Proyecto Moisés
Capítulo XVII
Jueves, 30 de marzo de 1944
En el cielo de Alemania
El aparato convulsionaba a seis mil metros de altura. Hacía poco que los casi ochocientos bombarderos de la RAF habían cruzado la frontera alemana. Los cazas de la Luftwaffe y los cañones antiaéreos los buscaban en el cielo nocturno despejado, auxiliados por potentes reflectores.
El comando, aferrado a las correas en la bodega de carga, ya había tenido la ocasión de ver cómo algunos Avro Lancaster eran derribados y caían envueltos en llamas. En la cabina, el teniente alemán luchaba con los mandos, tratando de controlar el pesado avión, pero sin ingeniero de vuelo ni navegador la tarea se le amontonaba, sin que la ayuda de Comadreja le sirviera más que para ponerlo más nervioso.
—¡Malditos cabrones! —gritaba Weidenfeld dentro de su máscara de oxígeno—. ¡Os voy a sacar la piel a tiras en cuanto toque suelo!
Las balas trazadoras y las granadas estallaban inquietantemente cerca. Dos de esos proyectiles ya habían agujereado el piso de la bodega, haciendo que los hombres se replegaran aún más en sí mismos.
—¡Coronel! Esto es una locura. No vamos a llegar. Mire allí. Han derribado otro. Están jugando con nosotros.
—Tranquilícese, Weidenfeld —repuso Brown, elevando la voz por encima del fragor de los motores y las explosiones—. ¿Cuánto queda, teniente?
—Unos cuarenta minutos, coronel —contestó a gritos el piloto alemán, luchando por estabilizar el zarandeado aparato.
—¿Cree que podremos llegar?
—Lo dudo, señor. Han caído ya varios aparatos y el fuego enemigo se intensifica según nos adentramos.
Si Brown se había dado cuenta de que el alemán llamaba fuego enemigo al de las defensas de su propio país, no dijo nada.
De pronto, una bala agujereó el suelo, pasando entre los dos pilotos y perdiéndose en algún aparato del techo de la cabina. Unos gritos en la parte de atrás revelaron que más balas habían impactado contra el bombardero, aunque por las maldiciones parecían no haber causado ninguna baja.
Villar, que estaba rellenando las mochilas con el explosivo extraído de la Blockbuster, el espantoso artefacto capaz de derribar una manzana entera, se detuvo un instante cuando una bala, agujerando el suelo, pasó muy cerca de su pie derecho; retomó de inmediato la tarea con su característica sangre fría.
Aferrado a las paredes de la cabina para guardar el equilibrio, Brown escudriñaba a través del parabrisas el cielo, que a cada instante refulgía con un brillante color naranja. Delante, a su izquierda, otro Avro Lancaster tenía incendiado uno de sus motores y trataba de sobrevivir, pero había sido «iluminado» por los reflectores y no tenía ninguna posibilidad. Pronto fue nuevamente alcanzado y se convirtió en una bola de fuego.
—Señor, creo que sería mejor que saltáramos ya —gritó Von Weizsäcker.
—¿A qué distancia estamos?
—A unos ciento cincuenta kilómetros al oeste de Berlín, señor. Calculo que caeremos cerca de la ciudad de Stendal.
—Está bien, teniente. Descienda. Diré a los hombres que se preparen. ¿Podrá encontrar algún sitio despejado?
—Lo intentaré, coronel. Diga a los demás que se sujeten. En cuanto iniciemos el descenso practicarán el tiro al plato. Le avisaré cuando estemos a altura de salto. Llévese a Weidenfeld. No me puede ayudar, y me pone más nervioso.
El estraperlista se levantó de su asiento y siguió a Brown hasta el compartimento de carga, no sin antes palmear amigablemente la espalda del alemán. Desde que se habían conocido, el piloto se había sentido molesto por el comportamiento despectivo e insultante del americano. Ahora, en cambio, su pericia para hacerse con los mandos de un avión en el que no había montado antes le había granjeado cierta admiración por parte de aquel rufián.
De repente, una explosión sacudió el bombardero, arrojándolos contra las paredes. Uno de los motores de estribor había sido alcanzado y ardía con un denso humo negro.
—¡Atentos! —gritó Brown, a la vez que hacía gestos con las manos.
Los duros entrenamientos tenían que ofrecer ahora resultados. Los hombres se incorporaron formando en fila. Tal y como el coronel les había explicado, se sujetaron con una larga cuerda su mochila con veinticinco kilos de explosivos al pie. A otra señal, empezaron a comprobar cada uno el paracaídas del compañero que tenía delante, y comenzaron la cuenta, a la vez que levantaban el pulgar hacia arriba con el puño cerrado:
—¡Cuatro, listo!
—¡Tres, listo!
—¡Dos, listo!
—Muy bien. Caeremos a unos ciento treinta kilómetros al oeste de Berlín. En cuanto toquen tierra, procuren reagruparse, aunque será difícil. El terreno es muy boscoso y tendremos que arrojarnos cuando encontremos un claro. Nos reuniremos, de acuerdo al plan previsto, en Berlín, en la estación de Lehrter. Recuerden: entre las diecinueve y las diecinueve treinta de cada día. El plazo máximo será el próximo martes, día cuatro. Si alguien no ha llegado, quedará a su suerte. ¿Lo han entendido?
Un grito proveniente de la cabina indicó a Brown que ya se encontraban a doscientos metros de altura. Ya no eran necesarias las máscaras de oxígeno y la temperatura, aún por debajo de los cero grados, había subido. Brown abrió la puerta, y al instante el fragor aumentó. El cielo estaba despejado y permitía distinguir, de manera un tanto difusa, la silueta de la tierra. Estaban sobrevolando un bosque cerrado. Ya no los perseguía ningún caza, pero los cañones antiaéreos continuaban hostigándolos.
—¿Sabe, coronel? —preguntó a gritos Comadreja, arrimándose a Brown para que este pudiera escucharlo. Él sería el primero en saltar en cuanto Von Weizsäcker diera la señal—. Mis padres emigraron a los Estados Unidos desde un pueblecito que no debe de estar lejos de aquí. Siempre he tenido curiosidad por verlo. Es bonito conocer la tierra de tus antepasados, ¿no cree, coronel?
Brown miraba hacia abajo, tratando de encontrar un claro propicio, y prefirió ignorar el tono mordaz de Comadreja.
—Quién sabe. Quizás aún me quede familia allí y pueda comenzar una nueva vida, ¿no le parece, coronel? Incluso podría llegar a conocer a alguna joven viuda que necesite a alguien para calentarle la cama por la noche.
—¿Pretende decirme algo, Weidenfeld?
—No quiero alarmarlo, coronel, pero, a cien kilómetros de Berlín y desperdigados, no creo que nuestras posibilidades sean muchas. Espero que no se enfade, coronel. Le estoy muy agradecido de que me haya traído hasta aquí. Ya estaba aburrido de América. Pero tal vez prefiera instalarme por esta zona y visitar Berlín cuando acabe la guerra.
Un nuevo grito desde la cabina avisó de que el primer salto sería en diez segundos y que podrían arrojarse tres hombres seguidos.
—Bueno, coronel —añadió Comadreja con una de sus torcidas sonrisas, aprestándose a saltar—. Ya que no creo que nos volvamos a ver, ha sido un placer servir a sus órdenes y todo eso.
—No se preocupe, Weidenfeld, nos veremos en Berlín.
—No creo que usted llegue hasta allí, coronel, sin ánimo de ofender.
Estaba claro que su intención era justo la contraria, pero había llegado la hora.
—No se preocupe por mí, Weidenfeld. Y no se demore, que lo estaré esperando.
Con estas palabras, le dio una palmada en el hombro al estraperlista, y este tomó impulso y desapareció por la portilla. Después le llegó el turno a Cornín, que saltó en silencio, seguido por el pequeño y escurridizo ladrón inglés.
El avión volvió a sobrevolar otro tupido bosque, y Brown se quedó mirando los paracaídas que se abrían a lo lejos hasta perderlos de vista. Debían aguardar al siguiente claro.
—¡Veinte segundos para el siguiente lanzamiento, coronel! Es un claro pequeño. Un hombre; dos, como mucho.
—Está bien. Saltarán ustedes dos. ¿Nervioso, profesor?
—Un poco. Estos saltos de noche me ponen los pelos de punta. Yo soy un académico —respondió, mirando el oscuro bosque que tenían debajo—. Debería estar en casa con mi mujer y mi hijo, escuchando la radio y corrigiendo los exámenes de mis alumnos.
—Todos tendríamos que estar en nuestras casas —asintió Brown con una sonrisa—. Nos vemos ahí abajo.
Menchaca se arrojó del sentenciado bombardero y Gardner ocupó su lugar en la portilla. Brown sabía que al sicario no le agradaban los saltos, y le dio un par de palmadas en la espalda para tranquilizarlo. En el último momento, ambos hombres se miraron una última vez a los ojos. Si Gardner abrigaba alguna duda de qué era lo que se esperaba de él, la mirada helada del oficial americano la disipó.
—Capitán, ¿está la tripulación en su sitio? —preguntó Brown en cuanto el asesino desapareció por la portilla, refiriéndose a los cadáveres que había conseguido Comadreja.
—Solo nos falta el piloto, coronel —contestó Pickeray, empujando el cadáver hacia la parte delantera de la cabina.
—¡Coronel!, nos han vuelto a dar. Hay que saltar. ¡El pájaro va a entrar en pérdida!
Los dos motores de estribor estaban envueltos en llamas, y el avión se sacudía aún más violentamente, sin que Von Weizsäcker pudiera estabilizarlo.
Brown y Pickeray levantaron el cuerpo que ocuparía la posición de piloto y lo colocaron en su lugar. Le ajustaron las gafas, la mascarilla, la corbata del uniforme y la cazadora con el cuello de piel, encasquetándole el gorro de cuero con orejeras.
—Las mochilas.
Los tres se ataron sus mochilas cargadas con los explosivos al pie y se aprestaron a saltar. El primero sería Pickeray, lo seguiría Von Weizsäcker y cerraría el coronel americano.
—En un minuto, coronel —gritó el piloto alemán.
—Muy bien. ¿Preparado, capitán?
El inglés asintió con la cabeza y se colocó en posición, sujetando la mochila entre las manos.
—¡Ahora!
El enorme oficial británico se arrojó sin dudar, y Von Weizsäcker ocupó su lugar:
—Coronel —saludó el teniente alemán antes de abandonar la nave.
El claro se terminaba y el aparato cabeceaba peligrosamente cuando Brown cogió su mochila, tomó impulso y se arrojó al vacío.
De todos los miembros del comando, el coronel había sido con diferencia quien más saltos había ensayado. Al fin y al cabo, había dirigido una base de paracaidistas. Sin embargo, no pudo evitar, como el resto de sus hombres, que un escalofrío le recorriera la espalda.
Los saltos nocturnos sobre territorio enemigo son escalofriantes. El terreno es desconocido; la localización, aproximada, no se sabe dónde puede estar el enemigo, que, en el peor de los casos, te está esperando con los brazos abiertos o las armas preparadas. La escasez de luz no te permite ver con exactitud dónde aterrizarás, si en un prado, en un árbol o en el campanario de una iglesia. O quizás en un río o una marisma, donde los veinticinco kilos de equipaje y la ropa empapada te arrastrarán hasta el fondo.
Comadreja había tocado suelo bastante antes de que Brown saltara. Había recogido su paracaídas rápidamente, escondiéndolo en el profundo y oscuro bosque que rodeaba el informe claro donde había caído. Se encontraba solo, y no había podido ver siquiera si sus compañeros lo seguían.
En realidad, nada de todo esto lo preocupaba. Como le dijera a Brown, no confiaba en que llegaran a Berlín. Si la misión había sido suicida desde su comienzo, que el traidor del general Mattis los hubiera delatado no mejoraba el panorama.
Sabía de sobra qué debía hacer: desaparecer. Hablaba alemán; de hecho, había sido el idioma de su infancia, dado que sus padres no sabían inglés, y sabía cómo convertirse en un fantasma, alguien en el que nadie reparara. Llevaba años buscándose con éxito la vida. Ahora comenzaría una nueva en aquel país y, para cuando terminara la guerra, cosa que algún día ocurriría, él tendría su futuro asegurado. Una guerra es una buena cosa para quien sabe aprovecharse de la situación.
Pensando en todo esto, había echado a caminar entre la nieve que cubría el prado como un manto, buscando la salida de aquella linde que lo separaba del bosque. Caminaba en silencio, atento a los ruidos de la noche, pero, desde que el avión se esfumara, no había mucho que escuchar. Los animales, si es que los había, debían de estar tan escondidos como los pocos humanos que hubiera por allí.
Miguel Villar, agachado entre la maleza, vio pasar al estraperlista cargado con la pesada mochila. Las instrucciones del coronel americano habían sido extremadamente claras: debían reagruparse en cuanto tocaran suelo y avanzar hacía Berlín. Pero el desconfiado guerrillero tenía sus propios planes. En sus montañas asturianas, perseguido por la Guardia Civil, no había llegado a vivir tanto tiempo confiando ciegamente en los demás, y menos en personajes como aquel exsargento tramposo.
En cuanto Weidenfeld desapareció, Villar se puso en marcha. No le hacía falta la brújula. Sabía dónde se encontraba y el cielo despejado le marcaba la dirección. El bosque era gélido, denso y negro, y no permitía ver la bóveda celeste, pero, asomándose de tanto en tanto y caminando cerca del camino, no tendría problemas para orientarse.
El viento los había desplazado en el descenso. Cornín había visto caer a Weidenfeld en medio del prado, y él mismo lo había hecho a una docena de metros del linde del bosque. Si el escurridizo ladrón inglés finalmente había saltado detrás de él, posiblemente habría caído sobre los impenetrables y gigantescos abetos y habría quedado colgado, herido o muerto. En cualquier caso, Villar no tenía ninguna intención de comprobarlo. No perdería el tiempo buscando inútilmente entre las copas de los árboles en medio de la noche. Seguiría su propio camino. Caminaría de noche y descansaría durante el día.
Por delante tenía nueve horas de oscuridad que tenía pensado aprovechar bien. Cargado con la mochila de explosivos y los preciados detonadores, se impuso un buen ritmo, a pesar de que la fronda dificultaba el paso. Aquella noche debía cubrir medio centenar de kilómetros antes de que amaneciera, cuando buscaría un sitio donde descansar.
Riggs, tal y como supusiera el español, había tenido mala suerte. El viento lo había desplazado del prado y había aterrizado dentro del bosque. Gato había tratado de dirigir su paracaídas para evitar las amenazadoras copas a casi treinta metros del suelo. Desesperado, se había contorsionado inútilmente, levantando las piernas cuando ya tocaba las ramas más altas.
La arboleda había frenado la caída, golpeándolo en todo el cuerpo, como si fuesen cientos de puños, y arañándolo salvajemente. Se había protegido con los brazos el rostro y no era capaz de ver nada. Un ruido de algo que se desgarraba estalló en la noche y, de pronto, medio aturdido, se dio cuenta de que ya no había árboles y de que continuaba cayendo.
Un impacto lo dejó sin sentido. Había chocado contra el tejado de una granja, y ahora resbalaba sobre las tejas, como un muñeco roto, hasta que los restos del maltrecho paracaídas se engancharon en la chimenea, de forma que quedó colgado a siete metros de altura. Un perro había comenzado a ladrar, pero el ruido, el dolor, el frío, la humedad y la angustia por hallarse a merced del enemigo quedaban muy lejos en ese momento, sumido, como estaba, en una clemente inconsciencia.
Menchaca no había tenido un descenso tan accidentado. Aunque el prado que tenía bajo sus pies era más pequeño, no había sufrido las rachas de viento que desplazaran a sus compañeros. Según recogía su paracaídas, vio caer a unos cincuenta metros a Gardner, que rápidamente recogió la lona.
En el cielo ya no había rastro del Avro Lancaster ni sombra de nada más. Estaban solos. Puestas las mochilas y con el brazado de tela y cuerda a cuestas, abandonaron el prado para adentrarse en el bosque, donde se deshicieron de los paracaídas. Sacaron una linterna y examinaron la brújula de Menchaca.
Durante el descenso habían podido ver la silueta de una ciudad, a algo menos de un kilómetro, a pesar de estar oscurecida para dificultar la labor de los bombarderos aliados. Debía tratarse de Stendal, a ciento veinte kilómetros de la capital alemana.
Durante el adiestramiento, se habían servido de fotografías aéreas y mapas para conocer el país y sus principales ciudades, y en las últimas horas, en prevención de una contingencia como la que habían sufrido, el coronel les había ordenado repasar la orografía sobre la que iban a volar. Von Weizsäcker les había hablado de Stendal, una ciudad de medio centenar de miles de habitantes, con una estación de tren que podría serles de utilidad. Al este de la ciudad, de norte a sur, el río Elba también podría resultar una vía de escape.
Pero también tenía sus peligros. La ciudad había sido escogida por el mariscal Göring, comandante en jefe de la poderosa Luftwaffe, para establecer la escuela de paracaidismo del regimiento que llevaba su nombre, y deberían evitarla por todos los medios.
Menchaca y Gardner decidieron probar fortuna en la estación. Las calles estaban sumidas en un fantasmal silencio. Antes de adentrarse en ellas, permanecieron un buen rato escondidos sin moverse, tratando de adivinar si había alguna actividad del enemigo, pero la ciudad parecía muerta, vigilada por los campanarios de las iglesias.
Amparados por las sombras y tratando de no hacer ningún ruido, caminaban el uno detrás del otro, dejando, sin poder evitarlo, huellas en la nieve. Por fortuna para ellos, el día anterior no había nevado, y las suyas no eran las únicas huellas que hormigueaban por las calles.
Por el margen de la ciudad alcanzaron la estación de tren, que también permanecía en silencio. El intenso frío no invitaba a que los soldados prestaran demasiada atención a la nevada playa de vías, y por ellas, agachados, Menchaca y Gardner se aproximaron a un par de convoyes detenidos.
Uno de los trenes contenía vehículos militares y orugas, pero la máquina estaba apagada. En cambio, el otro humeaba, y los frenos siseaban. Se trataba de un tren de pasajeros, aunque los vagones se encontraban a oscuras y en el más absoluto de los silencios.
El tren estaba orientado hacia el este, hacia Berlín. Los dos hombres se miraron y tomaron una decisión. Escondidos entre unos vagones plataformas, aguardaron a ver qué pasaba. Al fin la locomotora emitió un agudo pitido y comenzó a arrastrar lastimosamente la pesada carga.
Confiándose a su suerte, Menchaca y Gardner abandonaron su escondite y corrieron agachados hacia el tercer vagón empezando por la cola, que había comenzado a rodar lentamente y con desgana. De un salto subieron sobre el enganche de los vagones y se quedaron allí encogidos, soportando los golpeteos, rechinos y demás ruidos que causaba el roce de hierro sobre hierro.
Cinco minutos después, perdida de vista la estación, Gardner se atrevió a asomarse por la ventanilla. Los cristales estaban pintados de negro y no se podía ver el interior, pero, tras buscar un rato, encontró un resquicio por el que poder espiar. No había nada que ver. El interior estaba tan negro como los cristales.
Si no querían morir congelados y caer entre aquellas ruedas que parecían estar esperándolos, debían entrar. Si en su interior había viajeros, con seguridad, tarde o temprano aparecería la policía pidiendo una documentación de la que ellos carecían. Aún más peligroso era que los viajeros fueran tropas movilizándose. En cualquier caso, el riesgo sería alto, pero no podían permanecer allí fuera más tiempo.
Con cuidado, abrieron la portezuela y echaron un vistazo. Nada parecía moverse. Se asomaron un poco más. Los únicos ocupantes del vagón parecían ser unos enormes bidones metálicos. Un fuerte olor a petróleo les dio la pista. Era un convoy de combustible. Tal vez los alemanes no dispusieran de un transporte apropiado, o quizá pensaran que los aliados no se atreverían a bombardear un tren de pasajeros.
Sin creer demasiado en su suerte, se acomodaron como pudieron entre los bidones y echaron a suertes quién sería el que hiciera la primera guardia. Menchaca fue el afortunado y, mientras Gardner se quedaba vigilante, se sumió rápidamente en un inquieto sueño.
Pickeray y Von Weizsäcker se habían reunido con Brown, portando sus mochilas y los paracaídas, cuando el coronel estaba terminando de recoger el suyo. Agachados sobre la nieve, examinaron los alrededores.
Antes de saltar, habían visto pasar por debajo del avión la ciudad alemana con su estación de tren y un pequeño lago de forma triangular, así que calcularon que estarían a unos tres kilómetros del río Elba. El teniente alemán hizo un comentario, lamentando no haber caído al otro lado de la orilla: los puentes siempre estaban vigilados, y deberían estudiar cómo cruzar el río.
Brown no quiso perder tiempo en inútiles lamentaciones y ordenó ponerse en marcha tras echar un rápido vistazo a la brújula, al amparo del bosque donde arrojaran los paracaídas. Su plan era llegar hasta el río y cruzarlo aquella misma noche. Después buscarían un lugar donde descansar. Moverse en territorio enemigo de noche, sin armas ni ayuda de ningún tipo, no sería fácil. Si eran descubiertos deambulando de noche por aquellas carreteras, serían rápidamente arrestados. Brown decidió que se moverían de día.
No tardaron en alcanzar la orilla oeste. Se agacharon entre la vegetación, con el puente a la vista. Era un puente doble para vehículos y ferrocarril y, como temiera Von Weizsäcker, estaba vigilado por un destacamento. Confiar en cruzarlo sin que los descubrieran quedaba descartado. Deberían encontrar otro camino.
Pegado al puente, había un malecón en el que se veían unos botes que podrían serles de utilidad, pero se encontraban demasiado cerca del destacamento como para arriesgarse. Bordeando la orilla hacia el sur, a cuatrocientos metros, encontraron otro malecón.
Varios botes de remos estaban recogidos en tierra, volcados sobre unos pequeños troncos. Parecía que sus dueños no los hubiesen utilizado desde hacía algún tiempo, o quizá no quedaba ya nadie que los pudiera utilizar debido a la guerra, siempre hambrienta de hombres.
Tras asegurarse de que no había nadie por los alrededores, los dos hombres se aproximaron a uno de los botes. Era pequeño, pero suficiente para los tres. Como no tenía remos, Brown mandó al piloto a buscar un par de ellos, mientras él y Pickeray arrastraban el bote hasta el agua.
Von Weizsäcker regresó con dos remos desparejos, ayudó a sus compañeros a darle la vuelta al bote y lo metieron en el agua. Una vez a bordo, el capitán británico y el teniente alemán empuñaron los remos y se pusieron a la faena, mientras Brown vigilaba el río.
Avanzaba muy despacio. Pickeray había remado en su entrenamiento militar y era muy fuerte. En cambio, Von Weizsäcker nunca lo había hecho, y su fuerza, además de su destreza, era inferior al forzudo inglés, así que el bote daba tumbos, que tenían que ser constantemente corregidos.
De pronto, Brown dio la orden de detenerse. Inmediatamente metieron los remos dentro y aguantaron la respiración. El rumor de un motor se acercaba lentamente, y enseguida vieron un punto de luz, proveniente del norte, que barría las orillas, aproximándose cada vez más.
Los tres hombres se tumbaron en el fondo del bote, apretados en el poco espacio. Brown asomaba la cabeza lo justo como para ver las evoluciones de la patrullera. Navegaba despacio por el centro del río, a unos cien metros de ellos, cortándoles el paso a la orilla este. Si al pasar frente a ellos alumbraban con el foco, no podrían escapar.
No tenían tiempo para retroceder al abrigo del malecón, y arrojarse al agua era una mala opción. Brown estudió el movimiento del foco y llegó a la conclusión de que, si el que lo manejaba no modificaba la cadencia, el barrido estaría en dirección a la orilla opuesta cuando se cruzaran.
Confiando en su suerte y preparados para saltar si esta fallaba, aguardaron inmóviles. Con desesperante lentitud, la patrullera se fue acercando con su luminoso ojo vagando de un lado a otro. Con la respiración contenida, notaron como el ojo les alumbraba por un instante antes de perderse de nuevo. ¿Habrían llegado a verlos?
Sin atreverse a mover un dedo, permanecieron tumbados, esforzándose en escuchar si el motor de la patrullera aceleraba o alguien a bordo daba la alarma. Pero pasaron los minutos. El sordo zumbido del motor se fue perdiendo por el sur. Habían tenido suerte. Quizá los soldados, convencidos de no correr ningún peligro en el corazón del país, patrullaban con desgana, a la espera de poder correr a sus camastros y alejarse del frío y la humedad.
En cuanto la patrullera desapareció, volvieron a tomar los remos. Era muy posible que la embarcación alemana no regresara en breve, pero era mejor no arriesgarse, así que el piloto alemán tuvo que esforzarse por acercarse al ritmo de su compañero.
Por fin tocaron tierra. Sin perder un segundo, descendieron y escondieron el bote entre la espesura. Se encontraban en una zona al descubierto. A doscientos metros había un bosque, y para llegar hasta él deberían dejar sus huellas en la nieve. Tratar de borrarlas las haría aún más evidentes. Entre la orilla y el bosque, un camino. Quien pasara por allí al día siguiente, sin duda se fijaría en ellas.
No podían hacer nada por evitarlo, así que Brown dio la orden y echaron a andar. Se adentraron en el bosque y continuaron en dirección este. Era denso pero no muy grande, y pronto estuvieron de nuevo al descubierto. Ante ellos, a dos kilómetros a la redonda, todo era plano y no había dónde esconderse. Al norte y en paralelo, se dibujaba la carretera, y enfrente tenían un pueblo.
Brown decidió aventurarse y caminar hacia la carretera. Era peligroso, porque alguien podría descubrirlos, pero al menos allí podrían dejar el curso de sus huellas, ya que la carretera no tenía prácticamente nieve, y adentrarse en el prado más adelante.
Anduvieron alerta durante kilómetro y medio, hasta encontrar una pequeña cabaña en medio del prado parcialmente oculta por un raquítico grupo de árboles. No parecía haber sido ocupada en mucho tiempo. La puerta tenía una oxidada cadena y en el interior había herramientas agrícolas cubiertas de telarañas. Aquel sería un buen lugar para pasar lo que quedaba de noche.
Weidenfeld, agachado entre la maleza, observaba el mismo puente que momentos antes se había interpuesto en el camino del grupo de Brown, aunque su posición era más al norte.
Estaba muy enfadado consigo mismo. ¿Qué demonios hacía él allí jugándose la vida?
Llevaba dos horas caminando en dirección este, explicándose a sí mismo una y otra vez que lo que les pasara a los demás no era asunto suyo. ¿Cuándo lo había sido? ¿Alguna vez alguien se había preocupado por él? No, ¿verdad? Entonces, ¿por qué preocuparse por unos locos que se dirigían directamente a la boca del lobo? Un lobo, además, que había demostrado saber cómo tratar a sus presas.
No. Weidenfeld no era un loco. Aquellos eran unos compañeros que le habían sido impuestos; él no había elegido encontrarse allí y, si se había visto metido en aquella estúpida misión, había sido por la jugarreta del coronel. ¿O acaso había tenido la oportunidad de negarse? El que lo ejecutaran si se negaba a acompañarlos no se podía considerar una opción viable.
Las semanas anteriores había sufrido de hambre y frío con los despiadados entrenamientos. Se le habían congelado los pies, le habían salido sabañones y llagas. Había terminado las jornadas tan cansado por las palizas que le resultaba doloroso incluso tumbarse a dormir. Vale, había robado al ejército y hecho algunos chanchullos, pero esas semanas de sufrimiento continuo eran un más que justo pago.
Por otro lado, ¿era culpa suya que aquel loco pensara por un momento que Arthur Weidenfeld, para el que en el mundo solo había una persona importante, él mismo, no iba a aprovechar la ocasión de seguir su propio camino en vez de poner su cuello en el tajo del verdugo alemán? La palabra «desertar» era demasiado fuerte para usarla.
Con estos pensamientos, cubrió los aproximadamente trece kilómetros que lo separaban del río, tras descartar su medio de locomoción preferido, el tren, pues podría convertirse en una ratonera. Había dado continuas órdenes a sus ahora endurecidas piernas para que abandonaran ipso facto la dirección este que habían tomado, inicialmente, siendo estas órdenes ignoradas por algún motivo que se le escapaba.
Ahora, sentado entre la hierba, se maldecía a sí mismo, y también a Brown, por haberle metido en aquel fregado. ¿Cómo iba a cruzar el río? ¿Y qué haría luego? ¿Caminar hasta Berlín? ¿Robar una moto o un coche, incluso una bicicleta? ¿Para meterse en la capital y decir a los miles de soldados con los que se encontraría: «Hola, soy un estúpido y vengo a que me colguéis de un árbol»?
Volvió a maldecirse. Aún estaba a tiempo de dar media vuelta. Podía acercarse a un pueblecito de los que sabía estaba llena aquella zona y empezar sus negocios. Se había traído algo de tabaco y otras cosas que seguro escaseaban y serían muy apreciadas. ¿Por qué correr riesgos innecesarios?
Sus ojos, al menos más obedientes que sus traidoras piernas, captaron un movimiento en el río. Era una sombra grande que se movía lentamente. Estaba pasando en ese momento por debajo del puente y avanzaba hacia él por en medio de la corriente. Una plataforma ancha que apenas se levantaba del agua, remolcada por una barcaza.
La nave, tras pasar el puente ignorada por los centinelas, varió su rumbo para acercarse hacia la orilla donde se escondía Weidenfeld. El estraperlista, picado por la curiosidad, se puso en pie y caminó por la orilla, atento a no dejarse ver. Quería saber qué era aquel artefacto.
Para el sargento no existían las personas con suerte. Solamente resultaban ser más listos cuando se presentaban las ocasiones. Mientras los pusilánimes se quedan pensando qué hacer ante una buena oportunidad, convencidos, la mayoría de las veces, que algo malo tendrá o que se esconde alguna trampa detrás, un listo actúa y se aprovecha. Y algo le decía que aquel trasto era una oportunidad para él. Cualquiera hubiese dejado que la embarcación se perdiera por el norte, pero no Comadreja.
Diez minutos después, averiguaba a dónde se dirigía la barcaza. Ante él, un pueblo, o más bien un grupo de casas, llamado Storkau, ocupaba la orilla del río, y rumbo a uno de sus embarcaderos navegaba lentamente la embarcación.
Cuando aún estaba a un centenar de metros, comprendió de qué se trataba. La plataforma que era remolcada estaba llena de basura y su olor se extendía de manera desagradable. Si la embarcación continuaba hacia el norte por el Elba, llegaría a encontrarse con su afluente, el Havel, que cruzaba Berlín. Tal vez podría encontrar otra embarcación; eso si la propia barcaza no se dirigía hacia la capital a recoger su carga de desechos para llevarla más al norte.
La cara de Comadreja se iluminó con una sonrisa. Sí, aquella barcaza estaba allí para él. Seguro que su singladura pasaba por Berlín.
Entretanto, Villar continuaba su marcha. Había cruzado el río al sur del puente, como el grupo de Brown, pero habiendo visto la vigilancia había preferido no robar ninguna barca. En cambio, había encontrado un par de troncos no muy gruesos, de metro y medio de largo, que algún leñador había apilado. Los había atado con una de las dos cuerdas arrancadas al paracaídas por si las necesitaba y se había construido una diminuta balsa, en la que puso la mochila y un atado con su ropa.
El agua estaba muy fría, pero al menos no asomaba prácticamente de la superficie y sería muy difícil que alguien lo descubriera. Cornín no sabía nadar bien, así que, agarrado a la precaria almadía, pataleó, tratando de no meter ruido, para conducirlo hacia la otra orilla. La corriente empujaba hacia el norte, pero lo había previsto y se había alejado bastante del puente.
Al llegar a tierra, estaba aterido. Rápidamente salió del agua y comenzó a patear contra el suelo y a darse fuertes abrazos para entrar en calor. Después se vistió y volvió a corretear, hasta que el frío se hizo soportable. Había tenido cuidado de no moverse mucho, de manera que todas las pisadas estaban concentradas en una pequeña zona, y entonces embarró la nieve para evitar que las huellas lo delataran si, por un casual, alguien pasaba por allí al día siguiente.
Soltó los troncos y los dejó perderse con la corriente. Guardó la cuerda en la mochila y se colocó esta a la espalda. Miró a su alrededor. Tenía veinte metros hasta el camino. Veinte metros de una alfombra de nieve.
Por fortuna, encontró una hilera de rastrojos que iban de la orilla al camino a su derecha, y fue hasta ellos. Con cuidado, fue pisando los rastrojos hasta llegar al camino. Miró al cielo. Después miró hacia delante. A dos o tres kilómetros se levantaba el pueblo que habían visto antes Brown y sus compañeros. Villar no podía saberlo, pero, a diferencia de ellos, decidió bordearlo por el sur. Sería más recto y, además, allí se levantaba otro bosque.
Era hora de volver a ponerse en marcha.
Sábado, 1 de abril de 1944
Alrededores de Wustermark, Alemania
Menchaca y Gardner aguardaban encogidos tras los bidones de combustible a que el convoy se pusiera de nuevo en marcha. Ya no les parecía tan buena idea haberse montado en aquel vagón. Llevaban sin poder salir de él desde la noche del jueves, cuando pisaran por primera vez territorio enemigo.
No habían probado bocado desde que abandonaron Inglaterra y solo habían podido chupar los carámbanos de hielo que se formaban en la ventanilla del vagón para calmar la sed. Ahora el hedor era más fuerte, porque al del combustible se le había unido el de sus orines y excrementos.
Y no se podían quejar. Si cuando abordaron el tren pensaban que aquella misma noche estarían próximos a la capital, las continuas paradas a causa de los destrozos en las vías causados por los bombarderos aliados, la circulación de otros convoyes o la dificultad para encontrar con qué alimentar la locomotora habían ralentizado la marcha.
Los dos hombres habían visto el letrero de la estación de Wustermark, y sabían que se encontraban a unos treinta kilómetros. Aún no era medianoche. Si el convoy echaba a andar, como parecía que iba a hacer, podrían llegar a Berlín antes del amanecer del domingo, si no encontraban más inconvenientes.
Unos silbidos y unas sacudidas anunciaron que el tren abandonaba la estación. La locomotora, cansada por el esfuerzo, tiraba penosamente de la carga, un montón de vagones que posiblemente estarían también llenos de bidones, y le costaba pillar velocidad.
Menchaca cruzó los dedos, rezando porque aquella fuese la carrera definitiva. Sus oraciones no fueron escuchadas. No habían recorrido tres kilómetros cuando, de pronto, la locomotora comenzó a agitarse entre las sacudidas provocadas por las ondas expansivas de las bombas aliadas que caían alrededor. Enseguida comenzó a extenderse el olor a fósforo de los artefactos incendiarios.
Completamente encogidos contra las delgadas paredes del vagón, Menchaca y Gardner podían escuchar el silbido de los artefactos y notar, antes de oírlos detonar, la presión que ejercían en el aire. Enseguida habían aprendido a taparse con fuerza los oídos en cuanto presentían el vacío causado por los explosivos al caer, tensando los músculos para preparase a recibir la sacudida.
—¡Están muy cerca! —gritó ensordecido Menchaca, tras chocar contra un bidón, después de que una bomba ladeara el vagón, que cayó de nuevo sobre los raíles.
—¿Qué hacemos?
—Será mejor que salgamos de aquí.
De nuevo la sensación de quedarse sin aire. Se protegieron, metiendo la cabeza entre las rodillas. Esta vez la presión era más intensa; la bomba iba a caer muy cerca.
La explosión reventó un costado y un par de barriles empezaron a derramar combustible, que de inmediato ardieron.
—¡Vamos, vamos! —gritó aturdido el profesor, poniéndose en pie. La temperatura estaba subiendo rápidamente. El fuego se extendía.
Trataron de llegar hasta la portezuela, pero una nueva explosión los levantó por los aires. El vagón descarriló y cayó fuera de las vías sobre el costado destrozado. Los barriles habían roto amarras y rodaban, chocando entre ellos.
Gardner aulló de dolor. Al salir despedido, un pie se le había quedado atrapado entre los hierros retorcidos del chasis del vagón, y ahora todo el peso del cuerpo colgaba de la pierna.
Cayó otra bomba, el vagón se volvió a mover y Gardner aumentó el volumen de los alaridos. Menchaca pudo por fin ponerse de pie. El calor era insoportable y los vagones amontonados unos encima de otros sin ningún orden estaban cogiendo una temperatura muy peligrosa.
El profesor llegó hasta Gardner. Levantó uno de los bidones que permanecían en un precario equilibrio y lo colocó debajo de su compañero, para que el peso no pendiera de su atrapada pierna.
—¡No puedo moverme!
—Tranquilo. Te voy a sacar de aquí.
—No podrás. Tengo atrapado el tobillo. Esto va a estallar de un momento a otro. ¡Lárgate!
A lo lejos, se escuchó una explosión, pero esta era distinta. Menchaca se dio cuenta de que el bombardeo había terminado. Las explosiones aisladas debían de pertenecer a los bidones de combustible, y la más fuerte debía de ser la de un vagón entero.
Gardner tenía razón. Era cuestión de minutos que el vagón saltara en pedazos. Notaba cómo el cabello se le chamuscaba. No tenían tiempo.
—¡Lárgate! —volvió a gritar el sicario.
—No. Sujétate a mí y trata de sacar el pie.
Menchaca levantó en vilo al americano, pero este no conseguía desengancharse.
—¡Vete de una puñetera vez, maldito estúpido!
—Nos iremos juntos —repuso el español, mientras volvía a levantarlo con todas sus fuerzas.
Gardner sacó su pistola, la que se había traído de contrabando a pesar de las órdenes de Brown, y la colocó en la sien del profesor.
—¡Lárgate! —ladró una vez más, mascando las sílabas.
Menchaca, sorprendido, se quedó un instante mirando el arma.
—¿Vas a dispararme? Pues guarda la puta pistola, que me estás poniendo más nervioso.
Cargando el peso del sicario sobre el hombro, hizo un nuevo intento desesperado. Uno de los bidones que había salido volando por el lado había estallado, y sus esquirlas habían atravesado de fuera hacia dentro el vagón como si fuese papel. El resto de los bidones se estaban hinchando por la presión interior de los gases. Había que largarse ya.
—¡Ahora! —rugió Menchaca, congestionado por el brutal calor y el desmesurado esfuerzo.
Con un último alarido, Gardner tiró de su pierna y logró liberarla. Ambos perdieron el equilibrio, y el americano cayó sobre el español.
—Venga, larguémonos —dijo Menchaca, ayudando al sicario, que apenas podía poner el pie en el suelo.
Renqueando, salieron por un boquete abierto en el tejado, que ahora, al estar volcado el vagón, se había convertido en una pared.
—¡Las mochilas! —dijo Menchaca en cuanto se hubieron alejado y puesto a resguardo, viendo cómo el fuego iluminaba la noche y aquí y allí nuevas explosiones provocaban fuegos de artificio.
—Habrán explotado. ¡Olvídate de ellas!
—No. Si estuvieran aún dentro del vagón nos hubiesen mandado al infierno. Habrán salido despedidas al descarrilar. Voy a ver.
Gardner se quedó apoyado contra un árbol, a cincuenta metros del convoy. Allí, incluso en medio de la fría noche, el calor también era intenso, y los gigantescos abetos más cercanos al moribundo tren habían prendido fuego.
El sicario examinó su dolorido pie. Unas marcas en ambos lados del tobillo tenían restos de sangre, pero podía moverlo bien. Parecía que nada estaba roto. El dolor sería intenso y se hincharía, pero no le impediría moverse. Removiendo la nieve, metió el pie en un hoyo y lo cubrió. La mordedura del hielo le quemó. Aquello reduciría la hinchazón y podrían marcharse en cuanto llegara su compañero.
¿Dónde se había metido aquel estúpido?
Por fin apareció Menchaca, arrastrando por el suelo las dos mochilas.
—Las he encontrado —dijo jadeando—. Habían salido despedidas. Nuestro vagón ha estallado. He visto cómo caían los restos cien metros más allá. Nos hemos librado por poco. ¿Cómo te encuentras?
—He estado mejor —contestó Gardner con un gesto de dolor—. Si no hubiese sido por ti, la hubiese diñado. Supongo que te debo la vida.
—Supones bien, compañero —contestó Menchaca, dándole una palmada afectuosa en el hombro—. Espero que no se te olvide cuando volvamos. Venga, hay que alejarse. Vendrán soldados. ¿Puedes andar?
Mientras Menchaca ayudaba a levantarse a Gardner, Comadreja dormía plácidamente en la gabarra de basura que arrastraba la barcaza, con la cabeza apoyada en la mochila para no tener más sorpresas desagradables.
La noche que había zarpado desde Storkau por el Elba hacia el norte nadie se había fijado en él. En realidad, nadie parecía fijarse en la maloliente embarcación, y se habían limitado a arrojar su dosis de desechos antes de que la barcaza levantara anclas de nuevo.
Weidenfeld hacía tiempo que no se rodeaba de un ambiente tan poco refinado, pero durante años había estado en sitios peores. Su falta de escrúpulos lo ayudaría a pasar desapercibido y, con un poco de suerte, llegaría hasta Berlín sin fatigarse en exceso.
Acurrucado en su saco de paja, había escogido un sitio para tumbarse y dormir un rato hasta la próxima parada. Con el rumor del barco no había tardado en coger el sueño.
Dos horas más tarde despertó de golpe. Aún era noche cerrada. La gabarra seguía su rumbo por el centro del río y no parecía que fuera a tocar tierra. Sin embargo, su instinto de supervivencia, desarrollado en los tiempos en que cruzaba los Estados Unidos de punta a punta, lo alertaba de un peligro. Su cerebro se despejó bruscamente: detrás del montón de basura en el que se había escondido algo hacía ruido. ¿Serían ratas? No lo parecía.
Buscó un palo a su alrededor que le pudiera servir de arma larga y cayó en la cuenta de algo: la mochila con los explosivos había desaparecido. Recordaba haberla dejado a su lado, pero ya no estaba ahí. No le cupo ninguna duda. Las «ratas» estaban haciendo ruido con su mochila.
Sigilosamente, rodeó el montón de inmundicia. Alguien, agachado, rebuscaba en la mochila. Debía de tratarse de un vagabundo que, aprovechando el transporte gratuito, le había robado la mochila para ver si encontraba algo que llevarse a la boca.
En ese momento, el ladrón se incorporó de un salto y se dio la vuelta. Era un hombre alto, de treinta y pocos años y, a pesar de su delgadez, capaz de luchar. Ambos hombres se miraron. El ladrón abrazó la mochila, poco dispuesto a soltarla, y sacó del costado de su pantalón una bayoneta medio oxidada, a la que habían recortado un poco la empuñadura para que fuera más fácil esconderla. Sin duda, un arma terrible. Weidenfeld se agachó y extrajo algo de su bota derecha. Un punzón de un palmo. Un arma mucho menos imponente. Ahora había que ver qué tal sabía usar aquel tipo su bayoneta.
Comenzaron una danza el uno en torno del otro. El vagabundo movía su arma sin parar. No parecía tener miedo y tampoco que fuese la primera vez que hacía aquello. Pero no sabía luchar. Cada vez que daba una cuchillada de costado, dejaba mucho espacio. Comadreja hizo un par de rápidas fintas, y el tipo respondió entrando a fondo.
La estocada del ladrón se perdió en el aire, no así la respuesta de Weidenfeld, cuyo punzón, hasta la empuñadura, quedó enterrado dentro del pecho de aquel pobre diablo, justo por debajo del esternón y apuntando hacia arriba.
El tipo no había podido hacer ningún ruido. No le había dado tiempo a saber qué había pasado y cómo había errado su ataque. Con un suspiro, se había desplomado. Comadreja rescató su arma y la limpió en la chaqueta del muerto. Cogió la bayoneta de su contrincante y se la guardó en la cintura. Después, rebuscó entre los bolsillos de este por si encontraba algo que le pudiera servir. Unas pocas monedas de pfennig, un peine, un ejemplar atrasado del periódico nazi Völkischer Beobachter, remetido debajo de la camisa para guardar el calor, y, lo más interesante, una Kennkarte, el documento de identidad utilizado por los alemanes.
Se metió los pfennigs en el bolsillo. No alcanzarían para comprar nada, pero le ayudarían a pasar por alemán. El peine lo arrojó a la basura: hacía años que no necesitaba tales artilugios. El periódico, bien doblado, fue a parar al bolsillo trasero del pantalón. Echó un vistazo a la Kennkarte: Fremont Benz, nacido en Bremen. La foto del documento no se parecía en nada a él, y no se podía cambiar. Estaba bastante arrugado. Quizás estropeándolo un poco más pudiera llegar a engañar a un soldado o a un policía de la Gestapo.
—Adiós, Fremont, ha sido un placer conocerte —se despidió Weidenfeld, antes de enterrar el cuerpo debajo de un montón de basura.
La gabarra se había detenido en otros pueblos para recoger la basura y más vagabundos habían embarcado para hurgar entre los desechos y moverse a otro lugar, posiblemente tratando de evitar que la policía se fijara demasiado en ellos y los considerara vagos y maleantes. Comadreja conocía de primera mano qué significaba eso. No lo habían molestado. Subían y bajaban. No muchos, cuatro o cinco, y nadie había hablado con nadie.
Tampoco Weidenfeld había tratado de entablar conversación. Había decidido que se acercaría al punto de reunión y vería cuántos de sus compañeros habían sido lo suficientemente diestros como para llegar con vida. Apostaba por el retorcido guerrillero español, y tal vez el escurridizo Riggs. El profesor, Brown y el capitán inglés habrían sido cazados, mientras que el piloto alemán habría escapado a su casa. El asesino americano, con su inquietante mirada, tampoco aparecería.
Una vez que comprobara que el comando había fracasado, se sentiría libre de hacer lo que quisiera. Tal vez un pueblecito, como dijera al coronel. O igual cruzaba alguna frontera hacia un país menos beligerante. Tenía algo que comer que había escondido antes de despegar, y nieve limpia para beber. Mientras, trataría de descansar. A saber qué le esperaba.