Proyecto Moisés
Capítulo XXIV
Viernes, 14 de abril de 1944
Campamento Griffiss, Londres, Inglaterra
—En lo que va de mes, los alemanes han perdido trece de sus submarinos —estaba diciendo Churchill, mirando las hojas que sostenía entre las manos.
Se encontraba con el general americano en el Cuartel General del Mando Aliado revisando los últimos informes. Eisenhower mantenía un prudente silencio mientras sacaba el enésimo cigarro del día y se lo ponía entre los labios. La conversación mantenida en privado días atrás sobre su «ligereza» al tratar el tema del díscolo coronel Brown y su peculiar comando había resultado áspera.
Eisenhower estaba abrumado por la inmensa tarea que suponía coordinar las fuerzas armadas de diferentes países, con sus correspondientes ejércitos de tierra, mar y aire. Además, tenía que controlar la logística para el acuartelamiento de tropas, vehículos, municiones, barcos, aviones, provisiones y el resto de la intendencia. También la previsión meteorológica, que amenazaba con mandar al traste la operación militar más compleja y multitudinaria de la historia, estaba ocasionando enormes quebraderos de cabeza.
Por si todo esto no fuera poco, cada jornada debía mantener múltiples entrevistas con celosos y envidiosos generales, preocupados cada uno por obtener el mejor trozo en el pastel de la gloria de una invasión que sería recordada durante décadas.
Si tenía éxito, se recordaba continuamente Eisenhower.
Cierto era que las sospechas de aquel profesor español, de ser ciertas, podrían suponer un auténtico desastre, pero igualmente lo eran las filtraciones, los egos, las mareas, el oleaje, los generales alemanes, Hitler…
El general no podía estar en todo. Para eso existían los subalternos. ¿Por qué Churchill se había empecinado con aquella operación, una más entre las múltiples que tenían entre manos? Él no compartía los temores apocalípticos del primer ministro británico.
Churchill había tenido el poco tacto de llamar al presidente americano, como si fuese un chiquillo, para quejarse por lo sucedido, y Roosevelt había telefoneado al general para que aplacara los ánimos del viejo político.
Ahora parecía que se había atemperado, pero, pese a que Eisenhower tenía cosas más importantes que hacer, no se había atrevido a desairar al primer ministro. Para el general, aquella misión de bombardeo de la RAF, cuyos aviones iban a abrir sus compuertas en pocos minutos para dejar caer toneladas de bombas, era rutinaria, y podía haber escuchado el resultado desde la mesa de operaciones, donde varios de sus comandantes discutían los detalles del ya cercano desembarco en las costas francesas. En cambio, se encontraba en la sala, escuchando las comunicaciones por radio de los pilotos. Hacía un rato que estos habían entrado en terreno alemán y ya habían perdido cinco de los seiscientos aparatos que habían despegado.
—Tenemos que intensificar el bombardeo de las V-1. Están haciendo mella entre la población.
Churchill había cambiado el tema de los submarinos a las bombas volantes que los nazis estaban arrojando contra Inglaterra. Los aliados trataban de impedir su lanzamiento destruyendo las rampas que utilizaban para ello, pero los alemanes las volvían a montar en distinto sitio tan rápido como eran desarmadas.
—He dado órdenes a nuestros ojeadores para que las localicen e informen enseguida —dijo Eisenhower conciliador—. Hasta el momento, hemos destruido decenas de rampas.
—Pero siguen llegando —protestó el político—. Y pronto lo harán las V-2.
—Es difícil llegar a todo: aeropuertos, fábricas, la costa, nudos ferroviarios y de carreteras. La Luftwaffe no tiene aviones, ni recambios o aeródromos desde los que levantar sus aparatos. Mandamos misiones diarias a Alemania, Francia, Bélgica, Yugoslavia… Además, estamos lanzando suministros a la resistencia francesa. Su ayuda, en cuanto comience la invasión, será decisiva.
—Ya lo sé, general. Nuestros hombres están haciendo un gran trabajo — dijo Churchill, sin poder evitar terminar con una pulla—: No como su coronel Brown.
Eisenhower fingió no haber escuchado la última frase. En un momento tan delicado como aquel, era mejor no hacerse mala sangre, así que prefirió omitir cualquier comentario sobre lo ocurrido horas antes, cuando un minisubmarino británico había entrado en el puerto noruego de Bergen para volar un muelle flotante vital para los alemanes y se había equivocado de blanco, hundiendo un mercante.
—Señor, están a dos minutos del objetivo —señaló el oficial de radio.
Churchill, que estaba a punto de hacer una observación sobre la lucha que los soviéticos estaban manteniendo en Crimea, donde Hitler había dado orden a sus generales de no retirarse bajo ninguna circunstancia, guardó silencio.
—Aquí jefe rojo. A un minuto del objetivo.
—Recibido —contestó el operador de radio.
El primer ministro se había olvidado de su puro.
—Objetivo a la vista.
—Macháquenlo —gruñó el político.
—Control —repuso jefe rojo—. El objetivo está destruido. Repito: el objetivo está destruido.
—¿Destruido? —preguntó nervioso Churchill, agitando la mano que sujetaba el puro—. No les ha podido dar tiempo. ¡Confírmenlo!
—Jefe rojo, aquí control. ¿Han destruido el objetivo? Confirmen.
—No, control. El objetivo ya estaba destruido cuando lo hemos alcanzado. No queda nada salvo una montaña de escombros. Repito: el objetivo estaba destruido. Estamos fotografiando la zona. Pasamos al siguiente objetivo.
El primer ministro mordió furioso el puro. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo podía estar destruido el laboratorio al que había mandado sus bombarderos? No sabía qué pensar.
—Quiero las fotos en cuanto las tengan —ordenó, haciendo un gesto para que el general americano lo siguiera—. Inmediatamente.
En el pasillo, Churchill dio una profunda calada a su puro y dijo:
—Bien, general… ¿Alguna idea de lo que está ocurriendo?
—No, señor. No me lo explico.
—¿No habrá nada que usted sepa y yo no, verdad? —preguntó entrecerrando los ojos.
—Si se refiere al coronel Brown y a su comando, sé lo mismo que usted. Y ninguna misión de bombardeo ha sido mandada al lugar.
—¿Alguna bomba que no haya alcanzado su objetivo y haya caído allí?
—Habrá que consultar a nuestros especialistas, pero mi opinión es que no. Haría falta acertar de pleno con un par de Blockbuster de cuatro mil libras para derribar aquello.
—¿Cree que haya podido ser el coronel Brown?
—No sé qué decir. —Eisenhower arrojó la colilla y, pensativo, se tomó su tiempo para encender otro cigarrillo—: ¿Recuerda al general Mattis?
—Recuerdo que usted me dijo que había desaparecido.
—El mismo día que el coronel Brown nos presentó a su comando.
Churchill prefería olvidar el numerito montado por el díscolo coronel en su domicilio oficial de Londres.
—¿Cree que ambos hechos están relacionados?
—No lo sé, señor. Investigamos a Mattis a raíz de su desaparición. No entiendo cómo se nos pudo pasar antes, pero al parecer el general Mattis mantenía contactos con un partido radical americano simpatizante de la ideología nazi.
—¿Un espía?
—¡Quién sabe! El día que Brown nos visitó, Mattis se ausentó de su puesto en cuanto se corrió el rumor de un posible atentado, y parece ser que fue a Downing Street, donde se perdió su pista.
—Y la del coronel Brown.
—Cierto. Es una especulación, pero, si Mattis era un espía y Brown lo descubrió, pudo quitárselo de encima y decidir adelantar la misión. No sabría en quién confiar, y tal vez temió que creyéramos a Mattis y no a él.
—¿Entonces piensa que el comando se encuentra en Berlín?
—Podría ser. Habrá que estudiar las fotografías que traen los bombarderos, pero, si el laboratorio ha sido destruido, sería razonable pensar que haya sido Brown.
—En tal caso, habrá que mandar el submarino para que los saquen de allí. ¿Pero cuándo?
—Lo mejor será ceñirse al plan, señor. El coronel no puede ponerse en contacto con nosotros. Mandaremos el submarino en las fechas previstas.
Dos horas después, ambos hombres se encontraban en una de las salas de fotografías del cuartel general. Sentados delante de una enorme mesa, tres especialistas en ingeniería y demolición examinaban a través de unos cristales de aumento las fotografías que un sargento británico había traído del aeródromo donde habían aterrizado los Avro Lancaster enviados en misión nocturna a la capital alemana.
—¿Cuál es su opinión, caballeros? —preguntó el político, después de que los tres técnicos se pasaran entre ellos las fotografías.
—En mi opinión, señor —se aventuró uno de ellos—, el edificio no se ha derrumbado por nuestras bombas. El tejado está fragmentado, pero no se ve ningún boquete por donde haya pasado una bomba de penetración. Claro que no lo puedo asegurar, pues faltan algunos trozos de tejado.
—Estoy con mi colega. Yo diría que la demolición ha sido causada por una explosión interna en varios puntos. Si se fijan, señores, el tejado se ha desplomado sobre los pisos inferiores, manteniéndose bastante entero.
—Coincido con ellos, señor.
—¿Un accidente?
—Lo dudo —repuso el técnico que había hablado el primero—. Ha caído todo el edificio, y lo ha hecho a la vez. Un accidente habría sido más localizado. Más bien diría que ha sido demolido intencionadamente.
—¿Esa es su conclusión, caballeros?
Los tres especialistas asintieron y fueron despachados de la sala. Eisenhower y Churchill se quedaron a solas.
—Esto parece confirmarlo, general. Prepare el submarino. Hay que sacar a esos hombres con vida de allí.
Lunes, 17 de abril de 1944
Berlín, Alemania
Gardner paseaba por el salón de la casa, vigilado por Menchaca, que se había convertido en su enfermero personal.
El sicario había pasado los tres primeros días sin recobrar el conocimiento y con una fiebre alta que hacía temer por su vida. Weidenfeld había tenido que volver al mercado negro, donde se estaba haciendo peligrosamente conocido, para conseguir más antibiótico.
Brown había tratado el asunto discretamente con el capitán inglés. Aun en el caso de que Gardner no muriera, sería muy difícil que se recuperara lo suficientemente rápido como para acompañarlos. Además, no les sería de utilidad; solo lograría retrasarlos y ponerlos en peligro.
Quizá sería mejor dejarlo en el piso franco con alguien. Pero ¿con quién? El coronel necesitaba a todos los hombres con él: Von Weizsäcker para pilotar el avión que les llevaría a la costa; Riggs para entrar en aquella cueva, y Villar para hacerla estallar. Quizá pudieran prescindir del profesor, pero las órdenes respecto a él eran tajantes: no podía caer en manos de los nazis. Por supuesto, Weidenfeld y el capitán tenían que ir con ellos.
Tampoco podían dejarlo solo, y mucho menos entregárselo a los alemanes. Sin uniforme, sería tratado como espía y lo torturarían hasta que delatara a sus compañeros.
Por fortuna, mientras esperaban a que Comadreja y el piloto alemán consiguieran un aparato con el que volar hasta la costa del mar del Norte, la fiebre fue remitiendo, y el día anterior Gardner había abierto los ojos. Se sentía confundido, le dolía mucho el hombro, tenía una sed espantosa y estaba muy cansado. Pero la segunda vez que se había despertado, al anochecer, ya pudo incorporarse para cenar algo y utilizar el baño sin ayuda.
Ahora recuperaba fuerzas dando pequeños paseos. El hombro seguía doliéndole terriblemente, pero al menos era el derecho, y él era zurdo. Podría usar la pistola con silenciador que volvía a lucir en la cintura.
—¿Cómo se encuentra, Gardner? —preguntó Brown al despertar. El coronel había hecho la guardia de noche, para la que Weidenfeld, Von Weizsäcker y el maltrecho sicario estaban exentos, y había aprovechado la mañana para recuperar el sueño perdido.
—Bien, coronel.
—Nos iremos en cuanto Weidenfeld consiga un avión. Ahora que está mejor no necesitará ayuda. Podrá esperarnos aquí y lo recogeremos cuando terminemos la misión.
El coronel no quiso mencionar lo que suponía aquello. Si aquel trabajo no se torcía y quedaban supervivientes, estarían muy cerca de la costa danesa, donde podían esperar al submarino prometido, si es que este acudía a la cita, o buscar un plan de huida alternativo. Regresar a Berlín no era, ni remotamente, una buena opción.
—No se preocupe. Iré con ustedes. No los retrasaré.
—Me alegra oírselo decir. ¿Por qué no come un poco y descansa? Le ayudará a coger fuerzas. Capitán, ¿sabe algo de Weidenfeld y Von Weizsäcker?
—Aún no han vuelto —respondió este, rebañando una lata de carne en conserva—. Salieron a primera hora, confío en que no tardarán en regresar.
Cuarenta minutos después, cuando la luz disminuía en la calle, unos chasquidos en la cerradura alertaron al comando. Gardner demostró encontrarse bastante mejor, pues, antes de que cualquiera de los otros pudiera agarrar un arma, su brazo izquierdo, con buen pulso, apuntaba la pistola hacia la puerta que se entreabría.
—¡Eh, tranquilo! ¿Son esas formas de recibir a los amigos que traen buenas noticias? —dijo Comadreja.
—No se queden ahí parados —ordenó Brown—. Entren y cierren la puerta. Alguien les podría oír.
—No se preocupe, señor —respondió alegre el estraperlista—. En este piso ya no queda nadie. Ayer se marchó la vieja que vivía en el apartamento de al lado. Nadie nos puede escuchar.
—Las paredes tienen oídos. ¿Cuáles son esas buenas noticias que dice?
—Vaya, creía que no querría escucharlas —repuso Weidenfeld.
Von Weizsäcker cogió el plano de la ciudad que había utilizado por Brown para explicar el plan de ataque al laboratorio, lo desplegó en el centro del salón y se agachó sobre él, apuntando con el dedo.
—En la zona de Berlín tenemos seis campos de aviación —explicó, señalando sus emplazamientos—. Creo que podríamos descartar estos tres. No suponen ninguna ventaja respecto a los otros y se encuentran demasiado alejados.
El coronel estuvo de acuerdo: dos de ellos estaban al oeste de la ciudad y, para alcanzarlos, deberían cruzarla entera. Del tercero, situado al sur, los separaban dos bases militares.
—Este es el aeropuerto de Tegel, cerca del lago Tegeler y de la granja donde estuvimos escondidos hace un par de semanas. Este otro, el más cercano a donde nos encontramos ahora, es el de Tempelhof, poco más de cuatro kilómetros al sur. Es un aeropuerto civil, lo que quiere decir que está muy vigilado por las SS y la Gestapo. Aunque se supone que solo admite vuelos militares para aterrizajes de emergencia, una de sus pistas tiene prioridad para aparatos de reconocimiento, abastecimiento, personalidades y transporte de material de guerra.
El teniente alemán levantó la mirada del plano para observar a Brown, antes de continuar:
—Aún más al sur hay un aeródromo militar, a unos quince kilómetros. En mi opinión, nos vendría mejor. Al pertenecer a la Luftwaffe estará menos vigilado. Si consiguiéramos uniformes, tendríamos más posibilidades de hacernos con un aparato. Weidenfeld no opina como yo.
—¿Por qué? —preguntó Brown, estudiando el plano.
—Es un campo pequeño —dijo Comadreja con su rasposa voz—. Una torre de control, un montón de cazas alineados, listos para despegar, algunos aparatos pesados y el hangar para las tripulaciones. Somos ocho. Pasar desapercibidos será difícil. Además, se encuentra más alejado que el aeropuerto de Tempelhof. En este, la pista de la que hablaba el teniente está alejada del sector civil y no tiene el mismo control de la Gestapo que la zona de aduana. Podríamos entrar cortando la valla por un extremo, cerca de un aparato, sin que se den cuenta. Los aviones allí no hacen vuelos regulares ni pertenecen a escuadrones. Los utilizan como correos, así que tardarán más en darse cuenta de que les falta uno.
—¿Capitán? —preguntó Brown solicitando la opinión de Pickeray.
—Creo que Weidenfeld tiene razón, señor. Sin duda, la Gestapo y las SS son más peligrosas que la Luftwaffe, pero, si podemos esquivarlas, será más fácil hacernos con un avión de transporte que robar un bombardero.
—Estoy de acuerdo —dijo Brown—. Bien, teniente. ¿Tiene pensado el plan de vuelo?
—Helgoland son en realidad dos islas —explicó Von Weizsäcker—. Antes formaban una única, que se fue hundiendo hasta quedar sumergido el paso entre ellas —explicó el teniente alemán—. La más grande es la que nos interesa, pero la pequeña se utiliza casi únicamente como campo de aviación. Claro que aparecer con un avión en la isla sería lo más rápido y cómodo, pero también lo más peligroso. ¿Cómo justificaríamos nuestra llegada? Siendo una base de submarinos, estará muy vigilada.
—Lo veo muy difícil —admitió el coronel—. ¿Qué alternativa tenemos?
—Llegar hasta la costa frente a Helgoland. Son tierras pantanosas poco habitadas. Si aterrizamos allí, podríamos llegar a la isla en barco.
—¿Aterrizar en una zona pantanosa? —preguntó Weidenfeld, al que no le gustaba la idea.
—Ya lo he hecho anteriormente en entrenamientos. No vale cualquier sitio, claro, pero seguro que encontraremos tierra lo suficientemente estable como para aterrizar.
—Muy bien. ¿Cómo nos haremos con un avión?
La pregunta iba dirigida al estraperlista, que no dejaba de mirar al piloto con cara de pocos amigos.
—Podríamos entrar el teniente y yo, mientras los demás esperan fuera. Una vez reconozcamos el interior y localicemos el avión, los haremos pasar, probablemente a través de la verja que tendremos que cortar —dijo Comadreja, sin lograr quitarse el temor por el plan de Von Weizsäcker, al que interrogó, mosqueado—: ¿Estás seguro de que sabes lo que haces? Las dos últimas veces que volaste te derribaron.
—Basta ya —zanjó Brown, viendo que el piloto alemán estaba preparado para responder—. ¿Cuándo podremos irnos?
—Necesito luz para aterrizar, señor —contestó rápidamente el piloto—. Lo mejor sería que despegáramos justo antes de que amanezca, así cuando estemos sobre la costa podría tener buena visibilidad.
—De acuerdo. Robaremos el avión mañana por la noche —decidió Brown —. Weidenfeld, necesitaremos explosivos. Vea qué puede conseguir sin llamar la atención.
—No será fácil. Veré qué puedo hacer —contestó Comadreja con su voz ronca, antes de encararse con el piloto alemán—: Te advierto que, como nos hagas estrellar…
El inspector Schlüter, apartado del servicio y bajo arresto domiciliario por orden del mayor Töpfer, se paseaba arriba y abajo por su apartamento.
Antes de abandonar la sede de la Gestapo, había recogido el dosier con todo lo que habían podido reunir de la investigación y se lo había escondido bajo el largo abrigo de cuero, que no solía llevar a menudo, pues, como alguien había dicho alguna vez, era más fácil distinguir a un tipo de la Gestapo gracias al dichoso abrigo que a un policía de tráfico con su uniforme reglamentario.
Leyna se había asustado al verlo entrar en casa tan temprano, la mañana en la que su superior lo había relevado de sus funciones. Schlüter, para no preocupar aún más a su esposa, se había inventado una excusa, pero no llevaban tantos años de matrimonio a las espaldas para que su mujer no lo conociera de sobra, y al final le había tenido que contar la verdad.
Los cinco días siguientes se los había pasado encerrado con su carpeta, estudiando el dosier hasta la extenuación, sin descubrir nada nuevo: el comando aliado, tras encontrar a Steiner, había demolido el laboratorio, escapando a continuación en el camión del ejército que habían robado días atrás. El camión había aparecido, pero el coronel Brown y sus hombres, no. A esas alturas, podrían hallarse en cualquier lugar.
Sin embargo, algo no encajaba. Los dos primeros días, Schlüter había temido ver llegar a un destacamento de las SS o a uno de los siniestros vehículos de la Gestapo con tres «abrigos de cuero» en su interior, para detenerlo como culpable de haber permitido la consumación del atentado, convirtiéndose en el necesario cabeza de turco.
En cambio, no solo nadie había llamado a su puerta, sino que los periódicos apenas habían hecho mención al desastre con un escueto titular en el que se daba cuenta de un «desafortunado accidente» que había acabado con la vida de varios trabajadores.
Que la prensa hablara de un desafortunado accidente en vez de un atentado era de esperar. Al fin y al cabo, admitir que un comando enemigo había escapado impune tras una operación semejante en el corazón del Reich hubiese resultado inaceptable y muy perjudicial para la debilitada moral alemana. Pero ¿por qué no se había montado revuelo alguno entre los cuerpos de seguridad?
Los calabozos deberían estar abarrotados y los gritos de los torturados, escucharse desde la calle. Decenas de agentes tendrían que estar tirando puertas a patadas y deteniendo a sospechosos, aunque solo fuera para justificar su ineficacia.
Por el contrario, le constaba, gracias al sargento Bachmann, quien, arriesgándose a que el mayor Töpfer se enterara, lo había mantenido al tanto de la investigación, que la actividad en la Casa de los Horrores no se había visto alterada y que las SS tampoco parecían estar buscando al comando.
La teoría del accidente era absurda. ¿Por qué a nadie parecía importarle? Le resultaba inconcebible pensar que el director Dönitz tuviera suficiente influencia, por muy primo del almirante que fuera, como para impedir una investigación en toda regla, temeroso de ser apuntado como culpable por su ineptitud.
Aquello no tenía sentido. Si el grupo de Brown se había arriesgado tanto para llegar hasta allí, necesariamente había de ser porque lo que esperaban encontrar era de vital importancia para ellos, y no solo el científico, al que podrían haber secuestrado o asesinado sin necesidad de destruir el laboratorio.
¿Podría ser que lo que para los aliados resultaba de extrema importancia fuera totalmente prescindible para los alemanes? No, de ninguna manera. En tal caso, solo había dos alternativas: o bien el gobierno estaba ocultando el atentado para evitar males mayores, o bien no reaccionaban porque realmente no había nada que ocultar.
Schlüter no creía en la primera explicación. Había hecho suficientes gestiones como para estar seguro de que el gobierno no había abierto ninguna investigación, por muy secreta que esta fuera.
Solo quedaba la segunda posibilidad: no había nada en aquel laboratorio, y el ataque de Brown había sido inútil. Tal vez los aliados se habían equivocado de objetivo o la desinformación alemana se había apuntado un tanto. O tal vez ya no hubiera nada que esconder, porque había sido trasladado antes de que se cometiera el ataque, y Brown lo ignoraba.
Schlüter estaba convencido de que esta última idea era la acertada. Por casualidad o por precaución, quién sabe si gracias a la alerta activada por el propio inspector, Dönitz había sacado del laboratorio lo que buscaban los aliados, poniéndolo a buen recaudo.
¿Sabría Brown que había sido engañado? Si su objetivo era destruir el laboratorio y huir, quizás a esas alturas creían haber cumplido su misión y solo trataban de escapar. Pero ¿y si habían descubierto que lo que habían ido a buscar ya no se encontraba en el laboratorio?
El inspector no conocía personalmente a Brown, pero había visto su mirada captada por la cámara, y aquellos no eran los ojos de alguien que abandona al primer tropezón. Si el coronel americano no había encontrado lo que buscaba, volvería a intentarlo.
La caza comenzaba de nuevo, otra vez de cero. ¿Sabría Brown dónde debía buscar? Schlüter lo tendría que averiguar. Pero antes debía encontrar la manera de que el imbécil de Töpfer le levantara el arresto.
Martes, 18 de abril de 1944
Berlín, Alemania
—¿Qué tal se encuentra, Gardner? —preguntó Brown.
El coronel había ordenado que se limpiara el apartamento para que no quedara ninguna pista de su paso. No creía que los alemanes llegaran a descubrir demasiado pronto el piso franco, pero no costaba nada tomar medidas de precaución, y mejor no dejar ningún rastro que pudiera ayudar a sus sabuesos a pisarles los talones.
—Estoy bien, señor —respondió el sicario, incorporándose—. No se preocupe. Iré al mismo ritmo que ustedes, aunque no podré mover bien el brazo.
—Espero que no sea necesario —dijo Brown—. Descanse hasta que nos pongamos en marcha.
El coronel se dirigió a Weidenfeld, que estudiaba la calle apostado en la ventana.
—¿Ha conseguido un transporte?
—Sí —respondió el estraperlista sin dejar de observar la calle, en un tono fatalista acentuado por su ronquera—. Es una locura, señor. Usted lo sabe.
—Aún está a tiempo.
—¿Lo estoy? —preguntó Comadreja con una sonrisa resignada—. Tal vez. Debo estar loco.
—Quizá lo estemos todos.
—¿Por qué debemos ir?
—Alguien lo tiene que hacer.
—Pero ¿por qué? ¿Cree que la guerra terminará porque destruyamos esa cueva? ¿Será el mundo más seguro por eso? Si lo logramos y ganamos la guerra, ¿piensa que no vendrán otras después? ¿Los hombres dejarán de matarse entre ellos?
—No lo sé. Supongo que no.
—Sabe que no. Todo seguirá igual, y habremos muerto por nada. En las guerras solo ganan los que no participan. Los ricos seguirán siendo ricos y los pobres, pobres. Y nosotros, historia.
—¿Por qué viene, entonces?
—No dejo de preguntármelo.
—Sea como sea, sargento, me alegro de tenerlo con nosotros.
El coronel dejó al pensativo estraperlista estudiando la calle y se volvió hacia Gato, que sostenía entre las manos una biblia encontrada en algún rincón.
—¿Cómo va, Riggs?
—Bien, señor —respondió el tímido ladrón, levantando la mirada del manoseado libro—. Arthur está convencido de que moriremos todos.
—Weidenfeld siempre está convencido de que moriremos todos — contestó el coronel, poniendo una mano sobre el hombro de Gato para tranquilizarlo—. ¿Se acuerda de los entrenamientos en las montañas galesas? Weidenfeld no dejaba de decir que yo iba a acabar con todos ustedes.
—Es cierto —dijo Riggs con una sonrisa—. ¿Usted tiene miedo, señor?
—Lo tengo. Solo un loco no lo tendría. El miedo nos ayudará a regresar vivos a casa. Evitará que hagamos estupideces.
—Me tranquiliza saberlo —asintió Gato, mirando al suelo—. Quería decirle que lamento lo que hice en el colegio de aquellos niños. Fue una estupidez.
—Tal vez no. La guerra nos vuelve insensibles, y usted actuó como un ser humano —dijo Brown, apretando el hombro del ladrón—. No hubiésemos llegado hasta aquí sin su ayuda, Riggs. ¿Ha pensado alguna vez en ir a los Estados Unidos? Allí podría empezar una nueva vida, y yo le podría presentar a la hija de algún amigo. Piénselo, ya me contestará cuando regresemos.
—Estaría bien, señor. Gracias, señor.
El oficial volvió a apretarle el hombro y se acercó a Villar. El español, desconfiado como siempre, revisaba todo el apartamento sin importarle que sus compañeros lo hubieran hecho antes.
—¿Qué tal esa pierna?
—Bien —se limitó a contestar Cornín, sin dejar de rebuscar.
Brown miró la mochila que el guerrillero mantenía todo el rato a su alcance. Dentro se apiñaban los diez kilos de RDX que Comadreja había podido adquirir en el mercado negro. El explosivo, obtenido de las bombas sin explotar arrojadas por los bombarderos aliados, era un artículo prohibido por el gobierno alemán, pero tan bueno como cualquier otro para mercadear.
—¿Ha pensado cómo hará para demoler la cueva con tan poco explosivo? —preguntó Brown, señalando la mochila.
—Es un astillero —respondió el taciturno minero—. Algo habrá.
—De acuerdo. Si necesita alguna cosa, pídasela a Weidenfeld.
Era el turno del piloto alemán. El aviador revisaba los armarios de la cocina, un tanto alejado del resto, como si necesitara espacio para reflexionar.
—¿Ha encontrado algo, teniente?
—No, coronel. Parece ser que en mi país ya no hay nada que encontrar.
—La guerra terminará, y los alemanes se recuperarán. Son un gran pueblo.
—Si los nazis ganan, lo destruirán todo y nadie estará a salvo. Si pierden, volveremos a tener que pagar por lo que hemos hecho y Alemania se arruinará otra vez, como sucedió tras la Gran Guerra. Los alemanes no se repondrán de una nueva humillación.
Brown no sabía gran cosa de política, pero conocía los términos del Tratado de Versalles, al que se estaba refiriendo el teniente. Una afrenta por la cual Alemania había tenido que pagar daños de guerra a los Estados Unidos, Francia y Reino Unido, los vencedores de la Gran Guerra. Unas condiciones draconianas que habían asfixiado y mortificado al orgulloso pueblo germano, y que precisamente habían posibilitado la llegada de Hitler al poder.
—Los aliados habrán aprendido de su error —repuso el coronel—. No lo volverán a cometer.
—¿Eso cree de verdad? —preguntó el piloto de la Luftwaffe sin darse la vuelta—. Yo, no. Volverán a aplastarnos. Solo que esta vez se asegurarán de que no nos podamos volver a levantar.
Brown se dio cuenta por primera vez de que Von Weizsäcker parecía haber envejecido diez años en las últimas semanas. Había perdido pelo y su rostro estaba más demacrado y con más arrugas. La angustia por la traición que cometía lo estaba devorando.
—Teniente —dijo Brown, bajando la voz para que los demás no pudieran escuchar sus palabras—, ya ha hecho más de lo que nadie podría haberle exigido. ¿Está seguro de que quiere acompañarnos?
—¿Sabe, coronel? —contestó con un respiro Von Weizsäcker, dejando colgar la cabeza entre sus hombros y dando la espalda a Brown—. Esta noche, cuando ha explotado ese laboratorio, creía que esta pesadilla había llegado a su fin. Confiaba en que podría volver a dormir bien otra vez. No lo hago desde que usted me enseñó aquella fotografía de Eva, ¿recuerda? Pensaba que hoy podría acostarme sin miedo a tener que enfrentarme a esa mirada. Y ahora no me atrevo a cerrar los ojos.
—No debería atormentarse —repuso Brown—. Usted no la mató. No pudo hacer nada por evitarlo. Ya ha purgado su culpa.
—Estoy seguro de que mi padre no opinaría como usted —dijo Von Weizsäcker, retorciendo entre las manos una percha de alambre que había encontrado en el armario—. He traicionado a mi país para vengar lo que este ha hecho a mi novia. No es algo de lo que sentirse orgulloso.
Brown no supo qué contestar, así que decidió dejar en paz al atormentado alemán y acercarse a Pickeray, que terminaba de limpiar una esquina de la sala.
—¿Todo bien, coronel? —preguntó el capitán británico, que había intuido el cariz de la conversación de Brown con Von Weizsäcker.
—Eso creo. ¿Qué tal van ustedes?
—El profesor está un poco preocupado —contestó Pickeray, señalando a Menchaca.
—Estoy dándole vueltas a la cabeza —explicó el español con semblante serio—. No puedo evitarlo. Vinimos hasta Berlín por mi culpa, arriesgando la vida para nada. Y ahora vamos a hacerlo de nuevo, quién sabe si en balde de nuevo. ¿Y si vamos hasta Helgoland y no hay nada? Alguno de nosotros podría perder la vida sin necesidad. No sé si podría asumir esa carga otra vez.
—Los demonios de la guerra civil española lo persiguen —explicó el capitán británico, y, dirigiéndose a Menchaca, añadió—: Los oficiales toman decisiones con los datos que manejan.
—Y los soldados mueren —respondió el español, pasándose la mano por el pelo y recordando batallas libradas cerca de Madrid, en las que había perdido más que hombres, amigos—. Demasiada responsabilidad.
—Es la soledad del poder —dijo Brown—. No se preocupe, profesor. Está haciendo lo correcto. Debemos asegurarnos de que nuestras tropas puedan cruzar el mar.
—¿Tiene usted hijos, coronel? Yo sí, y el capitán también. Me pregunto si los volveremos a ver.
—Antes tenemos un trabajo que terminar. Si cumplimos nuestra misión, sus hijos tendrán un mundo mejor en el que crecer. Pero, ahora, es mejor que nos preparemos. Son las dos y media. Amanecerá a las seis y el vuelo durará un par de horas, así que saldremos dentro de media hora.
—¿Tenemos transporte?
—Weidenfeld dice que sí.
—Levantará sospechas a estas horas de la noche —razonó Menchaca—. ¿Por qué no vamos a pie? Son solo cuatro kilómetros.
—Suficiente como para que alguien nos pueda ver. No tenemos ningún tipo de documentación. Si nos cruzáramos con una patrulla, tendríamos graves problemas.
Brown se alejó, se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared y, con la gorra sobre los ojos, se quedó dormido al instante.
—Coronel, despierte. Es la hora —susurró el capitán británico, agitándolo por el brazo.
Brown despertó, se pellizcó los párpados con una mano y se puso en pie.
—¿Todo preparado?
—Weidenfeld y el teniente esperan abajo. Está todo recogido y limpio.
—Está bien. Vamos. Traten de hacer el menor ruido posible.
Los seis hombres bajaron de puntillas hasta el portal. En la calle, la silueta de un extraño camión se recortaba ante la escasa luz de la noche. Comadreja y el piloto alemán, vestidos con unas largas y oscuras batas, sostenían un cubo de lata envueltos en un nauseabundo hedor.
—¿Qué es eso? —preguntó Pickeray.
—Un camión de basura —respondió Comadreja en un susurro—. Vamos, deprisa. Cuatro de ustedes tienen que meterse dentro, en el contenedor de residuos. En la cabina solo podemos ir dos, y otros dos en los estribos con estas batas. Nadie nos parará.
—¿Ahí dentro, con toda la basura? —preguntó asqueado Gardner.
—Quizás esperabas que te trajera el Mercedes de Hitler, ¿no? —respondió Weidenfeld de mal genio—. Y además, está vacío.
El estraperlista abrió una trampilla en el cilindro que tenía por caja, donde se trituraba la basura.
—Profesor, usted habla alemán —dijo Brown—. Póngase una de las batas. Irá con el teniente en los estribos. Yo iré con Weidenfeld en la cabina. Los demás, métanse en el contenedor.
El enorme capitán tuvo problemas para pasar por la trampilla y acomodarse en el interior, de donde salía un nauseabundo hedor. Riggs se coló ágilmente detrás y Villar lo siguió sin hacer ningún comentario. El último fue el sicario, con un gesto de asco y tratando de no golpearse el hombro herido.
—Arranque —ordenó el coronel, subiendo a la cabina.
Comadreja encendió el motor con una sacudida y metió la marcha. Despacio, el camión cogió velocidad y avanzó por las desiertas calles en dirección sur. Fuera, el aire frío congelaba las manos del teniente y del profesor, que se aferraban a los agarraderos del cilindro.
Se cruzaron con tres patrullas de soldados, que se mantuvieron a una buena distancia para no respirar el fétido aliento del camión, y en diez minutos ya pudieron ver la terminal semicircular del aeropuerto, orgullo de los alemanes por ser el mayor edificio del mundo.
—Lo rodearemos —dijo Comadreja—. Más al sur está la zona de servicios Allí podremos dejar el camión; confiemos en que tarden un par de días en encontrarlo.
Weidenfeld maniobró y estacionó el vehículo al lado de una camioneta con la caja al descubierto. Al pasar frente a la terminal, se habían cruzado con una patrulla motorizada de las SS que no se había dignado a echarles un vistazo siquiera.
—Salid, rápido —dijo Comadreja abriendo la trampilla, tras asegurarse de que nadie los estaba observando.
—La próxima vez, deja que sea yo el que conduzca —protestó Gardner, llenando los pulmones de aire para limpiarlos de tanta inmundicia.
—Está bien, no te preocupes —contestó enfadado el estraperlista—. En adelante dejaré que seas tú el que nos consiga transporte, a ver qué tal se te da.
—¡Silencio! —ordenó Brown—. ¿Cómo entraremos?
—Ustedes esperen aquí —respondió Weidenfeld con su voz ronca—. El teniente y yo nos colaremos por aquel muelle de carga. Cuando estemos dentro, buscaremos la forma de hacerlos pasar. Si viene alguien, finjan dormir. No se extrañarán.
—De acuerdo. Llévense a Riggs. Puede hacerles falta.
—Nos vendría bien la pistola con silenciador —sugirió Comadreja.
Brown hizo un gesto en dirección al sicario, y este entregó el arma al teniente alemán con cara de pocos amigos, todavía de mal humor por el viaje dentro del hediondo camión.
Con las batas de los recogedores de basura y las gorras bien encasquetadas para que no se les viera el rostro, los tres hombres se acercaron al extremo del edificio semicircular, donde estaban los portones utilizados para introducir mercancía en el aeropuerto.
Tenían a la vista la entrada principal, custodiada por dos camiones de las SS vacíos y otros dos vehículos negros, sin duda utilizados por la Gestapo. El que no hubiera vuelos a esas horas permitía a sus ocupantes colarse dentro del edificio al abrigo de la fría noche.
Haciendo pantalla con el cuerpo, Comadreja encendió un momento su mechero y estudió la cerradura de uno de los portones. Nada difícil. Los empleados no debían temer la entrada de intrusos.
Con una pequeña palanca que había sacado del camión de basura, no tardó en desencajar la cerradura y entreabrir el portón. Prácticamente no había hecho ningún ruido, pero, en el silencio absoluto de la noche, el gañido del hierro contra el hierro había puesto a Von Weizsäcker los pelos de punta.
—Vamos, adelante.
Riggs fue el primero en pasar. Gateando, se apropió de las sombras y estudió la estancia. Nada. Era un almacén alargado, desierto y con una capa de polvo que parecía sugerir un largo tiempo en el olvido.
A una señal, sus compañeros entraron. Sin perder un segundo, se acercaron a la puerta situada de frente. No tenía cerradura, y pudieron abrir un resquicio sin forzarla.
Fuera estaba muy oscuro, pero alcanzaron a ver la silueta de un par de aviones que debían de estar cerca de la puerta de acceso principal. No se oía nada.
—¿Quieres coger uno de esos pájaros? —preguntó Weidenfeld.
—No. Se darían cuenta enseguida. En aquella dirección hay unos hangares. Será más fácil.
—Yo no veo nada.
—No están cerca. Hay que pensar cómo llegar hasta allí. Las SS suelen tener perros que nos encontrarían fácilmente si nos acercamos andando.
—¿Una camioneta? —preguntó Comadreja, señalando unas mangueras enrolladas a veinte metros—. Tiene pinta de ser un depósito de combustible. Podríamos coger una cisterna.
Se pusieron en marcha y, cinco minutos después, el motor del camión cisterna tosía al arrancar, rasgando el silencio de la noche.
—Este maldito trasto va a despertar a todo el mundo —se quejó preocupado el teniente alemán.
—No te preocupes, estamos dentro del aeropuerto. ¿Qué crees que pueden sospechar? ¿Qué les están robando combustible? Solo podemos ir dos en la cabina.
—Yo iré encima de la cisterna, tumbado —dijo Riggs—. Procura acercarte bien al hangar. Si os paran, intentaré entrar subiendo por la fachada.
Gato se tumbó sobre el depósito, agarrándose como pudo, y Weidenfeld puso el camión en marcha sin encender las luces. La poca luz de la noche les servía para intuir las siluetas de los edificios, pero Comadreja no tenía muy claro que no chocaran contra alguno. A lo lejos, un perro debía de haber oído el motor del vehículo y se había puesto a ladrar, siendo contestado rápidamente por otro.
—Por allí. Deberíamos verlo en un momento.
—Espero que sea antes de que nos lo llevemos por delante —refunfuñó el estraperlista, acercando el rostro al cristal delantero—. Ya lo veo. Vamos a ver cuánto nos dejan acercarnos.
Momentos después, alguien gritó una orden en alemán, pero Weidenfeld la ignoró. Aún les quedaban quince metros hasta el enorme portón.
—Halt!
Esta vez la orden era más clara. El adormilado centinela se estaba espabilando. Comadreja obligó al camión a dar unas sacudidas mientras se quejaba a gritos de los ineficaces frenos, logrando acercarse a tan solo un par de metros del edificio.
—¿Qué están haciendo? —preguntó en alemán un soldado, encañonándolos con su fusil mientras su compañero hacía lo propio en el otro lado de la cabina.
—Lo lamento, amigo, pero este cacharro no quería frenar. El pedal se ha quedado enganchado —respondió Weidenfeld también en alemán. Bajó del camión y se frotó las manos con un trapo lleno de grasa y gasolina.
—¡No se baje del camión! —ladró el soldado—. No pueden estar aquí. Es una zona restringida.
—Nos han ordenado llenar un «pájaro» —protestó Comadreja con aire sorprendido, como si se diera cuenta por primera vez de que las armas de los soldados les estaban apuntando, mientras una sombra silenciosa se movía sobre sus cabezas y con un pequeño ruido, tapado por las voces, se aferraba a la fachada y se quedaba recogida como si se tratase de un gato.
—No pueden estar aquí —repitió el soldado, amenazándolos con su arma —. ¿Quién les ha mandado?
—El sargento —respondió Weidenfeld, que ahora parecía muy nervioso, con las manos en alto, como si lo estuviera deteniendo la Gestapo—. Nos han ordenado que llenáramos el depósito de un avión y que lo hiciésemos deprisa. Yo le he dicho a mi compañero que…
—¡Cállese! —ordenó el soldado—. Será mejor que lo comprobemos. No se muevan de aquí.
El centinela hizo un gesto a su compañero para que no los perdiera de vista, y se metió dentro del hangar.
—¿Hay algún problema, señor? No quisiera…
—Le han dicho que se calle.
—Si, señor. Solo quería decirle que…
—¡Que se call…!
El soldado cayó al suelo desmadejado por el golpe que le había propinado Riggs. Metieron el cuerpo dentro del camión y lo ataron con sus correajes. Von Weizsäcker y Weidenfeld se dirigieron a la puerta por la que había desaparecido el primer centinela, y Riggs volvió a escalar la fachada.
El hangar tenía un par de aviones y sitio para otros tres más, al menos. Los dos comandos se acercaron a uno de los aparatos, un trimotor Junkers Ju 52.
—Este está bien —dictaminó el piloto alemán—. Veamos si tiene combustible.
—¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó el otro soldado que los había interceptado.
El sorprendido centinela no daba crédito a lo que veía y ni se había descolgado el fusil del hombro. Llegaba acompañado por un mecánico y un cabo que ojeaba el contenido de una carpeta en busca de una orden de vuelo que no existía.
Von Weizsäcker reaccionó sacando la pistola con silenciador que le había entregado el sicario y apuntó a los cada vez más estupefactos alemanes.
—No se muevan.
—¿Qué pretende…?
—Suelten las armas despacio y levanten las manos —cortó Von Weizsäcker, muy nervioso, agitando el arma.
—Son desertores —dijo el centinela, descolgándose el fusil del hombro, confundido por el aristocrático acento de Von Weizsäcker.
—Dispara —ordenó Weidenfeld en inglés.
Al teniente le temblaba el pulso de la mano con la que enarbolaba el arma. Comadreja presintió el desastre: el piloto no dispararía contra sus compatriotas. Enfurecido por no haber cogido él la pistola, gritó:
—¡Dispara!
Los alemanes habían llegado a la misma conclusión que el estraperlista y comenzaron a moverse, separándose el uno del otro. Solo el centinela iba armado y movía el arma lentamente para apuntar a Von Weizsäcker, que parecía hipnotizado con la boca del fusil.
—¡Dispara de una vez, joder!
Los tres alemanes ya los tenían rodeados y el mecánico se acercaba a Weidenfeld llevando una llave inglesa de grandes proporciones.
Comadreja sacó del interior de la bota su estilete y se aprestó a jugársela con el mecánico. De pronto, resonó un desagradable chasquido, y la sonrisa del centinela se le congeló en el rostro. De su garganta afloraba un trozo de cañería de más de veinte centímetros. Weidenfeld aprovechó la sorpresa para lanzarse a fondo sobre el mecánico y atravesarle la yugular con el estilete.
El cabo alemán, desarmado, se quedó de piedra un segundo ante el cambio de la situación, antes de ser derribado por Gato, que, cayendo del cielo, hizo presa en su cuello. Comadreja conocía por experiencia propia lo que era ser apresado por aquellos brazos endurecidos en las tareas circenses y casi sintió pena por el pobre diablo, al que ya se le salían los ojos de las órbitas.
—¿Qué cojones te ha pasado? Casi haces que nos maten —gritó airado Weidenfeld al piloto, mientras le quitaba la pistola, guardándosela en la cintura del pantalón—. Venga, muévete. Revisa el avión mientras escondemos los cuerpos.
A falta de un sitio mejor, metieron los cadáveres en el aparato; dejaron que Von Weizsäcker comprobara los mandos e inspeccionaron el resto del hangar y los accesos, por si hubiera más centinelas.
—Los demás deben de estar en alguno de esos hangares —susurró Comadreja con su voz rota—. Me quedaré aquí con el teniente por si viene alguien. Tú ve a buscar al resto. Olvídate de cortar la verja. Acercáis el camión de la basura, subís al techo y la saltáis. Date prisa, no podemos estar aquí mucho tiempo.
Gato salió corriendo entre las sombras mientras Weidenfeld volvía dentro. El avión estaba en perfectas condiciones y el depósito tenía combustible de sobra como para llevarlos hasta el mar del Norte. Ahora solo faltaba abrir los portones, sacar el aparato y llevarlo a la pista.
Remolcaron el Junkers con el camión cisterna hasta la pista, amparados en la oscuridad. Von Weizsäcker se secaba las manos húmedas en los pantalones. Hasta el momento, habían tenido mucha suerte, pero esta no podía durar demasiado. Tarde o temprano, alguien tendría que ver el avión preparado para despegar.
Estaban desenganchando el aparato cuando escucharon unos pasos apresurados. Weidenfeld levantó el arma, preparado para abrir fuego.
—Tranquilo, sargento, somos nosotros.
Con un suspiro de alivio, Comadreja hizo gestos para que sus compañeros subieran al avión, y ayudó a Von Weizsäcker a encender los motores.
El silencio se rompió cuando el trimotor empezó a acelerar. Por la radio, una voz ordenaba que el aparato se identificara.
—Venga, teniente, vámonos —dijo Brown, asomando por la cabina.
El piloto de la Luftwaffe dio más gas y el aparato echó a andar por la pista. En la radio las órdenes eran más enérgicas cada vez, y ya en el edificio principal se veían abrir unas puertas por las que asomaban las siluetas de los camiones de las SS, alentados por una sirena.
—Venga, venga, esto se va a poner feo —dijo Comadreja, mirando como se acercaban los camiones a través del cristal de la cabina—. ¡Sácanos de aquí cagando leches!