Proyecto Moisés

Iñaki Biggi · Capítulo 16 de 31

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Proyecto Moisés

Capítulo XIV

 

Sábado, 25 de marzo de 1944

Brecon Beacons, Gales

—Ocho, listo.

—Siete, listo.

—Seis, listo.

Alineados en el lateral del portillo, el comando se preparaba para un nuevo salto desde el C-53. La luz aún seguía roja, pero enseguida cambiaría a verde y saltarían. Aquel sería el décimo salto en cuatros días y el primero del sábado.

—Cinco, listo.

—Cuatro, listo.

Antes de subir al avión, Brown les había dado las instrucciones. Iban a ser lanzados cerca de Bewdley, a unos ochenta kilómetros de la improvisada base en la que se ejercitaban desde que bajaran de las montañas, y tenían que regresar cargados con las pesadas mochilas. La noche anterior había sido luna nueva y, cuando cayera la tarde, no podrían ver nada, así que debían darse prisa.

—Tres, listo.

—Dos, listo.

—Uno, listo.

El último en dar la señal había sido Pickeray, que ya asomaba por la puerta esperando la indicación del navegador. Eran las siete de la mañana y el frío era intenso. Abrigados con sus ropas lo mejor posible, todos ellos estaban deseando tomar suelo y ponerse a andar para entrar en calor.

El navegador del avión no perdía ojo de la luz. No sabía quiénes eran aquellos hombres ni le importaba. En cuanto se arrojaran, cerraría el portillo y regresaría a la base para recoger a otro grupo, bastante más numeroso, y volver a despegar. Se acercaba la invasión, y los paracaidistas resultarían determinantes, así que era necesaria una instrucción sin descanso.

Por fin la luz cambió a verde y el navegador gritó por encima del fragor de los motores:

—¡Fuera!

Pickeray sacó su enorme corpachón por el hueco y se arrojó sin pensárselo. Los siguientes fueron Weidenfeld, que no paraba de protestar; Gardner, inquieto desde que el avión despegara, y luego Villar, Riggs y Menchaca, este descompuesto por las sacudidas del aparato. Por último se lanzaron Von Weizsäcker, que había pilotado hasta que se acercaron a la zona de lanzamiento para refrescar cómo se manejaba un avión, y Brown.

—¡Buena suerte, coronel!

Las palabras del navegador resonaron en los oídos del oficial americano mientras caía al vacío. Provenía de una escuela de paracaidismo, de donde le habían sacado para aquella misión, y el lanzamiento no le producía ya más emoción que un hormigueo en el estómago en los primeros instantes, hasta la sacudida al abrirse la tela.

Gozando de la tranquilidad del momento y, a pesar del frío, el oficial miraba al resto de sus hombres, que descendían con las mochilas colgando de una cuerda atada a un tobillo para que no molestasen. Pronto los primeros tocaron suelo y se levantaron rápidamente para evitar que el paracaídas cogiera aire y los arrastrara.

Luchando con las telas, los hombres hicieron un lío con ellas y las metieron en las mochilas, que se colocaron a la espalda antes de correr a reunirse con los demás.

—Bien, caballeros —dijo Brown en cuanto estuvieron todos juntos—. Tenemos un largo camino por delante, así que será mejor que nos pongamos en marcha. Gardner, use su brújula. Usted nos guiará en la primera etapa.

Los días anteriores, el coronel les había dado unas lecciones de cómo utilizarla. Pickeray y, sobre todo, el piloto alemán no necesitaban explicaciones y ayudaron a los menos hábiles. Ahora, sabiendo dónde se encontraban y el punto al que se dirigían, cualquiera de ellos era capaz de llegar sin perderse.

El sicario se puso en cabeza y el grupo comenzó a andar en silencio. No había razón para desperdiciar fuerzas hablando a aquellas horas, ya tendrían tiempo, según avanzara la mañana, para distraerse de la monotonía con algún comentario. Entretanto, el ritmo sería elevado.

Brown cerraba la marcha y, de vez en cuando, comparaba los cálculos de Gardner con los suyos propios. No había mayor problema mientras los campos permitían la marcha en línea recta, pero cuando se desviaran sería necesario usar el reloj y hacer los cálculos para corregir la desviación.

Tres horas después, hicieron una breve parada cerca de un riachuelo, y entonces fue Comadreja quien los guio. A lo largo de la jornada todos tuvieron la oportunidad de guiar al grupo, incluso quien no era muy bueno calculando, como Riggs.

Al mediodía ya habían cubierto la mitad del camino, y el coronel dio la orden de detenerse para almorzar en un sembrado en barbecho a la orilla del camino. Los hombres se sentaron en el suelo y sacaron de sus mochilas unas latas de provisiones y las cantimploras con agua.

Weidenfeld había encontrado una piedra plana que delimitaba la senda y se había desplomado encima tras quitarse la mochila, que le tenía los hombros molidos. Soltó las cinchas que la cerraban y sacó su comida y un tenedor, disponiéndose a comer, mientras se lamentaba, una vez más, por su suerte.

—¿Puedo sentarme aquí?

Comadreja levantó sorprendido la mirada para encontrarse con la de Riggs.

—¿Por qué no? Ponte cómodo, muchacho.

Aunque Weidenfeld había tratado de contestar con desenvoltura, lo cierto es que la respuesta tenía un tono de cierta cautela. Desde la pelea, no se habían vuelto a dirigir la palabra, y Comadreja había hecho lo posible por no cruzarse con Gato.

—Vaya, cuando termine todo esto, espero no tener que volver a probar estas latas —dijo Riggs con embarazo. No le gustaba demasiado hablar.

—Tendrías que haber probado lo que nos servían en la base.

—Coincidiste con el coronel allí, ¿no?

—En mala hora —asintió con pesar Comadreja—. ¿Cómo iba yo a imaginar que me haría esto? Tendría que haber matado a ese hijo de perra cuando tuve ocasión.

—Nunca he estado en el ejército, pero imagino que no se comería peor que en el hospicio donde crecí.

—Sí, la comida del gobierno siempre es una bazofia —contestó Weidenfeld, mirando de reojo a su compañero mientras rascaba el fondo de la lata, un tanto desconcertado por las confidencias.

—Allí me llamaban Tommy, ¿sabes? —contestó Riggs, sin levantar la mirada de su comida.

Weidenfeld se quedó mirando a su compañero. Él lo había llamado por el diminutivo para fastidiarlo, pero estaba claro que a Gato le traía recuerdos desagradables. Sin embargo, a pesar de su agresiva respuesta y de derrotarlo en la pelea, se había tomado la molestia de acercarse a él, y fue esto lo que más había conmovido a Comadreja.

—¿Fumas? —preguntó al ladrón, sacando un par de puros cortos que había escondido en el Descanso del Corzo para las grandes ocasiones.

—No, gracias.

—¿No? Pues mira qué tengo aquí. Chocolate. ¿Un trozo, Thomas?

—¡Vaya, chocolate! Hacía tiempo que no lo probaba. Muchas gracias. ¿De dónde lo has sacado?

—Me lo traje. En estos tiempos es bueno para negociar. ¿Otro trozo?

—Gracias. Y puedes llamarme Tom.

A unos metros de distancia, suficientemente lejos como para no haber podido escuchar la conversación, Brown observaba la escena. Weidenfeld era el hombre más problemático y había caído mal al resto del comando. Que se hiciera amigo de Riggs podía resultar un peligro si ambos decidían escapar, pero quizá sirviera para que el estraperlista se integrara en el grupo.

—Coronel, me gustaría preguntarle algo, si no le molesta.

El que hablaba era Von Weizsäcker, que se había acercado con las manos en los bolsillos, no sabiendo si era el momento de importunar al oficial americano. Este le había dicho el día anterior que Otto, su hermano gravemente herido por las quemaduras, había empeorado, y el teniente alemán no albergaba demasiadas esperanzas.

—Verá, es sobre la película que nos puso en aquel hotel. No quiero que piense que lo trato de mentiroso, pero no consigo dejar de darle vueltas, ¿me entiende? En la guerra se hacen atrocidades. Cuando yo sobrevolaba Inglaterra y lanzábamos bombas, sabíamos que la gente moriría, pero no quiénes eran. No los veías saltar en pedazos. Simplemente era una carrera contra los cazas ingleses. Era como un juego. Cruzabas el Canal, llegabas a la costa y de repente te veías rodeado por aparatos más pequeños y manejables que el tuyo y tenías que tratar de no ser derribado y llegar a tu destino. Entonces abríamos la trampilla y las bombas caían, y tú intentabas ver si habías acertado en el blanco. Si lo lográbamos, nos poníamos a gritar como locos, nos reíamos de los cazas y regresábamos entre una lluvia de balas. Si fallábamos, maldecíamos nuestra suerte y no pensábamos más que en volver a por otro cargamento de bombas.

Brown dejó que el oficial alemán se explicara sin hacer ningún comentario. Desde que bajaran de la montaña, el piloto había mantenido varias conversaciones con él, pero siempre de asuntos ajenos a la guerra, como la familia, las costumbres o qué tenían pensado hacer tras la guerra. Era la primera vez que Von Weizsäcker hablaba de la contienda.

—Sin duda, he matado a muchas personas —continuó Von Weizsäcker, mirando a lo lejos—. Pero no me siento un asesino.

—Somos soldados.

—Lo sé, coronel. Pero no me refiero a eso. Quiero decir que, aunque he matado a todas esas personas, nunca he disparado a alguien mientras lo miraba a los ojos, ¿me entiende? La gente que yo he matado no tiene rostro. ¿Usted ha matado a alguien alguna vez, coronel? Perdone… No debería haberle hecho esa pregunta.

—No se preocupe, y sí, sí lo he hecho. Tampoco ha sido en el fragor de una batalla, pero lo miré a los ojos.

—¿Y qué sintió?

—Nada. En aquel caso, era él o yo. Le tocó a él. ¿Qué le preocupa?

—Entiendo que nos matemos. Somos soldados, como usted dice, y, cuando nuestros gobiernos nos ordenan que acabemos con el enemigo, lo hacemos sin cuestionarnos si está bien o está mal. Puedo aceptar que un hombre mate para defenderse, o que en medio de la batalla cometa las mayores atrocidades. El miedo nos convierte en bestias: la venganza cuando atrapas a quien ha disparado contra tus compañeros; el linchamiento a los pilotos que han bombardeado tu ciudad, a quien te quiere expulsar de tus tierras o te roba cuanto posees. Yo mismo he sentido esa rabia cuando he visto cómo los disparos de los cazas segaban la vida de mi navegador, o de mi artillero. En esos momentos hubiese dado la vida por poder arrebatar la de nuestro enemigo con mis propias manos.

Brown aguardaba sin saber dónde quería ir a parar el alemán.

—Toda esta violencia es comprensible. Pero dígame: ¿quién puede matar de hambre a una persona? ¿Quién puede pegar un tiro en la cabeza a un niño? ¿Quién puede comer, fumar, charlar o reír mientras unas mujeres abrazan a sus hijos apiñados en un vagón camino del matadero, o en un camión donde se asfixian? ¿Quién es capaz de ver cómo montañas de cadáveres, solo hueso y pellejo, se apilan y arden, o se amontonan esperando que los metan en un horno?

El teniente estaba al borde del llanto mientras continuaba hablando. Algunos hombres se habían dado cuenta de lo que sucedía y escuchaban en un respetuoso silencio. Von Weizsäcker miraba a lo lejos, mordiéndose una uña, tratando de retener las lágrimas.

—¿Quién fue capaz de arrastrarla fuera de su casa, meterla en un tren como si fuese una res y llevarla a un campo del que sabía que nunca volvería a salir? ¿Quién la mantuvo allí, muerta de frío, de sed, de hambre, aterrorizada, sin saber qué iba a ser de ella y viendo cómo otros morían en sus manos? ¿Quién fue capaz de arrebatarle la vida y por qué? Jamás hizo daño a nadie.

Las lágrimas le resbalaban por la mejilla. Sus compañeros sabían que se estaba refiriendo a Eva, y el coronel americano mejor que nadie.

—¿Esas imágenes son reales, coronel? No se preocupe. Me vale lo que le han hecho a Eva para cumplir con mi palabra, pero necesito saberlo. ¿Son reales? ¿Hay hombres capaces de hacer eso? ¿Tantos hombres son realmente capaces de cometer esas atrocidades? ¿Y tantos otros guardan silencio sin rebelarse?

—No tengo las respuestas, teniente —repuso Brown encogiéndose de hombros—. No tengo motivos para creer que todo sea una farsa. No necesitaban engañarme para que aceptara esta misión. Soy un soldado. Y tampoco era necesario engañarlos a ustedes. Si usted no hubiese aceptado acompañarnos, hubiéramos encontrado a otro. El capitán, el profesor y Villar son voluntarios. Gardner, Riggs y Weidenfeld no tenían más alternativa. ¿Para qué tomarse todo ese trabajo?

Brown se quedó callado un momento mirando al suelo y, asintiendo con la cabeza añadió:

—Creo que todo lo que vimos es cierto. Como usted dice, la guerra saca lo peor de cada uno. Pero, además, Hitler y el Alto Mando alemán están locos. Y no hay nada peor que un loco con poder.

Von Weizsäcker no escuchaba, sumido en sus recuerdos.

—¿Sabe, coronel? Durante los cuatro años que estuve encerrado en el campo de prisioneros, soñé cada noche cómo sería mi reencuentro con Eva cuando terminase la guerra: yo aparecía de improviso, ella se echaba a llorar y me abrazaba, y al final yo también lloraba. Antes de dormirme recordaba su sonrisa y el brillo de sus ojos. Ella fue la que mantuvo mi ánimo, incluso cuando Otto llegó medio muerto al campo.

Brown dejó que el teniente continuara, dándose pequeños golpecitos en las botas con una ramita recogida del suelo.

—Ahora, desde que usted me enseñó esas fotos —dijo Von Weizsäcker, refiriéndose a las instantáneas en las que Eva aparecía en el campo de concentración—, no consigo recordarla como antes. Ya no sonríe ni sus ojos brillan. Solo me miran vacíos. Ni siquiera se queja. Quizás esto sea lo peor de todo: que ni siquiera se queja.

El piloto alemán, atormentado, se levantó y se alejó.

—Caballeros, debemos continuar —dijo Brown poniéndose en pie—. Aún nos queda un largo camino. Villar, es su turno. Guíenos.

El guerrillero español se cargó la mochila con la agilidad que da la práctica y se puso en camino sin mirar la brújula ni comprobar si los demás lo seguían. Acostumbrado a moverse velozmente por las montañas de su tierra, puso un ritmo alto con largas zancadas, sin quitarse la pipa de los labios.

Brown guardó la retaguardia, como era costumbre, y el resto de los hombres se puso en marcha tratando de seguir al minero. Pickeray caminaba al lado del teniente alemán, y Menchaca lo hacía junto a Gardner, a los que cada vez se veía más compenetrados. Riggs y Weidenfeld se habían puesto en movimiento de los últimos, y Gato se rezagó aún más para emparejarse con el coronel.

—Disculpe, señor. He escuchado la conversación que ha mantenido con el teniente.

—¿También duda de que esas imágenes sean reales?

—No lo sé, señor. Quizá tenga usted razón —contestó Riggs, dando un pequeño brinco para acomodarse la mochila sobre los hombros—. Señor, ¿tan importante le parece acabar con los nazis? Verá. Cuando hayan acabado con ellos, habrá otros, y luego otros, ¿no cree? Aquí no tenemos nazis y también se maltrata al que es pobre. No sé nada sobre el mundo, señor, pero en todos los sitios el pobre es atropellado. Los ejércitos están para combatir por algo que no entienden que beneficia a los poderosos. Los soldados pierden la vida y no saben por qué. ¿Por qué no arriesgan la suya los hijos de los que mandan? Siempre van delante los que menos tienen, ¿no le parece?

—Los ejércitos defienden los intereses de sus países. Nosotros estamos aquí para expulsar a los alemanes de los pueblos que han esclavizado.

—¿Usted cree que los pobres de esos países viven peor con los nazis que con sus anteriores amos? Si invadieran Inglaterra, no creo que yo viviera ni mejor ni peor. Solo perderían los que ahora mandan. El ejército defiende los intereses de los que tienen tierras, dinero y sirvientes, cuando hay guerra. Cuando no la hay, es la policía quien se encarga de que el pobre siga siéndolo y que el rico no pierda lo que ha robado antes.

—Tiene mal concepto de la policía.

—¿No me cree, señor? Desde que recuerdo, siempre he visto a la policía pisotear a los más necesitados. Defienden la ley, dicen. ¿Pero qué ley? La que han impuesto sus señores —razonaba Riggs como hablando consigo mismo —. «Roba un poco y serás un ladrón. Roba mucho y serás un rey». ¿Qué me pueden robar a mí, señor? No tengo nada. Y, cuando paso hambre y robo al que le sobra, la policía llega, me apalea y me mete en un calabozo para que me pudra.

—Usted no ha sido perseguido por su raza o por su religión —repuso Brown.

—No. He sido perseguido por ser pobre —contestó Riggs con rabia y, mirando de reojo al coronel americano, que se había quedado sin saber qué responder, añadió—: No se preocupe, coronel. Cumpliré mi parte del trato, solo quería charlar un rato.

El reservado muchacho, avergonzado por su atrevido y extenso discurso, aceleró el paso, adelantándose unos metros.

Brown meditaba, sorprendido, sobre lo que acababa de escuchar. Él era militar de carrera y, aunque a veces se planteaba las órdenes recibidas, nunca se había parado a pensar a quién protegía realmente. Levantó la mirada del suelo y encontró la de Weidenfeld, que sonreía con sarcasmo.

—¿Disfruta, Weidenfeld?

—Ya lo creo, coronel. No me hubiera imaginado que el muchacho tuviera tanta labia. Si no fuese porque usted es de piedra, diría que Thomas lo ha jodido.

—¿Eso cree? ¿Y le parece que está en lo cierto?

—El mundo es así, y no pierdo el tiempo en tratar de comprenderlo — repuso Weidenfeld encogiéndose de hombros—. No merece la pena llorar, ¿no le parece? Yo prefiero ver el lado bueno de las cosas. Solo vivimos una vez y hay que aprovechar cada momento. No intento rebelarme, pero tampoco me conformo con lo que me ha tocado. Cuando vives en un maldito tren, de un lado para otro, escapando de alguien que desea ver cómo las ruedas te parten por la mitad, no te importan los nazis, la política o a quién protege la policía. Coges lo que puedes y tratas de ser feliz. Aprendes a no guardar nada para mañana, porque quizá nunca llegue. ¿Los alemanes tienen esa bomba? ¿Y ustedes no? En algo tiene razón Riggs. Con nazis o sin ellos, yo seguiré buscándome la vida. No espero que nadie me regale nada, y desde luego yo no voy a regalar nada a nadie. Si ustedes quieren jugar a los soldaditos, adelante, pero no esperen que yo haga lo mismo.

—Creía que lo que había visto en la película le había afectado.

—¿Y a quién no? Soy de carne y hueso, coronel, no como usted. Pero no se me ha perdido nada allí. Si esos campos existen y alguien tiene que estar dentro, mejor otros que yo. Hablan de miles de judíos masacrados. ¿No saben ellos luchar? ¿Por qué debería yo tener que ayudarlos si se dejan matar como borregos? ¿Vendrían ellos a salvarme a mí?

—Esa bomba podría matarlo.

—¿Y? He disfrutado todo lo que he podido. Algún día me tendrá que tocar. ¿Dónde está la diferencia? Si trato de escapar, usted me pegará un tiro. Si me niego a acompañarlo, me colgarán. Si voy con usted y me atrapan los alemanes, me matarán también. Morir solo o con otros cientos de desgraciados, qué más da.

—¿No le resulta interesante morir por una buena causa? —preguntó Brown, sin perder la sonrisa ante el cinismo del estraperlista.

—¿Una buena causa? No me haga reír. Usted quiere decir su causa. La única buena que conozco es la mía. No me asusta morir, pero tampoco tengo prisa.

Con una risa cascada, Comadreja se adelantó hasta ponerse a la altura de Riggs, y continuaron la marcha juntos.

Brown siguió andando en solitario, reflexionando sobre todo lo hablado. Cada uno de aquellos hombres tenía su propia historia, y resultaba arriesgado juzgarlos a la ligera. Desde la retaguardia veía cómo avanzaban penosamente con sus mochilas, en las que, además de los paracaídas y las piedras, cargaban con su pasado.

Ya había oscurecido hacía unas horas cuando llegaron al campamento. Los hombres, agotados, arrojaron al suelo las mochilas y se tendieron sobre la hierba con suspiros y palabras de alivio. Solo Pickeray y Villar daban la impresión de encontrarse más enteros. El mismo coronel americano tuvo que descansar un buen rato antes de poder volver a tomar el mando.

—Caballeros, les aconsejo que descansen. Mañana tendremos que salir temprano. Les prometo que será una marcha mucho más corta que la de hoy y no llevaremos mochilas. Además, estoy seguro que les gustará lo que haremos después.

 

Como avisara el coronel, se levantaron pronto y, después de tomar el desayuno, Brown los reunió para mostrarles el plano de una ciudad.

—Presten atención —dijo Brown, dejando el plano encima de la hierba cuando todos hubieron tomado asiento en el suelo a su alrededor. Manteniéndose en pie, señaló con una rama delgada y larga un punto en el papel—. Esto es Brecon, a veinte kilómetros al norte de aquí. Una ciudad de cinco mil habitantes. Está en un terreno llano rodeado por colinas, a la orilla de un canal. Les he señalado algunos de los edificios más importantes: la catedral, el castillo, el ayuntamiento y el hospital. Al este de la ciudad, hay una ciudadela militar donde se encuentra la Escuela de Infantería británica.

Los hombres miraban cómo el coronel señalaba, moviendo el palo según explicaba.

—Nos pondremos en marcha hacia Brecon y nos detendremos en este punto, desde el que se domina el centro de la ciudad y el canal. Allí nos dividiremos en cuatro grupos. El objetivo es el Ayuntamiento. Cada grupo entrará por un punto en Brecon sin ser detectado. Nos esconderemos y, cuando anochezca, entraremos en el Ayuntamiento, robaremos la bandera del balcón y nos marcharemos, siendo este de aquí el punto de reunión. ¿Preguntas?

—¿Llevaremos armas? —preguntó Comadreja con su inconfundible ronquera.

—No. No serán necesarias. Recuerden que el objetivo es llevar la misión a cabo sin ser detectados.

—Bueno, coronel. Creo que, en cuanto entremos en la ciudad vestidos así y sin armas, no tardaremos en ser detectados, ¿no le parece?

—Tiene razón, Weidenfeld. Por eso su función será proveernos de ropa de civil por el camino.

—¡Eh! —protestó indignado el estraperlista—. ¿De dónde espera que saque ropa para ocho personas? En todos estos días no he visto ninguna tienda de moda por aquí.

—No se preocupe, seguro que nos sorprende. ¿Más preguntas?

—¿Hay tropas en la ciudad, coronel? —preguntó Gardner.

—Sí. Veremos tropas en instrucción, soldados de permiso, policía militar…

—¿El Ayuntamiento, especialmente?

—El interior no. Es un edificio pequeño y las tropas no lo han tomado. Pero, frente a él, en la plaza, suele haber policía militar, para evitar desórdenes cuando los soldados salen de permiso.

—¿Cuáles serán los grupos? —preguntó Weidenfeld.

—Se los haré saber en cuanto lleguemos al punto de partida. Ahora, si no hay más preguntas, examinen bien el plano y prepárense para salir. Lleven alguna mochila con comida y agua. Nos servirán para guardar los uniformes en cuanto Weidenfeld nos consiga ropa.

La marcha fue silenciosa. Aunque iba a ser corta y sin la carga adicional que suponían las mochilas llenas de piedras, a los hombres no se les escapaba que iban a poner sus vidas en peligro. Si eran atrapados o confundidos con espías, quizá las explicaciones llegaran demasiado tarde.

Durante los primeros diez kilómetros no vieron más que el paisaje de las últimas semanas: praderas de hierba con nieve, árboles, riachuelos; todo desierto, sin presencia humana. Poco después divisaron la primera granja. Del tejado salía humo. Se oía ladrar a unos perros y alguien que gritaba para que se callaran. Weidenfeld, azuzado por Brown para que no tardara, se encaminó hacia la granja.

Diez minutos después, Comadreja regresaba con una lona embreada al estilo de las que usaban para protegerse de la lluvia, pero de color negro ajado, unas botas altas llenas de barro y de estiércol, un gorro de lana agujereado y un hacha. Cuando reiniciaron la marcha, sacó de debajo del poncho un pastel de carne recién hecho, que repartió con gran alborozo por parte de sus compañeros.

Un par de kilómetros después, distinguieron un establo cochambroso que serviría para guardar ovejas. Un perro ladró en cuanto se acercaron, pero no vieron a nadie. Weidenfeld se dirigió hacia el cobertizo para probar fortuna y regresó con una manta de lana que despedía un hedor insoportable, un serrucho y unas botas altas para trabajar en el campo.

Hasta llegar a las afueras de Brecon encontraron dos granjas más y tres cobertizos, y de todos robó el estraperlista algo, mientras el resto del grupo se alejaba para no ser vistos por los propietarios. De la última, Weidenfeld regresó corriendo mientras se escuchaba un tiro de una escopeta, y el comando escapó a todo correr entre risas.

—Reíos, cabrones, pero un perro casi me arranca una pierna —protestó furioso Comadreja cuando ya se habían puesto a salvo, mostrando una pequeña herida que sangraba en el pantalón roto del uniforme.

—Por el agujero debía de ser un perro muy pequeño —dijo Gardner.

—Sí, sí. Ríete, pero la próxima vez vas tú, desgraciado.

Cuando llegaron a una colina, al sur de la ciudad, desde la que se divisaba Brecon, el comando ya estaba equipado. Pickeray y Menchaca llevaban cada uno un poncho; Villar tenía la manta hedionda, a la que le habían hecho un agujero para pasar la cabeza, y botas altas, y el alemán un jersey lleno de remiendos con un pantalón de paño de color indefinido. Brown vestía una chaqueta que le quedaba un poco pequeña y unos pantalones de pana; Riggs, una gabardina de mujer y botas altas; Gardner, un chaquetón del ejército, al que le habían arrancado los distintivos y habían pasado por el barro, y unas botas embarradas. Weidenfeld se había reservado para él un chaquetón abrigado con cuello de oveja y un pantalón de paño marrón.

—Bien, caballeros. Eso de allí es Brecon. Entre nosotros y el objetivo está el canal. Villar, usted y Weidenfeld cruzarán el canal por el este. A medio kilómetro deberán encontrar un lugar más estrecho por el que vadearlo. Profesor, usted y Gardner lo harán por el oeste, antes de llegar a la presa. Capitán, usted y el teniente lo harán por ese puente de ahí, media hora después de que hayamos cruzado Riggs y yo. Cuando hayan llegado a las inmediaciones de la plaza, escóndanse y esperen a que sean las siete y media, hora en que anochecerá. Entonces diríjanse a esta esquina de la catedral. No habrá luna, eso nos beneficiará. Procuren no hacer ningún ruido.

Los hombres miraron los relojes que Brown les había entregado para sincronizarlos.

—Oscurecerá dentro de una hora. Profesor, Gardner, Weidenfeld y Villar, ustedes vayan a sus puntos y esperen a que haya menos luz para cruzar el canal. Los demás esperaremos aquí.

—Weidenfeld —dijo Gardner cogiendo del brazo al estraperlista cuando se disponían a separarse—. Esta ciudad es demasiado pequeña para que alguien desaparezca. No quisiera tener que ir a buscarte.

Siguiendo las órdenes del coronel, los hombres se alejaron para ocupar su sitio y los que se quedaron se escondieron en un grupo de árboles, esperando a que bajara el sol.

Cuando llegó la hora, Brown se puso en pie y, acompañado de Riggs, cruzó el puente, dejando atrás a Pickeray y Von Weizsäcker. Por la calle no encontraron a casi nadie, salvo soldados de permiso y algunos vehículos del ejército. La mayoría de los habitantes de Brecon estaban enrolados, y allí solo quedaban mujeres, ancianos y niños, en su mayoría. Brown se dio cuenta de que dos hombres juntos despertarían sospechas, de forma que mandó a Riggs que lo siguiera desde lejos.

No tardaron en llegar a la plaza del Ayuntamiento, donde se encontraba la patrulla de la policía militar. Vieron un cartel en el que ponía «herrería» en el bajo de una casa y, asegurándose que nadie los estuviera mirando, se colaron por una ventana, dispuestos a esperar.

Entretanto, Gardner y Menchaca habían subido hasta la presa y por allí cruzaron al otro lado. Encontraron una caseta con unas barcas. Dentro había un par de cañas de pescar y unas cestas, de las que se apropiaron. Servirían para disimular mejor. Con ellas al hombro, buscaron la plaza y se detuvieron en una casa en ruinas, una manzana antes.

Pickeray y Von Weizsäcker esperaron la media hora convenida y cruzaron el puente escondiéndose entre las sombras, que ya eran alargadas. Caminando cerca de las fachadas, llegaron hasta el portal de una casa de dos alturas y subieron hasta el rellano del último piso, confiando en que los propietarios ya se encontrarían dentro y no volverían a salir aquella noche.

Weidenfeld y Cornín llegaron hasta el estrechamiento en el canal, pero había bastante agua y tuvieron que ir tirando piedras de la orilla para pasar por encima sin mojarse en exceso. Cruzaron y se entretuvieron un rato, con el hacha y la sierra que Comadreja había robado, cortando ramas, con las que hicieron un atado que se echaron al hombro, y entraron en la ciudad sin más disimulo por la calle principal.

Al llegar a la plaza, escondieron en un callejón el atado y las herramientas. Villar buscó un sitio para resguardarse, pero Comadreja, con una sonrisa, le mostró unas monedas y con un gesto elocuente le indicó una taberna que daba a la plaza.

Al dar la hora convenida, todos se pusieron en marcha hacia el punto de encuentro. Riggs se subió a los hombros de Pickeray y alcanzó el alféizar de una ventana del Ayuntamiento. Con el puño envuelto en el gorro de lana, rompió el cristal, que cubrió primero con la chaqueta de Brown para reducir el ruido. Luego, lo abrió y se coló dentro, seguido por Weidenfeld, Gardner y el teniente alemán, mientras los demás vigilaban los alrededores.

Quince minutos después, los intrusos volvían a salir por donde habían entrado. En cuanto tocaron suelo, se dispersaron otra vez y se dirigieron con el máximo silencio a las salidas de la ciudad.

—Caballeros, he de felicitarlos —dijo Brown de vuelta en el campamento, mostrando la bandera, mientras daban comienzo a la cena con buen humor. En el trayecto se habían escuchado risas y comentarios alegres de buena camaradería—. La operación ha sido un éxito.

—Quiero añadir, coronel, si me lo permite —dijo Comadreja, levantándose de la piedra en la que estaba sentado—, que esto merece un brindis. Y ya que usted no ha tomado las medidas para que tuviéramos con qué brindar, me he molestado en agenciarme un par de botellas.

De una de las mochilas Weidenfeld sacó botellas, un jamón, varios embutidos, latas de conserva y otros productos que los hombres recibieron con gran júbilo. Algunos se levantaron para estrechar la mano del estraperlista, que, con una sonrisa de oreja a oreja, se había sacado un enorme puro de un bolsillo.

—Señores —dijo alzando la voz con el puro entre los labios—. A la salud del Ayuntamiento de Brecon y de su alcalde, que nos ha honrado con esta cena.

 

Martes, 28 de marzo de 1944

Cuartel General de la Gestapo, Berlín, Alemania

—¡Inspector!, ¡inspector…!

Klaus Schlüter se dio la vuelta para ver quién lo llamaba con tanta insistencia. El subinspector Dinter llegaba corriendo con un papel en la mano. Aquel hombre no era del agrado de Schlüter, que lo consideraba un psicópata al que le encantaba atormentar a los detenidos.

—Inspector —dijo Dinter, sin dejar de masticar lo que fuera que tenía en la boca—. Ha llegado esto hace un rato para usted.

Schlüter tomó el papel sin decir nada y le echó un rápido vistazo.

—¿Cuándo ha llegado? —preguntó alarmado.

El subinspector, que ya se alejaba, se giró sorprendido por el tono de voz de su superior.

—Hace una hora más o menos, inspector.

—¿Y por qué no me lo han comunicado inmediatamente?

—No estaba usted aquí, inspector.

—Había dejado recado de que me encontrarían en mi casa si era necesario.

—No lo sabía, señor. No pensé que fuese urgente.

Schlüter, maldiciendo la estupidez de aquel tipo, corría ya hacia la salida. Cuando bajaba las escaleras, se encontró con el sargento Bachmann, un tipo serio y trabajador, mucho más de su agrado.

—Inspector —dijo el sargento, agitado—, han detenido en Hamburgo a una espía que…

Schlüter le tendió el papel que le acababan de entregar.

—Lo sé. Llame a Hamburgo y asegúrese de que la tienen bien vigilada. Después baje a la calle. Vendrá conmigo.

Al llegar al cuartel general de la Gestapo, había visto salir al mayor Töpfer y se había agachado a atarse los cordones de los zapatos para no coincidir con él. Ahora confiaba en darle alcance. Podía tomar un coche para ir a Hamburgo, pero sería mejor contar con la autorización de su superior.

—Conduzca usted —ordenó Schlüter cuando el sargento bajó a buscarlo.

Töpfer no se había mostrado impresionado cuando Schlüter le mostró el documento, pero al menos no había puesto trabas a sus intenciones.

—Bien, ¿qué le han dicho en Hamburgo? —le preguntó Schlüter al sargento.

—Al parecer, la mujer pretendía tomar un barco —contestó Bachmann—. La han detenido en el puerto, cuando estaba embarcando.

—¿La seguían?

—No. Es una aristócrata, hija de un duque o algo así. No sospechaban de ella. Según parece, ha sido su marido quien la ha delatado.

—¿Su marido?

—Así es, inspector.

Schlüter se preguntó una vez más a dónde se estaba dirigiendo aquel país en el que un hombre delataba a su mujer. Claro que esta era una traidora, pero no debía de ser fácil. Se preguntó qué hubiese hecho él si se hubiera enterado de que Leyna era una traidora.

—¿Sabemos de quién se trata?

—No, inspector. No han querido darme su nombre por teléfono.

Sin duda, la Gestapo de Hamburgo no habría divulgado la detención. Si era una aristócrata, no lo harían hasta terminar el interrogatorio para evitar presiones.

—¿Han encontrado algo?

—Nada. La mujer no llevaba nada encima. Pero el marido ha declarado que en su mansión había encontrado fotos y documentos.

—¿Los recogió?

—No, inspector. Afirma que no quería ponerla sobre aviso. La siguió hasta la estación de tren, donde y vio que cogía un billete para Hamburgo. Después llamó a un amigo, un teniente general de las SS. Fue este quien alertó a nuestros hombres en Hamburgo.

—Así que la mujer se llevó la documentación con ella.

—Eso es lo que parece.

—No me imagino que se arriesgase a tenerla encima. Por muy hija de duque que sea, debía tener en cuenta los controles en los trenes y en el puerto.

—Quizá la destruyó. Pudo darse cuenta de que su marido la había descubierto.

—Podría ser. O se la entregó a alguien. ¿Dijo a dónde se dirigía?

—Al menos a mí no me lo han dicho. Parece ser que la mujer no está mostrando demasiada colaboración.

—Imagino que antes de que lleguemos habrá cooperado más. ¿Qué sabemos del científico? —preguntó el inspector, señalando un párrafo de la nota que le habían entregado.

—No mucho, solo lo que ha declarado el marido. Se trata de un físico judío. No recuerda el nombre.

—¿Judío? —preguntó Schlüter muy extrañado. Hizo un repaso mental de la lista de nombres que le había dado el decano de la universidad al que había consultado. La llevaba en un bolsillo del abrigo, pero se la sabía de memoria y en ella no figuraba ningún judío, físico o no—. ¿Han retenido al marido?

—Por supuesto —repuso Bachmann—. Pero no van a tardar en soltarlo, según parece. Tiene muy buenos contactos en el partido y entre las SS. De todas formas, nuestros colegas están convencidos de que está limpio. Es un empresario de éxito, capaz de vender a su madre si el precio le conviene.

—Un romántico —apuntó con sorna Schlüter.

El sargento sonrió, dejando por un instante de atender a la carretera que se extendía ante ellos para estudiar el rostro de su jefe, que miraba al horizonte con rostro pensativo. No queriendo interrumpir, se centró en su tarea.

Schlüter trataba de hacer una composición de los siguientes pasos. Si la pista era buena, como daba la sensación, la lista de científicos había resultado un fracaso. Ahora podría suspender esas guardias y concentrar a sus hombres en otras tareas.

En la última semana habían doblado el número de agentes a su cargo, algo que al mayor Töpfer no le había hecho ninguna gracia. En las altas esferas se estaba dando prioridad al asunto, y Schlüter se preguntaba a menudo si, como era práctica corriente en el cuerpo, habría algún otro equipo investigando en paralelo.

Había pedido a uno de sus mejores amigos, que trabajaba en el archivo de la Gestapo, que investigara al coronel americano. Los resultados obtenidos habían sido escasos, aunque ciertamente curiosos: Brown era un indómito oficial que dirigía una base de entrenamiento y cuya carrera militar se había visto frenada por un carácter nada diplomático. Sorprendentemente, y de manera harto irregular, Brown se había visto enfrentado, de la noche a la mañana, a un consejo de guerra, bajo unas acusaciones de incierta base con una resolución aún más chocante, en la que había sido condenado al frente aliado, justo lo que el díscolo coronel venía reclamando desde hacía tiempo.

El atípico juicio militar, que habría pasado totalmente desapercibido de no ser por el soplo recibido por la inteligencia alemana, no terminaba ahí. Al parecer, el coronel Brown había desaparecido nada más embarcar en un avión con destino a Inglaterra, y nadie lo había vuelto a ver. Nadie salvo el desconocido informante, que lo situaba, ni más ni menos, en el Cuartel General del Alto Mando aliado.

El inspector Schlüter se había aprendido de memoria el escueto mensaje que le había sido entregado al asignársele la investigación: «Hay motivos para pensar que el enemigo va a enviar un equipo para ponerse en contacto con un científico alemán. Por el momento, se desconoce de qué científico se trata ni el motivo. Se adjunta ficha del oficial americano que supuestamente se encuentra al mando de la operación, aunque se ignora si formará parte del equipo».

Siendo como era oficial del contraespionaje alemán, Schlüter no tenía dificultad para imaginar cuál había sido el motivo que había llevado al Alto Mando aliado a organizar aquel montaje para hacer desaparecer a un simple coronel y confiarle una misión: eludir cualquier filtración.

El hecho de que les hubiera salido mal no podía ocultar la importancia que los aliados daban a aquella misión. Demasiado trabajo para una farsa, si el motivo no lo mereciera.

Lo que despertaba su curiosidad era otra cosa: ¿Brown había sido elegido simplemente por discreción o había algún otro motivo? ¿Poseía el coronel americano alguna característica que lo diferenciara de otro y por la cual lo habían escogido? Era esto lo que el inspector había ordenado indagar, hasta el momento sin ningún éxito.

Por el momento, esa vía de investigación se encontraba en punto muerto. Schlüter había tenido en cuenta el pasado como instructor de paracaidismo de Brown y había dado orden de que cualquier irregularidad aérea, como aviones solitarios, paracaidistas nocturnos o alteraciones en el radar, le fuera notificada de inmediato.

A la espera de obtener más información sobre el misterioso coronel americano, Schlüter había concentrado sus esfuerzos en identificar al científico que buscaban los aliados y, tras admitir que el seguimiento a los principales cerebros alemanes tampoco estaba arrojando resultado alguno, el inspector había optado por infiltrar a sus hombres en los laboratorios donde aquellos operaban, confiando en que los aliados tuviesen algún colaborador dentro. Sin embargo, esta medida tampoco había tenido ningún éxito por el momento. Si algún científico de algún laboratorio estaba implicado, lo disimulaba muy bien.

En cuanto supiera el nombre del físico judío, lo pondrían bajo vigilancia, y Schlüter volvería a visitar al decano de la universidad para que le explicara de quién se trataba, por qué podría interesar al enemigo y también por qué no figuraba en la lista.

Pensando todo esto, fue sumiéndose en un sopor, mecido por el rumor de la carretera y el movimiento del coche. Había ido a casa por primera vez en dos días con la idea de dormir unas pocas horas. Haciendo un gran esfuerzo, había tratado de hacerle el amor a su angustiada esposa, que en las últimas semanas apenas había tenido oportunidad de verlo, pero se quedó dormido entre sus brazos.

El sargento Bachmann se apiadó de su jefe y le permitió dormir, luchando él mismo contra la tentación de cerrar los ojos. El inspector no era el único que no había dormido mucho recientemente.

 

Schlüter daba pasos arriba y abajo por una oficina de la sede de la Gestapo en Hamburgo. Estaba solo en la estancia. Le habían indicado la silla en la que podía sentarse, frente al escritorio, mientras le era notificada su presencia al responsable del caso, pero el inspector no estaba tranquilo.

Cuando había llegado, un tanto avergonzado por haberse quedado dormido casi todo el trayecto, y tras identificarse, había notado, por el trato de los sucesivos subalternos que le habían atendido, que algo no marchaba bien.

—¿Inspector Schlüter? —le inquirió un oficial, entrando en la oficina donde le habían pedido al inspector que aguardase—. Soy el capitán Ahrends. Ha venido por la mujer.

No era una pregunta. Schlüter podía oír las sirenas del desastre.

—Imagino que estará al corriente de la detención —dijo el capitán, examinando una carpeta que le había tendido una secretaria—. Se trata de Libertas Scholl, hija del duque de Eulenburg y Hertefeld. Su marido, Raymond Scholl, la denunció al encontrar en su domicilio cierta documentación comprometedora, a la que apenas echó un vistazo antes de denunciar la traición a las autoridades.

Schlüter recordó a Libertas, la mujer de la que había pensado que cualquier hombre debería cuidarse cuando la conoció en aquella fiesta en el Hotel Adlon.

—¿La han interrogado, señor?

—Habíamos empezado —repuso el capitán, sin levantar la vista de los papeles que revolvía como si buscase algo—. La mujer nos contó una historia sobre una amiga que buscaba a su padre, un científico judío de mala salud. Al parecer, esta amiga, una extranjera, le había pedido que localizara al judío.

—Perdone, señor, ¿a qué se refiere cuando dice «habíamos empezado»? —Las alarmas aullaban en la cabeza de Schlüter.

—La mujer se sentía indispuesta y pidió ir al servicio. Es hija de un hombre influyente y tampoco teníamos más que la palabra de su marido.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Schlüter, omitiendo el tratamiento a su superior. El bramido de la catástrofe era atroz.

—La mujer aprovechó un descuido para arrojarse por una ventana — repuso el capitán, sin querer ofenderse por la falta de respeto—. Un segundo piso solamente, pero me temo que las heridas eran graves. Ha muerto antes de que le pudiéramos sonsacar nada.

Schlüter se quedó sin aliento.

—¿No han logrado averiguar nada? —preguntó con un hilo de voz.

—Solo lo que hemos sabido por el marido. Al parecer, la mujer le pidió hace unos días que localizara a un científico judío, el padre de una amiga suya, que pudiera estar trabajando con el profesor Heisenberg, sin desvelarle el nombre del judío. Esta mañana el señor Scholl ha encontrado accidentalmente cierta documentación, que su mujer le ha arrebatado rápidamente con una excusa, no permitiéndole echar más que un vistazo. Posteriormente la señora Sholl ha abandonado la casa llevándose la documentación y muy nerviosa.

El capitán Ahrends hizo una pausa para recolocar una hoja mal dispuesta en la carpeta que sostenía antes de continuar:

—El señor Scholl ha establecido una conexión entre un nombre registrado en la documentación y el científico judío del que le había hablado su esposa y, sospechando algo, ha seguido a su esposa. Cuando la ha visto comprar en la estación de tren un billete para Hamburgo, se ha puesto en contacto con un alto oficial de las SS, el cual nos ha avisado a nosotros. Eso es todo lo que ha dicho y, créame, lo hemos presionado. Estoy convencido de que dice la verdad. En mi opinión, no tiene nada que ver con el asunto.

—¿Han recuperado la documentación? —preguntó Schlüter, sabiendo la respuesta.

—No, la señora Scholl no llevaba nada encima cuando la hemos detenido. Por supuesto, hemos registrado el tren, pero sin éxito.

—¿Cuál es el nombre del científico judío, señor? —preguntó Schlüter, sin decir dónde podía meterse sus opiniones el inepto capitán.

—Stenger, Itzhak Stenger —contestó el capitán Ahrends, alzando la mirada de la carpeta—. Aunque no está seguro.