Proyecto Moisés
Anteprólogo
Iñaki Biggi
Proyecto Moisés
ePub r1.0
Titivillus 21.04.2021
Título original: Proyecto Moisés
Iñaki Biggi, 2020
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para mi madre Pilar,
mi esposa Rebeca
y mi hijo Luca
(y para Sombra)
Anteprólogo
Jueves, 13 abril de 1944
Costa del mar del Norte
Georg se despertó sobresaltado. Se incorporó en la cama y miró alrededor, con el corazón latiéndole a toda velocidad. Aún no había amanecido y la habitación que compartía con su hermano pequeño seguía a oscuras.
Sin hacer ruido para no despertar a Oskar, que dormía abrazado a su oso de peluche, Georg se dirigió a la cocina para beber un vaso de agua.
Había pasado mala noche, nervioso por lo que le aguardaba. Por fin había llegado el gran día en el que, junto a su familia, visitaría la aldea de Daniella para pedir su mano. No podía dejar de preguntarse una y otra vez si el padre permitiría que su hija se casara con un humilde pescador.
Bebió un trago, tratando de calmarse, y se percató de que, fuera, los animales parecían estar también muy alterados. Los perros aullaban y ladraban, y desde el establo llegaban mugidos y balidos desesperados.
Echó un vistazo por la ventana, pero había luna menguante y no vio nada. Quizás había lobos cerca. Decidió comprobar que las puertas del corral estaban bien cerradas.
Con sigilo, salió de la casa. En el exterior todavía hacía mucho frío. Sin perder tiempo, rodeó la granja y se acercó al lugar donde los perros estaban atados. Georg se quedó atónito. Los dos animales aullaban enloquecidos y tiraban de las cadenas, volteándose en el aire con las sacudidas.
Y no eran los únicos. Otros perros de la aldea se habían sumado al concierto. Vacas, gallinas y ovejas parecían comportarse como si los llevasen al matadero. ¿Qué estaba ocurriendo?
Georg, asustado, miró a su alrededor. ¿Se habrían atrevido a bajar los lobos y estaban allí mismo, acechándolos? Su granja era la más apartada y la más elevada de la aldea que se extendía a sus pies, y por delante de esta podía ver débilmente las siluetas de los pequeños pesqueros que faenaban amarrados en el puerto.
En medio del alboroto, echó de menos algo. Intrigado, miró al cielo. No se oía ninguna gaviota. Las aves anidaban cerca y el ruido de sus chillidos estaba tan presente en la vida de la aldea como el aire que respiraban. Sin embargo, ahora no parecía haber ninguna, como si todas hubieran huido.
Confundido y sin saber qué pensar, volvió a mirar hacia el puerto. Debía de haberse levantado oleaje, porque los barcos se balanceaban arriba y abajo.
Los animales redoblaron sus lamentos. Uno de los perros había logrado soltarse de la traílla y corría con el rabo entre las piernas ladera arriba, abandonando a su compañero enloquecido, que mordía la cadena con un desagradable chasquido de dientes rotos.
De pronto, la tierra empezó a temblar con un estruendo grave que parecía aumentar en intensidad.
Muy asustado, corrió a despertar a sus padres, pero la sombra de uno de los pesqueros del puerto lo dejó clavado en el sitio. A pesar de estar una docena de metros por debajo del nivel de la granja, el barco parecía levantarse en el aire, sobrepasando enseguida la altura de la iglesia y después ascendiendo más arriba, hasta ocultar la escasa luna que había visto en el horizonte.
Sin poder dar crédito a sus ojos, Georg vio, espantado, cómo una inmensa montaña de agua se alzaba veinte metros por encima del puerto y engullía la aldea en medio de un ensordecedor bramido. La gigantesca ola, barriendo todo cuanto encontraba a su paso, avanzó hacia él.
Se lo tragó sin darle tiempo siquiera a comprender qué había sucedido.