Proyecto Moisés
Capítulo VIII
Martes, 29 de febrero de 1944
Campo de prisioneros de guerra, Cardiff, Gales
El teniente de la Luftwaffe paseaba por el recinto abatido y preocupado, dando patadas con las punteras de las antaño inmaculadas botas, en compañía de otro prisionero del campo inglés.
Había estado toda la mañana en la enfermería visitando a su hermano Otto. El pequeño de los Von Weizsäcker aún tenía todo el cuerpo vendado. Las quemaduras habían sido graves y los diagnósticos de los médicos no eran demasiado alentadores. En un buen hospital, le habían dicho, Otto tendría alguna posibilidad de sobrevivir, pero en la enfermería del campo de prisioneros no contaban con el material ni la preparación suficiente.
Franz von Weizsäcker llevaba mucho más tiempo que Otto encerrado en aquel campo. Había sido hecho prisionero cuatro años atrás, cuando participaba con su escuadrilla de bombarderos Dornier Do 17Z en una operación contra el corazón de Londres.
El bombardero que pilotaba Franz había sido alcanzado después de soltar su letal carga sobre las calles de la ciudad enemiga. Los proyectiles de los Spitfire británicos habían destrozado uno de los motores, que se incendió. Franz había tratado de alcanzar el canal de mar que lo separaba de su patria, pero el aparato, descompensado, era presa fácil para los cazas británicos, y lo derribaron sobre la costa inglesa.
Planeando, Franz consiguió tomar tierra sobre un prado sin perder a ningún miembro de la tripulación. Pero, para ellos, la guerra había acabado. En tierra hostil, no tuvieron tiempo de abandonar el bombardero antes de verse rodeados, y solo la disciplina de los oficiales británicos pudo evitar que fueran linchados allí mismo por la turbamulta arremolinada en torno al bombardero, al que pretendían dar fuego con sus ocupantes dentro.
Por aquel tiempo, Franz tenía la prepotencia propia de un muchacho ario de veintitrés años al que el mismo führer había dado la mano. Estaba convencido de que Alemania era la nación elegida para gobernar el mundo y daba por hechas las promesas de Hitler sobre los mil años que iba a durar el Tercer Reich.
Provenía de una acaudalada familia aristocrática sin mancha de sangre en su cuna. Su padre había combatido en la Gran Guerra, donde llegó a entrar en combate aéreo al lado del mítico Manfred von Richthofen, conocido como Barón Rojo, por el color del que estaba pintado su caza triplano Fokker, con el que había derribado casi un centenar de aviones enemigos.
Max von Weizsäcker se había ganado una Cruz de Hierro por el valor demostrado frente a una escuadrilla de cazas británicos: en una encarnizada batalla, había logrado derribar a dos enemigos, facilitando la huida de su propia escuadrilla, ya sin munición. De resultas del combate, Von Weizsäcker había sido alcanzado, logrando llegar a duras penas hasta un campo de aterrizaje donde tomar tierra.
Nunca más había vuelto a subirse a un avión. Una esquirla de su propio aparato le había dañado la médula espinal y desde aquel día permanecía postrado en una silla de ruedas, pero lucía orgulloso la Cruz de Hierro de segunda clase que le fue concedida.
En tales circunstancias, resultó inevitable que Franz ingresara en la Luftwaffe, la flamante aviación alemana formada por los hijos de las más altas familias, un honor y orgullo para todos ellos.
El mayor de los Von Weizsäcker, alegre y temerario, como correspondía con el ideal que el führer preconizaba para aquellos que debían regir el imperio de los mil años, había tenido, durante toda la contienda que su país libraba, una idea romántica y muy alejada de la realidad de aquella guerra que sacudía el continente.
Las proclamas y los discursos del carismático líder, su proverbial uso de la palabra, sus ojos hipnóticos y ademanes firmes y seguros habían abducido el cerebro de Franz, de sus jóvenes amigos y de casi todo el pueblo alemán.
Ellos, los arios, la raza dominante, se veían recluidos en sus recortadas fronteras, despojados de sus riquezas, que sus enemigos, a todas luces inferiores, les robaban con las humillantes compensaciones de guerra. Mientras la raza pura pasaba hambre, el resto del continente disfrutaba de cuanto era de los alemanes por derecho divino.
Y no solo ingleses y franceses los humillaban de semejante manera. Dentro de su propio país, los judíos amasaban auténticas fortunas mediante la usura, aprovechándose de la mala situación económica que sufrían sus ciudadanos.
¿Por qué Alemania debía inclinar la rodilla ante tales abusos? Hitler había hablado del «espacio vital» que el país precisaba para su desarrollo y había anexionado Austria, Polonia y parte de Checoslovaquia desde el primer momento, y sus acobardados enemigos no se habían atrevido a replicar.
Aquello se había acabado. Alemania demostraría al mundo quiénes eran sus hijos. Como sucedía cada vez que el alemán de adopción hacía uso de la oratoria, con el rebelde flequillo moviéndose al compás de sus gesticulaciones, mientras gritaba las consignas una y otra vez, la nación estaba dispuesta a verter hasta la última gota de sangre para devolver el esplendor al imperio germano.
Franz había tenido la oportunidad de asistir a varios de estos discursos y desfilar ante su führer. En tales ocasiones, si él le hubiese pedido arrojarse sin paracaídas desde el avión que debía pilotar, lo hubiese hecho sin dudar un segundo. Y no era el único.
Su madre, sin embargo, no compartía su forma de ver la situación, y es que entre la aristocracia el advenedizo austríaco no era apreciado. La rancia nobleza germana hacía ascos de aquel personajillo de bigote ridículo que siempre vestía con uniforme y amenazaba con volver a conducir al país a otra guerra que habría de ser la ruina absoluta para Alemania. Muchas habían sido las disputas políticas en casa de los Von Weizsäcker con estas desavenencias, que Christiane, la madre de Franz, zanjaba sin contemplaciones.
Sin embargo, nada era capaz de atenuar el entusiasmo de las juventudes alemanas, que veían en su führer al mesías enviado para dirigir las tropas hacia una victoria segura.
Franz conservó estas ideas durante largo tiempo, mientras se pudría en el campo de prisioneros británico. El desprecio que sintiera por sus carceleros, aunque Hitler insinuaba que los ingleses pertenecían a su misma raza, solo se podía comparar en intensidad con la nostalgia que sentía por su patria y en especial por Eva, su prometida, a la que sus padres no veían con buenos ojos.
La había conocido en un baile organizado por un amigo de la escuela. Eran tiempos convulsos, de crisis, pero que aún no alcanzaban a las altas esferas, y no preocupaban a los hijos de quienes tenían el dinero y el poder.
Como el resto de los muchachos de su edad, Franz hablaba de la situación en la que se encontraba el país, de la vergüenza que suponía la derrota y las humillaciones que sufrían, fingiendo un gran interés y preocupación por el estado en que se encontraba su amada patria. Brindaban por aquel hombre que habría de conducirlos a la victoria y se prometían combatir hasta la muerte si algún día se iniciaba la guerra.
Franz había asistido a aquella fiesta acompañado por una chica, hija de unos amigos de sus padres, y que todos deseaban se convirtiera en su esposa cuando llegase el momento. Sin embargo, la muchacha, a pesar de ser bastante guapa, resultaba terriblemente aburrida y a Franz no le gustaba.
Según se iba caldeando la fiesta, el alcohol y la camaradería entre aquellos que saludaban a su führer a voz en grito le hicieron olvidar en una mesa a la llorosa muchacha, que decidió volverse a casa antes de tiempo.
Entre cánticos y brindis, uno de sus amigos le presentó a una joven morena, de grandes ojos negros y una sonrisa preciosa, que alzaba la copa como el resto, no dudando en vaciarla después de entrechocarla con quienes la rodeaban, ante al asombro de Franz.
Cuando terminó la fiesta, ya en casa, tuvo que soportar la bronca de sus padres por haber agraviado a la hija de sus amigos, a la que tuvo que presentar sus disculpas, aceptadas de mal grado tanto por la chica como por sus heridos padres.
Pero a partir de aquel día decidió que aquella alegre y bromista muchacha morena, de grandes ojos negros y delicada silueta, habría de ser suya. Solicitó a su amigo que le concertara una cita con el temor de que la muchacha no se acordara de él, lo que hubiese supuesto un terrible insulto para su orgullo desmedido, pero no hubo motivos para tal cosa.
Eva recordaba bien a aquel muchacho espigado de pelo rubio pajizo y acuosos ojos azules que la miraba como solo se puede mirar a una diosa, y no había dudado en aceptar la invitación, aunque la cita resultó ser un desastre. Ambos estuvieron tan pendientes de agradar al otro que la tarde se convirtió en un infierno.
Aquella noche Franz se lamentó amargamente de la oportunidad perdida. La muchacha no habría podido evitar darse cuenta de su torpeza. Le sudaban las manos, se le había caído la cerveza, con la que empapó toda la mesa sobre la que ella había puesto su bolso, y cada vez que decía algo metía la pata.
Su sorpresa fue mayúscula cuando supo por su amigo que Eva había estado encantada en su compañía y que estaba esperando una nueva oportunidad.
Feliz y pletórico como solo puede estarlo un muchacho enamorado por primera vez cuando la chica de sus sueños corresponde a sus sentimientos, Franz la había invitado en sucesivas ocasiones a dar un paseo, con amigos, claro está; paseos en los que se perdían de los demás durante un buen rato y aprovechaban para conocerse más profundamente.
Eva había resultado ser lo que había pensado Franz el día que la conociera. Una chica dinámica, divertida, bromista, fiel y encantadora, y a ella se abrió como nunca antes lo había hecho.
Mientras el horror de la guerra aún estaba lejos, lo único que hacía Franz era desfilar con sus compañeros en las marchas que ya empezaban a sacudir Alemania, escuchando las soflamas políticas del nuevo líder que alzaba la mano para saludar a la patria. Al mismo tiempo, continuaba con sus estudios, preparándose para ocupar algún día el puesto de su padre al frente de los negocios familiares.
Tres años más joven que Franz, su hermano Otto era el único de la familia que supo desde el primer momento de aquella relación, y no precisamente porque Franz se lo dijera. Cuando finalmente se descubrió que el mayor de los Von Weizsäcker tenía novia, la curiosidad inicial no pudo evitar el desencanto de los padres.
Eva provenía de una buena familia; no cabía duda de que se movía en los mejores ambientes. Su posición económica resultaba envidiable y el padre de la muchacha no era, como decía su hija, un mero médico, sino uno de los mejores cardiólogos de Berlín.
A pesar de todo esto, no pertenecían a la rancia aristocracia alemana, algo que para los Von Weizsäcker era condición indispensable para unirse ellos. Así que Eva solo contó con un aliado, Otto: el hermano pequeño y enamoradizo de Franz, un muchacho tímido que peleaba por estar a la altura de su idolatrado hermano mayor sin conseguirlo.
Otto estaba secretamente enamorado de Eva. Se sentía agradecido por cómo ella lo trataba y le confiaba sus mayores secretos. Sin embargo, nunca se mostró celoso. Incluso velaba por la felicidad de la pareja, suponiendo que, si esta permanecía junta, él podría estar cerca de Eva.
De todo esto había pasado mucho tiempo. Los años transcurridos en aquel apartado campo de prisioneros británico habían vuelto más reflexivo y maduro al joven Franz von Weizsäcker, y había empezado a prestar atención a las primeras críticas entre sus compañeros contra Hitler y los dirigentes nazis.
En un principio, Franz se había negado a prestar oído a todas aquellas dudas y mentiras que trataban de colarse en su cerebro, pesando que, con toda seguridad, era un intento de sus enemigos de envenenarles la mente y conseguir que renegaran de su fidelidad.
Pero pronto se hizo evidente que las noticias y críticas provenían de los suyos. Los ingleses se limitaban a programar en la pantalla de la sala utilizada como cine imágenes en las que los aliados hacían retroceder a los soldados alemanes, antes de emitir alguna película americana de las que estaban en boga en ese momento.
En el campo no había palizas ni interrogatorios ni castigos. Los guardianes solo controlaban los intentos de fuga, aunque ni en esa tarea se aplicaban, pues, al fin y al cabo, ¿adónde ir? Salir de la isla y regresar a casa resultaba prácticamente imposible.
Los prisioneros que iban llegando eran rápidamente rodeados por sus compañeros, ávidos de noticias sobre la patria, pero Franz pronto llegó a la conclusión de que realmente no tenían demasiada idea de cómo se estaba desarrollando la guerra.
¿Cómo podía ser que un piloto de la Luftwaffe ignorara cuándo iba a ser tomada Inglaterra, qué sucedía en Francia o cómo actuaban los rusos?
¿Qué sucedía en los despachos? La únicas noticias que traían era las palabras repetitivas del führer, pero ¿para cuándo estaba previsto que los liberaran? ¿Qué era de sus familias? ¿Qué estaba ocurriendo en Alemania?
Los ingleses hablaban en sus documentales de las atrocidades cometidas por los nazis en unos campos que llamaban «de concentración». ¿No existían? ¿Cómo podía ser que ninguno de sus compañeros recién llegados hubiese oído hablar de ellos?
Pero, si no existían y eran una invención del enemigo para minar su moral, ¿a dónde llevaban a todos aquellos que habían detenido? ¿Dónde estaban sus vecinos judíos, a los que Franz había visto desfilar llevando sus escasas propiedades, aquellas que podían transportar a hombros y no les eran incautadas, entre los insultos y provocaciones en los que él mismo había participado? ¿Los habían expulsado realmente del país? ¿A dónde? La crisis alemana no estaba como para financiar un éxodo obligado.
Estas y otras cuestiones más personales asaltaban una y otra vez a Franz.
Las últimas veces que una nueva remesa de prisioneros había llegado al campo no se había preocupado en ir a escuchar noticias. ¿Para qué? No quería oír de nuevo los desatinos memorizados de los soldados enviados más allá de sus fronteras.
En una ocasión, mientras sus compañeros atendían a los recién llegados, Franz había estado mirando distraídamente la hoja que los ingleses fijaban en una de las paredes de un barracón, con los nombres de aquellos que habían venido, por ver si alguno de ellos le resultaba conocido.
Su corazón se había detenido en el quinto de la lista. Lo tuvo que leer varias veces para convencerse de que no había visto mal. En aquella hoja venía escrito: «Otto von Weizsäcker».
Franz había sentido que le fallaban las piernas. Su hermano estaba en el mismo campo que él.
Nervioso, y sintiendo que se le salía el corazón por la boca, había ido buscando entre todos aquellos que eran el centro de atención. Sin miramientos, los cogía por el hombro y les gritaba el nombre de su hermano. ¿Dónde estaba Otto von Weizsäcker?
Nadie sabía contestarle. Muchos no habían oído jamás ese nombre, y los que sí lo habían hecho ignoraban que Otto estuviese entre ellos. Quizá debería mirar en la enfermería.
Así lo había hecho Franz. Sin perder un instante, había corrido hacia allí. Los guardias de la entrada se habían alarmado por su irrupción y tardaron un rato en darse cuenta de que aquel tipo delgado y atacado de los nervios que pretendía entrar en la enfermería no pretendía causar problemas.
El médico que lo atendió lo condujo hasta una cama apartada, donde lo que parecía una momia envuelta en telas se mantenía inmóvil.
Cada centímetro de su cuerpo estaba cubierto por gasas y solo se podían ver sus ojos, que en esos momentos estaban cerrados. El médico le había explicado que su avión había sido derribado, incendiándose al impactar contra el suelo. Otto había sido el único superviviente, pero las quemaduras sufridas eran muy graves. A causa del dolor, habían tenido que sedarlo, y por eso estaba dormido.
Franz había pedido permiso al médico para permanecer al lado de la cama hasta que Otto se despertase, y el médico, que antes de la guerra había sido un buen cirujano en un hospital, no había tenido valor para negárselo.
Toda la tarde se había pasado velando el sueño inducido por las drogas de su hermano, esperando que se diluyeran sus efectos. Sentado en una silla al lado de la cabecera, no se había atrevido a tocarlo por miedo a causarle dolor.
Antes de que los soldados sirvieran el rancho de la cena, Otto comenzó a dar muestras de que estaba despertando. Con gran dificultad, había conseguido abrir los ojos y, tras echar un doloroso vistazo al hombre demacrado, de barba mal cuidada y ojeroso que tenía delante, su única reacción había sido el mar de lágrimas que inundó sus ojos.
Otto no podía hablar, y el mayor de los hermanos se propuso hacerlo por él, así que todos los días se pasaba el máximo tiempo que le permitían, dependiendo de quién fuese el médico que se encontrara de guardia, junto a su hermano, y le contaba las cosas que ocurrían en el campo, cómo eran los compañeros de su barracón, los guardias, y cómo conseguían pasar los días tratando de olvidar que eran prisioneros en un país lejano…
Franz se entregaba a su hermano más de lo que lo había hecho durante todos los años que habían compartido el techo de sus padres, donde Otto siempre había ocupado un segundo lugar. Otto era el favorito de su madre, pero él lo era de su padre, el destinado a transmitir el apellido, dirigir la empresa y llegar a ser un as de la aviación. Otto se había mantenido a la sombra de su hermano, por el que sentía devoción, siendo correspondido con el afecto que se le ofrece a quien, siendo querido, se sabe que nunca llegará a estar a la altura.
Ahora, en cambio, Franz se torturaba por la suerte de Otto. Según pasaban los días, cada vez estaba más convencido de que la suerte de su hermano había estado influida por la suya. El pequeño de los Von Weizsäcker nunca se había mostrado interesado por la aviación. De hecho, tenía pánico a las alturas. ¿Por qué habría de ingresar en la poderosa Luftwaffe, si no era para seguir la estela de su desaparecido hermano mayor?
Ideas de este tipo carcomían su conciencia mientras vigilaba los sueros a través de los que se alimentaba el silencioso Otto. Los médicos no sabían decirle cuándo podrían quitarle los vendajes, pues temían que una infección, más que probable en aquellas condiciones, acabara con él.
Sin desmayo, y día tras día, Franz se rompía la cabeza tratando de animar a Otto, contagiarle entusiasmo para que se recuperara y hacerle olvidar el atroz dolor que no remitía hasta que le inyectaban la morfina, tras lo que caía en un profundo sopor.
Entonces Franz, invariablemente, interrogaba al médico: ¿cómo lo había visto aquel día?, ¿cuál era el pronóstico?, ¿se podía hacer algo?
Las respuestas del médico eran también las mismas día tras día. El paciente seguía muy grave, era un milagro que siguiera vivo y no se podía saber cuál sería el desenlace. Cada vez dependía más de la morfina y no sabían cuándo se podría producir una infección que no pudieran atajar. En realidad, mientras el muchacho permaneciera en la enfermería del campo en vez de en un hospital especializado, las posibilidades eran mínimas.
¿No podían hacer nada ellos para que lo trasladaran?
Era un prisionero de guerra, y los hospitales ingleses ya se encontraban suficientemente saturados con sus propios pacientes como para que alguien mostrara interés en sanar a un alemán quemado cuando su avión atacaba a sus compatriotas.
Franz se desesperaba con estas respuestas, viendo como su hermano sufría, y en ocasiones suplicaba por ser él quien ocupara aquella cama. Había pedido, rogado e implorado a los médicos para que hiciesen cuanto estuviese en sus manos, pero sabía que poco, por no decir nada, era lo que podían hacer, salvo apaciguar el tormento con la escasa morfina de la que disponían.
Mientras daba patadas a las piedras, Franz se preguntó, por enésima vez, qué podría hacer para que trasladaran a su hermano a un hospital de verdad. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Cualquier cosa.
Acababan de sedar a Otto y era la hora del rancho. El potaje diario estaba a punto de cruzar las alambradas en las que los tenían retenidos. Con desgana, había tomado su plato de hojalata y la cuchara de su barracón y acudido al patio donde se hacía el reparto.
Con la escudilla llena y un trozo de pan, se acercó a uno de los grupos reunidos para escuchar las divagaciones sin sentido de quienes llevaban tanto tiempo sin tener noticias del mundo, esperando que lo distrajeran.
Hablaban de deporte, y Franz se aburrió enseguida, así que terminó su rancho sin prestar demasiada atención y fue a limpiar la escudilla y la cuchara.
Pasó la tarde en la enfermería, hojeando una novela manoseada que le había prestado uno de los médicos. Estaba en inglés, idioma que Franz dominaba con soltura. No era muy interesante, pero aquel día su hermano estaba peor y no despertó en toda la tarde.
Tras la cena, cuando se dirigía a su barracón a dormir, después de una nueva jornada exactamente igual a la del día anterior, la semana anterior, el mes anterior, el año anterior, dos soldados ingleses lo obligaron a acompañarlos.
Aquello era bastante extraño. A veces los británicos hacían registros en los barracones en busca de herramientas y otros objetos prohibidos que pudieran facilitar la huida de los prisioneros. Alguna vez eran los propios presos quienes eran cacheados sin previo aviso; el mismo Von Weizsäcker había pasado en diversas ocasiones por el trámite. Pero ¿por la noche? Nunca, que él recordara.
Más sorprendido que asustado, siguió a los guardias más allá de las alambradas, al pabellón de los oficiales británicos.
Entraron en el edificio y fueron dejando atrás varias puertas hasta detenerse en una, donde uno de los soldados llamó golpeando con los nudillos. Una voz desde dentro dijo «pase», y el soldado abrió la puerta, apartándose para que Von Weizsäcker entrara, y luego cerró a su espalda.
El despacho estaba ocupado por dos hombres, sentado uno en la cabecera del escritorio y el otro a un costado. El primero de ellos tenía más edad y lucía uniforme americano, mientras que el segundo era mucho más corpulento y pertenecía al ejército británico.
—Teniente Von Weizsäcker. Siéntese, por favor.
El americano le señalaba la silla libre al otro lado de la mesa, donde Franz tomó asiento.
—¿Qué tal se encuentra su hermano? —dijo el hombre, examinándolo con sus ojillos azul claro. Era una mirada franca, la de alguien que tiene algo que decir y que no se anda por las ramas.
—Mal. Hoy ha permanecido casi todo el día sedado. ¿Quién es usted?
—Soy el coronel Brown, del ejército de los Estados Unidos. Me acompaña el capitán Pickeray, del ejército británico.
—¿Y qué es lo que quieren? —volvió a preguntar Von Weizsäcker, viendo que el americano no añadía nada más.
—Nos gustaría hacerle una propuesta. Creo que podría resultarle interesante.
—Usted dirá —repuso Von Weizsäcker con precaución, poniéndose a la defensiva.
—Quisiera que echase un vistazo a estas fotos —dijo el coronel, hurgando en una cartera de cuero que había pasado desapercibida hasta entonces para Von Weizsäcker, ya que el americano la había tenido hasta apoyada contra las patas de su silla.
Von Weizsäcker cogió las instantáneas que se le tendían por encima de la mesa y les echó un vistazo. Algunas estaban tomadas desde el aire y no le costó el mínimo problema interpretarlas, pues había visto miles anteriormente. Otras estaban sacadas desde tierra, pero en todas las escenas eran parecidas. Se veían hombres y mujeres civiles en fila, transportando enseres domésticos mientras eran encañonados por soldados alemanes; gente detrás de alambradas con la cabeza rapada, extremadamente delgada, hasta el punto de parecer esqueletos envueltos en piel; vagones de mercancías atestados de gente apiñada como ganado; fantasmas cargados como mulas de carga vigilados por agresivos perros sujetos por sus amos y amenazadores soldados armados con metralletas…
Terminó de mirar por encima el resto al ver que todas eran similares y se las devolvió al americano sin decir nada.
—Estas fotos están sacadas en su país. Son de personas que nacieron y vivieron en Alemania, y que también han muerto allí.
En las sesiones de cine que les habían pasado a los prisioneros, las imágenes habían sido lo suficientemente lejanas y vagas como para no llegar a contemplar todo el horror de cerca, pero aquellas fotografías disponían de todo el detalle necesario.
—¿Quién lo dice? —dijo Von Weizsäcker con desconfianza—. No conozco a estas personas, ni a usted tampoco. ¿Por qué he de creerlo?
—Porque usted lo ha visto. Ha visto como esa gente era despojada de sus casas y negocios y se los llevaban en trenes como si fuesen bestias.
—Eran judíos. Los mandaban a sus países.
—Usted es inteligente —dijo el americano, esbozando el comienzo de una cínica sonrisa—. Sabe que eso no es así. ¿Cómo iban a poder trasladar fuera de las fronteras a millones de personas estando en guerra? ¿Quiere saber cómo termina toda esta gente?
Sin esperar respuesta, el americano sacó otra instantánea ampliada. Era una montaña formada por cuerpos esqueléticos y desnudos, amontonados unos encima de otros de cualquier manera. Por lo menos había un centenar. Delante, dos miembros de las SS posaban sonrientes para la cámara.
—¿Espera que me crea que mis compatriotas hacen esto? —preguntó Von Weizsäcker, fingiendo no haberse escandalizado—. Quizá son ustedes los que lo hacen.
El coronel americano guardó un incómodo silencio.
—¿Qué pretende de mí? —respondió Von Weizsäcker, nervioso, al ver que su oponente no se inmutaba—. Aunque pudiera, no lo ayudaría. Soy un soldado alemán. Mi padre participó en la Gran Guerra. De cualquier manera, llevo aquí cuatro años. Nada podría decirles.
—Su padre Max von Weizsäcker formó parte de la aviación alemana, fue condecorado por derribar un par de aviones enemigos y es dueño de una empresa de fundición. Fue herido, posiblemente por un caza de su misma escuadrilla, y no pudo volver a volar. Su madre, Christiane, pertenece a una de las mejores familias alemanas. De joven ganó un premio de belleza, y tanto esto como su enorme fortuna hicieron que fuera muy codiciada entre la aristocracia. Quizás usted ya sepa que desprecia a Hitler y a toda su chusma.
—¿Se lo ha dicho ella? —preguntó Von Weizsäcker con sorna, pero secretamente sorprendido por la precisa información que manejaba aquel individuo.
—No hace falta. Lo sabemos —repuso el americano sin alterarse—. Y me temo que tengo una mala noticia para usted.
Franz se envaró en su asiento imperceptiblemente, tratando de fijar la sonrisa irónica que lo adornaba.
—Su madre ha fallecido.
—¿Cómo dice?
—Christiane von Weizsäcker falleció el veintitrés de enero de 1941, pocos meses después de que usted fuese derribado, a causa de un derrame cerebral que sufrió tras recibir la noticia de su muerte.
—¿De mi muerte? —preguntó Von Weizsäcker, que no daba crédito a lo que escuchaba.
—Así es. El mando alemán le comunicó su fallecimiento durante la incursión a esta isla, y le concedió una medalla.
—No me lo creo. Saben que fui derribado y que estoy preso.
—Es cierto, lo saben. Pero para ellos usted está muerto, y así se lo han comunicado a su familia. Es usted un héroe de guerra. Un héroe muerto.
Franz quedó en silencio, tratando de pensar. Aquella historia era absurda. Todo cuanto había dicho o mostrado aquel individuo vestido con uniforme americano no podía ser probado. ¿Cómo esperaba que lo creyera?
A la vez, y precisamente por este detalle, resultaba alarmante. Si hubiesen querido montar una historia que pareciera real, se habrían aplicado un poco más en falsificar las pruebas, ¿no?
—¿Qué quiere? —preguntó con recelo.
—Terminar con esta guerra. Y para eso lo necesito.
—No creo que yo pueda hacer nada por usted —respondió Von Weizsäcker.
—Si usted me ayuda, su hermano Otto será trasladado al mejor hospital de Inglaterra, para el cuidado de grandes quemados, inmediatamente. Y, cuando todo esto termine, ustedes dos podrán establecerse en el país que deseen, incluso volver a Alemania, si así lo desearan.
—¿Me está pidiendo que traicione a mi país?
—Le estoy pidiendo que me ayude a acabar con esta barbarie y, de paso, a salvar la vida de su hermano.
—¿Qué se supone que tendría que hacer? —preguntó, entornando los ojos.
—No lo sabrá hasta el último momento. Solo le diré que arriesgará su vida. No le voy a engañar. Es muy peligroso.
—¿Cómo pretende que le dé mi palabra, si no sé cuáles son sus intenciones?
—Porque su hermano puede morir en cualquier momento. El final de la guerra está aún lejos, y ustedes dos se pudrirán aquí antes de que alguien los libere. Olvídese de la Operación León Marino de su führer. Hace años que dejó de pensar en la invasión de Inglaterra.
Franz volvió a quedar en silencio. A pesar de todo su orgullo por el país al que amaba, las noticias que lograban atravesar las alambradas entre las que permanecían prisioneros no podían ser más desalentadoras. La posibilidad de ver en el cielo las escuadrillas de la Luftwaffe se había ido difuminando y hacía tiempo que los recién llegados no traían más informaciones que las relacionadas con la derrota.
Al menos en una cosa llevaba razón el americano. Otto moriría si no era trasladado a un hospital. Quizá lo hiciese de todos modos. Pero ¿no había estado implorando él una oportunidad como aquella? Ahora se le presentaba.
¿Traicionar a su país? ¿No lo habían traicionado quienes gobernaban? Le habían prometido tomar Inglaterra en breves fechas y, si el americano no mentía, ahora se habían olvidado de él, y su propia madre había pagado por su cobardía.
Los sueños de gloria, de conquista y de poder se habían quedado por el camino desde que su avión fuera derribado sobre territorio enemigo. Ahora solo deseaba ser libre, rehacer su vida, salvar la de Otto y reencontrarse con Eva. Aunque, ¿qué podía hacer él para que Alemania perdiera la guerra?
Su sentido del deber y del honor se debatía con la furia por la muerte de su madre y el sentimiento de haber sido abandonado. Un odio nuevo por aquellos que lo habían vendido, a él, y ahora también a su hermano Otto, bullía en su interior, pero un alemán no podía traicionar a su pueblo.
—Tendría que pensarlo —dijo finalmente, haciendo un amago de levantarse.
—Lo entiendo. Pero no puedo esperar demasiado. Mañana deberá darme una respuesta.
—¿Qué garantías tengo de que mi hermano recibirá los cuidados necesarios y mantendrá todo lo prometido?
—Tiene usted mi palabra. En un campo de prisioneros y en mitad de una guerra, no puede esperar más.
Franz se puso en pie y se estiró mecánicamente las puntas de la ajada cazadora de aviador. El americano no se había movido; parecía dudar por primera vez.
—Tenga, creo que esto le pertenece.
El coronel había sacado de la cartera otra foto, un poco más pequeña, y se la tendía sin desviar la mirada. Con el pulso acelerado, Franz la tomó. Algo en la cara de aquel hombre le decía que no iba a gustarle la imagen.
Era una foto pequeña en la que se veía una pareja joven abrazada, mirando a la cámara con una gran sonrisa. A Franz se le llenaron los ojos de lágrimas al reconocerse a sí mismo, años atrás, en compañía de Eva. Su rostro carecía de las arrugas y de las ojeras que ahora lucía. El chico arrogante, enamorado y con un brillante porvenir que lo miraba era ahora un mero reflejo.
Tragando con dificultad, dio la vuelta a la instantánea. Allí, desvaída y manchada, estaba su letra y las palabras de amor que había escrito para Eva el día que la había visto por última vez, mientras se despedían: «Espérame, y serás la mujer más feliz que haya existido nunca».
—¿De dónde ha sacado esto? —preguntó, sin ser consciente de sus palabras. Necesitaba saberlo, pero algo dentro de él le decía que hubiese sido mejor guardar silencio.
—Me la entregaron para convencerlo de que nos ayudara.
El americano no se había movido de su asiento. A pesar de que parecía un hombre curtido en el dolor, aún guardaba la suficiente empatía como para estar pasando un mal momento al dar la mala noticia.
—¿Dónde está Eva? —preguntó Von Weizsäcker con un hilo de voz.
—Murió. Lo siento.
Franz volvió a sentarse con las piernas flojas.
—¿Cómo?
El americano guardó silencio, como si no hubiese escuchado la pregunta. Después volvió a hurgar en su cartera y sacó otra foto más.
En ella, Franz reconoció a Eva. Pero no era la misma Eva que le habían presentado en aquella fiesta. Esta estaba mucho más delgada, tanto que los huesos de los pómulos trataban de romper la fina piel que los envolvía. Los ojos saltones miraban al frente, vacíos. De la orgullosa melena que rodeaba su perfecto rostro solo quedaba una pelusilla en remolinos.
No estaba sola. A su alrededor otros fantasmas ocupaban el resto del espacio, todos con la misma mirada, todos con el mismo horror. Todos encerrados tras una valla de alambre.
—¿Por qué?
—Su abuela era judía. La familia siempre lo ocultó por miedo, pero los nazis se enteraron y los mandaron a los campos de exterminio. La foto está tomada en el campo para mujeres de Ravensbrück, hace dos años.
—¡No! ¡No puedo creerlo! ¡Dígame que no es cierto! ¡Dígame que Eva está bien y le ayudaré! ¡Dígamelo, por favor!
—Lo siento.
—No. No le creo —gritó, golpeando la mesa con los puños cerrados—. Usted mismo me ha dicho que la tiene para convencerme. Esto es un montaje. No puede demostrarlo, ¿verdad? ¡Claro que no! No puede, porque no es cierto.
—Otto lo sabe. Pregúnteselo.
El americano había respondido con suavidad. Von Weizsäcker se levantó de la silla y, angustiado, comenzó a gritar:
—¡No, no me lo creo!
Al oír los gritos, uno de los soldados que aguardaba fuera entró a la carrera. El coronel americano dio orden para que condujeran a Von Weizsäcker a la enfermería y lo volvieran a traer si tal era el deseo del prisionero.
Con las dos fotos en la mano, Franz trastabilló tras los soldados por el camino. Su hermano estaba medio despierto. En sus ojos se reflejó una expresión de alegría al verlo que enseguida se transformó en preocupación al darse cuenta del estado de Franz.
El mayor de los Von Weizsäcker mostró las dos fotos que traía consigo.
—Dime que no es verdad.
Lo había preguntado con un resto de esperanza. Sabía que su hermano no podía hablar, pero no le hizo falta. Los ojos de Otto se llenaron al instante de lágrimas y se cerraron con fuerza.
Desolado, Franz cayó de rodillas, maldiciendo. Los soldados le permitieron desahogarse antes de ayudarlo a levantarse. Mordiéndose la rabia, siguió a los soldados de vuelta hasta el despacho. Brown y Pickeray lo observaban con gesto serio.
—Díganme qué tengo que hacer.
Búnker del Gabinete de Guerra Británico
Londres, Inglaterra Terminada la cena, el primer ministro, tras encender un puro y calentar con las manos una copa de whisky, había retomado su trabajo. Una vez más, había tenido que hablar con Monty para que se mostrara conciliador con Eisenhower. El viejo general, celoso del americano, no desperdiciaba una ocasión para recordar que el nombrado comandante supremo de las fuerzas aliadas, a diferencia de él, no tenía casi experiencia en combate.
Examinaba una torre de documentos que precisaba su atención. A pesar de los filtros que le hacían y de que, cuando encontraba un rato libre, revisaba los dosieres, estos se acumulaban en montañas de carpetas que crecían día a día.
Cogió uno de los memorándums y le echó un vistazo al título escrito con rotulador en la portada, que rezaba escuetamente: «Korsun». Dentro, un breve resumen de lo acontecido: cifras de bajas, números de prisioneros, material gastado y perdido…
Se trataba de una bolsa de soldados alemanes rodeada por el Ejército Rojo que avanzaba implacablemente por Ucrania, destrozando las líneas alemanas en el primer frente. Cincuenta y cinco mil soldados alemanes muertos y dieciocho mil heridos, aparte de diez mil vehículos, cañones, etc. El general Koniev, autor de la masacre, había sido ascendido a mariscal.
A pesar de su odio visceral por todo lo que tuviera que ver con el comunismo, del que no dudaba sería responsable de la siguiente guerra, Churchill no podía dejar de reconocer que, por el momento, los rusos eran los únicos que estaban doblegando a los nazis.
Otro memorándum, este más grueso, con más cifras y datos sobre los bombardeos de los últimos días en suelo alemán. Los americanos seguían con lo que llamaban la «Semana Grande», donde estaban golpeando permanentemente con un millar de bombarderos pesados, fábricas, aeropuertos, redes de comunicaciones, instalaciones de V-1 situadas en las costa francesa y todo cuanto resultara vital para el desarrollo bélico alemán. Realmente, la preparación de la apertura del segundo frente desde la costa francesa estaba siendo buena. Si los rusos continuaban presionando desde el este y ellos lograban salir de Roma y entrar desde el norte de Francia, los alemanes se iban a ver ahogados muy pronto.
La siguiente carpeta tenía como título «Telemark». El primer ministro dio un sorbo a su copa y frunció el ceño. Aquel nombre le decía algo, pero no lograba recordar el qué. Abrió la carpeta. La primera página se refería a las últimas noticias, y las restantes reflejaban lo sucedido hasta entonces. Un párrafo captó su atención: los tanques de agua pesada de Telemark habían sido hundidos en el lago Tinnsjo, en Noruega.
Agua pesada. Ahora se acordaba. Se trataba de uno de los componentes que los alemanes precisaban para sus bombas atómicas. Miró por encima el expediente. Un año atrás había sido saboteada la fábrica en Telemark, pero los alemanes habían podido continuar con la elaboración, incluso acelerando el ritmo de producción. Ahora, temerosos de que volvieran a atentar contra la planta, habían decidido trasladar el agua pesada a Alemania. Sin embargo, el grupo noruego de resistencia había mandado al fondo del lago los tanques contenedores.
Eso le recordó al primer ministro que no tenía noticias nuevas sobre el paradero del científico judío-alemán Itzhak Steiner. Revisó el resto de las carpetas de los montones apilados sobre su escritorio por si había algún memorándum que se le hubiese escapado, pero allí no había nada. Hacía casi una semana que había hablado con el mayor Norton. ¿Por qué aún no sabía nada?
Con un suspiro, alargó la mano y, descolgando el teléfono, ordenó por el auricular que le encontraran al mayor Norton. Continuó revisando las carpetas, y veinte minutos más tarde sonó el teléfono.
—¿Sí…? Está bien, pásemelo. —Churchill aprovechó la conexión para dar un nuevo sorbo a la copa—. Buenas noches, mayor. Dígame, ¿recuerda aquello que le pedí la semana pasada? Bien, ¿qué tiene…? ¿Nada…? Necesito esa información ya… Haga lo que tenga que hacer, pero dese prisa… Lo entiendo, pero esto es prioritario…, prioritario, ¿de acuerdo? Llámeme en cuanto tenga algo.
Colgó con fuerza el auricular. ¿Dónde diantre habían escondido los alemanes a aquel hombre? Ese misterio en torno al científico le decía al viejo lobo que su importancia era mayor de la esperada. Cada vez estaba más convencido de que las sospechas del profesor español estaban bien fundadas.
El mayor Norton no quería poner en peligro a sus agentes, así que andaba con pies de plomo. Pero Churchill había sido claro: «Haga lo que tenga que hacer». Ambos hombres se conocían de hacía tiempo, y el mayor no tendría duda de lo que se le estaba pidiendo: si era necesario, debía sacrificar a sus fuentes.
Se levantó de la mesa y con el vaso en la mano llegó hasta el mueble bar, donde se sirvió otro generoso trago. Levantó la mirada y la fijó en el mapa de Europa que cubría una gran parte de una pared. Las fronteras cambiaban día a día, los nazis reculaban. Debían mantener la presión y rezar. El desembarco final estaba cada vez más cerca.
—¿Hum? —musitó, al darse cuenta de que en la puerta estaba su secretario y que algo le había dicho.
—Una llamada, señor.
—¿Quién es?
—El comisionado de policía, señor. Me ha dicho que estaba esperando su llamada.
—Sí, sí. Páseme la llamada. —Churchill tomó asiento en la mesa atiborrada, cogió el auricular y esperó a que se estableciera la conexión—. Buenas noches, comisionado. Entiendo… No, no se preocupe. ¿Traen al hombre…? Bien, limítense a entregarlo… Gracias, comisionado, lo dejo en sus manos.
El primer ministro cortó la comunicación y tomó otro teléfono.
—Póngame con el general Eisenhower —se limitó a decir.
Era una línea segura y directa con el mando americano. Churchill se recostó en su asiento y se dispuso a esperar, mientras continuaba repasando la actualidad en el frente. Abstraído, se le pasaron como un suspiro los diez minutos que tardó el teléfono en sonar.
—Buenas noches, general. Solamente quería comunicarle que le llevan al prisionero… Eso es, transmítaselo a su coronel… Buenas noches, general.