Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 10 de 27

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Pan y circo

Capítulo IX

El Aventino había sido uno de los barrios plebeyos de Roma. Hacia el final de la República, una nueva generación de comerciantes y libertos comenzó mudarse a él y, a medida que los precios de los alquileres y los terrenos resultaban cada vez más elevados, las viejas casas fueron sustituidas por suntuosas viviendas ajardinadas. Los pobres tuvieron que trasladarse a la zona de los grandes mercados a orillas del Tíber. De este modo, la colina se convirtió en el nuevo barrio de las clases acomodadas. Por eso, Tito Fabricio lo había elegido como lugar de residencia.

Su mansión se alzaba en la vertiente norte, no muy lejos del templo de Minerva. A través de las balconadas, más allá de la vaguada del circo Máximo, era posible contemplar el Palatino, donde se hallaba el complejo residencial del primer ciudadano de Roma. Una circunstancia que no era casual y que dejaba de manifiesto las ambiciones de su dueño.

En aquella casa, Cintia se sentía sola. Su relación con Vitruvia resultaba cada vez más distante y la actitud de la servidumbre hacia ella, una vez convertida en celebridad, deambulaba entre una falsa indiferencia y un ambiguo resentimiento. El desinterés que mostraban las criadas que la peinaban hacia una obra de mimo que estaba en boca de todos era demasiado notorio como para no ser forzado.

Al ver entrar a Fabricio, las doncellas se inclinaron ante su amo. Los ojillos inquietos del promotor cultural evaluaron a la actriz, y una sonrisa de suficiencia teñida de cinabrio afloró en su delgado rostro. Cintia tuvo que reconocer que aún sentía una vaga gratitud hacia el hombre que había hecho posible su sueño. Enterró esa emoción, para que no la traicionara, hasta

convertirla en una pieza más de su registro, a la que podría recurrir en cualquier momento.

A un gesto del amo, las tres ornatrices abandonaron la alcoba. Por un instante, la mirada de Fabricio permaneció fija en la puerta.

—El éxito trae consigo la admiración, pero también los celos —aseguró

—. Debes acostumbrarte.

La piel tostada de Cintia apenas pudo disimular su rubor. En ocasiones, Fabricio parecía capaz de interpretar hasta el más leve gesto, y eso la hizo estar aún más alerta. Tomó el vestido de seda roja que le ofrecía para colocarlo por encima de su cuerpo y se admiró ante el espejo: aquel finísimo tejido dejaba entrever demasiado. Y ese no era el principal problema.

—No puedo aceptarlo.

—Esta noche debes dar buena imagen —dijo Fabricio—. Ya me devolverás el dinero.

Comprendía la intención oculta de aquella maniobra. Si aceptaba aquel regalo, formaría parte de su larga lista de favores por devolver y supondría plegarse a sus deseos, lo cual sentaría un precedente. Si decidía negarse, parecería amedrentada; una muestra de debilidad que sin duda Fabricio explotaría en el futuro. Con cualquier decisión que tomase estaría sometiéndose a él.

—Pruébatelo, quiero ver cómo te queda —insistió.

Cintia comenzó a desabrocharse la túnica. Él no hizo ademán de apartar la mirada. Deseaba una claudicación en toda regla, solo podía acceder o renunciar.

Una vez más, Fabricio pareció adivinar sus pensamientos.

—Batilo no habla muy bien de ti —murmuró abstraído—. Cree que no estás preparada para el cargo.

Como primer actor, Batilo se había acostumbrado a construir la obra en torno a su papel. Cintia no se lo había permitido, y por ello su interpretación fue mediocre; era algo que, al parecer, no le había perdonado. Batilo había sido el amante de Fabricio antes de que este se lo cediera a Mecenas, y

había recurrido a su influencia sobre ambos para tratar de menoscabar su puesto de archimima.

—He visto cómo mirabas tu nombre en los carteles —dijo Fabricio, bajando la voz.

Cintia no respondió. Su madre tenía artritis en las manos y llagas en las rodillas de fregar el suelo de la casa de Vitruvia. Le había enseñado a llevar una vida honesta, y eso no había evitado que tuviera que ceder a los caprichos de su dueño. Tuvo que criar a una hija sola para, años después, seguir fregando los mismos suelos. Cintia se había jurado a sí misma que jamás pasaría por aquello.

Desabrochó el último botón y soltó el cordón que ceñía su cintura. Hizo descender el vestido hasta que cayó al suelo. Durante todo este tiempo, evitó su mirada. Afuera, resonaron unos pasos en el pasillo. Pudo reconocer la voz de Vitruvia, hablándole a su hija.

Hasta entonces, Cintia había creído que podría controlar la situación. Se dijo con fatalismo que ya no había marcha atrás y, al saber que no era cierto, descubrió que solo buscaba una justificación para acallar su conciencia. En realidad, aún estaba a tiempo de no ir a la fiesta, pero deseaba hacerlo. Había trabajado demasiado como para perder aquella oportunidad. Todo tenía un precio, incluso ella misma.

Los pasos se alejaron y terminó de vestirse. A su espalda, Fabricio le abrochó un collar de esmeraldas en el cuello. Antes de hablar, le puso unos brazaletes de oro blanco en las muñecas.

—Ya puedes mirarte.

Cintia obedeció. Ante la imagen que le devolvía la lámina de bronce bruñido, apenas se reconoció. El suntuoso vestuario de escena no dejaba de ser un disfraz, un artificio para encarnar a un personaje; aquel atuendo no formaba parte de ella. Contempló su aspecto y vio una tentación, un modo de dejar atrás sus problemas. Cada vez que se miraba ante el espejo, imaginaba un precio.

Un par de literas de cedro labrado aguardaban en la puerta, junto a una docena de corpulentos porteadores de raza negra. El frescor de la noche apagó el rubor de sus mejillas. Se tumbó en un lecho cubierto de seda y

empleó las cortinas para ocultarse de todas las miradas. En la calle, había visto pasar cientos de literas como aquella, y jamás había imaginado que viajaría en una. Cerró los ojos e inspiró profundamente.

—Qué elegante estás esta noche. —La voz de Vitruvia la había sobresaltado.

La editora apartó las cortinas para recostarse a su lado. Llevaba un vestido de color cobalto y dos pulseras de plata junto al collar de amatistas de Éfeso que, años antes, había comprado. Sin embargo, con el cabello recogido y cubierto con su palla, su modesto aspecto contrastaba con el suyo.

—Gracias —respondió—, me miras con buenos ojos.

—Nunca te había visto tan maquillada. Ni siquiera en el escenario.

Cintia guardó silencio. Entonces supo que lo más difícil sería soportar la carga de una nueva máscara sobre su rostro. Tragarse el miedo, el asco y la vergüenza; mentir o callar para proteger a su antigua dueña de esa realidad que había elegido. Algo que, tarde o temprano, la alejaría aún más de ella.

Los jardines de Mecenas se hallaban en el Esquilino, más allá de las murallas Servianas. Un inmenso complejo de lujosas villas rodeadas por un espléndido paisaje de huertos, canales y bosques, construido por Mecenas sobre un antiguo cementerio. El consejero del princeps residía en una mansión distribuida en tres terrazas con vistas al monte Albano, no muy lejos de los santuarios de Minerva y Apolo. Junto a los primeros grandes jardines de tipo persa y una piscina cubierta de agua caliente, una torre elevada en la parte más alta de aquel vergel permitía admirar la ciudad y las montañas que la rodeaban.

Mecida por el incesante traqueteo, Cintia observaba desde su litera la hueste de musas, piérides y ninfas de mármol que flanqueaban la vía empedrada. Toda la aristocracia romana se había reunido, tanto équites como senadores; el rostro de muchos de aquellos varones togados le era familiar, al haberlo visto en relieves o pinturas. Sus acompañantes podían catalogarse como esposas engalanadas o cortesanas a sueldo, un grupo más notorio dada su juventud y belleza.

Los lechos se arracimaban en torno a las fuentes y los estanques; en cada claro del bosque brillaban miles de candiles. La puesta de sol había ahuyentado la calima; los estanques y fuentes transmitían un agradable frescor. Grandes braseros de bronce perfumaban la atmósfera con mirra.

Murmullos, risas y una cautivadora melodía de tibia los envolvían. Los esclavos deambulaban de un sitio a otro, cargados con fuentes y jarras de plata.

Mientras caminaban, Fabricio saludaba a un invitado tras otro. Su mente registraba cada suceso, cada identidad, cada conversación, archivándolos en su memoria. La mayoría de aquellos nobles eran pergraecari, apasionados por «vivir a la griega», potenciales clientes para sus negocios. Había proporcionado a Mecenas las distracciones para aquella velada; atentados contra las viejas costumbres que competían para escandalizar a los tradicionalistas. Al son de sus canciones lascivas, las bailarinas de Gades balanceaban sus caderas; alentadas por los aplausos, se inclinaban hasta el suelo entre el crepitar de las castañuelas. Unos equilibristas saltaban a través de círculos en llamas, mientras docenas de muchachas tañían la sambuca, y los grotescos bufones les hacían reír con sus payasadas. Recién llegadas de Alejandría, la capital del placer, cuyos palacios llevaban el nombre de célebres prostitutas y actrices de mimo, habían sido adiestradas en las ciudades del delta del Nilo, que ya gozaban de una sórdida reputación antes de las conquistas de Alejandro: Naucratis, patria de las hetairas más famosas por su belleza, y Canopo, la Ramera.

Vitruvia advirtió que los ojos negros de Cintia se abrían ante aquella ostentación. De súbito, se convirtió en una extraña. Todos la admiraban al pasar; los hombres con un atisbo de deseo, acompañado de la furibunda réplica de su esposa. La actriz les devolvía una mirada felina; sus gruesos labios esbozaban una sonrisa confiada, serena, desafiante. Bajo la seda translúcida, su figura era perfecta y sinuosa. Cintia había nacido esclava, y ahora, libre de las ataduras de la servidumbre, exhibía ante ellos todo el deslumbrante potencial de una mujer triunfadora.

Solo quien se hubiera criado junto a ella podría saber que estaba muerta de miedo.

Una elegante dama de unos cuarenta años se aproximó para darles la bienvenida, acompañada de una muchacha. Su rostro ancho y apacible parecía un retrato de la perfecta matrona romana.

—Me alegro de veros —les dijo Octavia, con una cálida sonrisa—.

¿Quién es esta joven?

—¿Quién va a ser? —respondió Vitruvia.

—¿Cintia? —preguntó la noble, fingiendo incredulidad—. Pero ¿qué ha pasado con esa chiquilla con trenzas?

—He crecido —dijo la actriz, esbozando un respetuoso saludo.

Un mar de arrugas se formó en la frente de Octavia.

—¿Alguna relación a la vista…? —apuntó mientras miraba de reojo a Tito Fabricio.

«Esta mujer ingenua no tiene nada de ingenua», pensó Cintia. Sin duda sabía del interés de su hijo hacia ella; estaba claro que Vitruvia no tardaría en enterarse.

—De momento, ninguna —respondió, de forma ambigua.

Octavia, la hermana de Augusto, se había ganado por igual el cariño del pueblo y de la nobleza; tal vez porque siempre hacía lo correcto, cuando nadie tenía la entereza de hacerlo. Había dado tres hijos a su primer esposo, Cayo Claudio Marcelo, y más tarde dos hijas a Marco Antonio. Cuando este la repudió en favor de Cleopatra, ella no solo crio a los cinco niños, sino también a los dos vástagos que Antonio tuvo de un matrimonio anterior.

Tras el suicidio de los dos amantes en Alejandría, se hizo cargo de la descendencia de su esposo con la reina egipcia. Cleopatra Selene era la única superviviente de aquella camada real; una hermosa muchacha de diecisiete años que parecía dotada del fuerte carácter de su madre. Se rumoreaba que había sido prometida al rey Juba de Numidia.

—Hay una lectura en el auditorio —les dijo Octavia—. Imagino que dará pie a una de esas aburridas tertulias literarias. ¿Te importa que te arrebate a tu esposa? —le preguntó a Fabricio.

Deseaba hablar con ella en privado y nadie podía negarse.

—En absoluto —respondió Fabricio—. Vamos, te presentaré a Marcelo

—añadió dirigiéndose a Cintia.

Vitruvia vio que se perdían entre los invitados para dirigirse hacia el heredero de la República, rodeado por su escolta de pretorianos. La editora escuchó algunos comentarios susurrados que le desagradaron. A su lado, la voz de Octavia la sobresaltó:

—Sé el cariño que le tienes a Cintia.

Su patrona no pasaba nada por alto y tenía buenos informadores. Debía atribuir a sus palabras todo su significado.

—Mi hijo es un buen muchacho… —añadió la noble—, pero me preocupa la influencia que otros ejercen sobre él. Cuida de tu antigua doncella. Fabricio tiene demasiadas ambiciones.

Octavia dirigió una inquieta mirada a su alrededor sin que su vista descansara sobre nada en concreto. No había duda de a quién se refería.

Mecenas había sumido al adolescente en una orgía sin fin, y para ello contaba con la inestimable ayuda de Tito Fabricio. ¿Se trataba de una velada disculpa de su patrona? Hubiera sido impertinente preguntarlo. Algo parecía arañarle el pecho desde dentro.

Una vez obtenida la manumisión, los libertos quedaban vinculados por lazos jurídicos con su antiguo dueño. Podía entregarlos en arrendamiento para que prestasen servicios a terceros o exigirles una parte de los beneficios que obtuvieran de su oficio. Y eso incluía la prostitución. Había matronas que no dudaban en instituir un lupanar en el atrio de su casa, para obtener una parte de las ganancias de sus libertas.

Si Cintia deseaba calentar el lecho de Marcelo, no podría hacerlo sin su consentimiento.

—Ella ya ha tomado su decisión —le recordó Octavia.

—¿Libremente?

—Tú sabes mejor que nadie que ninguna mujer es libre.

La noble pretendía recordarle que, en el pasado, no la había ayudado sin más; en aquel mundo, esas palabras no existían.

—¿Y de este modo quedaría saldada mi deuda? —preguntó la editora.

Las implicaciones de aquel sórdido quid pro quo eran demasiado turbadoras como para pensar en ellas.

—Puedes verlo así, si lo deseas.

Aquella poderosa mujer era su patrona. Su hermano Augusto la adoraba, y ella ejercía una influencia sobre él casi mayor que la de su esposa, Livia. Gracias a ello, había conseguido que el princeps concediera una pensión vitalicia a su padre Vitruvio y había sufragado la edición de sus diez libros de arquitectura, lo cual supuso un espaldarazo a su negocio editorial.

Octavia era su patrona y Cintia su liberta: la noble prefería que su hijo tuviera como amante a alguien que pudiera controlar, pues, al fin y al cabo, formaba parte de su clientela. Era conocida su enemistad con Livia, que aspiraba a que su hijo Tiberio se convirtiera en el heredero. La editora había descubierto que la relación entre Octavia y Mecenas también era tensa.

Entraron en el auditorio de Mecenas; una enorme sala rectangular de ochenta pies de longitud por treinta y cinco de anchura, convertida en triclinio gracias a varias decenas de lechos. Las paredes alcanzaban los veinte pies de altura y sostenían un soberbio techo abovedado. En el ábside con forma de hemiciclo en un extremo, ante un modesto auditorio de siete filas de asientos, un erudito leía su obra en voz alta.

Era Tito Livio, afamado historiador, de visita en Roma procedente de Patavium. Acababa de publicar el libro IX de su Desde la fundación de la urbe, en el que pretendía relatar toda la historia de Roma. Una colosal empresa que, dada su minuciosidad, superaría el centenar de volúmenes y podría llevarle décadas. Frente a él se encontraba Virgilio, autor de las Geórgicas y las Bucólicas, que ahora trabajaba en la Eneida, su obra maestra. Su amigo Horacio se había sentado a su izquierda; al otro lado, Tibulo y Propercio comentaban algo en voz baja mientras Ovidio, con una copa en la mano, los escrutaba con una cínica sonrisa. Una estatua de Talía, la musa de la comedia, con una corona de hiedra y una máscara risueña en la mano, presidía el acto.

Al ver llegar a la editora, Ovidio se levantó para hacerle un sitio a su lado, pero ella prefirió acomodarse en el asiento que Tibulo le ofrecía.

Aquel équite de treinta y dos años, de noble porte y refinados modales, había compartido tienda con Mesala Corvino durante la campaña en Aquitania, y era el poeta más destacado de su círculo literario. Tres años

antes, le publicó un volumen con diez poemas. A pesar de su escasa producción literaria, muchos le consideraban el mejor elegiaco latino.

Ovidio, que demostraba una manifiesta admiración hacia él, parecía buscar cualquier excusa para acercarse.

Virgilio retiró su corpachón para hacerle espacio a la editora. De complexión recia y tez morena, su rústico aspecto era el que cabría esperar de un hombre que pertenecía a una familia de campesinos de las proximidades de Mantua. A pesar de sus cuarenta y siete años, el amor por la naturaleza que había conocido en su infancia aún estaba presente en su mirada retraída y tímida.

—No te has perdido nada —murmuró Tibulo.

Vitruvia se sentía intimidada. Desde la Atenas de Pericles, jamás se había reunido tanto talento literario bajo un mismo techo.

La escolta de Varrón Murena se detuvo ante las puertas de la mansión de Mecenas. Su habitual séquito de gladiadores y libertos transmitía esa formidable imagen que todo noble desea. Sin embargo, una escolta más numerosa también hubiera dado la impresión de que temía por su seguridad y, sobre todo, podía despertar ciertas suspicacias. Así pues, había decidido que solo le acompañaran Perseo y Marco, los dos héroes de moda, junto a una docena de miembros de su escuela.

Descabalgaron ante el liberto que recibía a los invitados y una pareja de esclavos se hizo cargo de sus monturas. Extramuros, la servidumbre celebraba su propia fiesta: el anfitrión los había obsequiado con vino y dulces, lo cual había congregado un ejército de prostitutas en busca de clientes.

Varrón Murena encarnaba toda la austera elegancia que cabría esperar de un senador romano. Cada pliegue de su toga praetexta estaba en su lugar, como si fuera una estatua del foro. Sudaba. A pesar de la finísima urdimbre, envolverse con veinte pies de lana podía resultar sofocante, incluso en una noche como aquella. Sin embargo, era la prenda que todo ciudadano debía llevar en cualquier acto público, cumpliendo con las tradiciones, símbolo de su rango y de la civilización romana.

—Acostúmbrate —dijo Mucro—. Ahora eres una celebridad.

Marco entregó las armas a su camarada. Le habían permitido llevar una espada a la cintura; durante aquel breve trayecto desde la isla Tiberina, casi pudo sentirse libre. Perseo y él cruzaron la verja de hierro para acompañar al senador hacia los jardines. Allí los aguardaba una mujer morena, con unas bonitas facciones de las que destacaba una nariz afilada, que en lugar de ensombrecer su belleza le otorgaba un fuerte carácter. La comisura de sus labios se alzaba levemente y, durante un instante, sus ojos examinaron a Marco.

—Estás preciosa, hermana —dijo Varrón Murena.

Terencia sonrió. Se mostró halagada, a pesar de que era algo que ya sabía. Besó al senador en las mejillas.

Cayo Cilnio Mecenas acudió a darles la bienvenida:

—Podéis uniros a la fiesta.

Llevaba un collar de hierro en el cuello, del que colgaba una lámina de bronce con su nombre cincelado. Su andrajosa túnica, hecha jirones con esmero y zurcida por todas partes, estaba impregnada de perfumes de Arabia. Llevaba del brazo a su amante Batilo, travestido, con los labios pintados de carmín y el rostro blanqueado con albayalde; una ostentosa peluca de tirabuzones rubios completaba su disfraz de alcahueta.

Varrón Murena observó a su cuñado de los pies a la cabeza, con los ojos entrecerrados. Solo una leve tensión en su ancha mandíbula y el movimiento de las aletas de su nariz al inspirar otorgaron movimiento a su rostro. Al devolver el saludo, dio la impresión de que iba a escupir:

—Gracias.

«Desde la cabeza se pudre el pescado». Fatigados por el obsceno lujo, la aristocracia romana jugaba a ser pobre. Trataba de imitar la «vida inimitable» que, según se rumoreaba, había llevado Marco Antonio en compañía de la reina egipcia. Vestidos con las ropas de sus sirvientes, se decía que los amantes vagaban de noche por los barrios marginales de Alejandría, frecuentando tabernas y burdeles, e incluso llegaron a participar en peleas callejeras. Disfrazados como rufianes y prostitutas, tras haber recibido las enseñanzas de filósofos y retóricos, muchos nobles romanos

simulaban el habla vulgar de la Suburra y pronunciaban blasfemias propias de verduleras.

—Así que estos son los dos gladiadores que nos han sorprendido hoy —

dijo Mecenas—. Perseo, tienes que hacer una visita a Marcelo. Al parecer, desea conocerte.

A rey muerto, rey puesto. Esa misma tarde, Marco había derrotado al campeón del heredero, con quien se había dejado ver a lo largo de los últimos días, y eso había dado pie a infinidad de chanzas. Mecenas no tardaba en buscarle un sustituto.

—Y tú debes de ser Prudes… —añadió el noble, usando el sarcástico nombre que la plebe había otorgado a Marco, que significaba «prudente».

Marco soportó el escrutinio del équite en silencio; intuía su irritación, soterrada bajo una gruesa capa de maquillaje, sofisticación y parsimonia.

Sabía que su misión allí iba más allá que hacer de escolta: Perseo y él se habían convertido en mascotas exhibidas en público.

—Tuve suerte —dijo finalmente. Había sonado a excusa, aunque eso no pareció satisfacerle.

Terencia tomó a su hermano del brazo para conducirlo hacia una espléndida fuente de estilo neoático, separándole de su esposo. Conversaron en voz baja, con los dos gladiadores caminando tras ellos:

—¿Alguna novedad? —preguntó Varrón Murena.

—Augusto está enfermo, y esta vez es grave —respondió Terencia—.

Hace dos noches me despertaron sus toses. Tuve que llamar a su médico, Antonio Musa. Padece una afección hepática y están intentando curarle con baños calientes.

A causa de su enfermedad, el princeps había trasladado su residencia hasta los jardines de Mecenas, un buen lugar para acantonar a la guardia pretoriana, desde el que se controlaba parte de los acueductos: la sequía estaba afectando al suministro de ese otro bien esencial. Sin embargo, las palabras de aquella atractiva mujer dejaban entrever mucho más que la gravedad de la enfermedad de Augusto, pues también evidenciaban que los libelos que circulaban por Roma eran ciertos.

Mecenas era de origen etrusco, un pueblo extravagante y lascivo, famoso por la costumbre de compartir a sus esposas. Eran mujeres refinadas y hermosas, aficionadas al lujo, al vino y a la danza, que acudían a fiestas mientras ellos compartían lecho con muchachos untados en aceites.

«Toscana» aún era sinónimo de «mujer fácil». Se decía que Mecenas se había casado mil veces, y que solo había tenido una esposa. A pesar de sus continuas rupturas y reconciliaciones, aquella aventura para él no era más que una travesura libertina. Sin embargo, en Roma lo más importante era el qué dirán. La dignitas. Nadie seguiría a un hombre con el honor mancillado, y si la noticia trascendía no podría asumirlo. Repudiar públicamente a Terencia no solo supondría reconocer la veracidad de los rumores, sino también acusar de adulterio al dueño de la República.

Aquel triángulo amoroso podía saltar en pedazos en cualquier momento, y sus consecuencias eran inimaginables.

Tras una cortina de lirios, Marco descubrió los Astragalizontes, de Policleto, una soberbia escultura de una pareja de niños desnudos jugando a las tabas, tallada cuatro siglos antes en Atenas. Su atención recayó de nuevo sobre Varrón Murena, que se había reunido con un enjuto individuo de unos cincuenta años. Tenía el cabello largo encanecido, cuidadosamente perfumado con óleos, piel morena y una mirada astuta. Su túnica de seda egipcia, teñida en dos tonos de púrpura, poseía una barroca decoración cuya suntuosidad solo podía advertirse de cerca. Sobre ella, un himation teñido de azafrán persa envolvía su fibroso cuerpo.

—¿Qué ha traído a Herodes, el Grande, a Roma? —preguntó Varrón Murena en griego.

Marco decidió fingir que no entendía nada. Sin duda, era el motivo por el que el senador empleaba la koiné helenística.

—Saludos, viejo amigo… —Herodes poseía un extraño acento. Su madre era árabe y su padre idumeo, un pueblo obligado a convertirse al judaísmo por Alejandro Janeo, aunque nadie los consideraba como tales, ni siquiera ellos mismos. Su lengua materna era el griego, pero poseía la ciudadanía romana, a pesar de que en la urbe solo era otro sofisticado monarca oriental, vestido de acuerdo con las modas helénicas.

Seguramente, ni él mismo sabría cuál era su patria—. Te presento a mis hijos Alejandro y Aristóbulo —añadió—. Los he traído para que sean educados en la corte.

Dedicó un gesto afectuoso a sus dos vástagos. Años atrás, había ordenado decapitar a su esposa Mariamme, la madre de aquellos jóvenes, a causa de sus sospechas de infidelidad. No era el único familiar al que había hecho ejecutar, y sin duda no sería el último.

—Dicen que estás interesado en adquirir parte del grano egipcio —

apuntó Varrón Murena—. Creo que hablaste de ello con mi primo, el legado de Siria.

Si la sequía había llegado hasta los fértiles valles de Galilea y la meseta cerealista de Perea, la situación en Oriente debía ser grave en extremo.

Marco tuvo que esforzarse por aparentar que no entendía ni una palabra.

—Sí, lo hice —respondió Herodes con desdén—. Hablaré con quien haga falta para garantizar la autonomía de mi reino. La construcción de Cesarea ha avivado la economía, y el dinero recaudado supone mil talentos anuales. Diez millones de denarios son un manjar muy suculento para los publicanos.

El comercio de la seda, los perfumes e inciensos de Arabia, y las perlas y los tigres de la India hacían que cada año salieran de la República más de cien millones de sestercios. La seda se pagaba a peso de oro y una perla de buen tamaño podía suponer varios millones. Las caravanas venidas del este llegaban hasta las ciudades del borde del desierto sirio, como Petra o Gerasa, y se dirigían hacia Alejandría, Seleucia Pieria, Tiro o Sidón para embarcar sus mercancías. Dado que Jerusalén y las ciudades de Galilea constituían un paso obligado, Herodes había emprendido un colosal programa de obras públicas. La nueva ciudad marítima de Cesarea dispondría de un enorme puerto para explotar aquella ruta comercial, y su construcción suponía grandes ingresos para los proveedores de materiales y contratistas, a la vez que daba trabajo a decenas de miles de lugareños.

Hábil militar y taimado político, implacable y vengativo, Herodes prefería que el oro circulase a mantenerlo bajo llave. Por ese motivo, las sociedades de publicanos soñaban con hacerse con la concesión de la

recaudación de impuestos de aquella tierra. Al igual que aquel reyezuelo oriental, Marco sabía muy bien lo que eso significaba: ciudades y campesinos exprimidos al recaudar más de lo estipulado mientras sobornaban a los gobernadores provinciales para que mirasen hacia otro lado. Corruptelas que, a tres mil millas de Roma, el princeps no podría evitar.

—Ten cuidado —le advirtió Varrón Murena—. Muchos podrían malinterpretar tus palabras.

—Mis súbditos aman a Augusto y están agradecidos por su protección.

Nadie olvida la presencia de las legiones en Antioquía.

El ejército acantonado en Siria, bajo el mando del familiar de Varrón Murena, suponía una amenaza constante para el reino herodiano, que se extendía por Judea, Idumea, Samaria, Galilea y Perea. Aquella ilusoria independencia no engañaba a nadie.

—En Cesarea construiré un templo consagrado a Augusto —señaló, adulador.

—Dicen que también deseas ampliar el Templo de Jerusalén.

—Las dos terceras partes de la población judía viven fuera de mi reino, sobre todo en Egipto y Siria —señaló con una sonrisa cínica—. El templo es un centro de peregrinación, lo cual supone más ingresos.

De nuevo, era una verdad a medias. Con aquella decisión, Herodes trataba de compensar a la población judía por el escándalo de fundar una ciudad cuyo nombre honraba al primer ciudadano de Roma.

Varrón Murena trató de aprovechar esa concesión:

—Respecto a lo que dijiste…

—Ya hablaremos más adelante. —Aquello dejaba una puerta entreabierta.

Herodes sabía nadar entre dos aguas. Su padre, Antípatro, se había ganado la amistad de Pompeyo y más tarde la de César, su enemigo. Tras el magnicidio, Herodes se codeó con Cayo Casio, uno de sus asesinos, y, cuando los conspiradores fueron derrotados en Filipos, logró ganarse el favor de Marco Antonio. Sobrevivió a una ofensiva de los partos y de sus enemigos judíos, y tras obtener la amistad de Cleopatra y los triunviros,

recuperó su reino después de una cruenta guerra de tres años. Cuando el fin de los amantes parecía inminente, cambió de bando una vez más para jurar lealtad a Augusto.

Ante todo era un superviviente. Su origen idumeo despertaba la antipatía de los judíos, que constituían algo menos de la mitad de la población de su reino, a su vez dividida en varias facciones religiosas, entre ellas los fanáticos zelotes. El resto eran, en su mayoría, descendientes de cananeos, que hablaban lengua griega o arameo. Los judíos consideraban que aquella tierra era un regalo de su dios único, por lo que eran frecuentes las agresiones contra ellos. Se decía que aguardaban la llegada de un profeta que expulsaría a los impíos, que, en esencia, eran todos aquellos que poblaban la Tierra, salvo ellos mismos. Por si fuera poco, aquel mosaico de etnias y religiones tributario a Roma estaba atrapado entre las dos mayores potencias del mundo conocido: la República y el Imperio parto. Sin duda, uno de los mayores temores de aquel monarca oriental era que su reino acabase convertido en una provincia romana, pero no debía de ser el único.

La trama se volvía más compleja. Cada vez entraban más actores en escena, y Marco ignoraba cuál era su papel.

Varrón Murena tomó a Herodes del brazo para llevárselo a un lugar apartado. Marco decidió entrar en el auditorio. El níveo suelo de mosaico de la sala contrastaba con el rojo de las paredes pintadas con cinabrio; no pudo evitar que su atención se desplazara a los frescos.

El estilo formado por elementos arquitectónicos en perspectiva había pasado de moda. En su lugar, estaba en boga ese otro ornamental que su padre adoptivo tanto despreciaba: paisajes de colores irreales y decoraciones con objetos fantásticos. Pinturas que no imitaban la realidad y la mímesis habían sido el canon desde los tiempos de Platón y Aristóteles.

Un abuso de pigmentos cada vez más caros, como la púrpura o el cinabrio, que contrastaba con la austera tetracromía de los clásicos. Lo que antes se conseguía mediante ingenio artístico ahora se lograba dilapidando dinero.

Marco se dirigió hacia el ábside. Allí, un individuo de unos treinta y tantos años leía en voz alta un volumen de historia. Supuso que se trataba de Tito Livio. El pasaje, extraído de su quinto libro, narraba uno de los

momentos más oscuros de la historia romana, cuando la tribu gala de los senones saqueó Roma:

—«Entre Quinto Sulpicio, tribuno militar, y Breno, rey de los galos, se llevó a término una negociación que fijó en mil libras de oro el precio de la ciudad que gobernaría el mundo. A este hecho, ya de por sí vergonzoso, se sumó una humillación: los galos trajeron pesos falseados; al rechazarlos el tribuno, el galo añadió con insolencia su espada a los pesos y pronunció una frase intolerable para los romanos: «¡Ay de los vencidos!».»

Entonces la vio. La estola azul contrastaba con su piel tostada; se había recogido el cabello en lo alto de la coronilla y unos mechones negros caían sobre los hombros. Los ojos grises chispearon al reconocerle y, durante un brevísimo instante, su rostro se crispó, como si se hubiera topado con un fantasma. En cierto modo lo era: para ella llevaba más de un año muerto.

No obstante, la facilidad con la que recuperó la compostura le inquietó. Vio que su mirada reparaba en su indumentaria de gladiador y supo que había comprendido lo esencial: estaba allí asumiendo una falsa identidad.

—«Pero los dioses y los hombres impidieron que los romanos se viesen rescatados, pues dio la casualidad de que, antes de que el execrable pago se efectuase, no estando pesado todo el oro, se presentó el dictador para ordenar que los galos se retirasen. Al negarse, alegando que ya se había hecho un trato, les dijo que un pacto realizado sin la aprobación del dictador no tenía validez, y les advirtió para que se dispusieran para el combate.

Ordenó a los suyos que pusieran en un montón los bagajes y preparasen las armas, para reconquistar la patria mediante el hierro y no con el oro…».

—¡Bravo! ¡Bravo! —exclamó Ovidio, batiendo palmas—. Estimado Livio… ¿Acaso no dijiste en una ocasión que el pasado puede lamentarse, pero no rehacerse? Pues bien: acabas de demostrarnos que no es cierto…

El joven, achispado por el vino, se había puesto de pie y aplaudía, haciendo gala de un malévolo sarcasmo.

«La patria se restaura con el hierro y no con el oro». En aquella nueva versión de la historia, el dictador Furio Camilo reaparecía de forma providencial acompañado de un ejército que hasta entonces había permanecido oculto, y lograba derrotar a los galos. De este modo, la

literatura se convertía en un bálsamo que mostraba un pasado distinto, aquel que nos gustaría que hubiese sido. Allá donde la verdad nos duele, se apela a la ficción.

—¿Acaso despreciáis su obra? —le preguntó Virgilio, entre toses. Era tísico y, en ocasiones, escupía sangre. Tuvo que limpiarse la boca con un pañuelo que le entregó Eros, su secretario, con quien mantenía una larga relación a la griega.

—En absoluto —respondió Ovidio—. Prefiero acudir a las lecturas de Livio, donde se reúnen los verdaderos amantes de la literatura, antes que a las de Cornuto. No vayan a considerarme uno de tantos aduladores que acechan su herencia…

Vitruvia tomó un sorbo de su copa y aprovechó para observar a Marco, más atenta a su expresión que a los comentarios. El joven poeta malinterpretó aquel mudo vínculo y se prestó a añadir:

—Parece que Varrón Murena desconfía de nosotros y ha traído una escolta —señaló, observando a Marco—. No estaría de más que el Senado volviera a expulsar a los gladiadores de Roma por el peligro que suponen.

Hablaba en griego, para que el aludido no le entendiera. Hubo un murmullo; en boca de Ovidio, cualquier insinuación adquiría connotaciones sexuales.

—Platón creía que los poetas debían ser expulsados de Atenas —

respondió Marco, empleando el dialecto ático que le había enseñado su maestro Diógenes, más arcaico y culto que la koiné helenística—. Gracias a la elocuencia que les otorga su arte, pueden hacernos creer en cosas irracionales o despreciables.

Las risas resonaron en el auditorio, ante la sorpresa de Ovidio.

—¡Bravo! —celebró Tibulo—. Este gladiador tiene una lengua tan afilada como su espada.

—Sin embargo —intervino Vitruvia con la vista fija en él—, Aristóteles creía que, a pesar de ser una mentira, un relato de ficción puede permitirnos alcanzar una verdad superior.

Marco se perdió en sus ojos grises, como los de una gata que juega con su presa antes de devorarla.

—La historia ha de mostrar la verdad —le respondió.

—La historia solo muestra hechos, no verdades —insistió ella—. Las verdades las alcanzamos al interpretar los hechos de forma honesta. ¿Se adentró César en la Galia para defender a la Narbonense de una amenaza, o más bien para enriquecerse gracias al oro de los galos? ¿Qué explica mejor la ambición de César, sus Comentarios o la ambición de Eteocles y Polinices en la obra de Esquilo?

El auditorio enmudeció; su hermanastra tenía ese talento. Criticar al padre adoptivo del primer ciudadano de Roma no era nada aconsejable, especialmente en aquel lugar.

—En ocasiones, la verdad ha de estar supeditada a un fin superior —

farfulló Livio, retomando el hilo de la conversación. —Famoso por su carácter sobrio y conservador, su ciudad natal era un feudo político senatorial. No podía ocultar sus simpatías hacia los optimates, hasta el extremo de que Augusto le había llamado «pompeyano», aunque la restauración de las antiguas tradiciones emprendida por el princeps coincidía plenamente con sus propios anhelos—. A juzgar por sus indecentes elegías, Ovidio es incapaz de entenderlo.

—Iba a componer un canto heroico lleno de sangrientas batallas, pero Cupido me robó el pie —ironizó, satisfecho de que la atención recayera de nuevo sobre él.

—¿Tenéis algo en contra de poemas como la Ilíada?—le preguntó Virgilio. Era fácil imaginar lo que pasaba por la cabeza del autor de la Eneida.

—No estoy en contra de los cantos épicos, sino de la función que desempeñan —razonó el joven poeta—. Tampoco tengo nada en contra del elegante estilo de Livio, sino del fin que otorga a su prosa empapada de poesía y retórica. Esa prosa hace que arrasar una ciudad sea un ejemplo a seguir y que resulte inmoral hacerle el amor a una mujer hermosa.

—¿Y es que no lo es, si está casada? —preguntó el historiador, observando a Vitruvia—. Nuestra obra debe infundir en la ciudadanía el amor al oficio de las armas.

—«Es dulce y honorable morir por la patria» —recitó Horacio. Y

enseguida añadió—: y necesario para garantizar el futuro de Roma.

Con cuarenta y dos años, era gordo y de corta estatura. A pesar de su afición a la buena vida, tenía tendencia al mal genio, y demostraba una enorme devoción hacia su amigo Virgilio. Su primer libro de Odas le había encumbrado como poeta lírico, aunque las críticas recibidas hicieron que abandonara ese género «frívolo» para consagrarse a la epístola poética de contenido moral. Algo que se ajustaba muy bien a los intereses de Augusto.

—¿Y acaso hacer el amor no es también necesario para asegurar el futuro de Roma? —le respondió Ovidio.

—Siempre habrá gente dispuesta a fornicar. —Horacio había asegurado que se mantendría célibe hasta la muerte.

—Por desgracia, no siempre. Al menos no conmigo —replicó Ovidio, llevándose su copa a los labios.

—Un poeta no debería malgastar su talento en frivolidades —sentenció Horacio, alardeando de la fe del converso—. Gracias a recordar el valor de nuestros antepasados, la ciudadanía estará dispuesta a defender la República ante cualquier amenaza.

—Muchas veces lo que amenaza nuestra libertad no es un ejército extranjero —replicó Ovidio, insólitamente sobrio—. Y pensar tan solo en el valor de nuestros antepasados hace que no nos demos cuenta. Hoy en día, se requiere más valor para publicar una elegía erótica que para sacar a la luz un solemne canto épico. Aunque, sin duda, en tu opinión no tiene nada que ver el hecho de que nuestro anfitrión te pague por escribir, ¿verdad?

Horacio había sido tribuno militar bajo las órdenes de los asesinos de César. Tras su derrota en Filipos, le fue confiscado su patrimonio y tuvo que ganarse la vida escribiendo. Una vez bajo la protección de Mecenas, pronto cambió de bando.

—Muchacho, si yo tuviera todo tu dinero —espetó Horacio, iracundo

—, también podría ser un ácrata.

Propercio inclinó el rostro para ocultar su sonrisa. Aún no había cumplido los treinta años y ya era famoso por sus poemas eróticos. Su negativa ante la petición de Mecenas de abordar el género épico le había

distanciado del consejero del princeps, que dejó de ser su benefactor. Tal vez por ello detestaba a Horacio, y mantenía una fría relación con Tibulo, amigo de este.

—Tanto a la adúltera como a la puta se las desprecia —sentenció Ovidio

—. Una folla con quien quiere, y otra con quien le paga, pero eso a nadie le importa. En realidad, es más fácil que el hijo de un liberto pueda estudiar poesía que lo haga el de un acaudalado équite. La lírica solo es admitida como adorno, mas no como oficio.

Homero, el más grande de los poetas, había vivido en la más completa pobreza. La mayoría de quienes ejercían ese oficio debían encontrar un protector para garantizarse el sustento. Haciendo gala de un cínico sarcasmo, el dictador Sila asignó una pensión vitalicia a un poeta que le había dedicado un pésimo poema laudatorio, a condición de que no volviera a escribir jamás. Ovidio tuvo que enfrentarse a su padre tras abandonar sus estudios de derecho para formarse en literatura.

Todo ello hizo que Marco recordara uno de los motivos por los que había decidido abandonar el oficio de arquitecto y escultor. El otro había clavado sus ojos grises en él.

—«Retroceded, escritores romanos; retroceded, griegos» —recitó Propercio—. «No sé qué cosa más grande que la Ilíada está naciendo…».

Era un guiño dirigido a un buen amigo. Virgilio sonrió con timidez y se levantó para recitar un pasaje de su Eneida. Había redactado un borrador en prosa, con un argumento que más tarde reelaboró a medida que componía sus doce cantos. Decidió leer el sexto, que era del que se sentía más orgulloso.

Al igual que las artes plásticas, la literatura romana había estado bajo la sombra de la griega; dividida entre el barroco estilo asiánico y la simplicidad del clásico. Este último entroncaba con los antiguos valores romanos que defendía Augusto. Dignidad, austeridad y sencillez eran los principios que se habían impuesto en todas las artes. Atrás quedó el afectado abuso de helenismos propio de los neotéricos; la literatura latina al fin había encontrado su identidad. Y, sin embargo, era su visión romántica, y no su clasicismo estético, lo que hacía que aquella generación de literatos

fuera inmortal. Una idealización del pasado frente a la degradación moral actual; contemplar el presente como lo que ha dejado de ser, y no como lo que es. Una nostalgia que trascendía al individuo; la de un pueblo que añoraba una vida en paz que jamás había existido.

Nacidos en colonias de campesinos y soldados, conocedores de la vida rural, marcados con las cicatrices de las interminables guerras, en una época en la que todo templo en ruinas era reconstruido, todo manuscrito antiguo copiado y toda tradición restaurada, una vez adquirida una sólida educación griega, aquellos poetas quisieron evocar un pasado que los habitantes de la tumultuosa urbe eran incapaces de imaginar.

Al contrario que griegos y celtas, Roma no poseía una épica nacional.

Ni la obra de Ennio ni la de Nevio hundían sus raíces en la tradición oral; eran epopeyas cultas de influjo helénico, desconocidas para el pueblo llano, que reflejaban una visión del mundo que les era extraña. Unos dioses sujetos a pasiones humanas, que imponían un caprichoso destino a los mortales; algo en lo que no veían reflejada su historia. La Eneida suponía la búsqueda de una auténtica épica romana. A primera vista, a imitación de la obra de Homero, pues Virgilio hacía descender a la estirpe de la ciudad dominadora del mundo de los supervivientes de Troya. Sin embargo, al convertir a Eneas en un piadoso caudillo dispuesto a cumplir con el designio de los dioses fundando una nueva Troya, creaba una visión positiva de la historia que los llevaba desde sus modestos orígenes a la recuperación de una edad de oro primigenia.

Toda esa nostalgia, esa ansia de paz y la búsqueda de una identidad propia encontraban en la Eneida su paradigma. Y convertía a aquella generación de literatos en la más poderosa herramienta al servicio de Augusto. Los cimientos ideológicos de su régimen jamás habrían podido fraguarse sin una literatura sincera, capaz de fascinar con esa nueva era de paz y prosperidad bajo el gobierno de un solo hombre: Inclina ahora aquí tus dos ojos; contempla a esta gente y a tus romanos. Aquí, César y toda la progenie de Julo, que ha de venir bajo el eje del magno Cielo.

Este es el hombre, este es, el que a menudo oyes que te es prometido,

Augusto César, raza de un dios, que fundará los siglos de oro nuevamente en el Lacio, en los campos otrora gobernados por Saturno.

Marco sentía la mirada de su hermanastra como una presencia física.

Vio que le hacía un discreto gesto, antes de abandonar la sala. Él contó hasta cien mientras aparentaba prestar atención al poeta, y a continuación salió por la otra puerta para reunirse con ella.

Sabía dónde encontrarla.

En un pequeño claro reposaba una de las más sobresalientes esculturas de Roma. La obra maestra de Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas; un enorme conjunto esculpido en un único bloque de mármol, que mostraba a Laocoonte siendo castigado por los dioses a morir estrangulado por serpientes marinas junto a sus dos hijos. El sacerdote había advertido al resto de los troyanos que, si aquel caballo de madera entraba en la ciudad, caerían en una trampa de los aqueos. Su cuerpo en tensión evidenciaba su dolor, mientras dirigía su rabiosa mirada al cielo por aquel inmerecido tormento.

La editora, de pie ante la estatua, se aproximó a él. Por un momento, dio la impresión de que iba abrazarle. El sonido de su propia voz la detuvo:

—¿Qué haces aquí?

Guardar la distancia. Dominar el espacio vital. Mantenerse siempre alerta. Protegerse en todo momento. Marco había quedado marcado, por dentro y por fuera. Ella no dejaba de indagar en su rostro, como si no le reconociera.

—Creo que debería ser yo quien hiciera esa pregunta —respondió—.

Hace casi dos años, nuestros padres recibieron una carta diciendo que habías desaparecido durante una misión. Y ahora te encuentro aquí.

Él prefirió permanecer en silencio, sin apartar la mirada, evaluando sus intenciones. Su proximidad avivaba aquel deseo de sentirla en sus brazos y acabar con aquella farsa. Las palabras de Vitruvia le sacaron de su ensueño:

—Si mi esposo te descubre…

La advertencia reavivó el rescoldo de un fuego apenas extinto, capaz de inflamarse al más mínimo soplo.

—¿Forma parte de la conspiración? —preguntó Marco.

Había creído entrever alguna clase de lealtad hacia Fabricio, tal vez el fruto de los años de convivencia. O quizás el temor a las consecuencias que aquel furtivo encuentro pudiera acarrear a su matrimonio. Con su pregunta, había esperado derruir sus defensas. En su lugar, vio que su rostro mostraba algo muy parecido a la compasión:

—Créeme, Fabricio es capaz de hallar mil formas para sacar provecho a cualquier información.

No añadió nada más y él se sintió estúpido. Vitruvia siempre lograba que dijera mucho más que ella. Incluso cuando él hubiese formulado la pregunta. Poco antes, Ovidio le había descrito como uno de los gladiadores de Varrón Murena, y acababa de confesar tácitamente cuál era su motivo para asumir esa identidad. Constatar que aquel sutil intelecto superaba con creces el suyo le hacía sentirse incómodo.

—¿No vas a responder a mi pregunta? —preguntó Marco.

—¿No vas a decirme qué haces aquí y dónde has estado todo este tiempo? —respondió la editora—. Tengo derecho a saberlo.

—Hay cosas que, por tu propio bien, es mejor que no sepas. —Eran, más o menos, las palabras que ella había pronunciado un año atrás. Deseaba herirla, recuperar el terreno perdido. Solo logró quedar aún más en evidencia.

—Marco, eres tú quien no sabe nada. —Habló con la dulzura de una madre a un hijo—. Seguramente, ni siquiera sabes el objetivo de tu misión.

—Pero tú sí sabías que iban a tratar de matarme.

Todo estaba yendo demasiado lejos, pero era incapaz de callar. Recordó las viejas simpatías republicanas de su hermanastra. ¿Cómo pudo saber que Fanio Cepión iba a sabotear su misión, dos años atrás? «Hay gente poderosa, a la que no interesa que esta guerra termine», le había dicho. Y no se había equivocado. La sospecha de que le ocultaba algo importante no hizo más que avivar su irritación.

—No lo sabía —respondió ella—. Solo… lo sospechaba.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que estás metido en algo muy peligroso. Debes abandonar tu misión, sea cual sea. Fanio Cepión es amigo de Varrón Murena. Ahora mismo está en Puteoli, supervisando sus negocios, pero pronto regresará a Roma y, tarde o temprano, te reconocerá. Si eso ocurre, desearás estar muerto.

—¿Qué clase de negocios?

—¿Cuánto tiempo crees que podrás sobrevivir en la arena? —replicó ella, con hermetismo—. Ya no se trata de matones de barrio: te encontrarás ante los mejores luchadores de la República.

—Estoy preparado para morir.

Trató de mostrarse seguro de sí mismo. No lo hizo mal; tal vez hubiera engañado a cualquier otro.

—«Si la muerte fuera un bien, los dioses no serían inmortales» —recitó ella—. Veo que no eres consciente de algo importante: el princeps está enfermo.

—Eso ya lo sé.

—Y como también sabrás, ha elegido a Marcelo como sucesor, tras desposarlo con su hija Julia —dijo Vitruvia, con una mueca cargada de ironía—. Pero él es aún muy joven. Apenas ha desempeñado magistraturas, no cuenta con suficiente auctoritas.

—Si Augusto muere, deberá disputarse la sucesión con Marco Vipsanio Agripa. —Marco se veía arrastrado por las implicaciones de lo que había descubierto aquella misma noche.

Agripa, la mano derecha de Augusto, ansiaba vestir la púrpura, y por ello trataba de menoscabar la influencia de Mecenas, el otro tradicional confidente, al que Marcelo había convertido en su guía. Al parecer, su esposa, Terencia, se había convertido en la amante del primer ciudadano de Roma y compartirla con él tal vez pudiera consolidar su amistad, o hacerla pedazos. Marcelo estaba desposado con Julia, la hija de Augusto, mientras que Tiberio estaba prometido con Vipsania, la hija de Agripa. Este se había casado con Claudia, la hermana de Marcelo, sobrina del princeps. A pesar

de solo tener quince años, estaba previsto que Druso, el hermano menor de Tiberio, se uniera con Antonia Menor, hija de Octavia, la hermana de Augusto.

Ese enrevesado y, en ocasiones, casi incestuoso entramado de bodas de conveniencia estaba concebido para fortalecer los lazos entre los miembros de la familia imperial y sus allegados. La precaria salud del gobernante hacía que la cuestión sucesoria quedara abierta. Octavia había logrado que su hijo Marcelo fuera el heredero, mientras que Livia ambicionaba que lo fuera Tiberio, el mayor de sus dos vástagos. Por ese motivo, ambas cultivaban una tensa aunque educada enemistad entre sí. Como virtuosa matrona romana, a Livia no parecían importarle demasiado las infidelidades de su esposo con Terencia, la esposa de Mecenas, e incluso se rumoreaba que era ella quien le buscaba todas esas hermosas jóvenes de buena familia por las que sentía predilección, pues él siempre estaba demasiado ocupado redactando leyes para defender la familia y castigar el estupro.

También se decía que el cariño que Tiberio le profesaba a Vipsania era sincero y que su futuro enlace había servido de base para su alianza con Agripa. Sin embargo, los divorcios de conveniencia entre aristócratas eran casi tan frecuentes como aquellas bodas. Su propio padre, Tiberio Nerón, no había tenido problemas en separarse de Livia para que Augusto pudiera unirse a ella. Aquella sucesión de esponsales, en definitiva, no había evitado la despiadada lucha dinástica que estaba teniendo lugar. Solo la habían hecho aún más retorcida, adulterándola con grandes dosis de amor, lujuria y celos.

—Marcelo procede de una de las familias más nobles de Roma, mientras que Agripa es un «hombre nuevo» sin ningún antepasado ilustre

—aseguró Vitruvia—. El joven goza de mucho prestigio entre las clases altas, pero se dice que la mano derecha del princeps tiene inclinaciones republicanas. Los nobles pueden asumir que la República esté en manos de un solo hombre, como ya ocurrió con Mario, Sila o el mismo César. Sin embargo, que el poder se transfiera de forma hereditaria, sería casi sinónimo de monarquía.

Marco sabía que, dentro del ejército, Agripa poseía un enorme prestigio.

No obstante, si Marcelo heredaba el nombre, la clientela y el patrimonio de César Augusto, muchos le jurarían lealtad: al fin y al cabo, era él quien pagaba a las legiones.

Apoyo de la nobleza, control del ejército, popularidad entre la plebe y dinero: esos eran los cuatro pilares que, durante casi un siglo, habían dictaminado quién gobernaba la República. En caso de que Augusto muriera, Roma se encontraría en la antesala de una nueva guerra civil, y de momento ambos contendientes parecían estar en tablas. En todo, salvo en un único punto. Algo que podía descompensar la balanza de poder de forma irreversible.

Vitruvia supo que al fin había comprendido:

—Marcelo necesita ganarse el favor del pueblo y, como edil, tiene un modo a su alcance, para lo cual cuenta con el apoyo de Mecenas. Durante los próximos meses, en la arena del foro se decidirá quién va a ser el dueño de la República. Marcelo tendrá que dar al público lo que desea, y el público solo quiere sangre. Él se la dará, no lo dudes, sin importarle el dinero, y todos le amarán por ello.

—¿Y qué pintan Fanio Cepión y Varrón Murena en todo esto?

Ella contemplaba la oscuridad.

—¿Es que no vas a decir nada más? —insistió Marco, alzando la voz.

—Lo único que debes saber es que, en todo esto, soy la única persona a la que le importa si vives o mueres —dijo, y se dio la vuelta para regresar al auditorio.

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