Proyecto Moisés
Capítulo IV
Sábado, 15 de febrero de 1944
Club de Oficiales, Georgia, EE. UU.
—El coronel parece un poco serio, ¿no crees? —preguntó Lisa Devenney a su amiga Virginia Parker, esposa del general de brigada Ronald Parker.
—En absoluto, querida. El coronel Brown es todo un caballero, pero, como dice mi marido, no está hecho para los actos sociales.
Estaban sentadas las dos a una mesa con cuatro cubiertos. Acababan de terminar de cenar y ya la orquesta había comenzado con las piezas más bailables para que oficiales del ejército americano y sus acompañantes tuvieran ocasión de demostrar sus habilidades en la pista.
Lisa Devenney era una viuda de muy buen ver. No había alcanzado la cuarentena y los hombres se giraban a su paso. Sin embargo, ella los rehuía.
Un año atrás, el capitán Jack Overy, su malogrado esposo, había fallecido en acto de servicio. Pocos conocían la historia completa, y a Lisa se la respetaba como viuda de guerra, aunque realmente el capitán de aviación no había puesto un pie fuera de los Estados Unidos.
Desde que dos años atrás el poderoso país americano hubiese entrado en guerra, el ejército demandaba insaciablemente hombres y material. Los tiempos de instrucción se habían acortado sensiblemente para satisfacer la demanda, y los instructores debían afanarse mucho más con los novatos, lo que ocasionaba un número de accidentes muy superior al habitual.
Así le había sucedido a Jack Overy, capitán de aviación e instructor de vuelo. Uno de los novatos había perdido el control de su BC-51 y, antes de que Jack hubiese tenido tiempo de corregir la posición, ambos se habían estrellado.
Su desconsolada viuda había permanecido un año entero llorando a su amado esposo, evitando acudir a cualquier evento social, hasta que aquella noche, por fin, había cedido a las demandas de su amiga Virginia para que la acompañara a una de esas aburridas cenas de oficiales en las que solo se hablaba del estado de la guerra y se especulaba sobre lo que tardarían los aliados en ganarla, ahora que los americanos se habían sumado a la contienda.
Tarde se había percatado Lisa de que su amiga le había preparado una encerrona, al descubrir que no iban a ser tres los cubiertos en la mesa, sino cuatro. Virginia había seguido la mirada de su amiga al posarse sobre el cuarto asiento.
—Se me había olvidado comentarte que Ronald ha invitado a un amigo suyo —dijo a modo de disculpa, como si en verdad la omisión hubiese sido causada por un fallo de memoria—. Se trata del coronel Lee Brown. Te gustará. Es un buen hombre. Dirige un campo de entrenamiento.
—¿Es piloto? —preguntó enseguida Lisa.
—No, no —se apresuró a aclarar Virginia. Que el aún ausente coronel estuviese destinado en un campo de instrucción era una desafortunada coincidencia para que Lisa lo asociara a su fallecido marido—. Es de infantería, ¿verdad, querido?
—Cierto —repuso el general Parker. Se sentía incómodo, pues la idea había sido de su mujer, y no estaba muy seguro de cómo reaccionaría su amigo cuando viese que lo habían sentado junto a una desconocida—. Es un hombre respetado y querido por sus hombres.
—¿Qué edad tiene?
—La misma que yo —dijo Ronald—. Cuarenta y un años. Lleva toda su vida en el ejército.
—¿Coronel? —preguntó Lisa, que tras sus años de matrimonio conocía los entresijos del ejército—. ¿Por qué no ha ascendido? ¿Y cómo es que no está en Europa?
—Bueno, Lee es un magnífico oficial al que no le preocupa ascender — contestó algo nervioso Ronald—. Le gusta lo que hace, y lo hace bien. El ejército necesita hombres como él.
Antes de que Lisa pudiera continuar con el interrogatorio, se acercó a la mesa un hombre enjuto, de metro setenta y poco de estatura, con el pelo completamente blanco cortado a cepillo y unos ojillos azules claros en un rostro de rasgos duros, curtido por el viento y el sol. Vestía su uniforme de gala, con las condecoraciones correspondientes, y una corbata anudada por alguien que no se sentía muy a gusto con ella.
—Querido Lee —dijo sonriendo Virginia, para disimular el embarazo del recién llegado—, ¡qué alegría verte de nuevo! ¡Hace tanto que no sé nada de ti! No has cambiado. Tienes que decirme cómo te mantienes así.
—Hola, Virginia —saludó el coronel, e hizo un gesto a su amigo con la cabeza—. Ronald.
—Hola, Lee —dijo el general sonriendo, como disculpándose.
—Déjame que te presente a Lisa Devenney, una gran amiga mía — intervino Virginia, tomando del brazo a Lisa.
Si Brown se había percatado de que había omitido tratar a la recién presentada de señora o señorita, no hizo ningún comentario al respecto. En tiempos de guerra, el estado de las personas cambiaba de un momento a otro y no era delicado hacer según qué tipo de preguntas.
—Encantado.
—Lo mismo digo —respondió Lisa con una sonrisa educada.
—Bueno, y ahora que ya nos hemos presentado, ¿qué os parece si nos sentamos y pedimos la cena?
Había resultado una agradable velada, en la que Virginia había ejercido de encargada de ceremonias proponiendo distintos temas y saltando de uno a otro cuando se agotaban. Su buena fe resultó secundada con agrado por Lisa Devenney y más forzadamente por su marido Ronald. Sin embargo, Brown se había mostrado tan poco comunicativo como acostumbraba. Incluso se diría que los temas de sociedad tratados llegaban a aburrirlo.
Al final de la cena, y para dar un pequeño respiro a su amigo, Ronald había propuesto presentarlo a otros compañeros de armas que habían asistido al baile, dejando a las dos mujeres en la mesa intercambiando pareceres.
—Pues a mí me parece un tanto reservado —insistió Lisa.
—¿Desde cuándo te han gustado a ti los hombres parlanchines? —objetó Virginia, haciendo un aspaviento, como si quisiera desechar los reparos de su amiga—. Conozco hace mucho a Lee y es una persona encantadora. Quizá no sea hablador, de acuerdo, y no es muy dado a este tipo de acontecimientos, pero te aseguro que te costaría encontrar a uno mejor.
—¡Pero es que yo no estoy buscando a nadie!
—¡Tonterías! Llevas un año sin salir de casa. No puedes quedarte el resto de tu vida allí encerrada. Mírate, aún eres joven. No me digas que no te has dado cuenta de cómo te han mirado cuando has entrado en la sala.
—¿Por qué no me habías hablado de él hasta hoy?
—Porque no quieres escuchar nada de nadie —repuso un tanto agitada Virginia, desviando la mirada.
—¿Qué ocultas, Virginia?
—¡Nada!
—Hay algo de tu querido coronel que no me quieres contar.
—¿Por qué dices eso?
—¿No estará casado, verdad?
Virginia se puso roja como la grana ante la mirada horrorizada de Lisa, que ya estaba a punto de levantarse de la mesa.
—¡No! ¡Espera! Vale, no me atrevía a decírtelo porque no hubieses querido venir.
—¡Claro que no! Y ahora me voy a ir.
—¡No, no, no! Escúchame. Está casado, sí. Pero no se ve con su mujer desde hace años. Ella ni siquiera vive en este Estado. No tienen relación. De vez en cuando hablan por teléfono, pero lo suyo acabó.
—¿Por qué no se ha divorciado?
—Ella no quiere. Su familia es de raíces muy religiosas y se horrorizarían. Ni siquiera saben que no están juntos. Creen que viven separados por el trabajo de Lee. A él no le importa, pero te juro que no hay nada entre ellos.
—¿No me mientes?
—¿Cómo iba a hacerlo? Él es muy buen amigo de Ronald, y tú eres mi mejor amiga. ¿Crees que querría haceros algún daño?
Lisa, un poco más tranquila, se acomodó en su silla; miró a lo lejos como el marido de su amiga y el silencioso coronel saludaban a otras personas, todas ellas luciendo diversidad de uniformes, blancos, azules, verdes…
—¿Por qué no ha ascendido? —volvió a preguntar Lisa.
—Bueno —dijo Virginia, sabiendo que nadaba en aguas revueltas—. Lee es una persona especial.
—¿Especial?
—Sí. Lo que te ha dicho antes Ronald es cierto. Es muy querido y respetado por sus hombres.
—Pero no por sus superiores.
—Para ellos es un poco incómodo. Tiene una forma particular de hacer las cosas y no le importa molestar a nadie. Si cree que tiene razón, no da su brazo a torcer.
Bajando un tanto la voz, a pesar de que nadie las estaba escuchando, le relató:
—En una ocasión Ronald me contó que un alto general llegó para revisar unas prácticas. El general al mando de la base movilizó a varias secciones para quedar bien con él y quiso hacer, con los soldados de otro campo, un simulacro de combate en un lugar escarpado, con niebla y de madrugada. Todo esto para dar el gustazo al general. Brown no estuvo de acuerdo. Decía que era muy peligroso para los soldados y que el motivo no justificaba tal peligro, pero su general lo obligó a asistir con sus hombres. ¿Sabes lo que hizo Brown?
Lisa, con curiosidad y una mirada cómplice, negó con la cabeza, esperando cualquier cosa.
—Averió todos los camiones con los que debían desplazarse hasta el campo de batalla —explicó Virginia, riéndose a mandíbula batiente—. No pudieron presentarse. El ejercicio tuvo un montón de heridos y uno de los chicos murió despeñado, perdido en el monte. A Brown no le pudieron acusar de sabotear los camiones. Todos sus hombres juraron una y otra vez que los camiones estaban perfectamente, que nadie los había tocado y que, simplemente, se habían negado a arrancar aquella mañana.
—Vaya, me está gustando tu coronel.
—¿Verdad que sí? Te aseguro que en cuanto lo conozcas te encantará.
—No corras demasiado. No me ha parecido que yo sea de su interés.
—Es un soldado. No está acostumbrado a tratar con damas. Pero no te preocupes, sabrás rebasar su timidez.
—Cuéntame más cosas sobre él.
—No hay mucho más que contar. Lo conocí, como puedes imaginar, a través de Ronald. Coincidieron en la academia militar. Lee era un muchacho reservado y decidido. No era el mejor alumno ni el más popular, pero era honrado y buen compañero, y nunca se la jugaba a nadie para eludir su trabajo, algo habitual entre quienes tienen familiares militares. Jamás hablaba de su vida antes del ejército ni de su familia. Cuando terminó la academia, fue destinado como instructor a una base militar. Se casó, aunque no sabría decirte cómo ni cuándo conoció a Eva, y años después comenzaron a distanciarse. Lee no conoce más mundo que el del ejército. Ronald me dijo no hace mucho que, desde que hemos entrado en guerra, Lee ha rellenado varias solicitudes pidiendo ser destinado al frente, aunque él jamás lo ha mencionado.
Entretanto, el renombrado volvía a la mesa sujetando una copa de la que no había probado ni un sorbo, acompañado por Ronald, que había degustado demasiadas ya y que ahora se peleaba, sofocado, con un enorme puro, entrecerrando los ojos cada vez que daba una calada. Sonreía desenfadadamente y de vez en cuando daba una palmada en el hombro de Brown, más bajo que él, para remarcar la amistad que los unía.
Virginia convenció a su marido para que la sacase a bailar, con el fin de dejar a Brown con Lisa a solas. Abotargado por el puro, la bebida y la abundante cena de la que había dado cumplida cuenta, Ronald había necesitado un par de empellones hasta darse cuenta de lo que se le pedía.
El primer encuentro a solas entre Lisa y Brown había comenzado un poco tenso. El silencioso coronel no sabía dónde dirigir la mirada, y mucho menos qué decir. Viendo la situación, Lisa se había decidido a tomar el toro por los cuernos y poco a poco había logrado hacer que Brown contestara con frases más elaboradas que los primeros monosílabos.
Lisa pudo entrever en las respuestas que la historia que le contara su amiga Virginia era real, pero también pudo comprender algo más. Aquel hombre circunspecto y franco no estaba interesado en una relación profunda. No parecía estar dolido con las mujeres, como tantas veces ocurre con los hombres despechados. Simplemente había llegado a la conclusión de que se encontraba solo en este mundo y había aceptado su suerte como venía.
Precisamente esta fatalidad que adornaba a Brown hizo que el poco interés que hasta el momento el coronel había despertado en ella se multiplicara. Lisa estaba habituada a que los hombres trataran de cortejarla siempre, y aquel hombre magro no parecía dispuesto a hacerlo. Y tenía tras de sí una historia de dolor con la que se podía sentir identificada.
Lisa llegó a la conclusión de que no era conveniente que él se fijara en su interés y decidió marcharse. Tal vez aquello resultara un acicate para el tímido coronel.
—Acabo de recordar que tenía que regresar pronto a casa —dijo de improviso, mientras Brown sonreía al ver las torpes evoluciones de Ronald con su mujer en el centro de la pista—. ¿Será tan amable de pedirme un taxi?
Brown, sorprendido, se levantó solícitamente y la ayudó a ponerse el abrigo, y luego la acompañó hasta la entrada, donde pidió el taxi para ella. No preguntó por qué debía marcharse, pero abrió caballerosamente la puerta trasera del automóvil cuando este se detuvo ante la puerta del local.
—Ha sido un placer conocerla. He disfrutado mucho de su compañía.
—Gracias, coronel —dijo Lisa con una sonrisa cautivadora, mientras se montaba en el taxi—. Yo también lo he pasado muy bien. Hágame el favor de despedirme de los Parker.
El coronel Brown volvió dentro y buscó a su amigo.
—¡Lee! ¿Dónde te habías metido? Ya creía que te habías marchado con la chica —gritó el general, rojo por el esfuerzo, alzando su copa al verlo llegar a la mesa.
—¡Ronald! —le recriminó su mujer, indignada por su falta de delicadeza —. ¿Dónde está Lisa?
—Ha tenido que marcharse. Había olvidado que debía retirarse pronto y me ha pedido que me despida de su parte.
—Bueno, siéntate y dime qué te ha parecido. Es guapa, ¿verdad? — Virginia no había dejado ni un momento de mirar discretamente hacia la mesa mientras bailaba, y había podido leer en el rostro de su amiga como en un libro abierto. El coronel se le había resistido y había despertado su interés. Aquella era la primera vez que Lisa Devenney daba muestras de estar viva desde el desgraciado accidente de su marido.
—Disculpa, querida —interrumpió Ronald, incorporándose de su asiento —, pero el general Sobel quiere saludar a nuestro invitado y no debemos hacerlo esperar. ¿Vamos, coronel?
—¡No te atreverás a dejarme sola!
—Será un momento, querida —contestó Ronald, tratando de recomponer la figura a lo largo de las cinco mesas que los separaban de la mesa del general Sobel.
—¿General?
—¡General Parker! ¡Y el coronel Brown! ¡Qué sorpresa más agradable tenerlos hoy aquí! ¿No es cierto, querida? Este es el coronel que tiene bajo su mando a nuestro hijo William.
Brown saludó con un gesto educado de la cabeza a la mujer, que no parecía tener el menor interés en él. El coronel imaginaba que todo aquello había sido una maniobra del general para intimidarlo.
—¿Qué tal el teniente Sobel? —preguntó el general, fumando un cigarrillo—. ¿Está usted contento con él?
Brown tenía una opinión muy pobre de aquel niñato con ganas de llevar a cabo una meteórica carrera en el ejército, a ser posible antes de que la guerra terminara y sin abandonar suelo americano.
—Es joven, pero creo que podrá aprender.
—No me cabe duda, coronel. Por eso quise que estuviese bajo su mando. Sé que usted sabrá motivarlo y enseñarle todo lo que ha aprendido en tantos años de servicio al ejército.
Brown sonrió, tratando de que no se notara su antipatía. En realidad, el general había tratado de que su hijo fuese destinado a otro campo en cuanto se dieron los primeros roces entre ellos. Y ahora el general le estaba pasando por las narices que, después de tantos años en el ejército, no hubiese pasado de coronel.
—Creo que lo conseguiremos, señor.
—Así me gusta. El coronel es un gran oficial, ¿sabes, querida? Y tiene unas ideas propias un tanto curiosas, ¿no es así, coronel? Al parecer, cree oportuno que los oficiales participen en los mismos ejercicios que la tropa.
—Debemos dar ejemplo a los reclutas, señor.
Aquella conversación no era nada casual, y los dos lo sabían. Fort Benning era una base de adiestramiento de paracaidistas muy prestigiosa, bajo el mando de un general de división, aunque en realidad quien la dirigía era Brown. Sobel, al que se le llevaban los demonios por esta irregular situación, había tratado sin ningún éxito de que los superiores del coronel lo metieran en cintura, y Brown no ignoraba estas maniobras.
El teniente Sobel había sido destinado a una de las secciones, en sustitución de un veterano que había solicitado su traslado al frente. El recién llegado pronto había mostrado ser un prototipo de la academia West Point. Acicalado siempre y con buenas maneras, era un oportunista que había caído mal entre la oficialidad del campo y, por supuesto, entre la tropa. A esta le exigía lo más descabellado y castigaba con un rigor extremo cualquier error. Estaba dispuesto a hacer carrera a costa de sus hombres, y para ello pretendía que fuesen los mejores de la base.
Sin embargo, él nunca se ejercitaba con ellos, y pronto sus aleatorios y desmedidos castigos, y su inhumano y despótico trato, hicieron que la moral cayera y que sus hombres comenzaran a perder todas las prácticas en las que se enfrentaban con otras secciones durante los simulacros de batallas.
Estas derrotas de sus hombres suponían una mancha en su hoja de servicios, y Sobel, humillado, los castigaba con ejercicios de extrema dureza, bajo el pretexto de que solo así lograrían superarse. Los dos sargentos que tenía a su cargo no tardaron en protestar ante Brown, pese a que jamás antes se habían quejado de ningún superior.
Brown no había contestado nada, y dejó pasar varias semanas. Cuando llegó el siguiente ejercicio por equipos en campo abierto, se puso su uniforme de combate, se tiznó el rostro como el resto de los soldados, cargó su mochila con los quince kilos reglamentarios, tomó su fusil de asalto y se presentó a las seis de la mañana a pasar revista, antes de montar en los camiones que los habrían de llevar al escenario de la contienda.
Los soldados y oficiales no salían de su asombro. Cierto era que Brown solía prodigarse en los ejercicios que la tropa tenía que llevar a cabo, lo que para la soldadesca era un motivo de superación, pero en las contiendas solía limitarse a ejercer de árbitro para comprobar el estado en que se encontraban sus hombres.
—Sargento Malone —había llamado en voz alta, con las filas formadas.
—¡Señor!
—¿Dónde está el teniente de su sección?
—El teniente Sobel está en su barracón, señor. —El sargento, tieso como un hueso, apenas había podido contener la sonrisa—. No participará en las prácticas. Tiene trabajo por hacer.
—Vaya a buscarlo. Dígale que lo estamos esperando.
—Sí, señor.
Los hombres, en sus filas, se miraban de reojo unos a otros, tratando de adivinar qué iba a suceder a continuación. Los de la sección de Sobel habían dormido mal, sabiendo que, pasase lo que pasase, serían castigados y seguramente deberían quedarse de guardia toda la noche a la intemperie, sin poder dormir y ejercitándose de nuevo a la mañana siguiente.
—¡Señor! El teniente Sobel pide que lo disculpe. Se encuentra indispuesto y va a visitar la enfermería, señor.
—Dígale al teniente —contestó Brown sin levantar la voz, pero suficientemente alto como para que todos los hombres lo oyeran— que tiene cinco minutos para presentarse con su uniforme completo, la mochila reglamentaria y su fusil de asalto. Y que se tizne la cara.
Se escucharon unas risitas, rápidamente sofocadas. Desde luego, iba a resultar interesante ver al siempre impoluto teniente con el rostro negro a chorretones y el uniforme empapado por la pertinaz lluvia que estaba cayendo.
Cuatro minutos después, llegó, colocándose la mochila sobre los hombros, acompañado por el sargento, que ya no disimulaba la sonrisa de satisfacción.
—Señor, me dirigía hacia la enfermería. Algo que tomé en la cena no me sentó bien.
—Buenos días. Lamento que se encuentre indispuesto. Pero, para un estómago delicado, nada mejor que ayunar y un poco de ejercicio, ¿no le parece, teniente McCombs?
El teniente del grupo que iba a hacer de enemigo contestó un «sí, señor» con cierta malicia.
—Muy bien, en marcha. Teniente McCombs, ustedes tomarán los primeros camiones. Ya saben cuál es su labor. Cuando estén preparados, lancen la bengala y prepárense para defender la posición. El teniente Sobel y yo trataremos de tomarla, ¿entendido?
La jornada había terminado con una nueva derrota del batallón de Sobel, a pesar de que sus hombres, animados por la presencia del coronel y más aún el sufrimiento de su teniente, se habían esforzado como nunca.
No había habido castigo, todos habían regresado sanos y salvos a la base, empapados y agotados. Se les había servido una buena cena, se habían secado y acostado. En los barracones de los soldados y en los de los oficiales se había comentado largo y tendido la jugarreta del coronel al hijo del general, que ahora sí estaba de verdad en la enfermería con una fiebre altísima.
Al general Sobel no le había hecho ninguna gracia esta humillación y había llamado al general de brigada Skinner, a quien Brown tampoco le caía bien, confiando en que este fuese castigado.
Sin embargo, Skinner, suficientemente inteligente como para no tomar parte en batallas personales, se había limitado a mandar una circular insistiendo en respetar las cadenas de mando y las labores propias de cada rango, circular que había llegado a la papelera hecha una bola en cuanto Brown le hubo echado una ojeada.
Y ahora el coronel se encontraba frente a un humillado general Sobel. No era una buena política indisponerse con los generales, pero, como siempre, a Brown eso le traía sin cuidado.
—El ejército necesita más hombres como usted —dijo el general Sobel, forzando la sonrisa—, pero no los tiene. ¿Y sabe usted por qué no los tiene? —Hizo una pausa teatral para atraer la atención y se respondió a sí mismo, lanzando una carcajada—: ¡Porque estarían todos muertos o inválidos!
El resto de los comensales, a los que Brown no conocía de nada, se rieron discretamente, sin haber entendido la intención del general.
—Créame, coronel —prosiguió Sobel, bajando un poco la voz y sin retirar la sonrisa prendida con alfileres de su rostro—. Los oficiales deben hacer el trabajo que les corresponde y la tropa, el suyo. Cuando alguien comienza a mezclar los deberes, confunde a los demás, y al final nadie sabe cuál es su función, ¿comprende? Los oficiales sienten que no se les respeta y los soldados creen que están a la misma altura que sus superiores, cuestionan las órdenes y no obedecen. Esto es el ejército y funciona de esta manera. Le conviene recordarlo, coronel.
—Gracias, señor. Lo tendré en cuenta.
—Sé que lo hará, coronel —replicó el general Sobel con una sonrisa falsa —. Seguiré su carrera con mucha atención.
Aquello era una amenaza en toda regla, pero Brown no se inmutó; saludó a los presentes y se retiró, seguido por el general Parker, al que se le habían pasado repentinamente los efectos del alcohol y el puro. Había tratado de decir algo cuando se retiraban de la mesa del general, algo como que tener a un general de enemigo no era una buena idea, pero al ver el gesto de Brown desistió.
Domingo, 13 de febrero de 1944
Campamento Griffiss, Londres, Inglaterra
—General. El primer ministro lo llama por teléfono.
Eisenhower se giró, disculpándose con los presentes, que continuaron examinando con atención los mapas extendidos sobre la amplia mesa. Allí estaba reunido el Alto Mando aliado, planeando la infraestructura necesaria para alojar y desplegar a las tropas americanas que iban llegando a las islas británicas.
—Primer ministro —dijo Ike al teléfono. Sobre la mesa había tres aparatos: uno rojo, en línea directa con el presidente Roosevelt; otro verde, para hablar con el premier británico, y un tercero negro, para comunicarse con el Alto Mando y sus ayudantes más cercanos.
—General —masculló al otro lado de la línea Churchill. Ike se lo podía imaginar hablando mientras sujetaba el puro con los dientes—. Tengo aquí algo que me gustaría examinar con usted. ¿Podría acercarse esta tarde?
—Desde luego. ¿Le parece bien sobre las cinco?
—Estupendo. Tomaremos el té. Lo espero a las cinco, entonces.
Ike colgó el aparato y volvió a salir de su despacho particular para reunirse con el resto de sus hombres y continuar discutiendo sobre la intendencia. Al mediodía tenía previsto reunirse con el quisquilloso general británico Montgomery y almorzar con el susceptible mariscal del Aire Harris. Después acudiría al número diez de Downing Street, la residencia del primer ministro Churchill. Tenía una vaga idea de cuál iba a ser el tema de conversación. Hacía diez días que habían tenido la reunión con el profesor español y el especialista americano del Proyecto Alsos.
A las cinco menos diez de la tarde, el general Eisenhower se encontraba frente a la puerta de la residencia. Sin demora, la guardia lo hizo pasar al salón, donde ya aguardaba el premier británico, sentado de espaldas al ventanal, frente a la amplia mesa de su despacho.
—Buenas tardes, general. Imagino que preferirá un café.
El mayordomo se movió con pulcritud y dejó sobre una mesilla auxiliar una bandeja con el servicio antes de retirarse.
—Este informe me ha llegado esta mañana —dijo Churchill, dejando un par de hojas sobre la mesa—. Es de la OSS, su servicio de inteligencia, general.
Eisenhower las estudió con atención, haciendo una primera lectura rápida y una segunda más pausada.
—Parece que el científico español tenía razón; al menos, en parte.
—De eso no cabe duda —contestó Churchill, aspirando con fuerza el puro y exhalando con evidente deleite—. El doctor Itzhak Steiner existe, lo cual ya sabíamos, y sigue vivo, algo de lo que hasta ahora no teníamos constancia.
—Y es evidente que trabaja para los alemanes.
—Eso parece. El servicio secreto remarca que los nazis lo han mantenido aislado del exterior.
—¿Debemos dar crédito a los temores del profesor Menchaca?
El primer ministro se arrellanó en su sillón, con la mirada fija en el techo del salón, del que pendía una elaborada araña de cristal. Como si no hubiese escuchado la pregunta, aspiraba con energía el puro, alentando la brasa de la punta, que enrojecía con cada nueva calada. El general americano le dejó tiempo para que pensara.
—Steiner vive y trabaja para los alemanes —resumió el premier al final, volviendo a apoyar los codos sobre el escritorio—. Eso es un fallo imperdonable de nuestros servicios de inteligencia.
En realidad, se percató Ike, el mandatario estaba cargando la responsabilidad a los servicios secretos americanos.
—Se trata de un gran científico, y su colaboración con el régimen nazi, sea voluntaria o no, es una mala noticia para nosotros. —Churchill golpeó con el puro en el cenicero para liberarlo de la carga de ceniza—. ¿Es esto suficiente para pensar que la corazonada del doctor Menchaca es real? A mi entender, no tiene por qué. Los informes que nos llegan aseguran que los nazis van retrasados con su plan atómico. Y el doctor español no tiene pruebas ni sospechas fundadas. Ni siquiera sabe si ese científico participa en el Proyecto Urano. ¿No le parece, general?
—Estoy de acuerdo con usted.
—En cualquier caso —continuó el mandatario inglés—, podría resultar peligroso ignorar la advertencia. ¿Qué pasaría si estuviésemos equivocados al evaluar la capacidad alemana?
—Si Menchaca tiene razón, sería un desastre de proporciones incalculables.
—Así me lo parece. El riesgo de ignorarlo —continuó mientras blandía las hojas que Eisenhower había dejado sobre el secante— es demasiado elevado.
—De acuerdo, entonces. Partamos de la base de que el doctor Menchaca tiene razón con su corazonada.
—Bien, supongamos que es como él dice. ¿Qué alternativas tenemos?
—Tendríamos que encontrar el enclave exacto donde los alemanes tienen guardada el arma y destruirla, y con ella, a todos cuantos han participado en el proyecto, para evitar que puedan volver a recuperarlo.
—Sabemos que no es un único equipo el que está investigando sobre la bomba —apuntó Churchill, haciendo girar la mano en el aire y soltando una estela de humo como la que dejaría un caza Mosquito en plena batalla contra los bombarderos alemanes—. Si han conseguido el arma, quizá los demás laboratorios ya estén al corriente.
—Puede ser. O tal vez no. Los alemanes no se fían unos de otros, como nos lo demuestran día a día. Cada uno quiere destacar delante de Hitler. Sus generales se ocultan datos y se perjudican entre ellos. ¿Por qué iba a ser distinto con los laboratorios? De cualquier forma, si fuese así y tuviesen varias armas de este tipo a lo largo de toda Alemania, no tendríamos tiempo de encontrarlas todas, y mucho menos de neutralizarlas.
—Entonces supongamos que solo la tienen en un laboratorio, y que Steiner trabaja allí. ¿Cómo podríamos destruirlo?
—Es de suponer que no se encuentra cerca de la costa. Quedaría demasiado expuesto. Según sabemos, por lo menos dos equipos están sobre ello, uno en Leipzig y el otro en Berlín. Si existiera un tercero, también estaría en el interior. Lo que solo nos deja dos vías: la aérea y la terrestre. —El general americano descruzó y volvió a cruzar las piernas antes de continuar —: He almorzado con el jefe de bombarderos Harris. Le he preguntado, sin entrar en detalles, cuál sería el porcentaje de éxito total, y con eso me refiero a la destrucción absoluta del edificio y de sus ocupantes, en un bombardeo sobre un objetivo específico, suponiendo que este sea del tamaño de una manzana de casas.
—¿Y?
—Sería necesario un ataque diurno para que nuestras escuadrillas de bombarderos pesados pudieran asegurar el objetivo, lo que facilitaría la tarea de sus cazas y de sus defensas antiaéreas. Esto nos obligaría a bombardear desde mucha altura. Además, es de esperar que el blindaje del laboratorio sea considerable.
—¿Podríamos con él? —preguntó Churchill, apuntando al general con su puro.
—Un techo de cinco metros de grosor de hormigón nos obligaría a hacer blanco exactamente encima con una gran cantidad de bombas perforadoras. A esa altura, según el jefe Harris, sería como acertar a una baldosa en la calle con una colilla arrojada desde un séptimo piso. Y no sería una sola colilla, sino toda una caja de puros como la que usted guarda, lo que tendríamos que acertar.
—No me parece viable.
—No lo es. En el caso de que lográramos este milagro, deberíamos hacer blanco con otra descarga de bombas incendiarias Termita para calcinar lo que haya dentro. Pero es más que probable que parte del edificio sea subterráneo. Si es así y guardan la bomba en las plantas inferiores, podríamos considerar un éxito que se les cayera una probeta de uno de esos carritos que usan.
—Muy ilustrativo —masculló el premier, mordiendo el puro.
—Lo que solo nos deja la vía terrestre.
—¿Una operación de comandos? ¿En el corazón de Alemania?
—No se me ocurre cómo, si no.
—Una misión suicida.
—Para los que participen en ella, sin duda. Muchos de los que desembarquen en Francia cuando llegue el día tampoco saldrán nunca de la playa.
—Cierto —repuso con un suspiro Churchill—. ¿Dejo en sus manos montar la operación, general?
—Me ocuparé de ello, señor. Pero debemos saber dónde se encuentran el laboratorio y el doctor Steiner.
—Espero que su servicio secreto lo averigüe. Hasta ahora, las OSS solo han podido enterarse de que sigue vivo, y no es mucho. Parece que se lo haya tragado la tierra.
Ike se puso en pie, estrechó la mano que le era ofrecida y acompañó al silencioso mayordomo hasta la entrada.
Fuera le esperaba un jeep, conducido por el general Omar Bradley. No era muy habitual que un general hiciese de chófer para otro, por mucho que este fuese el coronel en jefe de todos los ejércitos aliados, pero Eisenhower le había pedido a su amigo y asesor que pasase a buscarlo.
—¿Todo bien? —preguntó Bradley, al rato de circular por las calles londinenses, atestadas de tanques, semiorugas, camiones y jeeps que se disputaban el paso con los peatones, la mayoría de ellos militares de uniforme, sacos terreros, bicicletas y algunos carros de mercancías. En cada cruce la policía militar se esforzaba en regular el caótico tráfico, y sus desesperados miembros se cuadraban cuando el jeep se cruzaba por delante.
—Sí, supongo que sí. Dime, Brad, ¿cuándo tenías pensado ir a casa?
—Mañana a primera hora. ¿Por qué?, ¿no quieres que vaya?
—No, no. No es eso. Pero quiero que me busques algo allí.
Aquella era una cena solo para los más altos cargos de la oficialidad del ejército americano. Por todos lados se veía una constelación de estrellas que destacaban en los impecables uniformes de gala, entre los botones dorados, las charreteras y las cintas multicolores de las condecoraciones.
Bradley, lisonjeado y envidiado a partes iguales por su cercanía con Eisenhower, el hombre elegido para dirigir la que iba a ser la mayor batalla que hubiese conocido el hombre, paseaba entre las mesas estrechando manos entre los comensales.
El general acababa de llegar desde Inglaterra y lo que menos le apetecía era acudir a una de aquellas cenas, pero sabía que políticamente no era buena idea faltar, así que dejó para el día siguiente el desplazamiento hasta su domicilio. Aquella noche cenaría suave, apenas bebería, a pesar de los inacabables brindis que sin duda se le ofrecerían, y se acostaría pronto.
—¡General Bradley! ¡Qué alegría tenerlo entre nosotros!
—Buenas noches, general Sobel.
Bradley sonrió educadamente. Aquel individuo no era de su agrado. Era la clásica rata de despacho que husmea cualquier posibilidad de promocionarse sin abandonar el sillón. Sin duda, Sobel no envidiaba su suerte cerca del frente.
—¿Cómo va todo por Inglaterra?
—Bien, bien —contestó Bradley, desviando intencionadamente el tema —. ¿Qué tal está su mujer? ¿Y el teniente Sobel?
—Fantástico. Todo un oficial. Está destinado en Fort Benning.
—Eso está bien. En los próximos meses necesitaremos buenos soldados. Me alegra saber que tienen tan buenos instructores.
—En realidad, eso es algo que me preocupa —dijo Sobel, bajando un tono la voz y simulando inquietud, a la vez que apartaba con delicadeza a su acompañante del resto de invitados.
Bradley veía lo que se le venía encima. Aquel trepa trataría de aprovechar su encuentro en la cena para dar un empujón a su carrera, o a la de su hijo.
—¿Sabe? En la base en la que presta servicio mi hijo se usan unos métodos poco ortodoxos. En tiempos agitados como estos, es importante quitar las malas hierbas, ¿no le parece? Antes de que se propaguen.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Bradley sin demasiado interés.
—Como ya sabrá, Fort Benning está bajo el mando del general de división George Carden, un gran militar, no cabe duda.
Bradley se abstuvo de hacer ningún comentario. No iba a ponérselo fácil a aquel arribista.
—El problema es que Carden se ha hecho mayor. Ya no es el que era. No me gusta decirlo, pero creo que se ha ablandado y ha delegado el mando de la tropa en un coronel, dejando la parte administrativa en manos del general de brigada Thomas Skinner, un hombre muy capacitado para llevar toda la burocracia que una base militar como esa precisa.
—¿Y?
—Como le digo, Skinner es un hombre de despacho, sin experiencia en el mando y, aunque no aprecia al coronel en cuestión, de hecho no se hablan, ha permitido que sea este quien dirija en la sombra Fort Benning. ¿Entiende a qué me refiero? Un simple coronel está instruyendo sin ningún tipo de control a nuestros mejores muchachos.
Bradley siguió en silencio. Conocía al general Carden, un oficial gris que, efectivamente, llevaba demasiado tiempo luciendo sus galones. En cambio, nunca había oído hablar de Skinner ni de la situación anómala en Fort Benning.
—¿Quién es ese coronel?
—Un tal Brown. Coronel Lee Brown. Tiene los vicios de la vieja escuela. Es incapaz de entender que en un ejército se debe mantener la disciplina y la cadena de mando, más aún en estos tiempos de guerra. Testarudo, insolente e insubordinado. No hace caso a nadie y dirige la base como si fuese suya. Tampoco permite trabajar a los oficiales jóvenes con ganas, salidos de las mejores academias.
«Como tu hijo», pensó Bradley, mientras meditaba cómo desembarazarse de Sobel, que continuaba describiendo los defectos del coronel en cuestión. Bradley se movía discretamente hacia un costado, tratando de alcanzar un grupo de oficiales a su derecha, pero Sobel sabía cómo aislarlo.
De pronto, algo de lo que se le decía llamó la atención de Bradley.
—¿Consejo de guerra, ha dicho usted?
—Así es —respondió sorprendido Sobel por la repentina atención que se le prestaba—. El coronel Brown ha hecho uso fraudulento en repetidas ocasiones de material del ejército y, por fin, con la ayuda de mi hijo, he logrado reunir suficientes pruebas como para someterlo a un consejo de guerra.
—¿Y cuándo tendrá lugar la vista?
—Está previsto que sea la semana que viene —respondió Sobel, cada vez más extrañado.
—¿Quién preside el tribunal?
—El general Nimitz.
—Hablaré con él.
Dos noches después, un B-17 despegaba de suelo americano y se adentraba en la inmensidad del océano, rumbo a la capital inglesa, llevando en su interior a un sorprendido coronel Brown, al que apenas habían dejado hacer su petate.
Aquella misma mañana, había llegado un jeep con tres miembros de la policía militar y una orden de detención contra él. Lo apresaron en la ducha, después de su serie matinal de ejercicios físicos y carrera continua por el campo con uno de los pelotones.
Sin decir nada, había leído la orden, se había vestido con su traje de gala y montado en el jeep, ante el estupor de sus oficiales y la sonrisa vengativa del teniente Sobel. Habían tardado lo justo en llegar al tribunal militar donde se llevaría a cabo la vista, pues en cada cruce el conductor del jeep accionaba la sirena del vehículo y reclamaba la prioridad de paso que le correspondía.
Mientras esperaba en el pasillo para entrar en la sala, y después de saludar a un jovencísimo letrado, que iba a actuar como abogado defensor y al que no le habían permitido ni echar un vistazo al sumario, se le había acercado el general Sobel, que lo había saludado con rostro sonriente:
—Bueno, coronel Brown. No podrá decir que no se lo he advertido en varias ocasiones, ¿verdad?
Brown, sentado en un banco, lo había ignorado, fingiendo interés en el periódico encontrado sobre una mesilla auxiliar: El Ejército Rojo había tomado la ciudad de Korsun, en Ucrania, y tenía cercados a los alemanes en un radio de cien millas; el republicano Wilkie presentaba su candidatura a las primarias en la carrera hacia la Casa Blanca; bombarderos B-17 atacaban la abadía de Montecassino en Italia; el presidente Roosevelt advertía sobre el veto impuesto a su proyecto de ley sobre los derechos económicos de los americanos; un sicario de la mafia había sido detenido en Illinois por los asesinatos del hijo de un capo rival, sus guardaespaldas y una prostituta.
—¿Me está escuchando, coronel? Se ha metido usted en un buen lío —le había dicho Sobel, rojo por el desplante de Brown ante un buen número de oficiales que se encontraban en el pasillo—. ¡Cómo me alegro de ver este día!
»¿Sabe por qué está aquí? —le había cuchicheado el general al oído, para que nadie más pudiera escucharlos—. Sacó los pies del tiesto. Me ofendió, y no soy de los que olvidan fácilmente las ofensas. Conozco personalmente al general Bradley. ¿Sabe de quién hablo? La mano derecha de Eisenhower. No se lo quería perder, ¿qué le parece?
—Que hoy no se ha lavado los dientes —había contestado Brown sin mover un músculo.
—Ríete, cabrón de mierda. Si no te mandan al paredón, pasarás el resto de tus días en un calabozo, y entonces me reiré yo.
En algo no se había equivocado Sobel. A la vista había acudido el general Bradley, que se mantuvo en un discreto segundo plano todo el tiempo. Había sido un juicio sumarísimo, como correspondía al estado de guerra en el que se encontraba el país. Los cargos presentados resultaron ser malversación de fondos públicos, uso indebido de material del ejército, abuso de poder, fraude y reiterada desobediencia grave a sus superiores.
El que no fuera llamado ningún testigo y la falta de pruebas concluyentes no había impedido que el fiscal presentara al coronel Brown como un corrupto oficial que durante años había medrado en Fort Benning, aprovechándose de la confianza del general Carden, lucrándose con el contrabando de combustible, material del ejército y provisiones militares, amén de un pertinaz desacato hacia sus superiores y un trato vejatorio y humillante para con sus subordinados.
El joven abogado de Brown apenas había podido alzar alguna tímida protesta ante el aluvión de acusaciones sin fundamento al que estaba siendo sometido su cliente, antes de ser rápidamente silenciado por el juez Nimitz. Su petición de pruebas concretas, o al menos de declaraciones firmadas, fue desoída, y el nervioso letrado había terminado por guardar silencio, llegando a la conclusión de que su defendido precisaba no de sus servicios, sino de los de un sacerdote.
Tras fingir escuchar a las partes, el presidente del tribunal había preguntado a Brown si tenía algo que alegar. Este ni siquiera había llegado a entender muy bien de qué se le había acusado, pero era consciente de que la decisión sobre su futuro había sido tomada antes de comenzar el juicio, así que guardó silencio.
—Coronel Brown —había dicho el general Nimitz, leyendo una hoja por encima de sus gafas, situadas en la punta de la nariz—. Ha sido acusado de una larga lista de graves delitos, de todos los cuales ha sido hallado culpable. ¿Tiene algo que alegar, antes de que lea su sentencia?
¿Algo que alegar? ¿Sobre qué? ¿Y de qué serviría?
—No, señor —se limitó a contestar Brown.
—¿Es consciente de la grave situación por la que pasa nuestro país? — continuó Nimitz, sin dar tiempo a que el acusado se lo pensase mejor—. En tiempos de paz, algunas de estas acusaciones bastarían para recluirlo de por vida. En caso de guerra, la pena es la muerte.
Brown seguía sin decir nada, firme como una vela, con su traje de gala, sin poder dar crédito a lo que se le decía. Sus ojillos azules no se habían apartado ni un momento de los del presidente del tribunal. Aquel juicio había sido una farsa. ¿Una condena a muerte en una vista de poco menos de dos horas, sin testigos ni pruebas? ¿Qué es lo que estaba ocurriendo?
—Sin embargo —había añadido Nimitz, apartando la hoja y mirando directamente al acusado—, usted ha rellenado en diversas ocasiones los formularios para ser destinado al frente. Allí hacen falta hombres decididos, capaces de luchar por su país. Voy a concederle su deseo. Espero que no defraude a este tribunal. Cogerá el primer vuelo que salga para las islas británicas y se pondrá a disposición del mando aliado.
Con un golpe del pequeño martillo de madera sobre la mesa, el tribunal se había retirado, despejándose la sala con inusitada velocidad. El abogado de Brown no se había atrevido a despedirse de este, el fiscal no parecía estar sorprendido por la extraña sentencia y el general Bradley se había marchado inmediatamente, al igual que el resto de los presentes, menos un Sobel estupefacto e indignado que no atinaba a reaccionar y un Brown igual de sorprendido, acompañado por los policías militares que lo custodiaban.
El coronel Brown había sido trasladado directamente al aeródromo, donde un Douglas C-47 Skytrain lo aguardaba, sin permitirle recoger su petate. Durante el tiempo que duró el vuelo, nadie le había dirigido la palabra y apenas había podido comer un sándwich que le había tendido uno de los silenciosos pilotos del aparato. Quedaba claro que todo aquello respondía a algo, pero Brown era incapaz de adivinar a qué.
Sobre la medianoche, el avión de transporte militar había tomado tierra en una base aérea británica, y Brown había sido trasladado en una camioneta a un búnker, sin llegar a saber en ningún momento dónde se encontraba. No estaba asustado, pero sí muy intrigado. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué habían montado toda aquella pantomima?
Esperaba no tardar mucho más en descubrirlo. Por los galones que podía ver, estaba claro que aquel no era un búnker para simples soldados.
Por fin llegaron a una puerta maciza de madera. Uno de los policías militares que había ido a buscarlo al aeródromo británico llamó con los nudillos y, antes de abrir la hoja, esperó el permiso. Después se retiró para que Brown pudiera pasar, y volvió a cerrar a su espalda.
—Pase y siéntese.
Brown no dejó que se reflejara en su rostro la sorpresa mayúscula que se había llevado. Estaba en una amplia sala con una gran mesa cuadrada, ante la que se sentaban dos personas que lo examinaban. Reconoció en el rechoncho hombrecillo mayor vestido de civil con ropas oscuras al primer ministro británico, y a su lado, al general americano Eisenhower.
—Imagino que se estará preguntando a qué viene todo esto, ¿no es cierto? —dijo el premier, indicándole con un gesto que tomara asiento.
—Así es, señor —respondió educadamente Brown.
—¿Ha comido algo?
—No. No tengo hambre —mintió Brown.
—Muy bien. Vayamos al grano. Su comandante en jefe, el general Eisenhower, le explicará qué hace usted aquí, pero primero le haremos una serie de preguntas que quiero que me conteste con sinceridad. No trate de adivinar qué es lo que queremos oír, ¿de acuerdo?
El interrogatorio duró más de dos horas, y sufrió todo tipo de preguntas sobre cómo veía la guerra, la situación en Europa, de dónde era su familia, si había estado alguna vez en el viejo continente, sus inclinaciones políticas, por qué había solicitado ir voluntario al frente…
Había contestado con sinceridad y sin dejarse intimidar, incluso cuando salieron a relucir las acusaciones por las que había sido enjuiciado en consejo de guerra. Finalmente, Churchill había mirado al general americano y, golpeando con las palmas de las manos sobre los reposabrazos de su asiento, había dicho:
—Bueno, general, creo que debería explicarle ya el motivo de su presencia esta noche entre nosotros, ¿no le parece?
—Coronel Brown —comenzó Eisenhower, apagando el cigarro en el cenicero atestado—, tenemos una misión para usted. Antes de que entremos en detalles, debe saber que se trata de una misión de alto riesgo. Y cuando digo de alto riesgo, me refiero a que es sumamente peligrosa.
—Entiendo, general —respondió, dejando claro que aceptaba la misión.
—Coronel —apuntó Churchill—, no hace falta que le digamos que todo cuanto se diga aquí es alto secreto. Nadie debe saber nada. A partir de este momento, no puede establecer contacto con ningún familiar, amigo o compañero de armas. Bajo ningún concepto. ¿Queda claro?
—Perfectamente, señor.
—Los alemanes están ultimando una nueva arma —explicó entonces el general americano—. Probablemente se trate de una bomba con un poder destructivo inimaginable. Pensamos que la tienen escondida en el interior de Alemania, aunque aún no sabemos dónde. Es más que probable que estén esperando a que nuestras tropas se encuentren reunidas al sur de Inglaterra, en vísperas del desembarco en el continente, para lanzarla. Si esto llegara a ocurrir, nuestras tropas tendrían gravísimas pérdidas.
—¿Cómo de graves, general?
—Aniquilaría nuestros ejércitos —intervino Churchill, escrutando al coronel—. Todo: hombres, vehículos, barcos, material. Morirían miles de británicos.
—Entiendo.
—Es de vital importancia neutralizar esta amenaza —añadió el primer ministro—. Debemos destruirla.
—Su misión será formar un comando —dijo el general—. En cuanto localicemos el enclave exacto, deberá alcanzar el objetivo y demolerlo, asegurándose de que no queda ni rastro de la bomba.
—¿Puedo preguntar por qué yo, general?
—¿Le parece relevante la respuesta? —inquirió Churchill.
—Creo que sí, señor. Tanto el ejército americano como el británico tienen unidades de comandos muy preparadas. Si no he entendido mal, la misión es de extraordinaria importancia. Sin embargo, quieren que yo prepare un comando, sabiendo que carezco de experiencia.
Eisenhower y Churchill se miraron un momento. Aquel coronel con fama de conflictivo no parecía que fuera a aceptar la misión sin más con la escasa información que se le había ofrecido.
—Coronel, considero su pregunta del todo impertinente —objetó Churchill, dando fuego al puro con una larga cerilla de madera, a la que sacaba una larga llama cuando chupaba con fuerza.
—Lo lamento, señor —dijo Brown, dejando claro con su entonación que no lo lamentaba en absoluto—. Pero creo que, si debo adentrarme en territorio enemigo, debería saber qué me espera.
—Todas nuestras unidades de comandos tienen misiones asignadas — intercedió el general americano, temiendo una explosión de mal genio del temperamental primer ministro británico—. Usted está acostumbrado a entrenar soldados y quería participar en esta guerra.
—No se moleste, general. Creo que el coronel no se va a contentar con esa respuesta —dijo Churchill, sin levantar la mirada de la brasa del puro—. Verá, coronel, no tenemos la certeza de que esa amenaza sea real. Digamos que es una sospecha que no podemos ignorar. Como ha dicho su general, vamos cortos de efectivos. Usted preparará ese comando para una misión que tal vez nunca tenga lugar. ¿Le parece suficiente?
—Sí, señor.
—Veo que todavía tiene dudas. Usted quiere saber por qué lo hemos escogido a usted en vez de a un oficial con experiencia en combate.
—Sí, señor.
—Hemos tenido contratiempos en algunas misiones.
—¿Qué tipo de contratiempos, señor?
—Filtraciones. Si esta amenaza es real, no podemos arriesgarnos a que los alemanes sepan que conocemos la existencia de ese arma, ¿lo entiende? Usted es un oficial acostumbrado a dirigir hombres que lo respetan. Tiene iniciativa, algo fundamental, porque una vez que pisen terreno enemigo estarán solos. Queríamos alguien de cierta edad. La operación puede alargarse, y no queremos que nadie pierda los nervios. Buscamos a alguien dispuesto a acabar su trabajo. Usted tiene fama de ser un perro de presa, ¿no es cierto, coronel?
El comentario no era nada halagador, pero Brown guardó silencio. Lo habían elegido porque era un instructor de academia sin información reservada al que los alemanes no se habrían molestado en captar. No le molestaba que lo tuvieran en tan poca consideración.
—¿Podré escoger a mis hombres?
—Tenemos preparadas las fichas de más de cincuenta soldados —dijo Eisenhower, poniendo la mano en una gruesa carpeta que tenía a un lado—. Todos son expertos en lucha cuerpo a cuerpo, uso de todo tipo de armas y de salto en paracaídas.
—Preferiría escoger a mis hombres fuera del ejército.
—¿Cómo ha dicho? —preguntó sorprendido Eisenhower.
—Si al final se confirma la amenaza y tenemos que atacar, no querría aumentar los riesgos con la posibilidad de una filtración. Los hombres que escoja quizá no estén tan preparados como los que me proponen, pero les aseguro que, cuando tengamos que actuar, lo estarán.
—¿De dónde piensa sacarlos? —preguntó Churchill—. Aunque no sabemos todavía cuándo ni dónde deberán de actuar, tendrá poco tiempo para adiestrarlos.
—No se preocupe por eso, señor. Estarán preparados.
El primer ministro miró al general americano, que arqueó expresivamente las cejas.
—De acuerdo —aprobó Churchill—. Usted escogerá a los hombres, pero tendremos que darles nuestro visto bueno.
—Sí, señor. Una cosa más. Quisiera no tener que tratar con ningún mando intermedio. ¿Cuánta gente sabe que estoy aquí para esta misión?
—Solo nosotros dos. El general Bradley, que es quien lo recomendó, será su contacto con nosotros y sabrá lo imprescindible.
—Gracias, señor. ¿Cuándo empiezo?
—¿No lo ha hecho ya? —preguntó socarrón el primer ministro, entre una nube de humo.