Proyecto Moisés

Iñaki Biggi · Capítulo 30 de 31

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Proyecto Moisés

Epílogo

 

Sábado, 10 de junio de 1944

Saint-Jean-Pied-de-Port, Francia

En la pequeña localidad fronteriza el día comenzaba fresco y despejado. Sus habitantes cumplían con sus quehaceres diarios, intercambiando miradas nerviosas y alguna que otra disimulada sonrisa de complicidad. El día tan largamente esperado estaba más cerca. La ciudad de Bayeux ya había sido liberada y, aunque todavía era pronto para cantar victoria, los franceses habían recuperado la alegría.

Desde primeras horas de la mañana, las puertas de la muralla eran atravesadas por comerciantes, pastores y soldados alemanes que vigilaban el paso jacobino hacia Navarra. Siendo día de mercado, el ajetreo era intenso. Un pastor con la boina calada, un áspero y roído jersey de lana y un abrigo de pellejo de oveja cruzaba el puente medieval por encima del río Nive para luego enfilar la calle principal, abandonando el pueblo por la Puerta de España; correspondía con un gesto adusto a los parcos saludos de aquellos con los que se encontraba.

El pastor dejó atrás la antigua localidad y comenzó una dura ascensión, ayudándose de un cayado que en su punta tenía un tocón ancho para que no se hundiera en la nieve. A pesar de ser junio, la cumbre aún mantenía un manto blanco, aunque este, poco a poco, ya se estaba derritiendo.

Se tuvo que apartar para que una camioneta con una patrulla alemana pudiera pasar por la senda, y entonces continuó subiendo la montaña en busca del rebaño que debía de estar esperándolo en los altos pastos.

Tras dejar atrás las últimas casas, la pista se suavizó un poco. Cornín bebió un trago del agua helada que bajaba de la montaña y aprovechó para echar un vistazo al magnífico paisaje que se extendía ante él, con las altas cumbres pirenaicas a lo lejos.

Estaba hambriento. En los dos últimos días solo había podido comer un trozo de hogaza reseca de pan y un poco de queso de oveja que le había ofrecido un viejo de la montaña. El pastor vasco, sin preguntarle quién era ni de dónde venía, había envuelto el escaso condumio en unas hojas de periódico atrasadas que Villar se había cuidado de guardar, previendo el frío y el viento de las cumbres.

El guerrillero echó de nuevo a andar por los prados silvestres, siguiendo una ruta que desde hacía siglos venían utilizando los peregrinos en su viaje hacia Compostela. El sol aún no calentaba, y a ochocientos metros de altitud hacía un frío que el asturiano, bien pertrechado y acostumbrado a la montaña, no sufría. Los dos últimos días había estado nevando, y Villar había optado por permanecer escondido en los alrededores, esperando el momento propicio.

Hacía ya casi dos meses que había finalizado la misión y desde entonces había sobrevivido como un animal, agazapado, moviéndose de sombra en sombra y alimentándose de cualquier cosa que encontrara a mano, bien fuera un puñado de bayas o un ratón de campo.

Después de despedirse del piloto alemán en Hamburgo, Villar había optado por apartarse de la costa, donde los alemanes, conocedores del inminente desembarco, se encontraban desplegados en el que llamaban con gran pomposidad el Muro Atlántico. Sin prisas, sin dejarse ver, sin sentir la tentación de pedir ayuda, se había deslizado como un espíritu, atravesando tierras desangradas por la guerra. A través de los cerrados bosques de las Ardenas, había pasado a la Francia ocupada, esquivando las poblaciones de Reims, Orleans y Angoulême, en un viaje de casi mil quinientos kilómetros hasta alcanzar la falda pirenaica.

Nada sabía del resto de actores que habían participado en el drama de Helgoland. No conocía el triste final del capitán británico que lo había reclutado ni del sicario americano. Tampoco tenía curiosidad por saber si el submarino había acudido fiel a su cita ni si el piloto alemán había podido llegar hasta su hogar.

No había llegado a conocer a Klaus Schlüter, el implacable inspector de la Gestapo que casi había logrado dar al traste con la misión. De haberlo conocido, le hubiese traído sin cuidado saber que este había pagado las andanzas del comando en Alemania con su vida en el frente ruso.

Ser el único testigo superviviente de aquella aventura carecía de cualquier importancia para Cornín. La muerte sucedía a la vida, era algo inevitable. Los demás habían muerto, y algún día lo haría él, así que para qué preocuparse.

Se apartó un poco del camino, rodeando el último caserío de la vertiente francesa para evitar ser visto. Nunca se sabía quién podía echarte el ojo encima. La mayoría de los franceses estaban en contra de la ocupación nazi, pero siempre había colaboracionistas o chivatos.

Cornín, perro viejo en tales menesteres, conocía el paño. Entre la gente siempre hay lobos con piel de cordero. No le hacía falta oír las murmuraciones para saber que, entre los presuntos guías que se ofrecían para cruzar a los fugitivos la frontera, había ladrones y bandidos cuyo único propósito era desvalijarlos de las escasas pertenencias que pudieran llevar para comenzar una vida nueva en un lejano lugar donde no corrieran peligro.

También los había que guiaban a los prófugos hasta las patrullas alemanas, que luego eran recompensados con las treinta monedas de Judas. Incluso había guías que pertenecían a las SS o a la Guardia Civil, que se disfrazaban de pastores para capturarlos. Villar no había llegado a viejo por confiar en sus semejantes.

Unos kilómetros más arriba, caminando entre ovejas de cabeza negra y lana blanca, larga y espesa, algún perro pastor desconfiado como él y caballos de corta alzada y patas poderosas, el asturiano encontró lo que con paciencia había estado buscando durante aquellos días escondido cerca de Saint-Jean-Pied-de-Port: niebla.

Al principio solo eran unos jirones, pero pronto se convirtieron en una sopa húmeda e impenetrable que impedía la visión más allá de unos pocos pasos. El silencio implacable solo se veía roto muy de vez en cuando por algún balido lastimoso.

Calculando que había llegado a la mitad del trayecto, decidió hacer un pequeño descanso. El hambre lo había debilitado un tanto, y aún le quedaba la parte más peligrosa. El balido de una cría le llegó desde no muy lejos. Dejó la estrecha senda y se encaminó hacia allí. Entre la nieve se abrían claros donde pastaban las ovejas, y Villar se acercó a una de ellas, que daba de amamantar a una cría. La apartó con el pie y ordeñó a la madre con mano experta, bebiendo directamente de la ubre. La leche caliente y espesa le calentó las entrañas y mitigó un poco el hambre.

Se sentó sobre una roca y sacó las hojas de periódico para ponérselas en el pecho, bajo el jersey. Un enorme titular atrajo su atención. A pesar de estar escrito en francés, no le costó descifrarlo. Los ejércitos aliados habían desembarcado en Normandía. Miguel no sintió emoción alguna. Nunca llegaría a saberse que había sido gracias a un puñado de audaces hombres que las tropas aliadas habían podido hacer pie en las playas francesas.

Lo que a partir de ese momento ocurriera en Europa le daba igual. No se engañaba. La guerra estaba siendo muy larga y costosa, y, aunque los aliados la ganaran, no estarían por la labor de implicarse en un segundo conflicto bélico, esta vez contra el dictador español.

Se levantó el apolillado jersey robado en un pajar, metió las hojas extendidas de forma que le protegieran el pecho, se abrigó, tomó el bastón, se puso en pie y prosiguió el camino, retomando la senda donde la dejara.

Siete kilómetros después, llegó a la frontera española. Habían pasado casi tres horas desde que dejara atrás la localidad francesa, y se enfrentaba al momento más delicado. Había escuchado decir en sus montañas asturianas que la frontera, permeable durante los primeros años de la guerra europea, se había cerrado a cal y canto para evitar que los fugitivos pudieran alcanzar territorio español desde el que llegar a Lisboa, o a Huelva, para luego marchar hacia el peñón de Gibraltar.

Tropas alemanas controlaban las fronteras, y en el lado español la Guardia Civil perseguía a los huidos, a los que deportaba tras su apresamiento. Miguel había sopesado la posibilidad de cruzar la frontera más al sur, por la Francia del temeroso Pétain; pero había llegado a la conclusión de que, siendo esta una vía más utilizada por las redes clandestinas de paso fronterizo, tendría más vigilancia encubierta. Al final había decidido que el paso por Saint-Jean, territorio alemán, sorprendería más a los nazis. De allí llegaría a Roncesvalles, luego a Pamplona, y después ya vería cómo acercarse hasta Santander.

Agachado, aguzó el oído. La visibilidad se reducía a unos escasos metros. Más allá estaría el puesto aduanero. Volvió a abandonar la senda y caminó por el collado, deteniéndose cada pocos pasos para escuchar. Esperaba que la espesa niebla desanimara a los soldados, que no conocían las montañas y corrían riesgo de una caída fatal. Probablemente, los alemanes supondrían que, si ellos no podían caminar en medio de aquella sopa, tampoco podrían hacerlo quienes escapaban de sus garras. Aunque no debía fiarse: era muy probable que tuvieran perros capaces de descubrirlo.

Siguió caminando, hasta que se topó con una alambrada. Estaba en la frontera. Volvió a agacharse y a escuchar. Nada. Con infinito cuidado, preparado para salir corriendo o matar, se aproximó a la cerca: una bobina de retorcido y oxidado alambre de espino, imposible de cruzar sin quedarse enganchado. Cogió el bastón, lo introdujo por debajo de la alambrada haciendo palanca para levantarla y metió debajo piedras, que allí abundaban. Un metro más a la izquierda, hizo otro tanto. Después escarbó debajo del improvisado túnel que había abierto y, tumbado sobre la espalda, se fue impulsando con las piernas hasta cruzarlo.

Aguantó la respiración. Seguía sin oír nada. Había conseguido cruzar la frontera, ya se hallaba en España. A partir de ese momento, volvería a enfrentarse a su enemigo natural, la Guardia Civil. Atrás quedaban las SS, las misiones vitales contra armas imposibles, el enemigo de idioma desconocido, las decisivas batallas por grandes ciudades y la lucha por el dominio del mundo. Ahora volvía a las montañas, donde entablaría pequeñas escaramuzas lejos de las grandes poblaciones. Al hostigamiento de un enemigo mejor armado que compartía la misma lengua y la misma sangre. A una guerra perdida de la que el mundo no quería saber nada.

De todo esto Villar era consciente, y no se molestaba en darle vueltas en su cabeza. Era lo que había. Pensar en lo que podría ser y no era suponía una pérdida de tiempo. Siendo un fatalista, no ignoraba que algún día su suerte se acabaría. Entonces, una pareja de la Guardia Civil lo atraparía en un recodo y lo mataría como a un perro. Pero, mientras llegaba ese día, Cornín continuaría acosando a los franquistas que osaran adentrarse en sus montañas.

Llegó al collado de Bentarte y allí volvió a echar un trago en la que llamaban la fuente de Roldán, el oficial de Carlomagno derrotado por los vascones siglos atrás en otra guerra, antes de adentrarse en un hayedo denso de altos árboles que no dejaban penetrar la niebla. Entre los árboles, la visibilidad aumentó, y pudo caminar más rápido, hasta alcanzar el punto más alto de la montaña y comenzar el descenso por una fuerte pendiente.

Abajo vio una antigua edificación. Era la colegiata de Roncesvalles. Continuó sin precipitarse. Seguramente la Benemérita no andaría lejos. Cuando estuvo al nivel de la colegiata, los vio. Una pareja con largos capotes y armada con viejos fusiles charlaba con un cura, ajenos todos a la sangrienta batalla que se disputaba al norte del país vecino. Villar se agachó tras un haya y esperó pacientemente. Frente a él, tenía a sus enemigos: la Iglesia y el Estado.

Cuando los guardias civiles se aburrieron y reanudaron su marcha, Cornín sacó su vieja pipa, limpió mecánicamente la cazoleta golpeándola contra el tronco y se incorporó. Junto a la bruma, se había esfumado el recuerdo del coronel Brown y su extraño comando. Con la tranquilidad que da el sentirse en casa, rodeó el claro de la colegiata y se adentró en el bosque.