Proyecto Moisés

Iñaki Biggi · Capítulo 2 de 31

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Proyecto Moisés

Prólogo

 

Martes, 8 de febrero de 1944

Alemania

Los soldados de la Schutzstaffel permanecían en posición de firmes, inmóviles como estatuas a lo largo de los pasillos.

Embutidos en altas botas y uniformes grises, adornados con los rayos gemelos en el cuello de la guerrera, la llamativa banda roja con la esvástica en el brazo izquierdo y la calavera plateada en sus gorras, los soldados de las SS imponían temor entre los más de quinientos científicos y técnicos especializados reunidos en el laboratorio principal.

Con gestos inquietos, los doctores se atusaban una y otra vez los cabellos, se estiraban las puntas de las batas blancas impolutas, se mesaban las barbas —quienes las tenían—, e incluso se examinaban las uñas para ver si las tenían perfectamente limpias.

Un silencio ominoso se extendía entre ellos, y los escasos comentarios eran susurrados al compañero más próximo para preguntarle cuánto tardaría todo aquello o para advertirlo de algún detalle en su persona que pudiera resultar ofensivo al poderoso visitante.

La estancia de planta rectangular contenía toda clase de delicados instrumentos, llenos de luces, agujas, pantallas, gráficos y largas tiras de papel pautado que, de vez en cuando, emitían algún sonido electrónico.

Transductores, sonotrodos, osciloscopios, espectrómetros de masas, contadores Geiger y otra maquinaria de avanzada tecnología se acumulaban ordenadamente, rodeados de cables y tuberías, manómetros, alambiques, recipientes inmensos que contenían inquietantes productos, algunos de los cuales tenían letreros con la inscripción «Achtung» junto a una calavera pintada, para que nadie se acercara a ellos sin tomar las medidas necesarias.

En los huecos libres de las paredes, enormes pizarras llenas de complicadísimas ecuaciones, diagramas y fórmulas, incomprensibles para los profanos, se repartían el escaso espacio con grabados, bocetos y planos de extraños artefactos.

A pesar de estar trabajando contra reloj por orden personal del führer, la visita había detenido toda actividad. Las grandes máquinas, sin personal que las supervisara, descansaban a la espera de continuar su tarea, mientras que aquellos aparatos cuyo funcionamiento no podía ser interrumpido eran controlados por personal auxiliar.

La paralización en las labores había tenido un curioso efecto sobre el plantel de científicos que permanecía encerrado en los laboratorios desde hacía tres meses, y que no abandonaría las estancias hasta concluir con éxito el extraordinario proyecto en el que se habían embarcado.

Durante todo aquel tiempo, habían trabajado sin pausa, salvo los descansos imprescindibles para dormir y alimentarse; sin alcanzar a ver en ningún momento la luz del sol, aislados de sus familias, de la guerra y del mundo exterior, del que no recibían ninguna clase de noticia.

El ruido de las máquinas, que día y noche emitían zumbidos, golpeteos rítmicos y otros indicios de frenética actividad, había resultado molesto los primeros días, pero ya hacía tiempo que se habían acostumbrado a él y ahora su ausencia aumentaba el desasosiego.

Más de uno de aquellos brillantes hombres, algunos de los cuales se encontraban a la cabeza de la comunidad científica mundial en sus respectivos campos, se lamentaba para sus adentros, y no por primera vez, por haber aceptado aquel apocalíptico encargo.

Los rumores y las especulaciones no lograban sino alimentar el nerviosismo, y es que, a pesar del aislamiento al que estaban sometidos, algunas noticias lograban filtrarse a través de los espesos muros, y quien más quien menos sospechaba que la contienda no marchaba como sus dirigentes políticos aseguraban.

Según parecía, el temido enemigo ruso avanzaba implacable, y los soldados alemanes tenían graves problemas para defender el frente, mientras que americanos e ingleses bombardeaban diariamente las ciudades alemanas con un coste abrumador en vidas humanas.

Ya antes del verano, los alemanes habían sido expulsados de África y peleaban metro a metro en terreno de su aliado Mussolini. Con Italia defendiéndose a duras penas, los japoneses inmersos en su propia guerra y los demás países del llamado Eje arrepintiéndose por haber mostrado su apoyo al führer, Hitler necesitaba un milagro que diera la vuelta a una situación día a día más adversa.

Tan solo él y sus más allegados, como el reichsführer Heinrich Himmler, que estaba a punto de entrar en el laboratorio, parecían convencidos de una victoria final. El resto de Alemania se debatía entre la desesperación por la guerra que los estaba destruyendo y el miedo a las desastrosas consecuencias que traería una nueva derrota.

Si la victoria de los aliados en la Gran Guerra había supuesto unas condiciones de rendición humillantes y catastróficas para Alemania, motivo principal por el que Hitler había llegado al poder, una segunda derrota los hundiría definitivamente.

Entre aquellos científicos que aguardaban, tensos, aún había quien seguía confiando ciegamente en el führer, pero cada vez eran menos, aunque, claro está, lo mantuvieran oculto. Una palabra contra el régimen podía suponer un inmediato ajusticiamiento.

Al principio, la llamada al honor de aquel loco austriaco había movido montañas, llevando la ilusión al pueblo alemán, que se sacudía de encima las vejaciones sufridas durante los últimos años. Hitler les había prometido orgullo, empleo y un añorado bienestar. Una Alemania fuerte, avanzada, libre y poderosa era un sueño que muy pocos germanos podían rechazar. Las fulminantes victorias sobre polacos, checos y franceses les habían hecho creer que pronto el mundo entero se arrodillaría ante ellos.

Las mentes más lúcidas habían sido emplazadas por el amado führer para participar en la construcción de un nuevo orden que habría de durar al menos mil años. Ciertamente, no habían tenido muchas opciones para negarse, pero era tal la euforia que a nadie se le hubiese ocurrido.

Era el sueño de todo científico hecho realidad. Magníficas condiciones e instalaciones, todo el material que pudieran necesitar, los últimos y más sofisticados aparatos, disponibilidad absoluta para desarrollar incluso los proyectos más absurdos y, por supuesto, sueldos muy por encima de los conocidos hasta entonces.

Ahora el sueño se derrumbaba. Con la amenaza de la derrota, las restricciones de presupuesto y materiales para la investigación habían aumentado. Casi no quedaba nada de aquel entusiasmo exacerbado de los primeros tiempos. Y, por si fuera poco, habían caído bajo la tutela implacable de las SS, que, en un ambiente de práctica esclavitud, los obligaban a trabajar sin descanso para poder alcanzar un milagro.

Porque Hitler había prometido a su pueblo ese milagro.

Y ese milagro se encontraba en aquel laboratorio.

Y no todos tenían fe en la panacea.

—Achtung!

Los presentes reaccionaron como un solo hombre ante el grito autoritario del teniente. Al menos el comportamiento militar inculcado en todos los estamentos de la sociedad se mantenía incólume.

Las puertas dobles se abrieron y otros dos miembros de las SS las sostuvieron, cuadrándose nada más entrar, para permitir el paso de un séquito de impecables uniformes y botas altas.

Abría la formación un curioso trío. En primer lugar, el jefe del proyecto, Karl Ignatz Gruber, visiblemente inquieto por la presencia de tan ilustres visitantes. Vestía un traje gris, bien cerrado el cuello con una corbata sobria, sobre el que tenía puesta la bata blanca de trabajo. Lo acompañaba un gigantón de dos metros; la cara cruzada por una cicatriz lo hacía aún más aterrador, si cabe: el general de las SS Ernst Kaltenbrunner, sucesor del temido Reinhard Heydrich, asesinado el año anterior. Entre ellos, erguido como un poste, caminaba el segundo hombre más poderoso de Alemania, el reichsführer, el mariscal Heinrich Luitpold Himmler.

Era este un hombre poco agraciado, con un rostro fofo adornado con unas gafas redondas que disimulaban unos ojos ligeramente rasgados, legado, al decir de sus numerosos enemigos, de una ascendencia no tan pura como la que exigía a sus hombres.

Sin embargo, el antaño asistente de agricultura era, en la actualidad, un fanático nazi tan odiado como temido entre el pueblo alemán, y los científicos del laboratorio, que se encontraban bajo su mando directo, compartían mayoritariamente estos sentimientos.

Al lado del enorme general, el jefe absoluto de las SS parecía un enano, aunque nadie dudaba acerca de quién de los dos era el que mandaba y el que tenía poder decisorio sobre la vida y la muerte de cuantos aguardaban expectantes.

El científico hablaba sin cesar, explicando al mariscal los últimos adelantos y la situación en la que se encontraba el proyecto. Himmler, que en cualquier otra circunstancia y lugar habría resultado ridículo por su forma pomposa de caminar y mirar cuanto le rodeaba, no perdía cuenta de lo que escuchaba en silencio.

—Y este es el plantel doctoral al completo, reichsführer —dijo Gruber cuando llegaron al centro de la estancia.

Inconscientemente, los científicos reunidos habían estirado la espalda todo lo posible, como si de soldados se trataran, mirando al frente con rostros circunspectos.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó el mariscal, deteniéndose ante ellos.

—Presentarle sus respetos, mi reichsführer —contestó su anfitrión, percatándose demasiado tarde de que aquella cortesía no iba a ser del agrado del lugarteniente de Hitler.

—Me parece, doctor, que no andamos sobrados de tiempo. Que se pongan a trabajar.

—Inmediatamente —repuso el otro, haciendo aspavientos a los reunidos para que se dispersaran.

Chocándose unos con otros en sus prisas por regresar a sus puestos, los científicos escaparon en todas direcciones.

—Dígame, doctor, ¿hay algo que le haga falta para finalizar su trabajo? ¿Necesitan más hombres o material?

—No, no, mi reichsführer. Tenemos todo cuanto necesitamos.

—¿Por qué no terminan entonces?

Preguntó sin cambiar de tono, como si se tratara de una conversación informal, pero al jefe del proyecto se le secó la boca. Miró con aprensión al gigantesco ayudante que escoltaba al mariscal, mientras este examinaba un osciloscopio que emitía unas fluctuantes curvas superpuestas en la pantalla, como si la contestación no tuviera mayor importancia.

El aterrado científico, en cambio, sabía que su respuesta podía tener como consecuencia su traslado inmediato a algún campo de concentración de los que abundaban por toda Alemania, y de donde, a pesar de la facilidad para entrar, resultaba completamente imposible volver a salir, al menos con vida.

—Pero no podemos avanzar más rápido —repuso atropelladamente, buscando inútilmente ayuda en el gigante—. Todos nosotros trabajamos día y noche. Estamos agotados.

—Quizá debiera relevarlos —contestó sin inmutarse el mariscal, asomándose al enorme mirador acristalado que cerraba el fondo del laboratorio.

Abajo, la actividad en el inmenso hangar era febril. Técnicos y personal auxiliar se afanaban como hormigas montando los distintos componentes del terrible ingenio en el que trabajaban. Las grúas se desplazaban de un lado a otro y los sopletes emitían una luz cegadora al soldar las planchas de metal.

—Pe… pero eso es imposible, mi reichsführer —se atrevió a protestar el científico—. Nuestros científicos son los mejores especialistas del mundo en su campo. No se pueden sustituir. Créame, hacemos cuanto podemos.

—El führer y yo nos preguntamos si eso es suficiente. Quizá pudiesen ser de más ayuda en el frente. Necesitamos resultados.

—Estamos muy cerca. Es cuestión de tiempo —imploró Gruber.

—Es algo de lo que carecemos. El führer ha prometido a su pueblo un arma definitiva para acabar con el enemigo.

—Y la tendrá, se lo aseguro. Pero necesitamos más tiempo.

—¿Cuánto? —se limitó a preguntar el mariscal, sin dejar de observar por el mirador.

—Dos meses —contestó angustiado Gruber, tratando en vano de adivinar los pensamientos de aquel lunático, cuyo rostro no reflejaba emoción alguna.

—¿Dos meses?

—Tres, como máximo.

El silencio fue aplastante. El jefe de proyecto era capaz de escuchar a la perfección los latidos de su propio corazón, mientras aguardaba la respuesta con la respiración contenida. Pero el mariscal continuaba mirando por el cristal, impertérrito.

—¿Puedo decirle al führer que dispondrá de su arma en perfecto funcionamiento para finales de abril?

—¡Sí! —gritó el científico, sin poder reprimirse. Si hubiese estado en mitad del océano ahogándose y un barco le hubiese tirado una cuerda, no hubiera sentido tanto alivio—. Dígale a nuestro amado führer que para entonces contará con su arma. No se arrepentirá. Le aseguro que nada podrá enfrentarse a ella. Nuestros enemigos tendrán que rendirse de inmediato.

—Le hago responsable, profesor —dijo Himmler, alejándose repentinamente de la cristalera y dirigiéndose hacia la salida del laboratorio —. No me defraude.

Los científicos, fingiendo concentración en sus tareas, seguían discretamente con la mirada a su director, que corría servilmente tras el temible mariscal, ofreciéndole todo tipo de garantías y suspirando de alivio cuando los soldados de las SS abandonaron las instalaciones.

Fuera, bajo la lluvia, Gruber continuó con sus promesas, mientras el reichsführer y su ayudante, el general, montaban en un pequeño Kuwelwagen y se alejaban sin una sola palabra de despedida, arropados por su numerosa escolta motorizada.

Aliviado por perderlos de vista y preocupado a la vez porque no estaba seguro de poder cumplir su palabra, Gruber observó cómo la comitiva se adentraba en la noche y los ecos de los motores callaban. Inquieto, se frotaba las sudorosas manos en el faldón de la chaqueta, repitiéndose que debería haber pedido más margen de tiempo.

Estaba desesperado. No se engañaba. Lo habían nombrado jefe del proyecto por estar afiliado al partido nazi desde sus inicios. Ese había sido su mérito: darse cuenta de que el futuro del país en las siguientes décadas estaría en manos de aquel visionario al que llamaban führer.

Sin embargo, era limitado como científico. Entre sus colegas, Gruber era considerado un físico de segunda fila, aunque el carné del partido le permitiera codearse con el mismísimo Werner Heisenberg, uno de los mayores genios mundiales en física nuclear, al que incluso había robado recursos para su propio proyecto.

Ahora se encontraba entre la espada y la pared. En la carrera por el arma definitiva que solicitaba Hitler creía haber ido en cabeza, pero las dificultades extremas en solventar los problemas teóricos habían retrasado algo que él soñaba entregar personalmente al führer, convirtiéndose en un héroe nacional.

Estos problemas, por suerte, se habían resuelto finalmente gracias a un auténtico genio, aunque a Gruber se le revolvía el estómago solo de pensar en ello. Que nunca fuera a saberse que un científico judío era en realidad el verdadero padre de aquella arma apocalíptica, no hacía que Gruber se sintiera mejor.

Últimamente no podía ni siquiera mirarlo a la cara, y había ordenado que el físico fuera confinado y aislado en su habitación hasta finalizar el trabajo. Nadie debía saber hasta qué punto Itzhak Steiner había sido quien resolviera las complejas ecuaciones que los tenían encallados.

Gruber era lo suficientemente listo como para reconocer que jamás podría llegar a la altura de Steiner, y lo suficientemente orgulloso para no aceptarlo. Fiel seguidor del ideario nazi, aunque no tanto de sus dirigentes, no alcanzaba a comprender por qué un asqueroso judío había sido bendecido con un intelecto que a él, un perfecto ejemplar ario, se le resistía.

Para más escarnio, había quedado en evidencia ante Himmler el verano anterior. Convencido de que el proyecto estaba en su fase final, y no queriendo arriesgarse a que alguien insinuara que en realidad era Steiner el padre del ingenio, se había deshecho de este pidiendo que fuese trasladado. Poco había tardado en darse cuenta de que el proyecto no estaba tan adelantado como esperaba y, furiosamente avergonzado, se había visto obligado a solicitar al reichsführer el regreso del maldito judío.

Le hervía la sangre al pensar que estaba en manos de aquel excéntrico, desagradable y maniático bastardo, a quien tan solo Heisenberg podía comparársele. Pero, por fortuna, aquello habría de durar poco. Pronto trasladarían de nuevo a Steiner, y él, Karl Ignatz Gruber, podría atribuirse todo el éxito. Unas semanas más y aquel cerebro, injustamente privilegiado, terminaría por resolver las últimas ecuaciones.

Y después Gruber se encargaría personalmente de ello. Steiner subiría a uno de aquellos trenes de la muerte, donde almacenaban a los judíos como bestias para llevarlos a los campos de exterminio.

El científico sonrió. Aún quedaba mucho por hacer, pero pronto el mundo temblaría bajo el poder devastador de su criatura, y él, Karl Ignatz Gruber, pasaría a la historia.