Proyecto Moisés

Iñaki Biggi · Capítulo 21 de 31

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Proyecto Moisés

Capítulo XIX

 

Lunes, 3 de abril de 1944

Berlín, Alemania

Menchaca y Gardner mataban el tiempo fingiendo rebuscar, como hacían otros alemanes, entre los restos de un edificio que se había derrumbado por un lado casi una semana atrás. Los escombros aún estaban calientes y continuaba saliendo algo de humo, a pesar de que las brigadas de bomberos habían sofocado el fuego la misma noche en que una bomba perforadora, seguida de otras incendiarias, había reventado la construcción.

Deberían andarse con cuidado. Si estaban demasiado tiempo, podían despertar sospechas. Pero tampoco podían arriesgarse a meterse nada en el bolsillo, ya que, si el propietario se encontraba cerca, acabarían denunciados.

Al menos en aquel edificio no quedaban «durmientes», bombas arrojadas por los aliados con un mecanismo retardante que las hacía explotar unas horas o unos días después. Aquellos traicioneros artefactos permanecían latentes, esperando a que llegara el momento de hacer explosión, impidiendo que los equipos de salvamento socorrieran a quienes hubieran quedado atrapados bajo las ruinas.

A la desesperación de ver sus casas derrumbarse entre las llamas, los alemanes debían sumarle un sentimiento de impotencia al no poder comprobar qué era lo que se había salvado bajo la siniestra y silenciosa amenaza de un pulido y aparentemente inocuo artefacto que latía en el interior del edificio, esperando su hora para sembrar nuevamente muerte y desolación.

Los dos hombres habían visto cómo las autoridades alemanas utilizaban presos y trabajadores traídos del extranjero para ocuparse de las durmientes. Los desgraciados ya debían de saber el riesgo al que se enfrentaban, a juzgar por sus expresiones de angustia y terror, pero sorprendentemente no oponían resistencia alguna cuando, desde una prudente distancia, los obligaban a entrar en los ruinosos edificios.

Tanto Menchaca como Gardner se habían aprendido rápidamente las bombas, aun siendo las del bando aliado. Tras dejar envuelto en llamas el convoy de Wustermark, se habían dirigido hacia el este campo a través, lo más rápidamente que el pie herido del americano les había permitido, antes de que llegara el ejército a calibrar el desastre.

Siguiendo la brújula, habían alcanzado Spandau la mañana del domingo. La actividad era frenética. Los mismos bombarderos que habían atacado el tren habían tenido la cortesía de visitar el distrito occidental del Gran Berlín; varios edificios ardían aún, mientras bomberos, presos, soldados y civiles luchaban contra el fuego.

No les había resultado difícil pasar desapercibidos entre tanta gente histérica, angustiada y temerosa. Incluso habían podido descansar un rato entre unas ruinas antes de que un celoso comisario político los descubriera, poniéndoles a trabajar en labores de extinción. Afortunadamente para Gardner, que no entendía las órdenes que el comisario impartía, Menchaca dominaba perfectamente el idioma y no tuvieron problemas.

Aquella noche habían cenado con el resto de la escuadrilla de trabajo en la que los habían integrado y, cuando ya estaban maquinado cómo escapar y dejar atrás Spandau sin que nadie se percatara, había sonado la sirena.

Corrieron tras los lugareños hasta el sótano de un edificio de tres plantas, donde se amontonaron junto a unas veinte personas sentadas en taburetes improvisados y sillas plegables. Aquellos diez minutos angustiosos esperando a que cayeran las primeras bombas habían resultado eternos, más incluso que los veinte que duró el bombardeo.

Desde el precario refugio podían escuchar el zumbido de los bombarderos acercándose. Instantes después, percibían el vacío que se aproximaba, señal para que los refugiados se taparan los oídos ante la onda expansiva, que traía consigo corrientes abrasadoras de aire y olor a los gases incendiarios.

La gente temblaba de pánico. Había quien perdía los nervios, quien se desmayaba, y no faltaba quien, entre el creciente estruendo, abandonaba el sótano gritando de terror.

Menchaca podía imaginar qué harían las bombas de fósforo con aquellos que huían: una antorcha humana que se consumía mientras el atormentado corría de un lado a otro buscando un rápido final a su tormento.

Sabía que debían cuidar sobre todo los ojos. La niebla de fósforo, el hollín, los gases, el humo, el polvo de los desmoronamientos y los millones de diminutas astillas de vidrio podían provocar ceguera, así que algunos optaban por vendarse los ojos antes de que comenzara la tormenta de fuego.

Cuando los aviones se alejaron, la gente esperó a que sonara la sirena otra vez antes de abandonar el refugio. El espectáculo era dantesco. Cuerpos calcinados por la calle, edificios iluminando la noche como gigantescas antorchas, gritos desesperados y el fragor del fuego por doquier. La gente comenzó a sacar cuerpos, unos aún con vida y otros no, de aquellas casas donde la temperatura lo permitía. Algunos sótanos no habían podido soportar el castigo, y de sus bocas salían lenguas de fuego, lo que ya no importaba para quienes se habían refugiado en ellos.

El profesor español y el sicario americano habían aprovechado el caos para abandonar la ciudad entre fantasmas que llevaban niños en brazos, rostros tiznados de negro, desencajados y ensangrentados, cabellos carbonizados y pequeñas maletas de cartón conteniendo los documentos más importantes, sus identificaciones y algún pequeño objeto de valor que aún conservaran.

Habían caminado el resto de la noche y por la mañana, ennegrecidos, malolientes, con restos de polvo y hollín en las ropas, habían entrado en la zona céntrica de la capital. Deshechos por el cansancio, se habían tumbado a dormir en el patio de una iglesia que aún conservaba el muro que la rodeaba.

Las sombras se habían alargado cuando despertaron. El reloj del campanario marcaba las seis y media. Calcularon que la estación quedaba a un par de kilómetros. Al paso cansino de los berlineses, tardarían entre veinte y treinta minutos, si nada se interponía en su camino, y les sobraría aún media hora para reconocer el terreno.

Ahora Menchaca le hacía un gesto a Gardner, y bajaron del montón de escombros. En algún lugar, desde un campanario estaban dando las siete y la estación quedaba a dos manzanas. Con los brazos caídos y el paso corto, se encaminaron a la cita. Gardner no ocultaba su cojera.

 

Riggs compartía la cena con su protectora. A pesar de no hablar el mismo idioma, Gato había llegado a entender que se llamaba Minna y que a su marido y a su hijo los habían matado en el frente.

Manejaba sola la granja. Antes de la guerra habían tenido un par de ayudantes, pero uno de ellos una mañana había desaparecido y el otro había sido enrolado sin que volvieran a saber de él. La única compañía que ahora tenía era la de Umbra, un enorme perro pastor alsaciano que debía su nombre a su brillante pelambrera de color negro, que lo asemejaba a una inquietante sombra.

Lo que Riggs adivinó fue más de lo que pudo deducir del intercambio de gestos y alguna foto. Minna era una granjera de cuerpo generoso que ya empezaba a decaer, manos callosas y rostro sonrosado, redondo y no demasiado agraciado. Nunca había salido de Stendal; se había casado muy joven con otro granjero, habían tenido un hijo y la guerra se los había arrebatado. Ahora se sentía sola y necesitaba hacer un gran esfuerzo cada mañana para levantarse.

Y Gato conocía muy bien la sensación de encontrarse solo.

A la luz de una de las pocas velas que la mujer aún conservaba, un auténtico lujo en su honor, Riggs se dio cuenta de que Minna se había arreglado para él. Su cara sonrosada estaba limpia, lo mismo que el cabello rubio pajizo, peinado debajo del tocado. Quizá fuese un simple reflejo de la llama, pero le pareció que sus ojos, claros, redondos, no especialmente bonitos, lucían un brillo que antes no tenían.

Tomaban una sopa de verduras consistente y, por el olor que llegaba de la cocina, Minna había hecho estragos en su paupérrimo corral. El hombre no lograba recordar cuándo había sido la última vez que alguien había cocinado para él.

La mujer había descubierto otro de sus tesoros. Una botella de vino. No era gran cosa, pero a Riggs, poco acostumbrado, le pareció una delicia. Con amplias sonrisas, entrechocaban sus vasos mirándose a los ojos.

Tal vez fuera la reconstituyente sopa, o el vino, o quizás el hecho de que nunca hubiese cenado en compañía de una mujer que le sonriera, pero lo cierto fue que Riggs se levantó, rodeó la mesa ante la mirada entre esperanzada y tímida de la mujer y, colocándose detrás de esta, agarró sus enormes pechos y los estrujó, primero suavemente y después cada vez con más agresividad y desesperación.

Minna, con los ojos cerrados, gemía imperceptiblemente, con el amplio rostro arrebolado, y arqueó la espalda como si una corriente pasara por ella. Hacía más de un año desde que su marido se marchara y añoraba el contacto. Dejó hacer al hombre hasta que este la levantó de la mesa y la llevó al lecho.

Riggs había estado con algunas prostitutas y con algunas mujeres casadas despechadas. Todas habían sido pasajeras, y el contacto había sido rápido, poco satisfactorio y en cualquier lugar: un camastro inmundo, contra una pared en un estrecho callejón, sobre un barril, en la hierba, incluso sobre el fogón apagado de una cocina. En cambio, ahora estaba en una cama mullida, con sábanas limpias que olían a campo y con una mujer que gemía de verdad, que empujaba más adentro y que le agarraba la cabeza para hundirla en el profundo valle de su pecho.

El inglés, aún convaleciente por la conmoción del golpe, se dejó hacer, sin prisas. Fue algo primitivo, torpe, húmedo y desesperado. La soledad de dos almas abandonadas en un mundo que se suicidaba, buscando una luz que ya no confiaban en encontrar.

Cuando terminaron, aún vestidos, se tumbaron el uno al lado del otro. Minna parloteaba sin descanso, sumiendo a Riggs, que no entendía nada, en un maravilloso sopor. Poco a poco, ambos se quedaron dormidos, dejando que la preciada vela se consumiera, protegidos por el alsaciano, que se había tumbado a los pies de la cama.

 

Lunes, 3 de abril de 1944

Estación de Lehrter, Berlín, Alemania

Brown y Von Weizsäcker cruzaban la plaza Washington, situada entre la entrada principal de la estación y la orilla del río. El coronel llevaba en la mano el ramo de flores que había robado. Echaron un vistazo. Había bastante movimiento. Unos pocos coches y algunas personas entraban y salían de la estación, controlados por una patrulla de la policía militar, que pedía documentaciones y examinaba equipajes.

El oficial americano hizo un gesto con la cabeza, señalando la terraza de una cafetería que tenía cuatro o cinco mesas ocupadas. El piloto se dirigió hacia una de las que estaban libres y tomó asiento, sin perder de vista ni la estación ni al coronel.

El reloj de la estación marcaba las siete y cinco y no se veía la presencia de ningún miembro del comando. Con el ramo delante del pecho, Brown se paseó cerca de la entrada como lo haría un enamorado impaciente esperando a su amada.

En el pretil del río, Weidenfeld fingía leer el diario que le había robado al vagabundo. Había cambiado un poco de chocolate por un sombrero gastado pero en buen uso, como el que llevaban la mayoría de los berlineses, y un abrigo largo. Con la calva cubierta, medio rostro oscurecido por el ala del abrigo y la otra mitad detrás del periódico, podía controlar todos los movimientos en la plaza.

Había llegado diez minutos antes de la hora fijada por Brown, así que pudo ver, con enorme sorpresa, la llegada de este junto al piloto alemán. Aplaudió para sus adentros que ambos hombres se hubieran separado, así ambos pasarían más desapercibidos. No pudo reprimir una sonrisa al ver la mirada de Brown al reloj de la estación. El ridículo ramo de flores que le servía de disfraz explicaba esa inquietud, pero Weidenfeld imaginaba que el coronel estaría ciertamente inquieto por la ausencia de sus hombres. ¿Realmente había confiado en que se presentarían?

Levantó un poco el periódico cuando vio que Brown barría con la mirada la orilla del río. Se lo tenía bien merecido. Los tiránicos entrenamientos no habían servido para que a la hora de la verdad se viera respaldado. ¿Qué haría ahora? ¿Trataría de volver a su país? Descubriría que entrar en el país le había resultado más fácil que abandonarlo.

La puerta de la estación se abrió y vomitó a un grupo de pasajeros llegados en el último tren. Entre el gentío, Comadreja perdió momentáneamente de vista al americano. ¿Dónde se había metido? No lo veía por ninguna parte. Fastidiado, miraba en todas direcciones. ¿Habría entrado en la estación? No podía ser tan estúpido. ¿O tal vez sí? Maldiciendo para sus adentros, no hizo caso del tipo que le pidió fuego en un chapucero alemán mientras se sentaba a su lado.

—Me pareció entender que no vendría —murmuró en inglés el tipo.

Comadreja se giró como si le hubiese dado un calambrazo. De hito en hito, miró al oficial americano. Por debajo de su abrigo asomaba el cada vez más mustio ramo de flores.

—Bueno, quise ver cuántos acudían —contestó Weidenfeld, tratando de recobrar la compostura. No podía permitir que aquel maldito oficial pensara que lo había sorprendido—. Por ahora no parece que haya tenido mucho éxito, ¿no le parece? Usted y el teniente.

—Con usted ya somos cuatro. Su amigo el capitán nos está esperando en un lugar acogedor.

—Sí, ya me lo imagino —repuso Comadreja, convencido de que el término «acogedor» no tenía el mismo significado para los dos.

Von Weizsäcker no entendía qué estaba sucediendo. El coronel había abandonado su puesto para sentarse en el pretil, lejos de la plaza. ¿Habría sido descubierto?

 

Gardner y Menchaca acababan de entrar en la plaza por el extremo contrario a la terraza. Caminaban sin levantar la mirada del suelo para no cruzar las miradas con la gente, pero su deambular no era natural. Se encaminaban a la puerta de la estación. Si la patrulla los veía, les pedirían la documentación y estarían perdidos. ¿Por qué Brown no se levantaba e iba a su encuentro? Quizás él mismo debía acercarse antes de que los descubrieran.

—Nein, nein —dijo molesto a un mendigo que le tendía una mano sucia y temblorosa, para quitárselo de encima.

El camarero acudió presto para echarlo.

—¡Fuera de aquí o llamaré a la policía!

El pordiosero insistía, poniendo la mano delante de Von Weizsäcker, hasta que este, ya muy nervioso por la situación, se enfrentó a él.

Por un momento, no lo reconoció. El pedigüeño le sostuvo un momento la mirada y luego se dejó convencer por el camarero, alejándose con los pies a rastras, dejando atrás al sorprendido piloto alemán.

 

También Weidenfeld había visto entrar en la plaza al profesor español y a su inseparable compañero, y al igual que le sucediera a Von Weizsäcker, le pareció que los dos hombres se estaban metiendo directamente en las fauces del lobo.

—¿Por qué no va a por ellos? —dijo, señalando con el mentón a la pareja que se dirigía directamente a la puerta principal de la estación—. Llaman mucho la atención. Si continúan andando por aquí, los detendrán.

—Será mejor que nos vayamos todos. Ya son las siete y media. Espere un momento, y sígame.

—¿Qué hacemos con Villar y con Riggs?

—Volveremos mañana a por ellos. Ahora saldremos de la plaza por la derecha. Siga usted la orilla y reúnase con nosotros en la siguiente manzana.

Brown se puso en pie, sacó el baqueteado ramo y se dirigió con paso rápido hacia Menchaca y Gardner. Pasó al lado de estos y fingió un encontronazo, tocándose el sombrero educadamente para pedir disculpas por su torpeza. Después siguió hacia la terraza y abandonó la plaza. Ahora el ramo iba colgando al costado del cuerpo y a nadie que lo hubiese estado vigilando le hubiera extrañado. Otro hombre al que daban calabazas.

 

Von Weizsäcker se levantó y echó un vistazo a la plaza. Ni rastro del mendigo. Un taxi que dejó a una pareja con maletas se paró al lado de Gardner y Menchaca mientras iban hacia la salida por donde acababa de pasar Brown. Se estiró las puntas de la chaqueta y siguió al coronel.

 

Villar, cargado con un saco de ladrillos, estaba en la entrada de la plaza. Nada más llegar, había visto sentado en el pretil al escurridizo exsargento americano sin que este lo viera. Después había contemplado las maniobras de Brown y Von Weizsäcker. El coronel se había sentado al lado de aquella víbora, demasiado lejos de la salida como para que Cornín se aproximara a ellos.

Momentos después, había aparecido aquel profesor que se creía un guerrillero, junto a su perro guardaespaldas, andando como si quisieran ser detenidos. Se dio cuenta de que Brown los había visto. Mejor no exponerse.

Arrastrando los pies, se había acercado a la terraza donde se encontraba el teniente alemán tratando de decidir qué hacer, y fingió pedir una limosna. Pero el piloto estaba muy nervioso y no lo miraba. Villar tuvo que insistir, llamando sin querer la atención del camarero, preocupado por su clientela.

Finalmente Von Weizsäcker había levantado la mirada, reconociendo a Villar tras unos instantes de confusión. Dejado el mensaje de su presencia, el español se había alejado, abandonando la plaza antes de que Brown se pusiera en marcha, sin perder de vista al resto del comando.

Brown los aguardaba en la esquina de la calle Werft con el museo de la aviación. En cuanto se reunieron los seis, impartió las órdenes. Él y Von Weizsäcker caminarían juntos por delante. El resto los seguiría manteniendo cierta distancia. Si alguien tenía problemas, los demás continuarían.

—Si alguno de ustedes no puede seguirnos, nos volveremos a encontrar mañana en el mismo sitio a la misma hora —continuó explicando rápidamente—. El refugio está a nueve kilómetros. Es una zona de bosque tranquila, pero, para llegar, tenemos que pasar al lado de un aeródromo. ¿Tienen todos ustedes sus mochilas?

Menchaca y Gardner las habían dejado bajo unos escombros en un almacén derruido una manzana más al norte. Villar la llevaba dentro de su saco, cubierta por algunos ladrillos, y Weidenfeld la tenía disimulada dentro de una caja de cartón encontrada en la barcaza de basura.

Echaron a andar. Menchaca y Gardner se metieron por la calle Seydlitz donde se hallaba el almacén, y volvieron a tomar hacia Rathenow, siguiendo a Brown.

Ya estaba anocheciendo y las calles se vaciaban. Apenas algunas parejas que se retiraban a sus casas y la gente que hacía cola para pasar la noche en los refugios. Seis hombres andando por la misma calle en la misma dirección podían resultar sospechosos.

Poco a poco, fueron dejando las áreas más pobladas, bordeando el río, y ya estaba todo oscurecido cuando Brown vislumbró las rejas del aeródromo. No había mucha actividad dentro. Al menos por el momento, no parecía que esperaran ningún bombardeo aliado. En caso contrario, los cazas de la Luftwaffe ya estarían en el aire.

Sin más contratiempos, llegaron al bosque a orillas de lago Tegeler, donde Pickeray los esperaba en la granja abandonada. Cuando la tuvieron a la vista, el coronel hizo un gesto para que se detuvieran y se agacharon entre la espesura. Apenas una silueta entre la arboleda en medio de un silencio sobrecogedor. Nadie hubiese dicho que en la casa hubiera vida.

El americano, siguiendo lo convenido, silbó suave tres veces y esperó. Del interior de la granja se escucharon, como un eco, otros tres silbidos. El resto del comando se incorporó y entró en la casa.

—Capitán —fueron saludando al oficial inglés.

—¿Dónde está Riggs? —preguntó Pickeray cuando Brown cerró la puerta a sus espaldas.

—No ha aparecido —contestó el coronel, tirando el sombrero y desabrochándose el abrigo.

Los demás ya habían buscado un sitio donde descansar.

—No ha sido una gran idea quedar en una estación en el centro mismo de la ciudad, ¿no cree, coronel? —preguntó con sarcasmo Comadreja, desplazándose el sombrero hacia la coronilla—. Total, para volver atrás.

—¡Weidenfeld!

—Déjelo, capitán. Tiene razón —dijo Brown, sentándose en una silla destartalada y haciendo un gesto para que el forzudo inglés se calmara—. Lamentablemente, no hemos dispuesto de más tiempo para organizarnos mejor. Vengan aquí.

De un bolsillo del abrigo sacó un papel y un trozo de lápiz e hizo unos garabatos.

—Aquí estamos nosotros —dijo señalando con el lapicero—. La estación donde nos hemos reunido, y hacia el sudeste, el objetivo.

Todos entendieron, tal y como había dicho Comadreja, que había sido un enorme riesgo presentarse en la estación de Lehrter y después retroceder hora y media en sentido contrario. Tendrían que cruzar toda la ciudad para llegar al laboratorio.

—Mi idea era buscar refugio más cerca del objetivo, pero al capitán, al teniente y a mí nos ha costado llegar hasta aquí sin ser detectados. Ahora que estamos ya reunidos, podremos buscar una forma menos arriesgada de acercarnos.

—Sí —respondió insolente Comadreja—. Podríamos pedir a los alemanes que nos presten uno de sus vehículos.

Pickeray estuvo a punto de llamarle de nuevo al orden, pero Brown se le adelantó.

—Eso mismo había pensado yo, Weidenfeld. Me alegra que pensemos igual. Usted se encargará de eso.

—¿Está loco? ¿Cómo quiere que lo haga? ¿Me acerco a un soldado y le digo: «Disculpe, señor nazi. Mis amigos y yo necesitamos un camión con el que ir, junto con nuestras mochilas llenas de explosivos, a volar su laboratorio»?

—Algo así. Lo dejo en sus manos. Esa será su tarea para mañana. Los demás esperaremos aquí. Mañana por la tarde Von Weizsäcker, Gardner y yo regresaremos a la estación a recoger a Riggs, y el miércoles saldremos hacia el laboratorio.

—No aparecerá —anunció Villar.

—¿Por qué lo dice? —preguntó Brown.

—El viento nos empujó en la caída —explicó Villar, sin mostrar emoción alguna—. Yo toqué suelo al borde del bosque. Riggs venía detrás. Cayó entre la arboleda.

—¡Maldito cabrón! —rugió Weidenfeld. Riggs era el que mejor le caía. Desde que habían tenido la pelea había adoptado un trato paternal con el ladrón. Había pensado en buscarlo al tocar tierra, pero no sabía dónde ni cuándo habría saltado este—. ¿Por qué no lo buscaste?

—¿Dónde? —repuso el guerrillero, enfrentando su mirada a la del estraperlista—. El bosque estaba a oscuras, y los árboles eran muy altos. Debió quedar colgado. Imposible encontrarlo.

—Déjenlo ya —intervino Brown—. En cualquier, caso el plazo termina mañana, e iremos a buscarlo. Riggs es un gato, ¿recuerdan?

—Espero que te equivoques y se presente mañana; si no, algún día te lo haré pagar —ladró Comadreja, apuntando con un dedo al pecho del minero español.

Se retiraron a descansar. Brown había prometido a Pickeray que tratarían de conseguir algo que comer, pero no había sido posible, así que pasarían otra noche con el estómago vacío.

 

Martes, 4 de abril de 1944

Stendal, Alemania

La luz que entraba por el ventanuco despertó a Riggs. Estaba solo en la cama. Minna debía de haberse levantado hacía rato, porque su lado de la cama ya estaba frío. El inglés aspiró el aire de la mañana y se regodeó, tapándose con la manta hasta el cuello.

En algún remoto lugar de su conciencia, algo le avisaba de que era martes, último día de plazo dado por Brown para reunirse en Berlín, y que él aún estaba a cien kilómetros. No dejó que oscuros pensamientos lo turbaran y rememoró cada instante vivido la noche anterior. Pero Gato se dio cuenta de que su cuerpo reaccionaba al recuerdo.

Indeciso ante la reacción que Minna pudiera tener ante una nueva invitación por su parte, escuchó los ladridos de Umbra. Sonaban desde fuera de la casa, pero eran insistentes, como si estuviera dando una alarma. Oyó como la mujer lo llamaba y le decía algunas palabras en alemán, seguramente para obligarle a callar, pero el alsaciano seguía ladrando.

Riggs oyó que la mujer entraba rápidamente en casa y subía los escalones pisando con fuerza. Al momento, entró en la alcoba. Traía el rostro enrojecido, como la noche anterior, pero en ese momento no era por la pasión.

—Mach schanell, mach schanell!

Riggs no entendía lo que se le decía ni qué pasaba, pero se levantó de un salto y, mientras se arreglaba la ropa con la que había dormido, siguió escaleras abajo a la mujer, que le hablaba a toda velocidad, como si él pudiera entender algo.

Lo condujo hasta el establo, apartó un pequeño montón de heno medio podrido y levantó una trampilla escondida debajo.

—Mach schanell! —repitió la mujer, señalando las escalerillas que descendían por el hueco.

El rumor de un motor precipitó a Riggs dentro del refugio. Minna cerró la trampilla y echó heno encima con una horca hasta hacerla invisible.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz, Gato se dio cuenta de que se encontraba en un cubículo de dos metros de lado por uno y medio de alto cavado en la tierra. Las paredes que la sujetaban estaban hechas con tablas y todas tenían estanterías. Allí debía de ser donde el matrimonio guardara sus mejores productos antes de empezar la guerra, pero las baldas hacía tiempo que se encontraban casi desiertas.

Aguzó el oído, pero no era capaz de escuchar nada, salvo los ladridos de Umbra. Tamizados por el heno y la tierra que lo cubría, parecían llegar de lejos, pero Riggs calculó que el animal se encontraba fuera de la casa.

¿Dónde estaba Minna? ¿Se encontraba bien? ¿Quién había llegado sembrando la alarma? ¿Policía preguntando por avistamientos de paracaidistas en medio de la noche?

Estas y otras preguntas similares lo estaban poniendo cada vez más nervioso. No le gustaba estar encerrado en sitios de los que se suponía no podía salir. ¿Qué pasaba allí afuera? ¿Estaba rodeado?

Finalmente, no pudo más y trató de levantar la tapa. Era pesada y encima tenía el heno, así que necesitó empujar con el hombro para poder abrir el hueco suficiente por donde salir.

Había intentado hacer el menor ruido posible, pero Umbra lo había oído y llegaba corriendo. El animal parecía muy nervioso y gemía, al tiempo que empujaba a Riggs con el hocico.

Con cautela, el inglés asomó por la puerta del establo. Todo parecía tranquilo. Tan solo la novedad de un coche delante de la granja.

Poco a poco se acercó a la fachada y miró por la ventana de la cocina. Nada. Rodeó un poco más la casa hasta la siguiente estancia. Nada tampoco. Umbra seguía empujándolo, y Gato se armó de valor para entrar en la vivienda. No dejó que pasara el animal hasta saber qué sucedía. Recorrió toda la primera planta, pero no se veía nada. De pronto, un grito y unas risas le llegaron de la planta superior.

Riggs ascendió por las escaleras. Ahora podía escuchar el armazón de la cama emitiendo los mismos sonidos que la noche anterior. Se asomó a la puerta de la alcoba. Minna estaba tendida sobre la cama boca arriba y sus piernas abrazaban el cuello de un hombre gordo, muy blanco, con los pantalones en los tobillos, que a cuatro patas la penetraba jadeando.

En ese momento Minna se percató de la presencia del inglés y lo miró aterrorizada. Con la mano, le hizo un gesto para que se alejara, y Gato retrocedió, avergonzado. ¿Quién era aquel hombre? Seguramente se trataba de un amante. Se dio cuenta de que este pensamiento lo molestaba profundamente. ¿Qué había pensado? ¿Que la mujer alemana estaba allí esperando a que Thomas Riggs apareciera en su vida?

Estaba a punto de bajar las escaleras enfadado con Minna y consigo mismo, cuando escuchó unas palabras indescifrables del viejo gordo que se la estaba tirando y a Minna gritar:

—Nein, nein, nein!

Aquello no parecía un grito en el fragor de la batalla. Riggs se giró y volvió a asomarse. El hombre estaba de rodillas, forcejeando con Minna, que se debatía. Al fin consiguió su objetivo y la volteó. El ladrón comprendió las intenciones del viejo gordo: pretendía metérsela por detrás y Minna, llorando, trataba de impedirlo.

En dos pasos, Riggs alcanzó la cama y, por la espalda del miserable, le aferró con una mano la mandíbula, con la otra la parte posterior de la cabeza y con la fuerza de años entrenando en la maroma, de un giro, le partió el cuello sin darle tiempo a saber qué había sucedido.

Minna, espantada, comenzó a chillar. Se cogía la cabeza con las dos manos y la agitaba de un lado a otro. «Nein, nein, nein», decía sin poder apartar la mirada del guiñapo caído en el piso de madera. Riggs intentó calmarla, pero la mujer no podía dejar de lamentarse, desesperada.

El inglés necesitó tiempo para comprender la gravedad de lo que había hecho. Aquel bastardo debía de ser alguien importante, algo así como un inspector de Hacienda al que no se le podía negar nada, incluso cuando sus deseos incluyeran tirarse a una viuda. Ahora, su ausencia despertaría las sospechas de la policía.

Seguramente, en otras circunstancias, Minna, como otros muchos en Stendal, se hubiese alegrado al conocer la noticia de la muerte de aquel hijo de perra. En cambio, ahora la desgracia caería sobre ella si descubrieran lo sucedido.

A Riggs se le había caído un velo de los ojos. Durante tres días había vivido una existencia que no era la suya, creyendo que nunca se acabaría. Ahora caía en la cuenta de que, mientras la guerra no terminara, ese sueño no se cumpliría.

No podía continuar allí. En cuanto se diera la alarma por la desaparición de aquel tipo, alguien se presentaría para hacer averiguaciones, vería el coche y se llevarían a Minna. Debía desaparecer. Debía encontrar a Brown. Si su misión servía para acercar el fin de la contienda, tal vez pudiera regresar algún día.

Agarró a Minna por los hombros.

—Lehrter Bahnhof, Berlin! —dijo a la atribulada mujer, que tardó un rato en darse cuenta de que podía comprender lo que se le decía.

—Lehrter Bahnhof?

—Ja! Berlin.

—Ja, Berlin, ja!

Riggs le explicó con gestos que debía estar en la estación antes de las siete y media. Minna le respondía moviendo la cabeza en un gesto de negación. Imposible. Pero ahora que el ladrón se había sacudido de la cabeza la doble conmoción por el golpe y por haber encontrado a una mujer por la que sería capaz de sentir algo más que una breve tentación, no estaba dispuesto a llegar tarde a la cita.

 

—Mire esto, inspector —dijo el sargento Bachamann, mostrándole uno de los listados con los que trabajaban desde hacía días.

Ahora, con la urgencia que daba el saber que el comando ya estaba en suelo alemán, Schlüter había intensificado el trabajo, y tanto él como sus hombres apenas lograban dormir algo.

Frotándose el ojo bueno para enfocar la vista, cansada después de tantas horas de rebuscar entre copias de carbón rellenas de escritura, Schlüter tomó la hoja. El decimoquinto nombre de la lista estaba subrayado: «Itzhak Steiner».

Schlüter miró el encabezamiento. Era de la universidad de Innsbruck, en Austria. Físico y matemático. Especializado en física de ondas.

Siguiendo las indicaciones del decano de la Universidad de Friedrich-Wilhelm con el que Schlüter consultara, habían centrado sus investigaciones en los científicos especializados en física cuántica, por eso el tal Steiner había pasado desapercibido en las primeras cribas.

En el listado no venían más datos. Ya habían encontrado otros apellidos parecidos que no habían conducido a buen puerto después de investigarlos a fondo, como ahora tendrían que hacer con aquel.

Quizás en un primer momento no le hubiese dado mayor trascendencia, pero, después de tantos días y con el enemigo en casa, más valía perder un poco del precioso tiempo en eliminar aquella posibilidad. Al fin y al cabo, el rector se lo había dejado claro. Tenía que ser un especialista en física atómica o aeronáutica, y aquel Steiner no lo era.

—Investíguenlo —dijo devolviendo el papel.

Enterrado bajo la montaña de informes, fotografías, listados y documentos, Schlüter no volvió a pensar en Steiner en toda la mañana. Debía concentrarse en su trabajo hasta el mediodía. Había quedado para comer con su mujer, que no estaba feliz, precisamente. El domingo anterior había sido su cumpleaños, pero la aparición del bombardero, presumiblemente utilizado por el comando para llegar a Alemania, no le había dejado un minuto libre.

Volvió a estudiar el planning que se había hecho. Para empezar, habían establecido controles en distintos puntos, aunque, si el subinspector de la Kripo estaba en lo cierto, habían pasado tres días desde el accidentado aterrizaje y los espías difícilmente seguirían por los alrededores.

También habían recorrido de arriba abajo Stendal, Wust, Tangermünde y Rathenow, las poblaciones más cercanas, mostrando la foto de Brown: «¿Ha visto usted a este hombre?». Pero nadie sabía decirles nada.

Era posible que el comando tuviera un contacto en Alemania, así que Schlüter recurrió a los archivos de la Gestapo y de las SS para saber si en aquellas ciudades había algún sospechoso de ser contrario al régimen, un alborotador aún no destapado, algún miembro de un partido político ilegal.

Como se temía, había encontrado informes sobre muchas personas: médicos; curas, por supuesto; antiguos alcaldes y concejales; profesores, granjeros… Las sospechas contra estos, sin embargo, carecían del menor interés y se debían más a la obsesión de los cuerpos policiales en inculpar a todo el mundo que a motivos reales.

Equipados con perros, habían peinado la zona. Los animales, sin más pistas que las del interior del bombardero derribado, no fueron de utilidad. Tampoco habían podido encontrar huellas, ya que la noche del lunes al martes había estado nevando, no demasiado, pero sí lo suficiente como para cubrir las pisadas.

Schlüter tenía tan poco para continuar que se negaba a admitir que la pista del bombardero hubiese dejado de estar fría para poder catalogarse de helada. No quería escuchar a sus hombres, que discretamente cuestionaban su convicción. ¿El avión no podría haber sido utilizado con otro motivo? ¿No era especular peligrosamente el dar por hecho que era el aparato en el que había llegado el comando?

El inspector de la Gestapo trataba de adivinar cuál era la dirección que habrían tomado. El objetivo más obvio era Berlín. Al fin y al cabo, se encontraba en la trayectoria. Además, la noche del último día de marzo Berlín había sufrido un fuerte castigo. Por no decir que, siendo la capital, albergaba la mayor parte de la industria, la logística y casi todos los laboratorios.

Cierto era que, precisamente por esto, los aliados atacaban Berlín, que hasta hacía bien poco se encontraba demasiado lejos para la autonomía de sus cazas y bombarderos, obligando a Hitler a sacar de la ciudad las empresas directamente relacionadas con la maquinaria de guerra.

En estas y otras medidas, por el momento todas con resultado negativo, se habían ido el domingo, el lunes y lo que llevaban de martes. Necesitaban algo más que los guiara o al menos redujera la búsqueda: alguien que hubiese visto algo más sólido, el nombre del científico o el laboratorio en el que trabajaba. Schlüter casi se conformaba con saber en qué ciudad debía buscar.

Llegado el mediodía, Schlüter anunció a sus hombres dónde tenía pensado almorzar, se puso su abrigo, se acercó a las escaleras y se aseguró de no encontrarse con el mayor Töpfer antes de alcanzar la calle.

Leyna llegó al restaurante puntual, como era su costumbre. Tenía una cara triste y cansada. Sabía cuál era el trabajo de su marido, pero no era fácil llevar la guerra sola. Schlüter, que intuyó enseguida lo que le pasaba, trató de vencer su propio cansancio y mostrarse alegre y dicharachero. En los postres, Leyna reía de esa manera especial, con los ojos casi cerrados, que había enamorado al inspector.

Mientras recordaban anécdotas de días más felices anteriores a la guerra, el camarero se acercó con una botella de champán francés Duval-Leroy, un auténtico lujo por el que Schlüter había tenido que mover más de un hilo.

El inspector aprovechó la mirada encandilada de Leyna cuando el camarero abría ceremoniosamente la botella, para sacar del bolsillo de su chaqueta un pequeño paquete que dejó al lado de la mano de su cada vez más sorprendida esposa.

Schlüter, con los dos ojos húmedos esta vez, observó cómo Leyna se tapaba la boca con la mano al sacar del paquetito un par de pendientes con dos hermosas perlas. Le habían costado siete cartones de tabaco en el supuestamente inexistente mercado negro de la plaza Potsdamer, pero, al ver el brillo en la mirada de su esposa, supo que el esfuerzo había merecido la pena.

Fue un almuerzo perfecto, en el que los dos recordaron una vida en la que no existían cartillas de racionamiento, noches oscuras con bombardeos, tanques en las calles y listas de muertos, muchos muertos.

A ambos se les pasó la tarde volando, animados por una copita de schnapps, cortesía de la casa, y ya eran las seis de la tarde cuando Schlüter, apurado por su tardanza, entraba en el despacho, donde lo aguardaban dos de sus hombres.

—¡Inspector! —dijo el subinspector Dinter, levantándose de la mesa en cuanto lo vio entrar—. Salíamos a buscarlo ahora mismo.

—¿Ha sucedido algo? —preguntó Schlüter, dejando el abrigo sobre la silla de su escritorio.

—¿Recuerda el listado de la mañana, el de la Universidad de Innsbruck?

—Lo recuerdo. Había un nombre muy parecido al de nuestro científico. ¿Han encontrado algo?

—Es posible, inspector —contestó su subalterno, consultando un bloc de notas—. Itzhak Steiner era un físico y matemático de padre judío y madre mischlinge.

Se refería a que la sangre de la madre no era pura, sino mezcla de judía y aria, como la de otros muchos alemanes.

—Estudió en Múnich y Göttingen. Trabajó en unos experimentos sobre el sonar en la Universidad de Colonia. En 1935, como otros científicos judíos, se marchó a los Estados Unidos, dejando aquí a su mujer y a sus dos hijas gemelas.

—Su mujer pertenece a una familia influyente —apuntó el sargento Bachmann—. Uno de los abuelos era judío, pero la familia es católica y no parece que hayan mantenido relación con la comunidad judía. Pensamos que la mujer creía estar a salvo y por eso no quiso escapar.

—¿Ha dicho que se marchó a los Estados Unidos? —preguntó Schlüter cuando el sargento cerró la libreta, sin saber dónde pretendía ir a parar.

—Así es señor —contestó Dinter con una sonrisa—. Pero volvió.

—¿Que volvió? —preguntó Schlüter perplejo. En su cabeza las alarmas se disparaban.

—Según un antiguo compañero de la universidad, parece que regresó en 1940, aunque no lo tenía del todo claro.

—¿Sabemos por qué lo hizo?

—No, señor. Pero, casualmente, su mujer y sus hijas fueron deportadas a un campo meses antes de su regreso.

—Lo obligaron a volver…

—Eso creemos.

—Trabajó en el sonar —añadió el subinspector Dinter—. Es algo determinante para el desarrollo de la guerra, inspector.

—Podría ser, sí.

—Hay una cosa más, señor —apuntó el sargento Bachmann—. Aunque la comunidad científica es muy envidiosa y a nadie le gusta hablar de científicos judíos sobresalientes, nos pareció que Steiner era muy envidiado. Demasiado. A su antiguo compañero se le escapó la palabra «genio».

—¿Y dónde se encuentra ese tal Steiner?

Los dos subalternos se miraron un momento.

—No lo sabemos. Es como si se lo hubiese tragado la tierra. Nadie tiene la menor idea. Volvió y luego desapareció.

—Está bien. Búsquenlo. Mantendremos las demás líneas de investigación abiertas, pero prestaremos especial atención al tal Steiner. Buen trabajo.

Los dos hombres se alejaron presurosos, contagiados del nerviosismo de su jefe. Schlüter tomó asiento en su escritorio y revisó el informe que le habían entregado No había mucho más aparte del resumen escuchado. Lugar de nacimiento, fechas, nombres de los padres, antecedentes, colegios, relaciones sociales, datos de su mujer y cosas así. Nada que dijera a las claras que él era la clave de aquel asunto.

El inspector pidió a la centralita que lo pusieran en contacto con el decano de la Friedrich-Wilhelm y se dispuso a esperar, impaciente, revisando una y otra vez el informe, que venía acompañado de una foto de mala calidad obtenida al menos diez años atrás.

El timbrazo le rompió la concentración mientras interrogaba a la foto: «¿Eres tú a quien busco?».

—Sí, pásemelo —contestó el teniente, limpiándose el ojo con el pañuelo —. ¿Decano? Aquí el inspector Schlüter. ¿Se acuerda de mí?

—Desde luego, inspector —contestó la voz del rector. A pesar de que la línea tenía bastante ruido, el tono dejaba patente que la llamada no era muy bien recibida—. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Verá, cuando hablamos le pregunté por un científico que trataba de encontrar, ¿lo recuerda?

—Cómo no, inspector. Un tal Stenger.

—Exactamente. Hemos encontrado a un tal Itzhak Steiner. ¿Le dice algo?

—¿Debería?

Los modales de aquel hombre estaban resultando impertinentes. Muy seguro debía de estar de sus contactos para hablar así a un teniente de la Gestapo.

—Yo diría que sí —repuso cortante Schlüter—. ¿No encuentra parecido entre Itzhak Steiner e Itzhak Stenger? Incluso el nombre de pila es el mismo.

—No sé mucho sobre nombres judíos —contestó con cierto desprecio el decano—, pero tengo la sensación de que ese nombre es bastante común entre ellos.

—Tal vez —Schlüter estaba irritándose por momentos—. No me ha dicho aún si lo conoce y, si es así, por qué no me había hablado de él.

—Que yo sepa, usted no me había preguntado. Es la primera vez que me habla de él. Sí, conozco a Steiner, pero no sabía su nombre de pila, así que no pude caer en la coincidencia.

—Entiendo. ¿Y cree que podría tratarse…?

—No —cortó tajante el decano—. El hombre que usted busca no es Steiner.

—¿Cómo puede estar tan seguro? —preguntó Schlüter, asombrado por tan contundente respuesta.

—En primer lugar, Steiner se dedicaba a la física convencional. Su campo eran las ondas, luego no tenía nada que ver con la física subatómica ni con la aeronáutica.

—Pero estudió el sonar…

—Nada que pueda ser determinante en el desarrollo de la guerra, tal y como requería su investigación. Perteneció al equipo de la Universidad de Colonia al frente del cual estaban mis colegas Frenzel y Schultes. Y ahí viene el segundo de los impedimentos.

Schlüter se percató de inmediato de la diferencia: Steiner no era «colega».

—Su hombre debería ser vital en el proyecto en el que se encuentre, y Steiner era un simple adjunto.

—He oído decir que era un genio.

El bufido despectivo confirmó las sospechas de Schlüter. Los prejuicios raciales del decano le impedían reconocer la superioridad de un judío.

—¿Se lo ha dicho él? —preguntó indignado—. Steiner siempre ha sido un farsante. Intentó robar la gloria del descubrimiento a mis colegas, pero, obviamente, la comunidad científica y el partido no se lo permitieron. Fue un colaborador, uno de tantos.

Schlüter se imaginó al decano en su despacho hecho una furia, tratando de mantener la compostura con un vulgar policía como él.

—Además, hay otro motivo. Steiner escapó, como la rata que era. No está en Alemania, inspector —el decano recuperaba el campo perdido, disfrutando con su golpe mortal—. Está en América.

—Ya no, decano —dijo Schlüter, colgando el teléfono y dejando con la palabra en la boca al indignado decano, y repitió para sí—: Ya no.