran inconfundibles.
—Formé parte de la Legión VIII que Marco Antonio reclutó entre los veteranos de César en Campania —aseguró sonriendo—. Luego marchamos a Oriente. Antonio había movilizado un ejército de diez legiones y treinta mil auxiliares, además de diez mil jinetes.
—Su objetivo era invadir el Imperio parto.
Los tres gladiadores se sentaron bajo la sombra del pórtico.
—Nuestros dominios están separados por mil millas de desierto —
prosiguió Velox—. Hacia septentrión, por el cauce del Éufrates y, más al norte, por el reino de Armenia, un territorio tan disputado como la Media Atropatene, situada al sureste. Antonio creyó que aquel territorio montañoso era idóneo para anular la ventaja de los arqueros a caballo partos, que, hace treinta años, exterminaron a las legiones de Craso en Carras.
»Armenia es una tierra fácil de conquistar, pero difícil de mantener.
Llegamos a su capital, y así logramos el apoyo del rey Artavasdes. Desde allí nos adentramos en el Imperio parto, en dirección a Fraaspa, la capital de la Media Atropatene. Marchamos durante casi dos mil millas, siempre hacia el este; creíamos emular a Alejandro. La poliorcética nos hacía superiores en cualquier asedio y la población griega de las ciudades de Oriente nos recibía como libertadores.
»En Fraaspa todo cambió. A pesar de dominar las grandes ciudades de Asia, los partos no han abandonado su modo de lucha nómada. Para ellos, la guerra no es una cuestión de avanzar o retroceder, ni de controlar un territorio. Los nómadas deambulan por las estepas con su ganado; sus ciudades son tiendas de campaña. No tienen campos que cultivar, ni ninguna tierra que considerar su patria. No les importa rehuir el combate para atacar a su adversario en el momento en el que sea más débil. Para ellos, la aniquilación del enemigo es la única forma de victoria.
»Nos atacaron durante el cerco a Fraaspa. Decenas de miles de jinetes a caballo cargando contra nosotros al galope. Giraban sobre sí mismos y nos disparaban por encima de la grupa. Bajo su nube de flechas, apenas se veía el sol. Al ver que éramos incapaces de darles alcance, Marco Antonio hizo cargar a nuestros jinetes árabes. Sumidos en una lucha cuerpo a cuerpo,
nuestros enemigos perdieron su movilidad y corrimos hacia ellos espada en mano. Los derribamos de sus monturas para acuchillarlos en el suelo. Al fin combatíamos a nuestro modo e hicimos una carnicería.
»Entonces vimos los destellos entre una inmensa nube de polvo.
La expresión del gladiador se había vuelto vacía, como si todo atisbo de vida hubiera abandonado su cuerpo. Marco conocía bien aquella mirada dirigida hacia algún lugar perdido a millas de distancia: era la del soldado incapaz de dormir por las noches, que ha visto morir a las tres cuartas partes de sus compañeros.
—Escuchamos un rumor continuo que se fue convirtiendo en el estruendo de millares de cascos, como en una tormenta —dijo Velox, con voz abatida—. Miles de catafractos, cubiertos de hierro y bronce desde la testa a los pies, incluidos los caballos. Con los costados casi tocándose, formaban una avalancha de bestias y metal de la que sobresalían sus lanzas de catorce pies. Nuestro centurión apenas tuvo tiempo de dar la orden.
Cuando los cornua resonaron en aquella llanura frente a las murallas de Fraaspa, formamos en duplex acies.
»El ejército romano es sólido como una roca; sus hordas son como una marea que fluye por encima de las peñas y arrasa todo a su paso. El choque fue brutal… Masacraron a dos legiones y destruyeron nuestras máquinas de asedio.
»El regreso fue como descender al Tártaro. Acosados por los arqueros a caballo, bajo una incesante lluvia de saetas, Marco Antonio nos hizo formar creando un techo con los escudos, rodeados por nuestros jinetes y arqueros.
»Mientras atravesábamos pueblo tras pueblo, fue cuando comencé a recolectar orejas. Así podía llevar la cuenta de los que había matado. Otros recogían brazaletes o pendientes, pero yo prefería las orejas, ¿sabéis?
Siempre cortaba la del lado derecho, no encontrarías dos iguales. Algunos se reían de mí, pero los mandos me ponían como ejemplo.
»Transcurrieron veintisiete días hasta que pisamos de nuevo Armenia: habíamos dejado a la cuarta parte de nuestro ejército por el camino. Los partos se llevaron tres águilas, que hay que sumar a los siete estandartes perdidos por Craso en Carras. En mi bolsa, yo tenía dieciséis orejas.
»Por supuesto, Antonio culpó al rey armenio de su fracaso y se lo llevó a Egipto, donde fue ejecutado. Luego se reconcilió con el rey de la Atropatene, y casó a su vástago con una de las hijas de este para proclamarlo rey de Armenia. Entonces Marco Antonio tuvo que enfrentarse a Augusto. —La mirada de Velox se volvió aún más turbia—. Fuimos derrotados en Accio. El princeps licenció a buena parte de las legiones de Marco Antonio —señaló con tristeza—. De regreso a Roma, la gente me acusaba de haber traicionado a la República. Decían que no estaba bien llevar encima una bolsa llena de orejas humanas. Creían que me había vuelto loco. Tuve que acuchillar a uno de ellos para que se callara. Cuando me apresaron los vigiles, encontraron una oreja recién cortada en mi bolsa.
Me las quitaron, y fui condenado a este ludus. Pero mira… —Abrió una bolsa de cuero para volcar el contenido sobre su regazo: varios fragmentos de piel, arrugados y amarillentos, con figuras impresas en un tono oscuro—.
Ahora colecciono stigmae. Fíjate, ya tengo una docena —dijo, con una sonrisa.
Después de eso, se pusieron los yelmos para reanudar los ejercicios.
Mucro insistió en entrenar con Marco; al sentir la primera estocada en el costado, este se preguntó una vez más qué estaba pasando. A cada golpe que recibía, tenía la sensación de que el ataque no debería haber tenido éxito. Allí, pegado a su izquierda, le faltaba algo.
—En ocasiones dejas tu lado exterior al descubierto —le dijo Mucro a través de la rejilla—. Recuerda que ahora no tienes a nadie cubriendo tu costado. Debes cambiar tu modo de combatir.
De nuevo Marco fue consciente de aquel defecto, fruto de sus años como legionario. Debía trabajar en ello.
El suburano bajó su arma y él, siguiendo su mirada, se dio la vuelta.
Descubrió que el propietario de la escuela había entrado en el patio, rodeado por una nutrida clientela. Los gladiadores le saludaron mientras caminaba con determinación hacia donde estaba Marco. Junto a Licinio Varrón Murena, había otro noble al que ya conocía: su cabello, rubio y rizado, enmarcaba un rostro de fauno que exhibía una turbadora sonrisa,
como una máscara trágica a la que se ha desfigurado para esculpir una mueca burlona.
Marco permaneció de pie, desmadejado; su espada de madera a punto estuvo de caer al suelo.
Dividimos el día en doce horas, desde que amanece hasta la puesta de sol, y nos regimos en función de ellas, aun cuando sabemos que no tienen el mismo valor en invierno que en verano. El tiempo es elástico, no siempre avanza a la misma velocidad. Dicen que, al ver llegar a la muerte, toda la vida de un hombre puede transcurrir ante sus ojos en un único instante.
Mientras la pareja de senadores caminaba en su dirección, Marco pudo recordar los cientos de atrocidades que había visto cometer a aquel refinado patricio durante los tres años en los que había dirigido a la Novena Legión: hombres desmembrados, mujeres violadas, niños arrojados a los cerdos.
Cuando Fanio Cepión se plantó ante él, vio que le observaba durante un eterno instante. A través de la celosía del yelmo, sintió que aquella gélida mirada atravesaba el metal para escudriñar hasta el último de sus pensamientos. Entonces pasó de largo, para entrar en el cubículo del lanista.
Ni siquiera se atrevió a girarse. Al oír el sonido de la puerta, el tiempo recuperó su ritmo habitual y su corazón comenzó a latir de nuevo. Había estado a punto de orinarse encima.
Quiso alejarse del patio, así que empleó la herida como excusa para visitar el dispensario. Critias le pidió que se sentara sobre un camastro. Le dio a elegir entre desinfectarle la pierna o el estómago, y esta vez prefirió lo último. El líquido, agrio como el vinagre, solo avivó la acidez de su estómago.
—¿Te sigue doliendo? —le preguntó el médico.
Fue incapaz de otra cosa más que asentir.
—No debería —añadió Critias—. La herida parece haber cicatrizado.
Su vista se perdía más allá de la puerta. Marco siguió su dirección; al parecer, el anciano malinterpretó su interés.
—Hermes no hace nada sin que lo diga Varrón Murena.
El gladiador retirado dirigía los entrenamientos, aunque era el propietario de la escuela quien la gobernaba a su antojo. Los lanistas tenían
una reputación tan pésima como los proxenetas, y sin duda el noble no deseaba que su imagen pública se resintiera. En Roma todo el mundo acudía al anfiteatro, al igual que frecuentaba los lupanares, pero despreciaba a quienes regentaban esos lugares.
Un joven cargado con una bolsa con hierbas entró en la clínica.
—Es Cnemo, mi ayudante —le informó el médico, al ver su inquietud
—. No te preocupes: no muerde.
—Hermes ha dicho que hay una reunión —dijo el recién llegado.
Al regresar al patio, todos los gladiadores se habían sentado en las gradas en silencio. El ilirio permanecía de pie frente a ellos, apoyado en la barandilla. Al parecer, Varrón Murena y su socio se habían marchado.
Marco tomó asiento junto a Mucro.
—Vamos a participar en los grandes Juegos Megalenses que Marcelo está organizado en la capital —anunció Hermes—. Mañana saldremos hacia Roma.
Los Juegos Megalenses eran el primer gran festival del año. Celebrados en honor a la diosa Cibeles, daban comienzo antes de las nonas de abril y tendrían lugar a lo largo de siete días. El mes anterior, Marcelo ya había celebrado por todo lo alto la fiesta en honor a Atis, que aseguraba la fertilidad de los campos. Todos sabían ya que aquel año las cosechas iban a ser nefastas, y de ese modo el joven heredero trataba de aparentar que hacía todo lo posible para evitarlo.
No era habitual organizar combates gladiatorios durante los Juegos Megalenses. Marcelo no había perdido el tiempo en busca de popularidad.
La calzada había sido construida tres siglos atrás por el censor Apio Claudio, para abastecer a las legiones durante la guerra que libraban contra los samnitas de las montañas del norte de Capua. La vía Apia era una de las pocas totalmente empedradas: sobre las capas de grava unidas con cemento, las losas de roca volcánica estaban tan perfectamente ensambladas que apenas se veían las juntas. Formaba una línea recta perfecta que se perdía en aquella llanura que se extendía entre las montañas y la costa.
Los gladiadores viajaban en cinco robustos carros de tipo raeda tirados por mulas, con una docena de hombres armados como única escolta. Solo
era una medida disuasoria; si alguno de ellos huía, su nombre y descripción aparecería en las listas de fugitivos en todos los foros de Italia, y los cazarrecompensas se encargarían de encontrarlos. Sin dinero, y con el stigma grabado en el brazo, las posibilidades de escapar de Italia eran remotas.
Marco viajaba en el primer carro, sentado junto a Mucro. Le agradaba su compañía. A pesar de que la escuela no era un lugar propicio para la amistad, tampoco era un ergastulum. Cualquiera que entrenara día tras día con otro hombre acababa respetándole, sin importar que más tarde tuviera que enfrentarse a él en un anfiteatro. Para los gladiadores, la arena era un mundo aparte donde la muerte era su compañera y las normas creadas para satisfacer al populacho adquirían un carácter sagrado. Se habían convertido en un código de honor; si se ceñían a ellas, matar a un compañero podía ser algo honesto, si a cambio se le ofrecía un final digno de ser recordado.
La gloria de la arena. El pequeño universo que delimitaban los muros de aquella escuela le había ayudado a comprender el mundo real.
—¿Cómo va tu entrenamiento? —le preguntó Mucro.
—Demasiado rápido.
—En Puteoli, Varrón Murena recibió el aplauso de toda Campania…, tal como deseaba —señaló Mucro, bajando la voz—. Como propietario de la escuela, la materia prima le resultó barata… La escuela no solo ha perdido a ocho tertius palus de forma inesperada, en lo que iba a ser una ejecución en masa.
En la gladiatura existían tres niveles en función de la habilidad e historial de cada luchador, denominados palus, y cada uno de ellos suponía un mayor coste al organizador de los juegos. El alquiler de un primus palus podía llegar a cinco mil sestercios y se disparaba a los quince mil en un gran espectáculo de la capital. Además, el promotor debía pagar el precio de cada gladiador muerto. El sueldo de Marco como legionario había sido de novecientos sestercios al año, y una familia de campesinos podía vivir durante todo ese tiempo con menos de la mitad.
—Ahora, los únicos primus palus que quedamos con vida somos Perseo, Pulcher, Velox y yo —añadió Mucro—. ¿Sabes lo que eso
significa?
Gracias a su experiencia en el ejército, Marco se lo imaginaba. Sabía muy bien lo que ocurría en una unidad que había sido recientemente diezmada: los ascensos resultaban más fáciles de obtener. Aunque esta vez no sabía si sentirse afortunado.
A pesar de todo, tuvo que reconocer que aquella vida no era tan mala, salvo por el hecho de que en cualquier momento podía perderla. El trato de los guardias era correcto; nadie los golpeaba, salvo ellos mismos, y no había jaulas ni grilletes. De vez en cuando, tenían acceso a rameras e incluso les entregaban una parte de lo que el patrón cobraba por ellos. De aquel modo, y ante la perspectiva de recobrar la libertad, Varrón Murena se había ganado la lealtad de muchos de aquellos hombres.
—El patrón deposita una gran confianza en Hermes —masculló Marco.
—Fue el más grande —respondió Mucro—. ¿Lo conociste?
—De niño, solía visitar su escuela cuando entrenaba.
—En la arena, la fama significa supervivencia. Para él fue una maldición. Un gladiador puede ganar mucho dinero; sin embargo, a medida que aumenta su reputación, también lo hace el precio que ha de pagar por su libertad. El único modo de conseguirla es ganar la maldita espada de madera.
—La mayoría muere antes.
—Normalmente un gladiador solo realiza cuatro o cinco combates al año —asintió el suburano—. Hermes participaba en más de veinte: se había convertido en una fuente de dinero para su dueño. Rondaba los cuarenta años y sus posibilidades de supervivencia eran cada vez menores, así que reunió todos sus ahorros para tratar de obtener la manumisión. Su amo se negó: iba a exprimirle hasta que exhalara su último aliento en la arena. —
Mucro carraspeó—. Varrón Murena le compró para su ludus y poco después le concedió la libertad. Dicen que Hermes viajó a Iliria, su tierra natal, pero regresó meses después. Desde entonces, ha dirigido la escuela.
Marco se preguntó cuál había sido el precio que el senador había pagado por Hermes y, sobre todo, qué había tenido que hacer él para ganarse la manumisión.
Capua y Roma estaban separadas por ciento treinta millas, así que el viaje se prolongó durante cuatro días. Tuvieron que atravesar los pestilentes pantanos Pontinos para llegar al monte Albano, una amalgama de colinas cubiertas por un inmenso bosque esmeralda, a doce millas al sureste de Roma. Anochecía, y desde allí se percibía la tenue neblina que flotaba sobre la urbe de forma constante, creada por cientos de miles de candiles, braseros y hornos que resplandecían en la noche como un mar de luciérnagas.
Se detuvieron en un prado próximo a la calzada. Marco fue incapaz de entender por qué habían elegido aquel lugar para acampar: forzando marchas durante una hora, habrían podido pasar la noche en alguna mansio.
Se recostó junto a uno de los carruajes, con la espalda apoyada en la rueda.
Había un anómalo ajetreo en el campamento.
Velox se aproximó a ellos con su cruel sonrisa, que se prolongaba hasta la mitad de su mejilla izquierda. Al pasar junto a una pareja de caballos que se habían soltado del atelaje, uno de ellos se encabritó y coceó en el aire.
Los relinchos hicieron que el gladiador gateara por el suelo, aterrado, para esconderse bajo un carromato.
—¡Nos aplastan! —gritó tapándose el rostro con las manos—. ¡Esos hijos de puta nos van a aplastar!
Sus compañeros bromeaban entre carcajadas. Vesto, el mozo de cuadra, llegó corriendo y tomó al animal por las riendas:
—No pasa nada, señor —afirmó mientras acariciaba el cuello de la bestia—. Solo se ha puesto nervioso.
Critias se arrodilló ante Velox para calmarlo.
—Tranquilo —le dijo—. Todo está en orden. —Alzó la voz para dirigirse al resto—: ¡Y vosotros, volved a lo vuestro!
Velox jadeaba. Se incorporó a duras penas, tomó el vaso de vino que Mucro le ofrecía y se sentó a su lado. Tenía el rostro descompuesto. Cerró los ojos e inspiró profundamente, tratando de serenarse, y apuró el contenido de un solo trago. Antes de hablar, se secó el sudor de la frente.
—Hermes necesita una docena de hombres para esta noche —les dijo.
Marco comprendió a qué se debían todos aquellos preparativos y bajó la vista para contemplar el arma que su camarada afilaba. Fuera lo que fuese, sin duda se trataba de un encargo de Varrón Murena. Era habitual que la clase senatorial utilizara las escuelas de gladiadores como ejércitos de sicarios para servir a sus intereses. Así lo hicieron tanto César como Pompeyo, y desempeñaron un papel tan destacado en la conspiración de Lucio Sergio Catilina que el Senado aprobó una ley para que las ludi gladiatoria fueran trasladadas lejos de la capital.
—Necesito dinero —respondió Marco, y era cierto.
—Salimos a un par de denarios por cabeza —dijo Velox—. Es un trabajo fácil, nada de riesgos.
—¿«Salimos»?
—Yo me llevo una comisión —reconoció el antiguo legionario—. Ya sabes, gastos de representación.
Vio que una decena de gladiadores se colgaban armas a la cintura y se fueron reuniendo con Hermes. Marco se incorporó para acompañarlos. El lanista había decidido prescindir de los prisioneros de guerra; en su lugar, se decantó por los criminales. Aquella misión, les dijo, estaba hecha a su medida.
—¿No vais a darme un puñal? —preguntó Marco.
—Coge esa porra —dijo Hermes—. No necesitarás más.
Se abrieron paso entre los robles, iluminados por la luna llena, entre el chirrido de los grillos y el murmullo del bosque. Caminaron a tientas hasta llegar a una villa, de cuyo interior se escapaban las luces de los candiles.
Hermes les hizo un gesto para que guardaran silencio; atravesaron a toda prisa un pequeño huerto en dirección a los muros que cerraban la pequeña hacienda.
Iban a cometer un robo, o tal vez un asesinato. Marco se preguntó si sería capaz de matar a un inocente solo por guardar las apariencias. Hasta entonces, su código moral era lo único que le había diferenciado de la vida que había dejado atrás en la Suburra. Al ver a Fanio Cepión regresar a Roma enriquecido, y que sus crímenes quedaban impunes, descubrió que, en contra de lo que hasta entonces había pensado, ceñirse a esa ética no
servía para nada. Daba lo mismo tener la conciencia limpia que no tener conciencia.
Su juramento a Némesis no llegaba a ocultar la verdad: necesitaba matar a Fanio Cepión para recuperar esa antigua ficción perdida, la idea de que, a la larga, siempre impera alguna clase de justicia. La historia que había dejado atrás era decepcionante, inacabada. Tenía que darle otro final o, de lo contrario, jamás podría vivir en paz. ¿Qué otro sentido tenía la venganza?
¿Y si, para alcanzar ese sosiego, tuviera que asesinar a un inocente? Si había ido hasta allí para acabar con el dueño de la hacienda, Varrón Murena no querría testigos. Eludió enfrentarse a aquel interrogante. Sin embargo, se había planteado por primera vez las posibles consecuencias de formar parte de aquel grupo de sicarios.
Saltaron el muro encalado para acceder al patio. Desde allí, pudieron ojear el edificio: las jambas de la puerta habían sido decoradas con lazos de colores y guirnaldas de flores. Permanecía abierta, y una animada música salía del interior. Hermes y Mucro se adelantaron al resto y atravesaron el vestíbulo para acceder al atrio. Cuando Marco se reunió con ellos, el suburano apuntaba con un cuchillo al cuello de una doncella, mientras le hacía un gesto para que guardara silencio.
Caminaron por el estrecho corredor, hasta llegar al peristilo, donde tenía lugar una boda. Un muchacho con una melena recogida en seis largas trenzas hacía de novia, con una guirnalda de flores y un velo anaranjado como tocado. Vestía túnica femenina, blanca, ceñida a la cintura con el clásico nudo nupcial. Su esposo era un individuo de mediana edad con una estridente toga y una corona de laurel ceñida en las sienes. Un muchacho sostenía una antorcha entre ambos. Con una voz melosa, el augur dirigía unas súplicas a Juno y a la diosa Fides. Los diez testigos y el resto de los invitados eran todos hombres de aspecto amanerado.
A pesar de la estricta política religiosa impuesta por el princeps, los matrimonios paródicos eran cada vez más populares en Roma.
—¡ Feliciter! ¡Feliciter! —gritaban al son de la flauta.
La novia abrazó a un travesti que hacía las veces de madre, fingiendo buscar su protección, mientras su esposo tiraba de su brazo para separarlos.
Al fin lo logró. Acompañados por un cortejo nupcial de bailarines invertidos, saltimbanquis y hermafroditas, los cónyuges se dirigieron a la alcoba. Tres jóvenes acompañaban a la esposa portando un huso, una rueca y una antorcha de espino blanco. Ante el umbral, el marido entregó a su erómeno una redoma de aceite con la que ungió los goznes de la puerta.
—¿Quién eres? —le preguntó el sacerdote.
—Donde tú eres Manio, yo soy Mania —respondió el muchacho, fingiendo pudor, lo cual fue celebrado por los invitados al enlace pederasta.
Mientras alzaban a la novia para que no pisase el umbral, los gladiadores se desplegaron por ambos lados del pórtico. Frente a la puerta del dormitorio, el marido colocó al efebo a cuatro patas sobre el tálamo nupcial y a continuación se desnudó, dispuesto a consumar el sacrílego enlace ante los invitados.
Cuando los gladiadores se presentaron ante ellos, la música de flauta cesó. Todos se giraron, atónitos.
—¿Quién es Manio Agrícola? —preguntó Hermes, alzando la voz.
Los asistentes señalaron al novio.
—El resto podéis iros —les dijo el lanista.
Nadie parecía dispuesto a discutir, así que huyeron en desbandada. Al cabo de unos momentos, el atrio se vació de invitados. Totalmente desnudo, Manio Agrícola parecía incapaz de reaccionar. Su virilidad perdía vigor por momentos.
—Se me ha hecho tarde —se excusó su nueva esposa, mientras recogía su ropa del suelo a toda prisa.
Cinco esclavos armados con puñales aparecieron en el patio. Se detuvieron al descubrir a los gladiadores. Envalentonado, Agrícola se encaró a Hermes con arrogancia.
—¡Soy un funcionario de la Res Publica! —le recriminó—. ¿Se puede saber qué significa esto?
—Que alguien le dé un guantazo —dijo Hermes.
Velox dio dos pasos para darle un bofetón con la mano abierta y su corona de laurel salió volando. El lanista siguió la mirada que el noble dirigía a sus esclavos mientras, aterrado, trataba de taparse la entrepierna.
—Sabéis quiénes somos, ¿verdad? —preguntó a la servidumbre.
Todos asintieron en silencio, inmóviles.
Hermes se dirigió de nuevo a Manio Agrícola:
—Mi amo me ha pedido que te dé esto.
Le entregó un pliego de papiro, que el otro desenrolló con nerviosismo.
Apenas había escritas una docena de líneas. Manio Agrícola las leyó dos veces; al parecer, no podía creer lo que decían. Cuando alzó la vista, el lanista tomó la carta, la arrojó a un brasero y depositó una bolsa de cuero en sus manos. Al abrirla, el propietario de la casa quedó boquiabierto.
—Acepta este oro y piensa en lo frágil que es tu vida —dijo Hermes.
Uno tras otro, los gladiadores abandonaron la casa.
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