Pan y circo

Yeyo Balbas · Capítulo 7 de 27

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Pan y circo

Capítulo VI

Hacía más de un siglo que Roma había comenzado a desbordar sus murallas, engullendo a docenas de villas y aldeas. Los edificios se construyeron a ambos lados de las vías que abandonaban sus puertas, para extenderse por el Campo de Marte y el Trastévere, en la otra orilla del Tíber. Un millón de seres humanos vivían hacinados en torno a las siete colinas. Los bloques de viviendas se amontonaban en las laderas y los valles, creando un laberinto de angostos callejones y sinuosas travesías que ascendían hacia las cumbres, donde emergían las espléndidas mansiones de équites y senadores.

Tras apearse de los carros, los gladiadores cruzaron las murallas Servianas por una puerta Capena abarrotada de mendigos. Toda la ciudad parecía en obras. Los antiguos templos, cubiertos de andamios, eran restaurados y pintados de nuevo con colores chillones; ocre sobre mugre, mármol sobre toba, estuco sobre adobe enmascaraban la miseria de una ciudad capaz de asombrar con los mayores logros y perversiones. La dominadora del mundo crecía tanto en vertical como en horizontal. Con cada generación, los bloques de pisos fueron ganando altura: aquellos de tres plantas que habían maravillado a sus habitantes en el pasado ahora se les antojaban minúsculos. Una cascada de vegetación cubría sus balcones de madera y ladrillo, engullía las fachadas pintadas con frescos y colgaba de las ventanas sin vidrios. A sus pies, las calles atestadas de comercios, almacenes, talleres y tabernas resultaban intransitables.

La familia Varrón Murena se abrió paso por la vaguada que se extendía entre el Palatino y el Aventino, donde una marea humana se amontonaba en los accesos del circo Máximo. Los seguidores de las distintas facciones —

blancos, rojos, verdes y azules— se disputaban el privilegio de animar a sus ídolos. Vendedores ambulantes junto a comerciantes de seda, jóvenes casaderas entre prostitutas en busca de clientes, todos con la esperanza de hacerse con un sitio próximo a la pista. Las pendientes del alargado valle de Murcia habían sido acondicionadas como graderíos para albergar a más de ciento cincuenta mil espectadores.

Un individuo de mediana edad salió al encuentro de Marco:

—¿Buscáis un sitio donde alojaros?

Sin duda, era uno de tantos inquilinos que, abrumados por el elevado alquiler, arrendaban habitaciones a los forasteros. A causa de los Juegos Megalenses, la población de la ciudad se había duplicado y los rústicos recién llegados de la campiña eran presa fácil para oportunistas y timadores.

—¡Venid a mi burdel! —les gritó una oronda alcahueta—. ¡Todas mis putas están sanas y limpias! ¡Las trato como si fueran mis hijas!

—Seguro que tu madre decía lo mismo de ti —espetó Mucro.

La mayor parte de los forasteros se alojaba en tiendas de campaña levantadas en plena calle. El rumor de la muchedumbre, el repiqueteo de los herreros y caldereros, los gritos de los vendedores ambulantes y las melodías de los titiriteros componían una caótica sinfonía de ruido. En aquel universo majestuoso, confuso, sórdido y seductor, esplendor y mezquindad se entremezclaban en una amalgama sin sentido. Los esclavos germanos que los acompañaban contemplaban a su captora, a su más odiado enemigo, boquiabiertos y con los ojos desorbitados. Jamás hubieran creído posible que existieran tantos hombres sobre la Tierra.

La casa de Varrón Murena se encontraba en la isla Tiberina, un alargado islote de apenas ciento ochenta pasos, unido por dos puentes al Trastévere y al Campo de Marte. Con muros de travertino en las orillas y un obelisco en el centro, se asemejaba a un enorme barco fondeado en el Tíber. Las leyendas aseguraban que se había formado con la tierra acumulada sobre el cadáver de Tarquinio el Soberbio, el último rey de Roma. Por ello, se trataba de un lugar de mal augurio, a pesar de haberse edificado un templo consagrado a Esculapio, en cuya puerta hacían cola docenas de enfermos para depositar exvotos y realizar sacrificios.

Cuando llegaron a una imponente fachada de tres plantas, Marco comprendió que no era la piedad lo que había hecho que Varrón Murena eligiera aquel lugar como residencia: bastaba un pequeño destacamento para convertir aquello en una fortaleza. Al adentrarse en el patio porticado, apenas encontró concesiones al lujo, más allá de algunas reliquias familiares: cuatro espolones de trirremes cartagineses en las esquinas. Sin duda los trofeos de algún remoto antepasado.

El edificio parecía jerarquizado por niveles: el dueño vivía en la tercera planta, donde solo recibía a sus hombres de confianza. Marco dejó caer su petate en uno de los cubículos del pórtico. Se sentó sobre un camastro y descubrió a Critias a su lado. El médico se inclinó sobre él para escudriñar su herida.

—Creo que podrás participar en los juegos —dictaminó, como si se tratase de una sentencia de muerte.

Sus manos temblaban. Extrajo un pequeño odre de su zurrón y dio un largo trago. Marco estudió su demacrado aspecto. Hacía días que el anciano recurría al opio para dormir, y su único alimento era aquel avinagrado mejunje en el que invertía todo su dinero. Quizás aquel era un buen momento para tratar de sonsacarle algo.

—¿Qué debería saber sobre nuestro amo?

—Desprecia en lo que se ha convertido Roma —respondió el médico griego, acomodándose a su lado—. Convive con sus hombres, pero no tolera muestras de confianza. Nunca castiga sin motivo, pero cuando lo hace es despiadado.

Cada día que pasaba, las posibilidades de encontrarse con Fanio Cepión eran mayores, y Marco no deseaba tentar de nuevo a la suerte. Tenía que averiguar por qué Varrón Murena, un destacado miembro del partido augústeo, había decidido traicionar al amo de la República. ¿Había llegado a la conclusión, al igual que tantos nobles, de que el nuevo régimen no podría colmar sus ambiciones?

El consulado era la magistratura a la que aspiraban todos los senadores y un requisito necesario para ser elegido gobernador provincial. Antes de que Augusto se hiciera con el poder, eso permitía esquilmar a una provincia

o recurrir a cualquier excusa para iniciar una guerra y enriquecerse con el botín. Sin embargo, el princeps había prometido una nueva era de paz y prosperidad, además de la consolidación de las fronteras. La imposibilidad de lucrarse gracias a la guerra cántabra había llevado a Fanio Cepión a la sedición. Pero a juzgar por el sobrio aspecto de aquella casa, Varrón Murena no parecía compartir su codicia.

Una criada abrió la puerta del cubículo para traerle unas gachas, algo de queso y una jarra con agua. Mucro salió a su encuentro y le dio las gracias.

Durante un rato ambos conversaron en el umbral. Ella se despidió con una sonrisa y el gladiador se sentó junto a Marco, dejándole la comida sobre el camastro. Se dispusieron a almorzar.

—Es el ama de llaves —dijo Mucro, ante la elocuente mirada de su compañero de escuela—. Se llama Herennia, la viuda de un antiguo compañero. Petraites y yo éramos como hermanos. Antes de que saltara a la arena, le juré que cuidaría de ella.

—Es guapa —murmuró Marco.

Mucro desvió su mirada en dirección la puerta.

—Procuro no buscar líos fuera de la arena —dijo en voz baja—. Te ayuda a sobrevivir.

—Si renuncias a elegir otra vida, esta se convertirá en la única. Y eso no ayuda a sobrevivir.

Más allá de la puerta, Critias comenzó a vomitar entre espasmos, como si su estómago se hubiese convertido en una madriguera de ratas. Entre toses, el médico echó mano a su odre y engulló el contenido con avidez. El vino resbaló por las comisuras de su boca y le empapó la túnica.

Los gladiadores terminaron su almuerzo sin pronunciar palabra.

Los entrenamientos supusieron recuperar una rutina que le era familiar.

Marco golpeaba el poste clavado en el suelo del patio mientras estudiaba los movimientos de sus compañeros de escuela, esta vez como potenciales enemigos. Aunque en los espectáculos de provincias era habitual que solo participara una familia gladiatoria, en los grandes juegos de la capital se enfrentaban miembros de distintas escuelas. La rivalidad entre los diferentes estilos de lucha era algo que agradaba al público. De momento,

era improbable que se topara con alguno de sus camaradas en la arena, pero tampoco podía descartarlo.

En su origen, los gladiadores fueron prisioneros de guerra obligados a luchar en los funerales de grandes dignatarios. Cada cual empleaba las armas propias de su pueblo, lo que dio lugar a una serie de categorías estables, como el galo, el tracio o el samnita, que Marco había conocido durante su infancia. Con el tiempo, los emparejamientos entre ciertos tipos de gladiador se hicieron estables. Ante la continua demanda de novedades, en los últimos años habían surgido nuevas clases. El samnita había desaparecido, mientras que el galo evolucionó hasta un nuevo tipo de contendiente llamado myrmillo. Los yelmos ahora contaban con una rejilla para proteger el rostro y habían creado panoplias fantásticas, como la del retiario, provisto de la red y el tridente de un pescador.

Los emparejamientos tenían como objeto que se enfrentaran dos filosofías de lucha totalmente distintas; el armamento del gladiador no tenía sentido más allá de la arena. Los yelmos restaban mucha visibilidad y eran demasiado pesados como para emplearse durante más de un combate. Las protecciones en las extremidades, y su ausencia en el torso y el vientre, evitaban las heridas leves que pudieran incapacitarlos para la lucha, pero dejaban los órganos vitales a la vista.

Como myrmillo, Marco debía enfrentarse a un tracio o a un hoplómaco.

Ambos iban armados con escudos más pequeños que el suyo, lo cual les permitía moverse con más agilidad. Además, para compensar su menor defensa, contaban con dos grebas altas y un acolchado en los muslos. Sin embargo, mientras que el tracio utilizaba una espada corta y curva, llamada

«sica», y un pequeño escudo rectangular de madera, las armas del hoplómaco eran una reducida versión de la panoplia griega: una lanza y un escudo circular de metal.

En principio, eso hacía imposible que tuviera que enfrentarse a Mucro, pues él también era myrmillo. Quizás esa circunstancia había servido para afianzar su amistad con él. Tal vez algún día tuviera que enfrentarse a Perseo, pues, al fin y al cabo, era hoplómaco. Por otro lado, un simple cambio de yelmo por otro desprovisto de aristas le convertiría en secutor, el

habitual enemigo del retiario, y entonces podría encontrarse con Pulcher.

Sin embargo, dado que lo normal era emparejar a gladiadores del mismo nivel, era improbable que tuviera que encontrarse con un primus palus.

—¡Hora del descanso! —gritó Hermes.

Marco dejó su espada de madera en el cesto y colocó el escudo de mimbre apoyado en la pared. Se sentó junto a un gigantón de cabello pajizo, uno de los prisioneros de guerra germanos.

—¿De qué pueblo eres? —le preguntó.

—Que te den por el culo —respondió el norteño.

Los veteranos de la familia Varrón Murena no pudieron contener la risa.

—Olvídate de esos rubiales, blancos como la leche —dijo Perseo—: son unos bárbaros estúpidos que solo sirven como bestias de carga. Todo su vocabulario consiste en «hijoputa», «cerveza», «cabrón», «mierda», «vino»

y «follar». —Se dirigió al aludido—: ¿A que no tienes ni idea de lo que estoy hablando?

—Que te den por el culo.

—No sabes decir otra cosa, ¿verdad?

—Hijoputa.

Los gladiadores rieron de nuevo. Cicerón ya había señalado lo difícil que resultaba encontrar un experto en literatura entre los esclavos de origen britano.

—No seáis racistas —intervino Mucro—. Todos los hombres estamos hechos de la misma mierda, no importa el color de la piel.

—¿Y qué me dices de los griegos? —le preguntó Pulcher.

—Que son más maricones que tú.

Un elegante patricio de rango senatorial entró en el patio, acompañado de un nutrido séquito. Su escolta se detuvo en la puerta mientras él ascendía por las escaleras para ser recibido por el mayordomo. Marco vio llegar a un niño de unos nueve años; jorobado, de muy corta estatura; su pequeño cuerpo deforme oculto bajo una elegante túnica y una expresión extrañamente serena para su edad. Le acompañaba una pareja de esclavos, mientras observaba con curiosidad a los gladiadores que aún practicaban en parejas.

El niño se detuvo ante él. Marco le saludó con una inclinación de cabeza y se creó un momentáneo silencio. La presencia de un gladiador en aquel patio estaba justificada; era el recién llegado quien debía romperlo:

—Soy Servio Sulpicio Galba.

Cuando alguien se sonroja al pronunciar el nombre de su familia, puede que se avergüence de ella, o puede que lo haga de sí mismo. Los Sulpicio Galba eran uno de los más nobles linajes patricios de Roma.

El niño se dio cuenta de que la mirada de Marco se había desplazado hasta su joroba.

—Sexto Hortensio dice que ha sido un castigo de los dioses —aseguró

—. Me gustaría ser como tú para ponerle en su lugar.

—Sexto Hortensio ya se ha puesto él mismo en su lugar, cuando te ha dicho eso.

Castigo de los dioses. Debemos encontrar una razón para todo y, ante la desgracia, nos resistimos a cuestionar los desaciertos de la naturaleza o los crueles caprichos de los dioses. Es más fácil culpar a las víctimas.

El joven Sulpicio Galba prestaba atención al patio. Perseo había tomado sus armas para enfrentarse a Mucro.

—¿No os hacéis daño? —preguntó.

—A veces.

—Perseo no dejaría que nadie le dijera esas cosas —dijo el niño, observando a su ídolo.

Marco decidió sentarse junto a él.

—Es fácil identificarse con los «héroes»; son todo lo que nos gustaría ser. Pero, por muy bueno que seas, el contrario siempre tendrá una oportunidad de matarte. La armatura no enseña a vencer en cualquier situación. Eso es imposible. Te enseña a soportar el dolor, a controlar tu miedo, a dominar tu ira. Te enseña que los golpes son solo golpes y que las palabras son solo palabras.

—Mi padre no quiere que practique con otros niños —dijo Servio—.

Cree que me harán daño.

—Tu padre se preocupa por ti.

Las Doce Tablas, las leyes escritas más antiguas de Roma, consideraban a los recién nacidos lisiados como una carga. Por ello, en los tiempos antiguos se los arrojaba desde la roca Tarpeya del Capitolio. Ahora, los niños no deseados eran abandonados a los pies de la columna Lactaria o en algún vertedero. Su destino era la muerte; o, si tenían suerte, trabajar como mendigos o bufones. Resultaba poco frecuente que un hombre de la posición de Sulpicio Galba hubiera aceptado a su hijo tal como era.

—Siempre está ocupado con sus negocios —se lamentó el niño—.

Antes me leía historias que él mismo escribía. Ahora se reúne con el dueño de esta casa y con otro hombre de cara rara. Sonríe por todo, aunque no tenga gracia.

Tenía miedo. No le faltaban motivos.

—¿Se llama Fanio Cepión? —le preguntó.

Servio asintió en silencio.

La familia Sulpicio Galba era propietaria de los Horrea Sulpicia, los más importantes almacenes de Roma. Unas gigantescas naves junto a Emporium, el puerto fluvial del sur del Aventino, donde se descargaban las mercancías que llegaban remontando el Tíber: vino y aceite de la Bética, pescados, alimentos e incluso mármol. Los comerciantes depositaban allí sus mercancías a cambio de pagar un alquiler.

Y también se almacenaba el trigo de los subsidios del Estado.

Una vez que los Sulpicio Galba abandonaron la casa, Hermes se presentó ante ellos. Llegaba de la tercera planta, donde se alojaba Varrón Murena. El antiguo gladiador demostraba una lealtad hacia él que iba más allá de lo exigido por su cargo y oficio. Sin duda la gratitud hacia alguien que, en el pasado, le había otorgado la libertad.

—Mañana saldremos a la arena —les dijo—. Pugnax y Scorpio ascienden a primus palus. Clemens, Astus y Columbus pasan a la segunda

categoría. Marco, ya tienes experiencia, así que entras en la tercera. Habrá que buscarte un nombre.

—¿Qué tal «Palus»? —preguntó Pulcher.

Los gladiadores estallaron en carcajadas ante la idea de llamarle igual que el poste de entrenamiento. No le dio importancia; conocía bien esa histeria contenida en la que cualquier estupidez era celebrada con risas. Un deseo inconsciente de demostrarse a sí mismo y a los demás que no había nada de qué preocuparse. Un modo de sepultar el miedo.

—¿Alguna pregunta? —añadió Hermes.

Marco había dejado de ser novicio para convertirse en tertius palus y, aunque era cierto que ya había participado en unos juegos, lo había hecho como noxius. Aquello no era más que un subterfugio legal para subirle de categoría, y tendría que enfrentarse a otros gladiadores con más experiencia.

—Vestíos con vuestras mejores galas —concluyó lanista—. Debemos ir al foro.

Poco después, los treinta gladiadores atravesaron el Velabro, el valle que se extendía entre la colina Capitolina y el Palatino, repleto de mercados y talleres. La calle de los toscanos parecía abarrotada de hombres y mujeres de todas las razas que poblaban la Tierra, a pie o a caballo, en literas o en sillas a hombros de sus esclavos. El séquito de clientes que rodeaba a los opulentos patricios debía abrirse paso a empujones entre el aluvión de visitantes llegados desde toda Italia. Velox sonreía como un niño al comprobar que todos se apartaban al verlos. Un próspero liberto de origen griego, acompañado de su esposa y un nutrido séquito de esclavos, se negó a hacerlo. Cuando casi se da de bruces con Mucro, se plantó ante él, esperando que se hiciera a un lado.

—Apártate de mi camino —masculló el gladiador.

—Apártate tú —respondió el liberto con orgullo—. Yo soy un ciudadano respetable.

Mucro escupió a su esposa en la cara, y el liberto, atónito, fue incapaz de reaccionar. Mientras la mujer se limpiaba la flema del rostro con la estola, su hijo de diez años los observaba boquiabierto.

El griego se giró hacia su séquito, que permanecía quieto tras él.

—¿De qué te sirve ahora ser respetable? —le preguntó Mucro—. ¿Crees que se jugarán la vida por ti?

Amedrentado, el liberto se hizo a un lado, y los gladiadores reanudaron su marcha sin mirar atrás. Al darse la vuelta, Marco vio que el griego trataba de tranquilizar a su esposa, que había comenzado a llorar.

—¿Qué le ocurre? —preguntó a Perseo.

—Su padre era soplador de vidrio —respondió el hoplómaco—. Tenía un pequeño taller en la vía Sacra, hasta que un par de libertos griegos montaron otro no muy lejos del suyo. Hacían mejores productos, y él apenas sabía llevar un libro de cuentas. Acabó arruinado. Desde entonces, Mucro odia a los griegos.

Las continuas conquistas habían traído a la capital a millares de esclavos de Oriente, que, una vez lograda la manumisión, adquirían la ciudadanía. Marco observó la multitud de comercios regentados por libertos de origen griego o sirio que había en esa misma calle. Cuando era niño, solo había artesanos locales. «La Grecia conquistada acabó derrotando a su fiero vencedor», había escrito Horacio, y no le faltaba razón. Aunque la nobleza se hubiera enriquecido gracias a las conquistas, en los barrios populares la realidad era distinta.

Al fin llegaron al foro Romano. Aquella plaza de apenas setenta pasos por cincuenta constituía el corazón político y económico de la República.

Una angosta vaguada entre la colina Capitolina, la Velia y el Palatino donde se realizaban toda clase de transacciones, desde las más sacras a las más infames. Rateros, mendigos, putas y ociosos se mezclaban con senadores, sacerdotes, abogados y usureros que abandonaban los templos y las basílicas. Marco descubrió que, entre la basílica Julia y la Emilia, se había construido un enorme anfiteatro de madera, cubierto con toldos para proteger del sol a los espectadores. Grandes rótulos escritos con pintura roja en las paredes anunciaban los combates. Entre la multitud, deambulaban los esclavos que portaban carteles con el programa.

Los gladiadores subieron a la Rostra. Era una gran tribuna, decorada con los espolones de las naves de guerra capturadas en la batalla de Antium

tres siglos antes; el lugar desde donde los magistrados se dirigían al pueblo.

En su extremo norte se encontraba el umbilicus urbis, considerado el centro del mundo: una pequeña cripta de mampostería recubierta de mármol que albergaba un pozo por el que era posible descender al Inframundo. El día antes de los combates, acostumbraban a exponer a los gladiadores ante el pueblo; por ello, a su alrededor se amontonaban cientos de curiosos.

Aliquem pro rostris laudare. Ser elogiado en público era sinónimo de subir a la Rostra. En ocasiones, Marco se había imaginado en aquel lugar y, sin embargo, los motivos que le habían conducido hasta allí eran distintos; se sentía como una res expuesta en el foro Boario.

—Se pulverizarán aromas para refrescar el ambiente —anunciaba un pregonero a voz en grito—. El público recibirá regalos: comida, monedas y cupones que podrán canjear por perlas o piedras preciosas.

Concluido el formalismo, los gladiadores descendieron por las escaleras para mezclarse con la multitud. Hermes no dejaba de observarle.

—Mucro me ha dicho que conoces bien estas calles —le dijo, señalando hacia el norte.

Incluso un romano podía perderse en Roma. Especialmente en aquella intrincada selva de callejones, pasadizos y vertederos, que nadie se había molestado en registrar en un plano. Los barrios comprendidos entre la vía Sacra y el Quirinal, entre ellos la Suburra, eran los de peor reputación de la capital, y su fama estaba justificada. No eran un buen lugar para una cita a ciegas.

—Crecí en la Suburra —respondió.

—Te necesito a mi lado —dijo Hermes—. Iremos Mucro, Velox y yo.

Era de suponer que se trataba de algún nuevo encargo de Varrón Murena. Esta vez podría sacarle algún provecho a sus años de miseria.

—Toma. —Hermes le entregó un cuchillo, que él guardó dentro de su túnica. Intuyó que había escalado un nivel de confianza.

Se separaron del resto para adentrarse en aquel tumulto de charlatanes, bufones, adivinos y proxenetas que ofrecían a voces su mercancía. En aquellos barrios superpoblados, donde cohabitaban pequeños artesanos con ladrones y malhechores, los bloques de viviendas se amontonaban sin

ningún orden sobre otros en ruinas. Formaban una red de tortuosos callejones cubiertos por una bóveda de ropa tendida y cientos de macetas que trataban de mitigar la nostalgia de la vida campestre que sus inquilinos habían dejado atrás. Algunas callejuelas desembocaban en una fosa séptica o en algún vertedero, donde los vecinos vaciaban sus orinales y se abandonaban a los hijos ilegítimos. El resto eran el terreno de caza de las rameras que pasaban el día sentadas en los soportales, a la espera de los adolescentes de buena familia que, recién estrenada la toga viril, aún no podían permitirse una cortesana. Niños de ambos sexos mendigaban en plena calle, dispuestos a acompañar a cualquiera que les ofreciera una moneda. En sus miserables mercados se revendía la mercancía robada en el resto de la ciudad. El hedor a pescado podrido y heces se mezclaba con el humo de los tugurios, formando una pestilente amalgama.

Pasaron frente al portal de su antiguo hogar, un ruinoso bloque de viviendas del Argileto que contra toda lógica se mantenía en pie. A su lado, aún seguía abierta la librería donde le permitían presenciar las lecturas públicas. Los relatos que allí escuchaba le transportaban a un mundo muy distinto del suyo; uno en el que los héroes no regresaban de la guerra borrachos y con una pierna lisiada, ni trataban de arañar algo de autoestima golpeando a su esposa. Cuando acuchillaron a su padre en una taberna a causa de una disputa de dados, Marco se avergonzó de no sentir nada; solo alivio. Por entonces, se llamaba Marco Rufo.

Años después, en casa de Vitruvio halló un nuevo hogar. Podía aprender un oficio y olvidarse de aquel barrio. Mientras experimentaba ese trasvase de una identidad a otra, llegó a detestar la compañía de su madre. No podía soportar su mezquindad, su estrechez de miras y su olor a col hervida; toda la miseria que la rodeaba.

Una noche, al regresar a casa, descubrió su cadáver. Había muerto de fiebre, totalmente sola. Supo que la había abandonado, y que el dinero que le había estado entregando para afrontar el abusivo alquiler solo era una tasa para acallar su conciencia. Apenas podía recordar su rostro, y su mente quiso desterrarla aún más de su recuerdo. Como si no hubiera existido, como si no debiera existir, al igual que ya había hecho con el hombre que lo

había engendrado. A partir de entonces, como Marco Vitruvio Rufiano, su vida sería tal y como debería haber sido desde el principio.

Pero esa nueva vida también se había esfumado.

—Aquí es —les dijo Mucro.

Habían llegado a una taberna adosada a un antiguo templo en ruinas, con la fachada apuntalada con vigas de roble. En aquel minúsculo santuario provisto de una cúpula, estaba teniendo lugar un taurobolio. Tres sacerdotes arrastraron un toro hasta la segunda planta; una vez allí, lo degollaron con cuchillos de carnicero. La sangre cayó a través de unas aberturas en el suelo hasta que el neófito, situado en la planta baja, quedó completamente empapado de ella.

Se dirigieron hacia la puerta del local adosado. La hiedra reptaba por encima del ladrillo y un rótulo mostraba la efigie de Cibeles acompañada de una pareja de leonas, que alguien había travestido garabateando un falo en su entrepierna. En el interior, un mostrador y media docena de mesas hacían que se asemejara a una cantina. Un rebaño de gatos deambulaba a la espera de las sobras de los escasos parroquianos. Acompañado por una pareja de matones, un adolescente vestido de mujer se acercó a recibirlos:

—Lo siento, pero debéis marcharos.

—¿Ya no os queda vino? —preguntó Mucro.

—Este es un local respetable.

Hermes dio una patada a un borracho para hacerse con su mesa y los gladiadores se sentaron en torno a ella.

—Dile a tu jefe que venga él mismo a decírnoslo. —El lanista alzó el antebrazo derecho, dejando a la vista su stigma.

El joven dio un paso atrás con el rostro desencajado.

—No pasa nada, Néstor —dijo una voz—. Sírveles vino a cuenta de la casa.

El ostentoso aspecto del recién llegado contrastaba con el destartalado ambiente. Iba cubierto de oro de pies a cabeza, como si un príncipe galo se hubiese encontrado con el tesoro de Jerjes. Una holgada túnica de seda reteñida, cosida con cáñamo, envolvía su flácido cuerpo de eunuco. Se sentó junto a ellos con cautela.

—Estáis en la sede del colegio de canéforos de Cibeles —los informó

—. Soy Demetrio, su magister. ¿En qué puedo ayudaros?

En el transcurso de una ceremonia, los novicios de Cibeles debían castrarse a sí mismos con un cuchillo de sílex. A cambio, se les entregaba ropajes y abalorios de mujer, y se convertían en sacerdotes: era su homenaje a Atis, el amante de la Diosa Madre, que se amputó su virilidad a causa del remordimiento por haberle sido infiel. Dado que el derecho romano prohibía esa clase de mutilaciones, aquellos clérigos travestidos solían ser de origen oriental.

—Venimos a solicitar la ayuda de la Diosa Madre —manifestó Hermes

—. Estamos dispuestos a hacer una donación para restaurar su templo.

Demetrio sonrió, mostrando tres dientes postizos de marfil unidos mediante hilos de oro.

—Sois gente piadosa —dijo con satisfacción—. ¿De qué clase de ayuda habláis?

—Mañana, en el teatro de Pompeyo, durante los festejos de Cibeles, se estrenará una obra inmoral. Mi amo confía en que la diosa sabrá manifestar su descontento.

—¿El princeps estará presente?

—Eso parece.

—No veo por qué…

Hermes depositó una bolsa de cuero sobre la mesa. El magister inspeccionó su contenido antes de proseguir.

—Sin duda, es un escándalo —aseguró, rotundo—. Estoy convencido de que Cibeles no lo pasará por alto.

Como tantos otros, aquel colegio sacerdotal se había convertido en una tapadera para la mafia. Redes de prostitución y comercio ilegal; sicarios y matones a sueldo. Durante la República, aquellas bandas habían protagonizado toda clase de altercados y linchamientos. Difundían rumores que culminaban en desórdenes callejeros e incluso habían llegado a entorpecer los comicios e incendiar la Curia. Por ese motivo, los collegia fueron proscritos.

Treinta y cinco años antes, un populista llamado Publio Clodio Pulcro logró legalizarlos y dirigió a una multitud para protestar por la escasez de grano durante el transcurso de los Juegos Apolinares y los Juegos Romanos.

El Senado se vio obligado a entregar a Pompeyo el suministro de grano a la capital. En la siguiente legislatura, con Clodio como edil, los collegia expulsaron a los équites y senadores de las primeras catorce filas del teatro durante los Juegos Megalenses.

El circo y el teatro eran el lugar donde los dirigentes acostumbraban a mostrarse ante la ciudadanía. Se consideraba el momento más propicio, pues no había otro en el que el pueblo mostrara mayor entusiasmo. Los políticos podían ser recibidos con aplausos o silbidos y, por ello, en ocasiones, se negaban a acudir, por miedo a que su reputación se viera dañada. Dado que las asambleas populares habían perdido buena parte de las funciones de antaño, la proximidad de las gradas del teatro hacía de él un lugar idóneo para que Augusto se mostrara en público.

Allí se pondría a prueba la imagen del primer ciudadano de Roma.

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