Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 3 de 27

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Pan y circo

Capítulo II

El anfiteatro era de estructura simple; no contaba con sótanos ni subterráneos, ni con elevadores para acceder a la arena. Por ello, los prisioneros aguardaban en la galería abovedada que rodeaba la pista y servía de sustento a las gradas. Sentado en el empedrado, Marco permanecía en silencio, con la atención fija en el muro lleno de pintadas obscenas, sobre la mugre que caía en regueros entre salpicaduras de sangre.

Recorrió con la vista a todos y cada uno de los cuarenta hombres que, encadenados, aguardaban la muerte con nerviosismo. Los habían despojado de las túnicas y solo vestían calzones de lino.

Bajo la lúgubre arcada, los leones, leopardos y hienas que habían sobrevivido a un largo viaje en barco aguardaban enjaulados, junto a jabalíes y ciervos capturados por toda Italia. Sin duda, Varrón Murena contaba con buenos amigos en provincias que le proveían de bestias, bajo la expectativa de recibir futuros favores. Las venationes o cacerías comenzaban por la mañana, y los gladiadores eran el plato fuerte de la tarde, cuando el calor no resultaba sofocante. De este modo, las ejecuciones de prisioneros de guerra y de criminales tenían lugar durante el descanso para comer; eran la parte más aburrida del espectáculo, y por ello a los noxii se los llamaba con sorna «los gladiadores del mediodía».

Annio se despojó de un pequeño colgante de barro cocido para entregárselo a Marco.

—Toma —le dijo—. Si sobrevives, dáselo a Lesbia.

Su amigo estaba débil, y lo sabía. A pesar de su corta altura, Annio era terco como un onagro, pero se encontraba al borde de la extenuación. A su lado, Niñato, con el pie infectado, no tenía mejor aspecto.

El sonido de unas trompetas, acompañado de vítores y aplausos, anunció el inicio de los juegos. La venatio dio comienzo con una exhibición de animales exóticos: media docena de bestiarii arrastraron hasta la pista a un par de jirafas traídas de Egipto y a un elefante libio que, usando la trompa, escribió varias letras en la arena.

En el oscuro corredor, hombres y bestias aguardaban. Los domadores condujeron hacia la puerta a una leona, acosándola con bastones de punta metálica. Solo se oían gritos, lamentos y rugidos. A los demacrados cautivos les temblaban las manos y apenas podían contener el llanto; los animales se revolvían cada vez más inquietos dentro de las jaulas.

—Huelen la sangre —dijo el miembro cántabro de su decuria, como si aquello no fuera con él.

Los soldados tiraron de las cadenas para arrastrarlos en dirección a las puertas y liberaron a media docena de ellos. Había llegado la damnatio ad bestias. Hilario se arrodilló para abrazar las piernas de su guardián. Le llevaron a rastras hasta el umbral.

Las puertas se abrieron. Un grupo de bestiarii entró con los cuerpos sin vida de un par de hienas; los cadáveres se amontonaban bajo la bóveda. El resto de los domadores empujó cuatro jaulas con varios felinos hasta la pista. Vieron que ataban a los seis prisioneros a un poste clavado en la arena, para dejarlos ante una jauría de fieras hambrientas.

Cerraron las puertas y de nuevo se encontraron a oscuras. A través de la abertura que formaban las dos hojas vieron a Hilario tratando de librarse de las ataduras. Un leopardo saltó sobre él y sus fauces le desgarraron el rostro.

Marco se sentó en el suelo. El hedor a orín era cada vez más intenso.

Ante ellos desfiló un grupo de hombres armados con una panoplia similar a la de los gladiadores. El enfrentamiento entre venatores y animales estaba a punto de empezar. Pronto llegaría su turno. No importaba qué les aguardaba más allá de aquella puerta: no tendrían oportunidad de sobrevivir. Sus planes se habían truncado. Morta, la más cruel de las tres diosas que tejían el destino de los hombres, iba a cortar en cualquier momento el hilo de sus vidas. Las parcas se habían burlado de ellos y su deseo de venganza los

había llevado hasta las puertas del Hades. Pronto Caronte conduciría su alma a través del Estigia.

Una docena de legionarios se presentó ante ellos para dividirlos en dos grupos. Apenas quedaban treinta prisioneros con vida. Marco atisbó la aterrorizada expresión de Félix cuando los despojaron de los grilletes para entregarles las armas: lanzas de caza, escudos ajados y espadas melladas.

Damnatio ad gladium. Aquello no sería un combate, sino una ejecución en masa.

—Debéis saludar al organizador como «los que van a morir» —les dijo uno de los soldados.

El sol ya casi había alcanzado su cénit; las sombras proyectadas sobre la arena menguaban. Súbitamente, las puertas se abrieron con un nuevo estruendo y la mitad de los cautivos fueron conducidos a la pista.

Marco se apoyó sobre el portón para observar a través del resquicio. La mayor parte de los prisioneros arrojó sus armas para salir corriendo. Félix trató de trepar por el muro que los separaba de las gradas, pero allí le esperaban los guardias. Le golpearon con las lanzas en la cabeza y cayó de bruces sobre la arena. Un gladiador apareció de la nada para degollarle con su sica. La multitud estalló en carcajadas.

«Quien ha aprendido a morir ha aprendido a no ser esclavo», decía un antiguo proverbio estoico, que tantas veces le repetía su padre adoptivo.

Tuvo que apretar los puños para amortiguar el temblor de las manos.

Alguien palmeó su hombro. Se giró para tomar el gladius que le ofrecía Niñato.

Lo sopesó. La hoja estaba oxidada y la madera de la empuñadura se había agrietado por el sol. Sin embargo, su tacto le transmitía una sensación agradable. Se sintió vacío de emociones; su mente se concentró en hacer lo que le habían enseñado durante años. Solo entonces fue consciente del tiempo que había permanecido desarmado. La euforia que aquel gladius le transmitía se entremezclaba con la certeza de su dependencia de él, como el amor y el rechazo que experimenta un borracho hacia una jarra de vino.

Desde el fondo del pasillo, cinco individuos vestidos como Caronte arrastraron los cadáveres de sus compañeros con unas cadenas provistas de

ganchos. Marco observó de nuevo la pista: era elíptica, de unos cuarenta pasos por veinte. Se encontraban tras la puerta libitinense; en el otro extremo del eje mayor, estaba la puerta triunfal, tras la cual los aguardaban sus verdugos. Entre ambas, habían construido una escenografía teatral: un montículo con palmeras y árboles exóticos que simulaba un paisaje fantástico.

Aquello podría servirles.

Contempló a los catorce hombres que iban a morir junto a él.

Demacrados, sostenían con sus miembros escuálidos las viejas armas que les habían entregado. De entre ellos, solo cinco poseían escudos de legionario; el resto contaba con otros circulares de dos pies de diámetro o sostenía una lanza con ambas manos. Fides apenas podía contener el llanto.

Toda su mezquina adulación no iba a salvarle de compartir su destino.

Marco se presentó ante él:

—Dame tu escudo.

El otro alzó la mirada, incapaz de creer lo que acababa de oír.

—Ni lo sueñes —respondió.

Recibió el impacto del puño en plena mandíbula y cayó al suelo, como un fardo lleno de estiércol. Marco le arrebató el escudo y se dirigió hacia el resto. Por un momento, su atención recayó sobre los cántabros: conocía bien su forma de combatir. Había luchado contra ellos solo un par de años atrás; ahora, por algún capricho de Némesis, lo haría a su lado.

—Hispano, ¿cómo te llamas? —preguntó al miembro de su decuria, en ese áspero dialecto celta que había aprendido en Cantabria.

—Boutio, hijo de Talaius.

—¿Sabes usar una espada, Boutio?

—¿Sabes ceñirte una toga, romano?

No pudo contener una sonrisa. Aquella actitud le resultaba familiar.

—Coged los escudos circulares —dijo a los hispanos—. Nosotros tres nos desplegaremos formando una línea, con el flanco izquierdo cubierto por el muro de las gradas —añadió, refiriéndose a sus camaradas—. Vosotros combatiréis a nuestra derecha, pegados a la escenografía.

Los bárbaros tomaron las armas de las manos de los otros cautivos, que los observaban atónitos, sin pronunciar palabra.

—El resto lucharéis por detrás de nosotros con las lanzas —dijo Marco, esta vez en latín. Al ver la desconcertada expresión de Asno, se dirigió hacia él—: ¿Cuál es tu nombre?

Hubo un gesto de duda. Solo durante un instante.

—Lucio Hirtio Aquila, de la tribu quirina —respondió.

—Lucharás a mi lado, Lucio Hirtio Aquila. Deberás mantener la línea en todo momento. ¿Crees que serás capaz?

El escuálido prisionero asintió con determinación. Marco se encaró al resto.

—Esperan contemplar otra cacería —les dijo, alzando la voz—, que nos preocupemos tan solo de nuestra piel, para acabar uno tras otro con todos.

Pero ya les habéis oído: vamos a morir y eso nos hace libres. Durante todo este tiempo han tratado de arrebatarnos lo único que nos quedaba. Si huis, si renunciáis a luchar, les demostraréis que lo han logrado.

Niñato afilaba su espada sobre una piedra del dintel. Annio remachó a golpes la espiga de la suya y la sostuvo con ambas manos, el pomo apoyado en la frente, para recitar en griego:

—«Tú, que en las batallas otorgas la corona, precio del triunfo, distintivo de la gloria. Por ti, divina Niké, todo cambia. Ven, deidad poderosa, y protege a los que te suplican».

«Nadie tiene el control absoluto sobre un combate. Por muy bueno que seas, el contrario siempre tendrá una oportunidad para matarte. Por eso, con una espada en la mano, nadie está completamente indefenso». Marco recordó aquellas palabras del gladiador ilirio que había conocido en su niñez. La compañía de sus dos contubernales le reconfortaba. Durante años, se habían enfrentado juntos a los mismos peligros, desde la lluvia que les congelaba hasta un ejército de bárbaros ansiosos por hacer de sus cabezas un trofeo.

Fuera, el presentador se dirigía al público:

—Si de tiempos remotos venía nuestro anterior combate, este se remonta a los mismos orígenes de Grecia: la lucha entre aqueos y troyanos.

Gracias a la generosidad de Licinio Varrón Murena…

Las puertas se abrieron y una intensa luz los cegó. Un rugido ensordecedor llegó hasta ellos junto a la música de trompetas y flautas. El perfume de rosas mezclado con el olor de la sangre, el sudor y la podredumbre. Por encima del muro de diez pies de altura que los rodeaba, las gradas estaban vacías, en gran parte. Marco señaló un estrechamiento hacia el eje menor del recinto, entre el muro y la colina artificial con árboles plantados. Los prisioneros corrieron hacia él, sin molestarse en saludar al palco.

Todos se detuvieron. Marco les hizo formar en línea. Los tres soldados, codo con codo, con el muro a su izquierda; los cántabros solaparon escudos a su derecha; media docena de lanceros por detrás.

Del otro extremo de la arena aparecieron ocho gladiadores.

Eran gregarii, luchadores de tercera, púgiles fracasados, con un buen número de derrotas a su espalda o que acababan de iniciar su carrera. Casi los doblaban en número, pero ellos contaban con una panoplia completa y no se habían pasado los últimos días en el interior de un agujero, alimentándose con gachas de centeno.

Por un instante, Marco examinó su formación: todos los prisioneros permanecían en su lugar.

Los gladiadores se aproximaron. A pesar de los yelmos que les ocultaban el rostro, era posible intuir su desconcierto. No se encontraban ante las presas que esperaban. Se detuvieron a cinco pasos, para tantearlos.

A pesar de su tosquedad, las picas otorgaban a los condenados un mayor alcance.

Entonces un gladiador cargó contra ellos. La lanza de Lucio Hirtio Aquila se hundió en la protección acolchada de su brazo. Otra se le clavó en el vientre. El gregarius cayó al suelo y sus compañeros retrocedieron, sin saber qué hacer.

—«Muchas tretas conoce la zorra. Solo una el erizo, pero es la importante». —Marco sonrió al oír las palabras de Annio.

Los gregarii retrocedían mientras el público murmuraba, desconcertado.

Marco corrió hacia el gladiador que yacía en el suelo y le propinó una

patada en la cabeza con la planta del pie. El yelmo amortiguó el golpe, pero el cuello crujió como una rama. Tras arrebatarle el gladius, recogió del suelo su pesado escudo. Arrojó el suyo a Fides, para devolvérselo.

Alzando sus nuevas armas, se encaró a sus enemigos:

—¡Venid aquí, hijos de puta!

El resto de los prisioneros comenzó a insultar a sus enemigos. En situaciones como aquella, no acostumbraba a malgastar el aliento, pero deseaba provocar esa reacción.

—¡Vais a morir! —les dijo un gladiador.

—¡Sí, pero antes me comerás la polla! —gritó Lucio Hirtio Aquila.

Sus compañeros estallaron en carcajadas, desahogando toda la ansiedad contenida. No tenían nada que demostrar, ni tampoco nada que perder, y aquellos profesionales de la arena se jugaban su reputación. El tiempo avanzaba en su contra, cada instante que pasaba les dejaba más en evidencia. El público seguía desconcertado, se habían salido del guion. En aquella recreación de la Ilíada, Héctor enviaba a los aqueos de regreso a Grecia a patadas en el culo.

Uno de los hispanos se adelantó y, tras levantarse la túnica, comenzó a orinar sobre el cadáver. El respetable se mostró escandalizado. Los gladiadores se vieron obligados a atacar de nuevo.

Falange. «Muro de escudos». Daba igual cómo se llamara: formar codo con codo hacía de aquella escaramuza algo muy distinto a una suma de combates individuales. No solo hacía posible luchar en grupo y desarrollar aquella táctica, tan rudimentaria como efectiva, sino que, por encima de todo, les hacía ser conscientes de la existencia de un «nosotros» y un

«ellos»; y eso, en cualquier enfrentamiento armado, era algo inestimable.

Se sucedieron las acciones de tanteo. Annio retrocedió, ante la presión de un gladiador:

—¡Cebo!

Su enemigo dio dos pasos hacia él. Marco lo estaba esperando. La hoja de su gladius se abrió paso entre las costillas del gregarius, que aulló de dolor.

Sin experiencia en el combate en línea, los gladiadores solo trataban de herir a quien tenían enfrente. Era lo más inmediato. Como sus enemigos estaban cubiertos por un escudo desde la rodilla hasta el hombro, eso resultaba casi imposible, a no ser que cometieran un error. Los contubernales luchaban en equipo, buscando un fallo en el adversario de su derecha. Ese extremo de una formación siempre tendía a envolver al izquierdo de la opuesta. Por ese motivo, Marco había decidido apoyar su flanco más débil en el muro de las gradas.

Se giró un instante, para ver el combate en conjunto, y descubrió que estaba dando resultado.

—¡Cuidado!

La advertencia de Annio llegó tarde: sintió un tremendo dolor en el muslo. En la parte de atrás; no podía ser un gregarius. Al girarse, se encontró ante Fides, empuñando su espada con los ojos encendidos por la rabia. Niñato le apuñaló en el cuello. Sin embargo, al hacerlo se había descubierto y uno de los gladiadores le acuchilló en el costado.

Una vez abierta una brecha, la línea se vino abajo. La escaramuza degeneró en un caos de combates individuales, sin ningún orden, en el que los prisioneros se llevaron la peor parte. Solo los cántabros, haciendo un círculo en torno al cadáver de Boutio, mantenían el orden.

Había cometido el error de menospreciar el fabuloso potencial de la estupidez humana. Tras ahogar una maldición, Marco desgarró su túnica para vendarse el corte en la pierna, tratando de detener la hemorragia.

Recogió su gladius del suelo y se incorporó, apoyado en el escudo. Todo estaba visto para sentencia: Niñato permanecía en el suelo, aferrando su herida con las manos. El cuerpo de Lucio Hirtio Aquila yacía sin vida a su lado. Annio trepaba por la escenografía perseguido por un gregarius. Los hispanos habían caído empuñando sus armas, tras llevarse a un par de gladiadores consigo. La arena estaba cubierta de cuerpos sin vida. Él no tardaría en acompañarlos.

En la guerra, resulta fácil encarar a la muerte: puede justificarse por algún noble fin. La suya solo serviría de entretenimiento a una chusma ociosa. Tenía que enfrentarse él solo a tres gladiadores.

Marco buscó a tientas la pared de la tribuna, para tener cubierta la espalda. Cojeaba, la sangre no dejaba de manar. Aun así, no parecía tener afectado ningún tendón; podía apoyar todo el peso en la pierna. El dolor era lo de menos. A pesar de la herida, esperaba moverse más rápido que sus enemigos acorazados. Estudió la complexión de sus oponentes: eran jóvenes, casi adolescentes. No actuaban de forma coordinada; iban a disputarse el honor de acabar con él. El primero estaba casi a tres pasos.

Marco dejó caer levemente su escudo.

El gladiador no esperaba otra cosa, era una torpeza digna de un esclavo rústico. Encajaba muy bien en lo que esperaba de él. Su demacrado aspecto lo decía todo: herido y exhausto, el peón de granja era incapaz de sostener su escudo.

En un combate, puedes planear una estrategia. Pero, llegado el momento, es el entrenamiento lo que hace que tu cuerpo responda por sí solo ante un estímulo. Ves un hueco en la guardia y lanzas una cuchillada directa al pecho; cuando quieres darte cuenta, tu enemigo está agonizando.

Si piensas en hacerlo, jamás lo lograrás.

Eso, en ocasiones, te conduce a una trampa.

Al ver cómo se descubría el rostro, el gladiador trató de golpearle con el canto de su escudo.

Una vez iniciada, es fácil corregir la trayectoria de una espada; con un escudo de quince libras, resulta imposible. Marco dio un paso a la derecha y se agachó. El escudo pasó por encima de su hombro, y le introdujo dos palmos de hierro en el pecho. La voz del gladiador se transformó en un alarido metálico, pues el yelmo hizo de caja de resonancia.

Al incorporarse le derribó de una patada para extraer el arma. El segundo gregarius tuvo que rodear el cadáver y eso le dio tiempo a prepararse. Gritó hasta quedarse afónico. Él también lo hizo. Ambos cargaron, escudo contra escudo.

Marco dio un paso atrás; cedió ante su empuje con la zurda y lanzó un gancho con la diestra, desde abajo, girando el torso, en un único movimiento. Al adelantar su defensa, el gladiador había dejado el costado al descubierto. Esta vez no hubo grito, pero la puñalada atravesó el bazo. Se

situó a su espalda, tiró de la cimera hacia atrás y deslizó el filo por la garganta desnuda. La presión arterial hizo que la sangre salpicara al tercer gladiador; los espectadores rugieron de júbilo. El último gregarius dio un paso atrás.

Ante lo familiar no existen las dudas. Frente a lo inesperado se desconfía de todo.

—¡Annio, búscale la espalda! —gritó Marco, con la vista perdida a su izquierda.

A pesar de no distinguirle el rostro, casi pudo leerle el pensamiento. La visera del casco le anulaba la visión periférica; no sabía si tenía a alguien en el costado. Su petición de ayuda podía ser un truco. Si se giraba, le regalaría un precioso instante.

El gladiador aulló de dolor cuando Annio le rejoneó como a un jabalí, esgrimiendo una lanza con ambas manos. El gregarius cayó de rodillas y alzó la mano para solicitar clemencia.

— ¡Missum! ¡Missum!

El público, puesto en pie, hacía un gesto con el pulgar, para que su vida fuera respetada. Annio les mostró otro dedo y, tras degollarle con una sica, escupió sobre el cadáver.

En medio de aquella carnicería, con veinte cuerpos yaciendo a sus pies, Annio empezó a entonar el grito de guerra de la Legión IX Hispana. Marco no dejaba de observar el rostro del senador que había patrocinado aquellos juegos.

Varrón Murena deambulaba frente a ellos como horas antes lo habían hecho las fieras enjauladas. Los rasgos austeros, inalterados hasta ese momento, se resquebrajaron dejando entrever su furia. Y eso, en un noble, siempre resultaba alarmante.

Marco y Annio yacían exhaustos en el corredor del anfiteatro, mientras Niñato examinaba su herida con preocupación. La hoja apenas había entrado dos pulgadas entre las costillas y, sin embargo, tenía muy mal aspecto. Los ojos verdes del capataz saltaban de uno a otro con embarazo.

—¿De dónde los has sacado? —le preguntó Varrón Murena—. No me dijiste que había desertores.

—¿Desertores?

—Estos tres —añadió, mientras los señalaba—. ¿Es que no te has dado cuenta?

El pelirrojo entreabrió la boca, sin comprender.

—Se los compré a unos bandidos —dijo. Súbitamente inspirado añadió

—: Tal vez puedan sustituir a los hombres que has perdido.

—Para convertirlos en gladiadores, habría que invertir mucho tiempo y dinero. Pronto habrá unos grandes juegos en Roma y necesito…

A pesar del cansancio, Marco percibió algo en la expresión del noble que le resultó inquietante. Antes de que pudiera reaccionar, una pareja de soldados los condujo de nuevo a la casa de subastas.

Esta vez no tuvieron problemas de espacio. La jaula del patio trasero, separada de la calle por un sucio muro de mampostería, estaba vacía. Marco se dejó caer sobre el montón de paja y tomó un puñado de barro del suelo.

Habían logrado sobrevivir aquel día, pero el futuro era incierto: Annio parecía exhausto y, a juzgar por la mancha de su túnica, Niñato había perdido mucha sangre.

—¿Cómo va todo? —le preguntó.

—Si no recibo atención médica en algún sitio limpio, la herida puede corromperse —dijo el aprendiz de médico.

Asintió, ensimismado, mientras contemplaba el pequeño altar consagrado al genius venalicii, el espíritu protector de aquel mercado de esclavos, a quien realizaban ofrendas para obtener un buen negocio. Al bajar la vista, descubrió que, de forma inconsciente, sus manos habían modelado la arcilla hasta crear un rostro de mujer.

Era un escultor que no esculpía. Y, sin embargo, eso era lo único que le quedaba: la capacidad de otorgar una forma física a sus emociones. No tenía nada, su propia vida había dejado de pertenecerle, pero todavía conservaba ese poder. Aquella figura, nacida en sus manos a partir de una imagen de su mente, siempre sería suya.

Había crecido como una rata callejera en el barrio más miserable de Roma. Hasta el día en el que un arquitecto le dio la oportunidad de convertirse en su aprendiz. Más tarde, incluso lo tomó como hijo adoptivo.

El futuro parecía prometedor, pero las parcas tejen caprichosamente nuestro destino: los sentimientos se rebelan contra nuestra voluntad, no son fruto de decisiones conscientes. Tuvo que elegir entre ligar su destino al de su hermanastra, en una relación que muchos considerarían incestuosa, o ese futuro que le aguardaba. Incapaz de traicionar al hombre que se lo había dado todo, tomó la única decisión honorable, pero no pudo aceptar las consecuencias. Obligado a abandonar la casa, se enroló en la Novena: había perdido ambas cosas sin obtener nada a cambio.

Había tocado fondo, ya no tenía nada más que perder. Al menos, a partir de ese momento, podría construir una nueva vida sin caer en los mismos errores.

Cambió de opinión al ver llegar a un adolescente y a una docena de hombres armados. El encargado de la casa de subastas le acompañaba con una actitud solícita y servil: sin duda, conocía los vínculos familiares de aquel lacónico patricio con acné que, a pesar de contar con tan solo diecinueve años, desempeñaba el cargo de cuestor. Corpulento y ancho de espaldas, su postura encorvada disimulaba en parte su altura. Le acompañaba un joven de facciones agraciadas con un gladius apenas oculto bajo los pliegues de una elegante toga. Los modales educados que mostraba no enmascaraban la fría arrogancia militar.

—¿A qué debemos su visita, mi señor? —preguntó el mercader, mientras abría la puerta de la celda.

—Os habéis dado mucha prisa en vender esta partida de esclavos. —

Los ojos saltones del adolescente escrutaban a los cautivos, que acababan de ponerse en pie. Marco experimentó una siniestra satisfacción al contemplar el azoramiento del hombre que había regido su destino durante las últimos horas.

—¿Puedo hablarle con franqueza? —preguntó el encargado.

—No, prefiero que me mientas —replicó el cuestor con sequedad.

Por un instante, las delicadas facciones del funcionario evidenciaron su desconcierto. Recompuso su actitud rastrera para continuar:

—Al parecer, su amo debía devolver un préstamo. Por eso deseaba vender cuanto antes esta mercancía.

Marco tuvo que admitir que tenía talento. El temblor de la voz podía interpretarse como el típico deseo de agradar a un aristócrata. La sonrisa estúpida parecía la de alguien incapaz de mentir.

—Quizá su urgencia esté relacionada con la inspección que estoy realizando por los latifundios de Campania —señaló el noble con desdén—.

¿Puedes mostrarme la documentación de estos esclavos?

Marco observó a través de los barrotes el rollo de papiro que le entregaban. Más que un documento oficial, parecía un apresurado ejercicio de caligrafía. El cuestor lo estudió detenidamente antes de continuar.

—Supongo que comprenderás que debo interrogarlos.

El encargado no pudo interponer ninguna objeción. Marco y sus dos compañeros fueron arrastrados por el corredor hacia un edificio contiguo.

Dada su naturaleza mezquina, el testimonio de un esclavo solo era válido bajo tortura. Por ello, la ley autorizaba a utilizar el potro y los hierros candentes. Incluso existían empresas especializadas en la ejecución y tormento de la servidumbre. El fraude no era algo inusual.

Entraron en una sombría estancia, iluminada por una pareja de candiles que colgaban del techo. Su austero mobiliario consistía en una estantería llena de cuchillos, un manojo de hierros hundidos en un brasero y un potro de tortura capaz de desmembrar a un hombre en unos instantes. Sobre una mesa, había una jarra, un par de copas, queso y algo de fruta.

A sus espaldas resonó un portazo, y se quedaron a solas con el cuestor y el joven individuo que lo acompañaba. Marco se escanció un vaso de vino y apuró el contenido de un solo trago. Mientras tanto, sus camaradas daban buena cuenta de la comida.

—Habéis tardado en llegar —dijo.

—El capataz tiene buenos informadores —respondió el cuestor—.

Nuestra llegada a Neápolis bastó para levantar la liebre, no fue fácil averiguar vuestro paradero.

Era lo más parecido a una disculpa que saldría de la boca de aquel noble, así que tuvo que conformarse con eso.

—¿Qué habéis averiguado? —le preguntó el patricio.

Marco tomó de sus manos el documento que le acababan de entregar.

Lo leyó despacio, hasta llegar al nombre de aquel que, durante días, había sido su dueño. Lo había visto escrito cientos de veces, tatuado en las frentes de sus esclavos, cincelado en los collares de hierro que ceñían sus cuellos, grabados a fuego en su piel como en las reses conducidas al mercado.

El mismo nombre que había visto durante casi tres años al final de todos los documentos de la Novena Legión: Fanio Cepión. Trece letras rodeando un trono de azufre, un cetro negro y una horca, símbolos de Plutón, dios guardián del Inframundo.

Tuvo que dar un nuevo sorbo a su copa para continuar:

—Todo es tal y como sospechabas. Un bandido vende a Cepión un cautivo por un puñado de denarios. En la hacienda se le redacta documentación falsa y más tarde es vendido de nuevo. Por supuesto, en la subasta solo participan las sociedades de publicanos de Cepión, sin hacer preguntas sobre su procedencia. Más tarde, su precio en el mercado será mucho mayor.

—Blanqueo de capital humano —concluyó el cuestor, con un asentimiento.

Se llamaba Tiberio Claudio Nerón y era hijo de Livia Drusila, la esposa de Augusto. Dos años antes había desempeñado el cargo de tribuno en la Legión IX Hispana, como un paso más dentro de su carrera política. Su misión también había sido controlar los oscuros negocios que Cepión mantenía con las sociedades de publicanos que los abastecían. Cuando Marco y sus camaradas se habían interpuesto en las maquinaciones del legado, este trató de quitarlos de en medio. No tuvo éxito, pero fueron dados por muertos. Entonces Tiberio les ofreció la posibilidad de convertirse en speculatores, agentes secretos bajo su mando directo. Desde entonces, llevaban casi dos años investigando los turbios negocios de Cepión, sin demasiado éxito. Su carrera política proseguía, cada vez era más poderoso e influyente, y la esperanza de vengarse de él se volvía más y más remota.

—¿Será suficiente para inculparle? —preguntó Annio, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Ahora mismo, Cepión no está en Italia —aseguró Tiberio—. Si le llevamos ante un tribunal, podría aducir que, durante su ausencia, el capataz ha estado actuando a sus espaldas para enriquecerse.

—Este negocio esclavista no es lo mismo que alquilar una recua de bueyes sin que figure en el libro de cuentas —señaló Marco.

—Aun así, sería la palabra de senador contra la de un esclavo. ¿Habéis visto a Fanio Cepión dar la orden de retener a esos hombres contra su voluntad? —les preguntó el joven patricio. Ante su silencio, añadió—: Es mejor actuar cuando tengamos algo sólido, por el bien de todos.

¿Por el bien de todos o por el suyo? La primera fase en la instrucción de un crimen requería de pruebas que incriminaran al acusado, y el testimonio de tres legionarios tal vez no fuera suficiente. Juzgar un senador sin obtener una condena sería un duro revés para la carrera política de Tiberio.

A pesar de no haber cumplido aún los diecinueve años, como cuestor ostiense debía supervisar la recepción, almacenaje y transporte del grano llegado desde las provincias hasta la capital. A Marcelo, de su misma edad, el hijo de Octavia y sobrino carnal de Augusto, le había correspondido el puesto de edil. Se encargaba de la supervisión de los mercados, de resolver pleitos menores y de la organización de los juegos y festivales. Con esa decisión, el dueño de la República había dejado bien claro cuáles eran sus preferencias en lo tocante a sus jóvenes herederos: mientras que el edilato permitiría a Marcelo organizar espectáculos y ganar popularidad, la cuestura de Tiberio le obligaba a garantizar el suministro de trigo a Roma, bajo el riesgo de convertirse en el blanco de las iras de la plebe.

Marco sabía que Tiberio no tenía un especial interés por el poder, pero necesitaba ganarse una reputación. Hasta entonces, su carrera política se había desarrollado entre la clientela de su madre, y deseaba librarse de su opresiva tutela. Livia tenía muchos planes para su hijo, tal vez demasiados.

Por ese motivo, su relación con él era tensa.

—Ha habido un cambio de planes. —Quinto le habló por primera vez.

Quinto Celio Bíbulo, centurión de la Novena y también su amigo, se había convertido en uno de los hombres de confianza de Tiberio. El hijo adoptivo del princeps deseaba rodearse de sangre nueva, ajena a la

influencia de su progenitora, y Quinto era, en el sentido más literal, un

«hombre nuevo». El estar oficialmente muerto hacía que no estuviera atado a ningún vínculo familiar o clientelar.

—Como sabéis —añadió Quinto—, este año Augusto ha sido nombrado cónsul por undécima vez, junto a Aulo Terencio Varrón Murena. Mientras estabais en la hacienda, Calpurnio Pisón le ha sustituido.

—¿Otro Varrón Murena? —preguntó Marco, al recordar al senador que había organizado los espectáculos del anfiteatro—. ¿Qué le ha ocurrido?

—Acabáis de combatir en sus funerales.

—¿Un cónsul muerto?

—Esta vez ha sido por causas naturales —señaló su amigo con sarcasmo.

Los magistrados tomaban posesión de su cargo a principios de enero.

Apenas habían transcurrido tres meses y uno de los dos cónsules había muerto, Tiberio había iniciado su investigación en Campania, Marcelo celebraba por todo lo alto los festivales de Atis en Roma y Fanio Cepión regresaba a Italia tras haber sido el propretor de Macedonia.

Todo ocurría demasiado rápido. Tiberio les habló de nuevo:

—No podemos desperdiciar la oportunidad que tenemos a nuestro alcance. Debéis infiltraros en la escuela de gladiadores de Varrón Murena para tratar de ganaros su confianza. Creemos que anda metido en turbios negocios con Fanio Cepión.

Tenía sentido. Gracias a la falsa subasta del día anterior, Varrón Murena había obtenido carnaza para sus funerales, y a cambio Cepión pudo deshacerse de cualquier prueba de su negocio ilegal. Estaba claro que existía algún tipo de acuerdo entre ambos.

—Estamos convencidos de que planean una conspiración contra el princeps —concluyó Tiberio—: debéis averiguar qué están tramando.

Marco esbozó un ademán de incredulidad. Cuatro años antes, en una sesión del Senado cuidadosamente coreografiada, Augusto había devuelto a la cámara sus antiguos poderes, renunciando así a sus privilegios tras castigar a los asesinos de César. La Curia, agradecida, le nombró «padre de la patria», princeps y Augusto. De este modo, reconstruidas las

instituciones republicanas, respetaba su forma, pero adulteraba su esencia: respaldado por el ejército y la plebe, Augusto era uno de los dos cónsules elegidos cada año y gobernaba las provincias donde se concentraban la mayor parte de las legiones. Gracias a ello, controlaba la Galia, Siria y dos de las Hispanias; reinaba en Egipto, suministradora de grano a la capital, y era el hombre más rico de una república que, de este a oeste, se extendía desde el desierto sirio hasta el finisterre atlántico. Solo los gobernadores de Ilírico, Macedonia y África poseían una fuerza militar relevante, y solo el otro cónsul elegido cada año podía replicarle en el Senado. Pero todos ellos eran hombres de su confianza.

Únicamente los optimates, la rancia aristocracia que había controlado la República durante generaciones, suponían una amenaza para su régimen. Y

Fanio Cepión era uno de ellos. Sin embargo, tratar de derrocar al primer ciudadano de Roma parecía una empresa descabellada.

—¿Qué sabéis de Varrón Murena? —preguntó Marco.

—Es un senador muy rico, buen orador y reputado jurista —aseguró Quinto—. Partidario de César y admirador de Catón; el clásico romano chapado a la antigua, aunque con buenos contactos dentro del partido augústeo. Procede de una familia de optimates que supieron adaptarse al nuevo régimen. Al parecer, siente una gran devoción por su hermana Terencia, la esposa de Mecenas, uno de los confidentes del princeps.

Además…, en fin, ella y Augusto son amantes, por lo que su influencia se extiende hasta lo más alto: solo tiene que formular una petición, y ella se lo susurrará al dueño de la República en el lecho.

A juzgar por su expresión, a Tiberio no le importaba demasiado la infidelidad de Augusto hacia su madre. Posiblemente, a la propia Livia Drusila tampoco.

—No parece responder al perfil de conspirador —concluyó Marco.

—Por eso debemos ser cautos —replicó Quinto—. Fanio Cepión ha logrado involucrarle en sus intrigas, aunque ignoramos cómo.

—¿Alguna conexión con los publicanos?

—Todos los senadores la tienen —dijo el antiguo centurión—. Los negocios de Cepión son los habituales entre todos los «hombres nuevos»

que se beneficiaron de las contratas estatales asignadas a dedo: comercio de mármol para obras públicas, abastecimiento de las legiones, explotación del ager publicus en provincias y, sobre todo, tráfico de esclavos. Sin embargo, la fortuna de Varrón Murena se basa en bienes raíces: posee latifundios, minas, bloques de viviendas…

—Su patrimonio no depende de vaivenes políticos —concluyó Marco

—. No tiene por qué arriesgar.

—Y tampoco ha demostrado excesivas ambiciones políticas.

Los contubernales intercambiaron varias miradas de preocupación.

—¿Y si no logramos averiguar nada? —preguntó Annio, ceñudo.

—Entonces significará que no habéis conseguido acceder a determinados círculos —respondió Tiberio—. De momento no puedo deciros nada más, espero que lo entendáis.

Marco lo entendía a la perfección. Si los descubrían, podían ser torturados; por tanto, cuanto menos supieran sobre su misión, tanto mejor para él. Eso evidenciaba hasta qué punto Tiberio confiaba en su éxito.

—Todo esto es una locura —espetó Annio.

Sabían que Tiberio los estaba manipulando. Hacía tiempo que utilizaba su deuda de sangre en su provecho. Habían realizado una devotio, un juramento sobre la espada, mediante el cual solicitaron la ayuda de los dioses del Inframundo para matar al legado. A pesar de que aquel ritual les otorgaba el poder que necesitaban, también les obligaba a cumplir con su objetivo, o se enfrentarían a la cólera de los manes. Tal vez habían sido ellos quienes los habían ayudado en aquel día demencial y ahora les ofrecían una oportunidad para saldar su deuda. Aunque también era posible que todo se debiera al azar. Marco observó el lamentable aspecto de Niñato y de Annio: esta vez no podrían acompañarle.

—Es algo que debo hacer solo —dijo, y al hacerlo creyó ver comprensión en el rostro de Tiberio; había esperado que fuera él quien lo dijera.

Annio iba a objetar algo, pero finalmente enmudeció. Todos sabían que era cierto, era el único de los tres en condiciones de soportar el despiadado

entrenamiento de una ludus gladiatoria. El único que, llegado el caso, tendría alguna posibilidad de sobrevivir en la arena.

Gracias a la carnicería de aquella misma mañana, Marco era consciente de que su deseo de venganza podía destruirle. También sabía que jamás alcanzaría la paz interior si no lo intentaba. Nunca había sido especialmente piadoso y ahora, por primera vez en su vida, esperaba una señal de los dioses. Y no sería sensato esperar la llegada de Mercurio rodeado de una deslumbrante aura con un mensaje del Olimpo. Debía tomar su decisión de otro modo; así que se decantó por la más simple:

—¿Tienes una moneda? —preguntó a Quinto.

Su amigo no supo cómo encajar aquella pregunta, así que extrajo una de la bolsa.

—Arrójala —le dijo.

El metal acuñado describió una parábola en el aire antes de caer sobre el suelo con un tintineo apagado. Marco había elegido cara, pero no se atrevía a mirar.

—¿Ha salido cara o cruz?

—Cara —respondió Quinto—. Dos caras.

Marco dio un paso al frente para observar la moneda: era un desgastado as de bronce. Mostraba una efigie con los dos rostros de Jano; el dios de las puertas, de los comienzos y de los finales. La deidad protectora de los arquitectos.

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