Proyecto Moisés

Iñaki Biggi · Capítulo 29 de 31

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Proyecto Moisés

Capítulo XXVII

 

Sábado, 22 de abril de 1944

Helgoland, Alemania

Agachado de nuevo en la base de la grúa, Brown aguardaba en silencio, con los cinco sentidos alerta. El estrépito seguía siendo intenso. Viendo como los operarios continuaban llevando a cabo su trabajo, el coronel decidió que aún nadie se había percatado de su anterior presencia.

Levantando la mirada hacia el techo, donde los potentes reflectores hacían daño a los ojos, el coronel comprendió que los trabajadores no tuvieran el mínimo interés en mirar hacia allí. Solo lo hacían para comprobar si los soldados de las SS seguían vigilándolos, sin que estos pudieran tomárselo como una falta de entusiasmo laboral.

Se movió con cuidado hasta el montón de barriles tras los que habían escondido las ropas que utilizaran antes, y decidió ponerse de nuevo uno de los uniformes. Aunque no lograría superar un encuentro con algún otro soldado, seguramente le serviría para pasar desapercibido entre el resto del personal, suponiendo que no se atreverían a mirar a los ojos a quien vistiera aquel atuendo.

Con el casco bien calado, se dispuso a escalar la grúa. Ahora estaba solo y no podía permitirse ningún error. Si era descubierto, nadie le echaría una mano, y, si fallaba, los submarinos se harían a la mar próximamente, devastarían al ejército aliado y cientos de miles de personas morirían. Después pondrían rumbo a las costas de sus enemigos y les harían pagar caro su osadía.

Ya en la pasarela, se incorporó y anduvo con paso firme, tratando de no correr, hasta llegar a la otra punta, donde bajó la escalerilla y se asomó al pasillo que daba a los almacenes. Todo tranquilo. Se volvió a preguntar a qué hora cambiaría la guardia. En su visita anterior no habían permanecido demasiado tiempo dentro de la cueva, aunque se les hubiera antojado largas horas. Imaginando que el cambio sería, como mucho, cada seis horas, pensó que con un poco de suerte aún podría tener margen.

Decidido a no perder tiempo, entró en el túnel y comprobó que las puertas que habían dejado entreabiertas para facilitar el recorrido a la bola de fuego que iba a recorrer la cueva seguían estándolo. Echó un vistazo al almacén donde se encontraba el depósito. Aún no había saltado la válvula de seguridad, pero no faltaría mucho. El lateral, allí donde daban las llamas del soplete, estaba ennegrecido, y la temperatura dentro de la estancia se había elevado considerablemente.

Dejó entreabierta la puerta, continuó hacia las escaleras y ojeó la planta superior. Nada se había movido. Despachos, laboratorios y comedores estaban desiertos, y delante de los dormitorios seguía sin haber soldados. Comprobó que las compuertas soldadas no hubiesen sido descubiertas, y luego apoyó el oído contra una de las hojas. Al otro lado no se escuchaba nada. ¿Cuándo cambiaría la guardia? Aunque lo hicieran en ese mismo instante y dieran la alarma, aún necesitarían su tiempo para derribar los portones, que, colocados para soportar un posible motín, servirían igualmente para retrasar una intrusión. Por mucho que se esforzaran, Brown debería poder llegar antes que ellos hasta el polvorín que habían organizado. Tenía tiempo, lo cual no era como para alegrarse demasiado.

El coronel americano no se hacía ilusiones: no había forma de activar la carga desde un punto de seguridad. Tal posibilidad la habían perdido en el momento en que el ladrón inglés recibiera el impacto de la roca suelta en el rostro, perdiendo el conocimiento y cayendo al mar.

Brown oyó unos pasos. Rápidamente se separó de las compuertas y retrocedió por el pasillo. Aunque estuviera a salvo del cuerpo de guardia encerrado tras los portones, aún podía ser descubierto por los que permanecían dentro.

Se encaminó directamente hacia el origen de los ruidos. Ahora escuchaba una conversación de la que no podía entender nada, pero, por el tono distendido, comprendió que aún no lo habían descubierto. Avanzó con paso ligero y llegó a ver por la espalda a un par de hombres con batas blancas que parecían encaminarse hacia el dormitorio.

Si llegaban hasta las puertas, se sorprenderían de no encontrar al par de centinelas que deberían estar de guardia. Se caló aún más el casco y, taconeando con fuerza, se dirigió hacia ellos. Como esperaba, los técnicos abandonaron la conversación y ralentizaron el paso, aproximándose hacia la pared de piedra. Incluso uno de ellos se atrevió a girar imperceptiblemente la cabeza para mirar atrás.

Los dos operarios doblaron el último recodo, descubrieron el puesto de guardia desierto y se quedaron quietos, intrigados. Brown estaba a punto de alcanzarlos. Los hombres se giraron hacia él para ver qué ocurría. El americano no tenía más arma que su pistola, y no podía arriesgarse a que el estampido lo delatara.

Sin mediar palabra, Brown lanzó un tremendo puñetazo al plexo solar del que estaba más cerca y lo derribó. Su compañero abrió mucho los ojos, pero no le dio tiempo a más. Brown lo agarró por el rostro con la mano abierta y lo golpeó contra la pared una, dos, tres veces.

Dejó que el guiñapo cayera al suelo con la cabeza abierta y tomó por el cogote al primero. Lo sentó, se puso a su espalda con una rodilla en el suelo, que a la vez servía para hacer de tope a los movimientos del desgraciado, pasó el antebrazo derecho por la garganta y presionó, empujando a la vez con el hombro y aguantando treinta segundos antes de soltar.

Sin perder un instante, arrastró los dos cuerpos hasta el comedor, donde habían escondido antes los cadáveres de los centinelas, y entrecerró la puerta. El ataque había durado menos de un minuto, pero la sensación de peligro había aumentado. No podía perder más tiempo.

 

Schlüter miraba enojado los cuerpos de sus dos hombres tirados sobre los hierbajos. Presentaban varios impactos, y miraban al cielo con los ojos abiertos y un gesto de dolor en el rostro. A tres metros de ellos se encontraba el cadáver de Menchaca, uno de los espías sobre el que Schlüter no tenía conocimiento.

—Aquí no se ve nada, señor —dijo el subinspector Dinter, que se había asomado al acantilado, tirando de la cuerda por la que había descendido el comando.

—Indíqueme dónde los vieron —ordenó el inspector al agente que había dado el aviso sobre la localización de los espías.

—En el lado norte, señor —repuso este, abriendo la marcha.

Sin perderlo de vista, Schlüter, el resto de agentes y dos patrullas, bajo el mando directo del sargento de marina Heldmann, que el contraalmirante le había asignado, lo seguían a la carrera.

—Allí, señor —dijo el agente, apuntando hacia el acantilado norte—. Por allí subieron y por allí después volvió a bajar uno de ellos.

—No hay ninguna cuerda —señaló el subinspector Dinter.

—La habrán retirado —dijo Schlüter, esforzándose por ver qué había allí abajo.

—¿Por qué querría alguien bajar a ese acantilado? —preguntó extrañado el sargento Heldmann.

—¿Qué hay ahí abajo?

—Nada que yo sepa, señor —contestó el secretario del contraalmirante—. El lecho marino no es muy profundo, y nuestros buques y submarinos nunca se aproximan a esta zona. De hecho, yo nunca he visto estos acantilados desde el mar.

—Algo tiene que haber, ¿no cree? —preguntó irritado el inspector—. Volvamos. Deje aquí escondidos a algunos de sus hombres por si acaso, y a otros en el flanco sur por donde han huido.

Schlüter se dirigió directamente al despacho del contraalmirante, que seguía sin dar señales de vida, y descolgó el auricular, mientras daba instrucciones al sargento Heldmann para que ordenara la salida inmediata de cuantas patrulleras hubiera en la isla y peinaran el mar hasta dar con el comando. También deberían alertar a las guarniciones de costa y a cuantos barcos se movieran por aquellas aguas. Era vital atrapar a aquellos hombres con vida para poder interrogarlos.

—Póngame con el general Kaltenbrunner —dijo Schlüter por el aparato —. El inspector Klaus Schlüter. Tengo su autorización personal, es urgente.

Mientras se establecía la comunicación, Schlüter dividió a sus hombres en dos grupos: uno se quedaría en la isla, mientras que el otro embarcaría en una patrullera para atrapar al grueso del comando.

—Necesito hablar con el general —dijo Schlüter a través del teléfono—. Sí, señor, es urgente. Está bien, espero.

Se armó de paciencia para dar tiempo al ayudante del general a que fuera a despertarlo. Por suerte, debía de estar al tanto de su autorización, porque no había pedido más explicaciones.

—¿General? Aquí el inspector Schlüter. Estoy donde me mandó, señor — dijo Schlüter, omitiendo hacer una mención directa a la isla—. Señor, el grupo ha estado aquí, y ha huido. Han matado a dos de mis hombr… Sí, señor, han huido… Todos menos dos. Uno ha muerto, y el otro aún permanece aquí… No, todavía no lo hemos encontrado.

Schlüter escuchó las órdenes, que le llegaban entrecortadas a través del hilo telefónico, tratando de mantener la calma.

—General… —dijo, bajando la voz—, necesito saber qué han venido a buscar esos hombres, señor. El hecho de que hayan huido quiere decir que, probablemente, hayan encontrado lo que buscaban. Aquí nadie sabe nada, y aún uno anda suelto. Quizás estemos a tiempo, pero tengo que saber dónde buscar.

Schlüter contuvo la respiración durante un buen rato; tanto, que el inspector pensó que la comunicación se había cortado. El ayudante personal de Himmler mantuvo silencio, como si estuviera valorando si debía desvelar la información y calculando cuál sería la mínima necesaria.

—Aquí estoy, señor —contestó Schlüter, presto—. Lo entiendo, general… Por supuesto, señor.

Schlüter escuchó en silencio unos segundos con atención. Después, maldiciendo por la estupidez de los altos oficiales, colgó el auricular y abrió violentamente la puerta de su despacho. Fuera aguardaban sus hombres, que lo miraron expectantes.

—¡En marcha! —gritó, pasando corriendo al lado de ellos y dirigiéndose al sargento Heldmann, que se levantaba de su escritorio—. No, usted quédese —ordenó.

El inspector y los diez agentes que le quedaban, armados con metralletas facilitadas por el sorprendido secretario del contraalmirante, al que dejaban atrás sin saber exactamente qué hacer, se encaminaron de nuevo hacia el norte de Helgoland. La lluvia, que hacía un rato había amainado un poco, arreciaba de nuevo y, en medio de la oscuridad, dificultaba aún más la visión.

 

Brown echó un último vistazo al dormitorio principal, por si alguien se había removido en su catre con el ajetreo, pero todo parecía tranquilo. Volvió a dejar la puerta sin cerrar del todo y regresó por el pasillo hasta las escaleras que daban a la planta baja.

Un golpe. Otro. Gritos amortiguados. Una sirena empezó a aullar.

El coronel cambió de rumbo y corrió hacia las compuertas soldadas. Según se acercaba, el jaleo aumentaba. Al doblar el último recodo, no le quedó ninguna duda: los alemanes lo habían descubierto.

La poderosa puerta resistía los embates, pero sería cuestión de tiempo que consiguieran derribarla. A la carrera, recorrió el camino inverso hasta las escaleras y la descendió a saltos.

—Was ist los? —preguntó alarmado un tipo vestido con un buzo grasiento.

Brown le dio un rodillazo en la entrepierna y, aprovechando que el hombre se encogía por el dolor, le dio otro en el rostro, que lo derribó. Sin molestarse en ocultarlo, corrió por el pasillo hacia el almacén donde Villar y Riggs habían dispuesto los explosivos. Entró y entrecerró la puerta. El alboroto era ahora intenso. Los que dormían en la planta de arriba se habían despertado y corrían por los pasillos para ver qué ocurría.

Cuando descubrieran que las puertas no se podían abrir porque estaban soldadas, no tardarían demasiado en bajar a por un soplete para desbloquearlas, y entonces Brown sería atrapado.

Sin pensárselo un momento, el americano cogió un par de los botes que Villar había rellenado con gasolina y los vació sobre el resto de explosivos. Después, abrió las espitas de tres de las botellas de acetileno y agarró una de las bengalas.

Escuchó una pequeña explosión, y los gritos y carreras por el pasillo arreciaron. Aunque el coronel no podía entender lo que decían, por el ruido de la explosión imaginó que la válvula del depósito de propano había saltado.

Miró la bengala que le había dado el capitán del pesquero. Había llegado el momento. Le quedaban unos segundos antes de que lo descubrieran. La pequeña esperanza de huir que había mantenido tras colocar los detonadores temporales se había esfumado. No tenía alternativa. Si quería destruir la cueva, debía hacerlo ya.

No tuvo dudas sobre lo que tenía hacer. No tenía miedo. Desde el momento en que lo habían puesto al mando de aquella misión, el coronel había sabido que jamás regresaría con vida de ella.

La puerta del almacén se abrió, y dos hombres vestidos con buzos de trabajo entraron corriendo, quedándose petrificados ante Brown.

—Was machen Sie? —gritó uno de ellos, reaccionando y tratando de llegar hasta el oficial americano.

Sin darle tiempo a impedírselo, el coronel Lee Brown cerró los ojos, abrazó la bengala contra su pecho y la activó, mientras se dejaba caer sobre los explosivos.

El magnesio se encendió de inmediato, emitiendo una luz verde cegadora, inflamando los vapores de la gasolina e iniciando el explosivo termita casero, que en un instante llegó a los dos mil grados de temperatura. En unos segundos, superó el punto de fundición del hierro; las válvulas de seguridad de las botellas saltaron y las lenguas de fuego fueron avivadas por el oxígeno liberado.

En una sucesión de explosiones reventaron las botellas de acetileno, pulverizando el gas que contenían en su interior y lanzando metralla, que atravesó los tabiques, matando y destrozando todo cuanto encontró a su paso. Una inmensa bola de fuego recorrió la planta baja, calcinándolo todo, y ascendió luego a la planta superior, donde los trabajadores atrapados se agolpaban en torno a las compuertas.

Allí por donde pasaba la bola de fuego, que avanzaba a una velocidad de tres kilómetros por segundo, creaba un vacío que era rápidamente rellenado con los gases aún no quemados. Entró en el astillero y fue reventando bidones y botellas. El fuego hizo estallar los frascos de cristal que Villar había llenado pacientemente con la mezcla de aluminio y óxido de hierro, con fuertes explosiones.

Treinta segundos después de que Brown activara la bengala, no quedaba nadie con vida en ningún rincón de la cueva: documentos, planos, materiales…, todo había sido calcinado. Y aún faltaba por estallar el depósito de propano, con sus quince mil litros de combustible, y el de gasoil, bastante más grande.

Una de las últimas explosiones de la termita casera fabricada por Villar arrancó una plancha de hierro de las utilizadas para reforzar los cascos de los submarinos. Esta, al rojo vivo, atravesó el depósito, creando una fuga por la que escapaba violentamente el gas.

La segunda bola de fuego fue aún más terrible que la primera. Como un huracán, se desplazó buscando la salida. Reventó las enormes compuertas que cerraban el paso al mar y se llevó por delante las que el comando había soldado en mitad del túnel, calcinando a cuantos soldados se habían visto atrapados entre estas y las que daban al exterior.

La monstruosa explosión sacudió la isla entera, volando paredes y columnas, desgajando la roca más débil, en busca de una salida que aliviara la presión. Los pequeños submarinos fueron lanzados por los aires, sus depósitos se partieron y el combustible, hirviendo a una altísima temperatura, explotó, al igual que el enorme depósito de gasoil dentro de la gruta.

Las compuertas exteriores cedieron y la masa de agua fría se desbordó dentro de la cueva, e inmediatamente empezó a borbotear a causa de la temperatura interior, muy por encima de los dos mil grados.

 

Aunque Brown nunca llegaría a saberlo, la misión había resultado un éxito. La aniquilación había sido total. La cueva se había convertido en un infierno de humo negro, gases ardientes y agua sucia y embravecida que ya no supondría peligro alguno. Nadie, salvo el führer, su mano derecha Himmler, el ayudante de este, el general Kaltenbrunner, y el comando, conocerían jamás la existencia de aquellos submarinos en los que Hitler había puesto sus esperanzas para ganar la guerra.

 

Amparados por la oscuridad, los hombres remaban sin perder como referencia la silueta de la cada vez más lejana isla.

Nada más alcanzar la playa de rocas al pie del acantilado, Pickeray había ordenado botar al agua las lanchas que habían escondido en una pequeña oquedad que formaba la pared. El capitán había decidido que los cinco, aunque tuvieran que apretarse un poco y el bote fuese algo más inestable, embarcarían en una misma embarcación.

Manejando los remos para no hacer ruido con el motor, se alejaron de la costa un centenar de metros antes de arrancar el motor del bote vacío que remolcaban. Con un trozo de cuerda fijaron el timón y, tras abrir el gas a fondo, aproaron en dirección sur.

En cuanto la lancha salió disparada, tras encabritarse como lo haría un caballo salvaje dispuesto a galopar, los miembros del comando retomaron los remos y continuaron hacia el norte, donde esperaban hallar el camaronero del capitán Radbod.

Todavía impactados por la suerte de sus tres compañeros, dos de ellos muertos y un tercero que no tardaría en estarlo o en caer en manos de los nazis, los hombres impulsaban con energía la pequeña embarcación, tratando de aumentar rápidamente la brecha de mar que los separaba de la maldita isla.

El ruido del motor del bote que habían liberado era ya muy tenue, y los hombres se preguntaban si la treta lograría engañar a los soldados el tiempo suficiente como para permitirles alcanzar el pesquero. Entonces escucharon la primera explosión.

La noche se iluminó con las gigantescas llamaradas que brotaron de la isla. Los hombres, impactados por el dantesco espectáculo, se quedaron petrificados un instante, antes de que el capitán Pickeray los instara a continuar remando.

Una tras otra, en una apocalíptica secuencia de destrucción, fueron llegando hasta ellos más explosiones. La torturada isla, envuelta en llamas, se había convertido en un infierno del que salían proyectados trozos de roca que caían al mar como una lluvia de meteoritos.

Sin poder apartar la mirada del peñasco, que se debatía entre el oleaje y el fuego, los hombres bogaron en absoluto silencio, cada uno de ellos sumido en una oleada de emociones ante el éxito de la misión y el precio que había costado.

El capitán Pickeray pensaba en el profesor Menchaca, su antiguo compañero de armas en las trincheras españolas, un idealista que había creído en un mundo mejor, donde todos los hombres fueran iguales, y que no había dudado en abandonar su vida retirada para luchar por ello. El oficial tampoco podía evitar recordar al arrojado coronel americano, al que, a pesar de su mal comienzo, había llegado a admirar por su integridad y valentía. Un hombre de pies a cabeza que se había inmolado para salvar la vida de miles de personas y de sus compañeros.

Gardner también pensaba en el profesor español y en cómo este le había salvado la vida sacándolo del tren que estaba siendo bombardeado, sabiendo que, de no haber sido por él, en esos momentos sus pedazos se encontrarían diseminados entre los restos carbonizados del convoy.

En cambio, el sargento Weidenfeld tenía en mente al pequeño ladrón inglés. Rememoraba la pelea en la que Gato lo había derrotado limpiamente, a pesar de su menor corpulencia. Después de aquello, Riggs había resultado un gran compañero y un buen amigo. Weidenfeld, incluso, había llegado a hacer planes juntos, cuando aquella mierda de misión en la que se habían visto envueltos hubiera acabado. Planes que, ahora, no se harían realidad.

La cabeza de Von Weizsäcker era un hervidero de sensaciones: la culpabilidad por la traición; el alivio por el éxito; la pena, sobre todo por el coronel Brown, al que respetaba como nunca había respetado a ningún otro oficial, y el cansancio por la tensión acumulada, mayor que la sufrida por cualquiera de sus compañeros. Al fin y al cabo, estos habían tenido claro quién pertenecía al bando amigo y quién al enemigo. Deseaba infructuosamente mantener todas estas ideas encerradas y aisladas, al menos hasta que pudiera reflexionar sobre ellas cuando todo aquello hubiera finalizado.

Villar era el único que se mantenía sereno. Por supuesto, había admirado la entereza del oficial americano al ofrecerse a activar las cargas, pero había perdido a demasiados familiares y amigos como para detenerse a lamentar la muerte de compañeros a los que había conocido poco tiempo atrás. En su cabeza ahora solo tenían cabida planes para escapar de allí con vida.

Continuaron remando con la vista clavada en el fuego, mientras la isla se agitaba en sucesivas explosiones. Nada podía quedar en aquella cueva. Las lenguas de fuego, enturbiadas por un espeso humo negro, se levantaban decenas de metros sobre la superficie de Helgoland. La misión se podía dar por concluida, pero eso no consoló al comando. La empresa había acabado casi con la mitad del grupo, y el resto aún no se encontraba a salvo.

Vieron los focos de las patrulleras que abandonaban el puerto por el sur de Helgoland, barriendo con sus haces las turbulentas aguas. Parecía que habían picado el anzuelo y apuntaban sus proas hacia el suroeste, en dirección a la lancha vacía. Sería un respiro que no duraría demasiado. Las patrulleras eran más veloces y, en cuanto descubrieran la trampa, volverían a por ellos. Debían darse prisa en encontrar el pesquero.

—Capitán, allí hay una luz —dijo Von Weizsäcker, señalando algo más al norte de la dirección que llevaban.

Pickeray dejó de remar y miró hacia donde decía el piloto alemán. Este tenía muy buena vista y, aunque el oficial inglés fue incapaz de ver nada, se encaminaron hacia el lugar.

—Yo también la veo —dijo al cabo de unos instantes Gardner—. Es verde.

Era la señal: luz verde si tenían el paso despejado, y roja si tenían que darse la vuelta y alejarse a toda prisa. Solo hacía falta asegurarse de que no fuera ninguna trampa. Al fin y al cabo, alguien tenía que haber alertado a los nazis de su llegada a la isla. Brown estaba convencido de que el capitán Radbod no había tenido nada que ver en todo aquello, y Pickeray había aprendido a confiar en el americano, pero nunca estaba de más ser precavido.

—Vamos a acercarnos sin hacer ruido —ordenó Pickeray—. Teniente, trate de descubrir si hay algún otro barco.

—No veo nada extraño, capitán.

Remaron más despacio. Villar tenía preparado el motor de la pequeña embarcación por si descubrían que era una trampa y tenían que huir a toda pastilla.

—Los del bote. Aquí —dijo una voz conocida en medio de la noche. El patrón frisón debía de tener aún una visión tan aguda como la de Von Weizsäcker.

Dando las últimas paletadas, los hombres abordaron con la lancha al pesquero y se dieron prisa en ascender por la escalerilla que les habían arrojado.

—¿Dónde está su jefe? —preguntó el capitán Radbod en cuanto hubieron embarcado.

—Muerto —respondió Pickeray—. Hemos perdido otros dos hombres más.

—Han organizado una buena —dijo el patrón, mirando como las llamas continuaban iluminando la silueta de la isla donde él había nacido—. Creo que será mejor que nos larguemos de aquí.

En cuanto hubieron asegurado el bote, dieron potencia al motor del pesquero y salieron a toda máquina, exprimiendo cada uno de los caballos hasta llegar a los nueve nudos, la velocidad máxima que alcanzaba la embarcación.

El capitán Radbod extendió una carta náutica sobre la mesa de la cabina y llamó la atención de Pickeray.

—Estamos aquí. Navegaremos a toda velocidad con este rumbo —dijo el frisón, señalando con el dedo—. Estamos a veinticinco millas de la costa más cercana. Unas tres horas. Sankt Peter Ording. Los dejaremos cerca de la orilla, y nos alejaremos.

—Será el primer sitio donde los alemanes nos busquen —dijo Pickeray, frunciendo el ceño.

—Es probable —contestó el patrón del pesquero—, pero a esta velocidad sería muy arriesgado buscar otro punto de desembarque. Las patrulleras alemanas estarán rastreando toda la costa, y son mucho más rápidas.

—Está bien —concedió el inglés—. ¿Ha dicho tres horas? Quizá podamos dormir un rato.

—No se preocupe. Llevamos las luces de navegación apagadas, pero las patrulleras, no. Las veremos antes que ellos a nosotros. No es la primera vez que me buscan. Aprovechen para dormir un rato.

Pickeray se acostó en una litera, pensando que podía estar tranquilo. Si Radbod hubiera querido traicionarlos, ya lo habría hecho. De nada serviría quedarse despierto, vigilante. Además, cuando llegaran a la costa, agradecerían haber descansado. Siguiendo el ejemplo de sus hombres, que ya dormían, Pickeray apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos.

Instantes después, el patrón lo sacudía.

—¿Qué sucede? —preguntó Pickeray alarmado, incorporándose en la cama de un salto.

—Una patrullera —avisó Radbod—. Nos han visto y viene hacia aquí. Tienen que esconderse.

—¿Ya? Pero si hace un segundo no había ninguna por los alrededores.

—Llevan más de dos horas durmiendo. Estamos cerca de la costa y nos hemos cruzado con varias. Esta debía de navegar al pairo, con las luces y los motores apagados, y nos ha oído llegar.

Pickeray se incorporó y miró por el cristal de la cabina. La lluvia era intensa, y solo consiguió ver un foco que barría la cubierta del pesquero, mientras una voz ladraba órdenes en alemán mediante un megáfono.

—Dice que paremos los motores —tradujo el patrón—. Si no obedecemos, nos mandarán a pique. Dos de sus hombres hablan alemán. Que permanezcan en cubierta. Los otros, escóndanse.

Radbod quitó una mampara de madera y descubrió unas estrechas escalerillas, por las que se apresuraron a bajar Pickeray, Villar y Gardner.

—¡Documentación! —exigió en alemán el subteniente que capitaneaba la patrullera al subir a bordo del pesquero—. ¿Qué hacen aquí?

—Pescar.

—¿Por qué llevan apagadas las luces de navegación?

—Para ahorrar combustible. Vamos escasos, y quizá no lleguemos a puerto.

—¿El nombre de la embarcación es Erika?

—Sí, señor. Es el nombre de mi mujer.

—Navegan bajo bandera alemana.

—Nuestro puerto es Büsum, señor.

El subteniente estudió atentamente toda la documentación del pesquero y la de los tripulantes. Parecía estar todo correcto, aunque, debido a la humedad, dos de las identificaciones estaban un tanto dañadas y sus fotografías eran prácticamente irreconocibles.

La orden que tenían era detener a un pesquero que faenaba con bandera danesa, de nombre Fiona.

—¡Registren el barco! —ordenó el subteniente a sus hombres.

Los marineros de la patrullera se movieron por el pesquero revisando todo, mientras Radbod, la tripulación, Von Weizsäcker y Weidenfeld permanecían inmóviles, bajo la atenta mirada de un marinero armado con una metralleta.

—No hay nada, señor —dijo uno de los soldados al cabo de un rato.

—Está bien. Escuche, será mejor que enciendan las luces. Si se quedan sin combustible, remen. Si los vuelvo a ver, pasarán el resto de la noche en un calabozo. ¿Me ha entendido?

El subteniente y sus hombres regresaron a la patrullera e iniciaron la tarea de desamarre. Weidenfeld, colocado a popa del pesquero, donde a la llegada de los alemanes había fingido estar recosiendo un montón de redes, siguió con la mirada los movimientos de uno de los marineros, que parecía haber visto algo extraño justo por debajo de los pies de Comadreja.

El sargento se reclinó disimuladamente sobre la amura, para ver qué era lo que había llamado la curiosidad del marinero, y se quedó helado. La pintura blanca con la que estaba escrito el nombre del barco se había corrido con la lluvia y debajo se veían unos trazos rojos.

Mientras el subteniente daba las instrucciones pertinentes y se soltaban las amarras que unían los dos barcos, el curioso marinero se asomó al costado de la patrullera y rascó la pintura blanca.

Los gritos dando la alarma fueron contestados por sus compañeros, que rápidamente empuñaron las armas. El artillero corrió a la ametralladora de cubierta, amartilló la MG42 montada sobre un trípode y apuntó al pesquero, esperando instrucciones del subteniente, que gritaba a Radbod y a sus hombres, ordenándoles que no se movieran y levantaran las manos.

Sin hacer caso de las órdenes, los pescadores se arrojaron al suelo. De la cabina surgieron Pickeray y Gardner, que comenzaron a disparar con los subfusiles, pillando a los soldados por sorpresa. En un instante, se desencadenó un infierno atronador que iluminó la noche con los fogonazos de una lluvia de balas que barría ambas embarcaciones.

Weidenfeld, protegido tras la amura, saltó a la patrullera y gateó hasta la MG42. Sin perder un instante, aferró por el pelo al artillero que la manejaba y golpeó su cabeza contra la culata varias veces, antes de dejarlo tirado y empuñar la ametralladora para arrasar la patrullera hasta quedarse sin balas.

Comadreja, con un grito de rabia, soltó la humeante ametralladora. En la patrullera, aparte de él, no quedaba nadie con vida. El sargento americano se incorporó y trató de regresar al pesquero, pero nada más levantar un pie sobre la borda cayó al suelo.

—¡Weidenfeld! —llamó Pickeray—. ¿Se encuentra bien?

Tendido sobre la cubierta, el sargento miraba, sorprendido, su desgarrada cazadora, empapada en sangre.

—¡Villar, échame una mano! —ordenó el oficial inglés, corriendo hacia la patrullera.

Entre los dos levantaron a Comadreja y lo llevaron hasta la cabina del camaronero, donde lo depositaron con cuidado en el suelo, al abrigo de la lluvia. Con rostros preocupados, Pickeray, Villar y Von Weizsäcker se arremolinaron en torno al estraperlista.

—Se pondrá bien —dijo el capitán británico, quitándole la camisa.

El sargento americano tenía el estómago destrozado. Al menos lo habían alcanzado tres veces, y había perdido mucha sangre.

—Estoy jodido —jadeó Weidenfeld con un gesto de dolor, viendo aquel amasijo. Ahora la herida le ardía como si le hubieran prendido fuego.

—La tripulación y el capitán Radbod han muerto —anunció Gardner entrando en la cabina—. El barco está inutilizado.

—Utilizaremos el bote —decidió Pickeray, incorporándose—. Rellenen el depósito para que podamos llegar hasta la orilla. Villar, ayúdeme a embarcar a Weidenfeld. Tenemos que largarnos.

 

Diecisiete millas al sur, frente a la isla de Trischen, el inspector Schlüter hablaba con el capitán destructor de la clase Zerstörer en el que había embarcado con sus hombres.

—Una patrullera ha interceptado un pesquero cerca de la costa — explicaba el capitán del destructor—, pero ahora no responde la radio. Otro navío que se encontraba por aquellas aguas ha oído disparos y se está acercando a ver qué es lo que ocurre.

—Tienen que ser ellos. Tenemos que atraparlos, capitán. ¿Cuánto tardaríamos en llegar hasta allí?

Al orgulloso oficial de la Kriegsmarine no le hacía ninguna gracia tener que acatar las órdenes de un simple inspector de la Gestapo, pero había recibido órdenes explícitas.

—Media hora. Algo más, quizá. El mar está muy revuelto.

—¡Media hora! —repitió Schlüter contrariado—. Ordene que las embarcaciones más próximas se dirijan hacia allí.

El inspector tomó asiento y dejó que el sanitario del destructor le recolocara los vendajes que le cubrían parcialmente el rostro y el pecho.

 

Tras hablar por teléfono con el general Kaltenbrunner, Schlüter había abandonado el despacho que le había cedido a regañadientes el contraalmirante de Helgoland y, seguido por sus hombres, había corrido hacia la punta norte de la isla.

Según le había confesado el general, el pequeño búnker, que apenas levantaba un metro de la planicie de la isla y cuya puerta parecía no haber sido abierta desde mucho tiempo atrás, contenía en su interior un laboratorio ultrasecreto, donde el judío Steiner había estado trabajando en un arma revolucionaria.

Schlüter se había maldecido mientras corría cuesta arriba hacia el búnker. En un grave descuido suyo, provocado por la escasez de tiempo del que disponía para encontrar al comando, había desechado la instalación como objetivo del coronel americano, al dar por buena la opinión del sargento de marina Heldmann. Según este, la insignificante fortificación había sido utilizada como estación meteorológica antes de dar comienzo la guerra, y desde entonces había permanecido abandonada.

Las instrucciones que el general había dado a Schlüter eran sencillas y tajantes: nadie debía poner en peligro aquel laboratorio. El inspector debía velar por la integridad de las instalaciones y asegurarse de que estas continuaban siendo un secreto. Ningún miembro de la Kriegsmarine tenía que sospechar nada, y mucho menos su contraalmirante.

Una vez alcanzado el búnker, al que habían llegado sin aliento, Schlüter, con la lluvia chorreándole por el rostro, había aferrado la manija de la robusta puerta, pero esta no se había movido.

—¡Derriben la puerta! —había ordenado, echándose a un lado.

Uno de los agentes de la Gestapo, un hombre joven y atlético al que Schlüter no había visto nunca hasta que el general Kaltenbrunner le asignara más hombres, había comenzado a golpear la cerradura con una pesada maza que se había agenciado a instancias del inspector.

Uno tras otro, los agentes se habían ido relevando para machacar la puerta, que se resistía. Incluso Schlüter había empuñado la maza, utilizándola con toda la fuerza que da la desesperación.

—¡Más rápido, más rápido!

Por fin la puerta había cedido y, tras unos últimos empujones, los agentes habían accedido al interior del búnker. Parte de la instalación era subterránea, y el interior, una sala redonda de poco más de ocho metros de diámetro, se encontraba vacío. Enfrente de la puerta que habían derribado, unas escaleras se adentraban más en la tierra y, sin dudar un instante, Schlüter había comenzado a descenderlas.

Tras bajar un largo tramo de escalones tallados en la roca, llegaron a un descansillo y se encontraron ante un portón de acero que también estaba cerrado. Del otro lado del portón llegaban gritos. Los golpes de la maza habían alertado a la guardia que permanecía encerrada al otro lado del portón, y ahora esta se preguntaba quiénes eran los que habían dado aquellos porrazos, dónde estaban los soldados que debían estar de guardia y cuál era el motivo por el que los portones no podían abrirse.

—¿Quién va?

—Inspector Schlüter de la Gestapo. Abran.

—¿Qué hace aquí? ¿Qué está ocurriendo?

—Hay un saboteador ahí dentro. ¡Abran inmediatamente!

—No podemos abrir los portones. Alguien los ha soldado.

Hasta al inspector habían llegado los gritos y las carreras de los centinelas allí encerrados. Un mando impartía órdenes para que trajeran una herramienta pesada con la que poder romper los puntos de soldadura, pero, al parecer, algo iba mal ahí dentro.

—¿Qué sucede? —había preguntado Schlüter.

—Han soldado también los portones interiores —habían contestado—. ¡Estamos encerrados!

La primera explosión había reventado los portones del pasillo, sacudiendo violentamente las puertas ante las que se encontraba Schlüter. A través de los quicios les había llegado una densa y negra humareda, acompañada por un escape de gases ardientes y los aullidos de los soldados envueltos en llamas.

—¡Hay que salir de aquí! —había gritado el subinspector Dinter, enfilando las escaleras.

Las puertas aún habían permanecido selladas, aunque se habían abombado por la presión de los gases y su aspecto no era tranquilizador. Los gritos de los soldados habían cesado, pero el silencio resultaba aún más inquietante que los agonizantes alaridos.

Schlüter se había resistido, pero al final, medio asfixiado, había tenido que ceder y ya seguía los pasos de sus hombres escaleras arriba. Una vez en el exterior, pudieron tomar aire.

En ese momento había llegado la segunda explosión, que había lanzado a Schlüter por los aires. Al recuperar la consciencia, se había encontrado a bordo del destructor, atendido por un sanitario. El subinspector Dinter le había explicado lo ocurrido. Una sucesión de devastadoras explosiones habían asolado las instalaciones. Nadie habría sobrevivido allí abajo. Solo quedaba atrapar a los culpables, así que había decidido embarcar y perseguir a los saboteadores.

El inspector no se había tomado nada bien las noticias sobre el fracaso de su misión, pero había tenido que reconocer que Dinter había acertado al embarcar en aquel destructor. Debían encontrar a aquellos demonios. Por lo menos, les harían pagar por todo lo que habían hecho, aunque muy probablemente el general Kaltenbrunner no se daría por satisfecho.

Sabiendo que su cabeza pendía de un hilo muy fino, Schlüter se concentró en la persecución. Si aquella patrullera había dado con el comando, debían darse prisa. Una vez en tierra, aquellos hombres, que habían demostrado saber moverse por toda Alemania, tendrían más posibilidades de huir que a bordo de un pesquero en medio del mar.

 

—¡No, no, bájeme! —suplicó Weidenfeld, aullando de dolor.

Pickeray y Villar lo depositaron con cuidado sobre la cubierta, donde la lluvia mojaba el rostro del sargento, cada vez más macilento y sudoroso.

—De esta no salgo —dijo Comadreja con un suspiro de alivio.

—Se pondrá bien, ya lo verá —mintió el capitán británico, inclinado sobre el americano.

Pickeray sabía que el estraperlista estaba sentenciado. Hubieran necesitado un hospital para abrigar alguna posibilidad de salvarlo. Allí, sin atención médica, no aguantaría mucho más tiempo.

—Escuche, capitán —jadeó Weidenfeld, haciendo un esfuerzo por hablar —. La voy a palmar, lo sé. Déjeme con una granada cerca del depósito y lárguense. Cuando vengan esos hijos de perra, los haré saltar por los aires.

—Vaya… ¿Ahora tiene madera de héroe, sargento? —repuso Pickeray, tratando de desdramatizar la situación, aun a sabiendas de que Comadreja tenía razón.

—¡Déjese de tonterías, capitán! —respondió Comadreja, forzando su ronca voz—. Bastante me han jodido llevándome a esa isla de mierda.

—Tiene razón —se limitó a decir Villar, mirando a Pickeray.

El oficial inglés sabía que los dos estaban en lo cierto. Si Weidenfeld conseguía hacer estallar la patrullera que estaba punto de llegar, eso les daría algo más de tiempo para escapar y despistar a los alemanes, que no sabrían si habían muerto o no. Pero la rabia le hacía dudar: ya había dejado atrás a tres compañeros, y se veía obligado a tener que hacerlo de nuevo.

—Está bien —masculló finalmente, poniéndose en pie—. Villar, traiga un par de granadas. Dese prisa.

El guerrillero español corrió a registrar la patrullera y volvió con una caja de aquellas alargadas granadas de palo que usaban los alemanes.

—Capitán, viene otra —anunció Von Weizsäcker—. El bote está preparado.

—Bueno, sargento —dijo Pickeray, poniendo una de las granadas en manos del estraperlista—. Nunca creí que pudiera llegar a decirle esto, pero gracias.

—No se ponga sentimental, capitán, y lárguense antes de que me arrepienta.

Los comandos se despidieron de Comadreja con seriedad, compungidos, y luego, embarcaron en el bote y se alejaron empuñando los remos, con la mirada clavada en el camaronero. A lo lejos, ya se veía brillar el foco de la patrullera que llegaba en auxilio de sus camaradas, moviendo de un lado a otro el haz de luz hasta encontrar las desarboladas embarcaciones y fijarlo en ellas. Enseguida los gritos del megáfono les llegaron por encima de las olas.

Instantes después de que la recién llegada se abarloara a su compañera, una sucesión de explosiones iluminó la noche, haciendo volar metralla en todas direcciones y envolviendo en llamas las tres embarcaciones. Sobre la superficie del mar, lo que quedaba de los tres barcos empezó a arder de inmediato en una pira funeraria por el sacrificio del sargento Arthur Weidenfeld.

 

Domingo, 23 de abril de 1944

Sankt Peter Ording, Alemania Cuando aún faltaba una hora para el amanecer, los cuatro supervivientes se despidieron sobre la playa de la localidad costera.

Tras haber hecho pie en la arena, el capitán Pickeray había ofrecido a sus hombres la posibilidad de elegir. Se encontraban a más de cien kilómetros del lugar donde habían acordado que serían recogidos por el submarino. Eso en el supuesto de que Londres, que no tenía conocimiento oficial de su marcha, hubiera adivinado la presencia del comando en el continente.

No se podían engañar. En el mejor de los casos, y aun contando con las documentaciones que habían usurpado a los malogrados pescadores, junto con algo de dinero y ropa seca, sería un milagro llegar hasta el punto de encuentro en la costa danesa.

La misión que los había traído hasta allí había finalizado con éxito. Ahora, y dadas las circunstancias, el capitán inglés quería dar a sus hombres la posibilidad de que cada uno escogiera la alternativa de escape que considerara más viable. Él, por su parte, viajaría hacia el norte y confiaría en que el submarino estuviera en el punto convenido.

Von Weizsäcker se apresuró a decir que se quedaba en Alemania. Lo había hablado con Brown, y prefería quedarse entre los suyos, aun sabiendo el riesgo que corría si lo atrapaban. Gardner optó por acompañar a Pickeray, mientras que Villar dijo que él continuaría solo. No tenía confianza en que el submarino se presentara y veía más posibilidades de escapar adentrándose en tierra, tratando de alcanzar la frontera española a través de Francia.

Una vez hecha la elección, no había motivo para demorarse. Pickeray y Gardner intentarían tomar un tren hacia el norte, mientras que Von Weizsäcker y Villar se dirigirían hacia el sur.

—Gracias —dijo el capitán inglés, estrechando con fuerza la mano del guerrillero republicano que había conocido en las trincheras españolas, recordando que este había participado en la misión porque él se lo había pedido—. Y suerte. Confío en que nos volvamos a ver.

Gardner estrechó la mano de Cornín con un simple gesto de reconocimiento, y de igual manera se despidió del piloto alemán.

—Suerte, teniente. Y gracias —dijo Pickeray, tendiendo la mano al piloto alemán—. Ha sido un honor tenerlo con nosotros.

—Gracias, capitán —repuso Von Weizsäcker con una sonrisa afectada. Sabía que su honor no existía ya. Era un traidor a su patria, y arrastraría esa culpa el resto de su vida.

—Suerte a todos, y hasta la vista —dijo Pickeray por última vez, antes de encaminarse, junto a Gardner, en busca de la estación de tren.

Para sorpresa de ambos, la estación se hallaba casi desierta. Desde lejos vieron cómo una aburrida patrulla revisaba las documentaciones de los escasos pasajeros sin demasiado interés.

—¿No nos buscan? —preguntó el sicario.

Pickeray se encogió de hombros y continuó caminando en paralelo a la estación, buscando un sitio idóneo para abordar el tren, al abrigo de miradas indiscretas y donde la máquina aún no hubiera cogido demasiada velocidad.

A un kilómetro hallaron un grupo de árboles en una curva de las vías, donde el tren todavía marcharía lo suficientemente lento como para poder subir sin descalabrarse, y se dispusieron a aguardar pacientemente.

Casi dos horas y media más tarde, escucharon un rumor y se pusieron en pie. Pickeray tocó con la mano la vía. Notó la vibración. Escondidos tras un grueso árbol, dejaron que la locomotora pasara arrastrando los dos coches de pasajeros semidesiertos y corrieron tras un vagón de mercancías cerrado que ocupaba el quinto puesto en el convoy.

Colgando de las manos por el costado, abrieron el pestillo y corrieron la puerta lo justo para poder entrar. Dentro, una docena de nerviosos caballos miró a los intrusos, que cerraron la puerta corrediza y se sentaron entre las balas de paja.

 

La explicación a por qué el pueblo de Sankt Peter Ording no estaba abarrotado de tropas en busca de los saboteadores la recibió un atónito inspector Schlüter sobre las doce del mediodía, a su llegada a la estación de tren, tras pasar la noche en vela buscando a los fugitivos, en una conversación telefónica con el general Kaltenbrunner.

—Disculpe, señor, pero no entiendo…

—No tiene nada que entender —lo cortó, tajante, el oficial desde Berlín —. Por su culpa el enemigo ha logrado su propósito. No hace falta que además se airee su torpeza. Sería insultante para nuestro führer y un golpe duro para los alemanes enterarse de que unos vulgares espías han entrado en nuestro país, campando a sus anchas y saboteando nuestras instalaciones, sin que la Gestapo pudiera evitarlo. ¿No le parece? Limítese a obedecer. Búsquelos con sus hombres y tráigamelos, pero no quiero que se alarme a nadie. ¿Queda claro?

El general estaba furioso. Había tenido que soportar las iras del reichsführer cuando le comunicó el espantoso fracaso. Himmler se había quedado sin aliento conforme Kaltenbrunner iba desgranando la terrible noticia, y después se había puesto a gritar. No solo habían perdido el arma prometida al führer, había dicho, sino que, además, la marina alemana sabía que algo extraño había ocurrido en una isla bajo su jurisdicción.

Debía cesar la persecución a gran escala. Nadie tenía que llegar a conocer el alcance exacto del desastre. Los espías debían ser atrapados antes de que abandonaran Alemania, pero discretamente, sin movilizar tropas y, por supuesto, retirando a la Kriegsmarine de la búsqueda.

Kaltenbrunner sabía que el inspector de la Gestapo no había tenido la culpa. Con la escasa información que le habían facilitado, bastante había hecho el hombre con seguir la pista del comando enemigo. Había sido la obsesión del reichsführer por mantener el secreto a toda costa lo que había provocado aquella tragedia. Una vez visto lo que aquellos hombres habían sido capaces de hacer en el centro de Berlín, la capital mejor defendida de toda Europa, volando un edificio entero, deberían haber mandado una compañía de las SS a Helgoland para atraparlos, y no una docena de agentes al mando de un simple inspector.

Ahora alguien buscaría responsabilidades y rodarían algunas cabezas, pero el general Kaltenbrunner no estaba dispuesto a que una de ellas fuera la suya. Llegado el caso, y teniendo en cuenta la magnitud del descalabro, aquel inspector habría de pagar por todos ellos.

—¿Tiene al menos una pista de hacia dónde han podido huir? —preguntó Kaltenbrunner.

—No, general —confesó Schlüter, pasándose el pañuelo por el lacrimoso ojo—. Ni siquiera sabemos si queda algún enemigo con vida. Si han desembarcado aquí, posiblemente busquen un tren y traten de cruzar a Dinamarca.

—Atrápelos. Y no me vuelva a fallar.

Schlüter trató de protestar, pero la línea ya estaba muerta. La amenaza era clara: si no conseguía apresar lo que quedaba del comando, su vida no valdría nada. Y, si los atrapaba, tal vez tampoco. Lentamente, colgó el aparato y salió de la oficina de la estación. Sus hombres aguardaban órdenes. Habían revisado todo el pueblo en busca de alguna pista.

—¿Han encontrado algo?

—Sí, inspector —respondió el subinspector Dinter—. Una barca a motor parecida a la que encontramos en alta mar cerca de la isla. Estaba escondida en la playa.

—¿Algo más? Esto es un pueblo pequeño. Alguien ha tenido que ver algo.

—Una mujer ha visto a dos tipos que se escondían en un grupo de árboles cerca de la estación, pero cuando ha pasado el tren de las ocho treinta ya no estaban —contestó Dinter—. Asegura que no son del pueblo. Uno de ellos le ha parecido muy grande, pero no le hemos podido sacar nada más.

—¿Solo dos?

—Los demás habrán muerto —apuntó Dinter.

—O se habrán separado —reflexionó Schlüter—. En cualquier caso, es la única pista que tenemos. ¿Hacia dónde se dirigía ese tren?

—A Husum, unos cuarenta kilómetros al norte, aunque tiene varias paradas. Allí la vía se bifurca, y podrían coger otro tren que vaya al sur.

—Seguramente seguirán en el mismo tren hasta la frontera —contestó Schlüter, mirando su reloj preocupado—. Nos llevan casi cuatro horas de ventaja. Consigan un par de coches.

—Ya los tenemos, señor.

Schlüter miró al que acababa de hablar. Era aquel agente joven que no se había separado de él desde que tomaran el avión en Berlín. El que había llevado la maza para tirar la puerta del búnker. Además de voluntarioso, el agente resultaba competente, algo bastante inusual en aquellos tiempos.

—De acuerdo —concedió el inspector—. Empezaremos por Husum. ¡En marcha!

 

Tumbados tras una duna, Pickeray y Gardner esperaban a que fuera la hora. Se encontraban en la isla de Rømø, la más sureña de las islas danesas, y para llegar hasta allí habían tenido que sufrir una odisea.

Tras abandonar la cálida compañía de los caballos en el vagón de carga, se habían arrojado del tren cuando este comenzaba a frenar para hacer su entrada en la estación de Süderlügum. El pequeño pueblo se hallaba cerca de la frontera y, aunque Dinamarca se encontraba bajo la bota nazi, era mejor no arriesgarse, así que la habían cruzado a pie por el bosque, hasta llegar a la ciudad de Tønder, donde habían robado un par de bicicletas y pedaleado durante tres horas para alcanzar Skaerbaek. Desde allí habían necesitado otras dos horas más para llegar a su destino final: la isla de Rømø, donde estaba previsto que los recogiera el submarino.

Pickeray miró el reloj. Era luna nueva y la oscuridad era absoluta. Muy a su pesar, tuvo que encender la linterna, cuidadosamente tamizada por su manaza, para ver la hora: las diez y veintitrés. Llevaban casi tres horas y media tendidos allí, estaban hambrientos, tenían mucho frío y aún les quedaban treinta y siete minutos más antes de que se abriera el margen de diez minutos del que disponían para establecer contacto con el submarino. Tan solo quedaba rezar porque este se presentara.

 

Schlüter y sus hombres vigilaban la alargada playa, que de norte a sur tenía más de catorce kilómetros. Al igual que le había sucedido primero en el laboratorio de Berlín y luego en Helgoland, intuía de nuevo que su presa se encontraba cerca. Debía extremar las precauciones. Cada vez que lo había tenido al alcance de la mano, el comando había logrado escapar, no sin antes sabotear importantes instalaciones. Ahora parecía que solo trataban de salir del continente, pero el inspector no lo permitiría.

Después de salir a la carrera de Sankt Peter Ording, Schlüter había apostado por continuar sin detenerse hasta Husum. Allí la patrulla les había asegurado que solamente media docena de pasajeros había descendido del tren, y ninguno de ellos coincidía con la descripción.

El inspector había tratado de imaginar cuál era el plan de sus adversarios. Hubiese sido de esperar que eligieran como destino la frontera, pero aquellos diablos habían atentado contra toda lógica desde el primer momento. ¿Se habrían atrevido a adentrarse en Alemania, confiando en despistar a sus perseguidores?

Schlüter había considerado la posibilidad de repartir a sus hombres en dos grupos y enviar uno hacia el sur, en dirección a Hamburgo, y el otro hacia la frontera danesa, pero la idea de dividir sus escasos recursos no le agradaba.

Finalmente, había optado por hacer algunas llamadas telefónicas. En Süderlügum, la última población alemana antes de la frontera, nadie había descendido del tren, que, como era de rigor, había sido registrado en profundidad, sin hallar nada extraño. En Tønder, una tranquila localidad al otro lado de la antigua frontera, la Gestapo tampoco había visto nada irregular, pero el inspector obtuvo la promesa de que se mantendrían alerta.

Schlüter había redoblado la búsqueda en Husum. Rápidamente, sus hombres habían interrogado a cuantos se encontraban por los alrededores de la estación de tren, sin preocuparse por no llamar la atención, tal y como ordenara el general Kaltenbrunner. Alguien tenía que haber visto algo.

Frustrado ante la falta del más mínimo indicio, el inspector había recibido con alborozo un pequeño golpe de fortuna en forma de llamada telefónica. El sargento de la Gestapo de Tønder, con el que había hablado hacía un rato, informaba de la denuncia de una sustracción de dos bicicletas en la localidad.

Sin asomo de duda, Schlüter había salido corriendo hacia la frontera. Jaleando al sargento Bachmann, que conducía el coche, el inspector había examinado un plano de la zona, tratando de adelantarse a los movimientos del comando aliado.

En Tønder había permanecido el tiempo justo para interrogar al aterrado propietario de las bicicletas robadas y al sargento del puesto que mantenía la Gestapo en la localidad, llegando a la conclusión de que los fugitivos debían de estar dirigiéndose al norte, hacia la costa.

En cada pueblo por el que habían pasado, Schlüter se había detenido para preguntar a los amedrentados lugareños si habían visto dos hombres en bicicleta. En Skaerbaek los habían visto. Sin embargo, por Ribe, diecisiete kilómetros más al norte, una patrulla de las SS que había estado toda la tarde controlando la carretera le aseguró que nadie había pasado por allí.

Maldiciendo, Schlüter había revisado de nuevo los planos. El comando debía de haber cambiado de rumbo entre Skaerbaek y Ribe. ¿Hacia dónde? ¿Se habrían dirigido hacia la costa, directamente? ¿Estaban tratando de robar un barco? ¿O tal vez un submarino los estaba aguardando?

Aquellas aguas tenían poco calado para un submarino, que podría quedar encallado si se acercaba demasiado a las playas. ¿Pero se habrían arriesgado a llegar hasta allí para robar un barco?

Si querían escapar en barco, no tenía sentido todo aquel viaje. Debía de tratarse de un submarino. ¿Dónde podría esperar un sumergible sin delatar su presencia? La única posibilidad era una de aquellas islas que salpicaban la costa.

Y la isla con mejor acceso era Rømø, que poseía un dique mediante el que se unía al continente.

Exprimiendo los motores, habían retrocedido hasta alcanzar el inicio de la escollera y habían obtenido su premio. Unos pescadores de la zona habían visto a los ciclistas cruzando el brazo artificial que llegaba hasta la isla.

Sintiendo el inspector que en aquella ocasión el comando ya no podía escapar, los vehículos se habían adentrado a toda velocidad en el dique hasta alcanzar el otro extremo, donde, sin bajarse del coche siquiera, el inspector había apostado dos de sus hombres con instrucciones bien claras: nada debía abandonar la isla hasta que él así lo ordenara.

 

—Es la hora —dijo Pickeray, tras alumbrar de nuevo su reloj.

Como si sus palabras hubiesen sido escuchadas, desde el mar surgió un destello que duró un par de segundos.

—¡Allí, capitán! —señaló Gardner, incorporándose en la arena.

Pickeray, que también había visto el tímido fogonazo, empuñó la linterna, disponiéndose a contestar con la señal convenida, cuando un grito lo dejó petrificado:

—Halt! Keine Bewegung!

Sin dar crédito, los dos hombres vieron a unas siluetas que venían hacia ellos. Puestos en pie, echaron a correr sobre las dunas, en un desesperado intento de huida, pero una ráfaga de disparos que levantó arena a sus pies los obligó a detenerse.

—Están rodeados —gritó Schlüter, utilizando su anquilosado inglés escolar—. ¡Suelten las armas!

—¡No vamos armados! —repuso Pickeray, maldiciendo su suerte.

Sin bajar el arma, por si acaso, el inspector Schlüter avanzó por las dunas hacia los dos hombres que, desesperados, veían cómo, después de estar tan cerca de alcanzar el submarino, finalmente eran capturados.

Cegándolos con sus linternas, los agentes de la Gestapo acorralaron a sus prisioneros en un círculo cada vez más estrecho. Schlüter se preguntaba si los saboteadores sabrían que había sido su imprudencia con la linterna lo que los había delatado.

Ahora ya no tenía importancia. Según la convención de Ginebra, aquellos hombres, al no vestir el uniforme de su ejército, no tenían la consideración de prisioneros de guerra. Serían tratados como espías, y los ejecutarían. Pero antes el inspector debería hacerles confesar cuáles habían sido sus objetivos y dónde estaba el resto del comando, si es que alguno quedaba con vida.

—Levanten las manos —ordenó con mal disimulada alegría—. Están detenidos…

Las palabras del inspector Schlüter fueron bruscamente cortadas por una ráfaga de metralleta.

—Pero… ¿qué ha hecho? —preguntó Schlüter horrorizado, viendo a sus pies los cuerpos sin vida de sus prisioneros.

El joven agente de la Gestapo que le había sido asignado por el general Kaltenbrunner, el mismo que le había parecido un tipo voluntarioso y competente, sostenía entre sus manos el subfusil, aún humeante.

—Lo siento, inspector —dijo el agente, encogiéndose de hombros—. Yo también obedezco órdenes.

—¡Pero tenía que interrogarlos! —gritó Schlüter iracundo—. El general Kaltenbrunner…

—El general ha dado la orden.

 

Domingo, 23 de abril de 1944

Berlín, Alemania

A más de cuatrocientos kilómetros de la isla de Rømø, donde habían sido acribillados a balazos sus compañeros, Franz von Weizsäcker se esforzaba en rememorar el rostro atormentado de su prometida, asesinada por el bárbaro régimen nazi. Confiaba en que el recuerdo le infundiera valor para llamar a la puerta de la mansión ante la que se encontraba.

Las pesadillas que lo perseguían desde que el coronel Brown le mostrara aquella foto obtenida en un campo de concentración seguían torturándolo, noche tras noche. En ellas, Eva, reducida a un espectro cadavérico, lo miraba a través de una alambrada de espino con sus grandes ojos negros. Era una mirada vacía, carente de un alma que hacía tiempo había abandonado aquel cuerpo miserable. En sus sueños, Von Weizsäcker corría hacia Eva para salvarla, pero, cuanto más corría, más lejos estaba la alambrada. Al final, el piloto de la Luftwaffe despertaba sobresaltado y pasaba el resto de la noche en vela, temiendo volver a dormirse.

El teniente alemán había confiado purgar sus culpas colaborando con los aliados, pese a convertirse en un traidor. Durante las semanas que había durado la extenuante instrucción, había rezado para finalizar cuanto antes la misión que lo llevaría de regreso a Alemania y librarse de aquel tormento. Pero, una vez destruido el laboratorio berlinés, las pesadillas no se habían marchado. Eva no se daba por satisfecha con sus esfuerzos, así que Von Weizsäcker había decidido seguir a Brown hasta Helgoland.

Con la destrucción de aquella cueva, las pesadillas al fin habían desaparecido, aunque seguía sin poder recordar cómo era el rostro alegre, los ojos llenos de vida y la sonrisa perenne de su prometida. Se había aplicado en purgar sus pecados, sí, pero aún quedaba un último acto de contrición antes de que Eva lo perdonara. Y este debía ser consumado en aquella mansión berlinesa.

Había viajado en solitario a Berlín, tras despedirse de Villar en Hamburgo, hasta donde habían llegado alternando largas caminatas con tramos en los que algún camión accedía a recogerlos. La despedida había sido breve. Ambos habían compartido dos intensos y peligrosos meses de su vida, pero, ahora que todo había acabado, no tenían mucho más que decirse, aparte de desearse suerte.

En Hamburgo, el teniente Von Weizsäcker había tomado un tren, presentando la carta de identidad de uno de los malogrados pescadores del camaronero que los había llevado hasta Helgoland, solventando sin excesivos problemas los controles rutinarios. Los nazis buscaban desertores que trataran de abandonar el país, no que intentaran adentrarse en la capital.

Siguiendo el ejemplo de otros viajeros, había saltado del tren en marcha antes de que este entrara en la estación berlinesa, observando apenado como mujeres y hombres mayores arrojaban paquetes de comida por las ventanillas, para que sus parientes y amigos de la desabastecida capital pudieran recogerlos.

Con el alma en un puño, al igual que le ocurriera en su anterior visita a Berlín acompañando al infortunado coronel Brown, Von Weizsäcker había recorrido las fantasmales calles sin poder evitar mirar a aquellos espectros que deambulaban sin rumbo, vestidos con prendas remendadas que siempre parecían ser tres tallas demasiado grandes, rodeados por una densa nube de desesperanza.

Todo a su alrededor aparecía en ruinas. Muchos edificios, antaño gloriosos, habían sucumbido ante el empuje de las miles de toneladas de bombas que los aliados arrojaban día tras día. Las calles levantadas se veían envueltas de una pesada niebla de ceniza, y en el aire había un persistente tufo, mezcla del humo de los incendios, de la podredumbre de la basura y los cuerpos que yacían bajo los escombros, y del hedor de los explosivos.

Había familias enteras en las calles, sentadas sobre montones de ladrillos que habían estado recogiendo o sobre algún resto de mueble. Sin casa, sin futuro. Soldados y civiles mutilados. Niños y ancianos abandonados, así como algún cadáver tirado en el suelo que aguardaba su turno para ser recogido. Todos en silencio, tanto vivos como muertos.

A Von Weizsäcker no se le escapaba que la orgullosa capital alemana estaba herida, quién sabía si de muerte.

Las sombras en la calle se alargaban. No quedaba mucho para que oscureciera. En otros tiempos, el teniente se hubiera despedido de Eva con un último beso y se hubiese apresurado para no llegar tarde a la cena familiar. Ahora, en cambio, el paso era fatigado mientras se encaminaba hacia el norte de la ciudad, donde, antes de que la guerra lo arrancara para llevárselo al frente, había vivido con sus padres y con su hermano Otto.

Von Weizsäcker se detuvo al doblar el último recodo. Una oleada de sentimientos encontrados lo sacudió. Frente a él se encontraba su infancia, el hogar donde había crecido, la residencia de la familia.

Si el concepto de hogar se había derrumbado para él, al menos la casona se mantenía en pie, aunque, viendo los boquetes en el jardín y las grietas de la fachada, no resultaba difícil adivinar cuánto debía haber sufrido con las visitas de los bombarderos.

El teniente abrió la verja y entró. Ninguno de sus dos perros con los que se divirtiera yendo a cazar años atrás se acercó a recibirlo, y Von Weizsäcker prefirió evitar imaginar qué habría sido de los magníficos galgos rusos.

Al fin se encontró frente a la puerta de madera tallada. Cogió la aldaba de bronce con forma de cabeza de león y la levantó, sin llegar a golpear con ella la madera. Habían sucedido tantas cosas desde que cruzara aquel portal por última vez, que ahora su decisión se tambaleaba. ¿Qué encontraría allí dentro? Tomando aire, el heredero de los Von Weizsäcker llamó a la puerta.

—¿Qué desea, señor? —preguntó un anciano que acudió a abrir.

—Hola, Odell —saludó el teniente, esbozando una sonrisa forzada.

El viejo criado de la familia abrió mucho los ojos, y a punto estuvo de caerse del susto al reconocerlo.

—¡Señorito Franz, que alegría!

El piloto entró en su casa como si fuese la de un extraño, y siguió al mayordomo, que parloteaba alborozado. Von Weizsäcker se fijó en que el traje le quedaba grande, había perdido mucho pelo y parecía que le hubieran habían caído veinte años encima desde la última vez que lo viera.

—¿Qué sucede, Odell? —dijo desde el salón una voz cascada que aún mantenía el tono autoritario.

—Hola, padre.

El anciano estaba sentado en su silla de ruedas, tapado con una manta. Al igual que el mayordomo, había perdido peso y ya no mantenía la espalda erguida. Iba vestido con un albornoz granate de bordados dorados, y prendida a este lucía su Cruz de Hierro.

—¿Franz? —dijo el anciano, sin dar crédito a sus sentidos—. ¿Eres tú?

—Sí, padre.

—¡No puede ser! —exclamó impactado el inválido—. ¡Nos dijeron que habías muerto!

—Lo sé, padre —contestó Franz acercándose, para que su progenitor pudiera verlo bien—. A punto estuve de hacerlo. Mi avión fue derribado, y los británicos me mantuvieron cuatro años prisionero en un campo.

El anciano había cogido entre sus arrugadas manos la del teniente y no dejaba de apretársela, como para asegurarse de que no se trataba de un fantasma.

—¿Y cómo has podido regresar? —preguntó confundido—. ¿Lograste escapar?

—No, padre —contestó Franz, sabiendo que había llegado el momento de la confesión—. Los británicos me concedieron la libertad por ayudarlos.

—¿Ayudarlos? —repitió el inválido, sin entender—. ¿Qué quieres decir, Franz? ¿Nos has traicionado?

—No —contestó su hijo, apretando los dientes. Había venido para hacer algo, y no se marcharía sin cumplirlo, por más pena que le diera aquel patético viejo que lo acusaba de traidor. Así lo exigía Eva—. Es usted quien nos ha traicionado. Con sus condecoraciones, sus historias del Barón Rojo y su absurdo orgullo.

El teniente se había ido inclinando poco a poco sobre la silla donde estaba postrado su padre. Ahora la rabia lo embargaba, y ya no quedaban rastros del respetuoso temor ni del orgullo que había sentido de niño por aquel hombre.

—¿Dónde está mi madre? —gritó con lágrimas en los ojos—. ¿Y mi hermano Otto? ¿Dónde está Eva? ¡Era mi prometida! ¿Qué hizo, padre, por ayudarla, cuando esos perros fueron a por ella?

El viejo criado, que había acudido al escuchar los gritos, agarraba asustado al joven Von Weizsäcker de un brazo, tirando de él para tratar de separarlo de la silla de ruedas.

—Nunca he sido partidario de Hitler, pero es nuestro führer —se defendió el anciano, con el demacrado rostro encendido por la indignación, golpeando con furia el reposabrazos de su silla—. Alemania necesita un líder que defienda nuestro orgullo como pueblo…

—¿Qué orgullo? —preguntó Franz, sin poder creer los desvaríos de aquel viejo que vivía al margen de la realidad—. ¡Alemania está hundida por culpa de ese loco!

—¡Teníamos que defendernos!

—¿Defendernos? —repitió Franz, llevándose las manos a la cabeza—. ¿De quién? ¿Quién ha defendido a todos los alemanes que han perdido la vida siguiendo a ese perturbado? ¿Y a los que fuimos hechos prisioneros, esos a los que el gobierno nos dio por muertos para que fuéramos olvidados? ¿Quién nos ha defendido? ¿Y a Eva? ¿No necesitaba que la defendieran también? ¿No era tan alemana como lo es usted?

—¡Era judía!

El joven Von Weizsäcker, al que el rencor trababa las palabras, se quedó petrificado, herido en lo más profundo de su alma. Lívido, contempló el rostro crispado de su padre, con las comisuras llenas de baba, al que parecía estar a punto de darle una apoplejía.

Desde la calle, a través de las ventanas sin cristales, tapadas por planchas de madera, el llanto de una lastimera sirena interrumpió la agria discusión. A puertas de la esperada invasión, los aliados estaban castigando severamente Berlín en las últimas fechas, confiando en minar la moral de la población.

—Un bombardeo, señor —advirtió el criado, preocupado ante el cariz de la discusión—. Debemos bajar al refugio. Anoche las bombas cayeron cerca.

—Baja tú, Odell —contestó el teniente sin mirarlo, en un tono que no admitía discusión—. Yo bajaré con mi padre.

Ante la renuencia del sirviente a retirarse, Franz lo condujo hasta la puerta del salón, tomándolo por el brazo suavemente pero con firmeza, y lo obligó a salir de la casa.

—Hubiese preferido verte muerto antes que traicionando a tu país — escupió el viejo Von Weizsäcker a sus espaldas, como si pudiera hacerle más daño del que ya le había causado—. Has traído la deshonra a esta familia.

—¿Aún no lo entiende, verdad? —preguntó Franz con una sonrisa turbia —. Ya no hay familia a la que deshonrar ni país al que traicionar. Ya no queda nada.

A la vez que decía esto, el joven Von Weizsäcker levantó al inválido de su silla de ruedas y lo sentó en un sillón de cuero frente a la gran chimenea.

—¿Pero qué haces? —preguntó el anciano, empezando a asustarse—. ¿No lo has oído? ¡Van a bombardear! ¡Tenemos que bajar al refugio!

—No iremos a ninguna parte —repuso Franz con tono tranquilo—. Todo ha terminado. Ahora va a pagar por el daño que ha hecho. Los dos lo haremos.

—¡Te has vuelto loco! —chilló el anciano, tratando inútilmente de incorporarse en el sillón—. ¡Déjame salir!

Ya se podían escuchar los motores de los poderosos bombarderos acercándose. Instantes después, las primeras explosiones agitaron la castigada mansión, rompiendo el revoque del techo, que caía como nieve. Cada vez sonaban más próximas.

—¡Franz, por Dios! —imploró el anciano entre lágrimas.

Un largo y cada vez más agudo silbido anunció el final. El teniente de la Luftwaffe Franz von Weizsäcker, sentado en el sofá donde de pequeño acostumbraba a contemplar absorto cómo las llamas danzaban en la chimenea, cerró los ojos. Eva le sonreía de nuevo.