Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 22 de 27

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Pan y circo

Capítulo XXI

Iba a ser un día difícil. Había muchas cosas por hacer. Marco decidió centrarse en la primera. Una cuadrilla de bárbaros rubicundos le observaron con atención cuando atravesó el patio para reunirse con ellos en el pórtico.

Vindiacos, un enorme galo de origen ambiano, se había convertido en su líder. Su subalterno, Aenor, era un marcomano de rostro cuadrado y mirada serena, con brazos como jamones.

—Saludos, amigos —les dijo—. Hace un buen día, ¿verdad?

—¿Hablas galo? —Extrañado, Vindiacos le respondió en latín.

Aprovechó su desconcierto para sentarse a su lado.

—Era la lengua en la que me cantaba mi madre, cuando era niño —

respondió.

—¿Y a cuántos galos has matado desde entonces?

«La verdad solo engendra odio», había escrito Terencio. En Roma, las verdades a medias eran el aceite que engrasaba las relaciones sociales.

Aquellos bárbaros, nacidos en las frías e inhóspitas tierras del norte, no conocían ni el vino ni el aceite. Su mundo estaba hecho de mentiras o verdades desnudas.

—A unos cuantos —reconoció.

En algún lugar, el viento tramontano agitó unas contraventanas, haciendo chirriar las bisagras de madera.

—¿A qué has venido? —intervino Aenor.

Marco conocía la rivalidad que existía entre ambos. La mayor parte de los bárbaros de la escuela eran germanos y galos; si lograba ponerlos de su parte, el resto los apoyaría.

—Nuestro patrón trama algo.

—No me digas —respondió Vindiacos, sarcástico—. Creía que los asesinatos, las emboscadas y los chantajes eran algo común en Roma.

—Si no tiene éxito, nuestras vidas no valdrán nada.

—Dinos algo que no sepamos. —Aenor parecía interesado en remarcar su presencia.

Marco retuvo aquel detalle mientras trataba de ahogar su irritación:

—Él y Fanio Cepión pretenden asesinar a un miembro de la familia imperial —manifestó—. En la escuela, hay quien no desea jugarse la vida en las intrigas de Varrón Murena. ¿Qué hay de vosotros?

—Nadie defenderá a nuestro amo. —Vindiacos pronunció aquella palabra con todo el desprecio acumulado durante años de cautiverio—.

Tampoco participarán en luchas entre romanos.

Al mentir, tratamos de distanciarnos del hecho. Si alguien se siente seguro de su posición, dice que hará algo. Cuando se sabe en un terreno enfangado, habla en plural para eludir el compromiso. Aquel matiz resultaba desalentador.

—¿Os reuniréis con el resto? —Marco dirigió una mirada a Aenor, para que confirmara las palabras del galo.

Él agradeció la deferencia con un asentimiento.

—Que tengas suerte, Marco Castricio —dijo, a modo de despedida.

Caminó por el patio en dirección al vestíbulo. A la mayoría de los gladiadores, la expectativa de recuperar la libertad les hacía asumir los riesgos del oficio. Era la zanahoria que, colgada ante el hocico del asno, le hace tirar del carro. Hasta entonces, para los miembros de la familia Varrón Murena, los encargos de su patrón habían sido un buen modo de llenarse la bolsa. La huida era una alternativa imposible y la desobediencia era castigada con el látigo y la cruz. Sin embargo, ante aquella situación, ese recurso basado en el premio o el castigo no estaba tan claro. Los hechos podían hacer que el fiel de la balanza se decantase por cualquiera de los dos lados.

Mucro le aguardaba en la puerta. Junto a otros cuatro gladiadores, acompañarían a Varrón Murena hasta la Saepta Julia, en el Campo de Marte. Marco le habló sin rodeos.

—¿Y bien? —La expresión de su amigo era, en sí misma, una respuesta.

—Los condenados ad ludum se mantendrán a la expectativa.

Igual que hacía el Senado con Fanio Cepión y Varrón Murena: simpatizar con su causa, pero no implicarse sin tener garantías y, en función de lo que sucediera, sumarse a uno u otro bando. «La victoria tiene muchas madres, mientras que la derrota es huérfana», había dicho Aristóteles. Así era la política, sin importar a qué nivel se desarrollara, ya fuera en la Curia o en una escuela de gladiadores. Tanto los criminales convictos como los prisioneros de guerra esperaban una demostración de fuerza, al igual que los nobles de Roma.

Al menos existía una posibilidad, y eso era mejor que nada.

Apio Salonio Pera era un tipo extraño. A pesar de su cuerpo escuálido, poseía la facultad de inquietar gracias a su aspecto incluso a media docena de gladiadores. La puerta de entrada a su destartalada tienda de perfumes se hallaba en el grandioso pórtico de la Saepta Julia, y desde él podía admirar el templo de Minerva. Pero regentar un negocio bajo la serena y atenta mirada de la diosa de la sabiduría, patrona de los artesanos, no había otorgado al dueño de aquel comercio un aspecto demasiado cuerdo. Su cabello castaño caía por ambos lados de su frente como las cortinas de un teatro, ocultando unos ojillos que se movían inquietos como siguiendo el vuelo de una serpiente.

—Mis perfumes vienen de Paestum, los mejores de toda Campania —le dijo a Varrón Murena, gesticulando—. Los tienes de aceite de Venafrum, de oliva verde, de sésamo o de almendras amargas…

Ambos deambulaban por el angosto establecimiento, repleto de estanterías llenas de frascos, ánforas y ungüentarios con toda clase de aromas, esencias y bálsamos. Marco, acompañado de Hermes y Mucro, aguardaba junto a la entrada.

—Veo que también comercias con silphium —apuntó el senador.

Se decía que de aquella planta se aprovechaba todo. De sus flores se extraía perfume; del tallo, una especia para condimentar; y con la resina y las raíces se preparaban remedios contra la tos, la indigestión y los dolores.

Incluso se utilizaba como crecepelo.

—Si buscas un abortivo para tus esclavas, no encontrarás nada mejor —

aseguró Apio Salonio con un desquiciado entusiasmo—. Basta una pelotilla de lana mezclada con esta resina para provocar la menstruación.

—Estoy más interesado en tu faceta como orador —señaló Varrón Murena con cautela—. Te has convertido en una celebridad. Gracias a ti, la plebe sabe que, si no hay suficiente grano, es por…

—Por todos esos malditos libertos que han invadido la urbe como una plaga —espetó Salonio, con la voz envenenada por el odio—. Unos afeminados, nacidos en la esclavitud, que nos han convertido en extranjeros en nuestra propia tierra. ¡Sí, una Roma griega, llena de bocas inútiles, charlatanes y cultos estrafalarios! —Alzó la voz para hablarle al vacío—. El Orontes y el Nilo vierten sus fétidas aguas en el Tíber, y traen su pomposa lengua, sus costumbres perversas y amaneradas, sus flautistas maricas y sus rameras orientales…

Súbitamente, Apio Salonio enmudeció y sus dientes rechinaron. Su cuerpo raquítico se volvió rígido y comenzó a convulsionarse; las facciones se descompusieron. Salonio aferró un rollo de papiro y se lo llevó a la boca para morderlo con fuerza; cerró los ojos, con la frente crispada y empapada en sudor. Tras inspirar repetidas veces, al fin logró serenarse. Buscó a tientas un vaso de agua sobre la mesa y lo bebió de un solo trago. Buena parte del contenido rezumó entre la comisura de sus labios.

Varrón Murena depositó una mano sobre su hombro para hablarle al oído.

—¿Qué ocurriría si alguien les dijera que solo deseas eliminar la competencia? La plebe es muy voluble… ¿Te imaginas qué pasaría si se presentaran ante tu negocio?

Egipto era el mayor productor de perfumes del Mediterráneo; de hecho, estaba desplazando a los de Campania, el tradicional suministrador de Roma.

—Los libertos griegos se han hecho con la venta de los perfumes para banquetes y baños públicos —admitió—. Aún conservo la distribución en templos y las ceremonias fúnebres, pero me están robando el mercado y han creado un collegium aromatariorum para defender sus intereses.

—¿Producción o comercio?

—En mi caso, solo comercio. Los perfumeros locales no pueden competir con los productos egipcios, y el silphium solo crece de forma silvestre en la costa de Cirene: todos los intentos por cultivarla en Italia han fracasado. Se está convirtiendo en un monopolio. Cada vez escasea más y vale su peso en denarios.

—La producción local está pasando a manos de libertos griegos.

—Solo en apariencia —señaló Salonio—. Los aromas importados de Arabia, Partia y la India son muy caros: el bálsamo de Judea se vende a mil denarios por sextario y la canela llega a los trescientos denarios por libra.

La inversión resulta tan elevada que solo está al alcance de équites y senadores. Pero, a pesar de que es un negocio lucrativo, nadie desea que se le relacione con él.

Los tradicionalistas consideraban el uso de perfumes una costumbre afeminada y decadente, propia de orientales. Su elaboración era una ars sordida, una profesión tan denostada como la de proxeneta o lanista.

—Déjame adivinar… —dijo Varrón Murena—; algún adinerado équite, como Tito Fabricio, los financia. Ponen a cargo del negocio a alguno de sus libertos, a cambio de la mitad de las ganancias y los intereses sobre el préstamo.

—En ocasiones, incluso se quedan con parte de su herencia. Fabricio se ha hecho con la concesión de los espectáculos y juegos que está organizado Marcelo. Es quien más ha salido ganando en todo esto. Ese maldito

«promotor cultural» —espetó con desprecio—. ¿Qué es la cultura, sino saber lo que otros pensaron e hicieron? ¿Por qué necesitan tanto los amantes de lo griego conocer las ideas de otros? ¿Es que no pueden pensar por sí mismos? El verdadero saber no se obtiene gracias a los libros, sino tras percibir la podredumbre que nos rodea. Es abrir los ojos y ver… La cultura no dignifica al hombre, sino la libertad. Y para alcanzarla lo más importante es saber cómo ganar dinero.

El rostro de Apio Salonio se crispó por un momento; de nuevo, tuvo que inspirar para sosegarse.

—Muy cierto —asintió Varrón Murena.

—Supongo que ahora me dirás cuál es el motivo de tu visita —

concluyó. Esbozaba una sonrisa paternalista, que más bien parecía el preludio de un acto incestuoso.

—Necesito tu influencia sobre la plebe. Busco a un gran orador, a la altura de los grandes —reconoció Varrón Murena mientras le pasaba la mano por el hombro—. Por cierto, es hora de almorzar. ¿Conoces Las Cuatro Hermanas? Podríamos charlar allí mientras tomamos algo.

El rostro del perfumero irradiaba satisfacción al comprobar que un senador reconocía su talento. Cerró con celeridad su establecimiento y ambos se dirigieron hacia una taberna de la Saepta. Marco los siguió hasta la puerta, junto con la escolta del senador.

Al parecer, Apio Salonio era el responsable de algunos linchamientos de libertos griegos que estaban teniendo lugar en Roma. La impotencia popular ante la carestía de alimentos hacía que toda clase de oportunistas y visionarios, que hasta entonces apenas habían contado con seguidores, cobrasen una gran popularidad. El resentimiento ante la superior cultura griega permanecía soterrado, y el mismo Augusto lo había alimentado para utilizarlo en contra de Marco Antonio y su amante egipcia. Comprendió que aquel poso de odio, fermentado durante décadas, podía estallar en cualquier momento.

Dado que durante la República no había existido una fuerza de orden público, el único modo de llevar a alguien ante los tribunales, si poseía dinero e influencia, era reclamar justicia a gritos ante su casa, implorando la ayuda de los vecinos. Ese derecho, recogido en las primeras leyes escritas de Roma, se llamaba quiritare. Reclamar la protección del pueblo; si el crimen resultaba especialmente odioso, en ocasiones se llegaba a la lapidación o a quemar la casa del malhechor. Por eso, durante siglos, las revueltas que asolaron la capital se habían considerado una suerte de justicia popular.

En la Suburra, Marco había aprendido dos cosas. La primera era que todo hombre siempre cree tener la justicia de su lado. Y la segunda, que el culpable de sus males siempre será otro.

Mientras esperaban ante la taberna, vieron que se formaba un inmenso corro de gente en la Saepta. Se trataba de un espectáculo ambulante de gladiadores, en su mayoría esclavos prófugos. Uno de ellos era un hombretón de piernas arqueadas con un collar de hierro en el cuello del que colgaba una placa. Se enfrentaba a un muchacho de apenas dieciséis años.

Gladiador significa «hombre de la espada». Al aceptar ese oficio para luchar y matar por dinero, caían en la infamia, igual que una mujer que renuncia a su virtud a cambio de unas monedas. Prostituían su virtus, que era el bien más preciado de cualquier romano: tanto su virilidad y su coraje como su rectitud moral.

Marco y Hermes se acercaron, movidos por la curiosidad, y observaron la escena con pesadumbre. Cada vez eran más corrientes esas luchas callejeras protagonizadas por jóvenes que renunciaban a su honra a cambio de un puñado de ases. Armado con una espada mellada y un escudo, el muchacho luchó con más voluntad que destreza hasta que su defensa cayó hecha pedazos. El público comenzó a burlarse de él y a arrojarle heces de perro. Tuvo que retirarse y pasó junto a ellos. Hermes le entregó un denario.

—La virtud está en la lucha —le dijo el lanista.

En la improvisada arena apareció una pareja de paegniarii. Un enano vestido como secutor se enfrentaba a otro gladiador payaso con la panoplia de retiario.

Tras aquel incidente, pasó una hora hasta que Varrón Murena abandonó la taberna para reunirse con sus hombres y se despidió del perfumero con un cordial gesto.

—¿Todo bien? —le preguntó Hermes.

—No conozco a ningún idiota que no se emocione ante una pata de jabalí con piñones, dátiles y mostaza regada con un vino de Falerno —

murmuró Varrón Murena—. Para embaucar a estos patanes, basta con buscar una buena taberna. La plebe ha de ser ignorante para poder estafarla con impunidad.

El senador los excusó de sus deberes y los gladiadores se desperdigaron por las tabernas. Marco buscó una excusa para separarse del resto y se encaminó en dirección al teatro de Pompeyo. Deambuló por el pórtico del

edificio hasta detenerse ante una de las puertas. Se adentró en la biblioteca.

A través de una sucesión de ventanas, los rayos de sol teñían de oro la nube de polvo que le envolvía. Las librerías estaban abarrotadas por una montaña de volúmenes de todo tipo y una manada de gatos correteaban entre ellas.

Aquel era el último lugar que Critias había visitado antes de morir.

Una vez dentro, se topó con un anciano de grandes mostachos, canoso, de aspecto desaliñado, acuclillado en el suelo y rodeado de gatos.

Depositaba un cuenco de leche para que los animales bebieran de él y, al oír sus pasos, alzó la vista y le dedicó una sonrisa apacible.

—Pasa, no te preocupes… Me llamo Dannotalos. Por favor, siéntate.

Ofreció a Marco un polvoriento escaño, y él se acomodó en un minúsculo taburete, con un gato sobre el regazo. Desconcertado ante aquella insólita hospitalidad, trató de iniciar una conversación:

—¿A qué se dedica?

—Daba de comer a los gatos —respondió Dannotalos, señalando el animal que sostenía, como si aquella fuera una respuesta obvia.

—Me refiero a si se gana la vida como librero.

—Esta biblioteca permanece abierta para todo el que quiera entrar. Y si alguien me pregunta, le respondo. —Hizo una pausa, recapacitando—.

Respecto a mi vida, la dedico a muchas cosas. Ahora mismo estaba dando de comer a los gatos.

—¿Le gustan los gatos? —le preguntó, solo por decir algo.

—En realidad, no mucho —respondió, mientras acariciaba al animal, abstraído—. Pero soy druida.

—No sabía que hubiera druidas en Roma.

—Pues ya ve. —El gesto de Dannotalos le dio a entender que se encontraba ante uno.

—¿Y qué tiene eso que ver con los gatos?

—Nada. —Dannotalos hizo una pausa, aunque al final pareció recordar algo—: Ah, es verdad. La religión celta establece que, tras la muerte, el alma pasa de un ser a otro; algo así como la metempsícosis pitagórica. Por eso procuro tratar bien a los gatos. Nunca se sabe: tal vez alguno de ellos sea mi tío Ucuetis.

—¿Y cree en todo eso?

—Claro —respondió, desconcertado—. ¿Qué clase de druida sería si no lo hiciera?

Marco trató de encauzar la conversación:

—Me han dicho que un amigo vino aquí hace unos días. Se llamaba Critias.

—¿«Se llamaba»? —La frente del druida se arrugó formando una maraña de pliegues.

—Lo asesinaron —le informó Marco—. Trato de averiguar quién lo hizo.

Dannotalos asintió, taciturno, antes de levantarse del asiento. De golpe, su rostro había envejecido veinte años. Echó un vistazo a la camada de gatos; tal vez consideraba la idea de que, en ese momento, el médico griego maullara bajo la mesa.

—Critias y yo éramos buenos amigos —dijo, y Marco no lo dudó ni un instante—. La última vez que me visitó estaba interesado en los misterios eleusinos… —Comenzó a registrar entre tratados de medicina, plantas y toda clase de extraños cultos orientales para buscar el registro—. Se llevó un tratado apócrifo de Céleo, uno de los primeros sacerdotes de Deméter —

contó.

—¿Y no lo devolvió?

—No, y eso me resultó extraño.

Sin duda, la desaparición del médico le había preocupado y ahora veía confirmados sus temores. Al fin, el druida halló un rollo de papiro en una de las cajas y lo depositó sobre una mesa abarrotada de opúsculos y legajos.

Marco se inclinó para examinar el inventario de la biblioteca.

—Lenguaje griego —leyó Dannotalos—, una versión arcaica del dialecto ático. Escrito en bustrófedon, que consiste en transcribir un renglón de izquierda a derecha, y el siguiente de derecha a izquierda, y así de forma sucesiva. Es propio de textos muy antiguos.

—¿De qué trataba?

—Critias se mostró interesado en la elaboración del ciceón, la bebida ingerida durante los misterios eleusinos.

Marco se llevó la mano a las sienes. Eso significaba que la muerte de Critias estaba de algún modo relacionada con el culto mistérico a Dionisio, o con los ritos de las diosas Deméter y Perséfone celebrados en Eleusis. Al igual que la Ceres romana, Deméter era la diosa de la agricultura; su hija Perséfone era la reina del Inframundo. Resultaba inexplicable que alguien hubiera asesinado a Critias solo por haber leído aquel enigmático volumen.

Aunque, a decir verdad, ni siquiera estaba seguro de que ese libro estuviera relacionado con su muerte.

—¿Te ha servido de algo? —preguntó Dannotalos.

—No —respondió—. Es decir, no lo sé.

—Una respuesta siempre trae consigo nuevas preguntas.

—Muchas gracias por todo.

Marco abandonó la biblioteca. De nuevo en el pórtico, pasó junto a la Curia donde Julio César fue asesinado: su puerta había sido tapiada, pues se trataba de un lugar nefasto. Mientras caminaba por el enorme peristilo de columnas de granito que rodeaba el jardín, comenzó a oír una alegre música; sin duda había algún recital en la sala de conciertos. Ante la puerta, vio a una niña de seis años jugando con su ama de cría. Reconoció el rostro de enormes ojos oscuros y se quedó de pie ante ella.

—¿Quién eres? —La muchacha había advertido la atención que le dedicaba.

Marco la había visto dos años atrás, en Cantabria, pero a causa de su corta edad ella no le recordaba. Se acuclilló para ponerse a su altura. El ama de cría depositó la mano sobre el hombro de la niña, al parecer desconfiando de su aspecto.

—Soy un gladiador —respondió. Tal como esperaba, el rostro de Fabricia se iluminó de excitación.

—¿Has matado a muchos hombres?

La sonrisa de Marco se le pudrió en el rostro; logró recomponer su expresión para responder:

—¿Y tú, qué quieres ser de mayor?

—Deseo ser actriz —dijo la niña—, pero Cintia me ha dicho que pinto muy bien.

—¿Estos son tus dibujos? —le preguntó, señalando los rollos que llevaba bajo el brazo.

Ella asintió con vehemencia.

—¿Puedo verlos?

Fabricia le mostró un par de bocetos. Su madre le había entregado unos pliegos de papiro para que los garabateara, a pesar de lo que costaban.

—Son muy buenos —dijo Marco—. ¿Este quién es, Hércules?

—No, es Ulises matando a Polifemo —protestó la niña—. Fíjate: solo tiene un ojo.

—Procura dibujar de izquierda a derecha —le aconsejó—. De ese modo, evitas emborronar el boceto con la mano.

—Creía que los gladiadores solo sabíais matar a gente —dijo Fabricia.

Al ver su mano derecha añadió—: ¿Ya no podrás volver a dibujar?

Marco le recogió un mechón tras la oreja antes de incorporarse.

Entonces, Fabricia salió corriendo para abrazar las piernas de su madre.

Habían llegado una vez iniciado el concierto, pues Tito Fabricio no deseaba que una excesiva puntualidad delatase algo más que un tibio interés hacia aquel recital. La mayor parte de los senadores veraneaban en sus villas de la campiña, y por ello el auditorio no estaba muy concurrido.

Recién llegada de Éfeso, la orquesta de ioculatores interpretaba la tibia, el pandero, la lira e incluso un órgano hidráulico. El músico pulsaba las teclas que hacían salir el aire de la cámara eólica por los ocho tubos metálicos de su base, mientras una pareja de jóvenes accionaba los émbolos.

Una vez terminada la primera pieza, el público comenzó a aplaudir y Ovidio saludó a Vitruvia con la mano. Su sonrisa pícara se esfumó al encontrarse ante una expresión hastiada. La editora no deseaba alimentar los celos de su marido, de modo que decidió ignorar al joven poeta. Ambos se habían acomodado en la primera fila, entre el séquito de Cayo Cilnio Mecenas. La sala estaba abarrotada de poetas y amantes del arte. El menor de los hermanos Sosii abandonó su asiento para ponerse en pie y se dirigió a los asistentes:

—Queridos amigos, hoy tenemos una sorpresa —anunció—. Acabamos de publicar unas elegías que Tito Fabricio ha compuesto en honor a

Mecenas, nuestro benefactor. Espero que, gracias a ellas, nuestro amigo común sea reconocido como un auténtico poeta.

Fabricio pasó de largo ante su esposa para dirigirse al estrado donde se hallaban los músicos. Extrajo un rollo de papiro del interior de su toga y, tras desenrollarlo, comenzó a leer en voz alta.

Al oír el primer verso, Vitruvia palideció.

Las elegías que había compuesto plasmaban emociones; apenas se referían a hechos o circunstancias concretas. Por ese motivo, a medida que abandonaban los labios de su esposo, cada verso cobraba un nuevo significado. Narraban una historia distinta: la del director de una compañía teatral que mantenía una relación con un joven actor, hasta que su adinerado patrón le arrebataba sus favores.

Todos sabían que Batilo había sido el amante de Tito Fabricio hasta que decidió cedérselo a Cayo Cilnio Mecenas. De este modo, las protestas de la poetisa ante la infidelidad de su amado se trasladaban a aquel trío, y su desaparición final se transformaba en una huida al lecho del patrón de las artes.

Mientras recitaba el poema que ella había compuesto, Fabricio la observaba, a la espera de cualquier reacción, para recrearse en su dolor. Ese sería su postrero triunfo; así Vitruvia mantuvo su rostro inalterable, sin dejar de sostenerle la mirada, mientras él pronunciaba las palabras que, meses atrás, se había arrancado del alma. Con aquella obra había abierto de par en par las puertas que siempre mantuvo cerradas, y él las había traspasado, para corromper una declaración de amor hecha de sueños rotos y desnudez.

Al fin le había despojado de su coraza para dañarla de una forma tan íntima como jamás había logrado, como cuando compartieron lecho por primera vez y él la miró a los ojos mientras la desgarraba por dentro. Meses entregada a una rutinaria brutalidad nocturna, viendo cómo su esposo cerraba los ojos para imaginar que yacía sobre un muchacho. Hasta que al fin concibieron a su hija. Más tarde, tuvo que ver su desprecio cuando Fabricio examinó la ingle de la criatura que había albergado en sus entrañas y aún permanecía unida a ella por un cordón.

Cuando finalizó el recital, un enjambre de parásitos y aduladores rodeó a Fabricio para darle la enhorabuena. Vitruvia se levantó del banco con parsimonia y, dándole la espalda, abandonó la estancia mientras Ovidio la observaba apesadumbrado.

—Mi hermano y yo nos vemos obligados a reconocer nuestra derrota —

dijo el mayor de los Sosii—. Habíamos desafiado a Fabricio para que se mostrara a la altura de los grandes literatos, y lo ha logrado.

Ovidio alzó la voz para que todos pudieran oírle:

—«Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a los padres, y todo el mundo escribe libros».

Los editores se giraron, atónitos, ante aquella cita de Cicerón. Tito Fabricio dio dos pasos hacia el joven poeta con una venenosa expresión en el rostro.

—¿Acaso no os gusta mi composición?

—El poema me ha parecido conmovedor. Pero hay palabras que sobran.

—¿Qué versos os desagradan?

—Ninguno. Me refería a las dos palabras del final —respondió—. Basta con añadir una falsa firma para que el lamento por la muerte de un ser amado se convierta en una superficial disputa por los favores de un esclavo.

El auditorio enmudeció, como si alguien hubiese orinado sobre la llama sagrada del templo de Vesta. Había poetas que vendían su obra para que algún mecenas la firmara con su nombre; era frecuente, aunque plagiarius significaba «ladrón». Cuando Ptolomeo, fundador de la biblioteca de Alejandría, organizó un concurso literario y un miembro del jurado le demostró que varios participantes habían copiado sus composiciones, el rey egipcio hizo que fueran condenados por robo. A pesar de ser habitual, el plagio era un acto inmoral y execrable. Durante unos instantes, el comerciante de arte observó a Ovidio de pies a cabeza.

—¿Cuál de las dos cosas que poseo envidiáis más, mi talento como poeta o mi esposa? —preguntó con parsimonia.

—Me es imposible estar celoso, pues está claro que no posees ninguno de los dos —respondió el joven—. Ambos son un don que hay que cultivar, y jamás he visto que lo hayáis hecho.

Vitruvia oyó el alboroto mientras se alejaba a través del inmenso pórtico. Había algo más que la atormentaba. Solo existía un modo de que su esposo hubiera podido conseguir el manuscrito de las elegías: según Anteo, Cintia había visitado su biblioteca dos días antes. Se sintió traicionada por alguien a quien había amado como a una hermana. Cerró los ojos con fuerza, tratando de contener las lágrimas, y al abrirlos de nuevo descubrió a su hija hablando con Marco.

Fabricia, nada más verla, corrió a su encuentro. Él observó cómo sus labios perfilados se convertían en una dura línea ausente de emoción. Sus ojos grises le fulminaron.

—Estás loco —le dijo, mirando a su alrededor—. ¿Qué haces aquí?

Ignoraba quién, de entre la servidumbre, informaba a su esposo. Pero si alguien reconocía a su hermanastro, las consecuencias serían terribles. Tras un instante de vacilación, Marco ignoró su pregunta; en su lugar, rebuscó en la pequeña bolsa de cuero que colgaba de su cinto.

—Me gustaría que le devolvieras esto a Cintia —dijo, mientras extendía el brazo para entregarle un colgante de ámbar—. Pídele perdón de mi parte.

Ella lo entenderá.

Vitruvia reconoció la baratija que le ofrecía con la mano envuelta en una sucia venda. No hizo ningún gesto para aceptarla. Había dudado de la actriz, pero aquella expresión era, en sí misma, una confesión.

—¿Cómo pudiste? —preguntó, masticando cada sílaba.

A Marco le sorprendió la dureza de sus palabras. Tuvo que rehuir su mirada gris, que centelleaba como un puñal.

—Saben que estás implicada.

—¿Quién lo sabe? —Los ojos de la editora se volvieron opacos y su rostro se ensombreció.

—Te reuniste con Fanio Cepión en la bahía de Neápolis a bordo de un esquife hacia las calendas de mayo —dijo Marco—. Y durante la Neptunalia visitaste su casa en el Palatino.

Al fin pudo ver un rastro de inseguridad en ella, aunque no perdió aquella exasperante compostura. Decidió utilizar la última baza a su alcance:

—También sé lo de Edipo.

Vitruvia escrutó su expresión, alarmada. Solo era un órdago, en realidad no sabía nada, pero había tocado una fibra sensible. Fuera lo que fuera, estaba involucrada. Y eso le inquietó.

—Estás en peligro —concluyó—. Debes contármelo todo.

Implicaba reconocer que, en realidad, desconocía sus planes. Vio que los hombros de la editora se relajaban y sus ojos chispeaban, a medida que la certidumbre se asentaba en su endiablada mente femenina. Una vez más, fue consciente de que aquel frágil cuerpo albergaba un intelecto mucho más afilado que el suyo.

—No es necesario que diga nada —le respondió—. Muy pronto lo descubrirás.

Era un desafío, una declaración de guerra.

—¿Os está molestando, señora? —Era Anteo, que había venido a recogerla. En cualquier momento aparecería su esposo.

—No —respondió Vitruvia—. Es alguien que conocí en el pasado.

Marco sintió la mirada despectiva del liberto y a punto estuvo de romperle la cara. Él debió de intuirlo y dio un paso atrás. Una imagen asaltó su mente, algo ocurrido días antes. De forma inconsciente, manoseó su herida. Cuando se giró de nuevo hacia ella, ya le había dado la espalda, aunque estaba convencido de que no había pasado por alto su gesto. Tras dedicar un nuevo escrutinio a Anteo, abandonó el pórtico para perderse en el Campo de Marte.

Baiae era un enorme complejo de termas, jardines y opulentas mansiones construidos en la agreste ladera oriental del cabo Misenum.

Próxima a los campos Flégreos y famosa por sus aguas termales, había sido el lugar de veraneo de los más adinerados aristócratas, como Craso, cuya riqueza aún era proverbial, o Licinio Lúculo, apodado el Jerjes con Toga, además de Pompeyo el Grande y el famoso orador Hortensio. Llamada por algunos «el vórtice del vicio», poseía conjuntos escultóricos, un lujoso teatro y un ninfeo destinado a espectáculos acuáticos.

Marcelo había acudido a las termas en busca de una cura para su enfermedad. La antigua mansión de veraneo de Julio César estaba en el

punto más elevado de aquel promontorio costero, por encima del complejo de terrazas que rodeaban el pequeño lago; unido a la bahía mediante un canal, en él atracaban las lujosas embarcaciones de recreo.

—Julia, ¿recuerdas lo que me dijiste sobre olvidar?

Los dedos de Cintia se hundieron en las sienes de la noble para trenzar su cabello, que caía a ambos lados del rostro. Aquellos ojos, oscuros y apagados, eran un reflejo de su estado de ánimo. Ambas se habían acomodado sobre asientos de mimbre en una de las terrazas. Desde allí, al otro lado de la bahía, teñida de oro por la moribunda luz del sol, Puteoli era un cúmulo de destellos hacia levante. Más allá, recortado en el horizonte, se erguía el gigantesco Mons Vesuvius.

—Te dije que debías olvidar lo que te hicieron —respondió la hija de Augusto.

La actriz agradeció el frescor de la brisa marina que vino a rescatarla de la irrealidad que la embargaba. Hacía tiempo que se sentía vacía, embotada ante cualquier afecto. La bacanal había sido su antídoto para asumir aquella forma de vida. Tras lo ocurrido en los últimos días, había convertido su cuerpo en una herramienta al servicio de sus ambiciones.

—Ahora tú debes hacer lo mismo —le dijo a Julia.

La puerta se abrió y un sirviente entró en la terraza. Julia descubrió la mirada del criado recreándose en el hombro desnudo de la actriz y sus ojos centellearon.

—Cúbrete —ordenó a Cintia.

La hija del princeps jamás había tenido una amiga; había crecido entre doncellas, esclavas y amistades de conveniencia. A pesar de todo, la actriz sentía que Julia le demostraba cariño, aunque a su manera.

Octavia se presentó en compañía de un individuo de mediana edad con una sobria indumentaria griega. Vestir de blanco, el color del luto, no era algo inhabitual en aquella matrona que rondaba los cuarenta años. El dolor que reflejaba su expresión marchita sí lo era.

—Quisiéramos hablar contigo, muchacha. —El griego se dirigía a Cintia, que se levantó para acompañarlos a una estancia contigua.

—Viejo inútil —masculló Julia.

Antonio Musa era el médico personal de Augusto. Mediante un tratamiento de baños de agua caliente con compresas frías, había logrado sanar al soberano de la República; gracias a ello, se embolsó una fortuna, además de obtener la manumisión y el derecho a llevar anillos de oro. Un privilegio al que, a juzgar por sus manos encallecidas, el liberto griego no ejercía.

Esta vez, al emplear ese mismo tratamiento con Marcelo, no había tenido éxito.

—No sabemos cuál ha sido el origen de su mal —dijo, mientras entraban en una exedra—. He recurrido a la hierba picra de Teomisión, una panacea capaz de curar cualquier veneno…, pero Marcelo dejó de respirar.

Chapurreaba latín con dificultad, así que decidió hablarle en griego.

—Sabemos que ha hecho todo lo que ha podido.

Él agradeció su cortesía con una sonrisa cansada; había pasado dos días sin dormir. La hermana de Augusto les ofreció asiento y los tres se acomodaron en unos divanes.

—¿Qué te parece mi sobrina? —preguntó de forma abrupta.

La actriz había sido la doncella de Vitruvia, cuya familia era cliente de Octavia. Por ese motivo había depositado su confianza en ella; sin duda, también era consciente de que su presencia allí no obedecía a sus propios deseos.

—No le ha faltado de nada —respondió con cautela.

—Es una malcriada —corroboró Octavia—. Le hubieran venido bien un azotes de niña, pero ya es demasiado tarde. Mi hermano no ha tenido más hijos que ella y no ha sabido educarla. Se ha convertido en una criatura caprichosa, egoísta y vanidosa. Me odia porque no le consiento nada.

Tal vez ese fuera uno de los motivos, aunque no era difícil imaginar el resto.

—Veo que te ha tomado cariño —añadió, mientras se estrujaba las manos, más apática de lo habitual. Jugo de adormidera, supuso Cintia. No le apetecía hablar sobre ello.

—¿Has formado parte de sus… reuniones privadas? —La expresión del médico le decía que sabía la respuesta.

La actriz esbozó un gesto de asentimiento.

—Es algo que no conviene que trascienda —añadió Octavia.

La propaganda de Augusto le presentaba como el restaurador de la moral pública y las viejas costumbres romanas. Si alguien descubría que su joven heredero había muerto por la ingestión de drogas en el transcurso de una bacanal, mientras el pueblo pasaba hambre, podría considerarse, por decirlo de algún modo, inapropiado. Sería un nuevo escándalo que sus enemigos políticos, los republicanos, no tardarían en utilizar en su contra.

—¿Conoces a alguien más que acudiera a esas reuniones?

Cintia hizo un nuevo ademán, esta vez de negación. En aquellas ceremonias, los seguidores de Dionisio gozaban juntos del milagro de la vida, entregándose a desconocidos, y una vez finalizadas regresaban a su monotonía. Buena parte de los vástagos de las mejores familias de Roma participaban en las bacanales, y el dominus era el único que conocía sus nombres. Solo unos pocos participaban en el más secreto ritual: la elaboración de la bebida sagrada.

—¿Quién preparaba el ciceón? —preguntó el médico.

No era difícil imaginar el porqué de su pregunta. Rodeado en todo momento por una centuria de pretorianos, y con una hueste de catadores a su servicio, el único momento en el que Marcelo pudo ser envenenado fue en alguna de las bacanales. El anonimato del culto a Dionisio hacía que cualquiera pudiese estar implicado.

—Julia —respondió la actriz—. En ocasiones, yo la ayudaba.

De nuevo, parecía una respuesta que ya sabían.

—¿Has visto a mi sobrina en compañía de Livia? —preguntó Octavia.

—No. ¿Por qué?

La esposa del princeps era aficionada a la horticultura y cultivaba toda clase de plantas en su jardín; algunas curativas, otras ornamentales y otras letales. El mito de la malvada madrastra respondía a que, una vez que una mujer hubiese enviudado, algo habitual dada la diferencia de edad en los matrimonios de la nobleza, dependería de un hijo varón para subsistir. En caso de que existieran varios herederos, cualquier matrona intentaría por todos los medios que uno de sus vástagos fuera el cabeza de familia. El

poder del pater familias era enorme, e incluía el derecho sobre la vida de los hijos y la tutela de las mujeres. Se trataba, en definitiva, de una pugna al todo o nada, que hacía que las intrigas en el seno de una familia fueran aún más despiadadas que entre rivales.

No era ningún secreto que Livia Drusila había tratado de convertir a su primogénito en el heredero de Augusto. Después de Agripa, Tiberio era el que salía más beneficiado de aquella muerte. Era fácil imaginar lo que Octavia pensaba en esos momentos.

—Gracias por haberme mantenido informada —dijo, tras reflexionar—.

Los funerales tendrán lugar durante los Juegos Romanos —añadió, antes de irse.

En aquellos festivales, las obras de teatro se sucedían a lo largo de cuatro días, junto con una solemne procesión, carreras de carros de estética homérica y otros festejos. Sin duda, Augusto se encargaría de que, al coincidir con las exequias de su hijastro, los espectáculos fueran aún más grandiosos, aunque fuera difícil imaginar cómo podrían superar a los que Marcelo había organizado en vida.

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