Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 16 de 27

Páginas del PDF

Pan y circo

Capítulo XV

La procesión fúnebre acompañó a la parihuela con el difunto hasta la necrópolis que se extendía más allá de la puerta Querquetulana. No pudieron exponer el cuerpo de Velox en el atrio durante tres días, tal y como dictaba la costumbre. Cuando lo hallaron, el cadáver apestaba. A pesar de que los esclavos domésticos lo habían lavado con perfumes y ungido con óleos, no lograron mitigar el hedor que desprendía. Por ese motivo, el velatorio se limitó a colgar el habitual ramo de ciprés en la puerta y a apagar el fuego del hogar en señal de duelo.

El cortejo iba precedido por los músicos que tañían la marcha fúnebre y por un histrión que imitaba los groseros ademanes del gladiador. No había imágenes de antepasados, y las plañideras procedían de un prostíbulo del Velabro; sus cabellos, sueltos en señal de duelo, adquirían un aspecto lúbrico. Los camaradas del difunto se habían rascado la bolsa para alquilarlas y muchos esperaban un servicio completo una vez finalizado el entierro. Velox rara vez abonaba las cuotas del colegio funerario. Así pues, también tuvieron que sufragar aquel ritual que evitaría que su alma vagara eternamente como un espíritu atormentado.

Llegaron al lugar de la sepultura; era de noche, pues la muerte resultaba contaminante. El sonido de la flauta presidía la ceremonia, oficiada bajo la luz de las antorchas. Depositaron el cuerpo sin vida sobre la pira funeraria.

Hermes le abrió los ojos para que pudiera contemplar por última vez la luz de la luna y dejó un as sobre su vientre, destinado a Caronte, el barquero que transportaría su alma a través del Estigia. Añadieron un par de túnicas, una espada y su bolsa de cuero llena de stigmae, para arrojar tres puñados

de tierra sobre él. Una vez colocados los objetos que el difunto emplearía en la otra vida, los gladiadores le llamaron varias veces por su nombre:

—¡Velox! ¡Velox!

El lanista tomó una antorcha y prendió fuego a la pira.

—Velox, siempre fuiste un compañero leal —dijo—. Que en el Hades tu alma alcance al fin la paz. Invoco a los vientos para que tu cuerpo arda con fuerza.

A falta de familiares, los compañeros de escuela lanzaron jacintos y nardos a las llamas, que comenzaban a engullir el cadáver. Pulcher arrojó una figura de bronce de alguna divinidad protectora; Mucro, una lucerna que le iluminaría durante el oscuro camino hacia el Hades. Marco se desprendió de un ungüentario con aceites.

—Que la tierra te sea leve —dijo.

Uno tras otro, los gladiadores repitieron aquella frase, antes de alejarse.

Los esclavos vertieron agua y vino en la pira; más tarde recogerían las cenizas en la urna, para guardarla en uno de los nichos.

Cuando le ofrecieron la jofaina, Marco se lavó la cara con agua perfumada y contempló la enorme hoguera. El calor le abrasó el rostro, pero no sentía ni un ápice de remordimiento; quiso creer que se debía al ritual de purificación que acababa de realizar. Al día siguiente se celebró el banquete para honrar la memoria de su compañero.

El atrio de la mansión de Varrón Murena se había convertido en un gigantesco triclinio iluminado por teas y candiles. Los lechos formaban un arco en el patio cubierto y no faltaba de nada en las mesas. Sin embargo, a pesar de la alegre música que intentaba levantar el ánimo, la tensión entre los miembros de la escuela era palpable. Marco conocía bien esa clase de estipendios: era la generosidad de un general antes de enviar a sus hombres al combate.

—¿Qué te preocupa, Marco? —Al parecer, Mucro no había pasado por alto su inquietud.

Trató de utilizar la situación en su provecho:

—Primero la emboscada ante la puerta Esquilina y ahora esto.

—Varrón Murena trama algo con Fanio Cepión —añadió Mucro, bajando la voz—. Algo grande, que nos está poniendo a todos en peligro.

—Él ha pagado todo esto —dijo alguien, refiriéndose al banquete.

Garum y liquamen, salsas de pescado podrido que servían para enmascarar el sabor de la carne pasada. El precio de los alimentos en los mercados que se montaban cada nueve días comenzaba a resultar disparatado. Los granjeros de la campiña del Lacio no desaprovechaban la oportunidad de lucrarse.

—Marco, ¿dónde estuviste después de que regresarais de Ostia? —le preguntó Perseo, sombrío.

Había esperado que alguien formulara aquella pregunta y no le extrañó que fuese él.

—¿Te refieres a cuando Velox desapareció?

—Me han dicho que, días antes de morir, te acusó de ser un traidor.

—Entonces tal vez deberías tener cuidado con lo que dices.

El aludido aferró con fuerza su copa. Marco sabía que el resto de los gladiadores los observaban. La noticia de su futuro encuentro en la arena había corrido de boca en boca y, gracias a ello, era fácil interpretar aquellas desavenencias con la rivalidad previa a un combate. Tras su intervención en la emboscada nocturna y el haber desenmascarado al capataz, Marco se había ganado el aprecio incluso de los más veteranos. Como celebridad, Perseo era, por el contrario, el rival que batir. Su éxito con las mujeres y sus triunfos en la arena hacían que resultara difícil sentir simpatía hacia él.

Decidido a ignorarle, Marco prestó atención a Mucro. El suburano observaba embobado cómo Herennia se chupaba el garum de los dedos, introduciendo una yema tras otra en la boca. Saltaba a la vista que, en su imaginación, aquello no era salsa de pescado, y tampoco se encontraban en una cena.

El hombretón dio un largo trago a la jarra para infundirse ánimos.

—Esta noche voy a intentarlo —dijo a Marco—. ¿Algún consejo?

—Trata de no ser tú.

Su camarada asintió con vehemencia; no había prestado atención a sus palabras. En ese momento, el mayordomo se presentó ante Marco.

—El amo desea que te reúnas con él.

La orden podía significar cualquier cosa, aunque la ausencia de guardias siempre era una buena señal. ¿Sospechaba también su patrón de él? Siguió al liberto hasta la segunda planta. Se dirigía hacia la biblioteca cuando descubrió que continuaba subiendo por las escaleras hacia el tercer piso, donde se hallaban los aposentos de Varrón Murena.

Entraron en una amplia exedra iluminada por candiles, con el sobrio mobiliario de un espartano. Sentado ante una mesa abarrotada de volúmenes, al senador le acompañaban Critias y Hermes. El lanista, de pie en una esquina, iba desarmado. El médico se dirigió a una alacena para escanciarse una nueva copa de vino. Desde que llegó a la escuela, Marco solo le había visto en dos estados, borracho o a punto de embriagarse; daba la impresión de que se encontraba más próximo a eso último.

Aquello no parecía un comité de ejecución. Así pues, exhaló el aire que había retenido. Al estudiar la expresión de su dueño, reconsideró la idea.

—Dicen que descubriste al capataz de Fanio Cepión husmeando en la bodega de una de las gabarras —aseguró Varrón Murena, tan directo como siempre.

—Así es —respondió.

—¿Qué opinión te merecía?

—Le odiaba. —Había decidido no mentir más de lo necesario, así que permitió que aquel sentimiento aflorara.

—Por eso lo seguiste —dijo Varrón Murena—. Buscabas una oportunidad de vengarte. ¿Es que sospechabas de él?

—Sí. —Marco pudo intuir la satisfacción de su patrón cuando creyó que le había obligado a admitirlo—. En la hacienda se rumoreaba que el capataz escatimaba la comida de los esclavos para luego venderla.

Hubo algo en la expresión de Varrón Murena que le dijo que había tocado una fibra sensible. No fue capaz de precisar cuál.

—En la casa de subastas de Puteoli, le vi hablando con el cuestor ostiense —señaló—, y durante el trayecto en barco parecía muy nervioso.

Jamás perdía la calma.

No añadió nada más y supuso que, gracias a sus palabras, las sospechas del senador se confirmaban. Un esclavo ambicioso y sin escrúpulos resultaba fácil de corromper y, por tanto, era la elección idónea para un espía. Resultaría fácil tentarle con oro. Una vez que hubiera actuado en contra de su amo, sería más fácil chantajearlo. Ante la amenaza de una delación, se mostraría dispuesto a todo. Marco creyó ver cómo aquellas ideas se deslizaban por la mente del senador: el mejor modo de convencer a alguien sobre algo es hacerle creer que la idea ha sido suya.

—¿Es posible saber cuándo mataron a Velox? —La pregunta de Varrón Murena iba dirigida a Critias. Este dejó de prestar atención a su copa; una maraña de arrugas se formó en su cara.

—En verano, el cadáver suele hincharse a partir del tercer día —

respondió—. Entonces cambia de color y aparecen las larvas, unos diminutos gusanos albinos. Después del sexto día, comienza a rezumar líquidos y se le desprende la piel… Velox aún no había llegado a ese estado.

—Cuando lo descubrieron, el cadáver tenía entre tres y seis días.

—No es fácil de precisar, pues la putrefacción depende del calor —

señaló el médico, sin comprometerse—. Si, por ejemplo, el cuerpo hubiera estado a la sombra…

Critias se encogió de hombros y dio un nuevo trago.

—Hallaron el cuerpo cinco días después de que partiera —dijo Hermes

—. Eso significa que lo asesinaron el día que abandonó la casa o el siguiente.

—Un mercader lo encontró a veinte millas de Roma; una jornada de marcha por la vía Salaria —señaló Varrón Murena—. Es probable que lo mataran al día siguiente. ¿Algo más?

—Velox era diestro —señaló el médico, al sentirse aludido—. La herida estaba en el lado izquierdo del cuello. Una muerte rápida, típica de un gladiador que «recibe el hierro». Es posible que se la hiciera él mismo.

El senador asintió, ensimismado, y le hizo un gesto para que se retirara.

Critias obedeció tras apurar el contenido de su copa. Entonces Varrón Murena se dirigió a los dos gladiadores.

—Velox tenía que entregar un mensaje a Marco Primo, el procónsul de Macedonia. Ayer Tiberio presentó una denuncia contra él, acusándolo de iniciar una guerra en Tracia sin autorización. Yo seré su defensor.

Cinco días antes, Marco había informado a Quinto de la reunión de su patrón con Herodes, mientras averiguaban que los conspiradores habían enviado un correo a Oriente. Tiberio había atado cabos y no perdió el tiempo.

—Si el otro mensaje también ha llegado a sus manos… —murmuró Hermes.

—En ese caso, Tiberio no hubiera acusado solo a Marco Primo —

respondió Varrón Murena—. Cepión y yo estaríamos muertos.

—Entonces significa que Velox logró ocultar el mensaje antes de suicidarse…

—O que aún no han logrado descifrarlo —señaló Varrón Murena.

Marco trató de ocultar su nerviosismo. Significara lo que significara la enigmática sucesión de números que encontraron en la letrina, bastaba para delatar a los conspiradores; sin embargo, se había negado a entregársela a Tiberio. Si tanto él como Varrón Murena averiguaban que la tenía en su poder, las consecuencias serían despiadadas. Por otro lado, seguía ignorando el motivo por el que se encontraba allí. El senador pareció percibir su desconcierto:

—Necesitaré una escolta en el juicio. Alguien de confianza, que sepa desenvolverse en ambientes más… mundanos. Quiero que tú seas uno de ellos.

No pudo más que asentir. Había ocupado el lugar de Velox como hombre de confianza de Hermes y eso le acercaba aún más a su objetivo, aunque también implicaba una situación más preeminente y, sobre todo, vulnerable.

Una discreta mirada a la mesa le dijo que aquella montaña de papiro estaba formada por antologías de leyes, actas judiciales y dictámenes de juristas: Varrón Murena se preparaba para la primera fase del juicio. Si el pretor aceptaba la demanda, tal y como era probable, el proceso sería encauzado hacia un tribunal permanente. Entonces el veredicto dependería

de cinco jueces elegidos por sorteo de una lista de miembros de la clase senatorial y la ecuestre, que, con Augusto agonizando, eran libres de dar rienda suelta a sus simpatías republicanas.

Durante siglos, la aspiración de todo senador había sido convertirse en gobernador provincial para esquilmar una provincia a su antojo, o iniciar una guerra para enriquecerse gracias al botín y la venta de esclavos. Era difícil que un juez condenara a Marco Primo por hacer algo que, de estar en su lugar, él mismo habría hecho. Tiberio aún no había cumplido los diecinueve años, mientras que Varrón Murena era un veterano jurista. El defensor contaba con más tiempo en sus intervenciones y la presunción de inocencia jugaba a su favor; además, a igualdad de votos del jurado, el acusado sería absuelto.

Marco observó de nuevo al senador. A pesar de ser un hombre parco en palabras, su rostro irradiaba confianza.

En el atrio, la fiesta iba decayendo. Los criados cargaban con los borrachos hasta sus cubículos, y una pareja de adolescentes ebrias contribuía a que Perseo engrandeciera aún más su leyenda. Recostado sobre uno de los lechos, Mucro había hundido el rostro en el cuello de Herennia, que gemía aplastada bajo su corpachón mientras le alborotaba el cabello.

Marco se alegró de que le fueran bien las cosas. Para él, quedar en evidencia ante una mujer se había convertido en una especie de hábito.

Recordó su encuentro con Cintia. Durante años, había sido la doncella de su hermana adoptiva, una muchacha de ojos negros que siempre sonreía.

Hasta que se dio cuenta de que solo lo hacía con él. El tiempo la había convertido en una mujer de una feminidad devastadora; le fue imposible no sentirse atraído por ella. Tras ver cómo Velox se abría el cuello ante él, deseaba compartir alguna intimidad con alguien. La actriz se dio cuenta del poder que ejercía sobre él y de nuevo le sonrió. Marco solo quiso disfrutar mientras pudiera, hasta que descubriese que no era la clase hombre que imaginaba. No tardó demasiado. Gracias a su estupidez lo había echado todo a perder, y la sonrisa de Cintia se había esfumado para siempre. Fue como destruir un hermoso cuadro. Uno más que añadir a su larga lista de errores.

Mantener la distancia. Rehuir la proximidad, no estar seguro. Por hacerlo en la arena, le habían apodado con sorna Prudes. Eso le hizo recordar a Vitruvia, y sintió una nueva punzada en el pecho. Durante años se había esforzado por desterrarla de su memoria. No porque ella lo mereciera, sino porque él lo necesitaba. Finalmente lo logró, aunque cada día sentía ese mismo dolor cada vez que la olvidaba.

Decidió buscar algo en lo que mantener ocupada su mente. Entró en el cubículo y trancó la puerta por dentro. Colocó el taburete bajo la viga del techo y, una vez sobre él, palpó en una pequeña abertura oculta entre las tablas. Suspiró al descubrir que aún seguía allí: si alguien encontraba el mensaje, su vida valdría menos que nada. Depositó el bulto sobre la cama y abrió un pequeño hatillo para estudiar de nuevo las tabillas de cera.

Examinando aquel objeto, sondeó el abismo ante el que se encontraban.

El gobierno del Imperio era sinónimo del control de las legiones asignadas a una serie de provincias. De entre ellas, Siria poseía una especial importancia y su gobernador era familiar de Varrón Murena. Su ejército mantenía a raya a los partos y aseguraba el control de los reinos títeres orientales, de entre los que destacaba el de Herodes el Grande. Por su parte, el ejército de Macedonia dominaba Grecia y la ruta desde Italia hacia Oriente. Una sublevación de los gobernadores de Siria y Macedonia haría que los conspiradores se hicieran con la parte más rica del imperio y amenazaría a Egipto, un reino que Augusto gobernaba como feudo personal. Su importancia en el suministro de grano a la capital era de tal magnitud que había prohibido que cualquier miembro del Senado lo visitara, y por ello sus gobernadores eran prefectos de clase ecuestre. El primero de ellos, Cayo Cornelio Galo, fue juzgado por alta traición cuando erigió estatuas con su imagen por todo el Nilo e hizo inscribir sus hazañas en las pirámides. Más tarde se suicidó.

Su sucesor, Elio Galo, dirigió una expedición militar hacia Arabia Felix, que, a causa de su aislamiento, jamás había sido dominada por ninguna potencia extranjera. Su importancia económica no era menor que la de Egipto. La principal ruta del comercio desde la India era a través del golfo Arábigo, y por ello se encontraba en poder de los árabes: seda, especias y

perfumes, mirra e incienso, todo a cambio de oro y plata. Cien millones de sestercios abandonaban la República cada año a causa de aquel intercambio y, por ese motivo, Augusto ansiaba controlar las etapas del trayecto.

Entregó a Elio Galo la Legión III Cirenaica y la XXII Deyotariana, además de tropas auxiliares de Judea y Nabatea. La campaña fue un fracaso y se sospechaba que Sílabo, el ministro del rey de Arabia Nabatea, que había sido su guía, pudo actuar de mala fe. Algo probable, pues los nabateos mantenían buenas relaciones con los árabes meridionales y no estaban interesados en que aquella lucrativa ruta comercial dejara de atravesar su país.

Poco después, el prefecto de Egipto, Cayo Petronio, había tenido que defender el Alto Nilo de la invasión de la reina nubia Candace. El año anterior, su ejército llegó a las proximidades de Meroe, la capital de Nubia, y se hizo fuerte en Premnis. Meses atrás, la guarnición había sido atacada por los nubios y se ignoraba cuál había sido su suerte.

En el otro extremo del mundo, contra todo pronóstico, cántabros y astures seguían sin someterse. Dos años antes, Augusto había cerrado solemnemente las puertas del templo de Jano tras regresar del norte de Hispania, un golpe de efecto con el que anunciaba el advenimiento de la paz romana. Sin embargo, había exhibido la piel del oso antes de cazarlo, y eso no solo menoscababa su auctoritas: la guerra hacía que no se hubiera podido iniciar la explotación de las minas de oro del septentrión hispano, esencial para sanear el déficit público.

En ese momento, Augusto estaba gravemente enfermo, y Agripa y Marcelo se disputaban la sucesión. El abastecimiento de grano a la capital corría grave peligro, y lo único que hacía Marcelo era organizar juegos.

Fanio Cepión y Varrón Murena tramaban una conspiración en Roma y, tal vez, planeaban una sublevación de las legiones de Siria y Macedonia. Si lograban el apoyo del rey Fraates de Partia, la situación se volvería crítica, pues los reyezuelos orientales no tardarían en seguirlos.

Una guerra en el este parecía inminente. Tiberio pretendía evitarlo mediante un juicio. Pero el joven hijo adoptivo del princeps no tendría nada que hacer ante la experiencia de un reputado orador y jurista como Varrón

Murena. La absolución de Marco Primo supondría un duro revés para Augusto y daría alas a los conspiradores.

Necesitaban saber cuáles eran sus planes. Y todo dependía de que Marco lograra descifrar aquella enigmática sucesión de números: III·IIII·I·V·I·IIII·II·IIII·III·V·IIII·V·IIII·III En la Novena Legión, Marco había enviado informes topográficos cifrados y, por tanto, estaba familiarizado con la criptografía militar. El código más común era sencillo, aunque efectivo: consistía en sustituir una letra por otra que se encontrase más atrás en el alfabeto, en un número de posiciones establecido. César empleaba un salto de cuatro letras y, por tanto, la «D» era sustituida por una «A». Augusto había implantado una clave con un desplazamiento de solo una letra.

Sin embargo, lo que tenía ante sí era una sucesión de números: tres, cuatro, uno, cinco, uno, cuatro… Tal vez estaba ante un libro de cuentas…

o ante una relación de fechas. Examinó el aspecto de aquellas dos tablillas atadas con tiras de cuero en el dorso. No encontró nada anómalo: madera de pino, con la cera teñida de rojo, sin ninguna marca a la vista. Para enviar mensajes ocultos, en ocasiones se establecían convenciones para que el soporte de escritura fuera un mensaje en sí mismo: si, por ejemplo, se enviaban unas tablillas de cera roja, significaba «estoy en peligro». De ser así, jamás podría sacar nada en claro.

El desánimo comenzaba a apoderarse de él cuando recordó las palabras de Varrón Murena: si no habían llevado a Fanio Cepión y a él mismo ante la justicia, eso significaba que Velox había ocultado el correo antes de suicidarse, o que aún no habían logrado descifrarlo. Por tanto, «podía» ser descifrado.

Sin duda, Marco Primo había imaginado un regreso triunfal a Roma sobre un carro áureo tirado por caballos blancos. En su lugar, él y su comitiva, un puñado de lictores que apenas podían cargar con los fasces, tuvieron que desfilar por las calles atestadas del Velabro. A su paso solo encontró el habitual tumulto de putas, ropavejeros, mendigos, falsos

sacerdotes y rateros que infestaban los márgenes del Tíber. Una pareja de ancianos, que rebuscaba entre la basura amontonada en la orilla, alzó la vista para verle pasar a caballo antes de regresar a su tarea.

Varrón Murena se reunió con él a la altura del puente Fabricio. Mientras escoltaba a su dueño, Marco descubrió que el procónsul de Macedonia era tal y como había imaginado, solo que al revés. Carecía del aspecto regio que caracterizaba a la clase senatorial, y su cabello pajizo, casi albino, resultaba inusual en un romano. Flaco y de nariz afilada, más bien parecía una cigüeña torpe y desgarbada, aunque sus ojillos desprendían la astuta mirada de los patricios del más rancio linaje.

—Ya he redactado la alegación —le dijo Varrón Murena—, aunque lo más probable es que el pretor la desestime.

—¿Vamos a solicitar un sobreseimiento? —La voz de Marco Primo sonaba ronca, como si gritase a diario.

—No conviene a nuestros planes —replicó el otro senador—. Hay que resolver todo esto cuanto antes.

Sin duda, el resto de los gobernadores provinciales estaría pendiente de la evolución del proceso, y sus decisiones dependerían del veredicto. A pesar de que Tiberio podía obtener un aplazamiento de hasta cuatro meses para recabar datos, él también deseaba un juicio rápido.

—¿Estás seguro? —dijo Marco Primo.

—Si el cónsul Calpurnio Pisón o alguno de los pretores más afines a Augusto no han recurrido a su imperium para emplear su poder coercitivo en tu contra es porque Tiberio no tiene pruebas suficientes.

—Si lo hicieran, aún tendría derecho a una provocatio ad populum. —

Aquella frase sonaba a pregunta—. El juicio se trasladaría a los Comicios…

En el escuálido rostro de Marco Primo se dejó ver la preocupación de todo patricio ante la sola idea de que las asambleas populares le acabaran juzgando. Como jurado, la plebe siempre se mostraba voluble y manifestaba su envidia y resentimiento hacia los nobles. Ni los más virtuosos se salvaban, ni siquiera en la democracia ateniense. Por condena popular, Milcíades, el héroe de Maratón, murió en la cárcel, y Temístocles, el salvador de Grecia en Salamina, fue desterrado.

Y, desde luego, Roma no era Atenas.

—Augusto ha trasladado esos juicios a juzgados permanentes —ironizó Varrón Murena—. Como representante del pueblo, actúa como juez en su lugar; por tanto, ahora se llama provocatio ad caesarem.

—Su precario estado de salud…

—Según mi hermana, aún sigue grave —aseguró para calmarlo—. Pero, aunque no lo estuviera, Augusto tiene que aparentar una imagen de justicia.

—Entonces, ¿qué crees que ocurrirá?

—El pretor aceptará la demanda y derivará la segunda fase de la instrucción a un tribunal permanente dirigido por el pretor urbano. Una vez allí, lograremos la absolución, para que puedas regresar a Macedonia y continuar con nuestros planes.

Atravesaron el puente Fabricio en dirección a la isla Tiberina. Desde aquella plataforma, el cauce del Tíber se asemejaba al meado de un asno.

Durante la época estival, Roma era invadida por una sofocante canícula que hacía que todos los años la aristocracia se refugiase en sus mansiones de la bahía de Neápolis. Esta vez, el verano les trajo una marea de polvo arrastrada por un siroco asfixiante. El sol abrasaba en la frente, aunque fue al pasar ante el templo de Esculapio cuando Marco creyó haber descendido al Inframundo.

Se decía que las almas condenadas al Tártaro eran conducidas a través del Flegetonte, un río de fuego que lo rodeaba; una vez allí, Tisífone y las furias los atormentaban con antorchas y látigos candentes. Ese año, algún cruel y caprichoso dios había decidido que la plebe sufriera ese mismo tormento en las calles de Roma. Una muchedumbre de apestados hacía cola ante el templo de Esculapio, torturados por atroces dolores, para hacer ofrendas en busca de curación. Los mendigos se agolparon en torno a los senadores para mostrarles la putrefacción que les corroía pies y manos, implorando una limosna. Los gladiadores tuvieron que apartarlos a empujones para que los nobles entraran en la casa de Varrón Murena.

Mientras observaba cómo la turba asaltaba a otro transeúnte de aspecto adinerado, Marco se topó con Critias.

—Temen infectarse —dijo—. Creen que se trata de lepra.

—A los leprosos se les pudre la cara, y esta enfermedad solo afecta a manos y pies —respondió el médico, desdeñoso. Tomó el pequeño odre que colgaba de su cintura para dar un largo trago.

—Han pasado la noche en las escaleras del templo, entre las serpientes sagradas —le informó Marco. Tras aquel ritual, los enfermos describían sus sueños a los sacerdotes de Esculapio, y así averiguaban el modo de sanarlos

—. ¿Servirá de algo?

—En medicina, conoces la teoría cuando sabes por qué alguien enferma, aunque desconozcas la cura —dijo Critias—. Y dominas la práctica cuando conoces un remedio, aunque ignores cómo funciona. Para esos meapilas, la teoría y la práctica se confunden: sus pacientes mueren y no saben por qué.

Se dispuso a dar un nuevo sorbo de vino; Marco le arrebató el odre para arrojarlo al suelo.

—Míralos bien —espetó, encarándose al médico—. Esto no es ninguna broma.

Por primera vez, Critias se mostró serio.

—Los síntomas suelen ser alucinaciones, vómitos, convulsiones y gangrena en las extremidades. Comienzan como un frío intenso que pronto se convierte en una quemazón acompañada de cambios de color y, finalmente, llega la gangrena. Algunos logran sobrevivir, pero quedan mutilados. Existe otra variante: el enfermo padece fuertes dolores abdominales que concluyen en una muerte súbita.

—¿Habías visto esta enfermedad antes?

—Sí, en la Galia, pero… —El griego enmudeció—. No tiene sentido.

Suele aparecer en años con una primavera húmeda y tras un invierno frío.

—¿Sabes qué la produce?

—Marco…, el ansia de saber forma parte del espíritu humano —

respondió Critias, taciturno—. Es un deseo impuesto por el instinto de supervivencia. Sin embargo, en ocasiones pierde su sentido original, pues solo conduce a la muerte.

—¿Estás diciendo que hay cosas que resulta peligroso saber?

—Estoy diciendo que es inútil buscar un porqué, si con ello te juegas la vida y no puedes cambiar nada.

Critias recogió su odre del suelo y lo sacudió de polvo, antes de regresar a la mansión de Varrón Murena.

Marco descubrió que Hermes le aguardaba junto a la puerta y supo que había escuchado parte de su conversación. Atravesaron juntos el vestíbulo en dirección al patio, donde los gladiadores entrenaban con escudos de mimbre y espadas de madera, repartidos por parejas. Los golpes resonaban con un eco en las paredes del pórtico. Marco se despojó del manto, bajo el cual había ocultado su espada; el lanista la estudió con atención:

—Es un gladius militar.

Él asintió, temiendo verse obligado a inventar alguna historia sobre aquella arma consagrada a Némesis. Sin embargo, no hizo ninguna pregunta. Marco se despojó de la túnica y recogió una de las espadas de madera del cesto.

—¿Has luchado alguna vez con lanza? —le preguntó Hermes.

—No.

Como a la mayoría de los romanos, a Marco no le gustaban las lanzas.

Era un arma extranjera, propia del enemigo, barata y efectiva. Desde las largas sarissas de los ejércitos helenísticos a las rudimentarias frameas de los germanos, su mayor alcance les otorgaba una gran ventaja frente a alguien que empleara una espada.

Hermes se revistió con la panoplia de hoplómaco para encararse a él.

Supo que iba a impartirle una clase.

—El escudo va sujeto al antebrazo mediante correas, y eso permite sostener la lanza con las dos manos —le dijo—. Perseo lo hace por el centro, como si fuera un bastón largo; así puede atacar con ambos extremos.

Entrenaron durante casi una hora.

Marco había mejorado respecto a la última vez que se enfrentó a él; sin embargo, pronto se vio superado y, con la lanza, ya no existía la excusa de que su adversario fuera zurdo. Desde joven, había creído que bastaba con rebasar la punta de un arma de asta para que esta resultara inútil. No era tan fácil. El vértice de hierro entraba y salía continuamente de tu alcance y, si se

empleaba con ambas manos, adquiría una enorme fuerza. Bastaba un pequeño cambio en la posición de las manos para que, haciendo palanca, el extremo saliera disparado de un punto a otro a una velocidad endiablada. La lanza permitía media docena de diferentes agarres y, sostenida por el centro, era posible golpear con sus dos extremos.

La actitud de Hermes se fue volviendo más agresiva; sentía cómo su irritación aumentaba. Creyó que le estaba presentando más problemas de lo esperado, y eso le llenó de júbilo.

Descubrió su error cuando recibió una tremenda estocada en el frontal del casco.

Salió despedido hacia atrás y rodó por el suelo. El impacto estuvo a punto de romperle el cuello. Aturdido, trató de despojarse del yelmo y, cuando lo logró, descubrió que, a pesar del grosor del metal, estaba abollado en su parte anterior. Hermes sostenía la mitad de su bastón; el resto, hecho astillas, estaba desperdigado por el suelo.

—Sé lo que pasa por tu mente —le dijo—. Te he visto entrenar y luchar: para que el adiestramiento sea útil, debes verlo como un combate real.

Cuanto más sudes aquí, menos sangrarás en la arena.

«No existen las armas; tú eres el arma». Recordó aquella frase que Hermes había pronunciado cuando él solo era un niño. En su fuero interno, Marco no se creía un combate con armas de madera. Para él, los entrenamientos solo eran un modo de ejercitar la técnica: a la hora de la verdad, consideraba más importantes la actitud y la sangre fría. En ese momento se sabía capaz de alcanzar un estado de furia reprimida, una tranquilidad contra natura en la que su mente, vacía de emociones, se concentraba en la lucha. El pugilato era la única disciplina de la palestra que consideraba «real»; aunque, años atrás, a causa de sus estudios en escultura, tuvo que abandonarla, por miedo a destrozarse las manos.

—¿Crees que con un rudis no es posible matar a un hombre? —Hermes recogió del suelo la espada de madera que había dejado caer y golpeó con ella un ánfora. Era enorme, con las paredes de dos dedos de grosor; estaba llena de agua: una pareja de esclavos apenas podía levantarla.

Su golpe la hizo pedazos.

El lanista le obligó a practicar con aquel bastón de punta acolchada, bajo la premisa de que, para enfrentarse con éxito a un arma, antes debía saber cómo usarla. Marco llegó a entrenar diez horas al día; sabía cuál era el motivo de aquel repentino interés por su formación. Perseo se había convertido en el héroe de moda, y Marcelo se dejaba ver a su lado. Aquella relación solo respondía a su interés por cultivar una imagen, pues, para cualquier aristócrata, el mejor modo de obtener popularidad era fingir que compartía los intereses de la plebe. A pesar de su esmerada reputación de

«hombre del pueblo», César había sido muy criticado por leer su correspondencia durante el transcurso de los juegos. Poco después del juicio, Marco se enfrentaría a Perseo; si lograba derrotarle, la imagen del heredero de Augusto se resentiría.

Eso era algo que, por algún motivo, los conspiradores deseaban.

OceanofPDF.com