Proyecto Moisés

Iñaki Biggi · Capítulo 3 de 31

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Proyecto Moisés

Capítulo I

 

Lunes, 17 de enero de 1944

Londres, Inglaterra

El obús destrozó al muchacho con el que había estado hablando hacía un momento.

Se encontraban en la trinchera, en el valle del Ebro, disfrutando de un pequeño descanso en aquella batalla sangrienta como pocas habían visto antes. El muchacho, cuyo nombre era Andrés o Juan, no recordaba bien, se había incorporado a su grupo tan solo una semana atrás.

Era un chico de Gerona; de unos quince años, aunque él aseguraba tener diecinueve, flaco, con la cara llena de granos, el pelo cortado con una desafilada navaja e imberbe, y con dos orejas como dos asas, no gozaba de los favores de las muchachas.

A pesar de ello, Andrés o Juan era un aplicado alumno en aquella escuela de barbarie. Se movía con rapidez de un puesto a otro llevando los mensajes de los comandantes, luciendo un bamboleante pistolón en el cinto que, o mucho se equivocaba el sargento Menchaca, o jamás volvería a escupir un solo tiro.

El muchacho se lo enseñaba a todo aquel que lo quisiera ver, muy ufano. Aseguraba que había pertenecido a su padre durante la Gran Guerra. Nadie lo creía, pero todos fingían admiración al examinar aquel hierro con el cañón bruñido de tanto ser sobado, pues el muchacho era servicial y siempre estaba dispuesto a hacer cualquier favor a sus compañeros.

También los jefes le tenían aprecio. Andrés o Juan nunca se quejaba cuando le tocaba una guardia doble. Era capaz de permanecer toda la noche despierto y al día siguiente ponerse en marcha llevando a la espalda el doble de su peso, todo sin perder por un momento la sonrisa ni dejar de cantar una tonadilla pegadiza de su tierra.

El sargento Menchaca descansaba al fondo de la trinchera. Se encontraban cerca de Mora de Ebro, tratando de frenar el avance de las tropas franquistas comandadas por García Valiño, para que el ejército republicano pudiera replegarse en la otra orilla del río Ebro. Si no se equivocaba, debían de estar a diez de noviembre de 1938, y el invierno se aproximaba.

Estaban detenidos desde hacía días. Sus viejas y defectuosas armas, facilitadas por Stalin, no servían para hacer frente a las más modernas de Franco, que los machacaba constantemente.

Aquella mañana se habían despertado, como siempre, al fragor de los morteros. Cubiertos de barro seco, pues llevaba varios días sin llover, habían tomado un sorbo de agua y un poco de pan lleno de gusanos antes de ocupar su puesto, tumbados en la trinchera.

Debían ahorrar munición, de la que no andaban sobrados. Sin embargo, los malditos soldados de Franco parecían no tener aquel problema, pues continuamente disparaban una lluvia de balas sobre sus cabezas, aunque poco hacían, aparte de asustar a los más miedosos.

Con los obuses obtenían mejor resultado, a pesar de su falta de precisión. Aunque solían quedarse cortos o pasar de largo, cuando acertaban con la distancia, sus efectos eran horrorosos. Por todos lados llovían trozos de carne y hueso, empapados en sangre. Contra los obuses, las trincheras no servían.

Hacia el mediodía, los franquistas habían detenido su continuo ataque, dándoles un pequeño respiro, el cual fue muy bien recibido. Con rapidez, habían repartido el escaso rancho del que disponían, día a día más exiguo, y cada uno comió en su puesto, sin apartarse de los vetustos fusiles.

Menchaca, cuyo rango le otorgaba la gracia de que alguien le acercara la comida, se frotaba las sienes cuando Andrés o Juan le trajo un plato de hojalata que contenía una masa informe e insípida. Como todos los días.

Solía agradecer que la comida no supiese a nada, pues no estaba seguro de querer conocer su procedencia, y, como hacía siempre cuando llegaba la hora, se dispuso a ingerir aquel amasijo, mientras el muchacho se ponía en cuclillas delante y lo martirizaba con sus preguntas acerca del desarrollo de la guerra.

Él le respondía vagamente, pues no tenía más información que los demás. Desde hacía días, las comunicaciones habían sido cortadas y permanecían aislados, a la espera de que el coronel Juan Modesto pudiera mandarles refuerzos, rezando porque estos no se demoraran en exceso.

Andrés o Juan, viendo que el sargento no sabía o no quería responderle, se incorporó y se alejó unos pasos para orinar, retomando la tonadilla que lo hacía inconfundible.

En ese momento, el mando franquista debía de haber considerado que la pausa para comer se alargaba demasiado y volvían a lanzar plomo sobre los agazapados republicanos.

El primer obús alcanzó de pleno a Andrés o Juan, cuyos restos salpicaron a quienes terminaban su frío almuerzo. El sargento Menchaca sintió cómo la sangre del muchacho le quemaba el rostro, mientras una mano cercenada caía en su escudilla…

 

Menchaca despertó sobresaltado, jadeante y empapado de sudor, con el corazón latiéndole desbocado. Le costó un buen rato saber dónde estaba, mientras se esforzaba en calmar su respiración.

No se encontraba en las trincheras; de eso hacía ya seis años. Ahora estaba en una confortable cama, al lado de su esposa británica, en su casita de Londres, cerca del King’s College, donde impartía clases de física, con Joseph en el cuarto de al lado.

Con cuidado para no despertar a Elizabeth, se levantó y fue al baño. Hizo uso del retrete y se lavó las manos mirándose en el espejo. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué regresaban las pesadillas después de tanto tiempo?

El hombre que le devolvía la mirada parecía fatigado y muy pálido. Quizá fuese fruto de la mala iluminación. Pero ¿también lo eran las bolsas moradas bajo los párpados?

Menchaca salió del cuarto de baño y, tras echar primero un vistazo a la habitación de su pequeño, que dormía ajeno a cuanto sucedía en el mundo, llegó a tientas hasta el sofá de la salita. Sabía que aquella noche el sueño ya se había marchado y era inútil perder el tiempo dando vueltas en la cama, molestando a su esposa.

Aún le temblaban las manos, pegajosas por el frío sudor. Quizá debía aprovechar para corregir algunos exámenes que tenía atrasados. Tal vez de esa forma la pesadilla se esfumara y pudiera regresar a la cama.

Pero no le apetecía levantarse a buscar los ejercicios de sus alumnos. Su mente analítica se empeñaba una y otra vez en descubrir qué era lo que marchaba mal y le impedía conciliar el sueño desde hacía unas semanas. Inquieto, se tumbó en el sofá, y se tapó con una pequeña manta que solían usar cuando se acomodaban en la salita para escuchar la radio.

A sus cuarenta años, Pablo Menchaca era uno de los muchos asilados que vivían en la capital británica, y aquella no era la primera vez que había tenido que cambiar su Barcelona natal por la ciudad inglesa.

Nacido en el seno de una familia liberal catalana que le había inculcado una profunda conciencia social, desde niño se había sentido fascinado por Isaac Newton, por lo que, al terminar el colegio, había decidido estudiar la carrera de Física.

Debido a la situación económica familiar, Pablo, en contra de su deseo, no había podido estudiar en Alemania, capital de la incipiente y misteriosa física subatómica, un universo desconocido donde las partículas no se comportaban de acuerdo con las leyes de la física convencional, y tuvo que contentarse con hacerlo en Madrid.

A la licenciatura le habían seguido el doctorado, un par de novias y dos años de prácticas en un laboratorio de Barcelona, antes de tener que abandonar el país por su participación en las revueltas contra el dictador Primo de Rivera.

El fin de la dictadura lo sorprendió en Alemania, cumpliendo sus sueños de investigador. Pero allí las calles no eran seguras. Los matones de Hitler sembraban el terror. El antisemitismo crecía y en el mismo saco entraban todos los que no fuesen alemanes arios, lo que obligó a Menchaca a hacer las maletas de vuelta a Barcelona.

No duró mucho. Primero, por participar en la revuelta asturiana, y después por combatir al general Franco en la terrible guerra civil, Menchaca tuvo que exiliarse en dos ocasiones, siendo la segunda, a causa de la victoria del caudillo gallego, la definitiva.

Mucho más delgado, con una cicatriz en un hombro y una desarreglada barba, había cruzado por última vez la frontera. Hasta llegar a Biarritz, donde se embarcó rumbo a Inglaterra.

En los primeros meses de 1939, el doctor Pablo Menchaca era admitido como profesor en el londinense King’s College. Se afeitó la barba, volvió a cobrar los kilos perdidos en las frías, húmedas y estremecedoras trincheras, y una capa de olvido cubrió los recuerdos más espeluznantes, como el de aquel muchacho, Juan, o quizás Andrés, que había sido hecho pedazos por un obús.

 

En Inglaterra, las cosas no estaban mucho mejor. Los alemanes, en sus planes de invadir Gran Bretaña, habían diseñado la Operación León Marino. Como paso previo para minar la moral de los británicos, destruir sus defensas y borrar de los cielos a la RAF, en una campaña de terror que dejaría miles de muertos, edificios arrasados y monstruosos incendios en todas las ciudades, sus aviones bombardearon las islas durante cincuenta y siete noches seguidas.

Sin embargo, la temida Luftwaffe no había tenido en cuenta que los cazas, con poca autonomía y tras el viaje a través del canal, no podían proteger a los bombarderos Heinkel y Dornier durante mucho tiempo sobre suelo inglés, y, cuando los abandonaban, estos caían abatidos por los Spitfire y Hurricane, obligando a Hitler a olvidarse de la pretendida invasión.

Abortada la Operación León Marino, americanos y británicos se habían reunido en Casablanca, donde acordaron la creación de un segundo frente en Europa para añadirlo al del Ejército Rojo, que empujaba a los nazis desde el norte. Pero, para ello, eran necesarios miles de soldados y toneladas de material, que llegaban desde los Estados Unidos a las islas británicas en largos convoyes de barcos mercantes.

Durante aquellos eternos meses, la vida de los británicos había sido cualquier cosa menos normal. Oscuridad absoluta por las noches, cartillas de racionamiento, alarmas antiaéreas por la presencia de las bombas alemanas V-1, vuelos de escuadrillas de reconocimiento y tropas, muchas tropas…

Menchaca, sin poder olvidarse de la situación en España, había tratado de abstraerse de todo aquel jaleo profundizando en sus estudios y en sus clases.

Hasta ahora, cuando habían vuelto las pesadillas. Y algo en su cabeza le decía que el motivo tenía algo que ver con lo sucedido una semana atrás.

 

El claustro del King’s College celebraba con diez días de retraso el cóctel con el que tradicionalmente despedían el año. El motivo de tal retraso fue debido a la dificultad de conseguir algunas botellas y provisiones con las que agasajar al cuadro académico de la facultad y a sus invitados.

—¿Y qué me dice, amigo mío, de nuestra flota? Hace diez días mandó al fondo del mar a un acorazado alemán de cuarenta mil toneladas. Uno de sus buques insignia, según me han asegurado.

El que hablaba con tanto orgullo de los navíos de guerra británicos, en el salón de actos de la universidad, rodeado de colegas, era un eminente profesor.

Menchaca se movía entre los grupos que se habían formado nada más soltar el decano su discurso de costumbre, deseando a todos un feliz año y un pronto y feliz final de aquella guerra. Era viernes, y estaba deseando llegar a su casa, donde lo estaría esperando su esposa, ya acostada, y el niño en su cuna.

—Dicen que los americanos han localizado la base donde los alemanes construyen las V-1 y que la han bombardeado hasta destruirla…

Dondequiera que se acercara, el tema era siempre el mismo: la guerra.

—Doctor Menchaca, acérquese, por favor.

Menchaca miró al grupo desde el que se reclamaba su presencia y se armó de paciencia. Aquellos hombres de ciencia, pacíficos poseedores de mentes preclaras, se comportaban como niños temerosos y habían adoptado la absurda costumbre de consultarle cualquier cuestión que tuviera relación con la confrontación bélica, dada su experiencia en la guerra civil española.

—¿Ha oído lo que sucedió en la Universidad de Oslo la semana pasada?

Menchaca negó con la cabeza. Los bulos y rumores eran contagiosos y peligrosos, como había podido comprobar en las trincheras.

—Los nazis entraron y se llevaron a mil quinientos alumnos y profesores.

Quien contaba el rumor era un profesor ya mayor, de la Facultad de Medicina, con una cerrada barba que no dejaba ver la boca, y unos ojos pequeños, habitualmente escondidos detrás de grandes bolsas, pero que ahora, por el temor, lucía muy abiertos.

—Los han deportado a Alemania —aseguró otro.

Los demás asentían gravemente, esperando que Menchaca diera su muy estimada opinión. A pesar de que este solía poner en cuarentena cuantos chismes le llegaban, en aquella ocasión la noticia parecía ser cierta.

—Los nazis llevan años encerrando a profesores, músicos, poetas… — apuntó uno de los invitados del decano.

—¿Qué cree que harían con nosotros, si perdiéramos la guerra?

Menchaca no tenía ni idea, pero, aunque podía imaginarlo, prefirió conceder una noche más de descanso a aquellos hombres desconcertados que se fiaban inmerecidamente de él. Con toda la seguridad que pudo, les aseguró que no tenían nada de qué preocuparse. Gran Bretaña no sería invadida. Además, ahora los americanos se habían tomado el asunto en serio. Antes del cóctel de fin de año próximo, la guerra habría acabado, les prometió.

—¿De verdad lo cree? —preguntó el profesor de la poblada barba. Aunque aún tenía dudas, estaba claro que la opinión carente de base de Menchaca había calmado un tanto su inquietud—. Hay quien asegura que Roosevelt no se lo ha tomado tan en serio como usted afirma.

—Es cierto —intervino el invitado—. Ha nombrado a un desconocido para dirigir la invasión de Europa. ¿Quién es ese tal Eisenhower? ¿Por qué no ha mandado a un general con más experiencia? A Patton, por ejemplo.

—O al general Marshall —apuntó un recién llegado al círculo, sin soltar una copa semivacía que, por el aspecto de quien la sostenía, había sido rellenada numerosas veces.

—¿Y por qué no Montgomery? ¿Por qué tiene que ser un americano? Inglaterra lleva mucho más tiempo en guerra contra Alemania. La invasión partirá de aquí, y conocemos al enemigo.

—Churchill ha estado de acuerdo en el nombramiento de Eisenhower — dijo Menchaca cuando por fin lo dejaron intervenir—. Ike ha dirigido la toma de Italia.

—¡Bah! —repuso el de la copa semivacía, derramando parte del líquido sobre la costosa y gastada alfombra—. ¡Tonterías! Aún no han llegado a Roma y todavía les queda un largo camino.

El resto de los congregados le lanzó miradas reprobadoras. No era elegante menospreciar la opinión de un colega, y menos si este era un reputado experto en las artes bélicas como el doctor Menchaca.

—No se preocupen —repuso Menchaca tratando de calmar los ánimos, que se estaban acalorando—. La guerra no puede durar mucho más. Este año será la invasión de Europa. Americanos y británicos están avanzando en Italia y ya han echado de África a los nazis. Los rusos han hecho retroceder a las tropas alemanas y la resistencia crece en Francia, Noruega, Holanda, Bélgica…, en toda Europa. Están rodeados. Pronto no les quedará materia prima para fabricar armas, sus tropas están agotadas…

—Es verdad. Los soviéticos han conseguido recuperar el terreno perdido.

—¿Y creen ustedes que continuarán? —preguntó, escéptico, el de la copa, ajeno a las reconvenciones de sus colegas—. Stalin se ha quedado Polonia, que era lo que le interesaba, y ya no seguirá luchando. Volverán a pactar con Hitler.

—¡Eso sería un desastre! —exclamó el profesor de barba poblada—. Si los soviéticos llegan a un acuerdo con los alemanes, Hitler podrá retirar sus tropas del frente ruso y volver a tomar Italia.

—Y reforzar el Muro Atlántico, no lo olviden. Hoy mismo he leído en el periódico que estos días Rommel está supervisando las defensas alemanas en la costa norte. Las tropas de Eisenhower serían destruidas antes de pisar tierra.

—No se preocupen —volvió a decir Menchaca—. Stalin cumplirá con lo pactado en Teherán el mes de noviembre. Además, no perdonará la traición de Hitler ni los millones de muertos que le ha costado esta guerra.

—¿Está seguro? Como usted dice, han sufrido mucho y no les pueden quedar demasiadas ganas de continuar. Si llegan a un acuerdo, quizá Hitler se contentara con apropiarse el centro y el sur de Europa, mientras que ellos se anexionan Polonia, Finlandia y Turquía. El gobierno polaco los teme, y ya se están preguntando si los rusos han ido a liberarlos o a invadirlos.

El círculo donde participaba Menchaca, que antes de su llegada estaba compuesto por cinco miembros del profesorado, se había duplicado. Los rostros serios acompañaban la preocupante conversación.

—En el mensaje de Año Nuevo, Hitler ha avisado de que este año será duro para los alemanes, pero ha prometido la victoria antes de que finalice.

—¿Y qué esperaba? —dijo el que sostenía la copa, ahora ya vacía del todo—. No puede decir otra cosa. Nuestro querido primer ministro nos ha prometido justo lo contrario.

—Yo creo que conseguiremos derrotarlos —intervino por primera vez uno de los que componían el grupo original. Era un hombre alto y con la espalda encorvada; según sus alumnos, a causa del peso de las enormes gafas aupadas sobre el puente de la nariz—. Llevamos varios días bombardeando el paso de Calais prácticamente sin oposición. Hace dos días el bombardeo duró toda la jornada.

—Entonces, ¿será por Calais?

—¿Por dónde, si no? Son solo cuarenta kilómetros los que nos separan del continente por ese punto.

—Aún no se sabe —intervino el de la barba poblada—. Los alemanes no son tontos. Tendrán el paso muy protegido.

—Por eso lo estamos bombardeando, ¿no cree?

De nuevo, el comentario poco respetuoso del individuo que sujetaba la copa fue acogido con miradas reprobadoras.

—Yo creo que la invasión no será este año, a pesar de las promesas de los políticos; hechas, sin duda, para elevar la moral del pueblo y para calmar a Stalin. Sería precipitado. Aún están llegando tropas y material americano, y será necesario mucho más.

—Pues yo estoy convencido de que antes de que termine el año habremos pisado Berlín. No puedo decir de quién se trata, pero una fuente de toda confianza me ha asegurado que la invasión se llevará a cabo antes de las mareas de septiembre.

El resto del grupo frunció aún más el ceño ante esta nueva confidencia, valorando su importancia. Menchaca no se molestó. Todos los días fuentes de toda confianza difundían los más disparatados chismes. Para su fortuna, en ese momento se acercó el decano a rescatarlo.

—Disculpen, caballeros —dijo con una sonrisa diplomática. El brillo en sus ojos delataba el efecto de los cócteles, algo que en aquellos tiempos de tristeza era comúnmente disculpado—. Si me hacen el favor, me gustaría robarles un momento al doctor Menchaca.

Tomándolo por el codo, lo condujo hasta una esquina donde una pareja charlaba con un individuo al que el traje, sin duda prestado, le quedaba bastante mal.

—El profesor Rundstedt es colega suyo. Le agradeceré que sea amable con él. Los últimos meses ha sufrido una verdadera odisea. Los nazis lo tenían encerrado trabajando en una fábrica cerca de la frontera con Suiza. Un bombardeo americano hizo saltar por los aires la instalación. El profesor logró sobrevivir y aprovechó el desconcierto para cruzar la frontera con ayuda de la resistencia. El gobierno de su majestad nos ha pedido que lo acojamos en nuestra universidad.

Los dos hombres que conversaban con el recién llegado saludaron al decano y se alejaron en busca del bufé.

—Profesor Rundstedt —dijo el decano—, permítame presentarle a un miembro preeminente de nuestro claustro, el doctor Pablo Menchaca.

—Es un honor —saludó el alemán con una inclinación de cabeza.

—Lo mismo digo —respondió educadamente Menchaca.

El individuo que le tendía la mano era vivaz, de pequeña estatura y nariz aguileña. Aparentaba andar sobre la cuarentena, pero con seguridad tendría unos cuantos años más. Los ojos inquietos detrás de unos anteojos redondos y sin montura se habían entornado al pronunciar el decano el nombre de Menchaca.

—¿Nos conocemos? —preguntó Rundstedt con fuerte acento—. Su rostro no me es familiar, pero juraría haber oído antes su nombre.

—El doctor Menchaca goza de una tremenda popularidad —ensalzó el decano, entusiasmado—. Y le aseguro que no es desconocido para ninguna de nuestras alumnas, ¿verdad, profesor?

Menchaca hizo un gesto para quitar importancia al poco delicado comentario, aunque era cierto que su pasado en las trincheras despertaba las fantasías de las jovencitas.

—Estudié de joven en su país —dijo Menchaca para salir del paso—. En la Universidad de Greifswald, del 30 al 34. Fueron buenos años.

—¡Vaya! Entonces conocería usted al profesor Gustav Lindt.

—Por supuesto. Creo que fue el primero que me hizo odiar la física.

Ambos hombres se rieron con la ocurrencia, y el decano, por educación, los secundó, a pesar de no haber entendido dónde estaba la gracia.

—Sí, le entiendo. Era un gran teórico, pero me temo que no tenía el don de la comunicación.

—Solíamos hacer apuestas —añadió Menchaca con una amplia sonrisa— sobre cuántas veces pronunciaría el término «caótico» a lo largo de la clase.

De nuevo ambos se rieron con ganas. Entre los dos hombres se había establecido una corriente que dejaba al margen al decano.

—El profesor Menchaca es un gran seguidor y conocedor de Sir Isaac Newton —dijo el decano, tratando de retomar el protagonismo perdido—. De hecho, alguna vez nos ha deleitado con una apasionante charla sobre ciertas ideas no demasiado convencionales de nuestro genio nacional.

—¿Newton? —repitió el recién llegado, volviendo a entornar los ojos, como si la mención del sabio le hubiese hecho recordar algo.

—Así es. Si tiene usted la mínima duda sobre él, no deje de consultarlo con nuestro especialista, ¿verdad, doctor?

Menchaca sonrió, dejando correr el tema. La primera vez que había ofrecido la charla sobre el físico y matemático británico, el decano no había puesto muy buena cara, al entender que trataba de plasmar la parte menos científica del sabio. Sin embargo, cuando se dio cuenta del interés despertado entre la comunidad científica por aquella conferencia, había tratado de acapararla.

—Ahora, caballeros, si me disculpan, voy a saludar a otros de nuestros distinguidos colegas.

Menchaca se quedó con el alemán, que no dejaba de mirarlo con atención.

—¿Conoce usted al doctor Itzhak Steiner? —preguntó Rundstedt repentinamente.

—Sí, claro —contestó, extrañado por el tono inquisitivo—. Precisamente lo conocí en la conferencia a la que se refería nuestro querido decano. Al terminar, tuvo la gentileza de concederme una breve e interesante conversación. Durante un tiempo seguí su trayectoria, pero hace ya unos años que no he vuelto a saber nada de él.

—Él parece acordarse de usted perfectamente.

—¿De verdad? —preguntó el español, sorprendido por el comentario.

—Así es. Creo que fue el pasado octubre cuando coincidí con él en Berlín. Allí escuché su nombre, doctor Menchaca.

—¿En Berlín? —inquirió Menchaca, frunciendo el ceño—. ¿Está usted seguro?

—Desde luego. Por entonces me tenían, junto a otros especialistas, trabajando en un laboratorio de nuestra hermosa capital, pero al parecer los bombardeos aliados obligaron a Hitler a dispersar sus fábricas. Nos llevaron a un colegio al sur de Berlín, donde nos tuvieron unas cuantas horas, mientras hacían los trámites para trasladarnos a nuestros nuevos destinos. Fue en aquella sala, mientras aguardábamos, bastante nerviosos, como podrá entender, cuando me percaté de la presencia del doctor Steiner.

—Disculpe, profesor. Creo que estamos hablando de personas distintas — dijo Menchaca—. Yo me refería al físico Itzhak Steiner…

—También yo.

—No puede ser. El doctor Steiner abandonó Alemania en 1935, y desde entonces está en los Estados Unidos. En Michigan, si no me equivoco. Allí imparte clases en la universidad.

—Así lo tenía entendido yo también. Comprenderá entonces mi sorpresa al verlo allí.

—¿Me está diciendo de verdad que el doctor Steiner está en Alemania? — preguntó Menchaca, sin poder dar crédito a lo que estaba escuchando.

—Al menos estaba allí en octubre del año pasado.

—¿Cómo puede ser? Steiner escapó de los nazis, convencido de que lo detendrían. ¿Por qué habría de volver?

—Lo desconozco. Steiner siempre ha sido un personaje poco convencional. Un excéntrico, individualista y anárquico en su manera de trabajar, según dicen. Nadie sabe qué pasa por su cabeza. Vive para la física, y está claro que Alemania lleva ventaja al resto del mundo en este campo. Quizá no era consciente del peligro que corría al volver.

—Qué extraño. ¿Y dice que le escuchó pronunciar mi nombre?

—Así es, profesor —respondió Rundstedt—. Verá. Nos encontrábamos todos en aquella sala, rodeados de soldados. Al menos éramos una veintena de matemáticos, ingenieros, físicos… Todos hombres de ciencia. Nos conocíamos entre nosotros, aunque solo fuese por nuestros trabajos, ¿entiende? Todos teníamos ascendencia judía y en estos días en Alemania nadie puede saber qué es de sus amigos ni colegas. A nosotros se nos encerraba en nuestros lugares de trabajo y apenas teníamos contacto con el exterior.

Menchaca no había podido dejar de darse cuenta de que por aquel individuo corría sangre judía, y sabía que los científicos judíos, al menos los que no eran imprescindibles, habían sido apartados de los laboratorios en la Alemania nazi y, en muchas ocasiones, de la calle.

—El caso es que, como le decía, nos saludábamos efusivamente en aquella sala, alegrándonos de ver a los viejos colegas vivos, que no es poco. Por supuesto, todos estábamos muy nerviosos. Nadie sabía qué nos deparaba aquella espera ni qué rumbo nos tenían designado nuestros carceleros. Debe de saber que en las calles de Berlín, entre murmullos, claro, se habla de trenes de ganado llenos de personas que salen de las estaciones y no llegan a ningún destino.

—He oído esos rumores.

—No se engañe. Son más que eso. Como le decía, aprovechamos aquella inesperada reunión para compartir chismes, preguntar por la suerte de otros colegas, interesarnos por las familias y, por supuesto, tratar de ponernos al día sobre la situación de la guerra.

—Aquí tenemos esperanza de que el final no se demore demasiado.

—Lo sé, lo sé. Aunque su confianza no es la misma que teníamos allí. El rumor sobre una invasión aliada para la primavera estaba en la calle. De hecho, el propio Hitler lo ha confesado recientemente. Precisamente de esto discutíamos en un reducido círculo, en voz baja, por supuesto, para que nuestros carceleros no pudieran escucharnos, cuando, comentando las posibilidades de éxito de tal desembarco, una voz pesimista aseguró: «Fracasarán. El desembarco no tiene ninguna posibilidad».

—¿Steiner?

—Desde luego —respondió Rundstedt—. Como puede imaginar, en tales situaciones los agoreros no son bien recibidos, así que lo observamos con mirada reprobadora. Nunca había tenido la ocasión de conocer a Steiner en persona, pero lo reconocí a pesar de su aire descuidado. Había perdido pelo y peso, llevaba el rostro mal afeitado y lucía unas profundas ojeras. La ropa parecía ser varias tallas más grande que la suya, aunque este es un mal que ataca a casi toda la sociedad alemana.

»“¿Por qué dice usted eso?”, preguntó uno de mis acompañantes bastante molesto.

»“Porque es cierto. Los aliados no llegarán a pisar el continente”, respondió Steiner.

—Qué extraño —dijo Menchaca—. ¿Y explicó por qué lo creía así?

—No. No parecía estar con la cabeza allí, si entiende lo que quiero decir. Steiner había escuchado nuestra conversación e intervino con aquella demoledora respuesta, pero después aparentó recluirse en su interior. No quiso responder a cuantas preguntas le fueron formuladas; se limitó a mirar el techo distraídamente. Finalmente dejamos de intentarlo y volvimos a charlar entre nosotros. Y entonces mencionó su nombre.

Menchaca no salía de su asombro. ¿Qué tenía él que ver en aquella extraña escena?

—Recuerdo perfectamente sus palabras por lo mucho que nos extrañaron: «Como decía el doctor Menchaca, Newton tenía razón» —citó Rundstedt.

—¿Eso es todo?

—Sí. No pudimos sonsacarle nada más. En ese momento, entró un oficial de las SS gritando como un loco. Todos nos quedamos helados, sin atrevernos a mover un solo pelo y con la mirada fija en el suelo. El oficial abroncaba a un subordinado y se dirigían hacia nuestro grupo. Yo ya me temía lo peor, como puede imaginar, pero el oficial se limitó a empujarme y señaló con el dedo a Steiner, que seguía sentado, ausente. El subalterno hizo un gesto y dos soldados lo prendieron por los brazos y se lo llevaron, mientras el oficial seguía gritando a su ayudante. Por lo que pude entender, Steiner debería haber permanecido aislado, y ese desliz podía terminar, de saberse, con el responsable en el frente. Seguro que era una exageración para asustar al soldado, pero tuvo un gran efecto. Puede creerme.

—«Newton tenía razón» —repitió el español, absolutamente perplejo.

—Eso es lo que dijo —afirmó Rundstedt—. Espero que no se ofenda, profesor, pero ninguno de los que allí nos encontrábamos habíamos oído hablar nunca de usted, por lo que aquellas palabras nos dejaron intrigados. Jamás supe a qué se podía referir. Y ahora que le tengo a usted ante mí, no puedo dejar pasar la ocasión de preguntarle por su sentido.

—Pues lamento defraudarle —contestó atónito Menchaca—. Pero no tengo ni la menor idea.

—¡Vaya! Pues sí que es una lástima —dijo Rundstedt, deseoso de olvidar los traumáticos tiempos pasados, antes de añadir—: Quizá más adelante dé usted con la solución del acertijo. Entretanto, tal vez pudiera hablarme un poco de mis nuevos colegas. La verdad es que tengo muchas ganas de ponerme a trabajar. Me temo que últimamente no he tenido demasiadas oportunidades.

Finalmente, el cóctel había terminado y Menchaca, con las dificultades propias del obligatorio apagón y la pertinaz lluvia, había regresado a su casa, animado por la interesante velada.

Tras ponerse el pijama, pasó por la habitación del pequeño y lo arropó. Cansado, se metió con cuidado en la cama para no despertar a Elizabeth y la abrazó. Cuando dormía con ella entre los brazos, los recuerdos se mantenían alejados. No más sobresaltos nocturnos ni despertares empapado en sudor, con la boca pastosa y la desagradable sensación de no saber dónde se encontraba.

Aquella noche, sin embargo, habían regresado las pesadillas.

Una tras otra, las noches se vieron invadidas por los espectros del pasado. Los recuerdos exagerados de lo sucedido en las trincheras y de los muchos compañeros muertos en ellas de las maneras más horribles hacían que se incorporase súbitamente en la cama, jadeante y embargado por el pánico.

Los primeros días no había dado demasiada importancia a este tormento nocturno. Pero cuando, después de varias noches, las pesadillas perduraron, empezó a preocuparse.

 

Dos semanas después de aquella reunión de profesores, con bolsas en los ojos por no descansar, se encontró en la facultad al profesor judío que le presentara el decano. Ambos tenían prisa y apenas pudieron detenerse un momento para intercambiar un par de frases antes de continuar con sus respectivas ocupaciones.

Tras la jornada, en casa, mientras lavaba los platos que le tendía Elizabeth, entre comentarios sobre cómo les había ido el día, Menchaca se acordó de Rundstedt, con el que se había cruzado, y se lo comentó a su mujer, contándole las circunstancias en las que lo había conocido.

—¿A qué se refería con eso de que Newton tenía razón? —preguntó curiosa Elizabeth, enjuagando una copa.

—No lo sé —había contestado, distraído fregando de forma mecánica un plato sopero ya inmaculado.

—Vaya, es halagador que un genio se acuerde de ti, ¿no?

—Supongo.

El plato ya estaba comenzando a desgastarse.

—¿Te preocupa algo?

—No estoy seguro. ¿Por qué haría Steiner ese comentario?

—No lo sé. Recordaría tu conferencia. ¿Crees que pudiera ser algo importante?

—¿Como qué? Apenas hablé con él unos minutos.

—¿Y por qué habría de acordarse de ti al cabo de tantos años? Algo dirías que le llamó la atención.

A oscuras en la habitación y con la cabeza de su dormida esposa sobre el hombro, Menchaca repasaba mentalmente la conferencia sobre Newton que había dado en el aula magna de la universidad y su posterior encuentro con el científico alemán. Cuantas más vueltas le daba, más nervioso se ponía, hasta que terminó por levantarse.

Una alarmante idea tomaba forma en su mente.

 

A primera hora de la mañana, se presentó en el despacho del decano. Este no había llegado aún y durante la espera no dejó de pasear de un lado a otro por el pasillo. Tenía una horrible corazonada.

—Buenos días, doctor. Fresca la mañana, ¿no es cierto?

—Debo hablar con usted.

—Claro, claro —contestó el decano, frunciendo el ceño ante el rostro de Menchaca—. Espero que no sea nada grave. ¿Se encuentran bien su esposa y su hijo?

—Perfectamente, gracias. No es eso de lo que quería hablarle.

Una hora después, Menchaca abandonó angustiado el despacho del decano. Este lo había escuchado en silencio, con el ceño cada vez más fruncido. El decano era un hombre amable y diplomático, pero no demasiado brillante, y estaba calculando las consecuencias de hacer lo que se le pedía. Un paso en falso a esas alturas de su carrera lo podía dejar en ridículo, algo que su ego no toleraría.

El decano le había prometido reflexionar sobre todo lo que Menchaca le había contado y hacer algunas averiguaciones. El español comprendió que la entrevista había sido una pérdida de tiempo. Si quería que alguien le prestara atención, debía llamar a otras puertas.

Había confiado en convencer al decano sobre el peligro que entrañaba su corazonada, pero, según la traducía en palabras, se iba dando cuenta de la inconsistencia de la misma. Desde luego, carecía de la menor rigurosidad, y un hombre como el decano no se iba a mover por tan poco.

El mando militar contaba con asesores científicos escogidos entre los más renombrados de distintos campos, y Menchaca conocía la amistad que unía a alguno de ellos con el decano. Pero si este no se posicionaba de su parte, no tendría acceso a él.

Toda la mañana estuvo distraído dándole vueltas al problema. ¿Con quién podría hablar que diese crédito a sus sospechas y tuviese ascendencia sobre el mando militar?

Para la hora del té, un nombre se había abierto paso en su mente.