Proyecto Moisés
Capítulo V
Domingo, 20 de febrero de 1944
Campamento Griffiss, Londres, Inglaterra
—¡Adelante! —exclamó el coronel, sin dignarse a mirar al oficial inglés que asomaba por la puerta, mientras revisaba el contenido de una carpeta, en una clara demostración de descortesía entre oficiales.
El capitán Pickeray cerró la puerta a sus espaldas e hizo un esfuerzo para contener su genio. Debía tener presente que había venido para solicitar que se le permitiera regresar a su unidad y, por alguna misteriosa razón que se le escapaba, parecía ser que la última palabra sobre su marcha la tenía el americano sentado tras el escritorio.
Llevaba una semana recluido en su cuartel sin poder participar en las maniobras, que se multiplicaban ante la cercana invasión; en un oscuro despacho del que no le permitían moverse, y sin ver a nadie con más graduación que un cabo. Nadie le había podido ofrecer una explicación. Al final, había mandado una carta al cuartel general del ejército británico, del que recibió una escueta respuesta en la que se le redirigía al campamento americano, donde debería preguntar por el coronel Brown.
—Me han dicho que quería verme —dijo el coronel, sin levantar la mirada de la mesa llena de carpetas—. ¿Qué desea?
—Quisiera regresar a mi unidad, señor.
—Me temo que eso no es posible —se limitó a responder Brown, hojeando un expediente con foto que parecía resultarle especialmente interesante.
—¿Puedo preguntar por qué, señor? —replicó Pickeray, tratando con dificultad de no mostrar su irritación. La paciencia no era una de sus mejores virtudes.
—Porque lo digo yo. ¿Alguna otra cosa?
Pickeray apretaba con furia las mandíbulas. Había estado horas aguardando a que aquel gilipollas lo recibiera, y ahora lo estaba despidiendo sin haberlo mirado ni una sola vez a la cara y sin haber contestado siquiera a su pregunta.
—¿Aún permanece ahí, teniente? —preguntó el americano, sumido en la lectura, como si le pareciera curioso que el inglés, del que desconocía hasta el rango, no se hubiese marchado inmediatamente al son de su indirecta.
—Capitán, señor —corrigió Pickeray, enrojeciendo a su pesar—. Con todo mi respeto, señor, me gustaría saber por qué no se me permite reintegrarme en mi puesto.
—Creía habérselo dicho, teniente —respondió con descuido Brown.
—Lo siento, señor, pero no me sirve. Y quisiera volver a recordarle que mi rango es el de capitán del ejército británico.
—No me importa, capitán, si le sirve o no. Usted permanecerá aislado hasta que yo lo diga. Eso es todo. Ahora puede retirarse, capitán.
Pickeray tenía la cara roja y los labios lívidos por la fuerza con la que los apretaba para evitar decir algo que luego pudiese lamentar. Permanecía en posición de firmes, con la mirada al frente por encima de la cabeza del coronel americano, que seguía estudiando atentamente aquellos expedientes.
—¿Hay algo que no ha entendido? Le he dicho que puede retirarse.
—Señor —contestó el inglés en voz baja, haciendo un esfuerzo supremo para no estallar—, no saldré de este despacho sin tener una respuesta a mi pregunta.
—¡Soldado!
—¡Soy capitán! —ladró Pickeray, mascullando las palabras.
Cada vez le costaba más hablar.
—¡Salga inmediatamente de mi despacho!
Ahora el coronel lo miraba por primera vez. Parecía molesto, pero no preocupado, como si los galones que lucía sobre los hombros fuesen capaces de protegerlo en caso de que aquel enorme capitán inglés decidiese pasar al otro lado del escritorio.
—Quiero saber por qué no me dejan regresar a mi puesto.
—¿De verdad quiere saberlo? —preguntó Brown, levantándose de su asiento y dando la vuelta al escritorio para colocarse frente a él.
—Se lo agradecería, señor —masculló Pickeray.
—Pues se lo voy a decir —continuó Brown, mirándolo a los ojos—. Ustedes, los ingleses, no son de fiar. Usted conoce al científico español y sabe demasiado. Su ejército está lleno de filtraciones y no estoy dispuesto a que ningún malnacido ponga en peligro mi vida y la de mis hombres por no saber o no querer tener la boca cerrada.
El americano parecía no entender que el capitán estaba a punto de partirle los dientes. Brown era al menos una cabeza más bajo que el inglés y pesaba casi treinta kilos menos. Sin duda, era fibroso, pero no tenía nada que hacer bajo las mazas de Pickeray, que estaba a punto de dar rienda suelta a su genio, sin importarle las consecuencias. Hay ocasiones en las que un hombre no puede dejar pasar según qué cosas.
—¿Le ha quedado claro? ¡Pues largo de aquí! —ladró Brown, dándole la espalda para volver a su asiento y añadiendo en voz más baja—: Maldito limey.
Para Pickeray el insulto con el que los yanquis se referían a los ingleses fue demasiado. Extendiendo los brazos, agarró por el cuello al coronel y lo levantó hasta ponerlo de puntillas. Con el rostro congestionado y una expresión que sus compañeros de lucha hubiesen reconocido sin dificultad, acercó aún más el rostro de Brown al suyo, apretando sus enormes manos.
—Antes de que esta maldita guerra hubiese comenzado, mientras usted jugaba a los soldaditos en su país, yo combatía contra Franco. ¿Sabe usted acaso quién es? Estuve en Francia luchando contra Hitler. No se atreva a volver a insultarme ni a mí ni al ejército al que pertenezco, ¿me ha oído?
—¡Suélteme!
El oficial inglés estaba fuera de sí. Aquello le iba a costar caro. Quizá la horca, o al menos la prisión de por vida. Pero en aquellos momentos solo pensaba en apretar más y más.
—¡Le digo que me suelte!
Pickeray sintió contra su costado el cañón de una pistola, pero no se arredró y siguió cerrando sus dedos en torno al cuello del americano, cuyo rostro se estaba poniendo azul.
Sonó un disparo.
—Suélteme o la próxima vez le atravieso —dijo el coronel americano con un hilo de voz.
En ese momento, se abrió la puerta del despacho y entraron corriendo dos miembros de la policía militar, que se quedaron un instante paralizados al ver la situación. En cuanto reaccionaron, se apresuraron a echarse encima de Pickeray.
—¡Déjenlo! —ordenó Brown, mientras se frotaba el dolorido cuello.
El capitán ofreció poca resistencia, a pesar de que posiblemente se hubiese podido deshacer con cierta facilidad de aquellos dos soldados que luchaban por colocarle las esposas.
—¡Les he ordenado que lo suelten! Salgan del despacho.
—¡Pero, señor…!
—Todo está bien. Retírense, por favor.
El tono con el que el coronel se dirigía a los soldados era mucho más considerado que el utilizado para dirigirse a Pickeray, y eso desconcertó aún más al inglés, que aún ardía de rabia.
—Tome asiento, capitán —dijo el coronel tras el escritorio, como si nada hubiese sucedido.
Pickeray, sorprendido por la reacción del americano, obedeció. Brown parecía haber perdido interés por el contenido de las carpetas que se amontonaban sobre el escritorio y lo examinaba con curiosidad, como si estuviese a punto de tomar una decisión trascendental.
—Dígame, ¿por qué desea regresar a su unidad?
El hombre que preguntaba esto no tenía nada que ver con el banal y engreído oficial con el que había discutido minutos antes.
—Deseo estar con mis hombres, señor.
Pickeray había contestado respetuosamente, muy a su pesar. Aquel oficial americano lo tenía desconcertado.
—Me temo que eso no va a ser posible. ¿Ha comido algo? —preguntó Brown poniéndose en pie, conocedor de la respuesta. El inglés llevaba horas esperando frente a su despacho y no había tenido ocasión de hacerlo.
—Sargento —ordenó tras abrir la puerta—, pida que traigan algo de comer.
Brown volvió a cerrar la puerta y tomó asiento.
—Capitán, usted sabe lo que está ocurriendo, ¿verdad? Su amigo español se lo ha dicho. Lo que ustedes no saben aún es que el Alto Mando aliado da crédito a su historia. Desde hace unas semanas han estado descifrando los mensajes de los alemanes.
—¿Cómo? Sus códigos son invulnerables.
—Ya no. Como sabrá, su sistema de encriptado requiere una máquina a la que los alemanes llaman Enigma. Sin ella, resulta imposible descifrar los mensajes. Pero parece ser que recientemente una de esas máquinas ha llegado a nuestro poder, aunque los alemanes aún no lo saben.
El capitán estaba sorprendido por la confianza de la que era objeto. Aquella información sin duda estaría clasificada como alto secreto.
—Creyéndose invulnerables, como usted dice —continuó Brown—, los alemanes han depositado toda su confianza en esa máquina, así que sus mensajes, una vez descifrados, revelan mucha información.
En ese momento, entró la secretaria con una bandeja con unos sándwiches. El jaleo ocurrido anteriormente no le había sido ajeno, por lo que mostraba cara de sorpresa y cierto temor ante el cambio de situación.
—Algunos de estos mensajes —continuó el americano cuando la secretaria hubo abandonado el despacho, tras dejar la bandeja sobre el escritorio, tal y como le había indicado Brown—, se refieren a un doctor que dirige cierta investigación en un laboratorio de Berlín.
—¿Se trata del mismo del que hablaba el doctor Menchaca?
—Podría ser —contestó Brown, encogiéndose de hombros—. Lo cierto es que no lo sabemos. Pero en estos mensajes el Alto Mando alemán parece convencido de poder desencadenar un ataque definitivo contra Inglaterra en el plazo de un mes.
—¿Qué clase de ataque?
—No estamos seguros, aunque hay suficiente información como para pensar que no exageran. Su amigo, el profesor Menchaca, parece estar de acuerdo con esto.
—¿Y qué piensan hacer? —preguntó Pickeray desconcertado, pues aún no había olvidado lo que había ocurrido antes y no tenía claro si quería verse inmerso en aquellas confidencias.
—Lo que pensamos hacer es el motivo de que usted no pueda regresar con sus hombres.
Mientras el capitán masticaba mecánicamente su sándwich, escuchaba con atención, siguiendo al americano con la mirada durante su paseo por delante del ventanal.
—He sido puesto al frente de una unidad especial. Nuestro objetivo será adentrarnos tras las líneas enemigas hasta el corazón de Berlín y destruir el laboratorio donde los alemanes esconden el arma.
Pickeray dejó de masticar y la mandíbula se le aflojó.
—¿Ha dicho entrar en Berlín? —preguntó con la boca llena, completamente asombrado.
—Así es, capitán. Tengo intención de abrirme paso hasta ese laboratorio y hacerlo volar por los aires. Y quiero que usted me acompañe.
El capitán perdió todo interés por el sándwich, que dejó a tientas sobre la bandeja.
—¿Y cómo tiene previsto llegar hasta allí?
—En avión.
—Los alemanes nos derribarán en cuanto nos acerquemos —razonó Pickeray, dándose por incluido en la operación.
—No, si piensan que el avión es suyo.
—¿En un avión alemán? ¿Y quién lo pilotará?
—Eso no es problema. Cualquier piloto será capaz.
—Pero ¿y las salvaguardas? ¿Cómo sabrá las contraseñas? ¿Y dónde aterrizaremos? ¿Cómo podrá engañarlos con un piloto que no sea alemán?
—No se preocupe por eso. De cualquier manera, tengo intención de que el piloto sea alemán.
—Un piloto alemán —repitió el inglés con los ojos como platos.
—Más exactamente, de la Luftwaffe.
—Un piloto de la Luftwaffe…
—Así es. ¿Qué le parece?
El capitán no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Aquel americano que se había vuelto loco sonreía tranquilamente.
—¿Qué unidad será la que forme el comando? —preguntó Pickeray al cabo de un rato, tras ingerir las extrañas noticias y el contenido a medio masticar de su boca.
—No serán soldados. Hay demasiadas filtraciones. Este plan debe permanecer en secreto. Cualquier descuido lo pondría en peligro. Y no me refiero solamente a los hombres que compongan el comando cuando estemos en terreno nazi. Si fracasamos, los alemanes no nos darán una segunda oportunidad.
—¿Por qué no se bombardea el laboratorio?
—Por lo que sabemos, podría tratarse de un búnker con defensas antiaéreas que derribarían nuestros aviones, si es que estos consiguen acercarse lo suficiente. Además, es posible que sea subterráneo.
—Entiendo. ¿Cuántos hombres compondrán el comando?
—Ocho.
—¿Ya los ha escogido, señor?
—Por ahora tengo a tres. Usted, su amigo español y yo.
—Disculpe que se lo pregunte, señor. ¿Tiene usted experiencia en operaciones de comando?
—No —respondió tranquilamente Brown—. Ni siquiera tengo experiencia en combate.
—No tiene experiencia en combate…
—Eso he dicho. Al principio me sorprendió tanto como a usted que fuese elegido para esta misión, pero el mando aliado teme que alguien nos traicione. No entraré en detalles. Solo le hace falta saber que tienen motivos para sospechar que pudiera haber una filtración.
—¿Y piensan que usted es de fiar? —preguntó Pickeray—. Disculpe mi franqueza, señor.
—Hasta ahora he estado asignado a Fort Benning, en Georgia, como instructor —respondió Brown, haciendo un gesto con la mano para quitar importancia a la pregunta—. Un lugar y un cargo lo suficientemente insignificantes como para que un coronel no haya sido captado por los alemanes y para no tener amigos a quienes comentar la operación.
—Instructor de academia… —dijo Pickeray, como si realizase un gran esfuerzo para comprender lo que se le decía.
—Así es —respondió el americano, al que los recelos de Pickeray parecían divertir—. Mi trabajo es seleccionar a los componentes del comando e instruirlos. Cuando estemos en Berlín, posiblemente sea usted más necesario que yo. Por eso lo he escogido. Usted será el segundo al mando. Tiene experiencia en comando, ¿no es así? Por lo que sé, su experiencia en combate contra el general Franco en el Ebro y en Madrid requirió el uso de guerrillas urbanas. Su amigo, el doctor Menchaca, también está acostumbrado a esa clase de lucha.
Pickeray se quedó en silencio, sin dejar de mirar al americano, que lo examinaba con aquellos penetrantes ojos azules. El coronel sabía quién era Franco y qué papel había jugado Pickeray en España. No era un oficial engreído e ignorante que trataba con poco respeto a sus subalternos, sino un hombre observador al que le gustaba saber con quién se relacionaba. Todas las afrentas que Pickeray había sufrido aquellos últimos días, y en especial aquella tarde, cuando conociera a Brown, no habían sido más que una prueba que, por lo visto, había conseguido superar.
La cautela del coronel, la preocupación por la integridad de sus hombres y su decisión de ponerse al frente en una misión tan peligrosa como aquella, llevaron a Pickeray a replantearse el concepto que de él tenía.
En cambio, la aparente frivolidad con la que Brown afrontaba aquella arriesgada operación lo asustaba un tanto. Pickeray había luchado bajo el mando de oficiales que, por tomarse alegremente las cosas, habían perdido innecesariamente muchos hombres.
—Escuche, capitán —dijo Brown, intuyendo lo que pasaba por la mente del oficial inglés—. Antes de que sigamos hablando, me gustaría saber si está usted dispuesto a servir bajo mis órdenes en esta operación. No deseo obligarlo. Será muy peligroso. Sé que está usted casado y tiene una niña. Si le digo la verdad, aún no veo cómo podremos escapar con vida. Pero es algo que debe hacerse. Quien me acompañe lo hará por propia voluntad. No puedo arriesgarme a que nos traicionen o nos dejen en la estacada.
—Cuente conmigo.
Las palabras habían salido de su boca de inmediato, sin ser consciente de haberlas pronunciado. Aquel hombre de pelo blanco y ojos claros poseía una mirada magnética.
De cualquier forma, se dijo Pickeray, por nada del mundo se lo hubiese perdido. Sin duda, quedaban pocas semanas para que comenzara la invasión, y no estaba dispuesto a que lo aislaran. Él era un oficial de la corona y un idealista. Un mundo sin Hitler sería mucho mejor. Cierto era, como había comentado Brown, que tenía una esposa y una hija. Pero también tenía un deber.
—Muy bien. Quiero que eche un vistazo a esto y me diga lo que piensa — repuso el americano, regresando a la mesa y tendiéndole el primer expediente de la carpeta que estaba examinando cuando Pickeray entró en el despacho—. A este hombre lo conozco personalmente. Sirve en Fort Benning, donde yo estaba destinado. Hace tiempo que tengo ganas de echarle el guante. Tal vez esta sea la ocasión.
Pickeray miró el expediente, compuesto por dos hojas, una de ellas una ficha militar. El capitán las examinó con atención, levantando las cejas con la segunda hoja, un informe disciplinario.
—Un elemento de cuidado.
—Sin duda —admitió Brown con un gesto de los hombros—. Probablemente sea el más problemático, pero, si logramos que venga con nosotros, nos será de gran utilidad.
El segundo expediente era algo más grueso: una ficha carcelaria británica y su correspondiente sumario judicial.
—Está rebuscando en las cloacas —se limitó a comentar Pickeray, después de leerlo en profundidad.
—Me lo ha proporcionado la policía de su país —repuso Brown, tendiéndole el siguiente, que solo ocupaba una hoja con una ficha de un campo de prisioneros galés.
El capitán la examinó, no dijo nada y tomó lo que le tendía Brown. En esta ocasión, se trataba de un periódico americano con fecha de cinco días atrás.
—¿Tiene pensado reclutar a su presidente? —preguntó, mostrando la primera página del diario, en el que un titular hablaba de Roosevelt y su proyecto de ley.
Brown esbozó una sonrisa y le señaló otro de los titulares; Pickeray leyó el artículo, que continuaba en las páginas interiores. Se trataba de un ejemplar como el que había hojeado Brown en el pasillo de los tribunales el día de su consejo de guerra, mientras el general Sobel trataba de burlarse de él.
—¿Qué opina, capitán? —preguntó el americano cuando Pickeray terminó de leer.
—No sé qué decirle, coronel —contestó el inglés, rascándose el mentón —. Me parece una locura. ¿Está usted seguro de lo que hace?
—Esos hombres son buenos en lo que hacen —repuso Brown.
—Pero no tienen ninguna formación militar.
—Lo sé.
—Disculpe, señor, pero esos hombres, en el mejor de los casos, son problemáticos.
—¿Y me lo dice usted? —preguntó Brown cogiendo del escritorio otra carpeta—. Pickeray, capitán, ascendido a mayor en dos ocasiones y degradado otras tantas. Ha abandonado por dos veces el ejército para ir a España a combatir. Encerrado por insubordinación tres veces y por agredir a un superior…
—No hace falta que siga. Conozco el resto.
—Capitán —dijo Brown, cerrando la carpeta y arrojándola sobre la mesa —, en esta operación no necesito soldados que cumplan las normas a rajatabla, marquen el paso y sepan desfilar. Necesito especialistas, y esos hombres lo son.
—¿De verdad piensa que esos hombres van a acompañarnos por su propia voluntad?
—Eso espero. Tengo algo que ofrecerles que sabrán valorar.
—Entiendo. Aquí hay cuatro expedientes. Usted ha hablado de ocho hombres. Si viene el doctor Menchaca, somos siete.
—Cierto —respondió el coronel con un gesto de fastidio—. Necesitamos un especialista en explosivos, y rápido. Alguien dispuesto a luchar y capaz de desatar un infierno… ¿Por qué sonríe?
—Creo que tengo al demonio que busca.
Miércoles, 23 de febrero de 1944
Picos de Europa, Asturias, España
La pareja de la Guardia Civil, bien envuelta en sus capotes y con las armas colgando del hombro, hacía la ronda alrededor del edificio. Los aullidos de un perro a la luna, a ratos cubierta por las nubes, era lo único que se escuchaba en la desierta calle, donde los guardias civiles, aburridos, hacía rato que habían acabado con todos los temas de conversación.
De pronto, uno de ellos se detuvo y cogió por el brazo a su adormilado compañero, señalándole un bulto oscuro pegado al muro del edificio.
—¡Lo han descubierto! —susurró Ceferino Roiz, jefe de la brigada Picos de Europa, escondido tras un carro lleno de heno.
Los guardias civiles inspeccionaban a prudente distancia el bulto, sin saber muy bien qué hacer.
—¿Cuánto queda para la ex…?
Como respuesta a la pregunta, una atronadora explosión rompió el silencio de la noche, arrojando a los dos guardias por los aires, entre una nube de polvo y cascotes.
De las sombras surgieron varios brigadistas, que, con sus vetustas escopetas y fusiles, corrían hacia el muro de la prisión central de Santander para ayudar a los presos del régimen de Franco allí encerrados a escapar por la brecha abierta.
Ceferino Roiz se aprestó a seguirlos para organizar la fuga, pero una mano de hierro lo aferró por la muñeca, impidiéndole moverse.
—¿Qué haces, Miguel? —preguntó sorprendido el cabecilla, mirando al hombre agazapado junto a él.
Miguel Villar, al que sus compañeros llamaban Cornín, no se había movido de su escondite y escrutaba atentamente la calle.
—¿Ocurre algo? —preguntó Roiz alarmado.
—Larguémonos —contestó Villar, retrocediendo entre las sombras, mientras el polvo de la explosión se asentaba, permitiendo ver el solitario boquete por el que ya debían de estar escapando los presos.
El cabecilla de la brigada apenas dudó un instante antes de llevarse dos dedos a la boca y emitir un penetrante silbido, la señal para que sus hombres emprendieran la huida.
Agachado, Roiz corrió tras Villar, al amparo de la oscuridad, preguntándose qué habría podido alarmar al hosco minero. Conocía a Cornín lo suficiente como para saber que, si este decía que debían largarse, lo mejor era salir corriendo.
Habían avanzado algo menos de cien metros cuando escucharon los silbatos y los primeros disparos. Deteniéndose en seco, Villar empujó a Roiz, metiéndolo por una carbonera, justo a tiempo para evitar a un grupo de guardias civiles que corrían con gran estrépito por el callejón hacia la cárcel.
Tendidos sobre la montonera de carbón, ambos hombres guardaron silencio. Fuera, un furioso alboroto de disparos, gritos y órdenes a viva voz para que se entregaran los asaltantes hacían prever el desastre. A Roiz no le cabía duda de que les habían tendido una trampa, en la que, de no ser por aquel «demonio», él mismo habría caído fatalmente.
—Es mejor que nos marchemos —susurró Roiz con rabia.
Villar asintió con la cabeza. Cogió un trozo de carbón, se frotó las manos con él y se las pasó por la cara, tiznándose el rostro. Roiz hizo lo mismo. Después se pusieron en pie y, con sigilo, se auparon hasta la salida. Tras comprobar que no había moros en la costa, desaparecieron entre las sombras.
Esta infructuosa acción había tenido lugar tres días atrás. Después de escapar de la carbonera, Roiz y Villar habían pasado el resto de la noche escondidos en la casa de un simpatizante a quien el cabecilla solía utilizar como correo para recoger y enviar mensajes a otras brigadas y a sus familiares. Por la mañana, un chaval había traído un sobre cerrado para Roiz, junto con malas noticias: al menos uno de los que habían participado en el asalto a la cárcel había resultado herido y estaba en manos de la Guardia Civil.
Sin perder tiempo, los dos hombres habían abandonado Santander, escurriéndose hasta Cabrales, para luego tomar la montaña, donde ahora aguardaban apostados, tras un grupo de árboles, a que el resto de la brigada se reagrupara en el punto de reunión acordado, una borda a trescientos metros de donde ellos se escondían.
Cornín, que en lengua asturiana quería decir «demonio», opinaba que debían marcharse. Era muy probable que la Guardia Civil hubiera interrogado al herido, y hubiera terminado este por confesar el punto de reunión. Roiz estaba de acuerdo con el rudo minero, pero su sentido del deber no le permitía dejar en la estacada a ninguno de sus hombres.
—¿Cómo supiste que nos estaban tendiendo una trampa? —preguntó Roiz con curiosidad.
El minero alzó los hombros y no contestó, limitándose a seguir observando la cabaña. Hasta el momento, habían acudido cinco de los siete brigadistas que los habían acompañado. Faltaban Juan y Mariano, el primero muy joven y el segundo demasiado viejo.
Aunque en los alrededores no se divisaba ningún movimiento y la borda estaba en campo abierto, Cornín no se fiaba. Llevaban día y medio sin probar bocado, con tan solo un par de tragos de leche robada a una oveja.
Roiz miraba hacia la cabaña de vez en cuando, pero más a menudo a su extraño y silencioso compañero. El minero era un valioso miembro de la brigada, tanto por su conocimiento de los explosivos como por su sexto sentido para el peligro, que los había salvado en más de una ocasión. Pero Cornín era muy susceptible, y Roiz sabía que debía tener mucha mano izquierda con él.
El cabecilla estudió una vez más al que llamaban Demonio, por su capacidad para oler el peligro. Villar vestía una casaca de piel de cabra que escondía un cuerpo nervudo y robustecido en la mina. Un gorro de lana sucio le cubría el cabello oscuro ya con algunas canas. El rostro áspero y cetrino contenía dos espesas cejas que se juntaban por encima del puente de la nariz, y de la boca le colgaba una pipa apagada.
El antiguo maestro de pueblo, fundador y cabecilla de la brigada, dio un suspiro de agotamiento y, apoyando la espalda en un tronco, cerró los ojos. Hombre instruido y de gran carisma, sentía sobre sus hombros el paso del tiempo, desde que siete años atrás se incautara de un autobús y, junto a un grupo de jóvenes armados con escopetas de caza, acudiera a defender la capital asturiana de los militares sublevados. Un esfuerzo inútil que, a la postre, lo había obligado a refugiarse en las montañas para escapar de sus perseguidores, desde donde continuó su estéril lucha.
Villar miró de reojo al cabizbajo dirigente. A pesar de su frágil aspecto, sabía que Roiz era uno de los revolucionarios más respetados y uno de los pocos que había logrado apartar a sus hombres del bandolerismo, dos motivos que habían llevado a Cornín a elegir la brigada que el maestro comandaba, para hacer su guerra.
Y no es que Cornín estuviese plenamente de acuerdo con las ideas de Roiz. A diferencia de este, la cuna de Miguel no podía ser más humilde. Hijo y nieto de mineros en Sama de Langreo, de muy joven había empezado a trabajar en las minas de carbón, donde aprendió a utilizar la dinamita, a cavar durante jornadas interminables lejos del sol, a soportar el aire viciado que tantas enfermedades de pulmón causaba a los obreros, a resistir el estruendo de la perforación y las explosiones, y a sufrir la angustia de los derrumbes cuando las paredes mal sostenidas cedían por el peso de toneladas de tierra y sepultaban vivos a amigos, familiares y conocidos.
El padre de Miguel, Andrés, conocido como Pancho, era uno de los mejores dinamiteros de la zona. El arte de los explosivos le venía de familia, y él lo había transmitido a sus hijos. Aunque se trataba de un trabajo muy peligroso, pues a veces la dinamita se encontraba en mal estado, las mechas se apagaban o la manipulación era incorrecta, la familia Villar jamás había perdido a ninguno de sus miembros en una explosión.
Pancho, de carácter tormentoso, llevaba la anarquía en la sangre y no aceptaba autoridad alguna, lo que le había provocado más de un disgusto. Odiaba por igual a la Guardia Civil, a los jueces y a los curas. Estos sentimientos habían sido heredados por sus hijos, aunque tamizados por el carácter algo más suave de Adela, esposa de Pancho.
Menos Miguel. El hijo más joven era un calco de su padre. De expresión hosca y genio vivo, únicamente se diferenciaba en su necesidad de buscar la soledad y aislarse del resto del mundo. Malhumorado y taciturno, no gustaba de visitar la taberna, como hacían su padre y sus hermanos.
Los domingos, cuando Adela acudía con sus hijas a la iglesia, dejando a su marido en casa renegando contra todo lo que tuviese que ver con Roma y los curas, usando palabras que aun después de tantos años de convivencia sonrojaban a la pobre mujer, los hijos del matrimonio se iban a la tasca; salvo Miguel. Este prefería coger la escopeta de su padre y subir al monte, no tanto para llevar algo con que amenizar la cazuela familiar, sino por estar solo, sin nadie que lo molestase.
Miguel había crecido escuchando a su padre despotricar contra los políticos y la Iglesia, que robaban y esclavizaban al pueblo protegidos por los militares y la policía. Lejos de la escuela, pues Pancho también despreciaba a los maestros, de quienes decía que solo servían para lavar la cabeza de los jóvenes y meter la mano por debajo de las faldas a las muchachas, desde muy joven su mundo se había reducido a la mina y al monte, los domingos, escopeta al hombro.
Una vida relativamente feliz para el joven muchacho que se había empezado a torcer al cumplir veinticuatro años. Las aguas bajaban revueltas en la región. Los partidos de izquierdas no se mostraban conformes con el reparto y exigían el adelanto de las elecciones. Ante la negativa del gobierno, los sindicatos mineros habían llamado a la huelga en octubre de 1934.
Pancho y sus hijos se habían sumado a la convocatoria, y esta se había recrudecido. Los mineros disponían de armas y dinamita y estaban muy bien organizados. Eufóricos, habían proclamado en Oviedo la República Socialista Asturiana atacando los puestos de la Guardia Civil, las iglesias, los ayuntamientos y todo lo que se les pusiese por delante. Tres días después, casi toda Asturias había quedado en manos de unos enfervorizados mineros, incluidas las fábricas de armas de Trubia y La Vega.
En total, se habían sumado más de treinta mil personas al movimiento revolucionario. El gobierno, asustado ante el cariz que tomaban las cosas, había decidido considerar aquello como el inicio de una guerra civil y envió tropas desde Marruecos para que aplastaran el levantamiento.
Durante la represión del alzamiento, Oviedo quedó asolado y hubo gran cantidad de bajas en las filas revolucionarias, entre ellas las de Pancho y dos de sus hijos. Miguel, con algo más de suerte que ellos, cayó en manos de los soldados, y fue encerrado, junto al resto de los prisioneros, hasta la amnistía de 1936.
Estos terribles sucesos agriaron el carácter de Miguel y radicalizaron aún más sus ideas. Había aprendido una buena lección: «Si quieres que algo se haga, has de hacerlo tú mismo». La palabrería de aquellos dirigentes socialistas, llegados desde las grandes ciudades, que habían tomado el control de las acciones revolucionarias, no había servido de nada. Aquellas postulaciones sobre la paciencia y la necesidad de negociar con el gobierno para llegar a acuerdos que fuesen buenos para todos y que el uso de la violencia debía ser el último recurso habían confundido a los voluntariosos e incultos mineros, que se habían dejado conducir como ovejas al matadero.
¿Qué paciencia habían mostrado los legionarios llegados de Marruecos cuando disparaban contra todo lo que se movía? ¿Qué negociación había mantenido el gobierno con ellos? ¿Acaso no habían llegado, desenfundado sus armas y disparado antes de hablar? ¿O ellos no tenían que respetar aquello de que la violencia era el último recurso?
No, para Miguel había quedado claro que las palabras eran para los débiles y para los que se consideraban derrotados antes de comenzar la lucha. Quienes tenían la fuerza, las armas y la voluntad de usarlas eran quienes ganaban las contiendas, y eso siempre había sido así. Esta salmodia se la había repetido una y otra vez Pancho, ahora muerto por culpa de quienes habían defendido la diplomacia.
Miguel no había querido regresar a la mina y, sin dinero ni nada más que las ajadas ropas vestidas en la prisión, se había subido a un tren de carga en dirección a Burdeos. Había oído decir que en la frontera los republicanos necesitaban hombres para presentar lucha al ejército levantisco y que la cosa iba en serio.
El conocimiento de las montañas asturianas y su manejo de la escopeta lo hacían prácticamente invulnerable. Era un superviviente nato, dotado de un extraño sexto sentido que lo protegía contra los peligros, haciéndole desconfiar de todo y de todos, gracias a lo cual conseguía salir indemne de las frecuentes emboscadas del ejército franquista.
Había aceptado participar en las misiones más arriesgadas, a las que había sobrevivido perdiendo multitud de compañeros. En una zona de fuertes creencias supersticiosas como aquella, pronto se le consideró una especie de demonio, un cornín, y cuantos lo acompañaban siempre trataban de estar cerca de él cuando las cosas se ponían feas, con la esperanza de que su protección los amparase.
Pero recién entrado el año 1938, en las cercanías de Santa María de Cayón, en Cantabria, una bala perdida le acertó en una pierna. Perdió mucha sangre y quedó tendido en el suelo, impotente, mientras sus compañeros huían para ponerse a salvo.
De nuevo tuvo suerte. Los soldados no lo mataron allí mismo, sino que lo trasladaron a la prisión del Fuerte de San Cristóbal, en el monte Ezkaba, en Navarra, donde milagrosamente se recuperó y se aprestó, con su natural fatalidad, a esperar a que lo fusilaran.
Sin embargo, el destino le tenía preparado algo distinto. Meses después, aprovechando que era domingo y que la guardia estaba distraída, un grupo de presos se había hecho con el control de la prisión; abrieron las puertas y dieron la libertad a más de dos mil presos.
Algunos, convencidos de que aquello era una maniobra de sus carceleros para jugar a la caza de la liebre con ellos en cuanto cruzasen las puertas del fuerte, se quedaron en las celdas. Otros, más atrevidos, emprendieron la fuga en diferentes direcciones, cayendo la mayoría abatidos por los disparos de las patrullas, que los cazaban sin compasión. Muy pocos consiguieron alcanzar la frontera francesa, y entre ellos estaba Miguel, al que el monte inhóspito no le era desconocido.
Durante meses deambuló por los Pirineos, escondiéndose de las patrullas franquistas. Una mañana, dormido entre unos matorrales, había escuchado unos disparos lejanos. Su experiencia le decía que aquellas descargas rítmicas las componían varias armas a la vez. Con curiosidad, había bajado de la ladera en la que se encontraba hasta tener a la vista el poblado que se abría en el valle y del que desconocía su nombre.
En la plaza estaban reunidos todos los habitantes. Soldados armados apuntaban a los presentes para que nadie se moviera. Los lloros y gritos de angustia de hombres, mujeres y niños llegaban hasta él.
En mitad de la plaza se levantaba un cadalso, y en el centro había un poste del que un par de soldados retiraban un cuerpo desmadejado. El poste enseguida fue ocupado por un muchacho, que se retorcía desesperado, tratando de zafarse inútilmente.
Los soldados lo ataron al poste y le taparon los ojos con la venda que habían utilizado con el anterior. A una orden de su jefe, los hombres que aguardaban en formación descargaron una ensordecedora andanada. Como un pelele, el muchacho se agitó al recibir los impactos y quedó colgando de las cuerdas que lo mantenían sujeto al poste.
El siguiente era un hombre de avanzada edad al que le costaba mantenerse en pie. Pero era orgulloso y llevaba alta la cabeza. No suplicó ni se revolvió, y solamente abrió la boca una vez para maldecir a sus verdugos y escupir en el suelo.
Sin estar seguro de lo que hacía, Cornín había bajado la ladera y vadeado el riachuelo hasta el pueblo, lejos del puente. Un grupo de tres soldados jugaba a las cartas en un rincón, cruzaban apuestas, ajenos al espectáculo que se celebraba en la plaza.
Armado con su cuchillo, Villar acabó con la vida de los tres antes de que cualquiera de ellos pudiera llegar a saber lo que estaba ocurriendo. Después examinó las armas de los soldados y se decidió por un fusil máuser. Recogió toda la munición y subió al campanario de la iglesia por la puerta que daba a la sacristía.
Entretanto, otros dos hombres se habían sumado al montón de cadáveres que crecía al lado del cadalso, que los soldados vigilaban para que nadie los pudiera recoger.
La situación era muy delicada. En cuanto Villar disparase el primer tiro, el resto de soldados correría a refugiarse, lo sitiarían y no le permitirían escapar. Un hombre en lo alto de un campanario, solo y sin ayuda, rodeado por un montón de soldados armados, resultaría una presa fácil.
Cornín apoyó el cañón del máuser sobre el murete del campanario, apuntó, cogió aire, lo mantuvo firme y, con suavidad, como lo había hecho durante años en los montes de Langreo, apretó el gatillo hasta que el arma disparó.
Uno de los soldados cayó al suelo con la cabeza destrozada. Sus compañeros se quedaron quietos por la sorpresa, sin saber qué hacer, y Miguel tuvo tiempo de hacer otro disparo antes de que reaccionaran y buscaran un escondite, dejando abandonados a sus dos compañeros caídos. Pero aún no sabían de dónde provenían los disparos, y Miguel pudo acabar con tres más, mientras sus jefes se desgañitaban dando órdenes.
Los lugareños aprovecharon el desconcierto para liberar a los prisioneros que esperaban su hora, y todos echaron a correr. Entre la confusión, los soldados comenzaron a disparar sin ton ni son.
Entonces, alguien se dio cuenta de dónde provenían aquellos disparos y pronto la iglesia fue rodeada. Villar hizo un cálculo rápido. Al menos eran dos docenas de soldados los que quedaban. Tenía munición de sobra, pero, una vez localizado, difícilmente podría encontrar un buen blanco sobre el que disparar. Escapar quedaba descartado.
Desde su situación podía mantener a raya la puerta principal, pero no la de la sacristía, por donde él había entrado. No tardarían los soldados en darse cuenta de ello, y vendrían a buscarlo. Parapetado en el campanario, oía como las balas impactaban a su alrededor, ensordeciendo cada vez que alcanzaban la campana. Un soldado con madera de héroe, o simplemente estúpido, trató de llegar a la carrera hasta el portalón, y Villar le reventó la frente. Otro que se asomó para ver el estado de su compañero corrió la misma suerte. Dos menos.
De pronto, Cornín se giró, alerta. Había alguien debajo de la escalera del campanario. Con cuidado, se arrastró hasta el hueco y se asomó. Un cura con la sotana sucia le hacía gestos desesperados para que bajara, instándole a que lo hiciese en silencio. Miguel se lo pensó un momento, pero después volvió al murete, pegó tres tiros más y dejó el cañón del máuser apoyado para que los de abajo creyeran que continuaba en el campanario.
Bajó la escalera y siguió rápidamente al cura en su descenso hasta una cripta. Desde allí, por una pared falsa, el cura le indicó con gestos lo que debía hacer y le tendió un candil encendido.
Nunca había llegado a saber el nombre de aquel sacerdote ni la suerte que habían corrido los habitantes del pueblucho. Después de aquello, Villar había abandonado los montes Pirineos, regresando a las montañas asturianas, donde, tras un par de semanas de discreta búsqueda, había logrado dar con su objetivo.
—¿Miguel Villar? —le preguntó una tarde un hombre en la tasca de un pueblo.
—¿Quién lo pregunta?
—Me han dicho que busca al grupo de Machado.
—¿Quién le ha dicho eso? —había preguntado Villar, entrecerrando aún más los ojos.
—No importa quién. ¿Es cierto?
—¿Quién es usted?
—Alguien que le puede ayudar. Me llamo Ceferino.
Ceferino Roiz, alias Machado, había conseguido, con el tiempo, ganarse la confianza de aquel rudo minero que valía su peso en oro como combatiente, y que desde entonces no había abandonado la brigada Picos de Europa.
Ahora, recostado contra el tronco, Roiz descansaba con los ojos cerrados.
—No los han seguido —dijo Cornín.
Roiz abrió los ojos y se incorporó. El sol estaba alto. Se acercaba la hora en la que las personas que no se veían obligadas a esconderse en las montañas, acosadas como si fuesen alimañas, se reunían junto a sus familias en torno a una mesa donde llenar el estómago con una buena comida caliente.
Villar se puso en pie y se colgó la escopeta al hombro, dispuesto a descender hasta la borda donde aguardaban sus compañeros, cada vez más impacientes.
—Espera —lo retuvo Roiz, agarrándolo por la muñeca—. Hay algo que te quiero pedir.
Villar lo miró en silencio.
—Me gustaría que me hicieses un favor, Miguel. —Roiz era el único que llamaba por su nombre al minero—. Hay alguien con el que quisiera que hablaras —dijo el cabecilla, cuidando las palabras. No convenía alarmar al desconfiado guerrillero. Si se tomaba a mal lo que tenía que pedirle, podía perder a uno de sus mejores hombres.
Villar hizo un leve gesto con la cabeza, pero no dijo nada.
—Es un amigo —dijo Roiz con suavidad—. Un inglés. De las Brigadas Internacionales. Luchó a mi lado. Es de toda confianza.
—¿Por qué?
—Necesita que le eches una mano.
—¿Es importante?
—Lo es, Miguel —contestó Roiz, notando que al minero no le agradaba la idea—. Si no quieres…
—¿Es importante para ti?
—Ese hombre me salvó la vida.
—¿Dónde está?
—En Cabrales. Se llama Pickeray. Es capitán del ejército británico. Te está esperando en la tasca del Justino.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Yo bajaré a la borda y reuniré a la brigada. Iremos al Naranco. Si decides no colaborar con el inglés, nos reuniremos allí.
Villar hizo un gesto de asentimiento y se puso en marcha. No era necesario preguntar nada más. Roiz le estaba pidiendo un favor. Una conversación con alguien de su confianza. Villar escucharía lo que tuviese que decirle el inglés, y luego ya se vería.
A buen paso, Cornín tardó algo menos de dos horas en llegar a Cabrales. Su naturaleza desconfiada lo llevó a estudiar el pueblo desde un escondite en un puesto de cazadores, una posición alta que le permitía una buena panorámica.
El pueblo parecía tranquilo. Apenas se veía movimiento. Un hombre tiraba del ronzal de su burro, que transportaba unos sacos. En una callejuela, un grupo de mujeres tejían sentadas en unas sillas bajas de mimbre mientras charlaban. Una madre daba de amamantar a su pequeño, con un perro pulgoso y flaco tendido a sus pies.
Villar decidió que era seguro y enfiló por uno de los callejones. Ya conocía Cabrales, al igual que otros pueblos de la comarca, así que llegó sin titubear hasta la plaza, entrando por la esquina contraria a la que ocupaba la taberna del Justino. Todo estaba tranquilo.
Se acercó a la taberna y echó un vistazo por el sucio cristal de la puerta. Dentro solo vio al tabernero, a cuatro parroquianos jugando a las cartas, un tipo enorme sentado a una mesa que, ante su corpachón, parecía de juguete, y medio centenar de moscas.
Tras un último vistazo a la plaza, Villar entró en la taberna y, sin mirar al forastero, pidió en la barra un vino que no tocó, escrutando a su alrededor, hasta detener la mirada en el gigante, que le hizo un saludo con la cabeza.
—¿Quería hablar usted conmigo? —preguntó el guerrillero, acercándose a la mesa.
—¿Es usted Villar? —preguntó el desconocido, utilizando con dificultad un castellano con fuerte acento extranjero.
—¿Qué quiere?
—Me llamo Pickeray —contestó el gigante en inglés—. Usted conoce mi idioma, ¿verdad? Me han hablado mucho de usted. Es usted un especialista en explosivos, y un buen combatiente.
Villar no dio muestras de si había entendido o no y se mantuvo en silencio. Sus ojos no dejaban de ir de un lado a otro, reflejando la tensión.
—Como le habrá dicho nuestro amigo en común, necesito su ayuda — añadió Pickeray.
—¿Para qué? —preguntó Villar en un inglés casi tan malo como el castellano del británico. Él también había luchado junto a miembros de las Brigadas Internacionales y había tenido que aprender el idioma de quienes habían llegado de lejos para echarles una mano contra Franco.
—No puedo entrar en detalles —explicó Pickeray—. Pero tenemos un grave problema. Muy grave. Y usted podría ayudarnos.
—¿De qué se trata?
—Necesitamos un especialista en explosivos.
—¿No lo tienen en su país?
—Necesitamos a alguien de confianza y que no pertenezca al ejército.
Villar meditó la respuesta. El inglés le estaba diciendo que debía llevar a cabo un trabajo para el que no se fiaba de su propia gente. Por un momento, pensó que quizá se trataba de algo poco honrado, pero enseguida se dijo que, de haber sido así, Roiz no le hubiera pedido que se reuniera con él.
—¿Puedo saber de qué se trata?
—Me temo que no es posible —repuso Pickeray con cuidado.
El capitán británico había mantenido la amistad con Roiz después de que las Brigadas hubieran tenido que abandonar España. Aún se carteaban, y era de esa forma como Pickeray había llegado a tener noticias de Villar, al que el cabecilla alababa por su coraje y determinación. También le había advertido de que el minero era en extremo desconfiado.
—Necesito que me acompañe a Inglaterra. Será cuestión de un par de meses o tres.
Villar sacó su pipa del bolsillo y golpeó la cazoleta contra la mesa, examinándola como si algo en su interior la estuviera atascando. Mientras, el capitán británico lo miraba expectante.
—¿Quiere que vaya con usted sin decirme ni adónde ni para qué? — preguntó al final Villar.
—Sé que es mucho pedir, pero he venido de muy lejos a buscarlo — repuso Pickeray—. Aunque no le quiero engañar: se trata de una misión muy peligrosa.
Villar escrutó los ojos del inglés.
—¿Hasta qué punto es importante?
Pickeray se removió, inquieto, y echó su corpachón hacia delante.
—Podría hacernos perder la guerra.
Villar se concentró de nuevo en su pipa antes de volver a mirar al inglés. Años atrás, aquel tipo enorme que se sentaba frente a él había dejado su tierra y su cómoda vida para arriesgarla en las trincheras españolas. Sabía que estaba en deuda con hombres como aquel. Y Villar no era de los que olvidan pagar sus deudas.
—Iré con usted.
Jueves, 24 de febrero de 1944
Londres, Inglaterra
—He hablado con su presidente y le he pedido que mande a Lucas a casa.
El primer ministro británico se refería al general John Porter Lucas, militar americano que había tenido bajo su responsabilidad la Operación Arena en Anzio, a las orillas provincianas de Roma. Churchill había puesto grandes esperanzas en esta acción para tomar rápidamente la capital italiana y formar una tenaza con el posterior ataque desde el norte de Europa, aunque los americanos no compartían la misma ilusión, más empeñados en la gran operación del desembarco masivo en la costa francesa.
El mandatario inglés había diseñado un desembarco basado en la rapidez y la sorpresa. Su servicio secreto le había asegurado que los alemanes disponían en la zona de pocas tropas, mal equipadas y peor preparadas. Una acción fulminante habría de llevar a los aliados hasta las puertas de Roma en el plazo de una semana con un escaso número de bajas.
Sin embargo, el general americano había pecado de conservadurismo y, en vez de aprovechar el factor sorpresa y la debilidad alemana, se había limitado a consolidar la posición cerca de las playas donde habían desembarcado sin dificultad, permitiendo a los alemanes desplazar más tropas de refuerzo hacia Anzio y malogrando así los planes de Churchill. Esta torpeza retrasaría en meses la toma de la Ciudad Eterna, lo que había provocado una profunda irritación en el primer ministro británico.
—Lucas dejó claro desde el principio su desacuerdo con la operación — repuso Eisenhower en tono conciliador.
—No crea que lo ignoro —gruñó el primer ministro—. Su compatriota no se abstuvo de compararla con el desastre de Gallipoli en la Gran Guerra, que casualmente también había sido idea mía.
—Lucas pensó que su fuerza no era suficiente. Ya le advertí…
—Lo sé, lo sé. Me advirtió usted de la imprevisibilidad alemana. No lo olvido. Pero si Lucas hubiese avanzado según lo establecido, estaríamos ahora cenando con el Santo Padre…
—¿Señor?
—¿Qué sucede? —repuso de mal humor Churchill, girando la cabeza hacia la puerta por donde acababa de aparecer su secretario.
—La visita que esperaba.
—Está bien. Hágalo pasar.
Instantes después entró un hombre vestido de civil, al que el mandatario instó a tomar asiento.
—¿Y bien?
—Lo siento, primer ministro. No conseguimos encontrar ningún rastro de él.
Más irritado aún, Churchill se echó hacia atrás en su butaca, dio una profunda calada a su habano, como si fuese el culpable de sus desgracias, mientras fijaba la mirada en el general Eisenhower, que permanecía en silencio.
—Pensaba que su servicio secreto era el mejor —fustigó el primer ministro, cuando el recién llegado, desconcertado ante la silenciosa respuesta de sus interlocutores, había entendido que su presencia en el despacho ya no era necesaria.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —contestó Ike sin alterarse.
—Llamaré al mayor Norton. Veremos si él puede hacer algo.
El mayor Norton era jefe del servicio de información del Ministerio de Guerra Británico y amigo personal de Churchill, que lo tenía en consideración como hombre de grandes recursos. Aunque el servicio secreto SOE gozaba de buena reputación, Norton mantenía sus propias fuentes.
—¿Cree que él podrá encontrar a nuestro científico? —preguntó Eisenhower un tanto incrédulo, considerando que el OSS tenía los mejores contactos en Alemania y había sido incapaz de localizar al escurridizo físico judío.
—Más nos vale.