Pan y circo
Capítulo XXIII
La monumental entrada estaba rematada por un frontón con el relieve de una loba amamantando a dos niños de pecho. Había sido construida en la base de la terraza que se extendía ante los templos de Cibeles y de la Victoria. A ambos lados de la puerta, las esculturas de otros gemelos, Cástor y Pólux, sujetaban a sus caballos por las riendas. Varrón Murena golpeó la tablazón revestida de bronce. Un individuo ataviado con pieles la abrió. Al reconocer al senador, les hizo un gesto y tomó una tea para conducirlos a través del oscuro pasillo. Marco y el resto de los gladiadores los siguieron.
La plaza construida sobre sus cabezas estaba sustentada por una sucesión de arcadas. Cuando las dejaron atrás, se adentraron en un lóbrego corredor, solo iluminado mediante lucernas depositadas en hornacinas.
Varrón Murena se detuvo.
—El resto esperad aquí. No dejéis que nadie entre —ordenó, e hizo un ademán a Marco para que lo acompañara.
Las paredes de ladrillo se convirtieron en una mohosa caverna que la naturaleza había excavado en la base del Palatino. Se adentraban en la Lupercal, en el corazón de Roma, el lugar donde siete siglos antes habían sido amamantados Rómulo y Remo, los míticos fundadores de la urbe. La gruta comenzó a ensancharse.
—Hay un pasadizo que conduce al interior de la casa de Augusto —le explicó el senador, mientras dejaban atrás a sus compañeros de escuela.
Al parecer, la revuelta solo era una distracción mientras llegaban al complejo residencial por un acceso secundario para cometer el asesinato.
¿El plan de los conspiradores era tan sencillo? Le costaba creer que Tiberio
hubiera dejado ese cabo suelto. Observó a su guía, uno de los lupercos, elegidos cada año entre los ciudadanos más ilustres de Roma. Quince días antes de las calendas de marzo, durante las Lupercales, oficiaban el sacrificio de un perro y un macho cabrío presidido por el Flamen Dialis y las vírgenes vestales. Más tarde, el colegio de lupercos desfilaba solemne por toda Roma, completamente desnudos todos. No le extrañó que simpatizaran con los conspiradores.
Por fin llegaron al fondo del subterráneo. Un imperio de ochenta millones de almas afianzado en tres continentes había nacido en aquella sombría gruta que apestaba a humedad. La cavidad natural había sido horadada para dar forma a un ninfeo rectangular con un ábside provisto de una fuente. El techo abovedado estaba pintado con escenas sobre la fundación de Roma: Eneas huyendo de Troya, Rómulo y Remo llegando hasta aquella cueva en una cesta arrastrada por el río. Hacia el fondo, un fresco mostraba el momento en que la loba amamantó a los gemelos, y ante él se hallaba el ara consagrada al fauno Luperco. Sentado sobre ella, estaba Fanio Cepión.
—Cuánto tiempo, ¿verdad?
Al girarse, Marco descubrió al ergastularius y a media docena de hombres armados. Reconoció el rostro de alguno de ellos; eran los guardianes de la hacienda. Su mirada regresó al rostro de Varrón Murena, que lo observaba impasible.
Cepión saltó de su asiento para plantarse ante él.
—¿Te has fijado en ellos? —dijo, aludiendo a la multitud que habían dejado atrás—. En el fondo, no son más que animales. Solo les interesa satisfacer sus instintos: alimentarse, conservar su miserable vida. Pero tú eres capaz de aceptar una misión suicida solo para alcanzar tu meta.
Marco reflexionó a toda prisa. Afuera, los amotinados trataban de asaltar el Palatino. ¿Sabían los conspiradores que les esperaba una cohorte pretoriana, además de los germanos?
—En realidad, tú y yo no somos tan distintos —prosiguió su antiguo legado—. Yo también estoy dispuesto a todo para satisfacer mis
ambiciones. Aunque, por desgracia, uno de los dos debe desistir. Ellos lo hacen, renuncian a su libertad a cambio de pan y circo.
El gladiador escrutó el rostro de Varrón Murena.
—Por supuesto, sabíamos de tu presencia en la casa. —Cepión fue capaz de leer su muda pregunta—. Tu hermana ha trabajado para nosotros durante todo este tiempo: ella misma te delató.
«Destruir la esperanza es lo más difícil de todo», había dicho el capataz.
Rastreó el rostro de su antiguo legado en busca de algún vestigio que delatara su mentira. No lo encontró. Sus facciones se mantenían inalterables, como esculpidas en alabastro.
—¿Por qué ordenasteis a Hermes que matara a Critias? —les preguntó.
—¿Qué te hace pensar que lo hicimos? —Al parecer, Varrón Murena rehusaba hablarle; dejaba que Cepión se recreara en su triunfo.
—Le apuñalaron en el costado derecho: fue obra de un zurdo. Solo alguien de la casa pudo hacerlo, y Hermes no acudió al juicio.
Por toda respuesta, Fanio Cepión le arrojó un amarillento rollo de papiro. Tenía manchas de sangre. Los extremos del pliego de cualquier volumen estaban sujetos a dos varas de madera. Para leerlo, había que desenrollarlo con la mano derecha mientras se recogía con la otra sobre el vástago izquierdo. Cuando se llegaba al final, se rebobinaba para volver al inicio. No lo habían hecho. Marco abrió aquel arcano libro en el mismo pasaje en el que Critias lo había dejado poco antes de morir. Estaba escrito en un dialecto griego muy arcaico, en bustrófedon:
El ciceón se elabora a partir de poleo y cebada sumergidos en agua. Sin embargo, para que la diosa nos conceda la visión, no sirve cualquier cereal: se han de examinar los cultivos y buscar manchas oscuras, a orillas de ríos o en lugares húmedos.
Durante la cosecha, las espigas muestran las puntas negras y pegajosas al tacto. Es fácil encontrarlo en campos de centeno tras una primavera lluviosa. El parásito adopta la forma de un minúsculo espolón negro que sobresale de la espiga. Se han de mezclar dos minas de grano por cada ánfora de agua.
El don que Perséfone disemina por los campos permite descender al Inframundo, pero no se debe abusar de él, a riesgo de quedar recluido en el Hades. Ya sea en forma de ciceón o en forma de harina de pan de centeno, el consumo continuado produce fiebre y visiones. El fuego del Tártaro abrasa manos y pies, y acaba sumiendo a la víctima en una inmensa agonía.
El fuego del Tártaro. Solo era una plaga nacida del centeno en terrenos húmedos; sin embargo, aquel invierno había resultado seco en extremo. Entonces recordó el dique que Cepión había hecho construir en su hacienda para anegar los campos, y el cereal que guardaba en sus almacenes. Una vez más, había tenido la verdad ante él.
Pan y circo: los dos pilares que aseguraban el control de la plebe. El plan de los conspiradores era sabotear el suministro de trigo para provocar aquella revuelta, gracias al parásito empleado en los ritos mistéricos. Critias reconoció los síntomas de la enfermedad y trató de investigar su origen en la biblioteca. Eso supuso su sentencia de muerte.
—Esa turba jamás llegará a la casa de Augusto —les dijo.
—Por supuesto que no —contestó Cepión, mientras le arrebataba el rollo de papiro—. Sin embargo, cuando los pretorianos entren en acción, me temo que la masacre será inevitable. Eso hará que la plebe descubra que está oprimida.
Una hipocresía muy propia de su antiguo legado.
—Acaba ya con esto —espetó.
—¿Matarte ahora? No. Aún tienes que enfrentarte a Hermes, lo hemos anunciado por toda la ciudad. Protagonizaréis el gran combate de esta tarde, ante toda Roma. —Cepión sofocó la risa—. Tu maestro de armas tendrá un combate fácil. En Puteoli solo venciste a unos luchadores de tercera, con el Arcadio tuviste suerte, y mataste a Perseo gracias a que amañamos la pelea.
Afróntalo: eres un fraude, Prudes. ¿Qué posibilidades tienes de ganar?
—Tal vez tenga suerte.
—Me temo que no. Correrás la misma suerte que Perseo. La misma que tu hermanastra.
Por primera vez, Marco mostró un atisbo de inquietud. Cepión no lo pasó por alto:
—Esta mañana visité a Tito Fabricio, mientras ella estaba en el teatro.
Qué fácil fue convencerle de que su esposa mantenía una relación ilícita contigo. A lo largo de los últimos días, sus reuniones clandestinas han alimentado sus sospechas, ¿sabes? Tu cuñado es muy… temperamental. Y
ella no sabe mantener la boca cerrada. Me temo que el desenlace será trágico —concluyó Cepión—. Tú morirás esta tarde. Ella lo hará en breve.
La compañía teatral desaparecerá y no quedarán testigos.
Aproximó el ajado volumen a una antorcha y el papiro comenzó a arder hasta convertirse en un montón de cenizas sobre el suelo de mosaico. El ergastularius se dirigió hacia Marco con unos grilletes de hierro en la mano:
—Las manos bien a la vista.
Marco se aproximó a él, ofreciéndole las manos. Cuando su pie izquierdo tocó el suelo, la rotación de la cadera hizo que su pierna derecha saliera disparada. La tibia golpeó al hindú en la cara externa de la rodilla; el chasquido resonó con un eco sordo en la caverna. El ergastularius se encogió de dolor. Él aferró su cabeza con ambas manos para propinarle un rodillazo en el rostro. Cogió el cuerpo inconsciente, con la nariz aplastada, y lo empujó contra los hombres de Cepión para huir.
Marco corrió por la cueva en dirección a la salida mientras ellos le perseguían. Al llegar a las arcadas, se toparon con Mucro y el resto de los gladiadores que acudían alertados por los gritos.
—¡Apresadle, es un espía! —gritó Varrón Murena—. ¡Fue él quien mató a Velox!
La noticia supuso una conmoción para los miembros de la escuela.
Vindiacos entrecerró los ojos, tal vez considerando su conversación pasada bajo la luz de aquella revelación. A su lado, Aenor aferraba con fuerza su espada. Mucro no daba crédito a lo que acaba de oír. Fanio Cepión y Varrón Murena se encontraban ya ante ellos.
—¿Es verdad lo que dice? —preguntó Mucro.
Atrapado entre los matones de Cepión y sus compañeros de escuela, Marco decidió huir hacia el frente.
—Mi nombre es Marco Vitruvio Rufiano —dijo, alzando la voz—, mensor de la Legión IX Hispana y speculator bajo las órdenes de Tiberio Claudio Nerón. Hace dos años, Fanio Cepión masacró a mis camaradas, y por ello he jurado venganza sobre esta espada consagrada a Némesis.
Fortuna y Némesis. Las estatuas de aquellas diosas se hallaban en todas las escuelas de gladiadores, y para cualquier guerrero la fides era la esencia de su código de honor. Había logrado captar su atención.
—¡Os daré veinte mil sestercios a cada uno si lo detenéis! —aulló Varrón Murena.
Eso animó a Marco a proseguir.
—Augusto sabe que Varrón Murena y Fanio Cepión pretenden conspirar contra él, y por ello han desplegado a nueve cohortes pretorianas por toda la ciudad. Su plan está condenado al fracaso. Prometo una amnistía para quien se niegue a participar en él.
Fanio Cepión les habló por primera vez:
—¿Vais a confiar en la palabra de alguien que os ha estado mintiendo durante todo este tiempo?
—Cepión ha cultivado centeno infectado por un hongo en su hacienda de Puteoli y luego lo ha almacenado en los Horrea Sulpicia —prosiguió Marco—. Ese grano adulterado es el responsable del fuego del Tártaro que ha asolado los barrios populares. Él y Varrón Murena han estado envenenando a Roma para provocar esta revuelta: la plaga no es ningún castigo de los dioses. ¡Que Júpiter disponga de mi cuerpo! ¡Que Tius y Sucellos hieran mis ojos y yo quede ciego si mis palabras no son ciertas!
Era una ordalía. Había apelado a los dioses de la ley y de la justicia, garantes de la fidelidad en los juramentos. Celtas y germanos guardaron un silencio reverente. Y al observar la expresión del resto, Marco supo que, al igual que él, habían comprendido por qué aquella enfermedad los había acompañado durante todo ese tiempo. La respuesta era el centeno: todo aquel que se alimentaba de él moría de fiebre y gangrena.
En la hacienda, los esclavos que trabajaban en la casa, y tenían acceso a los almacenes, al poco tiempo enfermaban. Más tarde, trasladaron un cargamento desde Ostia hasta los Horrea Sulpicia, tras haber chantajeado al funcionario responsable de su supervisión. Durante la travesía por el Tíber, la afección de los remeros hizo que Hermes y el ergastularius dedujeran que el capataz los había estado alimentando con el centeno infectado. Para ganarse unos denarios escatimando el trigo de sus raciones, aquel pobre idiota había puesto el plan en peligro. Previamente, Varrón Murena se había reunido con el propietario de los almacenes que albergaban el grano de los subsidios. Una vez mezclado el centeno contaminado con el trigo de los repartos entre la plebe, aquella peste se había propagado por toda Roma.
Observó a los condenados al damnatio ad ludum: nacidos en los barrios populares de la urbe, muchos habían perdido algún familiar después de que sus miembros se pudrieran entre fiebres. Todo encajaba demasiado bien como para ponerlo en duda.
La presencia de Cepión en aquella cueva no tenía sentido y, al mirar a los ojos de Varrón Murena, se dio cuenta de que él también lo sabía. El antiguo legado quiso recrearse en esa situación de poder; restregarle su triunfo por la cara. Cepión estaba acostumbrado a satisfacer todos sus deseos y, por puro capricho, él mismo le había dado la información que acababa de utilizar en su contra. Dos años antes, en Cantabria había vislumbrado aquel resquicio de debilidad; su odio hacia él le había hecho cometer un error fatal.
—Como tú declaras de viva voz, sea tu palabra derecho —recitó Mucro, haciéndose a un lado.
Marco se abrió paso entre sus compañeros de escuela. Los gladiadores formaron un muro a su espalda, impidiendo que los hombres de Cepión pudieran seguirle. Antes de irse, intercambió una mirada con Fanio Cepión y su antiguo amo. «No lo comprenden», pensó al advertir su desconcierto.
Para ellos, eran solo juguetes. Con el tiempo, de una persona no recuerdas lo que ha dicho, o incluso lo que ha podido hacer, sino lo que sientes por ella. En la memoria, las emociones son lo único real.
Atravesó la puerta, con Mucro a su lado.
—¿Tius y Sucellos? —preguntó el suburano en voz baja.
—En la Galia, los auxiliares germanos perjuraban por Tius cuando discutían por las putas. El otro no tengo muy claro quién es.
—Lárgate enseguida —masculló Mucro.
—Dentro de dos días, en la taberna El Fénix.
Se estrecharon la mano para despedirse.
Las calles se habían convertido en un campo de batalla; y el Palatino, en una isla asediada. Formando en testudo, los pretorianos impedían a los sublevados ascender por las escaleras de Caco, un angosto pasaje con apenas espacio para cuatro hombres codo con codo. En el valle de Murcia, la muchedumbre había invadido el circo Máximo y trataba de arrancar los marcadores de bronce. Lo destrozaban todo, para desahogar su furia, mientras los comerciantes, armados con cuchillos, defendían sus negocios.
Entonces oyó el sonido de las tubas.
Era la primera vez que Marco contemplaba el despliegue de dos cohortes. Siempre lo había presenciado desde dentro: el espectáculo resultaba, al mismo tiempo, terrible y fascinante. Desde el este, llegados de la vía Apia, los pretorianos formaron ante la multitud. Resonaron los cornua y, cubiertos de hierro y bronce, novecientos sesenta legionarios cargaron con un estruendo aterrador; una inmensa marea humana se precipitó en dirección opuesta. A pesar de superarlos en una proporción de diez a uno, todos buscaron refugio en los barrios bajos. Un soldado sabe que siempre tendrá a sus compañeros junto a él. Rodeados de desconocidos, los miembros de una turba no confiaban en nadie.
—¡Pan! ¡Están entregando pan! —Un joven llegó corriendo desde el otro extremo de la explanada y señalaba el templo de Ceres.
Los escasos amotinados que aún no habían huido empezaron a correr en desbandada hacia el santuario.
—¡Deteneos! —gritó el anciano que había dirigido la efímera revuelta
—. ¡Venderemos caras nuestras vidas!
Un hombretón fue el único que se molestó en contestarle.
—Lo siento —dijo—. Tengo que alimentar a mis hijos.
Marco se abrió paso a empujones hacia la falda del Aventino, tratando de no ser aplastado. Allí, los pretorianos habían formado un perímetro alrededor del templo de Ceres y, desde el podio, los funcionarios arrojaban hogazas a una ávida muchedumbre que reclamaba pan a voz en grito. Tuvo que dar un rodeo para ascender hacia la residencia de Tito Fabricio. Había visto la litera de Vitruvia marchar hacia allí poco antes de que la revuelta estallara. Esperaba llegar a tiempo.
Mecida por el traqueteo de la litera que atravesaba a toda prisa el Clivus Publicius, Vitruvia se sentía satisfecha. En las obras de mimo, el espectador rara vez debía interpretar nada. Solo eran un deslumbrante espectáculo en el que la nobleza exhibía ante el pueblo toda su opulencia y poder. Una realidad que podía ser admirada o envidiada, pero jamás puesta en duda. Tal vez, gracias a su Edipo, el pueblo comenzaría a hacerlo. En ese momento, los libelos que había editado circularían por toda la ciudad. Pasarían de mano en mano a escondidas, se harían copias clandestinas e incluso se leerían en voz alta en las tabernas. Se sentía embriagada por ese poder: publicar libros que, en lugar de dejar el mundo tal como era, lo mostraban de un modo distinto y, gracias a ello, lo transformaban.
Ya no había retirada posible. Si descubrían al autor de aquel Edipo tirano, la condena sería el embargo de bienes y el destierro, tal vez incluso la pena capital. Debía regresar a la mansión de su esposo y destruir el manuscrito original que aún guardaba en su despacho. Una vez hecho esto, habría eliminado cualquier prueba que la implicara.
Se apeó del palanquín ante el vestíbulo. Al entrar, la mansión se mostró ante ella insólitamente vacía y silenciosa, ajena al acostumbrado ajetreo.
Supuso que los disturbios habían alterado a la servidumbre. Nada más pisar el atrio, se detuvo. Sentado en un rincón, sumido en la penumbra, Fabricio la aguardaba con una copa de vino en la mano. A su lado, sobre una mesa, una jarra reposaba vacía.
—¿De dónde vienes? —La voz de su esposo resultó opaca. Sus ojos proyectaban una mirada penetrante que reptaba de un punto a otro, y a veces permanecía fija sin motivo, como si tratara de extraerle sentido a la nada.
—He ido al teatro.
—¿Eso es todo?
—Sí —respondió con cautela—. ¿Ocurre algo?
El comerciante de arte se levantó de su asiento para acercarse. Su figura a contraluz se recortó sobre la puerta. Pensaba que estaría en las exequias de Marcelo, que se celebraban en los jardines de Mecenas; su esposo rara vez dejaba de acudir a esa clase de reuniones sociales. Vitruvia escrutó su rostro, tratando de encontrar algún vestigio de emoción; al no lograrlo, su incomodidad se convirtió en inquietud.
—Empecemos de nuevo… —dijo Fabricio—. ¿Dónde has estado?
Una vez más, se preguntó por el motivo de su enfado. Tal vez había roto alguna de las tácitas normas que habían establecido y recordó las dudas que tenía sobre acudir al teatro sola. Durante años, se había resistido a dejarse amedrentar hasta el extremo de cambiar sus hábitos. Ahora se daba cuenta de hasta qué punto lo había hecho.
La idea de que su marido hubiera descubierto su papel en la revuelta que estaba teniendo lugar le aterró. Descartó la idea y atravesó el atrio. Al ver que Fabricia no estaba en su dormitorio, experimentó un sobresalto.
Había ordenado al ama de cría que, después de almorzar, la mantuviera ocupada en sus prácticas de lectura.
Tito Fabricio sonreía ante su desconcierto.
—¿Dónde está mi hija? —le preguntó.
—¿Con quién has estado?
Vitruvia le dio la espalda, ignorándole, pero una garra aferró su hombro.
Al girarse, se encontró ante una expresión de odio que jamás había visto.
—¿Adónde crees que vas? —Fabricio trató de arrastrarla hasta el peristilo. Esperaba una súplica y solo halló desprecio. La observó detenidamente con una mueca de asco—: Virtuosa, elegante, culta… —
espetó—. Y, en el fondo, eres como Cintia. Capaz de cualquier cosa.
—La manipulaste —susurró ella entre dientes.
—Jamás la obligué a nada —respondió el comerciante de arte, recuperando la compostura; había visto una debilidad—. No sé qué te habrá
contado acerca de esas representaciones privadas que tú rehuías por decencia… Pero te aseguro que Cintia sabe emplear muy bien sus armas.
Cuando Fabricio deseaba algo de un magistrado, se reunía con él acompañado de alguno de sus actores. Los senadores se mostraban encantados de mostrarse en público en compañía de las celebridades y, si eso no bastaba, hacía que sus obras respaldaran sus maniobras políticas.
Aristócratas de provincias deseosos de empaparse del hechizo de Roma a los que invitaba a cenas y a representaciones teatrales hasta doblegar sus deseos. Su compañía de teatro no era más que un refinado prostíbulo, y el escenario el mejor modo de exhibir su mercancía. Su elenco de actores abarcaba todos los gustos imaginables; del mismo modo que averiguaba las preferencias de sus clientes en materia de pintura, era capaz de intuir otra clase de apetitos. Fabricio podía hacer realidad cualquier fantasía: ahí residía su éxito. Al darse cuenta de que su esposa lo sabía, se apresuró a continuar:
—Siempre supe que, tras esa máscara de muchacha ingenua, era capaz de cualquier cosa. Incluso entregarme el manuscrito de «tus» elegías. —
Puso especial énfasis en aquellas palabras—. Tu «hermana» tiene un cuerpo precioso, pero al final es como todas.
Era la primera vez que pronunciaba esa palabra en voz alta. Aquel parentesco era una verdad tan obscena y evidente como lo que, durante años, había sucedido sin que ella se diera cuenta. Abrumada por las consecuencias de lo que había propiciado al traer a Cintia a la casa, un repentino dolor le atenazó el pecho. Una clase de dolor que jamás había esperado sentir y cuyo nombre ni siquiera su mente se atrevía a dar forma.
Su hermana. Por primera vez, esa palabra estaba impregnada de un sentido de posesión que, hasta entonces, solo había sentido hacia Marco. Su hermana. Era incapaz de asumir que la había perdido: Tito Fabricio se la había arrebatado. Una vez muerto Marcelo, Cintia no tendría más alternativa que prostituirse para su esposo.
—¿Dónde está Fabricia? —le preguntó.
—No voy a tolerarte ni una humillación más —espetó él—. Siempre me has mirado con desprecio. Lo he soportado, incluso he intentado ser bueno
contigo…, pero se acabó. Arruinaste mi oportunidad de obtener el favor de Augusto con tu hipócrita farsa de decencia, y ahora compartes lecho con tu hermano a mis espaldas.
Solo entonces comprendió. Su marido odiaba a Marco de una forma enfermiza; años antes, le había roto la mandíbula, y era incapaz de olvidarlo. Hasta entonces, nadie le había puesto la mano encima: Fabricio sentía miedo de él, y por eso le odiaba. Ahora proyectaba todo ese odio hacia ella. La revelación de que aún seguía vivo y compartían lecho era como si Marco hubiese regresado de la tumba para infligirle la peor de las ofensas.
—Te quise a mi lado para cultivar mi imagen —concluyó Fabricio, con la voz envenenada—. Para que me dieras un hijo varón que jamás me has dado. Para ganarme el favor del princeps… Ahora que, gracias a tus elegías, he ganado prestigio, ya no me sirves de nada.
—Si le has hecho daño a mi hija, haré que te maten.
Fabricio se aproximó a ella para aferrar su rostro con violencia. Al descubrir la demencia en sus ojos, la editora sufrió un temblor en las piernas y, por primera vez, sintió miedo. Anteo llegó corriendo desde el corredor, alertado por una de las doncellas.
—¡Detenedle! —gritó el dueño de la casa—. ¡Haced lo que os he ordenado!
El mayordomo y una pareja de sirvientes sujetaron al escriba para golpearle. Los criados, que hasta entonces habían aguardado en las dependencias, entraron en la biblioteca de Vitruvia y comenzaron a vaciar las estanterías. Hicieron pedazos los volúmenes, apuntes y legajos para amontonarlos en el suelo del peristilo.
—¡No! —Vitruvia trató de impedirlo, pero su esposo la retenía con fuerza.
Incapaz de zafarse de él, extrajo fuerzas de su desprecio y le sostuvo la mirada; algo que no hizo más que acrecentar su ira. Fabricio la aferró del pelo para obligarla a contemplar cómo los sirvientes desgarraban los rollos de papiro y los arrojaban sobre el empedrado del patio.
Los libros son pensamientos plasmados; ideas que adoptan una forma física; la respuesta a cientos de preguntas y, en ocasiones, el vestigio de una emoción sentida. Huellas del pasado y esperanzas de futuro, son parte de una cadena de sucesivas copias, que, una vez rota, desaparecerá para siempre. Vitruvia había dedicado una década a reunir aquella colección de volúmenes que ahora, uno tras otro, su esposo destruía ante sus ojos.
Aquellos manuscritos llenos de poemas que había compuesto eran una parte de sí misma que jamás recuperaría.
Uno de los criados llegó con una tea, y entonces la montaña de papiro comenzó a arder. A medida que las llamas crecían, aumentó su impotencia; derrotada, Vitruvia dejó de debatirse y cerró los ojos, para no ver cómo aquella parte de sí misma, que había creado, conservado y dado forma, perecía.
—¿Qué has hecho con Fabricia? —preguntó, con la voz hecha añicos.
Fabricio la observaba, asqueado. Entonces resonó un estruendo, seguido de un entrechocar de armas y corazas. Una docena de pretorianos entró en el peristilo y la servidumbre se apartó a su paso. El comerciante de arte debió de comprender el motivo de aquella repentina visita y esbozó una mezquina sonrisa de satisfacción: al parecer, alguien le iba a ahorrar el trabajo sucio. Arrojó a su esposa al suelo y se alejó de ella.
Sin embargo, los soldados le rodearon para inmovilizarle. Sus criados, al verlo, dieron un paso atrás. Vitruvia observó con desconcierto cómo se llevaban a rastras a su marido, mientras él gritaba protestas y amenazas, recordándoles cuál era su rango. Antes de que abandonaran la casa, se desgañitó para hablarle:
—¿Dónde está mi hija?
Una de las doncellas trató de tranquilizarla:
—Señora, hace unas horas Cintia se la llevó. Dijo que se lo habíais pedido.
De rodillas, Vitruvia se llevó las manos al rostro y le dio gracias a los dioses, inspirando varias veces para ahogar su ansiedad. A su lado, las llamas de la siniestra pira se alzaban por encima del techo del compluvio.
Corrió hacia el fuego para intentar salvar algunos legajos, aquellos de los
que sabía que no había copias. Sentía cómo el calor le abrasaba las manos y el asfixiante humo la impedía respirar. La doncella la aferró del brazo para tratar de impedírselo, pero fue incapaz de detenerla.
De súbito, otras manos la sujetaron, la alzaron en vilo y la llevaron a rastras hasta el pórtico. Vitruvia jadeó entre toses y descubrió que el fuego había hecho que le salieran ampollas en las manos. Al levantar la vista, se encontró ante el rostro de Marco.
—¡Apagad el fuego o se propagará por toda la casa! —Ante aquella autoritaria voz de soldado, la servidumbre corrió hacia el impluvio para llenar cubos de agua.
—¡Anteo! —chilló Vitruvia.
El liberto yacía en el suelo, con la espalda apoyada en una de las columnas del pórtico. Tenía una mano en el costado y entre sus dedos manaba sangre a borbotones. Un cerco de un rojo oscuro se extendía por su túnica: alguno de los criados lo había apuñalado. Marco lo recogió del suelo para cargar con él y, tomando a la editora del brazo, atravesaron el vestíbulo de la casa. Debía ir hasta el barrio etrusco, no muy lejos de allí. Con suerte, aún estarían a tiempo de detener la hemorragia.
Vitruvia se dejó llevar sin oponer resistencia, incapaz de reaccionar. Las calles eran un caos, nadie sabía a ciencia cierta qué sucedía. Las noticias llegaban desde todas partes y corrían por la ciudad de boca en boca; algunas, magnificadas por la euforia, aseguraban que la plebe había ascendido por el Clivus Palatinus hasta llegar a las puertas de la casa de Augusto. Otras, espoleadas por el terror a la guardia pretoriana, hablaban de una masacre; el resto elogiaban el inesperado reparto de pan del cuestor ostiense.
Al norte del Palatino, una multitud surgió de la Suburra y el Argileto para invadir el foro Romano. Una cohorte de pretorianos descendió desde el Capitolio y, en esos momentos, defendía el templo de Saturno, que albergaba el tesoro de la República, y trataba de expulsar a los sublevados de la Curia y las basílicas. En la vertiente oeste de la colina en la que había nacido Roma, la protesta había degenerado en un sinfín de saqueos en los comercios del Velabro. Los pretorianos y las cohortes urbanas no se
atrevieron a desplegarse por las estrechas callejuelas y decidieron avanzar por las principales arterias hasta el foro Boario. Allí, el teatro de madera se había convertido en una gigantesca pira cuyas llamas amenazaban con extenderse a los bloques de viviendas.
Al sur del Palatino, ante la residencia de Augusto, yacían casi un centenar de cuerpos sin vida, y la mujer que Marco tenía a su lado era, en parte, la responsable. Lo había planeado todo de una forma fría y calculadora, junto a Fanio Cepión, el hombre al que más odiaba.
El cuerpo de Anteo le resultaba cada vez más pesado y tuvo que detenerse un momento para descansar. Vitruvia sostenía un pedazo de tela para taponar la herida mientras el rostro del escriba, perlado de sudor, palidecía por momentos.
—Lo siento —les dijo—. Solo quería ayudar.
—No pasa nada —respondió ella—. No te preocupes, te pondrás bien.
Parecía ausente, narcotizada por el dolor. Marco era incapaz de imaginar cómo aquella muchacha que conoció en el pasado había podido cambiar tanto. Aunque quizá solo se engañaba a sí mismo y siempre había sido así.
Ante ellos, un grupo de exaltados incendiaba el comercio de una familia de libertos de origen griego. Un matrimonio de mediana edad recibía patadas mientras yacía en el suelo. Alguien llevó a rastras a su hija de doce años hacia un callejón contiguo, y pudieron oír sus gritos. Una antigua ley prohibía matar a una mujer si era virgen.
Reanudaron la marcha para entrar en un portal y se apresuraron a subir las escaleras, dejando tras de sí un reguero de sangre. Anteo apenas podía mover las piernas, así que tuvieron que llevarle en brazos.
—Lamento ser una molestia —murmuró.
Una vez en el cuarto piso, Marco llamó a una puerta. Niñato, espada en mano, apareció en el umbral y, al descubrir al herido, les indicó que le acostaran sobre un camastro. Herennia salió de una de las habitaciones y trató de ayudarlos.
—¿Cómo está Mucro?
—Ha huido a la Suburra, para refugiarse en el collegium —respondió Marco—. Nos reuniremos con él en El Fénix. Disculpa por todo esto.
El joven médico hizo un gesto a Vitruvia para que desgarrara las sábanas. Sobre el colchón comenzaba a extenderse una mancha oscura.
—No importa —dijo Herennia—. Tus amigos me lo explicaron.
Había pedido a Niñato y Annio que la retuvieran allí hasta que todo terminase. Tal vez aquella historia sobre una conspiración en ciernes le hubiera parecido extraña; en ese momento, bastaba con asomarse a la ventana para convencer a cualquiera.
La editora seguía rasgando la tela a toda prisa para hacer vendas, hasta que la mano de Niñato la detuvo.
—Déjalo, ha muerto. No podemos hacer nada más por él.
El rostro de Anteo estaba pálido y tenía la boca entreabierta, como si quisiera pronunciar una nueva disculpa. Sus ojos abiertos contemplaban la mugre del techo: sería el último recuerdo que se llevaría de este mundo.
Marco se volvió hacia su hermanastra.
—Tenemos que hablar en privado —dijo al resto.
Llevó a Vitruvia hasta un dormitorio y cerró la puerta tras él. Solo había una pequeña ventana y la estancia permanecía en penumbra. Cubierto de hollín y salpicado de sangre, el vestido azulado de la editora reflejaba la escasa luz que atravesaba las cortinas. Intentaba limpiarse la sangre de Anteo de las manos, llenas de llagas a causa del fuego.
—Lo lamento —dijo Marco.
Ella iba a darle las gracias cuando su voz la detuvo.
—Es una pena que no hayáis alcanzado vuestro objetivo —añadió—.
Utilizar a toda esa gente como carnaza no os ha servido para nada.
Hablaba sin prisas, mirándola a los ojos, a la espera de un paso atrás.
Pero ella se mantuvo firme, sin apartar la vista. Una hora antes, Cepión le había dicho que supieron de su presencia en la escuela gracias a ella. Se había negado a admitirlo; sin embargo, era la única persona con la que el noble estuvo en contacto y que lo supiera.
—¿Cuándo me delataste?
—¿Qué?
—¿En qué momento le dijiste a Fanio Cepión que seguía con vida, en la casa de Varrón Murena?
—Jamás hice tal cosa —masculló entre dientes. Tomó un trapo húmedo del aguamanil y comenzó a frotarse las manos. Solo logró extender aún más la sangre.
—Entonces, ¿por qué te uniste a la conspiración?
Marco había escrutado su expresión, atento a la emoción que debía transmitir. Elaborar una mentira requiere concentración, lo cual restaba expresividad al gesto. Aquella sutil crispación en las cejas resultaba casi imposible de fingir. A no ser que fuera una mentirosa consumada.
—¿Por qué lo hiciste tú? —preguntó Vitruvia—. ¿Qué te ha llevado a trabajar para Augusto?
Fría, como la náyade de un lago helado. Solo había destilado un ápice de emoción al pronunciar aquel nombre, y era puro odio.
—Tu amigo Fanio Cepión trató de matarnos en Cantabria —respondió Marco—. A mí y a mis camaradas. Organizó una emboscada para asesinar al líder de la insurgencia y así prolongar la guerra. Se trataba de un lucrativo negocio para sus sociedades de publicanos. Muchos de mis compañeros de la Novena murieron. ¿Es que no lo sabías?
—Sabía que los publicanos tramaban algo —admitió—, pero ignoraba que Fanio Cepión estuviera implicado.
Pudo percibir su desconcierto. Resultaba creíble, a pesar de todo.
Cepión había recurrido a hombres de paja para dirigir su entramado de empresas, títeres de clase ecuestre que solo obedecían sus órdenes. No existía ningún documento que lo incriminase. Incluso a Tiberio le resultó imposible demostrar su conexión con esas sociedades.
—En su hacienda, Cepión ha cultivado centeno infectado con un parásito —prosiguió—. Lo almacenó en los Horrea Sulpicia para mezclarlo con el trigo de los repartos de pan. Eso ha sido el causante de la plaga que ha asolado Roma. Gracias a ello, y a tu obra de teatro, ha logrado desencadenar una revuelta. Tu talento ha servido muy bien a sus propósitos.
Al verla manosear aquel trapo teñido de sangre, supo que al fin había logrado hacer mella en su coraza. Decidió abrir una fisura en cuanto
pudiera.
—Tú… te aprovechaste de Cintia —masculló Vitruvia con desprecio.
—Tu esposo hizo que violaran a tu hermana porque quería abandonar su protección —espetó—. ¿Tampoco lo sabías? Tal vez estabas demasiado ocupada reuniéndote con conspiradores.
Vitruvia se sentía ofuscada, incapaz de pensar con claridad. ¿Por qué le había mentido Cintia? ¿Por qué se había llevado a su hija? Sabía que la actriz había recibido una oferta para trabajar para Apio Valerio, el promotor cultural de Agripa, rival de Tito Fabricio. Tras interpretar a Ónfale, su fama había aumentado, y sin duda su esposo quería tenerla bajo control, antes de que algún otro protector le desbancara. Abstraída, la editora empleó su vestido para tratar de librarse de la sustancia pegajosa que aún tenía en las manos. Marco la aferró del brazo y señaló hacia la puerta.
—Pues bien, mira a tu liberto —masculló—: ahora tú también sabes lo que es matar a alguien. ¿Estás satisfecha?
La editora se zafó de él para gritarle a la cara:
—¡Augusto es un tirano!
—Demasiado odio hacia alguien con quien has compartido tanto —
respondió Marco, dejando que saliese a la luz su propia inseguridad—.
Cualquier medio es lícito para sacar tu negocio adelante, ¿verdad?
Ante aquellas palabras, Vitruvia guardó silencio. Intuyó un temblor en sus labios, y de nuevo esa crispación en las cejas. Hubo un leve estiramiento en el cuello, cuando tensó la quijada. De repente, le cruzó la cara de una bofetada.
—¡Cabrón! ¿Eso piensas de mí?
Le dio otro manotazo. Apenas pudo detenerla cuando se disponía a pegarle de nuevo. Aferró con fuerza sus muñecas y ella trató de zafarse de él. Aplastada contra la pared, su delgado cuerpo forcejeaba. Jadeando, Vitruvia apoyó la frente en su pecho y comenzó a sollozar de impotencia.
—¿Cómo has podido? —murmuró—. Hijo de puta.
La abrazó mientras ella aún trataba de golpearle. Le acarició el pelo rizado a la vez que ella le insultaba en voz baja. Le susurró al oído, tratando de tranquilizarla. Sintió la humedad de sus mejillas y el fresco perfume de
rosas; sus piernas temblaban. Habían permanecido ligados durante años, tras haberse condenado a sí mismo, y aquel destierro solo le había llevado hasta esa habitación. Esa certeza le hizo olvidarse de todo, salvo de lo que en ese momento sentía.
Comenzó a besarla; por un instante, creyó que iba a abofetearle de nuevo. Vitruvia le aferró del cuello y sus bocas se buscaron a destiempo, con urgencia, mientras el abrazo que los unía se volvía violento. Se detuvieron durante un instante, mirándose a los ojos. No se atrevían a ir más allá. Marco comenzó a desabotonarle la túnica, atento a su reacción, temeroso de que el momento se esfumara, como tantas veces. La ropa cayó al suelo con un murmullo y su melena oscura se derramó sobre su rostro.
Ella la recogió hacia un lado y dejó que se adueñara de su cuello. Se estiró como una gata al sentir sus labios deslizándose por la garganta y su respiración agitada se convirtió en jadeo. Entornó el rostro y, al encontrarse con su mejilla, depositó un beso sobre la cicatriz que nacía en la frente y llegaba a la mandíbula.
Se dedicaron a reconocerse, a explorar viejos rincones que ya conocían, aunque jamás con el tacto. Vitruvia cerró los ojos para recrearse en el sabor de su boca y dejó que la pasión contaminase aquel instante hasta convertirlo en el acto de entrega de quien busca una segunda oportunidad. Marco abrazó su cintura para recostarla en el lecho y quedó de rodillas ante ella, inmóvil, admirando su cuerpo desnudo, como si no acabara de creérselo.
Apoyada en los codos, un destello de pudor hizo que Vitruvia mirara hacia abajo. Supo que al fin iba a ocurrir. Regresó a sus ojos, para fulminarle con una mirada profunda, cargada de intención, y él se despojó de la túnica. Vitruvia extendió los brazos por encima de la cabeza y, al tumbarse, sus breves pechos quedaron aplastados. Arqueó las caderas para mostrarle el camino que debía seguir. Cuando se tumbó sobre ella, la pelvis salió a su encuentro para recibirle y su voz estalló en un lamento. Aquel frágil cuerpo aceptó la invasión abrazándole con fuerza; era un momento ansiado, inevitable. Entonces clavó los ojos grises en él y le susurró
«dímelo» al oído. Marco no pudo negarse y se desnudó de nuevo ante ella.
No volvieron a intercambiar palabras. Todo lo que necesitaban decirse lo transmitieron con caricias y miradas. Vitruvia alzó las piernas para abrazar su cintura mientras él se movía sobre ella, con las palmas hundidas en la cama, viendo cómo sus pechos vibraban con los empujes. Ella se mecía bajo él, despacio, mientras le recorría la espalda con las manos. Las sonrisas se diluyeron a medida que llegaban hasta el final. Vitruvia ahogó un grito, sus piernas se crisparon y apenas pronunció un gemido que se quebró, convertido en llanto. Se dejó caer hacia atrás y quedó tendida en el lecho con los ojos cerrados y la respiración entrecortada.
Marco se hizo a un lado, para no aplastarla, y ella apoyó la mejilla en su pecho. La mano izquierda recorrió el hombro desnudo como si quisiera memorizar su forma. Sentía la caricia de su pelo y los latidos sobre el pecho, hasta que la respiración sosegada le dijo que dormía. Apartó con delicadeza el viejo mechón rebelde de su frente y vio que el rostro de la joven había recuperado la inocencia perdida. Aquel instante parecía extraído de una vida distinta; el tiempo no existía sin la luz del sol que se lo recordara. El mundo se había vuelto un lugar más hermoso. A lo lejos, les llegaba apagado el rumor de la multitud que abarrotaba el anfiteatro erigido en el foro.
Eso le hizo recordar.
Se levantó en silencio para escudriñar a través de las contraventanas.
Los pretorianos patrullaban las vías más transitadas mientras la población se apresuraba a regresar a sus hogares. El plan de los conspiradores había fracasado. Tiberio había recurrido con acierto a la estrategia del palo y la zanahoria: dio a elegir a la plebe entre pan gratuito o enfrentarse a las cohortes pretorianas. Para la mayoría, la decisión resultaba obvia.
El pequeño ejército de Varrón Murena se había disuelto y todo había terminado con el fallido asalto al Palatino y una sucesión de saqueos. Los idealistas y los desposeídos en busca de justicia habían sido reemplazados por criminales, ajustes de cuentas y el odio desatado hacia los extranjeros.
Esto hizo que los comerciantes y pequeños propietarios vieran la revuelta con más hostilidad; supieron que era preferible un tirano a la anarquía.
Sin embargo, Marco no dejaba de preguntarse una cosa: ¿por qué no le habían matado cuando tuvieron la oportunidad? ¿Por qué Fanio Cepión y Varrón Murena querían que luchara contra Hermes esa misma tarde? Hasta entonces, la elección de sus adversarios no había sido casual, siempre había respondido a una lógica retorcida. Varrón Murena le había emparejado con el Arcadio, dando por perdido el combate, para no sacrificar a un gladiador valioso, y su victoria amañada contra Perseo había servido para menoscabar la reputación de Marcelo. El regreso de Hermes a la arena y su combate con él también debían albergar una intención oculta.
Observó la ropa desperdigada por el suelo, manchada de hollín. Las tablillas con el mensaje que había arrebatado a Velox se habían cuarteado por el fuego, cuando sacó a Vitruvia de la hoguera. Las recogió para abrirlas: parte de la cera se había derretido, dejando a la vista unas letras labradas en la oquedad de la madera. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Tomó un cuchillo y raspó la película de cerumen sobre la que se había escrito en clave «Edipo». Bajo ella, había un texto griego sin cifrar.
Oidipous solo había sido un precinto: el verdadero mensaje estaba oculto bajo él, e iba dirigido a Marco Primo. Describía el plan de los conspiradores, punto por punto. Hablaba de la sublevación de las provincias de Oriente, de sus negociaciones con los partos, de la revuelta en Roma causada por el centeno infectado… y del intento de asesinar a Augusto en el transcurso de unos juegos.
«¿Crees que con un rudis no es posible matar a un hombre?». Recordó las palabras de Hermes, el día en que hizo pedazos una enorme ánfora con su espada de madera. No era difícil imaginar qué pasaría si se tratase de una persona: un tajo como aquel bastaría para destrozarle el cráneo. Todo estaba claro. No había entendido los motivos de Varrón Murena para participar en la conspiración, pero el modo en el que pretendían asesinar a Augusto era muy simple.
Nadie podía acercarse a menos de cien pasos de Augusto con un arma.
Así que Hermes acabaría con su vida con la espada de madera que él mismo le entregaría. En el fondo, Marco y él no eran tan distintos: a ambos les movía la venganza. Cepión también había actuado a tercera intención.
Primero, organizó la obra de Edipo para desencadenar aquella revuelta y asaltar la casa de Augusto. Gracias a ello, esperaba una masacre que aumentaría el odio de la plebe. Esto allanaría el camino para su auténtico objetivo: asesinar a Augusto en el palco del anfiteatro, ante los ojos de todos.
Y él era el único que podía evitarlo.
Contempló a la mujer que aún dormía en el lecho. El cabello rizado le cubría el rostro y sus pequeños pechos se mecían al ritmo de una plácida respiración. Una voz en su interior le dijo que debía olvidarse de todo y acostarse de nuevo a su lado. Durante años, había deseado que llegase ese momento, y al fin había sucedido. No debía arriesgarse a perderlo todo para salvar la vida de un tirano. Si arrojaba las tabillas de cera al brasero, nadie sabría jamás que había estado al corriente. Nadie podría echarle nada en cara.
Nadie, salvo él mismo.
¿Cuál era la causa por la que luchaba? Llevaba años haciéndose esa pregunta, sin hallar una respuesta. Se dijo que, a pesar de todo, Augusto hacía algo por el pueblo, aunque lo mantuviera sumido en una deprimente rutina de entregas de pan y espectáculos. El padre carnal de Marco había jurado lealtad a Julio César, y él mismo lo había hecho con su heredero.
Pero eso no bastaba para justificar ese irracional impulso de arriesgar su vida de nuevo. Tampoco lo hacía la posibilidad de que la muerte de Augusto cambiara la situación en Roma: si era asesinado, Agripa se haría con el control del ejército y regresaría a la capital ostentando sus nuevos poderes extraordinarios. En el fondo, Fanio Cepión era un iluso al pensar que el fin último de su plan, que el Senado recuperara su antiguo poder, tenía alguna posibilidad de éxito.
Recordó lo que se dijo a sí mismo, aquella misma mañana, poco antes de abandonar la casa de Varrón Murena: lo que realmente distinguía al soldado era la capacidad de cumplir con su deber, sin necesidad de comprender el porqué de sus actos.
Y quien ha sido soldado jamás deja de serlo.
Se vistió en silencio para salir del dormitorio y cerró la puerta tras él.
Niñato había adecentado el cuerpo de Anteo, ayudado por Herennia. No le preguntaron nada sobre lo ocurrido dentro del cuarto. Afuera, resonó el griterío de la muchedumbre, cuando un gladiador recibió el golpe fatídico.
Enfervorecido, el público gritó: « ¡Habet! ».
—¿Hace mucho que empezaron? —preguntó.
—A la hora sexta, hacia el mediodía —dijo Niñato—. Ya es la hora décima, y los combates parecen a punto de finalizar.
Y, como plato fuerte, Hermes lucharía al final: apenas faltaba una hora.
Aún estaba a tiempo de impedirlo. Se ciñó un puñal a la cintura, bajo la túnica, y se apresuró a salir a la calle.
—Cuidad de ella —les dijo, señalando la alcoba.
Recorrió el Velabro a toda prisa, para dirigirse hacia el foro. El anfiteatro aún mostraba huellas de los desórdenes, pero Augusto no había interrumpido las exequias en honor a Marcelo; habría supuesto reconocer el descontento de la plebe. El mejor modo de minimizar lo sucedido era no alterar el programa.
Se adentró en los accesos del edificio en dirección al palco, donde una veintena de pretorianos montaban guardia. Marco se presentó ante el centurión.
—Tengo que reunirme con Tiberio.
El aludido, de rango ecuestre, esbozó una mueca sarcástica. Con la túnica manchada de hollín y sangre, el aspecto de Marco no era el propio de alguien que frecuentara la compañía del hijo adoptivo de Augusto.
—Tiberio no ha acudido a los juegos —respondió, lacónico.
—He de hablar con Augusto —dijo, señalando el palco—. Tenéis que dejarme pasar.
Los soldados se interpusieron en su camino. Era frecuente que la plebe tratara de llegar hasta el princeps, o a algún destacado miembro del Senado, para atosigarle con toda clase de peticiones.
—¡Pretenden asesinar a Augusto! —gritó—. ¡Debo avisarle!
Los pretorianos rieron ante aquella ocurrencia: en torno al auditorio, se habían desplegado dos cohortes. Sin duda, habrían oído excusas más
imaginativas para tratar de acceder al dueño de la República. Desesperado, Marco se dio cuenta de que jamás podría avisarle del peligro. El sol se aproximaba a la cumbre del Janículo: la última serie de combates iba a comenzar. Si trataba de buscar a Annio o algún otro hombre de confianza de Tiberio, no llegaría a tiempo de evitar que Hermes subiera al palco.
Entonces, uno de los soldados pareció reconocerle:
—Pero si es Prudes… —repuso, sarcástico—. ¿No deberías estar preparándote para luchar contra Hermes?
—¿Eres Prudes? En ese caso, podrás ver a Augusto —dijo el centurión
—. Es decir, si antes vences a Hermes…
Los pretorianos estallaron de nuevo en carcajadas. Gracias a ello, Marco imaginó que nadie había apostado ni siquiera un as por él. No obstante, eso le mostró la única alternativa que tenía ante sí, si deseaba impedir el magnicidio.
—Tienes razón. —Marco regresó al corredor, en dirección a los subterráneos.
El clásico murmullo del hipogeo antes de los combates se esfumó con su llegada. A medida que recorría el oscuro corredor, los púgiles sentados a ambos lados se giraron para observarle. Él se despojó de la túnica y comenzó a ajustarse la manica en el brazo izquierdo. Las correas no se ceñían bien en el otro costado, por lo que uno de los asistentes tuvo que ayudarle. Hermes le observaba con atención, revestido con la panoplia de tracio y con el yelmo sobre el regazo. Marco trató de ocultar el temblor de las piernas cuando se ajustó la greba en la espinilla. Uno tras otro, los gladiadores subieron a los elevadores que los llevarían a la pista, donde vociferaba la multitud.
Al fin se quedó a solas con Hermes.
—¿No quieres saber por qué lo hago? —preguntó el ilirio.
—Augusto mató a tu familia, arrasó tu ciudad y esclavizó a tu gente —
respondió Marco—. ¿Cómo descubristeis que yo era un espía?
—Velox tenía que entregar el mensaje en una mansio a cinco millas de Roma. Hallaron el cadáver quince millas más allá, siguiendo la vía Salaria.
Debisteis averiguar los detalles de su misión antes de acabar con él.
Esa revelación confirmó lo que ya sabía y más le importaba.
—Si logras tu objetivo, sabes lo que te harán, ¿verdad? —le preguntó.
Hermes no se molestó en contestar. El tormento por el que había pasado el capataz no sería nada comparado con lo que le aguardaba en caso de asesinar al dueño de la República.
Descubrir que iba a luchar contra un hombre dispuesto a todo añadió una nueva inquietud al tener que enfrentarse a alguien que ya era un ídolo en la arena cuando él jugaba con espadas de madera. Un hombre sin esperanza no conoce el miedo. Y tras su reencuentro con Vitruvia, él tenía demasiado que perder. Aunque eso también le daba motivos para buscar la victoria.
Uno de los asistentes llegó para avisarlos de que había llegado su turno.
Ambos subieron a las plataformas y comenzaron a ascender; cuando las portezuelas se abrieron sobre sus cabezas, un torrente de luz cayó sobre ellos. Diez mil gargantas rugieron al verlos. Marco trató de olvidarse de todo. Se encaminaron hacia el summa rudis, que los aguardaba con su largo bastón en las manos.
—Ya conocéis las reglas —dijo, lacónico.
Tuvo que leerle los labios bajo el bramido del público. La advertencia iba dirigida a él; su combate con Perseo había dado que hablar y, aunque su agresividad le había reconciliado con la plebe, pocos árbitros simpatizaban con un luchador que se saltaba las normas.
Solo le faltaba tener al juez de arena en su contra.
Mientras se dirigía hacia su marca, Marco sintió una súbita sequedad en la garganta. Los asistentes exhibieron carteles con sus palmarés. No quiso leerlos: el contraste resultaba despiadado. Puso el pie izquierdo sobre la línea de cal y, al cabo, lo sustituyó por el derecho.
Había empezado con mal pie.
Un diestro no estaba acostumbrado a luchar contra zurdos, aunque para un zurdo era habitual enfrentarse a diestros. «Si la vida te golpea, también te empuja en una dirección». Con la mano derecha inútil, apenas capaz de sujetar el escudo, Marco tuvo que aprender a emplear la otra; de ese modo,
esperaba anular aquella ventaja. Aunque la superioridad de Hermes sobre él no solo residía en ese detalle.
— ¡Pugnate!
Los gladiadores se aproximaron, evaluándose. Caminaban con el cuerpo ladeado, para ofrecer un menor blanco. Marco no halló ningún defecto en la guardia del hombre que tenía ante él. Ningún sistema de lucha puede basarse en la propia superioridad, en saberse más fuerte o más hábil. Si una técnica solo funciona si eres más rápido que tu oponente, ¿qué pasará cuando te encuentres ante alguien que lo sea más que tú? Sin embargo, solo superaba a Hermes en un punto. Desde que abandonó Puteoli, Marco se había entrenado a conciencia, día tras día, y aún no había cumplido los treinta años. Él rondaba ya los cincuenta.
De modo que trató de arrollarle. No supo qué ocurrió. Su escudo golpeó al otro y la estocada se le quedó corta. El tercer ataque hendió el aire, y a punto estuvo de gritar cuando la sica le tajó el muslo. El público rugió de entusiasmo. Dio dos pasos hacia atrás para examinar el corte. No era grave, pero había salido herido del primer intercambio de golpes.
Hermes combatía de forma austera, sin desperdiciar un ápice de energía.
Parecía esculpido en piedra, sus pasos eran muy cortos. Sin embargo, en un instante sus acciones se volvían explosivas. Intentó concentrarse en la pelea. Vio otra oportunidad, amagó un tajo alto y cambió el plano para buscar bajo el escudo. La punta de la sica se clavó en su hombro. Se echó hacia atrás. Algunas correas de la manica habían saltado y tuvo que retroceder para arrancar los trozos que le estorbaban. El auditorio rugía, preso del delirio.
Siempre un paso por delante de él, como si pudiera leerle el pensamiento. Marco había previsto que el hueco en la guardia de su oponente fuera un señuelo, pero no supo cómo reaccionar al descubrir que el segundo error también lo era.
Hermes luchaba buscando la tercera intención. Todos sus ataques eran reales: el primero y segundo también podían matarle. Si quería vencerle, Marco tendría que aprender a hacerlo.
La tercera intención. Al recordar lo que le había conducido hasta allí, se dio cuenta de que todo el mundo había actuado con una tercera intención oculta. Tiberio lo hizo en el juicio, para lograr que su oponente reconociera la auctoritas de Augusto. Varrón Murena había fingido ignorar que él era un espía, a sabiendas de que informaría a Tiberio, pero solo de aquello que deseaba que supiera y para que él se confiara. Por su parte, Fanio Cepión había arrastrado a la plebe a una revuelta sabiendo que fracasaría, para fingir que deseaba una masacre mientras mantenía su verdadera baza oculta.
Marco dirigió su mirada hacia el palco, donde se hallaba Augusto, que les observaba con indolencia. El primer ciudadano de Roma no era consciente de que estaba luchando por su vida. Para él solo era otro títere anónimo, cuya muerte serviría de espectáculo.
La ira nunca es la opción acertada, pero a Marco le hizo reaccionar.
Buscó la distancia corta, y los escudos resonaron con un estruendo. De joven, había entrenado en el pankration; una lucha sin armas en la que todo estaba permitido, salvo morder y sacar los ojos. Hermes no pudo prever una técnica que le era desconocida: el rodillazo en el muslo le hizo perder el equilibrio. Marco experimentó un enorme júbilo al ver cómo su arma se adentraba en la guardia de su oponente y rasgaba las escamas de hierro que protegían su brazo.
A cambio, recibió una cuchillada en el pecho. Retrocedió jadeando, con una mano en la herida. La ovación del auditorio le llegó apagada a través del metal.
Durante el transcurso de unos juegos olímpicos, un famoso púgil, Euridamas de Cirene, recibió un tremendo puñetazo en la boca que le rompió los incisivos. En lugar de escupirlos, decidió tragarse los dientes, para ocultar su debilidad al adversario: desmoralizado, este fue incapaz de vencerle. Si no logras superar al contrario, siempre te queda la esperanza; pero, cuando has dado lo mejor de ti sin conseguir nada a cambio, es cuando te vienes abajo. Los conductores del carro de Ares, dios de la guerra, se llaman Fobos y Deimos: el miedo y el terror. Si al luchar dejas que el miedo tome las riendas, estás acabado.
«Todo lo que temes se halla en tu mente».
Decidió descender al Hades. Esa emoción intensa y al mismo tiempo irreal que se apoderaba de él cuando la muerte solo era una cuestión de azar.
Hermes se acercó lentamente. Ambos adoptaron una nueva posición de guardia, estudiando la posición del contrario, en busca de cualquier defecto para utilizarlo en su contra.
El yelmo de gladiador te aísla del mundo exterior. Dentro de él, solo huele a bronce y sudor; no oyes nada, salvo el sonido de tu propia respiración; observas a tu adversario a través de una rejilla y has perdido la visión periférica. Sin embargo, es esa pérdida de sentidos la que te hace más consciente de tu cuerpo.
Durante un instante, Marco sintió el dolor de su herida, la sangre que caía por el costado, su aliento atravesando el visor. Un reguero de sudor se deslizaba por su frente, sin que pudiera librarse del cosquilleo. Sentía el peso del escudo tirando de su mano derecha; el cansancio se iba adueñando de su cuerpo. Su posición era ligeramente ladeada, con la espada apuntando en todo momento al contrario. «En ocasiones, dejas tu lado exterior al descubierto».
Conocía bien esa tara, fruto de sus años como legionario. Al descubrir ese defecto en su guardia, apenas tuvo tiempo de reaccionar. Hermes también lo había visto y dio dos pasos hacia él, con el escudo adelantado.
Marco empleó el suyo para detenerlo. Ambos chocaron con un estruendo, pero solo era un señuelo: el arma del ilirio trazaba un arco en busca de su hombro derecho.
Dio un paso atrás con la pierna adelantada, hasta quedar de lado. El arma de su rival pasó a cinco pulgadas de su pecho, y él, empleando la fuerza del giro, lanzó un tajo horizontal. Hermes, que lo había previsto, se cubrió con el escudo. Entonces, Marco hincó la rodilla en tierra, para cambiar el plano de ataque, y la hoja de su gladius se coló bajo la guardia hasta abrirle un surco en el vientre.
Pudo oír el gemido. El ilirio cayó de rodillas, a su lado, y sus entrañas se desparramaron por el suelo como al desgarrar una bolsa de pescado. El hedor de las heces le golpeó de lleno en el rostro, a pesar del facial del casco. Entonces, Marco oyó un ahogado estruendo a través del metal y alzó
la vista, para contemplar una tormenta. En su lugar, descubrió a diez mil hombres y mujeres puestos en pie, ovacionándole.
Tuvo que apoyarse en el escudo para incorporarse. Al hacerlo, contempló el cadáver de su antiguo maestro. «Si lo hubiera hecho aposta, jamás se lo habría creído». Sin embargo, pudo reconocer a tiempo ese error en su guardia y emplearlo como cebo, para sacar ventaja de su propia debilidad. Y después, una finta había vencido a otra finta.
De forma inconsciente, Marco había luchado buscando esa tercera intención.
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