Proyecto Moisés
Capítulo XII
Lunes, 6 de marzo de 1944
Alrededores de Monmouth, Gales
En la cartola del traqueteante camión del ejército, Brown y sus hombres dormitaban, sacudidos por los continuos baches.
Pasaban de las ocho de la mañana y ya llevaban cuatro horas amontonados en la parte trasera del Bedford, sentados en los bancos enfrentados en los laterales.
El coronel americano ocupaba el extremo del portón y tenía a Menchaca enfrente. Por si acaso, habían dejado que el ladrón inglés ocupara el lugar más interior, y el resto, salvo Pickeray y Weidenfeld, que iban en la cabina, se habían ido sentando de cualquier manera.
Brown había llegado el día anterior al Descanso del Corzo pasada la medianoche. En las últimas dos semanas no había dormido más de cuatro horas diarias, moviéndose de un lugar para otro en busca de los componentes del nada ortodoxo comando, y aquella misma noche no había sido distinta.
Era de madrugada y hacía frío. Sentados alrededor de la mesa del comedor, los hombres tomaron en silencio su desayuno de revuelto de huevos y sucedáneo de café.
En un extremo de la mesa, Brown había aprovechado el tiempo para poner al corriente al capitán inglés de su conversación, la tarde anterior, con Eisenhower y Churchill y los planes para la jornada.
—Saldremos en cuanto estemos preparados —había dicho el americano —. Tenemos que llegar a Brecon. ¿Sabe dónde está?
—Claro —había respondido Pickeray—. Allí está el Centro de Entrenamiento de Infantería de Gales. Pasé un tiempo en la instrucción. ¿Quiere que entrenemos allí?
—Así es. Me han dicho que es un sitio tranquilo y alejado.
—Desde luego, coronel. Pero en invierno esas montañas son peligrosas por los rápidos cambios de las condiciones climatológicas.
—Más lo será Berlín cuando lleguemos, ¿no le parece? Bien, tenemos un camión fuera esperándonos. Usted irá con Weidenfeld delante, para guiarlo y para que no tenga tentaciones de escapar. Los demás iremos detrás.
—¿No viene la guardia con nosotros?
—No, no quiero que nadie sepa quiénes somos ni por dónde nos movemos.
En cuanto terminaron el desayuno, Brown se dirigió a los hombres.
—Caballeros, préstenme atención. El capitán Pickeray les va a hacer entrega de ropa: dos camisetas, un pantalón, unas botas y un chaquetón. Cuídenla bien. Será la única ropa de la que dispondrán.
—Coronel, prefiero la ropa que llevo puesta.
—Todos vestiremos igual, Weidenfeld. He incluido un gorro de lana. En el camión que nos está esperando tenemos sacos de dormir, mochilas y algo de comida.
—¿Dónde vamos, coronel? —preguntó Gardner.
—Se lo diré por el camino. Ahora vístanse. No lleven nada consigo. Dejen lo que hayan traído en la habitación. Tienen cinco minutos para estar en el camión. El que tarde más no comerá hoy. En marcha.
El último en llegar fue Comadreja, protestando y jadeando. Los bolsillos de su uniforme abultaban sospechosamente, pero Brown fingió no darse cuenta. Cornín, el asturiano, tenía en la boca su pipa, aunque sin cargar, y sin ningún pudor introducía en uno de los bolsillos del pantalón un envoltorio con tabaco.
—Disculpe, coronel —intervino Gardner—. ¿No llevamos armas?
—No las necesitamos por ahora. Solo el capitán y yo iremos armados. Ahora, si no hay ninguna otra pregunta, al camión.
Así se habían despedido del acogedor hotel que pronto añorarían. Sus camas iban a ser las últimas en las que durmieran durante bastante tiempo.
Con los hombres de atrás adormilados, Comadreja trataba de sonsacar al capitán inglés, pero pronto se dio cuenta de que o bien el maldito oficial no sabía nada de lo que pasaba o bien creía cuanto les había dicho Brown.
Hacía rato, desde que cruzaran el puesto militar, donde Brown había enseñado un papel para que los centinelas se cuadrasen y les permitieran continuar, que no habían visto ningún pueblo. Tan solo unas pocas y dispersas granjas indicaban que en algún momento había habido presencia humana. Según les contara Brown, se dirigían a una zona montañosa y poco poblada a la que llamaban el desierto de Gales, y ya no debía de estar demasiado lejos, quizás a una hora o dos.
La carretera se había estrechado y por momentos parecía más un camino de tierra vecinal. Se habían adentrado en una zona con algunos árboles después de haber cruzado un grupo de tres granjas abandonadas. Aquel era el momento.
Comadreja vio a unos cien metros que la carretera hacía una curva a la izquierda, flanqueada por la tímida arboleda, y aumentó con cuidado la velocidad para que Pickeray no se percatara. El camión gimió al acelerar. Al capitán inglés no le dio tiempo de darse cuenta de que iban demasiado rápido para entrar en la curva.
Weidenfeld quitó la marcha para que el camión siguiera en punto muerto, abrió la puerta y saltó, rodando por el suelo. A pesar de los esfuerzos de Pickeray por hacerse con el volante, el Bedford, descontrolado, se salió de la carretera y chocó con una roca oculta por la hierba.
El capitán se golpeó la cabeza contra el parabrisas, y se hizo una brecha en la frente, de la que empezó a manar sangre. El camión, tras el golpe, se ladeó, cayó por un pequeño terraplén, por donde pasaba un riachuelo, y se detuvo, volcado sobre un costado.
En la caja se había desatado un pandemónium. Los hombres, medio dormidos, se habían despertado con el choque, cayendo unos encima de otros, sin tiempo para sujetarse. Todo era un montón de brazos, piernas, mochilas y cajas.
Riggs había sido el más rápido en recuperarse y, al igual que un gato, había evitado que los demás cayeran sobre él. Antes de que el Bedford se detuviera, el pequeño ladrón, pasando por encima de sus compañeros, había saltado de la caja, escapando a la carrera.
Comadreja ya se hallaba lejos, corriendo como un gamo por la carretera. Su intención era regresar a las granjas por las que habían pasado, donde esperaba encontrar algún vehículo, tal vez una bicicleta o un caballo, y largarse muy lejos de allí.
En cambio, Gato corría entre los árboles, huyendo campo a través, confiando en que la vegetación le ayudaría a perderse. No había tenido pensado escapar, no al menos de momento, pero, cuando se había desatado el infierno dentro de la caja, no sabiendo qué era lo que ocurría, había reaccionado como siempre lo había hecho: huyendo.
Saltando por encima de la vegetación, de repente notó un repentino calor en una oreja, seguido por el ruido de un disparo. Inconscientemente se agachó, pero no dejó de correr. La arboleda no era tan espesa como para protegerlo de los tiros.
Otra sacudida. Esta vez, en el brazo, le desgarró el chaquetón y le provocó una fuerte quemazón en la piel, y de nuevo el sonido de la detonación que seguía a la bala.
—Deténgase, Riggs, o la siguiente será en la cabeza —gritó Brown desde el camión. En sus manos tenía un rifle con el que apuntaba al fugitivo Gato.
Solo tardó un momento este en darse cuenta de que, antes de ponerse a salvo, el oficial lo habría matado, y se resignó a detenerse. Se dio la vuelta y, sin que la boca del fusil lo perdiera de vista, regresó al camión medio volcado, donde Brown, en precario equilibrio sobre el asiento de la caja, asomaba medio cuerpo.
Entretanto, un ensangrentado y algo mareado Pickeray corría tras Comadreja. A pesar de la ventaja que llevaba Weidenfeld y del golpe que había sufrido el inglés, este se encontraba en mucha mejor forma física que el estraperlista y le ganaba terreno.
Cuando Weidenfeld comprendió que no conseguiría su objetivo y que era mejor guardar fuerzas para enfrentarse a su perseguidor, se giró, dispuesto a enfrentarse con él. ¡Ahora vería aquel maricón y toda su instrucción militar! Sabría cómo se defiende uno en el tren. Iba a aprender, demasiado tarde para él, que la lucha en la calle cuando uno estaba dispuesto a matar no se parecía a los ejercicios que se hacían en la academia.
Pickeray se detuvo ante Comadreja y se pasó la manga por la frente para quitarse la sangre que le goteaba y le impedía ver.
—¡Ven aquí, maldito inglés! —siseaba con una enloquecida sonrisa Weidenfeld—. Te voy a hacer unos cuantos agujeros nuevos en el cuerpo.
En la mano llevaba una especie de punzón que se había sacado de la caña de la bota y lo movía de un lado a otro por delante del cuerpo. A Pickeray se le había caído la pistola de la funda al chocar el camión contra el árbol y no tenía ninguna otra arma. Ahora ambos se encontraban alejados del resto, y no podía esperar ayuda alguna.
El capitán enseguida se dio cuenta de la peligrosidad de su contrincante. Los ojos brillantes y la sonrisa torva de Comadreja revelaban que disfrutaba con la situación. Estaba claro que aquel hombre sabía luchar. No hacía aspavientos innecesarios con el punzón y estaba dispuesto, incluso deseoso, de utilizarlo.
—Ven, limey —provocó Weidenfeld, utilizando el término despectivo con el que los americanos llamaban a los ingleses—. Ven, no tengas miedo.
Pickeray se quitó el chaquetón y la camisa, dejando a la vista el cuerpo de un coloso. Se envolvió el brazo izquierdo con la camiseta a modo de escudo contra el punzón y lo estiró para protegerse el cuerpo con él.
Weidenfeld hizo un amago, y Pickeray se escudó con el brazo. Otro amago, sin adelantar demasiado el punzón para no perder el equilibrio. Otro más, pero el inglés no parecía ponerse nervioso ni precipitarse.
—Limey, limey… —canturreaba Comadreja—. Ven, soldadito.
Otro ataque, pero en esta ocasión estiró más el brazo para herir al británico, que retrocedió con pasmosa agilidad para su tamaño. Otra carga más a fondo. Pickeray a punto estuvo de ser traspasado por el costado, pero logró desviar la acometida. Y contraatacó.
Demasiado lento, Weidenfeld ya había recuperado el equilibrio y continuaba con su danza. Seguía moviendo de un lado a otro el punzón, mientras se agachaba cada vez más. Pickeray, atento al arma, no se dio cuenta de nada hasta que Comadreja cogió con la mano libre un montón de tierra y piedras y se lo arrojó a la cara para cegarlo.
El inglés consiguió ponerse el brazo con la camiseta delante de los ojos, aunque no pudo evitar quedar momentáneamente sin visión, y Weidenfeld aprovechó para lanzar el ataque definitivo. Pickeray movió el brazo y el punzón se hundió en la camiseta, llegando hasta el músculo del antebrazo.
Rugiendo de rabia y dolor, el oficial cogió con su mano libre el brazo que empuñaba el arma, obligándolo a girar la muñeca dolorosamente hacia el interior, en una llave aprendida años atrás, de forma que el estraperlista perdió el equilibrio. Con el brazo herido, Pickeray hizo palanca en la muñeca doblada, obligando a Weidenfeld a arrojar el arma. Después, metió el brazo de su oponente, recto como un palo, debajo de su sobaco, y levantó su mano por encima de la cabeza. Con el hombro y todo su peso, volvió a hacer palanca y se dejó caer al suelo, encima del americano, que gritaba creyendo que le habían descoyuntado el hombro.
Con rapidez, Pickeray se giró y, sin dejar la presa de la muñeca, volteó a Comadreja. Los dos quedaron tumbados boca arriba, las piernas del inglés en el cuello del americano y el codo de este en la pelvis del capitán. Pickeray arqueó la pelvis, y Weidenfeld aulló de dolor.
A punto de quebrarse el hueso, Comadreja logró articular unas palabras; pidió rendición, para que el oficial británico lo soltara. Pickeray aflojó la presa y se levantó. Esperó a que Weidenfeld, que se agarraba el brazo lastimado con la otra mano, se pusiera en pie, y, cuando hubo recuperado el equilibrio, le dio un terrible puñetazo en la cara que lo mandó de nuevo al suelo.
—Vale, vale… Me rindo.
Pickeray, sujetándolo por el cuello del chaquetón, levantó al estraperlista de un tirón con una sola mano.
—Escúchame bien —le rugió a la cara, estrangulándolo con manos que parecían tenazas—. La próxima vez te mataré.
De un empujón, lo encaminó en dirección al camión, sin que al antiguo sargento americano le quedasen ganas de protestar, y se guardó en el bolsillo el punzón con el que Comadreja lo había atacado.
El resto del grupo los esperaba, sentados en el suelo, menos Brown, que, recostado sobre el Bedford, tenía el rifle apoyado en la cadera. El minero cebaba tranquilamente su pipa, Gardner afinaba puntería arrojando pequeñas piedras a los árboles, el teniente alemán y Menchaca miraban cómo Comadreja regresaba humillado, seguido por el capitán británico, que aún seguía sangrando, y Riggs se frotaba la quemadura del brazo donde le rozara la bala.
—Hola, Weidenfeld —dijo el coronel americano—. ¿Le ha gustado el paseo?
Weidenfeld, con el rostro y la calva rojos de ira, no contestó, y tomó asiento en una piedra alejado del resto y con la mirada fija en el suelo, mientras se frotaba el codo que casi le rompe Pickeray.
—Escúchenme todos —levantó la voz Brown—. Han tenido su oportunidad de escapar. Será la última. Quiero que comprendan que esto va en serio. Al próximo que lo intente le pegaré un tiro y se quedará donde caiga. Estoy dispuesto a ir solo a Berlín si es necesario. Pero recuerden: si alguien logra escapar, el resto lo pasará mal. ¿Lo han entendido?
Los hombres guardaron silencio.
—Bien. ¡Weidenfeld!, examine el camión. Los demás, recojan todo. Teniente, mire a ver si la radio está bien.
Comadreja se acercó al camión, que descansaba de costado con las ruedas al aire. Una de las delanteras mantenía un ángulo extraño y Weidenfeld concentró su atención en ella.
—Coronel —dijo con voz apagada. Al menos, de momento, su tono chulesco y provocativo había desaparecido—, el eje delantero está roto.
—¿Puede repararlo?
—Necesitaría herramientas y un soldador.
—¿Podríamos continuar la marcha?
—Imposible.
—Está bien. Capitán, ¿dónde nos encontramos?
Pickeray, que se había lavado la herida en el riachuelo, se acercó con el mapa.
—Calculo que, en línea recta, estaremos a unos cuarenta kilómetros de los Brecon Beacons, coronel.
—De acuerdo. Carguen todo en las mochilas. Continuaremos a pie.
Nadie protestó, pero Gardner y el teniente alemán dirigieron una mirada envenenada al causante del accidente.
Abrieron las cajas con las provisiones de comida y agua y se las repartieron entre las mochilas. Ataron los sacos de dormir por fuera y, una vez sobre los hombros, se echaron por encima unos ponchos impermeables, pues comenzaba a llover.
Ahora cada uno cargaba con un suplemento de veinte kilos, y Weidenfeld, además y como castigo, la radio de campaña. Brown añadía a su propia carga el fusil.
—Como han visto, hemos pasado un puesto del ejército —dijo Brown, levantando la voz para que todos le pudieran oír bien—. Estamos en un área militar exclusiva para personal civil. Si las patrullas descubren a alguien merodeando por esta zona que no pertenezca a una unidad de las que se encuentran desplegadas, será detenido, en el mejor de los casos. Les recomiendo que no se separen del grupo.
Brown miró uno a uno a los hombres para asegurarse de que lo habían entendido, y entonces dio la orden para que Pickeray abriera la marcha, situándose él a retaguardia.
—Vamos, caballeros. Nos aguarda una buena caminata. Capitán, ponga un buen ritmo. Debemos llegar al pie del Pen y Fan antes de que anochezca.
Los hombres ignoraban que Brown se refería a la cumbre más alta de los Brecon Beacons. Solo calcularon que no podían ser más de las nueve de la mañana y que les aguardaba una penosa jornada de marcha con las espaldas cargadas.
Pronto quedó atrás el cadáver del camión inservible. El grupo, en silencio, mantuvo el ritmo impuesto por el capitán, que parecía disfrutar con la situación, mientras la lluvia iba calando a pesar del poncho y las botas.
Apenas se veía nada ya cuando Brown decidió acampar. La lluvia, suave pero insistente, no permitía ver las montañas que se elevaban ante ellos. Cansados y mojados, tomaron algo de sus mochilas para cenar, y con los ponchos y unos palos improvisaron unas tiendas de campaña individuales, donde echaron los sacos y se dispusieron a pasar la noche.
Si alguno soñó que aquel había sido el día más duro de su vida, no tardarían en comprobar que en realidad no había resultado tan malo.
Las siguientes diez jornadas supusieron un tormento incluso para aquellos que más habituados estaban a las largas marchas, como Brown, Pickeray y Villar, este último acostumbrado a vagar durante meses por los montes asturianos.
Quienes más sufrieron fueron Gardner, en absoluto habituado a las caminatas; Menchaca, al que se le habían endurecido las articulaciones y ablandado los músculos en la universidad, y Weidenfeld, que, dos días después de que el capitán británico le propinara la paliza, ya se quejaba amargamente de tanto esfuerzo. Riggs y Von Weizsäcker aguantaban como podían, tratando de no quedar demasiado rezagados.
A lo largo de esa semana y media recorrieron toda la cordillera, hasta a cruzar las Montañas Negras. Desde la salida del sol hasta que se escondía en el horizonte, subían y bajaban, a veces con nieve hasta las rodillas y otras azotados por fuertes ventiscas que impedían ver a dos metros de distancia, mientras la pertinaz lluvia los mantenía empapados hasta los huesos.
Fueron diez días de silencio. El primero de ellos, de un silencio incómodo, malhumorado, en el que cada hombre no quería saber nada del resto y se limitaba a seguir la huella del que le precedía.
El silencio de los tres días siguientes fue más doloroso. Las ampollas, que agujereaban y vaciaban con agujas para poder caminar; los calambres en la espalda por el peso de las mochilas y las agujetas en las piernas, que flaqueaban a cada paso, los sumieron en un permanente calvario del que se abstraían bloqueando la mente, para evitar quedarse descolgados y abandonados en medio de la inhóspita montaña.
Del quinto al séptimo día fue un silencio exasperado. Agotados y aislados, sin saber cuánto duraría aquel tormento, en manos de la caprichosa naturaleza y de aquella montaña que parecía molesta por su presencia, caminaron cabizbajos con un solo pensamiento: salir de allí.
Las tres últimas jornadas el silencio cambió, y todos lo notaron. Ya no era un silencio de sufrimiento, sino de aceptación. Las ampollas, las agujetas y los calambres habían desaparecido, y habían llegado a asumir que, hicieran lo que hicieran, aquello terminaría cuando lo ordenara el testarudo coronel que lideraba la marcha cada jornada. La tensión entre ellos dio paso a un tranquilo clima de compañerismo, de un frente común ante la adversidad.
A esta aceptación ayudó el hecho de que, la mañana del séptimo día, Brown se levantara con un pie tan hinchado que apenas entraba en la bota. Aunque fue Comadreja quien manifestó su alegría por el mal del coronel, quien más quien menos se alegró, suponiendo que esa jornada se tomarían un anhelado descanso.
Sin embargo, Brown, con el calzado sin atar, se puso en camino, reflejando en su rostro el tormento que padecía, pero sin permitirse aflojar. Uno tras otro, sus hombres lo siguieron. A media mañana, era patente la dificultad del coronel para seguir la marcha, y Weidenfeld se puso en cabeza para tirar del grupo, en un claro intento por dejar atrás al oficial americano.
Cuando la caminata tocó a su fin, habiendo alcanzado el punto previsto donde pasar la noche, el grupo llevaba trescientos metros de ventaja sobre el coronel. Sentados en el suelo y en un respetuoso silencio, habían acompañado con la mirada a Brown, que, cojeando lastimosamente, arribaba al campamento sin aceptar ayuda.
En todo ese tiempo hubo un par de intentos de motín, liderados por Weidenfeld, pero pronto reprimidos por un enérgico capitán Pickeray, que según pasaban los días se mostraba cada vez más preocupado.
No siendo capaz de soportarlo más, tras finalizar la quinta jornada de un caminar sin fin, Pickeray, viendo que sus discretas alusiones no hacían mella en el coronel, había hecho un aparte con Brown, confiándole el motivo de su inquietud:
—Disculpe, coronel, pero no entiendo qué es lo que pretende —dijo Pickeray, sentándose al lado de Brown—. No se me ocurriría llevarle la contraria delante de los hombres, pero creo que tienen razón. Andamos escasos de tiempo para instruirlos y lo empleamos en atravesar la cordillera. ¿Con qué fin? El profesor y el teniente están exhaustos, Villar piensa que usted no sabe lo que hace y Gardner y Riggs cada vez prestan más atención a Weidenfeld, que trata de sublevarlos. Son hombres peligrosos. Temo que una mañana aparezcamos con el cuello cortado.
—Yo también estoy agotado —confesó el oficial americano con un suspiro—. Pero todo esto es necesario, capitán. Mírelos: estos hombres son unos solitarios. Ninguna instrucción servirá de nada si no aprenden a trabajar en grupo.
—¿Y piensa que subiendo y bajando montañas lo harán? —preguntó escéptico el británico.
—Eso espero —contestó Brown, dándose un masaje en los pies por encima de los secos calcetines de recambio—. Mire, capitán. En los años que estuve en Fort Benning aprendí que a los hombres les cuesta cooperar entre sí, a menos que tengan un objetivo común y se conozcan entre ellos. Como usted bien dice, no tenemos tiempo para que se conozcan y se decidan a colaborar. La única solución es provocarlos.
—¿Agotándolos por estas montañas?
—El frío y el cansancio evitan que piensen en otras cosas. Y les ofrecemos un objetivo común: terminar con esto.
—Seguramente consigan acabar con nosotros mientras dormimos. No son soldados ni están acostumbrados a obedecer.
—Tendrán que aprender —dijo Brown con tono resuelto—. Cuando estemos en Alemania, nuestras vidas y el éxito de la misión estarán en sus manos. Todos deberán acatar órdenes sin vacilar. Es nuestra única oportunidad.
—No lo sé, coronel —repuso dubitativo Pickeray, pasándose la mano por el mentón, donde el comienzo de una barba cerrada le picaba—. Quizá con tiempo lograremos unirlos, pero en este momento son un peligro. Riggs tratará de escapar en cuanto nos acerquemos a algún pueblo, y Gardner quizá también. Villar puede hacerlo en cualquier momento, en cuanto decida que no le gusta su plan, y no tendrá dificultad para llegar a la costa. No sé qué pensar del teniente alemán. Del profesor nos podemos fiar, aunque no está en buenas condiciones. El que más me preocupa es Weidenfeld. No se atreverá a salir de este páramo solo. Buscará el apoyo de los otros. Pero, si no lo encuentra, tratará de deshacerse de nosotros dos, coronel.
—Von Weizsäcker es un oficial y la vida de su hermano pende de un hilo —contestó Brown—. Tal vez acierte con Riggs y con Weidenfeld; sin embargo, Gardner no emprenderá una aventura tan peligrosa en un terreno desfavorable. No nos ayudará, pero tampoco se posicionará en contra. Weidenfeld está en desventaja.
Allí había acabado la conversación. El capitán británico no se había quedado muy conforme, pero, para su sorpresa, con el paso de los días tuvo que reconocer que el coronel había tenido razón y todo se había desarrollado según lo que el poco ortodoxo oficial americano había previsto.
Aquella tortura había llegado a su fin. El paraje inhóspito de los Brecon Beacons había tratado de destruirlos. El hambre, el sueño, el intenso frío, el cansancio y el dolor habían quebrado sus cuerpos y sus espíritus.
Y, recogiendo los pedazos, se habían reconstruido. Cual peregrinos, los hombres que habían abandonado aquellas montañas no eran los mismos que iniciaran la marcha diez días atrás.
Sábado, 11 de marzo de 1944
Hotel Adlon, Berlín, Alemania
Los salones del Hotel Adlon, el más lujoso de Berlín, relucían espléndidos. La banda musical alternaba los aires populares y patrióticos con otras piezas más decadentes llegadas desde los Estados Unidos. Las enormes arañas de cristal colgaban del techo, iluminando a las parejas que danzaban animadamente. Uniformes cubiertos de condecoraciones y galones se mezclaban con impecables trajes y vestidos de noche.
Aquella noche se celebraba la imposición de la prestigiosa Cruz de Caballero con Hojas de Roble y Espadas al coronel Franz Griesbach por su valor en combate, y sus amigos y camaradas habían organizado una gran fiesta con la que alegrar, por unas pocas horas, el ánimo decaído del país.
Lo más granado de la ciudad estaba aquella noche presente: la aristocracia más rancia, la alta oficialidad, incluso la curia berlinesa.
Hermosas damas luciendo sus mejores galas y joyas aceptaban con gracia las galanterías de los caballeros, ya un tanto achispados con los caldos almacenados en la bodega del Adlon, servidos en ricas copas de cristal de Bohemia por impecables camareros con bandejas de plata.
De las altas paredes artesonadas de los salones pendían enormes banderolas rojas con la esvástica negra sobre un círculo blanco, la omnipresente enseña de los amos de Alemania. Aquellos caballeros que vestían de riguroso traje no olvidaban adornarlo con una banda roja en su brazo o, cuando menos, la insignia nazi en la solapa, evidenciando su apoyo a aquellos a los que antiguamente despreciaban.
Viendo la fanfarria y el lujo desmedido, nadie podría pensar que Alemania pasaba hambre y que sus ciudadanos, para aprovisionarse, debían hacer largas colas con los cupones de racionamiento, o frecuentar el mercado negro, donde todo se cambiaba, vendía y compraba, al amparo de la propia policía y los funcionarios nazis, que sacaban tajada haciendo la vista gorda y facilitando el mercadeo.
A pesar de ser las diez y media de la noche, aún llegaban parejas a cuentagotas con ganas de divertirse. Los porteros del hotel trataban de impedir que entrasen quienes no poseían invitación: chulos, prostitutas de lujo, buscavidas…
El oficial de mayor graduación, un teniente general al que le faltaba el brazo derecho desde el hombro a causa de una granada en la Gran Guerra, dialogaba distendidamente con un caballero de la antigua aristocracia, un leal miembro del partido nazi, admirador incondicional de Hitler, con el que había departido en diversas ocasiones, mientras se comía con la mirada a su mujer.
—Creo, señor, que nuestras tropas harían bien en aguantar todo lo posible en el frente oriental —decía el caballero, repitiendo las palabras del führer—. Stalin no podrá aguantar indefinidamente los ataques de nuestras divisiones Panzer. En verano veremos a nuestros hombres desfilando por Moscú. Recuerde lo que le digo.
El oficial de la Wehrmacht asentía distraídamente con una sonrisa educada en la boca y una copa de champán en la mano. Sus ojos no lograban separarse de la esposa de aquel charlatán.
Scholl continuaba con su disertación sobre el estado de la guerra como si fuese un entendido, pero el oficial, mejor informado sobre la situación real de la contienda, se había percatado enseguida de que Scholl se limitaba a corear lo que el noticiario del partido, el Die Deutsche Wochenschau, difundía para elevar el ánimo de la población.
No le interesaba nada de lo que estaba escuchando. Si seguía aguantando a aquel presuntuoso que no peleaba en el frente, como era el deber de cualquier alemán, amparándose en su fábrica de municiones, era por el placer de estar cerca de aquella dama.
Libertas Scholl, hija del duque de Eulenburg y Hertefeld, era una espléndida mujer. Quizá delgada en exceso para el gusto del teniente general, de pechos pequeños, esbelta y muy atractiva, aunque no especialmente guapa, tenía un porte distinguido. Educada según los antiguos valores, siempre lucía una sonrisa amable para sus interlocutores. Y, en aquellos tiempos de adversidad, una sonrisa sincera, no simplemente una mueca de los labios, tenía un enorme valor.
Gran parte del encanto de la señora Scholl era su rostro aniñado, que despertaba el instinto más elemental de los caballeros por protegerla. Unos ojos grandes, azules como el cielo, una barbilla huidiza que le daba aspecto desvalido y aquella sonrisa fresca ablandaban el corazón más duro, cautivando a los hombres, que al instante la apadrinaban y se debatían entre el deseo de ampararla y el de poseerla.
Libertas Scholl aparentaba no ser consciente de las pasiones que levantaba entre los invitados. Llevaba casada con Raymond diez años, desde que el señor Scholl le había pedido matrimonio a su padre, el duque. Su madre, la duquesa, no había visto con buenos ojos aquel enlace, pero la fortuna de la familia era por entonces un tanto precaria y aquel empresario, amigo de altos cargos del partido nazi recientemente llegados al poder, podía ayudarlos.
Libertas tenía por entonces diecinueve años, doce menos que su futuro esposo y, aunque no estaba enamorada —en realidad ella no estaba segura de haber amado jamás a nadie—, pensó que aquel caballero que tan bien se portaba con ella la cuidaría y llegaría a ser feliz.
El matrimonio parecía ser modélico. Él la amaba con locura, y ella se sentía segura a su lado. Sin embargo, una nube no tardaría en aparecer. Libertas, a su pesar, se quedó embarazada, atendiendo a la insistencia de su marido.
En el momento de dar a luz surgieron complicaciones. El canal de parto era demasiado estrecho. Rápidamente, los cirujanos habían practicado a la madre una cesárea que provocó una grave hemorragia, no quedando a los médicos más opción que extirparle el útero.
Cuando, tras el parto, los médicos hablaron con el señor Scholl, las noticias no fueron buenas: al niño le había faltado oxígeno durante demasiado tiempo. Viviría, pero con sus facultades mentales muy mermadas. Libertas, por su parte, se encontraba bien, aunque muy débil, y nunca más podría volver a ser madre.
Scholl se derrumbó. El castillo que había levantado en sus sueños se había venido abajo. Ya no habría un heredero del imperio que estaba levantando al que casar con una hija de la aristocracia alemana.
Irracionalmente, Scholl culpó de lo sucedido a su mujer y, aunque continuó con ella para mantener las apariencias, jamás la perdonó. Libertas se sintió traicionada. Ella no había querido concebir, pero, una vez tuvo el cuerpecillo de su hijito en su pecho, lo amó como solo una madre puede amar a un hijo.
Sin embargo, su marido fue implacable, y no quiso hacerse cargo de aquel niño que manchaba su nombre. El duque habló con su hija y finalmente, entre todos, le arrebataron al pequeño, al que llevaron a una institución especial, sin revelarle su paradero e impidiendo que Libertas volviera a ver a su hijo.
El matrimonio continuó unido de cara al exterior, pero haciendo cada uno su vida. Él tenía amantes, y ella se dejaba querer, regalando su cuerpo a quienes cumplían su voluntad. Porque, si de joven había sido una muchacha reservada e insegura, ahora se había convertido en una mujer dura y decidida. Había aprendido a amar al tener en brazos a su hijo, y también había aprendido a odiar a quienes colaboraron en arrebatárselo: su marido, su padre y aquella sociedad capaz de sacrificar a un recién nacido.
Odiaba a cuantos ocupaban aquel salón: a las putas que se revolcaban con aquellos cerdos por joyas y vestidos, a los militares que se creían dioses y dispensaban la muerte a voluntad, y a sus vasallos, unos cretinos trajeados que adulaban a los mismos oficiales que despreciaban para ganarse su favor.
Odiaba especialmente a aquel teniente general de mirada lujuriosa. Perdía el tiempo. Libertas no se acostaría con él, al menos no esa noche ni sin nada a cambio. Sin embargo, le sonrió, y a él le brillaron aún más los ojos. «Es increíble», se dijo Libertas, «el efecto que una simple sonrisa puede tener en un hombre».
—Disculpen, caballeros —se excusó Libertas, dedicándole otra sonrisa de desamparo—. Debo ir al lavabo.
Su marido no se inmutó y siguió ofreciendo al oficial de la Wehrmacht todo tipo de opiniones, pero el interés de este se centraba en el trasero de la señora Scholl, que se alejaba abriéndose paso entre el resto de invitados.
—Buenas noches, querida prima —dijo una voz alegremente, al paso de Libertas.
Por un momento, a Libertas se le encogió el alma. Aquella voz…
—¡Querido primo Leopold! ¡Qué alegría volver a verte! —exclamó con una sonrisa encantadora. Su mirada, en cambio, desmentía sus palabras.
—¿Cómo te encuentras, querida prima? —dijo el hombre que la había saludado, besándola cortésmente en la mejilla—. ¿Y dónde se esconde el querido Raymond?
—¡Oh!, está hablando con un teniente general de la Wehrmacht. Pero dime: ¿qué haces por aquí? Te creía en Viena.
—He llegado esta tarde. Ha sido un viaje horrible. No ha parado de llover y mi nuevo chófer no tiene ni idea de conducir.
—Lo importante es que estás a salvo. Espero que tío Wilhelm y tía Serilda estén bien —dijo Libertas con tono preocupado.
—En realidad, quería hablarte de eso, si tienes un momento.
—¡Por supuesto! Deberíamos ir a un sitio más tranquilo. Aquí casi no se puede hablar por la música.
Se encaminaron hacia un saloncito retirado. Libertas se iba preguntando qué habría obligado a su primo a cometer la locura de ir a verla.
—¿Y bien? —preguntó cuando los dos se hubieron sentado alrededor de una mesita, alejando al camarero con un elegante gesto de la mano—. ¿Qué noticias traes de Viena?
—Verás, querida prima —contestó Leopold bajando un tono la voz—. Nuestros primos están muy preocupados. Al pequeño Gerhard le han diagnosticado un problema cardíaco. Necesitan encontrar un especialista que lo trate, y tienen poco tiempo. El pequeño está muy enfermo.
—¡Pobre Gerhard! —contestó afligida Libertas—. ¿Y de qué especialista se trata? ¿Es alemán?
—Sí, es uno de los mejores cardiólogos del mundo —dijo Leopold, sacando un cigarrillo de su pitillera y ofreciendo esta a Libertas.
La señora Scholl vio que solo quedaba un cigarrillo y, aunque no fumaba a menudo, lo tomó, poniéndoselo con delicadeza entre los labios. Su primo le dio fuego caballerosamente antes de reclinarse y dar una larga calada.
—¿Y queréis que yo hable con él? —preguntó Libertas tras expulsar la primera nube de humo.
—Nuestros primos preferirían hablar ellos mismos con el doctor. El problema es que, ya sabes como están las comunicaciones, no se pueden mover de Viena y no consiguen localizar al cardiólogo.
—Vaya, es terrible —repuso desconsolada Libertas—. Imagino que habrán hecho todo lo posible.
—Desde luego. Me han rogado que lo encuentres. Te estarán inmensamente agradecidos.
—Lo que sea necesario por el pequeño Gerhard. No imagino lo que estarán pasando nuestros primos si te han pedido que vengas a Berlín. Diles que haré todo lo posible, aunque quizá me lleve algo de tiempo. Si ellos no han podido encontrarlo, puede que me cueste un poco. Tal vez esté trabajando en alguna clínica apartada.
—Tío Penrod está convencido de que lo lograrás.
—Bien, querido Leopold —dijo Libertas, posando una mano sobre el antebrazo del hombre—. Haré lo que pueda. Ahora tengo que volver. Raymond me estará esperando, y se va a pensar que me he marchado. ¿Vendrás a saludarlo?
—Lo lamento, querida prima, pero he de irme. A mí también me están esperando.
—¡Oh, cuánto lo siento! Debes venir un día a visitarnos. Sabes que te echamos mucho de menos.
—Así lo haré, primita. Dale un beso al primo Raymond de mi parte. ¡Ah! Y no fumes demasiado. Dicen que es malo para los pulmones.
El hombre se puso el abrigo y se alejó por el pasillo hacia la salida del hotel, dejando a Libertas pensativa. Un momento después, la señora Scholl apagó su cigarrillo en un cenicero, se aseguró de que nadie la estaba mirando y se lo guardó entre los dedos medio y corazón de la mano derecha. Después se levantó y se dirigió al lavabo de señoras.
En uno de los excusados, Libertas deshizo lo que quedaba de cigarrillo. Entre la boquilla y la zona quemada encontró una tira de papel perfectamente enrollada, que se apresuró a guardar en el sostén antes de tirar el resto por el inodoro. Después usó el lavabo para refrescarse y volvió a buscar a su marido.
No podía dejar de pensar en aquella visita de su primo medio austríaco medio inglés ni en el papel que le había entregado. Estaba alarmada. Era la primera vez que él venía a donde ella. Algo grave tenía que estar ocurriendo; si no, no se hubiese arriesgado de semejante manera.
Desde luego, el pequeño Gerhard no existía. Los primos a los que se refería Leopold eran el servicio secreto británico, y tío Penrod era el mayor Norton, jefe del servicio secreto particular del primer ministro.
Estaban buscando a alguien, y era tan importante como para que Norton arriesgase a su mejor agente en Berlín: ni más ni menos que la hija del duque de Eulenburg y Hertefeld.
Libertas se preguntaba cómo conseguiría la información. Hasta entonces, siempre se había limitado a escuchar lo que los hombres, ávidos de demostrar su poder, le habían querido contar, sonsacándolos con delicadeza. Siendo como eran personas relevantes, la información era delicada y muy apreciada por los analistas del servicio secreto.
Pero ahora se le pedía algo concreto. El paradero de una persona. ¿Por dónde empezar? ¿Cuál de sus muchos pretendientes poseería ese dato? Mientras meditaba en todo esto, no pudo dejar de preguntarse a quién se le habría ocurrido la idea de poner al mayor Norton el nombre en clave de Penrod: «comandante estimado». Qué ironía.
Al fin encontró a su marido. Tomaba del brazo a un oficial de las SS con el uniforme negro de gala. Estaban acompañados por otro hombre con un largo abrigo de cuero doblado en el brazo y ropa barata. Un escalofrío recorrió la espalda de Libertas al verlos.
—¡Querida!, ¿dónde te habías metido? Ven, quiero presentarte a unos amigos. Coronel —dijo Scholl, mostrando a su mujer como si fuese el último modelo de un caro deportivo—, permítame presentarle a mi esposa.
—A sus pies, señora —dijo el oficial de las SS, inclinándose marcialmente para hacer el simulacro de besar la mano de la dama—. Vaya, señor Scholl, se le había olvidado comentarme que su esposa es una dama muy hermosa.
El aristócrata se rio zalameramente. Aquel atrevimiento del oficial era el precio que pagar por llevarse bien con los lobos de Hitler.
—Y este es el inspector Schlüter —dijo Scholl para cambiar de tema.
Schlüter hizo un ligero gesto con la cabeza sin abrir la boca. Se sentía incómodo entre aquella gente y solo esperaba el momento de marcharse sin parecer grosero.
Había acudido al Hotel Adlon como parte de su trabajo. El martes anterior, cuando llegara a la oficina tras su día de descanso, los soldados le habían escoltado al despacho del mayor Töpfer. Sentado en un banco, había esperado pacientemente a que su superior se dignara a presentarse.
El mayor, sin excusarse por la tardanza, le había ordenado pasar a su despacho y, sin permitirle sentarse, se había limitado a informarle de que, hasta nuevo aviso, Schlüter habría de dedicarse por entero a investigar el interés de los aliados por el científico judío, para lo cual se le asignaban dos ayudantes: el subinspector Dinter, un psicópata que debería estar encerrado en una cárcel, o al menos en un manicomio, y el sargento Bachmann. Además, Töpfer confiaba en obtener resultados en breve, así que, hasta que se cerrara aquel caso, los descansos semanales de Schlüter quedaban cancelados.
Schlüter había logrado contener el mal genio hasta abandonar el despacho de aquel engreído. Aquella investigación olía a chamusquina. Sabía que Töpfer estaba molesto por cómo había llevado a cabo la operación del cartero, y esta era una forma de castigarlo: un caso que lo privaría de sus días de asueto.
Solamente disponía de la ficha de un oficial americano y una sucinta nota en la que se decía que, al parecer, los aliados buscaban a un científico judío. ¿Qué esperaba Töpfer que pudiera hacer con semejante información? Ni siquiera se conocía la fuente que la había obtenido.
Pensando en cómo se tomaría su mujer la noticia de que sus permisos habían sido suspendidos por tiempo indefinido, el inspector había regresado a su mesa. Tras secarse el lloroso ojo con el pañuelo, había sacado de su escritorio la carpeta con el expediente y la abrió sobre el secante.
«Hay motivos para pensar que el enemigo va a enviar un equipo para ponerse en contacto con un científico alemán. Por el momento, se desconoce de qué científico se trata y el motivo. Solo tenemos datos del oficial americano que está al mando de la operación, aunque se ignora si formará parte del equipo».
Sosteniendo la hoja entre las manos, Schlüter se había reclinado, poniendo en equilibrio la silla sobre las patas de atrás. ¿Qué podía sacar en claro de aquellas cinco líneas?
En primer lugar, estaba el hecho de que los americanos estuviesen considerando la posibilidad de mandar un comando a Berlín, en el corazón de Alemania, la capital más protegida de Europa. De ser esto cierto, quedaría patente la importancia que concedían los aliados a la misión.
¿Hasta qué punto era fiable la información?, se preguntaba Schlüter. El mayor Töpfer había asegurado que la operación aliada la estaba llevando directamente el Alto Mando enemigo, algo inaudito, por otra parte. Pero, si la fuente era fiable, ¿por qué no le concedían prioridad a la investigación y solamente le asignaban dos ayudantes? ¿Se trataba de un «caso basura», uno de esos que ya había sido investigado sin ningún resultado o del que no se esperaban logros, y que Töpfer había rescatado de la papelera solo para fastidiarlo? ¿Tal vez algún pez gordo de la Gestapo, con reservas sobre la fiabilidad de la información, había ordenado abrir una investigación, de las llamadas preventivas, por si hubiera algo de cierto en todo aquello, y el mayor Töpfer se la había pasado a Schlüter?
Sin saber qué pensar, el inspector decidió trabajar como si aquella información fuese absolutamente cierta: los aliados buscaban a un científico anónimo. ¿Qué clase de científico? ¿Y para qué lo buscaban? ¿Lo iban a matar porque estuviera implicado en algún proyecto que pudiera dar un vuelco a la guerra? ¿Quizá querían secuestrarlo por sus conocimientos? ¿Tal vez era un espía y tenía información de alto nivel? Si era un espía aliado, ¿podía ser que la Gestapo estuviera tras él y el comando tratara de sacarlo del país?
Schlüter se había personado en el laboratorio de fotografía que la Gestapo tenía en el edificio y había mostrado la ficha de Brown a uno de los técnicos.
—¿Sería posible retocar esta foto? Necesito que le quiten el uniforme y lo sustituyan por un traje con corbata y camisa como el que lleva usted bajo la bata.
Con toda seguridad, si Brown aparecía en Alemania, no lo haría de uniforme, y Schlüter quería que quienes vieran la foto no la relacionaran con un militar: sabía bien cuánto cambia el aspecto de una persona con uniforme o vestida de calle.
—No hay problema, inspector —repuso el técnico—. ¿Quiere que trate de limpiar un poco la foto?
—Se lo agradecería. Necesito unas cuantas ampliaciones.
—De acuerdo. Creo que para esta tarde lo tendrá preparado.
Schlüter había llamado después a la Universidad Friedrich-Wilhelm de Berlín y solicitado una entrevista para ese mismo día con el decano. Sin duda, el pobre hombre estaría preguntándose el motivo por el que la Gestapo deseaba hablar con él. Mejor. El alivio cuando supiera que no debía temer nada lo predispondría a colaborar.
—Decano —le había dicho Schlüter dos horas más tarde, sentado frente al escritorio del despacho universitario—, sé que es usted un hombre ocupado, así que no le haré perder mucho tiempo. Me gustaría conocer su opinión en un asunto.
Como previera, el rector, una vez convencido de que no era él el objeto de la investigación, se había apresurado a colaborar.
—Necesito que me haga una lista de nuestros científicos más relevantes para el desarrollo de la guerra.
El decano se había quedado de piedra ante la petición, mostrándose reacio a facilitar cualquier nombre. Aquella era información delicada y fácilmente podría ser acusado de traición o falta de lealtad por divulgar datos confidenciales. El rector pensaba que quizá, al fin y al cabo, aquello era una trampa.
Una hora más tarde, Schlüter había regresado a su mesa para revisar la lista arrancada al decano. Los tres primeros nombres correspondían a físicos renombrados, entre los que no podía faltar el de Heisenberg, al que incluso el inspector conocía de oídas. Los demás eran ingenieros aeronáuticos, más físicos, un químico y dos matemáticos.
Schlüter había reunido a sus dos ayudantes y a un grupo de agentes. A cada uno les había entregado una copia de la foto del coronel americano, ya retocada.
—Esta foto corresponde a un posible agente enemigo. Pudiera encontrarse en Berlín, haber estado recientemente o hacerlo en un futuro cercano. Quiero que la muestren en pensiones, hoteles, casas de huéspedes y estaciones. Díganles que se trata de un ladrón que saquea edificios bombardeados. Esto ayudará a que la gente coopere. Enséñensela a nuestros confidentes para que estén alerta. Prometan una recompensa a quien contribuya a detenerlo. No dejen copias a nadie. Podrían servir para alertarlo.
Schlüter despachó a los agentes, que se alejaron examinando la fotografía, y se quedó a solas con sus dos ayudantes.
—La lista de nombres corresponde a científicos alemanes. Repártanselos. Investíguenlos con discreción. Repito, con discreción. No deben saber que estamos tras ellos. Quiero saber dónde trabajan, sus hábitos, con quién viven y dónde, a quién frecuentan, si tienen amantes. Cualquier cosa. Es muy importante que no lleguen a sospechar que los vigilamos.
—¿Qué es lo que buscamos, inspector? —preguntó el subinspector Dinter.
—Aún no lo sé. Es todo cuanto puedo decirles —había respondido Schlüter, ignorando el teléfono, que no dejaba de sonar—. Los permisos han quedado suspendidos hasta que se cierre la investigación. Esto es para todos, incluyéndome a mí. Si no tienen más preguntas, a trabajar.
Schlüter había esperado a que sus hombres se marcharan antes de dar la vuelta a su escritorio, tomar asiento y descolgar el aparato.
—Inspector Schlüter al habla.
Se había mantenido escuchando un buen rato antes de cortar la comunicación con un seco «gracias».
Schlüter, depositó lentamente el auricular sobre la horquilla, dando vueltas a la información recibida. Había mandado investigar al coronel americano. ¡Cuánto misterio! Un simple coronel de instrucción acusado y condenado unos pocos días, al que se le sube en un avión rumbo a Inglaterra, donde se reúne a solas con el primer ministro británico y el comandante supremo de las fuerzas aliadas para posteriormente desaparecer. ¿Quién era ese tal Brown? ¿Y quién era el espía capaz de obtener semejante información?
No eran las únicas cuestiones que le habían preocupado. La fuente había dicho que buscaban a un científico. ¿Cómo podía saber que se trataba de un científico y no tener la menor idea de su identidad, o al menos de su especialidad? ¿Sería un señuelo para desviarlos de otra investigación?
Con un suspiro de resignación, Schlüter había continuado con su ardua tarea. Mientras sus hombres pateaban las calles, él revisó todos los expedientes en curso desde el mes de enero para ver si podía encontrar alguna pista que arrojara algo de luz.
Resultó una semana dura, examinando una por una todas las carpetas hasta altas horas de la noche. Inútilmente. En ninguna se hacía mención a un científico. Sus hombres no habían tenido más suerte que él. Nadie sabía nada, nadie reconocía la foto… Los diez científicos nombrados por el decano de la universidad estaban localizados y sometidos a un seguimiento discreto que no había aportado nada hasta el momento.
Cansado, Schlüter había recogido su copia de la foto del coronel americano aquella tarde del sábado y había visitado los hoteles de la ciudad, mostrándola al personal de los establecimientos. Así había llegado al Hotel Adlon, donde un antiguo compañero de la policía, hábilmente ascendido a coronel de las SS, se había empeñado en invitarlo a tomar una copa que no había podido rechazar.
Para colmo de males, había aparecido aquel aristócrata adulador insistiendo en presentar al coronel a su esposa. La señora Scholl había resultado una hermosa dama con una sonrisa dulce y una mirada desvalida. Sin lugar a dudas, se dijo Schlüter, una mujer peligrosa.
Domingo, 12 de marzo de 1944
Londres, Inglaterra
El primer ministro Churchill, reclinado sobre su butaca favorita del 10 de Downing Street, sostenía con las dos manos sobre el regazo una copa de whisky. Aquella noche iba a ser despejada y la luna aún estaba demasiado llena, ideal para un bombardeo nocturno. A su pesar, no podría librarse de dormir en el búnker.
A un lado tenía una mesita con una lámpara y un ejemplar del periódico de cuatro páginas Luftpost. Se trataba de la edición del día 10 y había sido arrojado sobre Alemania aprovechando los bombardeos aliados. El objetivo era minar la moral con noticias en las que el glorioso ejército nazi era sistemáticamente machacado. Titulares lapidarios como «de día y de noche», «del oeste y del sur», «destrucción sistemática de las defensas antiaéreas alemanas» o «el frente sur agota sus reservas», deberían incitar a los hastiados alemanes a enfrentarse a su propio gobierno.
Frente a él, sentado en un sillón con otra copa, se encontraba su viejo amigo, el mayor Norton, vestido de civil, con un traje negro sin condecoraciones. Habían estado charlando sobre los efectos que podría tener el periódico propagandístico entre la muchedumbre y del desarrollo de la guerra en el frente oriental. Pero Norton no había venido a mantener ociosas charlas de café ni a tomar una copa por bueno que fuese el whisky.
—Hemos contactado con Homero —dijo el mayor, saboreando la bebida —. Requerirá un poco de paciencia. Nunca le hemos dado un encargo como este, pero sabrá llevarlo a cabo.
—Bien, bien. Confiemos en que no se demore demasiado —contestó Churchill pensativamente, antes de añadir—: Sé que no es de tu agrado esta misión, pero es importante, viejo amigo. Puede que decisiva, incluso.
—Eso espero. Homero va a arriesgarse mucho. Me temo que después de esto ya no podremos contar con él.
—Si cumple su trabajo, no creo que vuelva a ser necesario.