Proyecto Moisés
Capítulo XVI
Jueves, 30 de marzo de 1944
Brecon Beacons, Gales
El comando marchaba en busca del precario campamento que habían abandonado de madrugada. Confiados, aceleraban el paso, deseando llegar cuanto antes para poder comer algo.
—Coronel, alguien nos está siguiendo.
Villar se había ido quedando rezagado del grupo, abandonando las primeras posiciones que acostumbraba a ocupar en las marchas para emparejarse con Brown, que como siempre iba en la retaguardia.
El coronel no se había olvidado del jeep que los había seguido desde que salieran de Londres. Manteniendo el paso, aguzó sus sentidos, pero sin conseguir detectar la presencia de ningún extraño. Sin embargo, conocía la reputación de Cornín, el guerrillero español al que en las montañas asturianas llamaban Demonio y al que en aquellas semanas de exhaustivo entrenamiento había llegado a respetar. Aquel lobo solitario era capaz de aventar el peligro, y cuando Villar hablaba solía ser aconsejable escucharlo.
—¿Cuántos son? —preguntó Brown.
—No lo sé —respondió Villar.
—Está bien. Bordearemos aquellos árboles. Adelántese. En cuanto vea la posibilidad, adéntrese en la arboleda, y rodéelos. Si son más de uno, quiero al que dirija el grupo vivo. Si podemos atrapar con vida a algún otro, mejor. Si ve que alguno se escapa, dele el alto. Si no se detiene, mátelo. Diga a Riggs y a Gardner que vengan.
Sin responder, Villar aceleró un poco el paso para colocarse en cabeza de nuevo sin llamar la atención, aprovechando para avisar al sicario y a Gato, que se quedaron más atrás, al lado del coronel.
Brown le dio instrucciones. Riggs debía hacer lo mismo que Villar, pero por el flanco derecho, en un movimiento de tenaza. Gardner escogería un sitio a cubierto desde el que pudiera controlar la zona con el Lee Enfield P14 dotado de mira telescópica que habían robado a la patrulla.
—Capitán —llamó Brown en voz alta al cabo de un rato—. Haremos un descanso ahora.
Los hombres se sentaron sobre la hierba, al abrigo de unos matorrales que los ocultaban a medias. Brown no perdía de vista a Gardner, que acechaba a través de la mira telescópica el sendero por el que habían llegado.
El sicario levantó ligeramente una mano con el dedo índice sin recoger, la abrió con el dorso hacia arriba y la bajó: solo había un perseguidor, y se había agachado para no ser descubierto.
Gardner volvió a levantar la mano en señal de aviso. Algo iba mal. El pájaro volaba.
Weidenfeld, como el resto de sus compañeros, vio el gesto del sicario y, haciéndose cargo de la situación, se incorporó de un salto y empezó a chillar furioso:
—No pienso ir con ustedes a ningún sitio, ¿me entiende? Usted está loco, coronel. Su plan es absurdo. Nos matarán en cuanto nos acerquemos. ¿Cree que los alemanes no nos estarán esperando?
—¡Cállese! Usted hará lo que yo le mande o volverá a la cárcel.
Comadreja se agachó, cogió uno de los Sten y apuntó al pecho del oficial americano.
—No, coronel. Yo me largo —ladró Comadreja con su voz ronca, amartillando el fusil—. No se mueva o le pego un tiro. ¡Quédese quieto donde está, capitán!
Gardner movió los labios sin emitir ningún sonido. El teatro montado por Weidenfeld estaba dejando de dar resultado. ¿Qué debía hacer? Brown le hizo un gesto para que esperara un poco más. El sicario negó con la cabeza. No había tiempo.
—¡Dispare! —ordenó Brown.
Gardner hizo fuego y se escuchó un grito a lo lejos. El comando se puso en pie para mirar qué ocurría. De lados opuestos asomaron a la carrera Riggs y Villar, y se lanzaron sobre una figura tirada en la hierba. Brown y sus hombres corrieron hacia ellos.
—General Mattis, ¿qué hace usted aquí? —preguntó Brown, frunciendo el ceño cuando reconoció al oficial.
—¡Ordene a sus hombres que me suelten inmediatamente!
Villar y Riggs obedecieron a una señal del coronel.
—¿Qué hace usted aquí? —repitió Brown.
Mattis se agarraba la pierna herida; la pernera del pantalón se iba empapando de sangre.
—¿Está usted loco? —preguntó el general, apretando los dientes por el dolor.
Brown se agachó sin ninguna simpatía y le repitió la pregunta por tercera vez.
—Me manda el general Eisenhower. Quiere que los vigile. Le juro que se acordará de esto. Le voy a mandar otro consejo de guerra, y por Dios que esta vez no se va a librar.
—¿El general Eisenhower? —preguntó extrañado Brown—. Creía que iba a venir él mismo mañana para las maniobras.
—Y así iba a ser. Pero no lo espere ahora. ¡Capitán!
—¡Señor! —respondió Pickeray confuso.
—Capitán, arreste al coronel Brown.
—El capitán Pickeray pertenece al quinto batallón de Rangers y tiene órdenes de…
—¡Sé perfectamente a qué cuerpo pertenece el capitán! He sido informado por el coronel Schneider.
Brown se irguió.
—Lo siento, general. Schneider no le ha podido decir nada. Conozco al coronel de Rangers, pero en realidad el capitán pertenece al ejército británico.
Mattis se quedó helado, sin saber qué responder.
—Además, el general Eisenhower no tiene intención de visitarnos. Ni siquiera va a haber maniobras. ¡Átenlo!
—¿Se ha vuelto loco? ¡Soy un general! ¿Qué pretende hacer?
Entre Villar y Pickeray agarraron a Mattis, y el comando se internó entre la espesura, hasta encontrar un pequeño claro.
—Ahora, general, me va a decir qué hace aquí —dijo Brown.
Weidenfeld le había atado las manos a la espalda y había pasado la cuerda por una rama baja, tensándola. Mattis gritó de dolor cuando la presa le arqueó dolorosamente los hombros.
—General, lo que va a ocurrir aquí va a resultarle muy desagradable — insistió Brown—. Será mejor que conteste mis preguntas. ¿Para quién trabaja?
La respuesta no fue satisfactoria y, a una señal del coronel, Comadreja estiró de la cuerda, levantando unos centímetros en el aire al oficial, que aulló en vano, sintiendo como los hombros amenazaban con desencajarse.
—¡Basta, basta, se lo diré!
La cuerda se destensó lo suficiente como para que Mattis hiciera pie.
—¿Quién lo envía?
—Nadie, se lo juro. ¡Espere! El Bund.
—¿Quién?
—El Bund germano-americano. Una organización americana.
—¿Una organización nazi?
—Somos simpatizantes del pueblo alemán.
—¡Maldito hijo de perra! —rugió Weidenfeld—. Querías vendernos, cabrón.
—¿Qué les ha dicho? —preguntó Brown, haciendo un gesto para que Comadreja se calmara.
—Nada.
Weidenfeld tiró salvajemente de la cuerda, y uno de los hombros del general se descoyuntó.
—¡Solo su nombre y que estaba formando un comando! —berreó Mattis con el rostro desencajado.
—¿Qué más?
Weidenfeld tironeó para aumentar la agonía.
—¡Que están buscando a un científico en Alemania! ¡Nada más, se lo juro! ¡Por Dios, no sé nada más! —Mattis lloraba a gritos, con las venas del cuello amenazando con estallar.
—Bájelo —ordenó Brown—. ¿Cómo sabe usted todo eso?
Mattis se derrumbó en el suelo, hipando. Brown tuvo que darle una patada en la pierna herida para que reaccionara.
—Usted visitó a Eisenhower y al primer ministro británico. Ningún coronel llega tan alto. Me extrañó, y lo investigué. Supe que se había librado de una sentencia en un consejo de guerra y que nadie sabía qué había sido de usted.
Los hombres miraron con curiosidad a Brown tras aquellas palabras, pero el coronel ni se inmutó.
—Todo era muy raro. Vi una carpeta con las fichas de varios soldados. Todos estaban entrenados en operaciones de comandos, pero usted los había descartado y había formado su propio grupo.
—¿De dónde ha sacado lo del científico?
—Se lo escuché decir al primer ministro el día que usted los visitó. Cuando se marchó, ellos hablaron de la operación. Solo pude llegar a oír que necesitaban encontrar a un científico.
—¿Por qué en Alemania?
—Vi los planos que usted pidió. Todos eran de ciudades alemanas.
—¿De qué más ha informado? ¿Conoce a estos hombres? ¿Sabe dónde está el científico? ¿Cómo vamos a viajar?
—No, se lo juro. Por favor, no me haga más daño, por favor.
Mattis lloraba desconsoladamente. Uno de los brazos lucía un ángulo extraño, y la pernera estaba llena de sangre. Estaba a punto de perder el sentido.
—Creo que dice la verdad, coronel —susurró Pickeray al oído de Brown.
—Yo también lo creo, pero no podemos estar seguros. En cualquier caso, no vamos a sacarle nada más, y lo que nos ha contado es suficiente. Después de lo de esta mañana, hay demasiada gente que conoce a nuestro equipo. No es seguro seguir aquí.
—¿Qué vamos a hacer?
—Habrá que darse prisa. No esperaremos a que nos den luz verde. ¡Gardner! Mátelo.
El sicario se adelantó con absoluta calma, desenfundó la pistola que llevaba al cinto, la amartilló e, ignorando los gritos solicitando piedad del aterrado general, le pegó dos tiros, uno en el pecho y el otro entre los ojos.
Nadie dijo nada. Sin poder despegar los ojos del cadáver, los hombres se dieron cuenta de que había terminado la instrucción. Aquello para lo que habían sido escogidos comenzaba de verdad.
—Levántenlo, nos lo llevamos. Weidenfeld.
—¿Coronel? —en la respuesta de Comadreja había desaparecido su habitual ironía. El estraperlista no hubiera creído que Brown tuviera arrestos para matar a un superior.
—Son las cinco de la tarde —dijo Brown, mirando su reloj y haciendo cálculos. Oscurecería hacia las siete y media. Quedaban dos horas y media—. Vaya con Riggs a buscar el jeep del general. Necesitamos un transporte. Un camión con la parte de atrás cubierta en el que poder pasar desapercibidos. Encuentre también un par de cadáveres que no lleven demasiado tiempo muertos, tres uniformes ingleses de aviador y ropa para todos nosotros.
—¿Pero de dónde pretende que saque todo eso? —protestó Comadreja—. Dudo que en la tienda de ningún pueblo tengan un par de cadáveres… ¿Y qué clase de ropa?
—Ropa de civil. Que sea abrigada, para que no nos congelemos allá arriba cuando estemos volando a seis mil metros. Llévese a Riggs, y no tarden demasiado. Los demás recogeremos el campamento. Nos iremos esta misma noche.
—Coronel, ¿no cree que es un poco precipitado? —preguntó inquieto el capitán británico, bajando la voz para que los demás no pudieran oírlo—. Los hombres no están preparados todavía. Necesitamos más tiempo.
—No lo tenemos, capitán.
—¿Va a hablar con Von Weizsäcker?
—Sí. Tengo que comunicárselo.
—¿Qué haremos si se niega a venir?
—Aún no lo sé. No aprueba usted mi decisión, ¿verdad, capitán?
—Estos hombres no son soldados, coronel. Aún no piensan como soldados. Nos vamos a poner en manos de un grupo inexperto. Es un riesgo enorme. Esta misión puede ser decisiva.
—Lo sé, capitán.
—Si Von Weizsäcker se desmorona, no tendremos piloto —avisó Pickeray.
—No podemos engañarlo. Confiemos en que no se eche atrás.
—¿Cómo conseguiremos un avión?
—Robándolo. Deje que hable con el teniente, y mientras ponga a los hombres en marcha.
Pickeray asintió sin que una arruga de preocupación abandonara su frente.
—No se quede ahí parado, Weidenfeld. Vaya a buscar lo que he pedido. Dense prisa.
—¿Está seguro de lo que hace, señor? —preguntó Pickeray, mientras Weidenfeld y Riggs se marchaban en busca del jeep del general Mattis—. No me parece buena idea dejar solos a esos dos.
—Debemos irnos, capitán, y necesitamos lo que los he pedido.
—Bien. Pero tal vez hubiese sido mejor que yo los acompañara.
—No pasa usted desapercibido —sonrió Brown—. Además, lo necesito aquí para preparar la marcha. Todo tiene que estar dispuesto para cuando vuelvan con el camión.
—Si es que vuelven…
—Volverán.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Porque si no estaremos jodidos.
Pickeray se lo quedó mirando, con el ceño fruncido, sin saber si se estaba riendo de él.
—Escuche, capitán. No podemos permanecer aquí más días. Si los alemanes están esperándonos, a nosotros o al informe de su espía, cuanto más nos retrasemos será peor. Sabemos dónde tenemos que ir y lo que debemos hacer.
—No nos han dado luz verde.
—No estaremos aquí para cuando la den. Si Weidenfeld y Riggs deciden desertar, prefiero que lo hagan ahora que en Alemania. Tranquilícese, capitán. Todo saldrá bien.
A una señal del coronel, el grupo se puso en marcha, llevando en volandas el cadáver del general. Brown llamó a Von Weizsäcker y, sin aflojar el ritmo, habló con él.
—Tengo una mala noticia para usted, teniente. La he recibido esta mañana.
—¿Es Otto? —contestó el piloto alemán, sin levantar la mirada del suelo.
—Lo siento mucho. Me han asegurado que se ha hecho todo lo posible — repuso Brown—. Esto cambia las cosas, teniente. Cuando le ofrecí participar en esta misión, pensaba sinceramente que seríamos capaces de salvar a su hermano. No obré de mala fe. Si no quiere acompañarnos, lo entenderé.
—¿Y qué pasaría conmigo?
—Nada. Estaría aislado hasta que termine la operación, y después volvería a su internamiento, hasta que finalizara la guerra.
—Para mí la guerra ha terminado, coronel. No quiero volver al campo. Se lo debo a Otto, a mi patria y sobre todo a Eva. No quiero que el mundo piense que todos los alemanes somos unos monstruos como Hitler. Pero, cuando acabe esta operación, no regresaré.
—Será peligroso para usted.
—Lo sé. Pero es mi país. Espero que lo comprenda.
Brown aceleró el paso, dejando solo al teniente alemán. El resto parecía haber intuido lo que hablaban y guardaba un respetuoso silencio.
—Desmonten el campamento, recojan todo y entiérrenlo —ordenó Brown en cuanto tuvieron a vista las tiendas de campaña—. Capitán, haga el favor de destruir la radio. La enterraremos con lo demás.
Los hombres se apresuraron a obedecer las órdenes. Cuando la zanja donde habían sepultado cuanto pudiera delatar su presencia en el lugar estuvo bien cubierta, echaron la tierra sobrante al riachuelo para que el agua se la llevara y, sobre la tumba, replantaron matorrales arrancados de otro sitio.
Sudorosos y llenos de barro, cada uno hizo el pequeño petate que iba a llevar consigo. Revisaron las armas, comprobaron si todos tenían sus brújulas y se escondieron en la linde del bosque, a la espera de que llegaran Weidenfeld y Riggs.
Una hora más tarde, el sol comenzaba a desaparecer en el horizonte y aún no sabían nada de ellos. Menchaca y Gardner charlaban en voz baja; el minero español, sentado en una piedra, chupaba la boquilla de su pipa; el piloto alemán estaba sumido en sus recuerdos, y Brown lanzaba piedrecitas a una charca.
El único que parecía estar nervioso era Pickeray. Su instinto le decía que aquellos sinvergüenzas habrían aprovechado la ocasión para escapar. Desde luego, nadie se lo podría echar en cara. Estaban a punto de embarcar en un avión con el que se adentrarían en la boca del lobo para llevar a cabo una misión que, seguramente, les costaría la vida a todos.
En realidad, se dijo el capitán, si regresaban, serían tan estúpidos como lo eran ellos, allí sentados, aguardando en medio de ninguna parte a un camión que seguramente jamás llegaría.
—No vendrán —masculló por enésima vez Pickeray cuando el último rayo de sol se había despedido. Comenzaba a bajar la temperatura, que junto a la humedad de la zona hacía desagradable la espera. Pero los hombres no se quejaban. Con el sudor frío, manos, cara y ropas llenas de tierra, poco abrigados, sin haber comido en todo el día y sin posibilidad de hacer fuego, se mantenían en silencio.
Todos sabían lo que eran las largas esperas. El piloto alemán lo había aprendido en los campos de prisioneros ingleses, en los que las únicas escapadas de la rutina eran el reparto de la comida. Villar, Pickeray y Menchaca habían aprendido en las trincheras de España lo que era aguardar sin saber qué y, la mayoría de las veces, rezando para que eso que aguardaban no se presentase nunca.
Gardner, en cambio, había aprendido a esperar en rincones y esquinas a que sus víctimas se presentasen durante noches o días enteros. En aquellas ocasiones, debía permanecer muy quieto y sin hacer ruido ni poder encender un cigarrillo, para que sus movimientos no alertaran a la presa.
El caso de Brown era diferente a todos los demás. Él no había estado en ninguna trinchera ni había montado guardia como un cazador ni se había aburrido en un campo de prisioneros. Pero sabía lo que eran los plantones interminables en pasillos de puertas cerradas aguardando a ser recibido por personas muy ocupadas que jamás tenían tiempo para él. En aquellos días había tenido que aprender, necesariamente, que la paciencia es una virtud, pues de otro modo hubiese terminado en el calabozo, si hubiese interrumpido violentamente en aquellos despachos cuyas puertas siempre permanecían cerradas para él.
—¡No vendrán!
—Lo ha dicho hace un momento —replicó Brown sin levantar la mirada de la charca—. Relájese.
—Debería haber ido yo con ellos.
—Si en su cabeza estaba el desertar, quizá lo hubiésemos perdido a usted también.
—Si algún día les pongo las manos encima, se acordarán de mí.
—Tal vez tenga la oportunidad, capitán —repuso Brown aguzando la mirada, como si pudiera atravesar el espeso manto de vegetación que los rodeaba—. Si no me equivoco, oigo el motor de un vehículo.
—Yo también lo oigo —coincidió Gardner.
Instantes después, el ruido era evidente. Era un vehículo pesado que se acercaba no sin cierta dificultad.
—Escóndanse —ordenó el coronel.
El aviso era innecesario. Gardner y Menchaca estaban ya ocultos tras sendos árboles. Y, mientras el alemán se agazapaba tras unos matorrales junto al minero español, Brown y Pickeray hacían otro tanto. Todos empuñaban sus armas.
Al cabo de diez minutos, entre el follaje, se vio el movimiento de algo pesado que avanzaba por el estrecho camino embarrado. Momentos después, apareció el morro alto de un camión del ejército americano, con el parabrisas sucio y una lona tapando la cartola. De dentro salía una voz conocida, que maldecía de mal humor:
—¿Dónde se habrá metido ese hijo de puta de Brownie?
—Aquí estoy, Weidenfeld —dijo el coronel, incorporándose para salir de su escondite, dando por descontado que el estraperlista se refería a él.
—¿Qué le parece, coronel? —preguntó Comadreja, asomando por la ventanilla, sin importarle que Brown hubiese escuchado el exabrupto, con un trozo de puro colgando de la comisura—. Un «dos y medio» prácticamente nuevo y con el depósito lleno.
Conseguir un CCKW-353 con el depósito lleno era como para sentirse orgulloso. Aunque no faltaba combustible en la isla, la pronta llegada del esperado desembarco en Europa obligaba a racionarlo fuertemente. En los cuarteles, antes de repostar, se calculaba cuántos litros precisaba el vehículo y se intentaba aprovechar el viaje para más de una cosa.
—No se ha dado mucha prisa, Weidenfeld —dijo el coronel.
—¡Oh!, disculpe, señor —contestó con sorna Comadreja, un tanto molesto—, pero estuvimos tomándonos unas cervezas con unas señoritas mientras decidíamos qué cadáveres serían más de su gusto.
Habían tenido pocas horas para llevar a cabo el complicado encargo en una zona bastante deshabitada, y Weidenfeld esperaba un poco de reconocimiento.
—Bueno, se nos hace tarde —dijo Brown—. ¡Arriba todos!
Mientras el resto del comando se acomodaba en la parte de atrás, junto a los dos cuerpos sin vida, ya vestidos de aviadores británicos, como había solicitado el coronel, este y el capitán inglés se sentaron en la parte delantera, al lado del estraperlista, que era quien conducía.
—¡Vistan al general con el otro uniforme! —ordenó Brown a los que iban en la parte trasera, viendo cómo metían en volandas el cuerpo ensangrentado del traidor—. Páseme el mapa, capitán. Bueno, Weidenfeld, ya ve dónde nos encontramos. Tenemos que ir al suroeste de Londres, a este campo de aquí. ¿Cuánto tiempo cree que tardaremos?
Comadreja echó un vistazo al mapa, al tiempo que pisaba el acelerador, y el camión dio un brinco, celebrado con maldiciones desde la cartola.
—Yo diría que tres horas y media, más bien cuatro.
—Está de suerte —repuso Brown, recogiendo el plano y echando un vistazo a su reloj—. Tenemos solo tres horas.
—Dudo que lo consigamos —farfulló Weidenfeld, moviendo de un lado a otro el puro que le colgaba de la boca—. ¡Los de atrás! ¡Sujetaos bien, que esto se va a mover! ¡Y no me echéis la culpa a mí!
En la parte posterior del camión, Menchaca y Von Weizsäcker luchaban con el peso muerto del general e intentaban desnudarlo sin salir despedidos del camión. Sentados en el suelo, con las piernas estiradas y la espalda atada a los costados, los cuerpos sin vida debidamente uniformados como miembros de la RAF corrían grave peligro de quedar descabezados con las sacudidas, y Villar trataba de conjurar el peligro entablillándoles el cuello.
—¿Cómo habéis encontrado todo esto en tan poco tiempo? —preguntó con curiosidad Gardner a Riggs, mientras agarraba de la cintura del pantalón a Menchaca para evitar que el camión lo escupiese.
El pequeño pero forzudo circense no parecía tener ningún problema para guardar el equilibrio y mantener, de paso, el del teniente alemán, que se daba costalazos tratando de quitar el pantalón al fallecido general Mattis.
—Si te lo cuento no te lo creerás —contestó Gato, tirando para que Von Weizsäcker no se partiera el cuello contra uno de los bancos—. Cuando encontramos el jeep, llegamos a un campamento británico. Allí no tenían ningún camión, solo un par de motos y unas cuantas bicicletas. Weidenfeld prefirió abandonar el jeep, que hubiera llamado demasiado la atención con dos tipos sin uniforme, y se empeñó en pasar por el depósito de provisiones. En el garaje robó unas ropas sucias de mecánico. Después entró en el depósito como si fuese el general y mandó al encargado a buscar unas piezas. Mientras el pobre hombre las buscaba, agarramos unas latas de carne y unos paquetes de cigarrillos y salimos corriendo. Weidenfeld parecía saber dónde guardaban todo.
—Todos los ejércitos son iguales y tienen las mismas costumbres — intervino Von Weizsäcker, tratando de pasar un brazo del poco colaborador general por la manga de la camisa—. Conoces una base, y las conoces todas.
—Pues con las latas y los cigarrillos nos fuimos zumbando para el pueblo. Allí Artie me dejó solo en la taberna y se largó.
—¿A dónde?
—No tengo ni idea. Volvió cuando yo iba por la segunda cerveza y ya me empezaba a preguntar cómo las pagaría si Artie no volvía. El caso es que terminó con mi cerveza de un solo trago, las pagó, salimos de la taberna, arrancamos la moto y nos acercamos al dispensario del pueblo.
—¿Allí encontrasteis los cuerpos de estos dos?
—Sí. No hubiese pensado yo que en un sitio tan pequeño guardaran cadáveres, pero se ve que con la guerra los muertos no faltan en ningún lado. Artie les dio casi todo el tabaco que teníamos y las latas de carne y nos marchamos con la moto.
—¿Los cuatro? —preguntó sorprendido el alemán, mientras abotonaba la camisa de Mattis.
—Sí, los cuatro —contestó riéndose Riggs—. Lo mejor fue cuando pasamos un control de la policía militar. Artie conducía y llevábamos a estos dos entre nosotros vestidos solo con ropa interior. ¡Imagináoslo!
Todos se rieron al pensar en el rostro de los soldados viendo cuatro personas, dos semidesnudas, otra con ropa de mecánico y una cuarta vestida de civil, sobre una motocicleta del ejército, a todas luces robada.
—¿Cómo lograsteis escapar?
—Artie se metió entre los árboles y sus jeeps no pudieron pasar. Nos dispararon, no creáis, ¡ufff…! ¡Qué cerca pasaban las balas!
—¿Y qué hicisteis?
—Llegamos hasta un pequeño aeródromo, donde había unas cuantas escuadrillas de aviones. Tiramos la moto entre la maleza y cortamos la alambrada que rodeaba el campo. En el hangar del aeródromo, Artie me hizo llenar el depósito del camión que había allí y este par de bidones de reserva, mientras él desaparecía y regresaba al rato con los tres uniformes. Yo temía que en cualquier momento apareciera alguno de los pilotos, pero él se movía tan tranquilo de un lado para otro.
—¿Y estos sacos de arpillera y la paja? —preguntó Gardner, señalando un rincón del camión.
—Los conseguimos en una granja cuando regresábamos.
—¿Y para qué son? —preguntó Menchaca.
—Para que no se nos hielen las pelotas —contestó Gato riendo.
Los demás se miraron entre sí extrañados.
—El coronel pidió ropa de abrigo para no congelarnos cuando estuviésemos volando, ¿no es cierto? Pues aquí la tenéis. No hemos conseguido nada mejor. Pero servirá.
—¿Pretendéis que rellenemos los sacos con la paja y nos los enfundemos, como hacen con los peleles? —preguntó secamente Villar en su deplorable inglés.
—Si no te gusta, no te lo pongas —repuso Riggs, que tras la aventura corrida había olvidado su habitual timidez.
—Oye, Tom, ¿por qué no habéis tratado de marcharos? —preguntó Gardner.
—Cuando os dejamos, pensé que esa era la idea de Artie —admitió Gato, borrando la sonrisa del rostro—. Yo no estaba seguro de qué hacer cuando él se largara.
—¿Por qué? Llevas años sin que la pasma te pille, y es tu país. No hubieses tenido demasiados problemas en desaparecer.
—Lo sé —respondió un tanto avergonzado Riggs—. No sé, no lo tenía claro. Pero no fue necesario, porque Artie no tenía ninguna intención de pirarse. Después robamos la motocicleta y luego ya todo fue demasiado deprisa como para pensar nada más, aunque en la taberna, mientras lo esperaba, se me pasó por la cabeza que no volvería a verlo.
—No entiendo por qué esa comadreja no aprovechó su oportunidad —dijo Gardner—. No volveréis a tener otra como esta.
—Sí, bueno —replicó Gato ofendido—. ¿Y tú qué? Si saltaras de este camión ahora mismo, no te podrían apresar. ¿Y tú, Franz? Al fin y al cabo, somos tus enemigos, ¿no? Todos podríamos escapar.
El resto se quedó en silencio. El pequeño inglés tenía razón. Quien más quien menos, salvo Menchaca y Villar, que participaban de forma voluntaria, tenía razones y deseos como para aprovechar una buena ocasión de escapar con éxito. ¿Por qué no lo hacían?
—Creo que Artie no se escapó porque esperaba que yo lo hiciera antes — rompió el silencio al cabo de un rato Riggs, sin levantar la mirada del suelo del bamboleante camión—. No sabéis cómo deseo estar lejos de aquí. Con solo pensar en lo que nos espera, se me revuelve el estómago. Si os soy sincero, me da igual mi país y quién coño gane la puñetera guerra. Pero tengo que ir allí y destruir aquello. Y no me preguntéis por qué, porque no lo sé.
El resto del viaje lo pasaron en silencio, reflexionando cada uno en lo que había dicho el escurridizo inglés.
En la cabina del camión, los tres ocupantes discutían sobre el rumbo correcto que debían seguir. Muchos de los cruces carecían de señales, retiradas por algunos alarmistas para entorpecer el avance de unas hipotéticas tropas alemanas llegadas por mar, y tenían que hacer uso del plano alumbrado con una pequeña linterna.
Se detuvieron en dos ocasiones, una de ellas para desandar un tramo equivocado y la otra al llegar a un pequeño pueblo. Allí, Weidenfeld se había bajado del camión a la carrera para volver diez minutos más tarde con dos latas de pintura y unas brochas, y al salir del pueblo pintaron unos círculos blancos en los costados de la lona con una gran cruz roja dentro.
La estratagema de Weidenfeld resultó providencial. Cerca ya de Londres había un fuerte movimiento de tropas y una columna de tanques amenazaba con retrasarlos. Comadreja había vuelto a bajar del camión para acercarse al policía militar que dirigía el tráfico, y con grandes aspavientos había logrado que este detuviera la columna para dejarles paso.
Poco antes de las ocho consiguieron llegar al campo de aviación. Ya desde lejos podían escuchar el rugido de los bombarderos Avro Lancaster británicos calentando motores para acercarse a la pista de despegue. Eran al menos una treintena los cuatrimotores que se sumarían a otros con base en distintos campos, para formar la escuadrilla nocturna que se encargaría aquella noche de lanzar su mortal carga de bombas incendiarias y perforantes en el corazón del enemigo.
—Llegamos justos de tiempo —dijo el coronel, señalando un costado de la cerca, al abrigo de miradas indiscretas—. Weidenfeld, detenga el camión allí.
Comadreja se adentró en la maleza para esconder bien el camión, y todos bajaron de este, descargando, además a los tres cadáveres. Se vistieron con las ropas de civil conseguidas por el estraperlista y abandonaron los uniformes de instrucción, las armas y el resto del equipamiento, menos las mochilas, que dejaron dentro. Weidenfeld se llevó, además, una abultada bolsa de lona que el coronel prefirió ignorar.
—Riggs, Weidenfeld, Pickeray y yo entraremos ahora. Los demás aguarden aquí —dispuso Brown dando instrucciones rápidas—. No se muevan hasta que regresemos.
Villar manejaba con soltura las cizallas, y pronto tuvieron el espacio suficiente en la red metálica como para arrastrarse por debajo, lejos del foco que recorría deficientemente el campo. Con tantos campos de aviación como había en toda Inglaterra y el riesgo que para ellos suponían los cazabombarderos alemanes, la idea de que el peligro llegase por tierra era ridícula.
—No vamos a matar a nadie, pero no dejen que nos vean —ordenó Brown, bajando la voz—. Tenemos que tomar uno de los aviones y reducir a su tripulación. Vamos, rápido, antes de que se pongan en marcha.
Se movieron entre las sombras como parte del hormiguero que componían los mecánicos y asistentes de vuelo, hasta llegar al último aparato de una hilera. Por la cabina vieron al piloto y al ingeniero de vuelo, pero la portilla de la tripulación aún permanecía abierta, lo que indicaba que quizás el resto de la tripulación no hubiera embarcado todavía.
Con sigilo, Gato desapareció en las entrañas de la mole, y segundos después se escuchó un suave silbido. Brown entró en la zona de carga, llena de los explosivos que iban a ser arrojados aquella noche sobre Alemania. Los dos aviadores estaban en el suelo, sin sentido.
—Capitán, ayúdelo. Escóndanlos en tierra y avisen a los demás. Weidenfeld, necesitamos paracaídas para todos.
En silencio, el enorme capitán y el pequeño ladrón salieron del pájaro con un cuerpo al hombro cada uno. Un par de minutos después, el comando, menos Weidenfeld, se encontraba a bordo. Von Weizsäcker se puso a los mandos, concentrado en entender el uso de cada instrumento.
—¿Sabrá pilotarlo?
—Un poco tarde para preguntarlo, ¿no cree, coronel? —respondió sin mirarlo el piloto alemán. Toda su atención estaba dedicada a estudiar el panel de control.
—Weidenfeld, siéntese en la cabina y eche una mano al teniente —ordenó Brown cuando Comadreja llegó, jadeante, empujando un pequeño carro con ocho mochilas—. ¿Cómo van ahí detrás?
—Listos para partir —repuso Pickeray, alzando la voz por encima del estruendo de los motores.
—¿Preparado, teniente?
—No lo sé, señor, pero nos toca salir, así que ahí vamos. Siéntense, quizá el despegue sea un poco movido.
El alemán echó hacia delante la palanca y el bombardero comenzó a rodar por la hierba, hacia la pista de despegue.
Sentados alrededor de la carga de bombas en medio del fragor de los motores, los hombres se agarraban donde podían, a la espera de que el aparato despegara. Por la radio ya se empezaban a recibir instrucciones y preguntas sobre qué estaba sucediendo. Comadreja trataba de capear el temporal, pero, antes de que las ruedas del avión dejasen de tocar el suelo, en control ya habían decidido que algo no iba bien. Los focos del campo los seguían y los artilleros se abalanzaban sobre sus armas para abrir fuego.
—Vamos, teniente. Haz que esto despegue antes de que nos frían a tiros —gritaba Comadreja con su voz rota.
Por fin, como con desgana, el enorme bombardero alzó el vuelo y abandonó el campo de aviación, perseguido por las ráfagas de las ametralladoras, que cesaron pronto por temor a dañar los demás aparatos.
—Aún no estamos a salvo —avisó el teniente alemán, tirando del timón hacia atrás para elevar aún más el morro—. Harán despegar a los cazas.
—No pueden —repuso Weidenfeld desde su puesto de ingeniero de vuelo, mirando el panel de control lleno de relojes—. Han tenido que retirar los cazas del campo para hacer sitio a los bombarderos.
—Bueno —dijo Von Weizsäcker al cabo de unos instantes, cuando comenzó a equilibrar el avión, ya a tres mil metros de altitud—. Ya estamos en el aire. ¿Cuál es el plan ahora, coronel?
Debían gritar para poder comunicarse entre ellos, superando el estruendo de los motores.
—Esperaremos a que se forme la escuadrilla y nos mezclaremos con ellos —contestó Brown.
—Nos detectarán con el radar.
—Se juntarán no menos de medio millar de aparatos. Dudo que los cazas sean capaces de diferenciarnos en medio de la noche.
—Volarán en formación, y no sabemos dónde debemos colocarnos.
—Pues averígüelo rápido. Este pájaro tendría asignado un puesto. Weidenfeld, mire a ver si puede ayudarlo.
—¿Qué lo ayude? ¿Y cómo quiere que lo haga? —protestó malhumorado Comadreja—. Yo no había montado en un avión hasta hace un mes. No tengo ni idea de cómo hacerlo.
—Deje de perder el tiempo protestando. Los demás, preparen los sacos. Llénenlos de paja y pónganselos. Y preparen un par más para nuestros pilotos. Capitán, compruebe los paracaídas. Gardner, meta al general en el puesto del ametrallador de cola. Riggs, haga lo mismo con otro de los cuerpos, en la parte del artillero, debajo de la cabina. Villar, venga aquí.
Los hombres se dispusieron a obedecer las órdenes moviéndose con cuidado en el atestado compartimiento de carga, donde se almacenaban las bombas incendiarias de doscientas libras y una monstruosa Blockbuster de cuatro mil libras.
—Necesitaremos explosivo —dijo Brown—. ¿Cree que podrá aprovechar este?
Cornín miró las mortíferas bombas que le señalaba el coronel e hizo un gesto de asentimiento, antes de ponerse manos a la obra.
—¿Cuánto necesitará? —preguntó Brown.
—Con doscientos kilos será suficiente —respondió Cornín, rebuscando en la caja de herramientas del Avro Lancaster; y, señalando la gigantesca Blockbuster, añadió—: Usaré solamente esa. Su explosivo es el que mejor nos vendrá.
Los hombres miraron aterrados cómo Villar se acercaba al siniestro cilindro metálico de casi dos toneladas y lo empezaba a manipular.
—Coronel, hemos conseguido dar con la escuadrilla a la que pertenece este avión —gritó desde la cabina Comadreja, al cabo de un rato, más sorprendido que orgulloso.
—De acuerdo. Teniente, intégrese en la escuadrilla. Weidenfeld, déjeme su puesto y abríguese con los sacos. Cuando haya terminado, ocupe el lugar del teniente, para que él pueda ponerse el suyo.
—¿Quiere que pilote yo el avión? —preguntó aterrado Comadreja—. ¿Se ha vuelto loco o es que nos quiere matar?
—Usted sabe pilotar esto tan bien como cualquiera de nosotros. No se preocupe. Lo hará bien.
—Solo tienes que mantener recta la palanca —le explicó Von Weizsäcker.
—Recta la palanca —renegó Weidenfeld—. No creo que sea tan fácil.
Mientras, tratando de abstraerse de cuanto sucedía a su alrededor, Villar había conseguido abrir la tapa del artefacto y se esforzaba en desactivarlo. El avión brincaba violentamente, con caídas de varios metros, agitándose de tal manera que hacía imposible un trabajo delicado como el que se requería para evitar que la bomba estallara y los hiciera saltar a todos por los aires. A las sacudidas, había que añadir el intenso frío, que formaba escarcha en las paredes del aparato. Sin duda, no eran las mejores condiciones para tratar de desactivar la bomba.
Villar, a pesar de la gélida temperatura, sudaba por el esfuerzo. La instrucción recibida la semana anterior le servía para distinguir los distintos tipos de espoleta, detonadores y explosivos, pero no podía permitirse ningún error.
A pesar de poseer unos nervios de acero, cuando tenía que dar un paso delicado, esperaba a que el aparato se asentara en el aire, aunque no siempre lo conseguía. De pronto, el Avro Lancaster se revolvía como una batidora o se desplomaba, y Cornín tenía que agarrarse desesperadamente a la bomba para no salir despedido.
Con la boca seca y el corazón encogido, el resto del comando miraba espantado las maniobras del guerrillero español. Sabían que cualquier movimiento en falso podía convertirlos en polvo.
—Ya está —dijo finalmente Cornín, secándose el sudor del rostro con la manga.
—Coronel —gritó desde la cabina el teniente alemán para imponerse por encima del ruido de los motores, sin perder de vista el cuadro de instrumentos de navegación—. Sería conveniente arrojar la carga antes de que lleguemos a tierra. Cuando nos detecten, tendremos más posibilidades de pasar.
—De acuerdo. Avíseme cuando podamos abrir la escotilla.
Cinco minutos después, Von Weizsäcker dio la señal, abrieron la escotilla y arrojaron todas las bombas al mar. Los hombres suspiraron aliviados e intercambiaron alguna broma para despejar la tensión.
Dejaron atrás la relativa seguridad de las aguas del mar del Norte y se adentraron en el continente hostil, a seis mil metros de altitud. Los radares alemanes ya estarían dando la alarma y calculando el rumbo de la fuerza atacante, proporcionando coordenadas a sus bases antiaéreas y a sus cazas desplegados en el aire, para interceptarlos.
No tardaría demasiado en desatarse el infierno sobre el cielo. Las tripulaciones, encajonadas en aquellas máquinas dispensadoras de muerte, enseguida comenzarían a ver a su alrededor el paso de las ráfagas trazadoras y el seguimiento de los focos de superficie, sabiendo que, en caso de ser fijados por estos, solo un milagro podría devolverlos a casa.