Pan y circo
Capítulo XX
La gota fría normalmente llegaba en otoño. Hacia octubre, el mistral arrastraba desde el mar las nubes que traerían los primeros aguaceros. Los campesinos, que hasta entonces habían aguardado para sembrar los campos, rezaban a los dioses para que la lluvia fuera abundante. Sin embargo, aquel agosto, Eolo se mostró despiadado. Tras diez meses de sequía, el Mediterráneo vomitó una devastadora tormenta sobre el Lacio; al cabo de apenas un par de días, el cauce del Tíber había ascendido más de diez pies.
La corriente arrastró árboles, chozas, ganado y todo lo que encontró a su paso; al llegar a Roma, se desbordó.
El río anegaba periódicamente los valles. Por ese motivo, los primeros habitantes de la urbe se asentaron sobre las siete colinas. No obstante, hacía treinta y un años que los romanos no habían visto una inundación como aquella: cuando el agua se retiró, dejó tras de sí una ciudad hundida en una ciénaga. En los barrios bajos, la humedad erosionaba los muros de las viviendas y sus moradores tuvieron que dormir en los tejados. Anegadas, las primeras plantas de los bloques de pisos se volvieron inhabitables. Los comerciantes sacaban cubos de agua de sus establecimientos y trataban de limpiar las mercancías que habían logrado salvar de los saqueadores. Los pozos y las fuentes, enfangados, hicieron que la fiebre se propagara de casa en casa. El hedor y la humedad, unidos a la asfixiante calina, resultaban insoportables.
Con el agua por las rodillas, Marco observó a un grupo de esclavos amontonando los cadáveres que flotaban junto al circo Máximo. Ascendió por las escaleras de Caco, al suroeste del Palatino, sin hacer caso a los mendigos que aguardaban en aquella angosta pendiente para solicitar una
limosna a gritos. Hijas y despojos de una sociedad opulenta, un ejército de putas trató de tentarle con sus cuerpos corroídos por la fiebre y el vicio, pero la mirada de Marco se dirigía hacia lo alto. A su izquierda se hallaba el templo de la Vitoria y más allá el de Cibeles, venerada en forma de piedra negra caída del cielo. Al otro lado se alzaban los imponentes muros de la mansión de Augusto. La escalinata desembocó en una transitada calle que él tomó a la derecha para pasar bajo el arco erigido en honor a Gayo Octavio, el padre mortal del primer ciudadano de Roma.
Una vez dentro del recinto, se encontró ante el templo de Apolo. Sabía que el interior estaba repleto de esculturas griegas, como una Diana de Timoteo y un Apolo de Escopas, además de los libros sibilinos. A ambos lados de aquel santuario de mármol de Luna y puertas de oro y marfil, había dos mansiones. La del lado occidental era la residencia privada de Augusto, donde este hacía su vida cotidiana; la residencia pública, casi gemela y destinada a los actos oficiales, era donde recibía a sus clientes y subordinados. Una puerta permanecía abierta y, gracias a ello, pudo vislumbrar un sobrio mobiliario sobre un suelo de mosaico.
—¿Todo bien? —le preguntó Quinto.
Su amigo le aguardaba junto a Tiberio, cuyo semblante evidenciaba su malestar. Cinco centuriones pretorianos y una pareja de bárbaros los acompañaban. Augusto había sustituido a su guardia personal de vascones de Calagurris por otra formada por germanos. Ajenos a cualquier interés político en Roma, su lealtad hacia el princeps era inquebrantable.
—No me han seguido —dijo, y Tiberio supo reconocer el matiz en su respuesta.
—La situación es grave y Marcelo está acabado. —El joven noble no ocultó su desprecio—. Mecenas y él organizaron los Juegos Apolinares y la Neptunalia por todo lo alto, con ofrendas y hecatombes para conjurar la sequía. Ahora, los barrios bajos de Roma son un cenagal, y el Campo de Marte se ha convertido en un pantano. Todos se lo tomarían a risa, si no estuvieran desnutridos y enfermos.
La plebe había acudido a los juegos de Marcelo para evadirse de la deprimente realidad, pero la naturaleza les había recordado que había cosas
de las que era imposible evadirse. La civilización del espectáculo es cruel.
Siempre pendiente de la novedad, el pueblo olvida pronto y, sin memoria, se muestra voluble y caprichoso. Los que aplaudían a Marcelo durante los juegos, ahora le echaban en cara su despilfarro.
—El fiel de la balanza se decantaba más por Agripa —dijo Marco.
—Sin embargo, Augusto lo ha enviado a Oriente, investido con un imperium proconsulare por cinco años sobre todas sus provincias —señaló Tiberio—. Le devolverá a Fraates a su hijo, a cambio de los estandartes perdidos.
Aquel inesperado viaje había generado el rumor en Roma de que se trataba de un retiro forzoso; pero no se envía a nadie al exilio investido con poderes extraordinarios y al mando de un ejército. Desde su residencia en la isla de Lesbos, la mano derecha del princeps podría controlar Siria y Macedonia, además de negociar con los partos, Herodes el Grande y el rey Obodas de Arabia Nabatea.
—La situación en Oriente parece resuelta —concluyó Marco—. Dicen que, una vez que Agripa regrese, sofocará la guerra cántabra. Para Augusto, eso supondría admitir ante todos su dependencia hacia él, al menos en cuestiones militares.
—La familia Vipsania es humilde —manifestó Tiberio—. Agripa sabe que, a pesar de sus convicciones republicanas, la clase senatorial le considera un advenedizo. Llamarle «hombre nuevo» sería casi un eufemismo.
Sin duda, aquel patricio adolescente sabía de lo que hablaba.
Pasearon por el complejo residencial, dispuesto en dos terrazas unidas mediante escalinatas, que asomaban sobre el circo Máximo. Una vez dejado atrás el templo de Apolo, se adentraron en el pórtico de las Danaides, en cuyo centro había un altar consagrado al dios de la luz y la verdad. En torno al soportal, realizadas en hierático estilo arcaico, una sucesión de esculturas de mármol negro mostraba las cincuenta hijas de Dánao, que asesinaron a sus esposos, los vástagos de Egipto, la misma noche de bodas. En los edificios de Augusto, la presencia simbólica de su victoria sobre Marco Antonio y Cleopatra era recurrente y rara vez sutil.
—¿Qué has averiguado? —preguntó Tiberio.
Marco rehuyó su mirada.
—Varrón Murena drogó a Perseo antes del combate. Supongo que para menoscabar la imagen de Marcelo. —Puesto que el noble no dijo nada, Marco se apresuró a añadir—: Corre el rumor de que los almacenes de Emporium están casi vacíos.
—El trigo está a punto de agotarse —admitió Tiberio—. He comprado más en Mauritania, en la Galia, Hispania, el Ponto… Llegarán más cargamentos. Al menos, ahora será más fácil remontar el Tíber.
Su macabro sentido del humor le asqueó. La quinta parte de la población de la urbe dependía de los repartos de pan para alimentarse; en caso de que ese grano no llegara a tiempo, la situación se volvería desesperada. ¿Disponía de fondos suficientes para adquirir el grano necesario, transportarlo a la capital y pagar las contratas para su molido y horneado? Tiberio se estaba mostrando más ambiguo de lo habitual, y además había algo anómalo en aquella reunión: hasta entonces, el noble había delegado en Quinto para darle instrucciones. Debía existir un motivo importante, que aún no había expuesto.
—El médico de la escuela fue asesinado mientras estábamos en el juicio
—dijo Marco, retomando el informe—. Las sospechas ya no recaen sobre mí.
—¿Sabes quién lo hizo?
Esbozó un vago gesto de negación.
—Tuvo que ser alguien de la escuela —declaró—. La situación dentro de la familia gladiatoria resulta cada vez más tensa. Saben que Varrón Murena amañó mi combate contra Perseo y que sus maquinaciones los están poniendo en peligro. De entre todos, Mucro parece el más descontento.
—Jamás se rebelará contra su amo, mientras el ama de llaves pueda pagar las consecuencias —murmuró Tiberio—. Ella tiene que desaparecer.
Marco se detuvo, y ocho suboficiales de alto rango tuvieron que imitarle.
—No puedo matar a Herennia.
—Nosotros podríamos hacernos cargo —señaló el joven aristócrata.
—No…, no será necesario.
Siguieron reconociendo las defensas. Adosado al lado occidental del pórtico de las Danaides, el barracón de la guardia de germanos controlaba las escaleras de Caco, uno de los pocos accesos al Palatino. En el otro extremo del patio se hallaban las dos bibliotecas, una latina y otra griega; los muros que las rodeaban eran igual de formidables.
Bajaron por las escaleras hacia el bosque de Apolo, un jardín en cuyo centro se alzaba el ara de la Roma Quadrata. El parque asomaba más allá del farallón del Palatino como una gigantesca balconada de trescientos sesenta pies de lado; un enorme bastión que dominaba el valle de Murcia.
Desde él se podía contemplar el circo Máximo y, más allá, la colina del Aventino.
—¿Algo más? —preguntó Tiberio.
—Sí, una pregunta —dijo Marco—. ¿Qué sabes de mi hermanastra?
El noble no dejaba de observar su mano derecha, aún vendada.
—Visitó la residencia de Fanio Cepión aquí, en el Palatino, durante la Neptunalia. Mis hombres no tuvieron problemas en seguirla. Si tu antiguo legado no tomó ninguna medida para evitarlo, significa que desea que se sepa.
—Un modo de implicarla.
—La Curia sabe que él y Varrón Murena planean alguna clase de conspiración —afirmó Tiberio—. Si tienen éxito, todos lo celebrarán, no lo dudes, incluso los que votaron a favor de otorgar nuevos poderes al princeps. Sin embargo, tras el juicio a Marco Primo y la reaparición de Augusto, ningún senador, ni tan siquiera los más fervientes republicanos, se atreverá a formar parte de la conjura.
Eso haría que los conspiradores actuasen a la desesperada. Todavía podían jugar su baza en la capital, y Vitruvia suponía un nuevo factor en el juego. Uno potencialmente peligroso para Tiberio. Resultaba lógico que el noble desconfiara de él, aunque no por ello menos irritante.
—No sé hasta qué punto está relacionada con la conjura —dijo el joven cuestor—, pero te aseguro que ella no es mi objetivo.
Eso significaba que no deseaba su muerte, aunque no dudaría en ordenarla si eso le ayudaba a desbaratar los planes de los conspiradores.
Igual que con Herennia.
—¿Crees que, si hablases con ella, te diría algo? —Quinto, que hasta entonces había permanecido en silencio, le ofrecía una posible salida.
Convencer a Vitruvia para que delatase a los conspiradores tal vez fuera la solución. Sin embargo, aun sin saber qué papel podía desempeñar una editora en la conjura, si es que ejercía alguno, era improbable que Cepión le hubiese contado algo comprometedor.
—Podría intentarlo —dijo al fin—. ¿Quién más lo sabe?
Observaba a Tiberio, a la espera de cualquier gesto que delatase una mentira. Cuando al fin habló, intuyó que decía la verdad, o que era muy bueno mintiendo:
—Agripa tiene espías en todas partes y ha logrado infiltrar a uno de ellos en casa de Marcelo. Él y yo canjeamos noticias.
Todo político era ante todo un traficante de información. Tiberio informaba a su futuro suegro de lo que, gracias a Marco, sabía sobre Varrón Murena, a cambio de quién sabe qué. Si el joven lo había admitido, tal vez fuera porque temía que, de no hacerlo, la lealtad de su agente en la casa de Varrón Murena no valiese nada. Entonces se preguntó qué haría Tiberio si descubriese que tenía aquel mensaje en su poder.
—¿Qué te parece todo esto? —preguntó el noble.
Marco echó un nuevo vistazo a su alrededor. Superada la enfermedad, Augusto había regresado a aquel complejo residencial. Si los conspiradores deseaban atentar contra su vida, tendrían que asaltar aquella elegante fortaleza, aniquilar una cohorte pretoriana y a su escolta de germanos antes de que el resto de las guarniciones de la capital pudieran reaccionar. Estimó que al menos harían falta seis mil hombres armados.
Sin nada más de que hablar, decidió regresar a la casa de Varrón Murena.
Roma, dominadora del mundo, se había convertido en una ciudad de mendigos. Los había por todas partes, bajo los pórticos o apiñados en las escalinatas de los edificios públicos. Las clases altas se habían refugiado en
sus casas de campo o en las mansiones de la bahía de Neápolis; solo transitaban por las calles de la urbe dentro de sus literas y rodeados por una nutrida escolta.
Al contemplar el templo de Esculapio, Marco se vio arrastrado hacia una realidad que había creído dejar atrás: las heridas de los moribundos apilados en sucias tiendas de campaña solo eran sustituidas por los estigmas del hambre y aquella plaga que corroía manos y pies. El zumbido de una nube de mosquitos los envolvía; el ensordecedor preludio de la malaria. El verano era la estación de los desfiles fúnebres, pero aquel año las muertes no iban acompañadas de ningún ritual.
En la entrada de la mansión, el portero montaba guardia acompañado de ocho gladiadores. Dentro del vestíbulo, Marco encontró una multitud. Se había acostumbrado a la cola que, a primera hora de la mañana, formaban los clientes del senador para presentarle sus respetos a cambio de comida, dinero y algún presente. El patrón les daba instrucciones mientras guardaban su turno en función de su rango, vestidos con la clásica toga.
Dada la riqueza del dueño de la casa, ese ritual podía prolongarse hasta la hora tercera. Esta vez, Varrón Murena había reunido a su clientela al completo, sus instrucciones debían ser extensas y la retribución económica mayor. Algunos abandonaban el edificio con un sospechoso bulto bajo el brazo.
Se adentró en el patio, donde entrenaban una veintena de gladiadores.
Todos le siguieron con la mirada mientras se aproximaba. Con la mano derecha aún vendada, Marco no tenía que completar las prácticas. Tomó una espada de madera del cesto y comenzó a golpear el poste, empleando la zurda.
Tac-tac-toc-toc.
Tac-tac-toc-toc.
Le había llevado tres días aprender a afeitarse con la izquierda, y diez más lograr que la otra no permaneciera inerte. Sus intentos de escribir acababan como los ejercicios de caligrafía de un crío de seis años. Respecto al dibujo, ni siquiera se planteaba un sencillo boceto.
Tac-tac-toc-toc.
Tac-tac-toc-toc.
El escudo no era solo una defensa, sino también un arma. Por ello desde niño había ejercitado las dos manos, pues el luchador ideal es ambidiestro.
Sin embargo, en un combate en formación todo soldado ha de ser diestro, o de lo contrario se abriría una brecha en la línea. Por ello, hacía años que Marco no practicaba con la zurda y era necesario repetir veinte mil veces un movimiento para, llegado el momento, realizarlo de forma inconsciente. No solo su cuerpo debía interiorizar de nuevo las acciones: su mente debía verlas como ante un espejo.
La armatura no enseña a vencer a los demás, sino a superarse a sí mismo. Para mejorar, debes estudiar todas tus acciones y las posibles consecuencias; eso te obliga a verte desde fuera. La vida es solo la consecuencia de las decisiones que tomamos en cada encrucijada. De nuevo, eso le hizo recordar. Debía seguir entrenando, mantener su mente ocupada. Solo de aquel modo lograba ahuyentar la culpa. Abandonó a Cintia en la calle y la habían violado. Matar al culpable no cambiaba lo ocurrido, y él no podría esbozar ni siquiera el boceto de un relieve. La esperanza de trabajar como arquitecto o escultor se había desvanecido.
Todo acto tiene sus consecuencias.
El rudis se astilló cuando sus golpes se hicieron más violentos. Marco lo arrojó al suelo y tomó otro del cesto. Se le habían cargado los músculos del hombro. Debía relajarse o el ejercicio no serviría de nada.
Vio a Mucro dirigirse hacia él con una jarra de agua en la mano. Tomó el recipiente que le ofrecía para dar un largo trago y se limpió el sudor de la frente. Se sentaron en el pórtico, con la espalda apoyada en las columnas.
Apenas habían hablado sobre la muerte de Perseo.
Recordó las órdenes de Tiberio: debía asesinar a la mujer del hombre que tenía a su lado. No estaba preparado para ello. Matar a un criminal o a un soldado era una cosa, acabar con la vida de una inocente era otra bien distinta. Aunque se resistía a admitirlo, el noble tenía razón. Hasta entonces, Mucro no habría tenido nada que perder si se rebelaba contra su amo. Él mismo le había convencido para que se uniese a Herennia y, a partir de entonces, tenía un punto débil.
Para hacer creíble la farsa, Marco había tenido que ganarse su confianza. En lugar de crear un personaje y tratar de vivir una mentira, se limitó a ocultar la parte de sí mismo que lo habría delatado. Dejó aflorar emociones reales en los momentos precisos, para no mentir más de lo necesario; de lo contrario, le habrían descubierto. Ahora la amistad que le unía a Mucro era real, su juramento a Némesis le había conducido hasta aquella situación y, esta vez, si cumplía las órdenes, no podría cargar con la culpa.
El suburano parecía preocupado.
—¿Todo bien? —le preguntó Marco.
—La muerte de Velox fue un gaje del oficio —dijo, sin más preámbulo
—. Lo de Critias es distinto: ha sido alguien de la escuela.
—¿Has averiguado algo?
Sabía que Mucro había preguntado entre los antiguos criminales condenados a una damnatio ad ludum. Los vínculos que aún mantenían con el hampa de los barrios bajos hacían de ellos una fuente muy fiable.
—Hablé con el collegium —respondió el suburano—. Ninguno de los guardias que controla el acceso a la armería está implicado. Uno de los prisioneros está enganchado al opio. Pensé que tal vez… Le dimos una buena paliza, pero no sabía nada.
Las armas permanecían bajo llave en la armería y el encargado llevaba un inventario. En caso de que tuvieran que cumplir con alguna misión para el patrón, se las entregaban en la puerta y debían devolverlas al regresar.
Solo los auctorati y los miembros del círculo de confianza de Varrón Murena podían tener algún puñal o espada en propiedad.
—¿Alguno de los bárbaros? —preguntó Marco.
—Apreciaban al viejo, a todos les salvó la vida alguna vez —respondió Mucro—. Y no es solo eso lo que me preocupa… Te ascendieron a primus palus de la noche a la mañana y drogaron a Perseo para que lo mataras. Nos utilizan como juguetes; parece que cualquier cosa vale con tal de dejar a Marcelo con el culo al aire: por algún motivo, el patrón lo detesta.
Varrón Murena odiaba a los hijos adoptivos del princeps tanto como a él mismo, y la mala salud de Augusto era bien conocida. Tal vez el plan de los
conspiradores fuera asesinar a Marcelo para agotar la línea sucesoria. Como había señalado Tiberio, los orígenes humildes de Agripa le privaban del apoyo del Senado; al contrario que Augusto, no contaba con el nombre de César. Como mucho, podría aspirar a ser un nuevo «hombre fuerte» que tutelase la República durante algún tiempo. Quizás el plan de Fanio Cepión y de Varrón Murena demostraba una visión mucho más a largo plazo de lo que suponían. Las formidables medidas de seguridad que rodeaban a Augusto hacían improbable que él fuera su objetivo.
—Dentro de poco, se celebrarán los Juegos Romanos, y dicen que será algo grande. —Marco echó un vistazo al patio; solo vio a un puñado de primus palus rodeados de novatos—. La escuela está mermada…
—Todas lo están —señaló Mucro—. Pero la nuestra en especial. Se rumorea que Hermes saldrá de nuevo a la arena.
Aquella noticia supuso un sobresalto. No era extraño que viejos ídolos retirados, que ya habían obtenido la libertad, combatieran en ocasiones excepcionales. ¿Había presionado Mecenas a su cuñado para que la gran estrella regresara al anfiteatro? Dudaba que su influencia sobre él llegara a tanto, lo más probable era que hubiese pagado una obscena suma de dinero.
Marcelo deseaba distraer a la plebe de sus problemas, y, para lograrlo, estaba dispuesto a todo. Los lanistas de toda Italia no desaprovechaban la oportunidad de embolsarse una fortuna.
—Fanio Cepión y Varrón Murena traman algo —masculló Mucro—. No dejan de hablar con malditos orientales…
Su camarada no era tan estúpido como para ignorar, a esas alturas, que Marco hablaba griego. Sabía que había prestado atención a la charla de su patrón con Lisímaco; tal vez también la de Herodes.
—Preparan un magnicidio —le explicó en voz baja—. No sé contra quién, ni tampoco cómo pretenden hacerlo.
—Si se salen con la suya, se cubrirán de oro —asintió Mucro—.
Nosotros nos jugaremos la piel para obtener nada más que migajas.
—Si las cosas van mal…
—Necesitamos un plan de contingencia.
De nuevo, Marco había logrado que la idea no pareciera suya. Dejó fluir las palabras que había preparado para la ocasión:
—Si hablamos con quien no debemos, llegará a oídos de Varrón Murena. Creo que puedo convencer a los bárbaros para que se unan a nosotros. Tú podrías reunirte con los criminales.
—¿Qué les digo?
—La verdad. ¿Qué posibilidades de éxito tienen los conspiradores? Tras el juicio a Marco Primo, sin duda Augusto los vigila. Si puede demostrar que traman algo, nos interrogarán para obtener una confesión. Y ya sabes lo que eso significa.
Mucro se levantó cuando vio llegar a Cnemo por el pórtico. El médico hizo un gesto a Marco para que lo acompañara al dispensario. Una vez dentro, le hizo sentar sobre uno de los camastros. Retiradas las vendas, Cnemo observó su mano con desazón. Hacia el arranque de los dedos, la herida había cicatrizado, aunque apenas podía flexionar el índice y el anular. A pesar de que todavía conservaba la movilidad en el pulgar, su mano se había convertido en una torpe e insensible garra que apenas podía sostener el escudo.
Al ver la expresión del joven médico, supo que jamás volvería escribir.
—¿Se puede saber qué tramáis? —murmuró Cnemo, mientras aplicaba un ungüento sobre la cicatriz.
—Hablábamos de Critias. —A juzgar por su cínica expresión, el médico debió de suponer que solo era una verdad a medias—. ¿Qué hizo antes de su muerte? Es decir, cuando…
—¿Cuando no estaba borracho? —replicó, sarcástico—. Parecía preocupado y, al mismo tiempo, inquieto. Esa mañana fue a una pequeña biblioteca del teatro de Pompeyo. Trajo consigo un viejo volumen escrito en griego. Estuvo varias horas leyéndolo. Fue algo extraño.
—¿No era normal que buscase libros?
—Por supuesto que lo era —respondió el médico—. Sus conocimientos no provenían del aire. Lo que me extrañó fue la temática.
—¿No era de medicina? —preguntó, decepcionado.
—Se trataba de una especie de tratado esotérico, atribuido a Céleo.
En efecto, no resultaba fácil imaginar al médico interesado en un escrito apócrifo del mítico primer sacerdote del culto a Deméter, diosa griega de la agricultura.
—Además —añadió Cnemo—, tras su muerte, no hallé el volumen en el dispensario. Ha desaparecido.
—¿Qué me puedes decir de sus heridas? —Marco había bajado aún más la voz; su acompañante se mostró intranquilo.
—Un trabajo limpio. No había ningún corte en las manos o antebrazos, fruto de la clásica posición de defensa. Tampoco había evidencias de ensañamiento. Solo un golpe en el lado izquierdo del rostro, que le desgarró la frente, y una cuchillada mortal en el costado.
—Obra de alguien que sabe emplear un arma.
—¿Te extraña? —preguntó Cnemo, como si hubiese sorbido vinagre—.
Le mataron dentro de esta casa.
Un miembro de la familia Varrón; era la única explicación posible.
—Demasiado torpe —murmuró Marco, desconcertado—. Critias deambulaba por las noches de taberna en taberna. Hubiera sido fácil asaltarle en un callejón, y todos habríamos pensado en un robo.
—Hay dos cosas más —añadió Cnemo, adquiriendo valor—. La herida en la cara es vertical, desde la mandíbula hasta la frente. Un desgarro de un palmo de longitud, no un corte.
Comprendió lo que quería decir. No le atacaron con un arma blanca, y si le hubiesen golpeado con una porra la lesión se encontraría en la parte superior del cráneo.
—¿Y la segunda herida?
—Cualquier médico que haya trabajado en una escuela de gladiadores la reconocería: obra de una espada corta o un puñal. Lo que la hace inusual es que atravesó el hígado, justo bajo el diafragma.
Se trataba de un detalle importante, del que no se había percatado cuando encontró el cadáver: el hígado se encuentra en el costado derecho del vientre.
—El asesino de Critias es zurdo.
—Al menos uno de ellos —señaló Cnemo—. La contusión en el rostro parece obra de un diestro.
Marco se levantó del camastro para dirigirse hacia la puerta. En el borde exterior, hacia la altura de los ojos, descubrió una mancha oscura. La estudió con atención: parecía sangre coagulada. Critias era aproximadamente de su misma altura, así que pudo imaginar el origen de la herida vertical en el lado izquierdo de su cara. Eso explicaba por qué la trayectoria del golpe no venía de arriba, no era necesario buscar dos asesinos.
No fue un ataque inesperado, Critias sabía que lo iban a matar. Trató de encerrarse en el dispensario, alguien dio una patada a la puerta desde fuera y él salió despedido contra la pared. Aturdido por el golpe, le acuchillaron en el hígado. Fue una muerte rápida. El trabajo de un profesional, de un hombre zurdo.
Se despidió de Cnemo para regresar a su cubículo. Había dos cuestiones que debía investigar. Una era la muerte de Critias; la otra, la más importante, el significado de las tablillas de cera que guardaba en su cuarto.
Sin saberlo, el joven médico le había dado la clave para estudiar aquel mensaje cifrado que había arrebatado a Velox y que releyó hasta que lo memorizó.
Buscar lo improbable. Debía encontrar lo que resultase anómalo, aquello que no podía responder al azar. El resultado de una causa oculta, de una voluntad consciente. Al repasar mentalmente los dígitos, había encontrado un patrón. Tal vez no señalase la senda correcta, pero tenía que comprobarlo. Entró en el minúsculo dormitorio y atrancó la puerta desde dentro. Extrajo las tablillas de cera de su escondrijo y las abrió sobre el camastro.
III·IIII·I·V·I·IIII·II·IIII·III·V·IIII·V·IIII·III Eran catorce dígitos, un número par. Por tanto, había considerado la idea de que fuera una relación de fechas: el primer número podría significar el mes; el segundo, el día. No obstante, lo había descartado.
La clave era Macedonia. Se trataba de un mensaje dirigido a Marco Primo, su procónsul. Sin duda, buena parte de su oficina estaría compuesta por libertos de origen griego. El código le era desconocido porque tenía que ser descifrado en aquel antiguo reino helénico, y no en Roma.
Buscó algo que no pudiera responder al azar. Al repasar mentalmente los números, una cosa le llamó la atención: su valor siempre variaba entre el uno y el cinco, y las posibilidades de que esto ocurriera sin motivo eran muy remotas. Esa era la clave. Recordó que, en uno de sus libros, Polibio describía un sistema de cifrado para ser transmitido mediante luces de antorchas, en el cual las letras del alfabeto se distribuían en una tabla de cinco filas y otras tantas columnas, de forma que los números se definían gracias a las coordenadas de cada casilla. De este modo, la A se convertía en I·I, la B en I·II, la C en I·III, y así sucesivamente.
Excitado, tomó el cálamo y trazó rápido una serie de líneas, letras y dígitos sobre un pedazo de corteza de sauce, hasta componer una tabla: IIIIIIIIIIVIABCDEIIFGHIKIIILMNOPIIIIQRSTVVXYZ
Luego, usando los pares de cifras como coordenadas, fue anotando una serie de letras en uno de los márgenes: O, E, D… Su corazón se aceleró al descubrir que, en efecto, componían una palabra. Al llegar a la última letra, se detuvo. Entonces, leyó el nombre griego que formaban: Oedipvs.
Edipo. ¿Qué podía significar?
Alguien llamó a la puerta. Escondió las tablillas de cera en el recoveco de encima de la viga y desatrancó el postigo. Cuando abrió, se encontró con el mayordomo.
—El amo desea verte.
Le alegró ver que a Varrón Murena tampoco le iban bien las cosas. Se reunió con él en el despacho de la tercera planta. Los rollos y legajos que había reunido para preparar el juicio aún estaban sobre la mesa, aunque apartados para hacer sitio a varias jarras de vino, ahora vacías. Con el cabello revuelto y unas profundas ojeras, el senador esbozaba un rictus trágico al contemplar el busto de su hermana. Marco casi pudo leer su mente. ¿Augusto había logrado engañar a Terencia sobre su estado de salud,
o es que ella le había traicionado? En política, el juego de lealtades no entendía de lazos de sangre.
Su patrón apenas alzó la vista al descubrir su presencia; la exánime luz de los candiles convertía las cuencas de sus ojos en dos pozos sin fondo.
Hizo un gesto huraño para que se sentara y sus manos proyectaron dos sombras sobre la mesa, negras como tarántulas. Marco no apreció la comodidad que prometía el escabel cubierto de seda.
—Cree que puede tomar todo cuanto desea —dijo Varrón Murena, observando el busto de Terencia—. No sabes lo que es ver a tu hermana deshonrada por un tirano.
El sarcasmo oculto en aquella frase hizo que Marco sintiera una súbita náusea. Recordó las palabras de Perseo. ¿De verdad Vitruvia había sido amante del princeps? Eso tal vez explicase su visceral odio hacia él. Casi deseó que fuera cierto, para poder justificar su amistad con Fanio Cepión.
—Era una muchacha inocente, hasta que se casó con ese corrupto afeminado…
Varrón Murena se negaba a admitir que su hermana visitase el lecho de Augusto seducida por el poder, tal y como parecía probable. Marco se preguntó si él también se engañaba a sí mismo. Cepión había utilizado ese odio para hacer que Varrón Murena formara parte de la conjura; tal vez incluso fuera el responsable de las pintadas y libelos obscenos sobre aquella relación ilícita. Por su parte, Tiberio no había comprendido por qué el senador se había involucrado en la trama. A pesar de haber estado a la vista desde el principio: la conducta de Marrón Murena le resultaba incomprensible solo porque era un hombre moral.
¿Le ocurría lo mismo a él con Vitruvia? Dio un largo trago a la copa que le había ofrecido, para no tener que pensar en ello.
—Los asesinos de César se equivocaron —dijo Varrón Murena, que estaba ebrio; eso dejaba abierta la posibilidad de que hablara más de la cuenta—. No basta con apuñalar al tirano. La plebe seguía adorándole, gracias al dinero dilapidado en juegos y repartos de pan…
Durante un largo rato, le dejó divagar. Estaba solo, abandonado. Su único aliado era un lunático obsesionado con el poder; una relación basada
en un odio común. Escuchando los desvaríos de un borracho, la conspiración fue cobrando forma ante sus ojos. Antes de cometer el magnicidio, los conspiradores tenían que arruinar la reputación de su víctima. Pero seguía sin saber de quién se trataba.
Horas antes, Tiberio había dicho que Marcelo estaba acabado.
¿Significaba que él era su objetivo? Recordó las intrigas de Varrón Murena por menoscabar su imagen. Si las medidas de seguridad que rodeaban al joven eran enormes, las de Augusto resultaban formidables. Nadie podía acercarse a menos de cien pasos de él con un arma en la mano. Y Agripa, el otro heredero, no se encontraba en Roma: eso dejaba a Marcelo como la opción más probable. Sin embargo…, quizá su propósito fuera acabar con la vida de Mecenas y de ahí los libelos sobre su esposa Terencia, que lo retrataban como un cornudo pusilánime. Era obvio que Varrón Murena también estaba resentido con él y resultaba una presa mucho más fácil.
—Imagino que fue duro —le dijo el senador, observando su mano vendada—. Pero ahora sé que puedo confiar en ti.
De nuevo, la frase resultaba tan sarcástica que casi se le escapó una carcajada. Amañar su combate con Perseo había hecho que el odio que antes sentía hacia Cepión se trasladara hacia él. Esa clase de desprecio que solo puedes sentir hacia quien te obliga a odiarte a ti mismo.
—Mañana te necesitaré a mi lado: he de hablar con alguien —concluyó Varrón Murena—. Una vez que haya llegado a un acuerdo con él, la suerte estará echada. El resto de los detalles los sabrás en su momento.
Lo dijo sin inmutarse. Tenía una baza escondida. Había algo importante que hizo que la inquietud de Marco aumentara. Eso sí, fuera como fuera, había ascendido más en su nivel de confianza. Tal vez, en el pasado, Varrón Murena había entablado alguna conversación similar con Hermes, pero no sabía si aquella idea debía alentarlo. Lo que sí sabía era que pronto se encontraría de nuevo con su antiguo legado, Fanio Cepión.
Varrón Murena estaba en lo cierto: el desenlace estaba a punto de producirse.
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