Pan y circo
Capítulo XIX
A medida que la litera se aproximaba, la mansión resultaba más imponente.
Se erguía en un paseo del Palatino, por encima de una breve cortina de pinos que proyectaba una dura sombra a sus pies. Vitruvia apartó las cortinas para contemplar aquel soberbio edificio de dos plantas. Construido en sólida mampostería, blanca como los huesos de un cadáver, el sol del mediodía derramaba sobre él su luz inmisericorde, trazando duras sombras sobre la fachada sin lograr arrancarle ningún vestigio de color.
Pocos podían presumir de tener la casa de Rómulo en el vecindario.
Cuando la cesta que llevaba a Rómulo y Remo por el Tíber encalló en una cueva no muy lejos de allí, los gemelos fueron amamantados por una loba.
Roma había nacido en aquella cima, y desde entonces restauraban continuamente la choza de zarzo y paja en la que había vivido su primer rey. Con el tiempo, la primera de las siete colinas se convirtió en la residencia de las familias más opulentas y se había llenado de mansiones como aquella.
El palanquín atravesó la verja de hierro forjado; cuando sus puertas chirriaron al abatirse, los porteadores se adentraron en el patio. La editora experimentó una súbita aprensión cuando ambas se cerraron con un estruendo. El jardín estaba desierto: ni siquiera el viento mecía los árboles, como si fueran parte de un fresco. Solo oía el trinar de los estorninos.
—«De todo lo que tiene vida y pensamiento, las mujeres somos el ser más desgraciado. Necesitamos comprar un marido a peso de plata y aceptar que sea el dueño de nuestro cuerpo. Ese es el peor de los males. La prueba reside en saber si el esposo es bueno o malo, pues el divorcio no es honroso para nosotras y no podemos repudiarle. Si nuestro esfuerzo se ve coronado
por el éxito, y nuestro cónyuge convive con nosotras sin aplicarnos el yugo por la fuerza, nuestra vida es envidiable. Pero, si no, es mejor morir. Dicen que vivimos en la casa una vida carente de peligros, mientras que ellos luchan con la lanza. Necios. Preferiría tres veces mantenerme firme con el escudo que enfrentarme una sola vez al parto».
Fanio Cepión recitaba bajo la sombra de una escultura de Prometeo.
Castigado por Zeus, el titán amigo de los mortales había sido encadenado a una roca y una pareja de buitres le arrancaba a jirones el hígado para devorarlo.
—Medea de Eurípides —añadió—. Astuta, cruel, traicionera y seductora. Mujeres que no emplean la violencia, sino una manipulación sutil, despiadada, basada en fuerzas inconscientes, imperceptibles para la mayoría de los hombres…
El senador esbozó un gesto cortés; una invitación a que la acompañara.
Por un momento, Vitruvia consideró inapropiado entrar sola en la casa de un hombre. Al cabo, se apeó de la litera, sorprendida ante ese recato entre conspiradores. Las habitaciones habían sido decoradas con elegantes frescos y suelos de mosaico con teselas en blanco y negro; pilastras y frisos de alabastro, ónix y otros exóticos mármoles.
—Medea, Pandora, Helena, Circe… —murmuró Cepión—. ¿Te das cuenta de que en todas las historias la perdición siempre tiene forma de mujer?
—Tal vez sea porque las escribieron hombres —respondió Vitruvia—.
Deduzco que has leído mi Edipo.
—Y yo que has comprendido el tema que se debe tratar.
Al contemplar aquella expresión satisfecha, mezquina, casi perversa, sintió una gélida sensación en el pecho, cortante como una cuchilla. Los rumores sobre las malas cosechas habían comenzado en primavera; sin embargo, ignoraba cómo podía saber Cepión que aquel año habría una plaga, a no ser que hubiera alcanzado algún oscuro pacto con Febris. Se obligó a descartar la idea; ni siquiera él podía doblegar la voluntad de los dioses. Los acontecimientos cada vez se ajustaban más al patrón establecido por Sófocles siglos atrás, y eso solo podía deberse a la casualidad.
El senador le ofreció asiento en una sala en cuyas paredes destacaban dos grandes grifos en estuco blanco. Se sentaron en una pareja de escaños.
—Augusto se ha recuperado gracias a los cuidados de Antonio Musa.
—Cepión supo interpretar su expresión.
La editora había deseado que el princeps muriera, pues de ese modo su plan sería innecesario. Descubrir lo contrario supuso una decepción, a pesar de que no creía en la justicia poética, más allá de los poemas.
—Augusto ahora cuenta con la tribunicia potestas —dijo el senador—: investido con los poderes de un tribuno de la plebe, podrá convocar al Senado, promover leyes y vetar cualquier decisión de un magistrado.
También le han concedido el imperium proconsulare maius et infinitum sobre todas las provincias imperiales, sin límite de tiempo. A cambio, ha renunciado al consulado; a partir de ahora, no ejercerá esa magistratura. Por su parte, Agripa ha obtenido el imperium maius proconsulare por cinco años en todas las provincias imperiales. Marcelo ha sido nombrado senador y se le permitirá ser cónsul diez años antes de lo estipulado.
—El princeps ha construido los cimientos constitucionales de su monarquía —concluyó Vitruvia.
El juicio a Marco Primo había sido el desencadenante de un proceso fraguado durante años y, mientras eran testigos de un cambio sin precedentes en la historia de Roma, la atención del pueblo deambulaba entre los juegos circenses y el suministro de pan. En aquel momento, la plebe estaba dispuesta a ceder su gobierno a quien pudiera darles de comer, y solo había un hombre capaz de hacerlo. Se decía que, después de que Augusto expusiera su reforma en la Curia, uno de los senadores murmuró:
«Te respondería si pudiera».
Treinta y cuatro años antes, cuando una cruel hambruna se propagó por la ciudad, la población se congregó en el Capitolio, donde se había reunido el Senado, y amenazaron con quemarlos vivos e incendiar los templos si no les entregaban pan. Hasta entonces, Vitruvia había creído que Augusto solo sería uno de tantos «hombres fuertes» que habían dominado Roma a lo largo del último siglo: Cayo Mario, Sila, Pompeyo o Julio César. Revestido el princeps con aquellos poderes, a los que pronto se añadirían otros, la
desaparición de esa amalgama de oligarquía y democracia que había sido la República era ya irreversible.
La editora se preguntó a quien había favorecido aquella plaga.
¿Realmente creía Fanio Cepión que una obra de teatro podría darle la vuelta a la situación? ¿Cómo esperaba que el pueblo culpara a Augusto de la epidemia?
—Aunque tuviéramos éxito, durante un tiempo reinaría el caos —
masculló.
—Si tu hija enfermase, ¿dejarías de darle su medicina solo porque su sabor resulta desagradable?
Vitruvia entregó a Cepión una copia de la versión definitiva de su Edipo y se despidió de él para regresar a la litera. Mientras cruzaba el peristilo, un sonido metálico la sobresaltó y la curiosidad pudo con ella: más allá de una puerta entreabierta, vislumbró una estancia abarrotada de armas.
Al girarse, se topó con el ergastularius. Balbuceó una disculpa y atravesó la sucesión de pasillos con el hombre de piel oscura varios pasos tras ella. Deseaba acelerar la marcha, pero solo mostraría su miedo. No quiso mirar atrás. Cruzó el corredor sin dejar de observar la sombra que aquella desgarbada figura proyectaba sobre el mosaico ante ella. Oía sus pisadas, con un creciente temor que le oprimía el estómago. Casi se disponía a correr cuando halló la salida. Buscó a tientas la manecilla, mientras oía la pesada respiración cada vez más cerca. Al fin, encontró el pestillo y abrió la puerta.
El sol abrasaba, pero esta vez le resultó agradable. Caminó por el jardín sin mirar atrás y, al llegar al carruaje, comprobó que el ergastularius no había abandonado la casa. Subió a toda prisa y ordenó a los portadores que se pusieran en marcha. Solo cuando las puertas de hierro se cerraron tras ella, exhaló el aire que retenía en los pulmones. Trató de serenarse, mientras el palanquín recorría la calle hacia la vertiente sur del Palatino. Aquel repentino temor hizo que se preguntara una vez más por qué se había involucrado en aquella conspiración.
Cuando la litera pasó ante la fachada de un soberbio edificio, dejó de hacerlo. Vitruvia entrecerró los ojos al contemplar la corona de hojas de
roble colgada sobre la puerta de entrada, a cuyos lados se habían plantado un par de laureles. Aquel enorme complejo residencial distribuido en dos terrazas que asomaban por encima del valle de Murcia era la residencia de Augusto, al que, cuatro años antes, el Senado había concedido aquella corona cívica por salvar la República.
La editora apartó las cortinas para mirar hacia el otro lado, donde Livia tenía su residencia. Hacía años que evitaba aquel lugar. Recordó con aprensión su primera visita a la casa de aquella matrona que trenzaba los hilos de la República al mismo tiempo que tejía una túnica a su esposo, haciendo pasar la lanzadera con insólita destreza entre los hilos de la urdimbre.
Habían transcurrido cinco años desde que pasearon juntas por aquel jardín. Incapaz de ocultar su pasión por la horticultura, la esposa del princeps le había mostrado las especies de higuera creadas por ella, además de la receta de un bálsamo. Era octubre, refrescaba; así pues, se sentaron junto al telar, en un triclinio decorado con frescos que imitaban, con un realismo admirable, el exuberante jardín. Rodeados de verdor, los pajarillos pintados picoteaban frutos silvestres entre madroños, adelfas, cipreses y robles.
Vitruvia tomó el huso y la rueca por pura cortesía; hacía años que no hilaba.
—Desde que mi esposo vio esa escultura, me han hablado mucho de ti
—aseguró Livia—. Dicen que eres culta, refinada, inteligente… y ambiciosa.
Se refería a la Venus tallada meses antes por su hermano adoptivo, en la que ella había servido de modelo. Su esposo la había rechazado por no adecuarse a sus caprichos; Vitruvio, su padre, se vio obligado a venderla. La idea de que, en algún lugar, el dueño de la República hubiese admirado una imagen de ella desnuda le produjo una inquietud desconocida hasta entonces.
—Es un gran admirador de la belleza —dijo la noble; su boca minúscula, de labios delgados, le dedicó una sonrisa.
Vitruvia observó aquel rostro ancho y ovalado de grandes ojos negros; el parecido con Tiberio era evidente, aunque mostraba un carácter afable inusual en su hijo. Su sobria y elegante estola y la ausencia de joyas le otorgaban un aspecto regio que rozaba lo ascético. Una hermosa noble de rancio linaje, capaz de enamorar al dueño de la República. Los matrimonios entre aristócratas se adecuaban a las necesidades políticas, pero todos decían que el afecto que unía al princeps con su esposa era sincero.
—Sin embargo —añadió Livia—, mi esposo no desea tediosos cortejos ni tampoco enfados; tampoco celos o inoportunos dolores de cabeza.
Sirvió dos vasos con vino de Pucium, una selecta variedad del golfo de Trieste. La joven rehusó su ofrecimiento.
—Por mi parte, no quiero reuniones a escondidas, ni mentiras para justificar sus retrasos —declaró Livia sin más—. Si buscase una compañía para él, su relación con ella debería ser solo física. En caso de que sufriera algún retraso en… el ciclo, debería informarme cuanto antes. No es fácil encontrar a una joven que reúna todos esos requisitos. Pero, si es lista, podría sacarle partido a la situación.
Vitruvia recordó que fue su esposo quien insistió en que acudiera a aquella visita de cortesía, y se dio cuenta de que su opinión no importaba.
Sintió la angustia oprimiendo su estómago, unida a la rabia y a una amarga impotencia. Se aferró a su coraza con todas sus fuerzas.
—Por cierto —dijo Livia, haciendo la inflexión propia de quien cambia de tema—, mi marido desea construir una biblioteca junto al templo de Apolo y necesitará un proveedor.
Ignorando el comentario de su anfitriona, Vitruvia se incorporó para aproximarse a una de las mesas y tomó un retrato en encáustica depositado sobre ella. Comparó el rostro pintado en la tabla con la mujer que la observaba. Superados los treinta años, el paso del tiempo comenzaba a marcar diferencias.
—¿Qué pasaría si esa joven lograra ejercer alguna influencia sobre él?
—preguntó—. Quién sabe lo que podría susurrarle al oído en el lecho, si, además de joven, es culta, refinada, inteligente… y ambiciosa.
El rostro de la aristócrata entró en tensión músculo a músculo. Para conservar su posición en la corte, Livia alentaba la inclinación de su marido hacia las damitas bobas de buena familia. Sin embargo, no deseaba que ninguna le hiciera sombra.
—Tienes razón —respondió—. Tal vez no sea la clase de joven que busco.
A partir de entonces, las puertas del Palatino se cerraron a las aspiraciones de Tito Fabricio, y eso acrecentó su hostilidad hacia ella. Por fortuna, también le trajo la amistad de Octavia, enemiga acérrima de Livia, que tras aquel incidente decidió costear la edición de los libros de arquitectura de Vitruvio. Al fin y al cabo, la enemiga de una enemiga se convertía en amiga. Para Livia, le dijo, su éxito como editora sería un recordatorio constante de que la esposa de Augusto no era omnipotente.
La litera comenzó a descender por las escaleras de Caco. Desde allí pudo contemplar el valle de Murcia y, más allá, el Aventino. Era el décimo día antes de las calendas de julio y se celebraba la Neptunalia, los juegos en honor a Neptuno para conjurar la sequía: en el circo Máximo la plebe rugía, enardecida por las carreras de cuadrigas. Más allá del Tíber, el monte Janículo había adquirido una deprimente paleta de tonos pardos.
Días atrás, Vitruvia había decidido trasladar la mayor parte de su biblioteca a la mansión de su esposo en el Aventino, en unas dependencias adosadas al peristilo. Llegados desde Puteoli, los criados habían descargado cientos de cajas repletas de volúmenes que ahora el encargado clasificaba con minuciosidad.
—Buenos días, Anteo.
El joven liberto contempló fascinado el movimiento de los labios de Cintia al pronunciar aquellas palabras. Parecía tan sorprendido de que hubiese recordado su nombre que no acertó a responder.
—¿Te has olvidado de hablar? —le preguntó la actriz.
—No…, solo disfrutaba del momento.
Los ojos negros de Cintia chispearon al sonreír, aceptando el cumplido, y él quedó prendido de ellos. Había acompañado a Vitruvia hasta Roma para transcribir su Edipo, y la posibilidad de toparse con la actriz resultaba
alentadora, pero aquella situación no la había imaginado ni en sus mejores sueños.
—Pues deberías intentarlo más a menudo —dijo Cintia—. Me refiero a lo de hablar.
—No deposites demasiadas esperanzas en mí —respondió, dejando un manojo de rollos sobre la mesa—. Soy un tipo sin gracia que intenta parecer simpático. Solo me muestro ocurrente tras la tercera copa.
—En ese caso, tal vez debiéramos vernos en otro momento más favorable.
Por un instante, Anteo pareció considerar la idea de que todo estaba yendo demasiado bien. Las mujeres como aquella no solían interesarse por el encargado de una librería. Sin embargo, su mente debió de encontrar alguna razón que lo justificaba.
—Supongo que sería demasiado esperar que hayas venido solo a decírmelo —dijo, más animado.
—Tu patrona me ha enviado a buscar unos documentos —respondió la actriz, con un adorable mohín—. No te importará que pase, ¿verdad?
De nuevo, Anteo sopesó la posibilidad de que fuera mentira. Si no lo era, y se negaba a dejarla entrar en la biblioteca, arruinaría cualquier arrebato de afecto en el futuro. Si lo era, la dama de compañía de su patrona solo husmearía entre unos libros. En un lado de la balanza veía la posibilidad de una cita con Cintia; en la otra, la posible bronca de la editora.
Cuando la actriz ensanchó su sonrisa, hizo un gesto hacia la puerta.
Una vez dentro, su expresión se volvió vacía. Cada vez le costaba más interpretar aquel papel. Se sentía incómoda ante cualquier intimidad, aunque fuera ficticia. Anochecía, no disponía de mucho tiempo, así que trató de centrarse en lo que la había llevado hasta allí.
Observó las estanterías abarrotadas de volúmenes. Al parecer, Vitruvia había traído desde Puteoli sus legajos personales y las obras de mayor valor.
Sobre la mesa de trabajo, encontró las elegías que había compuesto. Se sentó para leer los cuatro poemas con atención. Los dos primeros describían el afecto entre dos jóvenes que se habían criado juntos; a pesar de que el argumento se desarrollaba en una esfera emocional, se intuía que alguna
barrera los separaba. No le extrañó que la editora no quisiera publicarlos; bastaba una simple firma al pie de aquellos versos para exponer en público una parte inconfesable de su vida.
La tercera elegía era un lamento ante la traición del ser querido. La infidelidad con una esclava resultaba tan desoladora como su lamento ante lo absurdo de sentirse traicionada. La desaparición del joven en el último poema, sin que se explicara el motivo, sumía a la poetisa en una amarga desesperanza, zarandeada por una amalgama de emociones a la que hacía frente con una serenidad sombría.
Sumergirse en el alma de su antigua dueña le resultó a Cintia tan turbador como verse a través de los ojos de quien había sido una hermana en todo salvo en el nombre. Se sintió una traidora. Le había causado una herida en lo más hondo y, una vez cicatrizada, la había reabierto gracias a una mentira.
Entonces, sobre la mesa encontró otro manuscrito. Una etiqueta de cuero revelaba su título: Oidipous tyrannos. Se trataba de una nueva versión del Edipo de Sófocles, traducida al latín. Cintia leyó el rollo de papiro con ojo experto.
En aquella adaptación, la obra había cambiado de forma turbadora. Se trataba de una mutación sutil, creada a partir del subtexto y las indicaciones dirigidas a los actores. El juego simbólico de la puesta en escena hacía que el original variara por completo. El reparto no se refería al protagonista con el latino rex, sino con el griego tyrannos; a pesar de que el uso de grecismos era habitual en las tablas, suponía un matiz envenenado. Edipo dejaba de ser un trágico monarca, incapaz de gobernar su destino, para encarnar a un déspota cuya ascensión al poder, mediante el asesinato, hacía que su gobierno estuviera marcado por la infamia y, a causa de ello, su pueblo fuese castigado.
El régimen de Augusto se basaba en algo vital, y al mismo tiempo intangible: el consentimiento del pueblo a ser gobernado. Y era ahí, en el campo de las ideas, donde Vitruvia parecía decidida a presentar batalla.
En los márgenes del manuscrito, había indicaciones sobre el tipo de caligrafía y, encima de la mesa, algunas muestras de pergamino de baja
calidad, propias de una edición barata, que no dejaría evidencias acerca de su procedencia. Cintia no sabía mucho sobre libros, pero dedujo que aquella edición se distribuiría de forma clandestina. La presencia de Anteo en la casa cobraba sentido; la editora necesitaba un escriba de su entera confianza. Se había involucrado en un juego peligroso, y la actriz sabía muy bien que cualquier conspiración contra Augusto o sus herederos estaba condenada al fracaso.
Llevándose las manos a las sienes, reflexionó durante un momento.
Escondió el manuscrito de Edipo y el de las elegías en el bolso. Tras despedirse de Anteo, se dirigió al peristilo, donde le aguardaba Tito Fabricio.
—¿Encontraste algo?
—Al parecer, está trabajando en esto —respondió Cintia, y le entregó un rollo—. Son unas elegías, dedicadas a su hermanastro.
Fabricio la tomó del brazo para conducirla hacia el jardín; una vez más, tuvo que acceder.
—Me intrigaba saber hasta dónde estarías dispuesta a llegar —dijo, sonriendo con satisfacción—. Nunca imaginé que fueras capaz de tanto.
Mientras sus pasos los llevaban por el camino empedrado que conducía a la salida, una amalgama de emociones vagó por el rostro de Fabricio.
Deformadas por las sombras, sus afiladas facciones mostraban una inquietante determinación.
—Necesito que hagas algo más.
Un palanquín de cedro labrado cubierto con cortinas aguardaba ante la puerta, junto a cuatro corpulentos porteadores de raza negra. En su interior, sobre el camastro cubierto de seda, había una máscara de teatro con los rasgos de Ariadna. Cintia comprendió su significado.
—Por favor —dijo, dando un paso atrás—. No puedes pedírmelo. Yo no soy tan…
—¿Tan qué? —espetó Fabricio—. ¿Es que solo lo eres un poco?
A lo largo de los últimos días, había descubierto a una mujer desconocida hasta entonces; una que apenas ponía reparo a sus deseos.
Quiso forzarla hasta el límite.
—Cintia, durante años he visto cómo mirabas al resto de las actrices —
manifestó con suficiencia—. Tú has elegido este camino, yo solo te ofrecí una oportunidad.
El comerciante de arte vio cómo la vergüenza teñía su rostro, y supo que no le culpaba a él, sino a sí misma. Un logro fraguado a fuego lento, consumado el mismo día que la forzaron. Fabricio se sentó en el borde de la litera; disfrutaba con aquella situación. No solo por ser testigo de su claudicación, sino por saberse el artífice. Decidió emplear el último recurso a su alcance:
—No querrás que le diga a mi esposa cómo conseguí este manuscrito,
¿verdad?
Cintia obedeció y se puso la máscara. Al recostarse sobre el lecho descubrió un par de argollas atadas al cabecero. Extendió las manos.
Fabricio cerró las esposas en sus muñecas. Un chasquido metálico le anunció que ya no había marcha atrás. La litera se puso en marcha por la vía que atravesaba la colina; pronto dejaron atrás el templo de Minerva.
Durante un largo rato, Cintia sintió el traqueteo, oyó el sonido de los grillos y las cigarras. Cerró los ojos e inspiró profundamente; el perfume de las sábanas enmascaraba cualquier otro olor. Más allá del tenue dosel, unos viajeros comentaron algo en un rudo acento campesino. Supo que se dirigían hacia el bosque de Simila, al sur del Aventino, y la ansiedad fue creciendo tanto como su impotencia.
De pronto, emergió un recuerdo y su cuerpo se tensó. Aquella situación le evocaba lo que había pasado hacía unos días. Cualquier estímulo arrastraba a otro como una sombra. Imágenes fugaces, emociones efímeras, que la perseguían sin que pudiera evitarlo. Como si aquella tarde hubiese quedado enquistada en su mente y fuera a acompañarla de por vida. La angustia de verse indefensa, aplastada bajo el peso de un cuerpo; una desesperación que le hizo desear que todo sucediera cuanto antes, y que ahora la avergonzaba. Hacía días que evitaba la compañía de cualquier hombre.
El palanquín se detuvo y lo depositaron sobre el suelo. El sonido de unas pisadas sobre una senda pedregosa le erizó el vello. La idea de que la
descubrieran de aquel modo le produjo vértigo. Puso a prueba la resistencia de las argollas, pero fue inútil. Inspiró de nuevo, tratando de serenarse.
Uno. Dos. Tres pasos. Las suelas de madera de un calzado femenino resultaban inconfundibles. Una delicada mano engarzada en anillos de oro apartó las cortinas para descubrir un rostro adolescente, adornado con plata y coral. Las suaves formas de su cuerpo permanecían ocultas bajo un somero traje de piel de cervatillo, decorado con trenzas de lana blanca. Su mano izquierda sostenía una varita de tallos de hinojo con una piña de pino en el extremo. El cabello caía formando una cascada oscura sobre sus hombros desnudos; reconoció a la joven que la había abordado en las termas de Marcelo, aunque, una vez más, un vago vestigio de recuerdo le dijo que la había visto antes en algún otro lugar.
Soltaron sus ataduras. Aturdida, Cintia logró ponerse de pie. Su respiración resonaba agitada bajo la máscara.
—¿Celebras los ritos de noche o por el día? —Al hablar, los ojos de la muchacha seguían fijos en ella.
Sintió su mirada reptando sobre su piel, tratando de hurgar en su alma.
El instinto le dijo qué papel debía interpretar.
—La mayoría de noche —respondió—: las tinieblas traen devoción.
—Para las mujeres, las tinieblas son engañosas y corruptoras.
—También de día se puede inventar maldad.
Era una bacante. La sacerdotisa del culto secreto a Baco. El Dionisio griego, el Hacedor de Vino, el Señor de las Bestias, el Cazador Cornudo.
Una vez confirmados sus temores, sintió que algo se encogía en su vientre.
—Acompáñame —dijo la joven—. Pronto la comarca entera danzará, cuando Bromio conduzca sus cortejos a la montaña. Allí nos aguarda el festejo femenino, lejos de telares y ruecas.
Al adentrarse en el bosque, la actriz sintió el mullido césped bajo los pies. A medida que se aproximaban, la melodía de una tibia se hacía más audible. En un pequeño claro, descubrió un tejo centenario. El rugoso tronco ascendía como una monumental columna hacia las ramas, salpicadas de pequeños frutos de un rojo intenso. En torno a él, a la luz de una fluctuante hoguera, decenas de figuras danzaban al son de las flautas y
timbales. Las mujeres, desnudas, llevaban coronas de flores y hojas de parra en los cabellos. Los hombres, ataviados como sátiros y silenos, se habían ceñido a la ingle unos enormes falos de madera de higuera. Una gran copa de dos asas pasaba de mano en mano; el aroma del incienso acrecentaba la sórdida atmósfera que los envolvía.
Era la danza de las ménades.
— ¡Evohé! ¡Evohé!
Bajo una cortina de hiedra, los aguardaba un joven con una máscara, una corona de parra y una piel de leopardo por vestimenta: Dionisio, el dios del vino, del delirio místico y del teatro. Su doctrina mistérica no solo era un culto dominado por mujeres, sino también un modo de concebir la vida.
Y para ingresar en él, había que pasar un ritual que traía consigo la revelación de una doctrina secreta.
Cintia observó la máscara de madera de olivo que, depositada sobre una columna, presidía la ceremonia. Aquellas reuniones se celebraban sin ninguna clase de distinción social; orgías en torno al vino en las que todo estaba permitido. Por ese motivo, el Senado las había prohibido más de un siglo y medio atrás: siete mil acólitos fueron llevados ante los tribunales, acusados de toda clase de crímenes. Aunque el verdadero escándalo suponía que cualquier joven de buena familia podía entregarse a una docena de esclavos. Desde entonces, los misterios báquicos se habían convertido en un culto clandestino. La fecha y el lugar de sus reuniones eran un secreto que pasaba de boca en boca entre sus acólitos.
La bacante se aproximó a Cintia para entregarle un cálamo y un papiro, en el que escribió su nombre. Vestida como Ariadna, la esposa de Dionisio, se uniría a él en una boda celebrada en el Inframundo.
—Es ciceón —la joven le ofreció la copa de dos asas—, la bebida de los misterios.
La actriz apuró el contenido de un solo trago; sabía a cebada fermentada, con cierto regusto a menta. Notó cómo su consciencia se diluía e iniciaba el descenso al Hades, llamado catábasis. A su alrededor, la música resonaba incansable, salvaje, mientras las ménades danzaban con un sensual embrujo.
La bacante extendió su mano y Cintia la tomó, tal vez por miedo a que le fallaran las piernas. Vio que la sujetaba del mentón de la máscara para conducir su boca hasta la suya. La lengua se deslizó por la abertura y luego entre sus labios; la actriz se vio envuelta en su perfume. La bebida sagrada pasó de una a otra durante un lapso eterno. En ocasiones, Cintia se había esforzado por apartar la mirada de los cuerpos de sus compañeras de reparto. Había luchado contra aquella atracción antinatural, y ahora no tenía por qué hacerlo. Se sentía liberada. Estaba sucediendo y no era tan terrible como había imaginado. Cuando la bacante se separó de ella, percibió el intenso aroma del ciceón en su aliento.
Cogidas de la mano, la llevó hasta Dionisio. Una mezcla de excitación y miedo asaltó a Cintia, tan fuerte como la droga que había ingerido.
Siguiendo la melodía de una flauta frigia, la danza se volvió desenfrenada.
—Hace miles de años, Dionisio descendió al Hades y trajo de vuelta a Ariadna —dijo la bacante—. Esta noche lo celebramos.
Una sensual ovación resonó en el bosque como respuesta a la ancestral letanía. Dionisio se acercó a Cintia y, a través del tejido, exploró las formas de su cuerpo hasta detenerse en la cintura. Ella se dejó abrazar dócilmente y su resuello se convirtió en jadeo cuando le desabotonaron el vestido. Bajo la seda, se deslizaron sus senos, rotundos sobre aquel cuerpo esbelto moldeado por la danza. Sus gruesos labios esbozaron un rictus trágico cuando las dos máscaras se tocaron y él se apoderó de ellos.
La respiración de la bacante resonaba en su oído, aquel cuerpo cálido se deslizaba sobre su espalda. Las yemas le acariciaban la piel y bajaron hacia el vientre. La respiración de Cintia se aceleró al sentir aquel suave tacto aún más abajo. Le susurraron palabras, pero no quiso escucharlas; todo su mundo se concentraba en aquella caricia. Quiso retirarse, pero su cuerpo no respondió; al menos, no del modo en que esperaba. Arqueó las caderas de forma inconsciente y una mano se deslizó entre sus piernas. Dejó escapar un gemido. Fue la señal de su rendición.
Dionisio se recostó en la hierba y ella se sentó a horcajadas sobre él.
Pronto se vio aplastada entre dos cuerpos; uno cálido y suave, a su espalda, y la firme presión de un torso masculino en el pecho. Sentía cómo su
excitación crecía con cada palpitación. Los dedos de la bacante le ayudaron a adentrarse en ella y de su boca escapó un lamento.
Con las palmas afianzadas en el suelo, la actriz puso en práctica sus clases de danza. Su melena, lacia y negra, se deslizó sobre sus hombros, mientras los pechos se mecían al ritmo de su agitada respiración. Dos parejas de manos recorrían su piel, tres cuerpos desnudos meciéndose en una cadencia compartida, en la que ella era el nexo de unión. Echó su cabeza hacia atrás y arqueó la espalda. Una boca se apoderó de su cuello y el tórrido aliento la encendió; Cintia sollozó ante aquellas manos que la hacían sufrir de placer. Sus ojos turbios la miraron salvajes por un momento antes de centrarse de nuevo en el hombre, y continuó moviendo las caderas.
Su cuerpo se zarandeaba, su expresión era una mezcla de satisfacción y agonía. Aguardó hasta sentir las sacudidas del dios que se retorcía bajo ella y le acogió en su interior con toda la intensidad del clímax.
Dionisio quedó tumbado en la hierba. Cintia se dejó caer sobre él.
Durante un momento descansaron el uno sobre el otro, con los ojos entrecerrados. La bacante le acariciaba la espalda y sus dedos mesaron el cabello que le cubría el rostro. Entonces Dionisio se despojó de la máscara.
Como había imaginado, era Marcelo.
—Nadie debe saber lo que ocurre aquí —dijo en su oído—. Ni una sola palabra a mi madre.
Durante un instante, Cintia rehuyó su mirada.
—Mi esposo no te cree capaz de guardar un secreto —dijo la bacante.
Aquella risa inocente, arrogante y seductora se convirtió en el recuerdo más nítido de aquella noche. Al fin la actriz recordó dónde había visto por primera vez a aquella joven. Fue en el teatro de Pompeyo, en primera fila, cuando interpretó a Ónfale.
Era Julia, la hija de Augusto.
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