Proyecto Moisés

Iñaki Biggi · Capítulo 27 de 31

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Proyecto Moisés

Capítulo XXV

 

Miércoles, 19 de abril de 1944

Friedrichskoog, Alemania

Sentados alrededor de una mesa, Brown y Von Weizsäcker aguardaban, cada vez más impacientes, el regreso de Weidenfeld, que ya hacía rato que los había dejado en aquella taberna portuaria.

Además de su mesa, solo otras dos estaban ocupadas. Desde una de estas, unos viejos y ociosos pescadores los examinaban con recelo; en la otra, un grupo de cinco miembros de la marina alemana debían de estar celebrando el cumpleaños de uno de ellos, por cómo alzaban las jarras y se daban empujones y abrazos.

Por fortuna, ninguno de ellos había sentido la misma curiosidad por los desconocidos que habían experimentado los silenciosos pescadores de la zona.

—Estese tranquilo y no los mire —susurró Brown, viendo cómo el teniente se agitaba en su sitio.

Las jarras de cerveza de ambos estaban vacías, lo que no parecía complacer al tabernero. Brown dudaba entre pedir otra ronda o seguir allí sentado, ignorando las miradas del camarero. Por fin decidió que era mejor mantenerse quieto. Un gesto para que les sirvieran o una palabra del nervioso piloto alemán podría atraer la atención de los soldados.

—¿Por qué tardará tanto? —susurró el teniente, adelantando la cabeza.

—Tranquilo, ya vendrá —repuso el coronel americano, acercándose la vacía jarra a los labios, como si una última gota estuviese aguardando en el fondo.

Instantes después, la puerta de la taberna se abrió y los dos hombres levantaron la mirada. Para su desilusión, no se trataba de Weidenfeld, sino de otro grupo de marinos. Cuatro de ellos eran muy jóvenes y los otros dos, que lucían galones, más veteranos. Ninguno de los seis echó siquiera un vistazo a los allí reunidos. Intercambiaron unas chanzas con sus compañeros acodados en la barra y se dispusieron a beberse parte de la paga.

Brown mantuvo alejada la mirada de los alborotadores, concentrándola en el fondo de la jarra, mientras envidiaba la situación del resto de sus hombres, escondidos en un chamizo para guardar barcas, cerca de las marismas, a las afueras del pueblo. Seguro que ellos se encontrarían más tranquilos; incluso alguno habría aprovechado para echar un sueño a la espera de su regreso.

 

Tal y como había calculado Von Weizsäcker, habían llegado hasta la costa del mar del Norte en el Junkers sin ningún problema cerca del amanecer. Brown se había quedado sorprendido al ver que nadie los perseguía. No podía saber que, en realidad, los alemanes no los estaban buscando, ya que habían descartado la posibilidad de un atentado en la explosión del laboratorio.

Ciertamente, habían tenido alguna dificultad para despegar del aeropuerto de Tempelhof, donde les habían disparado hasta que lograron alcanzar una altitud segura, pero se habían dado prisa en escapar del alcance de las balas. Los focos y cañones antiaéreos del campo de aviación, acostumbrados a reaccionar ante una alarma de bombardeo, no por el robo de un avión, habían tardado más de la cuenta en atacar, lo que permitió al comando adentrarse en la noche.

La escasa luz del alba les había dejado ver la superficie terrestre bajo el aparato, con sus solitarias marismas cruzadas por estrechos canales, surcados esporádicamente por algún barco pesquero que salía a faenar.

—Coronel —había gritado Von Weizsäcker sobrevolando la franja—. Tomaremos tierra aquí. Será accidentado. El tren de aterrizaje no podrá rodar sobre la marisma y se quedará clavado, o se partirá. Átense los cinturones y estén preparados para las sacudidas.

El comando había seguido las instrucciones del piloto. Amarrados en sus asientos, habían metido la cabeza entre las rodillas con las manos en la nuca, dispuestos a lo que no tardaría en llegar. En la cabina, Weidenfeld había empezado a gritar a medida que se acercaba el suelo.

En el último momento, Von Weizsäcker había levantado el morro un poco para desacelerar y evitar que las ruedas delanteras se clavaran. El aparato había tocado con la cola y enseguida el morro cayó. La sacudida fue brutal; el tren delantero se había partido y el pájaro se había deslizado decenas de metros sobre la panza hasta detenerse. Aun estando ya aterrizados, Comadreja había seguido aullando como un loco.

—Está bien, sargento. Ya estamos en tierra —se había burlado el piloto alemán, mientras se secaba el sudor que le corría por la frente.

—Vamos, ¡abajo! —había ordenado Brown, soltándose el cinturón—. ¿Están todos bien?

—¡El teniente va a dejar de estarlo en cuanto consiga soltarme! —había ladrado Comadreja con su voz rota—. ¿Querías matarnos, asqueroso hijo de perra?

—Tranquilícese, Weidenfeld. No tenemos tiempo que perder. Los alemanes no tardarán en descubrir dónde está el pájaro que les hemos robado y nos seguirán los pasos. Hay que alejarse de aquí. ¿Podríamos esconder el avión, teniente?

—No, señor. No hay donde esconderlo y, aunque encontráramos un sitio, no podríamos moverlo de aquí ni remolcándolo. Está anclado.

El comando había dejado atrás el avión a paso ligero hacia el norte, tratando de alcanzar un lugar donde guarecerse. Ocho hombres andando por las marismas a esa hora de la madrugada era más que sospechoso, y en medio de la extensa llanura serían descubiertos desde lejos.

La fortuna los había acompañado y habían encontrado refugio en una caseta, que a buen seguro su dueño utilizaba para guardar y reparar pequeñas embarcaciones y que aparentaba no haber sido usada desde hacía tiempo. Desde allí, podían ver a lo lejos la silueta de un grupo amplio de casas, señal de que se acercaban a una población, donde podrían encontrar un barco que los trasladara a la isla de Helgoland.

—Será mejor que nos separemos —había dicho el coronel, mientras los hombres revisaban el chamizo en busca de algo útil o comestible—. El teniente, Weidenfeld y yo iremos a buscar un barco. Los demás esperarán nuestro regreso aquí sin moverse.

—Sería mejor que fuera yo solo —había propuesto Comadreja.

—No. No conocemos la zona. Si el teniente está en lo cierto, se trata de un pueblo pesquero donde todos se conocerán. Un desconocido levantaría sospechas y podría necesitar ayuda si es descubierto. Capitán, disponga una guardia, y que el resto descanse. No hagan ruido. Si alguien se acerca, traten de evitar un enfrentamiento.

Los tres habían abandonado el chamizo, dirigiéndose más al norte. La silueta de las casas en tamaña planicie parecía estar más lejos de lo que habían calculado y tardaron un buen rato en entrar en el pueblo por la orilla del río.

La cervecería estaba al lado del puerto. Mientras Weidenfeld se iba a dar una vuelta por la zona del puerto, Brown y Von Weizsäcker habían entrado y pedido una cerveza. Ocuparon una mesa próxima a la ventana, con la esperanza de poder controlar el exterior desde su posición, pero los cristales estaban sucios a causa del salitre y apenas se veía nada.

Los parroquianos los habían mirado con desconfianza al entrar, sin decir nada, siguiéndolos con la mirada hasta la mesa. Desde la barra, el camarero tampoco parecía muy convencido de aquella presencia extraña, pero habían pagado con buen dinero y no era cuestión de perder clientes, así que les acercó un pequeño plato con unos camarones.

 

Hacía ya más de tres horas que no se movían de la mesa. Las jarras estaban vacías y calientes de tanto manosearlas, y el tabernero ya no estaba tan bien dispuesto. ¿Dónde se había metido Weidenfeld?

Los marineros llevaban ya unas cuantas rondas, y los gritos arreciaban entre canciones y risotadas y las miradas entre asustadas y reprobatorias de los escasos parroquianos. Cuando se abrió de nuevo la puerta, los dos hombres por fin respiraron aliviados. Comadreja estaba de vuelta y parecía tener buenas noticias, a juzgar por la sonrisa que lucía.

También los marineros de la Kriegsmarine sintieron curiosidad por el recién llegado. Examinaron al individuo, calvo, con barba de varios días, una sonrisa en la cara y una desagradable cicatriz en el cuello que se sentaba a la mesa donde parecían estar esperándolo los dos silenciosos hombres que llevaban tanto rato sin beber.

—Ya lo tengo —dijo Weidenfeld en voz baja—. ¿Hay una cerveza para mí?

—No —repuso Brown—. El camarero no deja de mirarnos. Será mejor que nos marchemos cuanto antes.

—Parecerá aún más extraño —se quejó Comadreja—. Deje que pida una ronda para todos.

Brown iba a contestar, pero se calló al darse cuenta de que uno de los marineros se había acercado a la mesa.

—¿Von Weizsäcker? ¿Franz von Weizsäcker? —preguntó en alemán.

Von Weizsäcker se giró como si alguien lo estuviera apuntando con una pistola. Miró al soldado, que lo inquiría con rostro de duda, y sin querer volvió a darle la espalda.

—¡Sí, eres tú! ¿No te acuerdas de mí? Soy Hans Gunkel. Estudiamos juntos, ¿no te acuerdas?

Von Weizsäcker volvió a mirar al soldado y fingió estudiar aquel rostro. No le decía nada, pero sería mejor seguirle la corriente. Había sido reconocido, y la cosa se podía agravar.

—¿Gunkel? Sí, ahora caigo —respondió, también en alemán, tratando de ocultar sin éxito su nerviosismo—. No te había reconocido.

—Tú también estás bastante cambiado. ¿Qué haces por aquí?

—He venido a visitar a unos parientes —respondió Von Weizsäcker—. Estos son mis tíos, en realidad primos de mi padre.

Brown no había entendido nada de lo dicho, pero sonrió cuando el soldado se giró hacia él.

—¡Vaya, qué sorpresa! Alguien me había dicho que te habías alistado en la Luftwaffe y que te habían derribado en Inglaterra.

—No, a mí no. Derribaron a mi hermano —contestó Von Weizsäcker rápidamente—. ¿Te acuerdas de Otto?

—¡Claro que sí! —repuso el marinero, aunque estaba claro que no era cierto—. Pobre Otto. ¿Sabes si sobrevivió?

—No lo sé.

—Bueno, no te preocupes demasiado. Si está vivo, pronto podrás volver a verlo, en cuanto derrotemos a esos cerdos.

El soldado estaba un tanto ebrio y se mostraba eufórico.

—Yo me alisté en la marina, como puedes ver —dijo, mostrando la manga del uniforme, donde lucía un ancla con un galón debajo—. Alférez. ¿Qué te parece?

—Enhorabuena.

—¿Por qué no te tomas algo con nosotros? Vamos, te invito a una cerveza.

—No, gracias. Mi tía nos está esperando. Y tiene muy mal genio. Ya sabes cómo son las mujeres de los pescadores.

—Sí, claro. Bueno, en otra ocasión será. Me alegro de haberte visto.

—Lo mismo digo.

Von Weizsäcker y Weidenfeld se pusieron en pie para despedirse, y Brown hizo inmediatamente otro tanto. Abandonaron juntos la cervecería bajo la mirada del sargento de la marina, al que no había hecho mucha gracia que el teniente hubiese rechazado su invitación.

Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, el piloto le contó a Brown su conversación con el alférez de la Kriegsmarine.

—No se ha quedado convencido —dijo el coronel—. Ese hombre puede suponer un peligro. Tal vez le dé por indagar.

—¿Y qué hacemos? Es imposible cargárselo, rodeado de tantos soldados —apuntó Comadreja con su voz rasposa.

—¿Qué es lo que ha conseguido? —preguntó Brown, dejando a un lado el tema del marinero alemán.

—Un pequeño barco camaronero —dijo Weidenfeld—. El patrón es un frisón nacido en Helgoland. Se llama Koert Radbod.

—¿Es de fiar?

—Es probable —contestó Weidenfeld encogiéndose de hombros—. Tiene motivos sobrados para odiar a los nazis. Ha vivido toda la vida en Helgoland, hasta que la marina alemana desalojó la isla para que la ocuparan sus tropas, pero antes los obligaron a cavar túneles y trincheras por toda la isla. Los frisones no se sienten alemanes, y los nazis no se fían de ellos, porque anteriormente la isla estuvo bajo dominio británico.

—¿Por qué se arriesga? —quiso saber Brown.

—Según parece, con tanto submarino y barco de guerra removiendo las aguas, que además están minadas, no hay mucha pesca; se gana la vida con el contrabando. Lleva con él cuatro tripulantes. Dos de ellos también son de la isla. Uno es su hermano pequeño, y el otro está casado con una de sus hermanas. Los otros dos son daneses.

—¿Le ha explicado por qué queremos alquilar el barco?

—Le he dejado ver que se trata de algo de contrabando.

Brown reflexionó un buen rato mientras caminaban hacia el chamizo, donde aguardaba el resto del comando.

—Es muy arriesgado, pero no tenemos tiempo. ¿Cuándo embarcaremos?

—Mañana, al amanecer. He visto el barco y pasa desapercibido. Es un viejo camaronero, igual a otros muchos.

—¿Cómo pagaremos?

—No lo haremos —contestó tranquilamente Comadreja.

—¿No le ha pedido nada por adelantado? —preguntó Brown extrañado.

—Le he prometido una buena suma cuando acabe esto. Ahora no tiene con qué mercadear, y quiere salir a pescar algo, así que no pierde nada.

—Demasiado fácil —respondió Brown, rascándose la barba de varios días —. Mañana veremos a ese tal Radbod. Si no me gusta, él tampoco subirá a ese barco.

—¿Y qué hacemos con el hombre que me ha reconocido? —preguntó Von Weizsäcker, que seguía inquieto.

—No podemos hacer nada. Confiemos en que se olvide de usted. En cualquier caso, en un par de días estaremos lejos.

 

Jueves, 20 de abril de 1944

Cancillería del Reich, Berlín, Alemania

El general Kaltenbrunner repasaba unos informes en su despacho cuando unos tímidos golpes en la puerta llamaron su atención.

—Perdón, general —dijo su ayudante, asomando por la puerta—. Tiene una llamada. Me han asegurado que usted la estaba esperando.

El colérico general descolgó el auricular e hizo un gesto para que su ayudante se retirara. Escuchó lo que le decían desde el otro lado de la línea mientras se frotaba pensativamente la cicatriz que le cruzaba la mejilla; formuló un par de preguntas y colgó sin despedirse. Durante un rato, no hizo otra cosa que repasar la herida que le desfiguraba el rostro.

Finalmente se confirmaba que había sido un atentado. No es que Kaltenbrunner tuviera la menor duda, a pesar de los desmentidos por parte de la Luftwaffe y del director del laboratorio, el primo del almirante Dönitz, pero al general le gustaban las cosas bien atadas, y ahora lo estaban. El rastro de explosivos constituía una prueba inequívoca.

Sin embargo, no era eso lo que le preocupaba, sino el hecho de que hubieran descubierto el cadáver del judío en un lugar en el que no debería estar. El cuerpo se encontraba entre los restos del tejado y presentaba varios orificios de bala en la espalda. Hasta el momento, era el único científico al que habían localizado, pues sus colegas aún permanecían aplastados en el sótano, bajo toneladas de escombros.

Así que el comando había contactado con Steiner. ¿Qué les habría contado este? El asunto se agravaba, aunque Kaltenbrunner era optimista. Al fin y al cabo, como había señalado el reichsführer Himmler, el judío ignoraba el enclave en el que se hallaba el astillero y los aliados no podrían encontrarlo. Además, la prueba final del cavitador de ultrasonidos había resultado un rotundo éxito, y pronto el mundo entero tendría motivos para lamentarlo.

Sin embargo, Kaltenbrunner era un hombre metódico al que no le gustaban los cabos sueltos, así que, descolgando de nuevo el auricular, concertó una entrevista de urgencia con el reichsführer.

 

Sentado muy erguido ante su escritorio, el reichsführer Heinrich Himmler atendía al teléfono con una sonrisa torcida, mientras el general Kaltenbrunner, al otro lado de la mesa, aguardaba impaciente. Cuando finalmente Himmler colgó el auricular en la horquilla, exclamó con una alegría mal contenida:

—El führer está muy disgustado con nuestro querido comandante supremo de la Luftwaffe por la destrucción del laboratorio.

El general Kaltenbrunner no dijo nada.

—No lo veo convencido, Kaltenbrunner —dijo Himmler, observando el semblante taciturno de su lugarteniente—. No hay de qué preocuparse: la prueba del cavitador de ultrasonidos ha sido un completo éxito. El führer tendrá su arma, tal y como le prometí, y con ella ganaremos la guerra.

El reichsführer se quitó las gafas y, con un paño impoluto, las limpió de forma concienzuda, antes de añadir:

—Ese comando se ha encargado de eliminar al judío, al que ya no necesitamos, y ha hecho caer en desgracia al mariscal Goering. Deberíamos estarle agradecidos.

—Contactaron con el judío, señor —apuntó el general, sin dar su brazo a torcer.

Nada más llegar al despacho del reichsführer, había puesto a este en antecedentes sobre las circunstancias en las que había sido hallado el cadáver del científico.

—Tal y como yo lo veo —dijo Himmler, poniéndose de nuevo las gafas con delicadeza—, los miembros del comando trataron de secuestrar al judío y, antes de que pudieran sacarlo del laboratorio, los centinelas acabaron con él. No creo que tuvieran tiempo de hablar. En cualquier caso, ¿qué les podría haber revelado? Desconocía dónde ocultamos los submarinos.

—Creo que, de alguna manera, el comando ha logrado descubrirlo, señor.

—¿Cómo dice?

A pesar de que el reichsführer no había alterado su tono de voz y de que Kaltenbrunner era mucho más corpulento, este pareció encogerse cuando respondió:

—Hace dos noches —explicó el general, removiéndose en su asiento—, alguien robó un avión en el aeropuerto de Tempelhof. Le perdieron la pista antes de que pudieran salir cazas para interceptarlo. La Gestapo investigó el caso y llegó a la conclusión de que se trataba de un grupo de desertores…

—¿Y bien?

—Han hallado el aparato cerca de Brunsbüttel, a la orilla del mar del Norte. A unos ochenta kilómetros de Helgoland.

Himmler, con la mirada fijada en su lugarteniente, no movió un solo músculo.

—El avión está en perfectas condiciones —continuó el general, cada vez más nervioso—, salvo el tren de aterrizaje, que se habrá partido al tocar suelo, lo que indica que pudieron tomar tierra.

—¿Cómo ha podido suceder tal cosa?

—No podemos estar seguros de que sean conscientes de dónde se encuentran —se apresuró a aclarar Kaltenbrunner—. Tal vez fuese el punto por el que trataban de escapar del país. Puede que un submarino, o un avión, los estuviese esperando. Quizá crean que su misión ha tenido éxito y simplemente están volviendo a casa.

—Demasiada coincidencia —descartó Himmler—. Tenemos que dar por supuesto que conocen dónde se encuentra el astillero.

—Podríamos desplazar un destacamento a la isla con alguna excusa.

—¡No! Los informadores de Göring o de Bormann se darían cuenta. Debemos proteger la isla sin llamar la atención. No olvide que Helgoland está bajo jurisdicción de la Kriegsmarine. Un destacamento de las SS pondría muy nervioso al almirante, y nos descubriría. Debemos asegurar la sorpresa total para que, cuando los aliados embarquen sus tropas, podamos golpearlos con dureza y destruir sus ejércitos.

—Pero tenemos que atrapar al comando antes de que pueda llegar a la isla…

—No, si eso requiere desvelar el Proyecto Moisés. A fin de cuentas, no pueden hacer nada. La cueva donde están escondidos los submarinos es un búnker natural. No les resultaría tan fácil de destruir como el laboratorio. Tenemos que proteger las instalaciones con discreción.

—Si me permite, señor —dijo Kaltenbrunner, echando su corpachón hacia delante—, hay un inspector en la Gestapo que ha estado persiguiendo al comando desde su llegada.

El general explicó detalladamente todo lo relacionado con la investigación de Schlüter, desde el mensaje facilitado por una fuente infiltrada en el Alto Mando aliado, hasta el arresto domiciliario que le había sido impuesto.

—He leído su expediente, señor, y es un buen policía. Creo que, si se lo hubiesen permitido, tal vez ahora tendríamos en nuestras manos al comando. Podríamos ofrecerle algo de información y mandarlo a Helgoland.

—¿Un solo hombre?

—Con un equipo —propuso Kaltenbrunner—. Agentes de la Gestapo investigando la posible presencia de saboteadores en una base de submarinos estratégica. Nadie sospecharía nada.

—De acuerdo —asintió Himmler. Vio que el elegante reloj suizo de pared que adornaba la estancia marcaba las nueve y media de la noche—. Envíelo mañana a primera hora. Pero recuerde: ante todo, discreción. Que no levante sospechas.

 

Viernes, 21 de abril de 1944

Mar del Norte, frente a la costa alemana

Desde la cabina del pesquero, el coronel Brown y el capitán Pickeray estudiaban a través de sus prismáticos la isla que se levantaba ante ellos a cuatro millas de distancia. El mar revuelto y la persistente lluvia no favorecían la labor de los dos hombres.

Empuñando el timón del camaronero, su patrón gobernaba la nave sin sentir la misma curiosidad que el comando. El capitán Radbod había nacido y vivido muchos años en aquella isla y conocía de memoria sus playas y acantilados.

—No pensé que fuese tan pequeña —comentó Pickeray, sin dejar de mirar por los prismáticos.

Brown no contestó. Realmente, Helgoland era poco más que un peñón. Abandonada en la inmensidad del mar, la isla era más larga que ancha. Al sur, unos diques artificiales en forma de pinzas de cangrejo resguardaban los navíos de guerra alemanes que estaban anclados para repostar, armarse o hacer pequeñas reparaciones. Sobre el puerto, varias hileras de pequeñas casas de madera y algunas fortificaciones para las defensas y los cañones de largo alcance era todo cuanto contenía aquel peñasco.

El objetivo estaba situado al norte, en los acantilados de sesenta metros en vertical batidos por las olas. Allí, una cueva ensanchada por la mano de obra esclava utilizada por los nazis había sido tapiada con un pesado y robusto portón de acero, pintado del mismo color rojizo que la roca donde se engastaba. Por aquel portón habrían de entrar y salir aquellos extraños submarinos, capaces de causar la destrucción del ejército más poderoso que había conocido la humanidad.

El patrón del pesquero sacó la cabeza por una de las ventanillas y gritó algo en danés a uno de sus tripulantes. Estaban simulando faenar, y los marineros, a los que se habían sumado, por orden del coronel, Weidenfeld y Villar, manejaban las redes como si esperasen hacer una buena captura. Con el motor diésel sin forzar, el camaronero se balanceaba entre el oleaje, avanzando con lentitud.

—No veo nada —dijo el coronel americano.

—No es fácil —contestó el capitán Radbod, en un inglés con fuerte acento alemán, sin apartar la mirada del aparejo de babor—. Lo han disimulado bien.

—A mí me parece que la pared es sólida —dijo Pickeray.

—La mar está revuelta, y quedan un par de horas para la marea baja. Entonces nos acercaremos un poco más y podrán verlo mejor. Los nazis se pondrán un poco nerviosos, pero nos alejaremos antes de que vengan a ver qué estamos haciendo.

—¿Cómo lo descubrió usted? —preguntó Brown, mirando al capitán Radbod.

—Como los demás —contestó el patrón, encogiéndose de hombros—. Llevo toda una vida en estas aguas, y terminas conociendo palmo a palmo la costa.

Brown volvió a mirar por los prismáticos. Nada. No era capaz de distinguir la grieta que, como Radbod afirmaba, delataba la presencia de una construcción artificial en medio del acantilado, pero, si el patrón del camaronero se lo aseguraba, estaba dispuesto a creerlo.

Solamente hacía un día que el oficial americano había conocido al capitán frisón, pero desde el primer momento había decidido que aquel fornido pescador, de manos grandes y encallecidas, rostro barbudo severo, ajado por el salitre del mar y que no hablaba más de lo estrictamente necesario, era un hombre de fiar.

El suspicaz oficial americano, tras conocer por boca de Weidenfeld el trato al que este había llegado con el patrón del pesquero, no había querido correr riesgos y había dejado vigilando el puerto a Gato, que, de sus tiempos de ladrón, ya poseía larga experiencia en tales menesteres y sabía cómo pasar desapercibido, incluso en un lugar donde cualquier desconocido llamaría la atención.

A la mañana siguiente, tal y como habían acordado con el patrón, Brown, acompañado por Weidenfeld, Villar y un somnoliento Riggs, se había presentado, antes de que el sol asomara por el horizonte, en el puerto, donde la actividad ya había comenzado. Los pescadores, bien pertrechados para la lluvia, embarcaban cajas vacías donde guardar las piezas que confiaban atrapar, redes, combustible y todo cuanto iban a precisar para una jornada de intenso trabajo.

Con paso resuelto, y como si fueran tripulantes de uno de los camaroneros que se aprestaban a zarpar, los cuatro se dirigieron al pesquero que lucía en su borda el nombre de Fiona. Comadreja había saludado a la tripulación con camaradería, como si fuesen viejos amigos, y se había presentado al capitán Radbod. Brown había dejado que Comadreja, el único de los cuatro que podía hablar en alemán, llevara la conversación.

—Buenos días, capitán —había saludado el estraperlista—. Bonito barco.

—¿Estos son sus hombres? —había preguntado Radbod, fijando sus ojos, de un gris muy pálido, en el comando.

—Parte de ellos —contestó de forma vaga Weidenfeld—. Todavía tendremos que recoger a un par más.

—¿Y dónde se encuentran? Vamos a zarpar enseguida.

—No se preocupe, capitán. Nos esperan en el canal, antes de salir al mar.

Brown, a pesar de no haber entendido nada de lo que se hablaba, no había perdido detalle de la conversación, centrando su atención en estudiar al patrón del pesquero, lo que no se le había escapado a este. Mientras, Riggs y Villar, tal y como les había ordenado el coronel, no perdían de vista cuanto ocurría a su alrededor.

Sin perder tiempo, el capitán Radbod había ordenado soltar las amarras y, dando potencia al motor, había separado el barco del atracadero, encaminándose al canal por donde saldrían al mar. La tripulación les proporcionó unos remendados chubasqueros y unos gorros con los que protegerse de la lluvia.

Diez minutos más tarde, Weidenfeld había llamado la atención de Radbod sobre los otros cuatro hombres que aguardaban cerca de la orilla. Cuando todos estuvieron a bordo, el Fiona se adentró en el mar.

Durante las dos primeras horas, los miembros del comando se habían mantenido escondidos en la bodega, todos menos Weidenfeld, Von Weizsäcker y Brown, que habían acompañado a Radbod en la estrecha cabina. El mar se había empezado a revolver enseguida, al igual que el estómago de alguno de ellos, poco habituados al vaivén de las embarcaciones.

El capitán Radbod había preguntado discretamente en qué consistía aquel contrabando, y Comadreja había contestado vagamente, pero al perspicaz patrón no se le habían escapado las miradas que lanzaba el estraperlista a Brown.

—¿Es usted el jefe? —había preguntado Radbod en alemán, dirigiéndose directamente al silencioso comandante; y, viendo las miradas de nerviosismo de Von Weizsäcker y Weidenfeld a su mudo compañero, repitió en un más que aceptable inglés—: ¿Es usted el jefe de estos hombres?

Brown se había quedado un momento en silencio, estudiando al patrón, que no dejaba de atender al gobierno de la nave.

—Sí, lo soy.

—¿Y puede decirme de qué va todo esto?

El coronel se debatía entre mentirle o contarle la verdad. Ahora dependían de la pericia de aquel marinero, y tarde o temprano este habría de enterarse de que su objetivo era la isla. Ellos eran ocho, y los tripulantes solo cuatro. Si Radbod trataba de traicionarlos, al comando no le sería difícil hacerse con el barco. Pero lo que había decidido a Brown era su instinto para catalogar a los hombres.

—Creo que conoce bien la isla de Helgoland —dijo Brown.

—He vivido allí toda mi vida, hasta que nos echaron los nazis —se limitó a contestar Radbod, sin mostrarse extrañado.

—Debemos llegar allí sin que nos descubran.

—Eso no será fácil. ¿Se trata de la cueva?

Los hombres se miraron sorprendidos. ¿Radbod conocía la existencia de aquella cueva?

—¿Cómo sabe eso?

—Llevo más de cuarenta años faenando en estas aguas.

—¿Sabe lo que contiene la cueva? —había preguntado Brown, entornando los ojos.

—No. Los nazis lo han escondido bien —contestó el patrón del camaronero sin poder facilitar más información.

—Habla usted un buen inglés —comentó Brown, sin desviar la atención del frisón.

—Cuando yo era niño, Helgoland estaba en manos de los ingleses — respondió Radbod sin darle la menor importancia.

Dejándolo estar, Brown había decidido que Pickeray y él mismo ocuparían la cabina junto a Radbod, mientras que Weidenfeld y Villar ayudarían a la tripulación. El resto se mantendría escondido en la bodega.

Aquella jornada, Brown y Pickeray, con la colaboración de Radbod, habían estudiado aquellas aguas y, muy de lejos, la isla. El patrón había tratado de acercar la embarcación un poco más, pero la actividad por allí había sido intensa, con varias partidas y llegadas de submarinos alemanes.

Finalmente habían llegado a la conclusión de que el asalto debería ser nocturno. Radbod, pese a la impaciencia de los hombres del comando, les había recomendado esperar a la siguiente noche, prometiéndoles un mar algo más calmado, y Brown, tras consultar con Pickeray, había dado su visto bueno. Al fin y al cabo, nadie podía conocer sus intenciones y aún tenían margen para contactar con el submarino que supuestamente debería venir a recogerlos.

 

Sin dejar de examinar la isla, Brown trazaba en su cabeza el plan de ataque; calculaba el tiempo necesario para desembarcar en ella, llegar a la cueva, poner las cargas y huir.

Todo tenía que encajar a la perfección. El barco habría de acercarse lo más posible a la costa, alejarse rápidamente para no despertar sospechas y volver a recogerlos en el mismo punto donde los había dejado a una hora convenida. Pero tampoco podía permitirse un margen muy alto. Cada minuto que permanecieran en la isla, el riesgo de ser descubiertos se multiplicaría.

Además, y eso era lo más importante, según había asegurado el profesor Menchaca, resultaba vital que la detonación de la cueva coincidiese con la marea más alta, para que el mar, una vez reventado el portón, entrase furioso y arrasara con todo cuanto encontrara a su paso, apuntillando los destrozos causados por la explosión.

Ya conocían el punto exacto de su objetivo y la ruta que habrían de seguir. Horas antes, tal y como prometiera el capitán Radbod, con la marea en su punto más bajo, se habían aproximado al acantilado noroeste para que el coronel pudiera apreciar el enorme portón de acero tras el que se ocultaba la cueva. Brown no había tenido más remedio que reconocer la habilidad desplegada por los alemanes en aquella obra de ingeniería.

Quedaba un resto de luz, y el coronel aprovechaba para grabarse en la mente los detalles de aquel peñasco surgido del mar. Echó un vistazo a su reloj: las ocho y cinco de la tarde. En diez minutos el sol desaparecería por el horizonte. Entonces cenarían el potaje de pescado que la tripulación preparaba, descansarían un rato y se prepararían.

La marea alta sería a las once, y Brown había decidido que llevarían a cabo la operación en noventa minutos. El desembarco comenzaría a las nueve y media.

 

El inspector Schlüter, sentado ante el escritorio del general Kaltenbrunner, aguardaba inquieto a que este colgara el auricular del teléfono, desde el que estaba impartiendo instrucciones a alguien que, a buen seguro, estaría tan preocupado como el propio Schlüter.

El inspector no había estado nunca en la Cancillería del Reich, y todos aquellos pasillos llenos de uniformes con medallas, condecoraciones y galones solo habían conseguido ponerlo más nervioso.

A las ocho de la mañana, cuando el inspector arrestado se había dispuesto a desayunar su aguado sucedáneo de café con un mendrugo de pan y algo de queso, unos fuertes golpes en la entrada —la peor pesadilla de cualquier alemán esos días— habían conseguido que el rostro animado de Leyna se contrajera en un rictus de angustia. Antes de ir a abrir la puerta, Schlüter, con el corazón latiéndole cual caballo desbocado, había intentado tranquilizar a su esposa con una sonrisa que semejaba una extraña mueca.

—Inspector Schlüter, debe acompañarnos —había ordenado uno de los dos agentes de la Gestapo que se encontraban en el descansillo frente a su domicilio. En la escalera no se había oído ni el vuelo de una mosca, aunque, con toda seguridad, tras cada puerta al menos una oreja debía estar escuchando con el aliento retenido.

—¿Puedo saber dónde?

—Tenemos órdenes de acompañarle a la Cancillería del Reich.

¡La Cancillería del Reich! Leyna, con el rostro blanco, se había tapado la boca con una mano, mientras estrujaba el delantal con la otra. Al menos, había pensado Schlüter, los agentes habían utilizado su rango para dirigirse a él, lo que era una buena señal. Si hubiesen venido para llevarlo a un calabozo, se hubieran limitado a agarrarlo por los brazos, ponerle unas incómodas esposas y arrastrarlo hasta el vehículo que se encontraría esperando fuera y del que la gente corriente se apartaba como si de un coche fúnebre se tratara.

—¿Puedo coger mi abrigo? —había preguntado Schlüter, tanteando el terreno.

—Desde luego, inspector.

Tras prometer a su mujer que la llamaría en cuanto pudiera, Schlüter bajó a la calle y se montó en la parte trasera del vehículo. En completo silencio, los agentes de la Gestapo lo habían conducido hasta la Cancillería, donde lo habían dejado en manos de un capitán de las SS.

Momentos después, el asistente personal del general Kaltenbrunner había acompañado a un cada vez más desconcertado inspector hasta el despacho del general.

Kaltenbrunner, quizá para amedrentarlo un poco más, lo había tenido quince minutos de pie, frente a su escritorio, sin dirigirle ni una mirada. Pasado ese tiempo, el general había roto el opresivo silencio, tras estampar una elaborada rúbrica en uno de los expedientes que había estado leyendo.

—Inspector, Schlüter. Se preguntará qué hace aquí.

—Desde luego, mi general —contestó Schlüter educadamente.

—He leído su informe sobre la demolición del laboratorio hace una semana —explicó el oficial, sin andarse por las ramas—. Al parecer, usted está convencido de que se trató de un atentado cometido por un comando enemigo infiltrado, ¿es así?

—Sí, señor.

—Veo que, anteriormente, no siguió las órdenes recibidas y continuó con el acoso al doctor Dönitz y a otros colegas científicos —continuó Kaltenbrunner, escupiendo la última palabra, como si para él los científicos fuesen algo similar a ratas de alcantarilla—. Y ahora está usted arrestado.

—Sí, señor.

—¿Cuál es su teoría de lo sucedido? Cuéntemela. Desde el principio.

Schlüter, que conocía la alergia del enorme general a todo lo que fuera malgastar su tiempo, hizo una exacta y sucinta relación de los hechos, desde que le llegara la orden de investigar a un posible grupo de agentes enemigos, que iban a tratar de contactar con un científico desconocido, hasta esa misma mañana, en que los agentes de la Gestapo se habían presentado en su casa.

—Nada de lo que le diga aquí debe salir de estas cuatro paredes —dijo Kaltenbrunner con tono cortante—. A partir de este instante queda readmitido en el servicio, directamente bajo mi supervisión. Va a tener un grupo de doce hombres y un salvoconducto, firmado por el propio reichsführer, para que le faciliten las investigaciones.

—¿Qué debo investigar, mi general?

—Sus sospechas eran ciertas. Un comando enemigo contactó con el judío y voló el laboratorio. Ahora están en la costa del mar del Norte, y tiene que localizarlos.

—¿Están tratando de huir o se disponen a dar un nuevo golpe?

Kaltenbrunner disimuló su sorpresa por la aguda observación. Aquel inspector demostraba ser más despierto que la mayoría de los aduladores y obtusos agentes que poblaban el edificio en los últimos tiempos.

—Antes de trabajar en el laboratorio del doctor Dönitz, el judío estuvo en Helgoland, una isla al noroeste del país, en el mar del Norte.

Schlüter había oído hablar alguna vez de aquel peñasco que la gente de dinero solía visitar para tomarse unos días de descanso.

—Qué hacía allí no es relevante —continuó Kaltenbrunner—. Baste saber que aquello que los espías buscan se encuentra en la isla, y presumiblemente tratarán de atacarla.

—¿Sabemos si el comando enemigo está allí, señor?

El oficial le contó lo del avión robado en el aeropuerto berlinés y su aparición en las marismas de la costa.

—Hay algo más que me ha llegado hace un momento. Hace dos días, un alférez de la marina reconoció a un antiguo compañero de colegio en Friedrichskoog, un municipio cerca de Dinamarca, en línea recta con Helgoland. Según el alférez, su antiguo compañero se mostró muy evasivo, por lo que llegó a la conclusión de que se trataba de un posible desertor que pretendía escapar de Alemania por mar, y decidió denunciarlo. Hemos comprobado que el citado individuo era un teniente de la Luftwaffe derribado sobre Inglaterra hace cuatro años, al que se había dado por muerto.

Schlüter frunció el ceño. ¿Sospechaba el general que el teniente de la Luftwaffe formaba parte del comando?

—Se le mostró al alférez la foto que usted distribuyó del coronel americano y lo reconoció, sin ningún género de dudas, como uno de los acompañantes. Aquí tiene la ficha y la foto del traidor: Franz von Weizsäcker.

—¿Sabe cuándo han llegado a la costa, señor? —preguntó Schlüter, echando un rápido vistazo al expediente del piloto y grabándose aquel rostro en su memoria.

—Hace dos días.

—Si no me equivoco, general, aquella isla es una base de submarinos. Está fuertemente protegida. Necesitaría una idea de qué es lo que buscan para poder imaginar cómo atacarán.

—Esa información no se la puedo dar. Deberá encontrarlos por su cuenta. Tendrá total libertad de movimientos.

Sobre esto último Schlüter tenía sus reservas. Los orgullosos miembros de la Kriegsmarine defenderían con uñas y dientes su isla de la injerencia de la Gestapo.

—Nada de todo esto deberán saber sus hombres —ordenó el general, extendiendo a Schlüter un sobre con el salvoconducto prometido—. Partirá de inmediato para Helgoland y tomará las medidas necesarias para impedir que el comando enemigo lleve a cabo sus planes. Haga lo que sea preciso para ello, pero no los subestime. Recuerde que lograron destruir un edificio entero en el mismísimo Berlín.

—No se preocupe, general —dijo Schlüter a la vez que se levantaba, entendiendo que la entrevista había terminado—. Si aún están allí, se los traeré personalmente, y pagarán por lo que han hecho.

El general Kaltenbrunner, tras despedirse mano en alto con el saludo nazi, se quedó un buen rato mirando la puerta por la que había salido el inspector de la Gestapo antes de tomar el teléfono.

 

Sábado, 22 de abril de 1944

Friedrichskoog, Alemania

Con el brazo extendido para mostrar la foto al desagradable tabernero, Schlüter aguardaba respuesta.

—¿Ha visto a este hombre, sí o no?

El camarero fingió estudiar el rostro del retrato y negó con la cabeza.

—¿Está seguro?

El inspector empezaba a perder la paciencia. El viaje con sus hombres desde Berlín, en dos coches de la Gestapo, había resultado una odisea. Primero una avería en su vehículo, que hubo que sustituir, y después una carretera cortada por los daños producidos por los bombardeos nocturnos de los aliados, le habían hecho perder un tiempo que consideraba precioso. Se le antojaba vital dar con el paradero del comando en las próximas horas, y ya había pasado el mediodía.

Ahora aquel idiota trataba de entorpecer su investigación.

—¿Sabe? Esta cerveza está muy buena —dijo el inspector, secándose su lacrimoso ojo con el pañuelo—. Por desgracia, ya no se puede encontrar en Berlín. Allí la rebajan con más agua. ¿Dónde la consigue?

El camarero se quedó en silencio, pero el gesto de sus ojos lo delató.

—Escucha, imbécil —dijo Schlüter, bajando la voz y apoyándose en la barra—. Más vale que contestes a mis preguntas o de lo contrario dormirás esta noche en un calabozo de la Gestapo. Allí confesarás el contrabando de esta mierda y hasta tu participación en los atentados contra el führer, si hiciera falta. ¿Me he explicado bien?

El tabernero, espantado, echó un vistazo alrededor del local. Cuatro hombres con sombreros y los temidos abrigos largos de cuero sonreían sin disimulo viéndolo sufrir.

—¿Era este hombre?

El tabernero asintió repetidamente. Ya no quedaba en él nada de arrogancia.

—¿Estaba acompañado por este otro? —continuó Schlüter, mostrándole la foto del teniente de la Luftwaffe Franz von Weizsäcker.

Un nuevo asentimiento.

—Muy bien. Ahora vas a explicarle a mi compañero cómo era el tercer hombre. Quiero un retrato perfecto. Pero antes, dime: ¿cuántos más los acompañaban?

—Solo vi a otros dos —respondió el acobardado tabernero—. Uno pequeño que estuvo dando vueltas por el puerto y otro más fuerte, que parecía portugués o español.

—Muy bien. Quiero que le des a mi compañero todos los detalles. ¿Cómo se llamaba el barco?

—Fiona. Es de un capitán de Helgoland. Un buen hombre.

Schlüter se imaginó que el «buen capitán» sería el que le conseguiría la cerveza, y de ahí su reticencia a colaborar. Dejó al tabernero en manos del retratista y salió de la cervecería seguido por sus hombres.

Se acercó al puerto y miró los escasos barcos amarrados. Estaba esperando la llegada de una patrullera que los llevara hasta la isla. Con suerte, incluso podrían encontrar por el camino el barco pesquero. Había dado instrucciones a los hombres que le había asignado el general Kaltenbrunner, un pequeño ejército, para que no hicieran uso de sus armas salvo imperiosa necesidad.

—Inspector, se acerca la patrullera.

Schlüter miró hacia donde le señalaba aquel agente, al que no había visto nunca antes, pero que no se separaba de su lado ni un solo instante. Se decía de él que era un tirador de élite, pero Schlüter sospechaba que sería un novato con ganas de destacar.

—Muy bien. Mientras el dibujante termina, sigan buscando testigos. El comando lo compondrán ocho o nueve hombres, y solo tenemos la descripción de cinco. No quiero que se nos escapen en caso de que vistan uniformes de la Kriegsmarine. Dense prisa. Empezará a anochecer dentro de unas horas y debemos inspeccionar Helgoland mientras haya algo de luz.

 

Mar del Norte, tres millas al noreste de Helgoland 21:30 horas

En cubierta reinaba un silencio tenso. El comando preparaba los botes bajo la mirada nerviosa de la tripulación. El ataque se iniciaría por el costado más cercano al continente, donde los acantilados eran algo más bajos y la protección contra las olas, mayor.

Una vez que hubieran desembarcado, tendrían que alcanzar la plataforma superior, recorrer el ancho de la isla y descolgarse por el acantilado noroeste, donde se hallaba la cueva. Este plan parecía más viable, aunque el riesgo de ser detectados fuese mayor que escalar la húmeda pared donde se encontraba el portón, permanentemente batida por impresionantes olas.

Brown estaba un tanto preocupado por la escasez de explosivos y armas. Solo contaban con los diez kilos de RDX que había conseguido Weidenfeld en Berlín, los detonadores que no habían utilizado en el laboratorio berlinés, una pistola con silenciador y un arma blanca cada uno.

El coronel había consultado a Cornín, su especialista en explosivos, sobre esta escasez, pero este no le había dado demasiada importancia. Iban a volar un astillero y, por lo que conocía el guerrillero de los astilleros españoles, siempre había en ellos material más que de sobra para lanzar todo por los aires.

Además, el capitán Radbod les había podido conseguir ropa oscura y gorros de lana negros, betún con el que tiznarse las caras, dos botes con los que alcanzarían la isla, bengalas náuticas de magnesio y un bidón de diez litros de gasolina.

—Bueno, capitán —dijo Brown, tendiendo la mano al patrón del camaronero—. Ha llegado la hora. Espero verlo más tarde.

—No se preocupe, señor —contestó el frisón, estrechando la mano extendida—. Puede confiar en nosotros. Estaremos aquí a las once en punto. Encenderemos el semáforo de arrastre para guiarlos. Si la luz es verde, sabrán que es seguro. Si es roja, aléjense. Buena suerte.

—Gracias, capitán.

—Quería preguntarle algo, señor —dijo Radbod con tono serio—. ¿Ustedes saben qué ocultan los nazis en esa cueva?

—Algo que no debería existir, capitán —respondió con una sonrisa amistosa el coronel—. Será mejor que se alejen cuanto antes. Capitán Pickeray, ¿todo preparado?

—Estamos listos, señor —respondió el oficial inglés.

—Muy bien, embarquemos.

El mar, tal y como había augurado el patrón del camaronero el día anterior, se había calmado un poco. Aun así, los botes se agitaban como si de corchos a la deriva se tratara. En uno de ellos embarcaron Brown, Menchaca, Gardner y Von Weizsäcker; en el otro, el resto del comando se situó a popa del coronel. A una señal de este, arrancaron los motores fueraborda. Metían demasiado ruido en la noche. Para no alertar a la guarnición de la isla, cuando se aproximaran a la costa tendrían que tapar los motores con mantas, dejando el hueco justo para que estos pudieran respirar, aun a riesgo de quemarlos, y los últimos metros antes de hacer pie en la playa deberían salvarlos a golpe de remo.

—Las mantas —susurró Brown, mirando a través de los prismáticos las escasas luces del refugio que utilizaban los alemanes para la flota de submarinos convencionales.

El comando tapó los motores para reducir el ruido. Bajando la velocidad, continuaron acercándose a la orilla. A pesar de estar envueltos en la oscuridad, Brown pudo ver por los binoculares cómo una patrulla paseaba por la arena. Estaban a menos de doscientos metros de la playa.

—Hacia allí —susurró el coronel, señalando el punto más al norte de la playa, donde empezaban los riscos.

—Los motores se están recalentando —avisó Comadreja.

—Apáguenlos, y cojan los remos —ordenó Brown.

Diez minutos después, el primer bote, empujado por la marea, chocaba contra la roca, y Riggs, de un salto y con una cuerda sujeta a la cintura, se encaramó al saliente de una roca. Sujetos los botes, desembarcaron de uno en uno y aguardaron agachados, mientras la luz de los reflectores cruzaba por encima de sus cabezas.

—Riggs, suba y échenos la cuerda.

El ágil ladrón escaló la resbaladiza pared cubierta de hierbajos sin ninguna dificultad. Una vez arriba, esperó un buen rato, hasta asegurarse de que no había ningún comité de bienvenida aguardando. Confiado en que nadie se agazapaba tras los raquíticos matorrales que salpicaban la explanada, arrojó una punta de la cuerda y uno tras otro fueron ascendiendo sus compañeros.

La zona superior de la isla, como habían podido observar desde el pesquero, era plana y estaba inclinada de tal forma que si bien la orilla este no era muy alta ni escarpada, la que daba al oeste alcanzaba una altura de sesenta metros y tenía una caída vertical. Entre ambas, una campa de hierba salpicada por cañones antiaéreos y focos con los que iluminar a los bombarderos enemigos.

—Algo raro sucede —susurró Weidenfeld, levantando la cabeza por encima de los hierbajos para echar un vistazo alrededor—. ¿Son figuraciones mías o la guardia es demasiado numerosa?

Durante la vigilancia a la que habían sometido la isla, no habían visto semejante presencia de tropas patrullando.

—Tiene razón —contestó Brown con tono preocupado—. Algo los ha alertado.

Por toda la explanada había centinelas en grupos. Incluso en los nidos de cemento, los soldados encargados de los cañones antiaéreos y focos parecían vigilar con más atención.

—¿El capitán Radbod? —sugirió Pickeray.

—No lo creo —repuso Brown—. Ha tenido dos días para delatarnos. De todos modos, tenemos que movernos. Si nos quedamos mucho tiempo aquí, terminarán por vernos.

Con cuidado de no hacer ruido y atentos a las linternas y los focos que barrían de un lado a otro la planicie, se deslizaron entre los matorrales siguiendo a Riggs, que abría el paso bajo la persistente lluvia.

En varias ocasiones estuvieron a punto de ser descubiertos. Por fortuna, los marineros de la Kriegsmarine, que despreciaban a la tenebrosa rama policial de las SS, no se habían tomado en serio la alarma de aquel oficial del ojo lagrimoso y patrullaban con poco celo, renegando por tener que mojarse bajo la lluvia.

Tardaron veinte minutos en cubrir los escasos trescientos metros que separaban ambas orillas en su zona norte, arrastrándose lentamente y deteniéndose a cada momento, una dura prueba para los nervios de todos ellos, incluidos los de Riggs, más acostumbrado que el resto a aquellos movimientos furtivos.

Por fin alcanzaron la punta oeste, donde la tierra se terminaba bruscamente. En medio de la oscuridad, el viento que subía desde el mar alertó al comando. Si daban un paso más, caerían por el barranco. A sesenta metros por debajo de sus pies, podían escuchar cómo las olas golpeaban furiosas el acantilado.

—Riggs, prepare la cuerda —ordenó Brown, poniéndose de cuclillas y haciendo un gesto con la mano para que los demás hicieran lo mismo—. Capitán Pickeray, usted, el profesor, Gardner y el teniente se quedarán arriba.

—Señor, yo debería bajar…

—No, profesor. Esta vez no hay nadie con el que vaya a charlar. Entraremos, haremos lo que podamos para destruir la cueva y nos marcharemos.

El coronel miró su reloj antes de continuar.

—Capitán Pickeray, son las diez y cinco. Si a las once en punto no hemos vuelto, tendrán que intentarlo ustedes. Mientras, traten de mantener alejados a los alemanes. Si fuese necesario, muévanse para atraerlos a otra posición.

—Descuide, coronel. Buena suerte —contestó el oficial inglés, muy serio.

—La necesitaremos. ¿Villar, está preparado?

Cornín, con la atiborrada mochila a la espalda, en la que transportaba el explosivo y el detonador, se limitó a agarrarse de la cuerda y descender tras Riggs, que abría la cordada. Weidenfeld, con la gasolina, fue el siguiente, no sin quejarse por tener que hacer siempre la parte más arriesgada, y Brown cerraba la cordada.

A un gesto de Pickeray, los cuatro se desplazaron una treintena de metros hacia una cornisa, para poder ver cómo sus compañeros descendían, pero pronto la oscuridad los engulló, y ni siquiera pudieron escuchar sus movimientos, ahogados por el rugido de las olas.

A una señal del capitán, taparon la cuerda con unos puñados de hierbajos y, sin sitio donde guarecerse de la lluvia, se camuflaron como buenamente pudieron entre el bajo y espinoso matorral, en una tensa espera que ignoraban cuánto podría durar.

 

Por dos veces resbaló el pie de Brown en la húmeda pared, desprendiendo varios guijarros que por poco no alcanzaron a sus hombres. Con el frío era difícil agarrarse a la cuerda, que había absorbido el agua de la lluvia, dificultando el descenso. Resultaba casi imposible saber dónde ponía el apoyo, y se preguntó qué tal les habría ido a sus compañeros.

—Ya casi está, coronel —le avisó la voz del ladrón inglés.

Gato lo ayudó a sentarse en un diminuto saliente y le señaló la grieta en la roca que revelaba la entrada artificial a la cueva.

—¿Están todos bien?

—Yo no —gruñó Comadreja—. Una de las piedras que usted ha desprendido me ha golpeado en un hombro, estoy empapado y tengo frío. Quiero irme a casa.

—No se preocupe, pronto podrá hacerlo. Está bien, Riggs. Mire a ver cómo podemos entrar.