Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 19 de 27

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Pan y circo

Capítulo XVIII

Desde el tejado, el estrecho callejón parecía un abismo. Marco se asomó por la cornisa del bloque de viviendas para mirar hacia abajo y experimentó un repentino vértigo. Tuvo que retroceder y echar el cuerpo hacia atrás.

Tenía diez años, y había aceptado el desafío de Numerio por pura obcecación. En ese momento, a solas con él, a sesenta pies por encima de la calle, se arrepentía de su arrogancia. Apenas tres pasos separaban un edificio del otro; se sabía capaz de saltar aquella distancia. Pero era noviembre y había llovido. Un estúpido resbalón y se hundiría hasta el fondo del oscuro pasadizo, cinco pisos más abajo.

A su espalda, Numerio le estaba observando. Dio tres pasos atrás para tomar impulso y se detuvo. Entornó el rostro por encima del hombro. El rudo muchacho, tres años mayor que él, sonreía con suficiencia.

—¿Tú no tienes miedo? —le preguntó.

—Claro —respondió Numerio—. De lo contrario, ¿qué sentido tendría?

Jamás supo por qué lo hizo. No fue para demostrar nada a nadie. Marco tomó impulso y saltó por encima del abismo que se abría a sus pies.

Un combate es como saltar una sima: cuanto menos pienses en ello, más fácil resultará. Eran los Juegos Apolinares. Roma rugía por encima de sus cabezas. Sentados en el hipogeo, bajo la plataforma de roble cubierta de arena, los gladiadores oían el clamor de un público enfervorecido. Dos días antes, había tenido lugar la peregrinación por los templos para traer la lluvia, pero nadie lo recordaba. Por cada espectáculo gladiatorio se celebraban seis competiciones de carros y diez festivales de teatro. El coste de cada luchador muerto y traer a las fieras desde cientos de millas de distancia los convertían en un evento excepcional. Todos querían sangre y

estaban allí para dársela. Marco se resistía a creer que aquello no tuviera más sentido que satisfacer los caprichos de una plebe ociosa. Aquella lucha por la supervivencia, en la que cientos de hombres se desangraban día tras día, debía conducir a algo, a un fin último, fuera el que fuera, que tal vez solo los dioses conocían.

Observó a Perseo, sentado ante él. La cresta de su yelmo, coronada por un grifo, símbolo de Némesis, le recordó cuál era su meta. El afán de venganza le había llevado hacia una senda sin salida, y ahora debía enfrentarse a ello. Pero ¿qué le movía a él? Perseo era un auctoratus, un hombre libre; sin embargo, aún permanecía en la escuela. Los ojos oscuros del hoplómaco le devolvieron la mirada.

—Te preguntas qué hago aquí, ¿verdad? —masculló, con una tenue sonrisa.

El gesto de Marco pareció otorgar vida a sus palabras.

—¿Recuerdas a Ajax? Era un luchador famoso. Mi primera vez tuve que enfrentarme a él. Al parecer llevaba más de treinta combates sin conocer la derrota…, imagino que sabrás cómo me sentía.

Lo sabía bien. Desde los nueve años, Marco había entrenado a diario con una espada de madera, con la idea de emplear algún día otra de metal.

Cuando ese momento llega, descubres que has pasado media vida preparándote para un solo instante. Todo ese esfuerzo y sacrificio al fin servirán para algo, aunque solo sea para probarte a ti mismo.

—Luchamos durante casi una hora; aquello parecía interminable —

murmuró Perseo—. Al fin, Ajax logró despojarme del arma y me encontré con la punta de su gladius en mi garganta. Hinqué la rodilla en tierra y aguardé, dispuesto a afrontar el momento fatídico. Mientras oía los gritos del público, no me atrevía a alzar la vista. Notaba la punta de la espada presionando sobre mi clavícula y una ansiedad que crecía a cada instante.

—El gladiador esbozó una extraña mueca—. Entonces el organizador alzó el pulgar y pude levantarme. Sin embargo, al atravesar la puerta triunfal, percibí una vaga frustración. Me faltaba algo. Quería volver a sentir la amalgama de emociones que había dejado atrás. Al igual que el rechazo de

una mujer no hace más que acrecentar tu deseo, me había vuelto adicto a la arena.

»Eso me animó a continuar. A partir de entonces, entrené más duro y fui derrotando a un adversario tras otro. No era la muerte lo que buscaba, sino la excitación del ritual. Por ella merecía la pena asumir cualquier riesgo.

»Para entonces, el pueblo había creado un ídolo. Un personaje ficticio, al que acabé asumiendo como identidad: para Perseo no existe la inseguridad ni el miedo; despierta la atracción de las mujeres y la admiración de los hombres. Creí no necesitar nada más y, por ello, acabé renunciando a mi verdadero nombre. Odias esta maldita farsa, pero amas lo que te hace sentir. ¿Quién no querría cambiar su vida por la de alguien al que todos consideran un dios? —Perseo aferró con fuerza su lanza—. Todo se lo debo a esto —sentenció—. Sin ella no soy nada.

Una pareja de esclavos les trajo unas ánforas. Marco experimentó un momento de pánico, como ante una caterva de jinetes suevos: sabía lo que la presencia de aquellos jóvenes significaba.

—¿Queréis agua? —les preguntaron.

—Dame vino —dijo Perseo, con su habitual sonrisa.

Marco tenía la lengua áspera y deseaba serenar su ánimo. Iba a tomar la copa que le ofrecían cuando percibió una presencia a su lado.

—No conviene que nada te enturbie el juicio —dijo Varrón Murena, que le tomó del brazo para conducirle hasta una hornacina excavada en la roca donde se hallaba una minúscula figura iluminada por dos candiles de barro.

Por un momento, Marco consideró la idea de realizar una ofrenda ante aquella imagen de Júpiter, por modesta que fuera, y entonces recordó los gritos del capataz implorando la ayuda de los dioses, durante toda una noche, sin que sirviera para nada.

—¿Te preocupa algo? —le preguntó el senador.

—Él es mejor que yo. Jamás podré vencerle.

—Ahora ya tienes una ventaja —murmuró Varrón Murena—: tú sabes que vas a morir.

Entonces comprendió que ceder al miedo no consiste en huir. El verdadero temor es saberse impotente ante el destino e implorar ayuda

mediante sacrificios, como un muchacho asustado que intenta ganarse el favor del matón de la escuela. Vencer al miedo consiste en saber que vas a morir y que solo puedes elegir tu modo de hacerlo. Supone entender que la cobardía es ceder a la tiranía del miedo. Es saber que en la vida solo existes tú y la muerte, y que nada de lo demás importa.

Cuando el senador se alejó, Marco sintió la presión de una mano sobre su hombro.

—Marco… —le dijo Mucro—, me gustaría pedirte un favor.

—Haré lo que pueda.

—Antes de morir, Petraites me pidió que cuidara de Herennia. Él era como un hermano para mí, y suponía un honor. Me gustaría que me prometieras que, si no sobrevivo a esta tarde, tú te harás cargo de ella.

—Tienes mi palabra.

—Gracias. —El suburano se ajustó la manica antes de subir a la plataforma que le llevaría a la pista.

—Mucro…

—¿Sí?

—Si mueres, ¿yo también podré tirármela?

Las carcajadas del hombretón resonaron en el subterráneo mientras ascendía hacia la arena. Marco estudió su propia panoplia, comprobando que todo estuviera en orden.

Las armas del gladiador estaban diseñadas para enfrentar a tipos de combatientes con distinto armamento, lo cual los obligaba a desarrollar un modo de lucha diferente. Del mismo modo que, ante el Arcadio, había tratado de mantenerse alejado, la longitud de la lanza de Perseo le obligaba a hacer lo contrario. Su adversario se sentiría cómodo en una distancia desde la que él podía atacar, sin arriesgarse a recibir un golpe. Marco saltó sobre el tablado justo en el momento en que este comenzaba a elevarle hacia la arena. El clamor de la multitud se mezclaba con la fanfarria de las tubas. Desde los toldos que cubrían la cávea, una nube de pétalos de rosa caía sobre la pista, salpicada de sangre como nieve escarlata.

Ante él, Perseo surgía desde las entrañas de la tierra.

—¡Perseo! ¡Perseo! ¡Perseo!

El hoplómaco alzó sus armas para saludar y la muchedumbre enloqueció. Cuando Marco trató de imitarle, un tremendo abucheo resonó desde el auditorio. Sin duda, Mecenas había hecho circular rumores sobre su cobardía, y los comediantes callejeros no habían ayudado a lavar su imagen. Los scutarii, que se suponía que debían animarle, no ocultaban su desprecio hacia él, y sus abucheos se confundían con el de los parmularii, los seguidores de los gladiadores de escudo pequeño.

En la salutación, Marco dedicó al palco una reverencia sarcástica.

Mientras se presentaba ante su adversario y el summa rudis, trató de olvidarse de todo.

Apenas hubo prolegómenos. Se situaron en sus marcas y, a una señal del juez, comenzó la pelea. Más allá de la rejilla de bronce que protegía su rostro, la lanza de Perseo se movía como una avispa. Su mayor alcance le permitía llevar la iniciativa; sabía muy bien cómo mantenerlo a distancia.

Trató de acercarse. Perseo hizo palanca con el astil y el hierro aguzado descendió sobre la cabeza de Marco a toda velocidad. Alzó su escudo para detener el ataque, pero la punta se frenó en seco y el otro extremo le golpeó en la rodilla descubierta. Un rugido de júbilo resonó en las gradas.

Cojeando, Marco dio un paso atrás. El agarre a dos manos permitía al hoplómaco golpear con más fuerza y modificar la trayectoria a su antojo.

Bastaba con mover un palmo la posición de ambas manos para que el plano de ataque variara por completo.

Marco cargó de nuevo y Perseo barrió el suelo ante él con la punta de su lanza, obligándole a frenar en seco. El asta continuó con su movimiento circular y se elevó para golpearle en el casco. Apenas le hizo daño, pero el público vociferó; uno de tantos gestos inútiles al servicio del aplauso fácil.

Irritado, Marco se adelantó una vez más para robarle la distancia. Un lanzazo en la visera del yelmo le detuvo. El impacto fue tan violento que le hizo tambalearse. Aturdido, soltó un exabrupto.

Habían entrenado juntos; se habían estudiado mutuamente. Perseo conocía bien sus defectos y lo estaba demostrando con creces. Una vez más, Marco cargó contra él. El hoplómaco le golpeó con el asta en el antebrazo y su espada cayó al suelo. Tuvo que emplear el escudo para embestir. Su

adversario saltó hacia atrás. El ataque se quedó corto, pero al menos pudo recuperar el arma.

Por primera vez, Marco recordó el consejo de Mucro de solicitar clemencia. Algo en su interior, tal vez el orgullo, le hizo descartar la idea.

En su lugar, trató de concentrarse. Al estudiar las evoluciones de su oponente, descubrió que jadeaba por el esfuerzo. Daba la impresión de que sus fuerzas se agotaban. En una batalla, los relevos entre líneas siempre otorgan algún descanso, pero en la arena era distinto. Al parecer, Perseo apenas tenía fondo. Jamás se había dado cuenta, aunque ahora no importaba: debía utilizarlo en su provecho.

La única ventaja de luchar con dos armas contra alguien que emplea una lanza a dos manos es la posibilidad de realizar ataques simultáneos. A pesar de su destreza, Perseo empleaba una rutina de golpear y parar, en una acción tras otra. Él podía cubrirse y atacar al mismo tiempo. Decidió intentarlo, de modo que recompuso su guardia. Apoyó la hoja del gladius sobre el borde superior de su escudo, a la espera del siguiente ataque.

La espada ha de moverse en todo momento apuntando al contrario, como si se desplazara sobre un embudo cuyo vértice siempre está orientado hacia él. No detienes en seco un ataque; lo desvías hacia un lado, o haces que muera al deslizarse por tu hoja. De este modo, cuerpo, mente y espada actúan como una cuña.

Perseo cambió el agarre para tratar de rejonearle en el cuello desde arriba. Marco se abalanzó sobre él. La lanza resbaló sobre su escudo pasando sobre su cabeza, mientras él dirigía una estocada hacia el muslo.

La punta abrió un surco en el acolchado sin llegar a la carne, pero obligó al hoplómaco a retroceder. Marco sintió que se tambaleaba y le siguió presionando, lanzando cuchilladas a ciegas por debajo de la rodela de hierro. Ante sus ojos, todo era un entrechocar de metal.

Aquel modo de lucha no difería del que había practicado en el ejército: soportaba golpes de lanza, protegido tras su escudo, mientras él y sus compañeros avanzaban paso a paso, cortando y tajando, como una marea humana que engullía a sus enemigos. Los impactos resonaban en su casco, su brazo izquierdo estaba entumecido por los golpes del asta de fresno. Aun

así, siguió avanzando: paso, tajo, paso, cuchillada… Por primera vez, el público le animaba y siguió arrollándole, con una estocada tras otra.

Soltó su propio escudo para sujetar a su adversario por la visera del yelmo, sin dejar de apuñalarle. Se sentía eufórico, había dado rienda suelta a su ira. Al fin luchaban a su modo. Los movimientos de su oponente eran cada vez más torpes y siguió acuchillándole sin parar.

Tropezó y ambos cayeron al suelo. Mientras rodaban por la arena, siguió buscando un hueco para hundir su hoja en la carne. Marco sintió un fuerte golpe en la espalda, pero no se detuvo. Un nuevo estacazo le hizo gritar una maldición. Al girarse, descubrió al juez de arena. Se incorporó a duras penas, y observó el cuerpo que yacía sin vida en el suelo, encogido sobre un charco de sangre.

Su mano extendida aún mantenía los dos dedos alzados para solicitar clemencia. Jamás supo durante cuánto tiempo había estado apuñalando a un cadáver.

A partir de ese momento, sus recuerdos se volvían confusos. Recordaba los aplausos del público cuando le entregaron una rama de palmera y que tuvo que dar una vuelta a la pista sosteniéndola en alto. Al cruzar la puerta triunfal, se topó con un Hermes extrañamente sombrío. La mayor parte de la escuela había sobrevivido, pero nadie, ni siquiera Mucro, salió a su encuentro para felicitarle. Decidió visitar el depósito de cadáveres.

Los gladiadores caídos yacían sobre el suelo. Se los quemaba con hierros candentes para asegurarse de que no seguían con vida y, a continuación, les abrían el cuello. Desfiló ante aquella colección de cadáveres, contemplando un cuerpo mutilado tras otro, hasta que al fin encontró a Perseo. Lo habían desnudado; pudo contar, por lo menos, una veintena de heridas en el vientre y el costado izquierdo. Uno de los operarios recogía los humores que aún manaban de ellas en un recipiente cerámico. A la sangre de gladiador se le atribuían virtudes afrodisiacas; algún acomodado patricio pagaría una fortuna por una cura para su impotencia.

Al contemplar las facciones de su compañero de escuela, comprendió la utilidad de aquellos yelmos; solo entonces fue consciente de lo que había

hecho. Resulta más fácil matar a un ser anónimo, antes que a alguien con rostro. Tras estudiar el color de su lengua, sus pupilas dilatadas y aquella expresión ausente, también comprendió lo que había pasado. A medida que el combate había ido transcurriendo, los movimientos de Perseo se habían vuelto más torpes. «No conviene que nada te enturbie el juicio», le había dicho Varrón Murena. Recordó el vino que le habían entregado a Perseo poco antes de salir a la arena y la insistencia de su patrón para que él no bebiera.

Estigia es el río que separa la tierra del Hades; su nombre en griego significa «odio». Se decía que Aquiles había sido sumergido en sus aguas poco después de nacer y que por ello se había vuelto invulnerable.

Marco sabía que sumergirse en el odio no hace a nadie invulnerable.

Había cruzado infinidad de veces esa frontera que separa a los muertos de los vivos, al adentrarse en ese mundo sin reglas, donde las únicas leyes las imponía uno mismo.

La guerra. Creces en un mundo que te dice que no debes matar, y un día se convierte en tu obligación. Te dicen que lejos de Roma es distinto, que hacerlo es tu deber. Te enseñan cómo es la guerra y cómo es tu enemigo.

Pero cuando encuentras en su cadáver un mechón de cabello y un tosco caballo de madera, descubres a alguien obligado a luchar tras abandonar la cosecha, tras dejar su granja en manos de su mujer e hijos. Una talla a medio hacer, un juguete inacabado; ilusiones infantiles abortadas por la ambición humana. Los legionarios que luchaban en la Galia odiaban más a los partos que aquellos que combatían en Oriente.

No odias a tu enemigo. Eso lo haría más fácil. Y el odio no te hace invulnerable; debes encontrar un modo de deshacerte del remordimiento.

Para Marco el Hades era una disociación nacida en su mente que le permitía alejarse de esa parte de sí mismo que despreciaba. Incapaz de controlar la realidad que le rodeaba, su cuerpo solo obedecía al entrenamiento: era mejor no sentir nada antes que sentirse de aquel modo.

Su conciencia creaba una barrera, y solo en el Hades podía librarse de ella. Una vez allí, la supervivencia se convertía en una coartada para hacer lo que la moral le prohibía. Era el momento de su revancha. Contra todos.

Contra el mundo. Una sensación de poder le embriagaba y, en el fondo, sabía que no era distinto a Fanio Cepión. Todo en lo que creía no era más que una farsa construida para ocultar su miedo al vacío.

Algunos, como Velox o su viejo camarada el optión, jamás regresaban del Hades. Ese era el mayor riesgo del soldado…, y los juramentos que se hacen sobre las negras y emponzoñadas aguas del Estigia siempre deben cumplirse. Marco se recordaba día y noche cuál era su misión, que debía matar a Fanio Cepión para ahogar su odio; si no cumplía ese juramento, sufriría el castigo de los manes. No importaba nada más, por trágico que fuera. Pero ya no podía mantener el autoengaño. Además, había algo que le aterraba, mucho más que el ser descubierto. Lo que más temía era alcanzar su objetivo, depositar un arma ensangrentada en un templo consagrado a la diosa de la venganza, quedar atrapado para siempre al otro lado del Estigia y que nada de ello le hiciera sentirse en paz.

Aquella noche deambuló por Roma buscando un lugar donde esconderse de sí mismo.

El tugurio del Velabro apestaba a mugre y orín. Entre el entrechocar de las jarras, las diputas de los parroquianos y las canciones soeces de los borrachos, Marco bebía en silencio mientras un estibador del puerto Tiberino farfullaba algo a su lado. El vino era áspero, malsano, y sospechaba que el camarero, a escondidas, lo mezclaba con agua. Pero aquella noche esa clase de mezquindades no le importaban; él mismo acaparaba todo su desprecio.

Alzó la vista del vaso y descubrió ante él a la última persona en el mundo con la que hubiera deseado encontrarse. Trató de ignorarle, pero no tuvo suerte. Alegre como un niño, Lucio Ahala se sentó a su lado.

—Sirve otra al campeón —dijo al camarero—. ¡Esta tarde ha ganado la palma!

El joven le pasó el brazo por el hombro para abrazarle.

—Vi el combate —aseguró Ahala con entusiasmo—. Cuéntame cómo fue. ¡Dioses! Le acuchillaste en el suelo como a un cerdo.

Marco tomó la copa que le ofrecía y dio un largo trago. Su vista se nublaba por momentos.

—Y decían que eras un cobarde —prosiguió el muchacho—. Yo siempre te defendí, sabía que eras un verdadero gladiador. Sí, señor, todo un hombre. Te echaste encima de ese bastardo y le apuñalaste sin descanso: nunca he visto tanto odio. Mientras alzaba los dedos pidiendo clemencia, tú te mostraste implacable. Y toda esa sangre. Me gustaría saber qué se siente al…

Marco se llevó el vaso a los labios. Conocía bien el color de la sangre, el sonido de unos huesos al astillarse, el hedor de las entrañas al salir del vientre. Si había acudido a ese tugurio era para olvidarlo.

—… la cuchillada con la que le atravesaste el bazo. Y le apuñalaste en…

Ahala estaba tan cerca de él que podía sentir su aliento en la cara.

Entonces bajó la vista, para rehuir su mirada, y reconoció el colgante de ámbar de su cuello. Al darse cuenta, el joven sonrió.

—Era de una actriz —dijo—. Se llama Cintia, seguro que la conoces.

Hace poco estuve con ella: el dueño de su compañía me dijo dónde podía encontrarla. Es amigo de mi padre, se llama…

—Tito Fabricio.

—Así es —asintió sonriendo—. Había descubierto que pretendía abandonar su compañía.

Ahala, contento por haber captado la atención de su ídolo, se mostró aún más animado.

—La abordé en el Quirinal hace unos días: acababa de salir del templo de Venus Erycina. Como soy un caballero, le ofrecí subir a mi litera. —Le guiñó el ojo con picardía—. Enseguida me di cuenta de su arrogancia. Se ríen de nosotros, ¿sabes? Disfrutan exhibiéndose. Se creen mejores que nosotros, solo hay que mirarlas a los ojos. ¿Te lo puedes creer? Una actriz, una simple ramera, despreciando a un ciudadano.

Dio un nuevo sorbo y continuó parloteando, incansable.

—Tuve que engañarla para que entrara en mi casa. Entonces, la acorralé contra una pared y comencé a desabrocharle el vestido. Ella me rogó que no lo hiciera. Ni en mis mejores sueños lo hubiera imaginado… Estaba ante mí, desnuda, temblando como una cría. Fue delicioso ver cómo perdía toda

su soberbia ante mis ojos. La orgullosa actriz me suplicaba y no pude controlarme. Cuando al fin me tuvo entre sus piernas, se volvió mucho más dócil… —Le dio un codazo, en un gesto de complicidad masculina. Su satisfacción aumentaba por momentos—. Llamé a unos amigos para que se divirtieran con ella —concluyó—. Quise quedarme este colgante como recuerdo.

Apuró su vaso mientras Marco le observaba con una expresión vacía.

Depositó su copa sobre la mesa con un ruido sordo.

—Este vino es asqueroso —dijo el gladiador, con una mueca—. ¿Nos vamos? Podemos ir a otra taberna, para que me cuentes los detalles.

Conozco una en el puerto.

Marco apretó su brazo, en un ademán de confianza, y Ahala sonrió. Esa noche iba a disfrutar de la compañía de un primus palus.

Salieron al exterior. La luna derramaba una luz sucia sobre las calles del Velabro. Caminaron por una plazuela en tinieblas, entre prostitutas y borrachos; una pandilla de niños famélicos rebuscaba en el suelo donde había tenido lugar el mercado. Ante un portón entreabierto, una mujer ofrecía a su hija para servir en la casa. La expresión hastiada ante su insistencia evidenciaba que no era la primera en traer una descendencia incapaz de alimentar. Tal vez probaría suerte durante un par de días antes de llegar a un acuerdo con algún prostíbulo.

Pasaron ante una vivienda pegada a la orilla del Tíber; el río se había convertido en un vertedero de ánforas rotas y de restos de pescado diseminados por el fango.

—¿Has estado alguna vez con una actriz? —preguntó Ahala—. Dicen que Perseo compartió lecho con todas las de Roma. ¿Podríamos entrenar juntos algún día? Mi padre cree que debo mejorar mi esgrima.

Marco le aferró del cogote para estampar su rostro contra la pared, haciéndole gritar de dolor. Su cabeza hizo un cráter en la cal antes de desplomarse. El gladiador impidió que cayera mediante un rodillazo en el vientre. Ahala gimió, aterrado. Cayó al suelo, y Marco le pisó la cara: comenzó a patalear mientras pedía auxilio a gritos. Las putas se escondieron en los tugurios; nadie se atrevió a acercarse.

El joven recibió una patada en las costillas que le hizo toser sangre.

Marco se sentó a horcajadas sobre su pecho. El primer puñetazo le fracturó el pómulo; el chasquido del hueso resonó como al partir una rama. Ahala trató de cubrirse el rostro con las manos y balbuceó una disculpa. Él le golpeó de nuevo. El muchacho trató de zafarse, pero Marco le retorció el brazo. Los ligamentos del codo crujieron al desgarrarse. Los sollozos se convirtieron en alaridos. Alzó la otra mano para cubrirse y el gladiador le golpeó en la garganta. Ahala dejó de respirar. Recibió otro golpe en la boca que le rompió varios dientes.

Jadeando, Marco se puso en pie mientras él gateaba por el suelo, aún sin comprender. Se llevó las manos a la cara y observó las palmas, horrorizado: era la primera vez que contemplaba su propia sangre y comenzó a chillar, hasta que su voz se quebró y se convirtió en llanto:

—Solo quería ser como tú.

El gladiador se giró hacia él y descubrió de nuevo aquella expresión que detestaba. Bajó la vista, asqueado. El muchacho le pidió perdón por algo que no entendía. Entre la basura, Marco encontró lo que buscaba. Recogió un pedazo de jarra y se sentó sobre él. Le golpeó con ella en el rostro, para arrancarle aquella expresión. Machacó sus facciones con furia, empleando todo el peso del cuerpo, hasta convertir su cara en un amasijo de sangre, huesos y cartílago. Hasta que, al fin, Ahala dejó de moverse y un lacerante dolor en la mano le obligó a parar, pero no sin antes haber comprobado que aquella maldita expresión se había esfumado para siempre.

Regresó a la casa de Varrón Murena con la mano destrozada, borracho y cubierto de sangre. El portero le vio llegar como uno de los supervivientes de Cannas. Una vez en su cubículo, Cnemo le entablilló el meñique y el anular tras colocarle un par de falanges en su sitio. En la parte inferior de los dedos, el fragmento de cerámica había cortado los tendones y tuvo que coserlos. El vinagre en la herida escocía casi tanto como su estómago.

—Tu mano no es un martillo —murmuró el médico, antes de irse.

Marco entrecerró los ojos, ignorándole, y se tumbó sobre el camastro.

La cabeza le daba vueltas como una peonza. Logró enfocar la vista y en el muro descubrió la imagen de un gladiador agonizando en la arena. Ahogó

una carcajada: bastan dos puntos y una raya para que veamos un rostro.

Tratamos de buscarle un sentido a todo, incluso a una mancha en la pared.

Interpretamos la realidad para extraerle un significado; deseamos comprenderla, pero al mismo tiempo la falseamos.

Se incorporó para buscar a tientas el orinal bajo el camastro. Solo pudo regurgitar un líquido rojizo entre arcadas. Cuando terminó, descubrió a Hermes, de pie en el umbral.

—¿Cómo estás? —le preguntó el lanista.

Mientras se acomodaba sobre el borde del camastro, Marco trató de rehuir su mirada.

—A veces, matar a un hombre me hace sentir bien. Otras veces, mal. —

Las palabras resultaron tan agrias como el sabor de su boca.

—Ese es el problema.

—¿Cuál?

—Que, al hacerlo, sientes algo. —Hermes observaba su mano inútil, envuelta en un lienzo de lino—. Al mirar atrás, siempre queremos encontrarle un sentido a todo —murmuró—. El único sentido que he descubierto en mi pasado es que me ha hecho ser quien soy. A todos nos pasa lo mismo, por eso a veces no somos conscientes de cuándo nos equivocamos. Lo único bueno que tiene este maldito oficio es que cualquier error te deja marcado para siempre… —Alzó su antebrazo izquierdo para mostrarle una cicatriz que lo atravesaba desde la muñeca hasta el codo—.

Lo vi en tus ojos aquel día —añadió—; de niño, cuando viniste por primera vez a la escuela. Para ti esa cicatriz en la cara es el recordatorio constante de que jamás debes bajar la guardia. Eso hace que desconfíes de todo, hasta de tu buena suerte. Además, hay una decisión pasada de la que te arrepientes. Está ahí, dibujada en tu rostro, junto a esa vieja herida.

»Hagas lo que hagas, todo acaba formando parte del pasado. Los hombres que mataste terminan tan enterrados en tu memoria como sus cadáveres en la tierra. Solo hay una clase de error que hace que un hombre se pregunte, durante el resto de su vida, qué hubiera sido de él si, en algún momento, hubiera actuado de otro modo.

Aquellas tardes leyendo libros de historia en la biblioteca de su padre habían proporcionado a Marco una visión desapasionada. Acostumbrado a contemplar una realidad ya conformada, rara vez se preguntaba «qué hubiera ocurrido». Hasta el día en que no se atrevió a hacer lo que más deseaba y, en cambio, eligió lo que más dolía. Era inquietante resultar tan diáfano para su maestro de armas.

—Nací como un noble de Iliria —dijo Hermes—. Vivía en Metulum, en Liburnia, junto a mi mujer y mis hijos. Por entonces, los jápidos habíamos firmado un tratado de paz con la República y pagábamos un tributo. Pero sufríamos la rapacidad de los gobernadores provinciales. Hace veinticinco años, se organizó una revuelta. Mi esposa me pidió que no me uniera a ella, y no le hice caso. Acudí a la guerra, nos derrotaron y me deportaron a Roma, para convertirme en gladiador. En la arena, lo único que me animaba a seguir era la idea de regresar junto a mi mujer y mis hijos. Con el tiempo mudé de apariencia y costumbres, adquirí fama y riqueza; ante mis ojos, el mundo se hizo más grande, e incluso cambiaron mi nombre por el de un dios griego. Yo solo pensaba en mi familia.

»Cuando Varrón Murena me concedió la libertad, fui a buscarlos.

Habían pasado quince años. Aquí me conocen como «el ilirio»; cuando regresé a mi hogar, todos me llamaban «el romano». De nuevo, mi tierra estaba en guerra con Roma, y Augusto en persona dirigía el asedio a Metulum. Desde sus murallas, mis paisanos rechazaron un ataque tras otro y destruyeron varias torres de asedio. Fue inútil. Antes de que las legiones rebasaran el último cerco, decidieron suicidarse junto a las mujeres y niños, tras prender fuego a las casas. Mi familia murió en aquel infierno. Descubrí que, algunos años antes, ella se había casado con otro hombre. Tuve que regresar a Roma. —Los goznes crujieron cuando el maestro de armas entornó la puerta para marcharse—. El pasado es el pasado —dijo al cruzar el umbral—. No intentes regresar a él, porque jamás lo encontrarás tal y como lo dejaste. Haz caso a Heráclito: es imposible bañarse dos veces en el mismo río.

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