Proyecto Moisés

Iñaki Biggi · Capítulo 8 de 31

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Proyecto Moisés

Capítulo VI

 

 

Viernes, 25 de febrero de 1944

Fort Benning, Georgia, EE. UU.

—Este cacharro no tiene arreglo.

Quien así hablaba era un joven soldado con medio cuerpo metido dentro del bloque de motor de un camión Chevrolet, el cual, con el capó levantado, parecía estar devorándolo.

En el puesto del conductor, otro de los mecánicos del cuartel le daba a la llave de contacto y pisaba furioso el pedal del acelerador, pero el camión se negaba a arrancar.

Se acercaba la hora del rancho y tenían que entregar aquel trasto para que se lo llevaran. Pero ¿qué pretendían que hicieran con él? El bloque estaba medio agarrotado y el carburador tenía la suciedad tan enquistada que era imposible limpiarlo y no dejaba pasar la gasolina.

Para colmo, la caja de cambios parecía que se iba a romper en cualquier momento. Los engranajes no encajaban bien, pues uno de los árboles estaba algo torcido. El que lo condujera, si es que lograban arrancar aquel maldito cascajo, corría el riesgo de palmarla a causa de la metralla que despediría cuando los piñones saltaran por los aires.

—¡Vuelve a darle otra vez!

El que ocupaba la cabina giró el contacto y, a la vez que daba patadas al acelerador, aferraba con la mano libre el volante, impulsándose sobre el asiento, como si de aquella manera pudiera dar ánimos al camión, al que maldecía con todas sus fuerzas.

—No hay nada que hacer —renegó el mecánico, sacando el cuerpo de las entrañas del monstruo. Se limpiaba las manos cubiertas del aceite perdido de la caja de cambios con un trapo más sucio que el buzo del ejército que vestía. El traje le quedaba muy grande y se había tenido que remangar perneras y mangas para que no se le enredaran—. Dile a Comadreja que no se puede hacer nada.

—¿Y por qué no se lo dices tú, eh?

—Porque te lo ha encargado a ti.

—¡De eso nada! —contestó cada vez más furioso el que se sentaba tras el volante—. Dijo que lo arregláramos, no dijo que lo hiciera yo.

El otro no contestó. Se apoyó sobre el costado del camión y encendió un cigarrillo. Era un par de años mayor que su compañero, aunque apenas pasaba de los veintiuno. Había aprendido a manejar motores en el cuartel donde se había alistado esperando ver mundo, pero por el momento lo único que había visto era aceite, grasa y pesadas piezas de hierro descoyuntadas.

Aunque no se podía quejar. Se hablaba de que pronto habría una invasión en Europa, aquella Europa que él deseaba conocer. Quienes formaran parte de la invasión tenían muchas papeletas para regresar a sus casas dentro de un cajón de pino, así que más les valía seguir teniendo como únicos enemigos a aquellos motores rebeldes y al cabrón de Comadreja.

—¿Tienes un cigarro? —preguntó su compañero, más calmado, bajando del camión. Mientras cogía el que se le ofrecía, preguntó—: ¿Qué le diremos a Artie?

—¿Qué quieres que le digamos? No se puede hacer nada. Este cacharro no volverá a andar nunca.

—No le va a hacer ninguna gracia.

—¿No? Pues que hubiese estado aquí. Es su trabajo, ¿no? Se supone que él es el que sabe, y nosotros sus ayudantes. Si no estuviera todo el día escaqueado vendiendo tabaco y alcohol, igual podría hacer algo.

—¿Has visto lo que lleva detrás? Está lleno de cajas de raciones de campaña.

—Por eso pretendía que lo arregláramos antes del almuerzo. No quiere arriesgarse a que lo vea el coronel. Tiene que sacar el camión de aquí cuanto antes. Peor para él. Esto no tiene arreglo.

—Pues a ver cómo se lo toma. Por allí viene.

Instintivamente, el que había estado hurgando en las tripas del camión tiró el cigarro y se incorporó, mirando al hombre que se acercaba hacia ellos. Traía las manos ocupadas con un buen fajo de billetes. Algunos deberían de ser para sus ayudantes, pero quizás ahora se quedaran sin ellos.

Artie Weidenfeld, alias Comadreja, tenía treinta y seis años, era de complexión más bien fuerte y lucía una brillante calva. Habitualmente mostraba una gran sonrisa y era de muy buen trato, pero quienes lo conocían sabían que aquello era una impostura: la piel de oveja que esconde al lobo.

—Hola, muchachos —saludó animadamente, guardándose el fajo en el bolsillo del pantalón—. ¿Ya está arreglado?

Entre el resto de puro que solía mordisquear en la comisura de los labios y la ronquera, consecuencia de una fea herida en el cuello que tapaba con un pañuelo no demasiado limpio, a Comadreja no se le entendía muy bien.

Arthur Weidenfeld era un buen mecánico y, por alguna razón, llegaban desde lejos camiones buscando sus servicios. El hecho de que nunca se le viera manchado de aceite o que los camiones que le traían para arreglar aparentaran funcionar perfectamente, no parecía extrañar a nadie.

Claro que en un cuartel tan grande, con tanto movimiento, tantas idas y venidas de nuevos soldados que se marchaban para alimentar la insaciable maquinaria de guerra en cuanto terminaban su instrucción, era difícil controlarlo todo. El movimiento incesante de camiones, que a veces llegaban vacíos y se marchaban cargados, o a la inversa, cuando no era diferente la carga traída y llevada, escapaba, por lo visto, a la atención de los que dirigían Fort Benning.

—Hola, Artie —saludó nervioso el mayor de sus dos ayudantes—. Lo siento, pero no hemos podido hacer nada. No quiere arrancar. Está hecho polvo.

Al estraperlista se le borró la sonrisa de la boca y la punta del puro bajó unos cuantos grados.

—¿Qué quiere decir eso de que está hecho polvo? —dijo, forzando la voz, mientras su rostro se iba encendiendo—. Ha venido en marcha, ¿no? Que yo sepa, nadie lo ha traído empujando, ¿no es cierto, muchacho? Si ha venido en marcha, andará, ¿no te parece?

—¡Pero si venía dando tumbos! —intervino el otro ayudante, deseando ofrecer apoyo moral a su compañero, que tenía el puro de Weidenfeld rozándole la nariz.

—¡Pero andaba! Y este maldito camión tiene que desaparecer ahora mismo, ¿me entiendes, muchacho? Lo necesitan. Para eso nos lo han traído, ¿no crees? Porque somos mecánicos y nos dedicamos a arreglar motores para que otros puedan usarlos.

Ninguno de los dos jóvenes creyó acertado argumentar que la única razón por la que aquel camión estaba en la base era para ser cargado de pesadas cajas con raciones que no llegarían a sus destinos en campaña.

—Si en vacío apenas podía andar, ¿cómo quieres que lo consiga ahora?

—¿Estás insinuando algo, muchacho? —masculló Weidenfeld, enfrentándose con el más joven. Era este alto y musculoso, sin duda más fuerte y en mejor forma que Comadreja, pero este último imponía.

—No te lo tomes así, Artie. Solo quiere decir que el camión no tiene arreglo.

—¡Este camión ha venido en marcha, y en marcha se va a ir! —ladró el estraperlista, tirando el puro al suelo.

Hecho una furia, se subió al volante del camión y trató de arrancar. El motor no hizo nada. Weidenfeld tenía girada la cabeza cerca de la ventana, como escuchando atentamente algo.

Los dos ayudantes lo miraban expectantes. Aquella iba a ser una de las pocas oportunidades de ver en acción al gran Weidenfeld, respetado mecánico, normalmente ilocalizable, ocupado como estaba en aquellos turbios negocios que le habían dado el sobrenombre.

Comadreja se bajó del camión y se asomó dentro del bloque del motor. Allí hizo algo, y luego pidió una llave inglesa a sus ayudantes, que se apresuraron a facilitársela.

—Pídele al teniente una correa distribuidora para jeep —ordenó sin asomarse, mientras seguía manipulando.

—¿Para jeep? Pero…

—¿Estás sordo? Date prisa.

El más joven de los dos salió a la carrera y llegó hasta la oficina del teniente. Cuando este supo para quién era el pedido, le entregó la correa sin hacer ningún comentario, y el muchacho regresó al camión.

Unos minutos más tarde, Weidenfeld asomó la cabeza y gruñó:

—Uno de vosotros que le dé al contacto. El otro que traiga cagando leches un saco de serrín.

En esta ocasión, fue el mayor quien fue a por lo que se le pedía, mientras su compañero activaba el contacto. Conforme se alejaba a la carrera, escuchó cómo el motor tartamudeaba y, entre resoplidos y petardeos, conseguía ponerse en marcha.

Cogió el saco de serrín que utilizaban en el taller para enjugar el aceite que caía de los vehículos y volvió donde lo esperaba Weidenfeld, que estaba tumbado bajo el camión y daba instrucciones a su ayudante, agachado a su lado.

El camión emitía un humo negro horrible y continuaba petardeando con un ritmo agónico.

—Aquí tengo el serrín.

—Dámelo.

Weidenfeld se puso en pie, volvió a meter la cabeza debajo del capó y a tientas cogió a puñados el serrín. Tras un par de docenas de puñados, se irguió y, quitándole el trapo a su ayudante, se limpió las manos llenas de un aceitoso y negro granulado de virutas.

Sin perder tiempo, se encaramó de nuevo al puesto del conductor y probó a mover la palanca de cambios. Con alguna dificultad, lo consiguió y el camión dio un pequeño brinco hacia delante. A saltos, fue cogiendo velocidad y continuó la marcha. Weidenfeld dio una vuelta por el patio y regresó donde esperaban, boquiabiertos, los dos muchachos.

—Id a buscar al conductor y decidle que se dé prisa. Y no dejéis que se apague el motor.

—Tiene poca gasolina.

—¿Pues a qué esperáis para traer más?

—¡Pero no podemos repostarlo en marcha!

—¿Que no? ¿Quieres apostar? Ni se os ocurra apagarlo. Traed la gasolina y al conductor. Deprisa. ¡Vamos!

Los mecánicos salieron corriendo uno en cada dirección y volvieron enseguida con lo que se les pedía. Mientras bombeaban el combustible, Weidenfeld habló con el conductor:

—Ya te puedes dar prisa. Esto está en las últimas. Deja la carga donde te he dicho y diles que te ayuden. Pero no apagues el motor. Luego devuelve el camión de donde lo has cogido y no se te ocurra volver a usarlo, ¿me has entendido?

El conductor, un tipo malencarado destinado en otro cuartel, asintió y se puso al volante.

—Ten cuidado con la caja de cambios. No seas brusco. Si salta por los aires, te va a agujerear el culo —le advirtió, dando una palmada en el flanco del camión, que iniciaba su sucesión de saltos.

En medio de una humareda terrible, el camión fue perdiéndose en la lejanía, en dirección a la salida de la base. Weidenfeld no lo perdió de vista hasta que cruzó la alambrada. Después volvió a recuperar la sonrisa, pasó un brazo sobre los hombros de cada uno de sus ayudantes y les dijo:

—Se ha pasado la hora del rancho, ¿eh, muchachos? Venid, seguro que algo tenemos por ahí.

Los tres, más animados, se encaminaron al interior de los talleres. Weidenfeld saludó al teniente a través del cristal de su despacho y este le devolvió el saludo imperceptiblemente.

Sabía que no le caía bien al teniente. Sus negocios resultaban peligrosos y, si se descubrían, su superior podría tener problemas. Weidenfeld tenía rango de sargento y, si era atrapado, como mínimo lo expulsarían del ejército, tras una buena temporada en los calabozos. Pero su jefe no saldría muy bien parado tampoco. Por eso nunca quería saber nada de los turbios negocios en los que andaba Weidenfeld. Se limitaba a tomar su parte sin decir nada y a cerrar los ojos y la boca.

Uno de los almacenes que tenía el taller estaba lleno de piezas pringosas y cubos malolientes de aceites usados y otros líquidos igualmente repugnantes. En realidad, no tenían ninguna utilidad, pero Weidenfeld los conservaba por si aparecía algún gerifalte con ganas de inspeccionar el taller. Si trataba de entrar en el almacén, no llegaría a atravesar el dintel, temeroso de ensuciarse su impecable y bien planchado uniforme.

Después de picotear un poco, dejó allí a los muchachos, para los que había abierto varias latas y unos botellines de cerveza de contrabando. Debía seguir con el pedido del día.

Resultaba difícil seguir el ritmo que se autoimponía. Pocas veces dormía más de cinco horas, y nunca seguidas ni necesariamente en la cama. Participaba en cuantos negocios al margen de la legalidad se diesen dentro de aquella base y en los cuarteles de la zona. Tenía contactos con los de otros Estados y socios en los muelles civiles. No en vano lo llamaban Comadreja.

Ahora gozaba de un buen prestigio y una más que acomodada situación económica. Pero no siempre había sido así y, desde luego, no tenía pensado volver a los viejos tiempos.

 

Arthur Weidenfeld, alias Comadreja, había nacido en Brooklyn, Nueva York, el dos de enero de 1908. Sus padres, una pareja joven de emigrantes alemanes, habían apostado por el «sueño americano».

Desde muy niño había tenido que buscarse la vida por sí mismo. Su padre, un rudo alemán cabeza cuadrada que jamás consiguió aprender bien el nuevo idioma, lo que unido a su tozudez le obligaba a pelear siempre con los peores trabajos, pocas veces estaba en casa. Y resultaba mejor, pues las viejas fábulas acerca de la tierra de las oportunidades se habían esfumado en aquella familia.

Arthur era hijo único, fruto de uno de los escasos encuentros nocturnos de sus padres después de afincarse en un apartamento sucio de un barrio pobre. Mientras su padre trabajaba doce y catorce horas diarias, su madre aceptaba pequeños encargos como costurera con los que poder apoyar la triste economía.

Así, el pequeño Artie, desde muy pequeño, empezó a ausentarse del colegio y a realizar trabajillos a su alcance. Repartió periódicos, llevó el carro de la compra a las señoras, que le daban a cambio una propina, e hizo de mensajero corriendo por las calles para llevar de una esquina a otra sobres y mandados de viva voz.

Según fue creciendo, los trabajos cada vez eran más numerosos y mejor remunerados. Aprendió que a todo el mundo le gusta, por mucho que lo niegue, ver una sonrisa, sobre todo en un mundo en el que no abundaban. Así que, al contrario que su amargado padre, el joven Weidenfeld siempre sonreía y era amable con todos.

Pero quienes lo conocían a fondo sabían que eso era una máscara que ocultaba a un lobo. Gracias a Dios, de estos había pocos, y el joven siempre era bien recibido en todos lados.

No levantaba un palmo del suelo cuando se echó un buen amigo, un muchacho apocado que era blanco fácil para los matones del barrio. Weidenfeld, inconscientemente, lo había adoptado. Por aquellos tiempos, aún era capaz de hacer algo sin calcular los beneficios, y no pensó qué provecho podría sacar de aquella amistad.

Pero lo obtuvo. El muchacho era hijo del propietario de un pequeño taller mecánico, y en él Arthur descubrió un mundo apasionante. El padre de su amigo, agradecido por la amistad que el muchacho ofrecía a su retoño y por su defensa ante los matones, se mostró encantado de enseñar al pequeño los entresijos de aquellas moles de hierro colado, en las que pequeñas válvulas, ruedas dentadas, escapes, mariposas de metal y otros elementos se movían al unísono, como dirigidas por un afinado director de orquesta.

Weidenfeld empezó a pasar más tiempo dentro de aquel taller que en la escuela, para alegría del propietario, contento con su nuevo aprendiz, que mostraba el interés que le faltaba a su hijo.

Poco a poco fue dándole pequeños encargos y una modesta paga. Arthur se dedicaba a barrer el local y a echar serrín al suelo para que se empapara del aceite, del agua de los radiadores y de la porquería. También iba a hacer los recados. Traía las piezas necesarias que se le encargaban y, si eran lo suficientemente pequeñas, iba a buscarlas en su bicicleta.

El resto del tiempo lo pasaba mirando con los ojos como platos aquella sinfonía que se ocultaba bajo el capó de los vehículos. En ocasiones, el mecánico le pedía que se metiera tras el volante y accionara el contacto, y Arthur se adentraba en un mundo mágico de cuero, madera, palancas, resortes y pedales, a los que llegaba con cierta dificultad.

Con quince años, ya hacía pequeñas reparaciones, cambiaba ruedas, el aceite del motor, correas… El negocio prosperaba, y el propietario había contratado a otro mecánico para poder atender todo el trabajo que le llegaba.

Este era un tipo huraño que no apreciaba a Arthur, pero el sentimiento era mutuo. Al muchacho no le había sentado bien que el propietario no le hubiese ofrecido el puesto a él. A pesar de su edad, conocía los entresijos del oficio mejor que muchos oficiales mecánicos, y ya no era un aprendiz cualquiera.

Tampoco podía quejarse. La paga no era mala y su padre parecía haber descubierto que tenía un hijo, sobre todo cuando los sábados, tras barrer y cerrar el taller, llegaba a casa con el «sobre cerrado».

Arthur era muy cuidadoso. Antes de abandonar el taller, calentaba un pequeño recipiente de hojalata con agua, ayudado con un soplete de acetileno, y, aprovechando el vapor desprendido, ablandaba la cola que cerraba el sobre. De esa forma podía abrirlo sin romper nada, sacar algo de dinero y volverlo a cerrar.

Cuando llegaba a casa, sus padres abrían de nuevo el sobre, esta vez sin ningún cuidado, y de la paga le daban una parte para sus gastos, a sumar a lo que él retiraba antes de entregarlo y a las propinas de los clientes, que en los buenos tiempos no eran nada desdeñables.

Un año más tarde, conoció a su primera novia, que no le duró demasiado, y a esta la siguieron unas cuantas. Pero a Arthur le parecían muy tontas y algunas no se dejaban siquiera tocar por debajo del jersey. ¿Para qué tenían entonces las tetas?

Hasta que descubrió a Claudia. Era una muchacha no más guapa que el resto, pero que a Arthur le hacía reír. Con ella descubrió que lo que más le apetecía no era meter la mano por debajo del jersey, ni siquiera bajo las faldas. Prefería dar un paseo, tomar un helado y hacer ese tipo de cosas que hasta entonces le habían parecido una cursilada.

Al cumplir los veintiuno, Arthur era ya oficial mecánico, tenía novia e incluso planes para casarse con ella. Su sueldo no era demasiado alto, pero alcanzaría para alquilar un pequeño apartamento donde instalarse. El otro mecánico se había marchado del taller y todo quedaba en sus manos, así que confiaba en poder ocuparse él del negocio cuando su propietario decidiera jubilarse, pues el hijo, su antiguo amigo, estudiaba lejos, en una universidad de la que Arthur era incapaz de retener el nombre.

Mediaba el año 1929 y todo parecía ir de maravilla. Su patrón había invertido todo lo que tenía en la imparable bolsa de Wall Street, y se mostraba generoso. Incluso había insinuado la posibilidad de hacerle un buen regalo de bodas. Pensar que este habría de ser el negocio era mucho pensar, pero por entonces todavía abrigaba sueños irrealizables. Claro que también conservaba su cabello bajo la gorra, pero ambas cosas no habrían de durar demasiado.

A finales de octubre de aquel año, los principales inversores financieros decidieron, repentinamente, dedicarse a otros mercados y vendieron sus paquetes accionariales. En pocos días, como un terrible alud, el valor de las acciones cayó en picado, incluso las de empresas muy fuertes como General Electric o Woolworth. El pánico se apoderó de los pequeños accionistas, que corrieron a vender las suyas.

La tendencia recorrió el país de una punta a otra, y nadie parecía capaz de frenarla. Los que habían pedido préstamos a los bancos para invertir en bolsa no sabían cómo recuperar al menos lo que debían, y todos corrían para retirar sus fondos. Pero los bancos no tenían suficiente líquido para hacer frente a la avalancha.

Aquello fue el comienzo del final de una década provechosa en la que el empleo y la prosperidad había sonreído a la pujante economía americana.

Los bancos exigieron los préstamos realizados a otros países y a los particulares, pero estos no podían hacer frente a los pagos. Agobiados por la falta de dinero, muchos se declararon en quiebra, y esto no hizo sino aumentar la desesperación de los pequeños inversores, que veían cómo el papel que poseían no tenía ningún valor y cómo se esfumaban con él los dividendos de tantos años trabajados.

Hubo quienes decidieron tomar una vía rápida y se arrojaron desde los pisos altos de los rascacielos. Entre ellos, el propietario del taller donde trabajaba Arthur.

El mismo día en que se enteró de la noticia, llegó un abogado y cerró el negocio. Quedaba embargado. De esta manera, el feliz prometido se encontró a media mañana en la calle, sin nada que hacer, por primera vez en muchos años.

La situación empeoró rápidamente. Su padre también había perdido el trabajo y estaba desesperado. El casero amenazaba con echarlos de casa si no pagaban el alquiler, y tuvieron que vender cuanto poseían, pero nadie tenía dinero para comprar y los usureros hacían el negocio de su vida.

Su prometida, la mujer de sus sueños, abandonó la escuela. Sus padres habían decidido trasladarse a Cleveland, en Ohio, a la orilla del lago Erie, donde la madre tenía familiares.

El enamorado Arthur no se lo pensó dos veces y decidió acompañarlos, pero, para su sorpresa, Claudia pensó que no era buena idea. Sus familiares tampoco andaban sobrados, y él supondría una boca más que alimentar.

Al joven no le importaba. Él se ganaría su sustento. Nunca había dependido de nadie y no iba a empezar ahora. Encontraría un trabajo de lo que fuese y podrían casarse.

Así se lo dijo, y aquella tarde la dejó en casa a la misma hora de siempre. Le dio un beso de despedida, como hacía cada día. El de ella duró algo más de lo habitual.

Cuando fue a recogerla la tarde siguiente, la casa estaba vacía. Los vecinos le dijeron que la familia se había marchado. No, ella no había dejado ningún mensaje para él. Una mujer que vivía en la puerta de enfrente y que solía espiar por la mirilla a los jóvenes cuando él la llevaba de vuelta a casa, le dio a entender que Claudia no parecía especialmente apenada cuando se marchó, y que sería mucho mejor para él que tratara de olvidarla cuanto antes.

La década de los treinta comenzó de esta manera. Arthur, sin trabajo ni novia ni planes de futuro; el país, hundido en lo que se daría en llamar la Gran Depresión. Como otros catorce millones de personas en todos los Estados Unidos, el joven Arthur subsistió a duras penas, hasta que un día aceptó que el mundo había cambiado y que o se adaptaba o moría.

Se movió. Se movió mucho. De un lado a otro del país. Como otros cientos, un día se despidió de sus padres y subió a un tren de mercancías en busca de horizontes desconocidos donde poder establecerse. Pero, como les ocurriera a muchos de sus compañeros de vagabundeo, la vida nómada acabó por atraparlo. Lo que empezara siendo un viaje en busca de una vida mejor se convirtió en una forma de vida.

De norte a sur y de este a oeste, tanto en el techo como entre las ballestas del tren, en ocasiones dentro de un nauseabundo vagón que transportaba ganado y en otras encaramado a pilas de cajas. Y siempre huyendo del jefe de tren, ya que ser apresado equivalía a un mínimo de tres meses en la cárcel.

Aunque no siempre los vigilantes entregaban a los vagabundos apresados a la policía. A veces, los métodos eran expeditivos, y algunos celosos jefes de tren se vanagloriaban de mantener sus ferrocarriles limpios de esa lacra aplicando castigos ejemplares.

No eran pocos los vagabundos arrojados del tren en marcha. Algunos, con mala suerte, caían demasiado cerca de la máquina y el rebufo los absorbía bajo las ruedas, que los destrozaban. De cualquier modo, ser arrojado desde el techo de un tren a toda máquina solía tener funestas consecuencias. Si el desgraciado no moría con el cuello roto, podía quedar lisiado para el resto de su vida. Y, en estas circunstancias, esta se acortaba sustancialmente.

Como sucediera con los jugadores de béisbol famosos, entre la población nómada crecían los mitos. Existían vagabundos de primera y de segunda. Había novatos y veteranos. Las castas eran de tal modo reconocibles que los mejores lugares y la mejor comida, cuando había, estaban reservados a los veteranos y a los de primera.

En las cercanías de los raíles, ajeno a lo que sucedía en el resto del planeta, inmerso en un mundo propio y exclusivo de los marginados que arriesgaban cada día su vida, Weidenfeld había aprendido a luchar, a soportar el dolor, el frío y el hambre. Había matado y robado a lo largo y ancho del país. En sus interminables viajes siguiendo al viento, había visto lugares donde tal vez podría haber echado raíces, pero siempre había vuelto a tomar otro tren.

Vestido con pantalones marrones, desgastados botines, un chaleco sobre una camisa a rayas de cuello negro por el sudor, la grasa y el hollín, cerrado con una corbata, y una gorra de paño, tenía la suciedad incrustada tanto en la piel como en la ropa.

Aparte de todo esto, no poseía más que una manoseada baraja de cartas con las que timaba a algún pardillo que se ponía a tiro, una navaja de afeitar con la que rasurarse y enfrentarse en las peleas y un cinturón de cuero con una gran hebilla de latón, que lo mismo servía como arma que para amarrarse al techo del tren cuando se tumbaba a pasar la noche o para sujetarse los pantalones. Pantalones que cuando empezara su singladura le quedaban ajustados formaban bolsas meses después. Hasta que alcanzó el estatus privilegiado dentro de aquel mundo. A partir de entonces, las bolsas desaparecieron.

Como el resto de sus compañeros de viaje, había conseguido escapar de la muerte en varias ocasiones, y no solamente cuando era descubierto. Los granjeros de los lugares por donde pasaba el tren siempre tenían la escopeta cargada por si alguno de aquellos indeseables pretendía hacer una parada para abastecerse. También las peleas eran habituales y, cómo no, las traiciones. Una gallina o media docena de huevos eran motivo suficiente para que alguien matase a su poseedor. Así le había sucedido a Weidenfeld. Un trozo de queso, robado en un pueblo de mala muerte, había despertado la codicia de uno de sus compañeros.

Este había tratado de hacerse con el manjar mientras dormían, pero Comadreja había aprendido a tener el sueño ligero. En la refriega posterior, su atacante había cogido a Weidenfeld por la espalda y había pasado en torno a su cuello un delgado cable de acero, que apretó con todas sus fuerzas. El cable se le había introducido en la carne, cortándola como un cuchillo, mientras se quedaba sin aire.

La navaja de afeitar esgrimida con el resto de las pocas fuerzas que le quedaban acabó en uno de los ojos de aquel tipo, antes de que Comadreja perdiera el sentido. Se despertó con el cuello hinchado, por el que apenas pasaba el aire, y una espesa costra de sangre coagulada que le empapaba la camisa. Al otro lado del improvisado campamento a la orilla de un río, yacía el cuerpo frío de su atacante con las dos manos en torno a la empuñadura de su navaja.

Luchando por respirar, Weidenfeld había sacado la navaja de la cuenca ocular, la lavó en el cauce del riachuelo, y luego había empujado a patadas el cuerpo para que se lo llevara la corriente antes de subir a las vías, a la espera de un nuevo transporte hacia algún sitio.

A partir de aquel día, no había conseguido recuperar su voz. La nueva era forzada y siniestra, algo que le vino de maravilla, pues acrecentó su leyenda. La fea cicatriz que rodeaba su cuello resultaba un aviso más que evidente para aquellos que no estaban de acuerdo en cederle su sitio.

Esta vida bohemia había terminado el otoño de 1939, cuando fue detenido de nuevo en el interior de un vagón de pasajeros, a los que trataba de aligerar del peso de sus equipajes. El juez al que fue conducido se acordaba de él, y no tuvo escapatoria.

Por entonces, se estaba movilizando a todo el país y preparándolo para la guerra, que era inminente. Weidenfeld pudo elegir entre una visita larga al penal del Estado o enrolarse en el ejército. Sabía que una estancia de esas características en la cárcel podía acabar mal y se decidió a aceptar la alternativa propuesta.

Pero la entrada del ejército en su vida fue un regalo del cielo que Weidenfeld jamás se hubiese atrevido a soñar. De haberlo sabido antes, no hubiese hecho falta que nadie lo hubiese forzado a enrolarse. Él mismo habría ido por su propio pie.

Era el año 40 y la participación en la contienda se oteaba ya en el horizonte, como lo demostraba que el presidente hubiese implantado el servicio militar obligatorio.

Aún había quien estaba convencido de que aquella guerra que se desarrollaba en Europa no era cuestión de ellos. Arthur no sabía nada de política, pero había aprendido a conocer a los hombres y sus debilidades. Había oído hablar de Hitler y de lo que se cocía en el viejo continente. Estaba seguro de que era cuestión de tiempo que los Estados Unidos sorprendieran al mundo con su poderío militar.

Para Arthur la contienda era algo ajeno. Él no tenía nada que ver con aquellos hombres. ¿Acaso alguno de ellos lo había ayudado alguna vez? Él había nacido en América, pero ¿qué significaba eso? Desde pequeño se había bastado por sí mismo sin que nadie le facilitara las cosas y, cuando habían llegado los malos tiempos, el hambre, el frío, la lluvia…, ¿alguien se había acordado de que era americano? Los últimos diez años había sido expulsado una y otra vez de los vagones, había comido inmundicias, lo habían apaleado y maltratado. ¿Acaso debía él algo a aquel país? Por él se podían ir todos al infierno.

De manera que Arthur sedujo a los oficiales con sus conocimientos de mecánica y sus dotes para conseguir aquellos pequeños vicios que no podían encontrar. Un juego de lencería para una amante, unos cigarrillos de alguna marca especial, una colonia, algún manjar exquisito.

Entretanto, el conocido como Día de la Infamia había llegado. Los japoneses habían osado herir al gigante americano, y eso reclamaba venganza. La humillación de Pearl Harbor hizo que el país rugiera pidiendo sangre. El presidente Franklin D. Roosevelt no se hizo de rogar, y declaró la guerra a Japón y, por tanto, a su aliada Alemania.

Mientras esto ocurría, Weidenfeld se había ido haciendo imprescindible entre la oficialidad de la base, que lo protegió asignándole un puesto intermedio de sargento en los talleres donde había sido destinado; permaneció en ella mientras sus compañeros de promoción, primero, y todos los que les siguieron, después, eran cargados en camiones, como él lo hacía con su mercancía, y enviados al frente.

Había establecido una tupida red de contactos y atesoraba gran cantidad de productos que serían muy apreciados cuando la guerra terminara y el mundo tuviera que lamer sus heridas. Él no invertiría en bolsa, como hiciera su antiguo patrón, ni guardaría su dinero en el banco para que otros se enriquecieran. Nadie lo haría a costa de Arthur Weidenfeld.

Este era el hombre que se paseaba por la base militar como si fuese su propia casa y que nunca necesitaba anotar nada, ni encargos ni cantidades, pues llevaba todos los negocios dentro de su desnuda cabeza.

Encerrado en el pequeño cuartucho, al que había llevado una línea de teléfono con la connivencia del teniente y desde el que Comadreja hacía sus llamadas de negocios, Weidenfeld trató de no levantar demasiado la voz.

—Tim. ¡Tim! —rugió al auricular con su voz cavernosa—. ¿Me escuchas? Tenemos un problema… No, la mercancía está, pero yo no podré ir… No, no puedo. ¿Y qué quieres que haga? Escucha, dile al Angustias que te acompañe y lo hacéis vosotros. Pedidle cinco billetes por caja… ¡Cállate y haz lo que te estoy diciendo! Sí, cinco billetes… No me jodas, tú haz lo que te digo. Aceptará… Y, si no, dais la vuelta y os largáis, pero estate tranquilo, que aceptará. Cuando hayáis vuelto, me llamas. ¡Y no se te ocurra pegármela! ¿Entendido?

Colgó malhumorado el teléfono y mordió con furia el puro, que ya se estaba apagando. Les había dicho a sus socios que iba a pedir cuatro billetes por caja y no se habían alegrado al saber que los engañaba. ¡Como si fuese algo nuevo! ¿O es que eran más tontos de lo que parecían?

Se sentó sobre un barril de aceite vacío que le servía de silla e hizo más cálculos. No iban mal los negocios. Con un poco de suerte, la guerra se alargaría un par de años más todavía, y afianzaría su pequeña fortuna. Y después a vivir.

Aún le dio tiempo a hacer otras tres llamadas antes de escuchar el motor de un jeep que se acercaba, acompañado de un camión con dificultades en la transmisión. El fino oído de Arthur era capaz de distinguir el motor de cada vehículo. Así supo que no se trataba del mismo camión que había arreglado un par de horas antes.

—¡Eh, Artie! Te llama el teniente —gritó alguien al otro lado de la puerta del cuartucho.

—¡Dile que ahora no puedo! —contestó, impaciente. Se había encendido un nuevo puro y lo aspiraba de forma mecánica, mientras su mente se organizaba entre la densa niebla.

—¡Dice que es importante y que vayas ahora mismo!

El despacho del teniente se encontraba en una entreplanta que dominaba el taller. Weidenfeld salió del cuartucho y se encaminó hacia las escalerillas metálicas, maldiciendo, preguntándose qué narices sería aquello tan importante. No podía ser que quisiera reclamarle su parte. Nunca antes lo había hecho, pues Comadreja siempre pagaba religiosamente. Quizás el muy maricón necesitaba pasta urgentemente. Si era así, sabría cobrarse el favor.

Para su sorpresa, tres policías militares aguardaban en el despacho con el ceniciento teniente sentado tras su escritorio. Weidenfeld se puso en guardia. Llevaban unos días sucediendo cosas raras, como aquel consejo de guerra al metomentodo coronel Brown, al que, según se decía, habían enviado al frente. ¿Tendría alguna relación?

—¿Qué ocurre, teniente? —preguntó Comadreja con recelo.

—¿Sargento Arthur Weidenfeld? —preguntó uno de los policías con galones de sargento.

—Puede ser. ¿Por qué lo preguntas? —contestó Weidenfeld poniéndose tenso.

—Tiene que acompañarnos.

Weidenfeld echó un vistazo a su teniente, que permanecía inmóvil y blanco como una figura de cera.

—¿A qué viene todo esto, teniente? —preguntó Comadreja, y viendo que el oficial no se atrevía a responder, se dirigió al policía militar—: No pienso acompañaros a ningún lado.

—Tenemos órdenes de llevarlo con nosotros. Si se resiste, le tendremos que esposar.

—¿Órdenes? ¿Órdenes de quién?

—No estoy autorizado a contestar a esa pregunta.

—¿Ah, no? En ese caso, será mejor que llamemos al general Carden — repuso Weidenfeld, más tranquilo.

El general Carden era la máxima autoridad en Fort Benning. Nada de lo que pasaba ocurría sin su permiso, y ningún policía militar podría llevarse detenido a un soldado de allí sin su autorización. Y Carden no la daría. Debía demasiados favores a Weidenfeld.

—El general Carden ha sido debidamente informado, sargento —contestó el policía, dando un paso al frente.

—¿Qué está ocurriendo aquí? —protestó Comadreja retrocediendo—. Teniente, haga algo.

—Ahora está bajo nuestra custodia.

—¡Eh, no me toque!

—No se resista, sargento…

El policía militar no pudo terminar la frase. Un puñetazo bien dirigido había impactado en su rostro, rompiéndole los huesos de la nariz, de la que brotaba un surtidor rojo.

Los otros dos policías militares no se quedaron quietos. Sacaron sus porras blancas y cargaron contra Weidenfeld. Sabían lo que hacían. Comadreja estaba acostumbrado a usar los puños, pero aquellos dos animales no le dieron opción. Un par de porrazos lo dejaron sin respiración, momento que los policías aprovecharon para tirarlo al suelo, darle la vuelta y ponerle las esposas. Después de levantarse, se tomaron la revancha y, con escaso disimulo, le atizaron una patada cada uno en las costillas.

Una hora después, los dos policías militares que lo custodiaban —su mando estaba en el dispensario, donde en ese instante le estaban reduciendo la fractura— embarcaron a Comadreja en un cazabombardero, sin retirarle las esposas, y el avión despegó, dejando al dolorido sargento Weidenfeld sumido en un mar de incertidumbre.

El vuelo debió de durar más de una hora, aunque Weidenfeld no pudo saberlo con seguridad. Atado al asiento metálico de la bodega, sus preguntas no eran contestadas por los pilotos, tal vez por el estruendo de los motores o sencillamente porque lo ignoraban.

Tras tomar tierra, otros dos fornidos marines se hicieron cargo de él. Sin muchas contemplaciones, lo bajaron del avión y, agarrándolo cada uno por una axila, lo metieron en un jeep que abandonó de inmediato el aeródromo.

Weidenfeld miraba a todas partes mientras se abrían paso entre el denso tráfico de vehículos militares. ¿Dónde se encontraba? Por todas partes podía ver tanques, vehículos de transporte, jeeps y motocicletas. En los bordes de las carreteras aguardaban soldados con todo tipo de uniformes y tentadoras pilas de material tapadas con redes de camuflaje. Los pocos edificios tenían las ventanas pintadas y algunos estaban cubiertos con sacos terreros.

Poco duró la incertidumbre. Se acercaban a una zona más poblada, con banderas británicas colgadas de algunos balcones.

El jeep se adentró en un camino más estrecho y se detuvo ante el portalón de un campo rodeado con alambre de espino. El conductor sacó un documento, que enseñó al centinela, y la barrera les franqueó el paso. Sorteando grandes tiendas de lona, serpentearon por el camino hasta un elegante edificio de ladrillo, donde el conductor detuvo el jeep.

Sin una sola palabra, los policías militares bajaron al cada vez más sorprendido sargento y lo condujeron a través de varios pasillos y escaleras, hasta llegar a unas altas puertas dobles de madera. Una vez allí, un atildado capitán que los había recibido en lo alto de la planta dio unos tímidos golpes con los nudillos.

En cuanto llegó la orden desde dentro, el capitán abrió la puerta e hizo un gesto para que Weidenfeld entrara. Comadreja se giró para que el oficial pudiera ver las esposas que lo inmovilizaban, confiando en que lo soltaran, pero el capitán insistió.

Los dos policías que lo escoltaban lo empujaron sin miramientos y, juntos, los tres accedieron a la estancia. Weidenfeld echó un vistazo a su alrededor y vio que las paredes estaban repletas de estanterías llenas de libros, salvo la que daba a la ventana. Frente a esta, había un escritorio y, detrás, un hombre al que conocía.

—¡Coronel Brown, qué alegría verlo de nuevo, señor! —exclamó Weidenfeld, tratando de ocultar su sorpresa con una falsa sonrisa.

—Sargento Weidenfeld. Acérquese, por favor, y siéntese —ordenó el coronel.

Comadreja se volvió a girar, mostrando las muñecas, y en esta ocasión tuvo éxito. Un gesto del coronel sirvió para que uno de los policías militares le quitara las esposas.

Antes de volver a hablar, Brown esperó a que el sargento se sentara y dejara de masajearse las muñecas, donde unas marcas rojas indicaban lo prietos que habían estado los grilletes.

—David Langwiser, Terry Fitzgerald —enunció el coronel—. ¿Le dicen algo estos nombres, sargento?

—¿Son amigos suyos, señor?

Weidenfeld había contestado procurando que la voz no delatase su alarma. Por fortuna, su ronquera ayudaba en estos casos. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué un coronel condenado en un repentino consejo de guerra lo mandaba sacar de su país y lo convocaba en aquella sala? Y más preocupante aún: ¿por qué preguntaba por aquellos nombres?

David Langwiser era el nombre con el que había alquilado un almacén, no muy lejos de Fort Benning, en el que hacía acopio de caros artículos de contrabando para cuando terminase la guerra y su precio se disparase. Terry Fitzgerald era el nombre que había dado en un banco al alquilar una pequeña caja de seguridad en la que almacenaba unos valiosos diamantes. Casi toda su fortuna pacientemente reunida.

—¿No le dicen nada estos nombres, sargento?

—No, señor. No los conozco. ¿Desea algo más, antes de que me retire, señor?

—Por favor, esperen fuera —se limitó a decir el coronel, dirigiéndose a los policías, que esperaban uno a cada lado de Comadreja.

En cuanto las puertas se cerraron, Brown se inclinó hacia delante, juntando las manos sobre el secante.

—Escuche, sargento. Conozco todos sus negocios desde hace mucho tiempo.

—No sé de qué me habla, señor.

—El general Carden lo protegía. Usted le proporcionaba algunos caprichos que no podía encontrar en el mercado, y él hacía la vista gorda con sus chanchullos.

—Eso no es cier…

—No me interrumpa, sargento. Lo sé todo. Sé lo del almacén lleno de artículos robados al ejército de los Estados Unidos y lo de la caja de seguridad con los diamantes. Su red de contrabando ha caído, y sus compinches han sido detenidos. Ahora no está usted en Fort Benning, y ningún general Carden podrá salvarlo. Todo ha terminado.

Weidenfeld exprimía furiosamente su cerebro. Nunca había hablado a nadie del almacén, cuyo propietario no sabía para qué lo había alquilado, y solo el director del banco donde guardaba los diamantes conocía la existencia de la caja. Si Brown estaba al corriente de todo aquello, seguramente sabría todo lo demás. Pero ¿por qué lo habían llevado hasta allí y no lo habían detenido con los demás en su país? ¿Acaso pretendía sacar tajada Brown?

—¿Qué es lo que busca? —preguntó con su voz ronca, olvidando el preceptivo «señor».

—Necesito sus servicios.

—¿Necesita un mecánico? —preguntó Weidenfeld sonriendo sarcásticamente.

—Tal vez. Pero quizá nos sean de mayor utilidad el resto de sus habilidades.

—¿Puedo saber para qué?

—No se lo puedo decir todavía. Tan solo debe saber que se trata de un trabajo de un par de meses. Será muy duro, y también muy peligroso. Quizá le cueste la vida.

—Vaya, no me lo está pintando muy bien.

—Es lo que hay.

—¿Qué alternativa tengo?

—No muchas —contestó Brown abriendo las manos—. Puede enfrentarse a un consejo de guerra. Con las pruebas que tenemos y los productos robados al ejército americano encontrados en el almacén, sin duda será sentenciado a la horca. También puede usted solicitar ir al frente, en cuyo caso será destinado a las primeras unidades de desembarco cuando nuestras tropas lleguen al continente.

—No parecen muy buenas alternativas.

El coronel se encogió teatralmente de hombros.

—Si accediera a ayudarlo, ¿qué pasaría después?

—Será expulsado del ejército sin derecho a nada. Pero no será enjuiciado. El almacén y su contenido, junto con la caja de seguridad del banco, seguirán donde usted los ha dejado. Con todo eso no creo que necesite volver a cabalgar sobre los vagones de carga de los trenes, ¿me equivoco?

—Si lo ayudo, ¿me dejarán marchar como si nada hubiese ocurrido? — preguntó incrédulo—. ¿Y me darán todo eso que usted dice que he robado?

—En pago a sus servicios extraordinarios —asintió Brown—. Todo eso y alguna otra cosa que, estoy seguro, se nos habrá escapado.

En eso el maldito coronel tenía razón. Bajo otro nombre falso, Comadreja había alquilado una nave donde escondía combustible sisado al ejército.

—Bueno, coronel. La oferta es sumamente generosa. Tanto que se me saltan las lágrimas. Lamentablemente, en estos últimos años he aprendido a desconfiar de los oficiales. Me temo que lo que usted llama un trabajo peligroso debe de ser algo suicida. Me pide que me juegue la vida, por la que siento un gran aprecio.

—Le pido lo mismo que se nos pide a todos nosotros. Que pongamos nuestra vida al servicio de nuestro país. Sus padres son alemanes, pero usted ha nacido en los Estados Unidos.

—¡Sí! He nacido aquí, ¿y qué? ¿Qué ha hecho este país por mí? Nada. Me ha escupido, maltratado y pisado. ¿Por qué debería hacer algo por él? —El esfuerzo por gritar con la voz rota enrojecía su rostro.

—Porque, al menos en los últimos años, usted se ha enriquecido a su costa. Ya es hora de que devuelva una parte de lo obtenido.

—Para usted es muy fácil decirlo. Está ahí sentado tras esa mesa.

—No le pido que haga nada que yo no vaya a hacer.

Comadreja fijó la mirada en aquellos ojos azules mientras pensaba frenéticamente en una vía de escape que no parecía existir.

—Necesito tiempo para pensarlo —dijo Weidenfeld.

—Tiene aproximadamente una semana para hacerlo —repuso Brown, echándose para atrás en su silla—. Mientras, permanecerá encerrado y aislado.

—¡No puede hacer eso! —protestó Weidenfeld.

—Estamos en guerra, sargento. No lo olvide. Este trabajo es de vital importancia. O nos ayuda o colgará del extremo de una soga, a menos que prefiera morir en las playas europeas bajo fuego alemán.

La entrevista había terminado. Brown abrió la puerta del despacho y los policías militares entraron para llevarse esposado a Comadreja. Cuando se hubieron marchado, el coronel suspiró y volvió a la mesa.