Proyecto Moisés
Capítulo III
Jueves, 3 de febrero de 1944
Gabinete de Guerra, Londres, Inglaterra
—¿Sería tan amable de volver a contarnos esa historia? —le había preguntado el hombre que, sentado a la cabecera de la mesa, sujetaba un enorme puro entre sus dedos índice y corazón.
A varios metros bajo tierra, Menchaca se encontraba sentado ante una gran mesa de reuniones cuadrada, en la sala de conferencias donde el primer ministro británico se reunía diariamente con sus consejeros. El búnker había sido construido bajo el edificio del Tesoro, a pocos pasos de la residencia del mandatario británico, como refugio contra los bombardeos alemanes, pero resultaba incómodo, y al primer ministro no le gustaba encontrarse allí encerrado.
Al lado del español, muy erguido en su asiento, el capitán Herbert Pickeray guardaba silencio. Frente a ellos, envuelto en una nube de humo proveniente de su puro, como era costumbre, el primer ministro británico, Winston Churchill; flanqueado a su izquierda por su yerno, el ministro Sandys, y a la derecha por el flamante comandante supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas, prácticamente recién llegado a Inglaterra, el general de cinco estrellas Dwight David Eisenhower, más conocido como Ike. En un costado de la mesa, un extraño vestido de civil que no había abierto la boca miraba con precaución a unos y otros. Por su aspecto, Menchaca hubiese jurado que se trataba de un científico.
Justo una semana después de que se reunieran con el barón Sandys, un vehículo de la Policía Militar se había personado en la universidad, donde Menchaca estaba impartiendo clase, y, sin ningún tipo de explicación, lo habían trasladado hasta el búnker, donde ya lo aguardaba el capitán Pickeray. Media hora más tarde, ambos habían sido introducidos en la sala de conferencias y había comenzado el interrogatorio.
El profesor español apoyó las manos sobre la mesa y volvió a repetir pacientemente cuanto ya había explicado.
—Fue hace cuatro años. A instancias del decano del King’s College preparé una conferencia, destinada sobre todo a los alumnos de física, ya que en el campus se estaba celebrando un congreso sobre mecánica cuántica. Como en el resto de las conferencias que se impartieron, la asistencia estaba abierta a cuantos científicos y componentes del claustro docente quisieran asistir.
»No era la primera vez que ofrecía dicha conferencia, pero en esta ocasión se le dio más publicidad, así que había una moderada expectación. La titulé “Cazando al León Verde: Newton y la ciencia del mañana”.
Menchaca hizo una pausa, para continuar al poco:
—Siempre me he sentido atraído por la figura del físico inglés y sus ideas, muy avanzadas para su tiempo; algunas de ellas rayan el sacrilegio. De ahí el título. «León Verde» es como se conoce en el lenguaje alquímico a la piedra filosofal. Mis alumnos suelen mostrar una gran curiosidad cuando se lo menciono.
Menchaca estudió la reacción de los presentes.
—Hoy día —prosiguió, mirando directamente al primer ministro británico —, a Newton se le conoce sobre todo por su pensamiento racional, que constituye uno de los pilares de la física clásica, pero apenas se recuerda su pensamiento mágico, algo que en aquellos tiempos trató de ocultarse, pero que los científicos de hoy en día vuelven a estudiar.
Churchill hizo un gesto con el puro para que el español fuera al grano.
—El caso es que había comenzado mi disertación, cuando al fondo se abrió la puerta de la sala y por ella entró el profesor Itzhak Steiner, al que no reconocí en aquel momento, pues estaba bastante cambiado respecto a las fotografías que había visto en revistas y periódicos.
Menchaca miraba con reprobación al individuo que, para tomar asiento, obligaba a levantarse a varios de los asistentes.
—La ciencia de hoy estudia las ideas que llevaron a más de un alquimista a la hoguera por herejía —decía Menchaca, tratando de ignorar el pequeño revuelo que Steiner estaba originando.
No resultaba muy correcto llegar comenzada la charla, pero el hombre no parecía afectado por ello. Con el pelo gris revuelto, unas maltratadas gafas posadas sobre una larga nariz, sin afeitar y descuidadamente vestido, el científico había encontrado finalmente un asiento de su gusto.
—Sir Isaac Newton compartía algunas de estas ideas que desafiaban la lógica y la razón, y predecía un comportamiento de la materia capaz de ser manejado a conveniencia por el hombre. Como pueden imaginar, aquello no era del gusto de los padres de la poderosa Iglesia. Nicolás Flamel, Paracelso, santo Tomás de Aquino, Roger Bacon y otros muchos debían ocultar sus experimentos y camuflar sus fórmulas alquímicas en símbolos y lenguajes secretos, imposibles de descifrar si no se estaba en posesión de las claves.
Aquel hombre no dejaba de moverse en su asiento, rebuscando en los bolsillos de su ajado abrigo. Parecía no estar nada interesado en la conferencia y su actitud lo molestaba.
—¿Qué perseguía la alquimia en los siglos de la Edad Oscura? —había preguntado Menchaca para responderse a él mismo—: una explicación sencilla, reducida a una fórmula exacta, que revelara la composición del Universo, su origen y sus misterios. Misterios como la luz, el calor, el sonido. Estaban convencidos de que un conocimiento profundo permitiría tener poder sobre ellos, actuar sobre la materia, manejar a nuestro antojo la energía. ¿No es acaso esto lo mismo que busca hoy en día la física?
Itzhak Steiner continuaba absorto en unos papeles que había extraído del abrigo, indiferente a las palabras de Menchaca, que ya había optado por ignorarlo.
—Aquellos hombres buscaban la fórmula para transmutar el plomo, metal vulgar, en oro. Un disparate… ¿O quizá no? Hoy escuchamos algunas opiniones entre los más reputados científicos que apuntan esta posibilidad. Aún no se ha conseguido, cierto. ¿Pero resulta imposible? Hace no tantos años se consideraba que un objeto más pesado que el aire nunca podría llegar a volar, hasta que los hermanos Wright nos demostraron lo contrario. Pero ya antes Leonardo da Vinci y otros visionarios se habían atrevido a soñar con esta posibilidad.
»Señores, cuando ya pensábamos que la física había destapado todos sus secretos, se ha abierto una nueva puerta con la mecánica cuántica, rama de la que nadie se atreve a aventurar su futuro ni sus límites. En el mundo subatómico, las leyes no se comportan como sería de esperar. ¿Quién es capaz de asegurar que no seremos capaces algún día de alterar la composición atómica del plomo y convertirlo en oro? No, no sé aún cómo hacerlo, pero si algún día consigo tal proeza, no creo que les haga a ustedes partícipes.
Algunos asistentes soltaron algunas risillas con el último comentario. A otros no les había parecido oportuno hacerlo. Del descuidado científico, Menchaca no podía asegurar que lo hubiese escuchado.
—Extraña paradoja. Hace seiscientos años eran perseguidos quienes buscaban lo mismo que buscamos hoy. ¿Qué hubiesen hecho los inquisidores de la Iglesia, si les hubiéramos asegurado que una pequeña bola de uranio, del tamaño de una pelota, sería capaz de dar luz a una ciudad entera, o destruirla, según como la utilizáramos?
Por primera vez Steiner había levantado la mirada de sus papeles, concentrándola en Menchaca. Aquella mirada curiosa animó al español, molesto por la actitud mantenida por su colega hasta el momento. En cambio, entre el resto de los asistentes tal afirmación fue acogida con diversidad de opiniones, aunque, por respeto, se cuidaban de mostrarlas.
—Los chinos sabían que, cuando embarcaban un cargamento de mercurio, este no podía almacenarse de cualquier manera, pues su movimiento, al no coincidir con la pulsación del agua que rodeaba el casco, podría llegar a partir el barco. En la Antigüedad, algunos capitanes insistían en llevar a bordo de sus barcos toneles llenos de aceite para arrojarlo por la borda cuando las tempestades amenazaban con hacerlos naufragar. En ambos casos, trataban de actuar sobre la marea, bien ordenando el cargamento de determinada forma, bien dominando las olas con un líquido menos denso que el agua. ¿Quizá seamos capaces algún día de doblegar las mareas a nuestro antojo? Si encontramos la pulsación del elemento, ¿tal vez podríamos actuar sobre él cambiando su frecuencia, por ejemplo, mediante una simple nota musical?
La atención del extravagante genio era ahora total, y así continuó hasta el final de la conferencia. Al despedirse Menchaca de la concurrencia, algunos de los presentes se habían acercado hasta él para felicitarlo o intercambiar algún comentario.
Mientras abandonaba la sala acompañado por una de sus colegas, se había dado cuenta de que el científico desaliñado aún continuaba en su asiento, sujetando la resma de papeles en una de sus manos.
—¿Deseaba algo? —le había preguntado sin poder ocultar su curiosidad.
—Me ha parecido muy interesante su conferencia, doctor Menchaca —le había contestado el hombre desde su asiento, alzando la voz para hacerse oír.
Pablo Menchaca había estado a punto de responder que jamás lo hubiese podido sospechar, dado su comportamiento poco respetuoso.
—Me alegra saberlo, doctor Steiner.
—Dígame. ¿Cree de verdad que Newton se refería a la física cuántica cuando hablaba de la transmutación?
Intrigado, Menchaca se había acercado al asiento donde permanecía el físico alemán. Que un genio del nivel de Itzhak Steiner asistiera a una conferencia suya suponía un honor.
—Muchos de nuestros colegas se han revuelto en sus escaños cuando ha mencionado usted la desfragmentación nuclear y sus usos.
—¿No está usted de acuerdo?
—¡Oh! Por supuesto que sí, pero sigue siendo un tema un tanto delicado, ¿no le parece?
Habían seguido hablando durante media hora más. Steiner hacía preguntas aparentemente al azar, como si quisiera saber hasta dónde alcanzaban los conocimientos en la materia de Menchaca, pero sin aportar nada. El español, halagado por el interés de su colega, se había extendido en sus respuestas. Pero, por algún motivo, el interés inicial del alemán había decaído.
Y aquella había sido la última vez que oyera hablar de Itzhak Steiner, hasta que Oskar Rundstedt, el científico que le había presentado el decano, lo mencionara en la reunión de fin de año.
—¿Y dice usted que el doctor Itzhak Steiner mostró gran interés por conocer su opinión sobre el estado de las investigaciones sobre física nuclear? —preguntó el primer ministro, tras escuchar un resumen de tan extraña entrevista.
—No lo describiría como «gran interés». Tienen que comprender que el campo de la física está en un momento álgido. Abierto el mundo subatómico, los avances son constantes y todos queremos estar al tanto de los nuevos descubrimientos. En este sentido, el doctor Steiner, en un primer momento, se comportó como lo habría hecho cualquier otro especialista en nuestra materia.
—Pero le pareció extraño…
—Fue una sensación. Como es lógico, hablamos del profesor Niels Bohr, que el año anterior había anunciado el fenómeno de la desfragmentación del uranio, que, como quizá sepan, es la base de la bomba de átomos…
—Continúe, profesor —animó Churchill, agitando de nuevo el puro entre otra nube de humo.
—Bueno. El caso es que, a pesar de ser un tema candente, pues el mismo Einstein considera a Bohr como un genio y sus teorías han convulsionado la ciencia, Steiner no parecía mostrar ningún interés por él y saltaba de un tema a otro.
Durante otra hora más continuaron las preguntas, hasta que, finalmente, el primer ministro pidió a Menchaca y a Pickeray que salieran de la sala En cuanto se cerraron las puertas, Churchill, Ike y Sandys se volvieron hacia el cuarto hombre, que, en el costado de la mesa, continuaba sin abrir la boca.
—¿Y bien, doctor? —dijo el primer ministro—. Creo que a todos nos gustaría conocer su opinión.
El doctor Samuel Goudsmith se ajustó las gafas sobre la nariz y meditó un instante lo que iba a decir. Había volado expresamente desde los Estados Unidos para formar parte de aquella reunión extraordinaria. Como jefe científico de la Operación Alsos, todo lo concerniente al estudio de la energía atómica por parte de los alemanes estaba bajo su supervisión. De hecho, esa iba a ser una de sus responsabilidades en cuanto los aliados pusieran el pie en Europa: calibrar el estado en el que se encontraba la carrera armamentística nuclear nazi.
—Permítanme hacer un pequeño balance de lo que sabemos sobre el tema —dijo al fin el científico de origen holandés—. Sabemos que los alemanes llevan a cabo desde el año 39 el Proyecto Uranio para el estudio de la aplicación de la energía atómica como arma ofensiva. En 1941 solicitaron una patente para una bomba de plutonio. De todo esto nació la Operación Alsos, dirigida por el teniente coronel Boris Pash.
—Estoy al corriente de todo eso —repuso, impaciente, el orondo primer ministro, moviendo el puro de un lado para otro.
—Bien —continuó el hombre, sin dejarse amilanar—. En un primer momento, las estimaciones de nuestros especialistas daban como probable que, en el plazo de dos años, esto es, para 1941, nuestros enemigos estarían en disposición de emplear tal arma.
—Pero no lo han hecho.
—Eso parece. Y en eso tenemos parte de culpa.
Goudsmith había dicho esto último sacando pecho.
—Verán. Para hacer una bomba de esta clase, solo hay dos tipos de explosivo: uranio 235 y plutonio, el elemento 94, al que los alemanes llaman «eka-osmio». El primero es posible encontrarlo en la naturaleza, pero mezclado con otros isótopos que lo contaminan. Sin embargo, el plutonio, no. Hay que obtenerlo a partir del uranio. ¿Me siguen?
Churchill parecía a punto de espetar que a qué venía aquella clase magna sobre física, pero se mantuvo callado.
—Enriquecer uranio para «descontaminarlo» es exorbitantemente caro. Precisa de un inmenso gasto de energía, algo de lo que los alemanes no andan sobrados. En cambio, el plutonio es bastante más asequible, aunque, para fabricarlo, es necesario un reactor nuclear. En realidad, varios reactores nucleares.
El científico hizo una pausa por si había alguna pregunta.
—Bien —continuó al ver que nadie abría la boca—. En una reacción nuclear, como tal vez sepan, un neutrón provoca la fisión de un átomo de un material fisible, el uranio, liberándose varios neutrones que, a su vez, provocan otras fisiones en una reacción en cadena. Pero esta reacción descontrolada no sirve para nuestros fines y es necesario «moderarla».
—¿Le importaría llegar al fondo de la cuestión, profesor?
—Enseguida, primer ministro. Como les decía, para conseguir la reacción nuclear con la que fabricar el plutonio es necesario reducir la velocidad de estos neutrones mediante un «moderador».
—¿Y bien?
—No quiero aburrirles, así que simplemente les diré que los mejores moderadores que se conocen hoy en día son el grafito puro y el agua pesada. Los únicos materiales cuya longitud de difusión se sitúa entre los cuarenta centímetros y el metro y…
—Por favor, profesor… —apremió el general americano, viendo el rostro sulfurado del primer ministro.
—¡Oh! Sí, bien. Disculpen —dijo el científico con una tosecilla, antes de continuar—: El grafito es, de los dos, el más sencillo de conseguir y, aunque no es tan eficaz, acorta los plazos para poner en funcionamiento el reactor.
—No creo que los alemanes tengan demasiado problema para conseguir grafito en su país, ¿no le parece, profesor?
—Desde luego que no, primer ministro. Muy buena observación. Ciertamente, los científicos alemanes podrían disponer en cantidad de este material. Pero lo han descartado.
—¿Podríamos saber por qué?
—Por gentileza de Alsos. Los alemanes sospechaban que el grafito servía como moderador, pero no lo sabían con seguridad, y uno de sus más ilustres científicos, el doctor Walther Bothe, se encargó de verificarlo a finales de 1940. Bothe no siente simpatía por Hitler ni por su mayor genio científico, el Nobel Werner Heisenberg, así que no nos fue difícil llegar a un acuerdo con él para que alterara sus cálculos. En enero de 1941, Bothe publicó su informe y aseguró a la comunidad científica que, en contra de lo que se podía esperar, el grafito no serviría como moderador, así que los alemanes lo descartaron.
—Aún les queda eso que ha llamado agua pesada.
—Cierto. El agua pesada corresponde a moléculas de agua cuyo átomo de hidrógeno contiene un neutrón, a diferencia de las «normales», que no lo tienen, lo que le proporciona un peso añadido. Estas moléculas se encuentran en el agua corriente, pero en una proporción de una parte entre diez mil, y para separarlas hace falta una gran cantidad de energía. Para hacer funcionar un solo reactor, y hablo según las estimaciones de los propios físicos alemanes, se precisarían cinco toneladas de agua pesada.
—No parece mucho.
—Sin embargo, lo es —repuso el científico—. Deben tener en cuenta que un solo reactor es insuficiente para conseguir la cantidad necesaria de plutonio que requiere una bomba. Deberían utilizar al menos una decena.
—Eso son cincuenta toneladas —calculó Churchill—. Sigue sin parecerme algo desorbitado.
—En 1941 los alemanes solo conseguían producir una tonelada y media al año —dijo Goudsmith—. Por supuesto, aceleraron la producción, pero no fue suficiente. Cuando hace dos años Heisenberg se entrevistó con el ministro Speer, tuvo que confesarle que necesitarían otros cinco años para poder fabricar una bomba atómica, y Speer paralizó inmediatamente el proyecto.
—¿Por qué? —preguntó Sandys.
—Los alemanes saben que cuanto más dure la guerra más difícil será que la ganen —explicó Churchill a su yerno—. De nada les puede servir un arma cuando la contienda haya terminado.
—Tiene razón, primer ministro —coincidió Goudsmith—. No están sobrados de recursos como para emplearlos en algo que llegará demasiado tarde.
—Así pues, los alemanes no tienen la bomba —recondujo Churchill, expirando el humo.
—Eso creemos.
—¿Qué sucedería si los alemanes se hubiesen dado cuenta del error del tal Bothe y estuvieran utilizando grafito? —preguntó Ike.
—Que los plazos se habrían recortado sustancialmente.
—¿Lo suficiente como para que dispusieran de la bomba?
—Tal vez —admitió el científico.
—¿No lo saben?
—Sabemos que Heisenberg, con su equipo, está trabajando en Leipzig, ciento cincuenta kilómetros al sur de Berlín, pero no es el único. Hay al menos otro equipo en Berlín. Como sabrán, los nazis son más dados a competir que a compartir y, a pesar de la fuga de cerebros, aún les quedan físicos de primerísimo orden, lo que les ofrece numerosas opciones. En el campo de la física subatómica, son los pioneros. Yo diría que los mejores.
—Bueno —intervino sarcástico el premier—. Está claro que nuestros adversarios cuentan con su admiración. Díganos, doctor, ¿tienen algo más que especulaciones acerca de en qué punto de las investigaciones se hallan?
—No. Solo tenemos sospechas. El doctor Bhor, del que ha hablado el profesor Menchaca y que, como quizá sepan, escapó el año pasado a Suecia para evitar que los alemanes lo arrestaran, se muestra convencido de que el desarrollo de la bomba alemana es inminente, y, de hecho, está colaborando con nosotros. Sin embargo, creemos, por los motivos que he expuesto, que aún les quedan un par de años para que la bomba sea viable.
—Pero no están seguros.
—No, no lo sabemos con seguridad. Deben comprender que los alemanes llevan el Proyecto Uranio en absoluto secreto. Resulta imposible averiguar nada de lo que sucede en sus laboratorios.
—El doctor Menchaca ha nombrado a un tal doctor Itzhak Steiner —dijo el primer ministro.
—Lo conozco —contestó Goudsmith desviando la mirada.
—¿Lo conoce? —Churchill casi se atraganta con su puro—. Eso no es lo que había dicho antes.
—No estaba seguro. Tenía que estar seguro de que se trataba de la misma persona. Lo dábamos por muerto.
—Bien —repuso el premier con el rostro congestionado—. Ahora que ya sabemos que está vivo, ¿le importaría decirnos de quién se trata y si tenemos motivos para inquietarnos?
—Itzhak Steiner, nacido en Koblenz en 1875, por lo que ahora cuenta con sesenta y nueve años —dijo Goudsmith, leyendo una hoja que guardaba en una fina carpeta—. Estudió Matemáticas y Física en las universidades de Múnich y Göttingen, siendo, con diferencia, el alumno más brillante de su promoción. Se doctoró en Matemáticas por la Universidad de Gutenberg y en Física en Leipzig, donde consiguió la máxima calificación con la venia legendi. Trabajó con Winfried Otto Schuman y con Erwin Schrödinger. Se cree que se adelantó a Broglie en el descubrimiento de la naturaleza ondulatoria del electrón. Es considerado un genio, pero su carácter poco colaborador y su eclecticismo lo han apartado de los grandes descubrimientos. Su especialidad es el estudio de ondas sónicas. Hace diez años participó en la Universidad de Colonia, junto a los profesores Frenzel y Schultes, en unos experimentos sobre el sonar. Allí descubrieron un extraño fenómeno físico conocido como «sonoluminiscencia».
—¿Sono… qué? —masculló Churchill con el puro en la boca.
—Sonoluminiscencia —repitió el profesor, levantando la mirada de la hoja—. Se trata de un fenómeno físico caracterizado por la emisión de luz en líquidos sometidos a ultrasonidos. Sería un tanto complejo de explicar, e imagino que no estarán interesados.
—Continúe, por favor.
—Frenzel y Schultes se llevaron el honor del descubrimiento, pues ya Hitler había llegado al poder, lo que no parece que le importara demasiado a Steiner. De cualquier forma, hasta el momento, ese descubrimiento no ha tenido ninguna aplicación. —Goudsmith cogió aire; ahora llegaba lo peor—. Al año siguiente, Steiner escapó a los Estados Unidos.
—¿Cómo? —repitió Churchill, cambiándose el puro de un extremo de la boca al otro.
—Así es.
—A los Estados Unidos.
—Cierto —confirmó el profesor con un hilo de voz.
—¿Y me podría decir qué diantre hace otra vez en Alemania? —masculló el primer ministro, levantando las manos por encima de la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
—No lo sabemos —respondió azorado el científico.
—Veo que hay muchas cosas que no saben —respondió mordaz el mandatario.
—No es fácil obtener este tipo de información —protestó Goudsmith, enrojeciendo por la burla—, pero tenemos una sospecha bien fundada. Steiner está casado y tiene dos hijas gemelas que ahora deben de tener catorce años. Su mujer pertenece a una familia berlinesa de buena posición, aunque su sangre no está limpia, según los cánones que rigen actualmente en Alemania.
»Cuando Steiner abandonó Alemania, se instaló en Norteamérica siguiendo los pasos de otros muchos científicos, pero su mujer y la familia de esta no quisieron seguirlo, convencidos de que estaban seguros, pues son prácticamente arios. Se trataba de una familia católica influyente que nunca había tenido relación con la comunidad judía.
—Así que se quedaron en Alemania —dijo Churchill, empezando a entender por dónde iban las sospechas del responsable de Alsos.
—Cierto.
—Y usted cree que ha vuelto a por su familia.
—Más bien pienso que los alemanes lo han obligado a volver. Por lo que sabemos, su mujer y sus hijas fueron detenidas meses antes de que Steiner regresara a su país.
—¿Cómo permitieron que escapara? —preguntó el general Eisenhower.
—Bueno, fue un lamentable error —contestó el profesor, volviéndose a ruborizar—. Nadie podía imaginar que después de cinco años volvería a su país.
—Y con información delicada, supongo —añadió enfurecido el primer ministro.
—¡No! No tenía acceso a ningún tipo de información secreta. Sabíamos lo de su familia, y además Steiner es un hombre extraño, así que se le mantuvo al margen. Permitimos que trabajara en la Universidad de Michigan, pero estuvo controlado en todo momento.
—Ya veo cómo lo controlaron —dijo socarrón el mandatario, chupando con fuerza el puro—. Díganos: ¿dónde se supone que puede encontrarse ahora? ¿O tampoco lo sabe?
—No estamos seguros —respondió Goudsmith con un hilo de voz—. Creemos que fue detenido nada más cruzar la frontera.
—¿Y para qué querrían los alemanes que regresara, si tenían pensado detenerlo?
—Quizá para que no colaborara con nosotros.
—O quizá para que lo hiciera con ellos, ¿no cree?
—Es posible…
—¿Estará colaborando en el proyecto atómico alemán? —preguntó Ike.
—No sé qué decir —contestó Goudsmith.
—Pero ¿cuál es su opinión? —preguntó furioso Churchill—. ¿Considera infundados los temores del doctor Menchaca? ¿Es capaz de trabajar para ellos, o no?
Goudsmith hizo una pausa para reflexionar. Lo que sugiriera tendría gran repercusión. Desde que lo habían llamado preguntando por Steiner, se había hecho la misma pregunta. Se maldecía por no haber prestado más atención al tema, pero tras el error al dejarlo escapar habían preferido echar tierra sobre el asunto. Ahora, en cambio, podía resultar un grave peligro. Había que reconocer la genialidad de su colega. Si estaba colaborando, sus conocimientos resultarían de una enorme importancia para los alemanes.
—No podría descartarlo —dijo finalmente, sabiendo que no era la respuesta que el mandatario quería.
—Habrá que averiguarlo, ¿no le parece, profesor?
—Sin duda. Pondré al equipo Alsos sobre ello. Pero, como sabe, nuestra operación tiene la consideración de alto secreto, por lo que no podemos movernos con demasiada libertad.
—Está bien, profesor Goudsmith. Hagan lo que puedan —concluyó Churchill, dando por terminada la entrevista.
Samuel Goudsmith se levantó de la silla que ocupaba, recogió su carpeta, en la que había introducido la cuartilla con la escasa información que poseían de Steiner y, tras saludar a los presentes con un corto movimiento de la cabeza, el director de la Operación Alsos abandonó rápidamente la sala.
—Y bien, general Eisenhower —dijo Churchill cuando se hubo cerrado la puerta—, ¿qué opina?
El americano se recostó contra el respaldo de la silla que ocupaba y tardó unos instantes en responder.
—No es muy sólido lo que nos presenta el profesor español —dijo Ike.
—No, no lo es —convino Churchill.
—Pero usted da credibilidad a su historia.
—No sé qué pensar, general. Digamos que saber que un genio en física ha pronosticado nuestro fracaso, asegurando nada menos que los aliados no llegarán a pisar el continente, me ha producido escalofríos.
—Debo reconocer que a mí también.
—Quizá solo sea una conjetura infundada del profesor Menchaca, pero podría llegar a ser arriesgado ignorarlo. Él, desde luego, está convencido de que los alemanes tienen la bomba a su disposición. Y no puede saber nada, pues es información restringida. Usted mismo no sabía demasiado hasta que ha llegado aquí. Su presidente y yo llevamos el proyecto con el máximo secreto, al igual que lo hacen los nazis.
—¿Y por qué no la usan? —preguntó el ministro Sandys.
—Quizá les falte ultimarla —repuso el americano.
—¿Qué hay de la planta noruega donde se procesa esa agua pesada? — preguntó Churchill a su yerno—. Ahora que conozco su uso, me parece esencial su destrucción. Creo recordar que nos habíamos ocupado de ello.
—No del todo —repuso Sandys—. Debo confesar que hasta hace bien poco ignoraba que algo de esto existiera. He tenido que consultarlo con nuestro comité de sabios.
»Los alemanes han concentrado toda su producción en la planta Vermork, en la ciudad de Rjukan. Esto está en Telemark, al sur de Noruega. La planta fue inaugurada en 1934, pero desde que cayó en manos de Hitler la producción se ha multiplicado por diez; la más alta de toda Europa. Resultaba evidente que suponía un grave peligro para nuestros países, así que el año pasado mandamos un par de aviones con un grupo especial de comandos para destruir la fábrica, ya que por su situación es casi imposible de bombardear. Pero desaparecieron. Creemos que fueron derribados. Probablemente los alemanes los aguardaban.
—Pero al final la destruyeron.
—La dañaron —corrigió Sandys, echando un vistazo a su carpeta—. Un grupo de saboteadores de la resistencia noruega consiguió acceder a la fábrica y destruir los acumuladores de agua pesada. Sin embargo, los alemanes no tardaron en reponerlos y continuaron la producción a pleno rendimiento. A mediados del mes pasado, nuestros bombarderos lanzaron medio millar de bombas sobre la zona. Causaron bastantes bajas entre la población civil, pero los daños en Rjukan fueron escasos. El lugar es muy abrupto y los aviones no pueden ejecutar la maniobra de acercamiento con la suficiente precisión.
—De modo que sigue en pie.
—Me temo que así es. Además, hay otro problema. Parece que el poco afortunado bombardeo tuvo una desagradable consecuencia. Los alemanes se han dado cuenta de que conocemos bien Telemark, y por seguridad han comenzado a desplazar la producción a otras zonas más seguras. Están trasladando el agua pesada almacenada.
—Estará previsto que nos ocupemos de ello, imagino —dijo Churchill, agitando el puro.
—Efectivamente. Aún no se conoce la fecha exacta para que parta el convoy alemán con las existencias de agua pesada. La única manera que tienen para transportarla hasta Alemania es cruzar el lago con un barco. El plan es hundirlo.
—Así que, por ahora, la producción del agua sigue en marcha.
—Y no hay que olvidar la posibilidad de que los alemanes estén usando grafito —añadió Ike.
—Por tanto, la teoría del doctor Menchaca no es tan descabellada.
—Hay algo más —añadió Sandys, consultando sus elaboradas notas—. Hace un par de meses, nuestros especialistas en decodificación del Proyecto Ultra, trabajando con la máquina alemana de encriptación Enigma, interceptaron un mensaje. Provenía del despacho del comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, y tenía por destino la Cancillería de Hitler. El mensaje se refiere a alguien al que llaman Jeremías, nombre en clave que nos resulta desconocido, y la última frase dice: «El delfín nacerá a mediados de mayo». Los expertos creen que pudiera tratarse de un nuevo tipo de arma.
—¿Un nuevo tipo de submarino? —preguntó Eisenhower.
—Eso pensaron al principio. Pero debe de tener algo muy especial para que lo hayan ocultado de semejante manera, y es evidente que le dan una importancia extrema, dados los canales utilizados en las comunicaciones.
—¿El tal Jeremías podría ser Itzhak Steiner, el científico al que se refiere el doctor Menchaca?
—No lo sabemos. Tal vez.
—En ese caso, se estarían refiriendo a la bomba atómica —dijo Churchill, poniendo palabras a los pensamientos de los demás.
El mandatario británico, escondido tras la nube de humo que desprendía su habano, calibraba el alcance de todo aquello. Entretanto, el general americano se había levantado y miraba, sin ver, un mapa de Europa prendido con unas puntas en un tablero, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo un cigarrillo.
—¿Qué hacemos? —preguntó finalmente Ike, acercándose a la mesa y aplastando la colilla en el enorme cenicero de cristal.
—Antes ha preguntado usted —dijo Churchill, apuntando con el extremo del puro a su yerno, el ministro Duncan Sandys— por qué no han utilizado la bomba si ya la tienen.
Los otros dos hombres se quedaron callados, esperando que el primer ministro continuara.
—Si yo fuera Hitler, sabiendo como sabe que preparamos una invasión en los próximos meses, tampoco la habría usado aún. ¿Se figuran por qué?
—Nuestras tropas y la fuerza naval aún están dispersas —respondió el general, encendiendo un nuevo cigarrillo mientras asentía con la cabeza, siguiendo el hilo—. Si poseen ese arma, estarán esperando a que iniciemos el ataque.
—Exactamente —asintió Churchill—. Si una bomba de esas características estallara en la costa mientras embarcan nuestros hombres, acabaría con la invasión antes de comenzarla.
—Eso tendría un efecto devastador en la moral de nuestros aliados.
—Incluso creo que su presidente perdería el apoyo del congreso para continuar esta guerra, general.
—Es posible, señor. En cualquier caso, nos costaría años recuperarnos para un nuevo intento.
—No habría una segunda oportunidad —respondió sereno Churchill—. No con esa bomba.
—Entonces, ¿damos por buenas las sospechas del profesor Menchaca? — intervino Sandys.
—Por lo menos, deberíamos tenerlas en cuenta —repuso el americano.
—Estoy de acuerdo. General, voy a tratar el tema personalmente con su presidente. Sé que usted es amigo del general William Donovan, jefe de las OSS, y creo que su servicio secreto tiene mejores contactos en Berlín que los nuestros. Es necesario descubrir el paradero de ese científico.
Muy lejos de allí, Steiner, ajeno al reciente interés despertado en los aliados, trabajaba absorto, encerrado en su cuarto. No tenía permiso para abandonar su celda y nadie, salvo el director, podía entrar en ella. Era el único judío en aquel sofisticado centro de investigación del que muy pocos conocían su existencia.
El encarcelamiento parecía no afectarle demasiado. Había adelgazado y su aspecto era descuidado, pero la cabeza le funcionaba a la perfección. Centrado como estaba en la resolución de sus ecuaciones, agradecía la soledad y la disposición de su tiempo al completo, tanto como el director del proyecto sus brillantes resultados.
Para Steiner, el día comenzaba a las seis de la mañana, a pesar de que a más de diez metros bajo tierra era imposible saber si era de día o de noche. Era el momento en que la guardia nocturna cambiaba y los nuevos celadores entraban sin llamar en su despacho, lo despertaban encendiendo las luces del techo y, sin consideración alguna, le quitaban la manta con la que se cubría.
Una vez en pie, lo custodiaban hasta el baño y de ahí al comedor. Aunque este podía albergar a más de quinientas personas, a esa hora solo estaba permitida la entrada de Steiner y su escolta.
Tras el breve desayuno, regresaba a su celda-despacho-habitación y se sumergía en sus cálculos durante el resto de la jornada, con los únicos descansos del almuerzo y la cena, en los que se repetía el ritual de la mañana. Siendo como era un físico teórico, no necesitaba hacer experimentos ni acudir a los laboratorios. Otros lo hacían por él. Su habitación era su universo y sus pizarras, todo cuanto precisaba.
Realmente esas visitas al comedor, que cualquier prisionero hubiese ansiado, resultaban una enorme molestia para él. Cuando llegaba la hora, y siempre sin llamar a la puerta, aparecían sus carceleros y lo obligaban a seguirlos.
En aquel sótano, Steiner aprovechaba las horas de luz artificial para continuar escribiendo furiosamente en sus pizarras, que forraban las cuatro paredes, permanentemente cubiertas por indescifrables símbolos y fórmulas, hasta la medianoche. Entonces los guardias apagaban las luces y no le quedaba más remedio que echarse en el camastro.
En la cama y a oscuras, daba vueltas a los razonamientos matemáticos, intentando encontrar el punto flaco de sus teorías o algún eslabón débil en la cadena de ecuaciones. En más de una ocasión, a la mañana siguiente despertaba con la solución de algún problema que se le había resistido el día anterior.
También soñaba frecuentemente con su familia. El director del laboratorio le había asegurado que tanto su mujer Edith como sus hijas gemelas se encontraban perfectamente, prometiéndole que cuando terminase sus investigaciones le permitirían reunirse con ellas, lo que le servía de estímulo para trabajar con más ahínco, pues ahora que se encontraba de vuelta y más cerca de ellas las añoraba más aún. Desde que abandonara Alemania rumbo al Nuevo Mundo, no había vuelto a verlas.
Steiner provenía de una familia judía media. Su padre, Bruno, un buen hombre más dedicado a la comunidad que a sus cinco hijos, había sido farmacéutico y había pasado en la botica todas las horas que no empleara para dormir, rezar, discutir con los rabinos y hacer trabajos comunales. Su madre, Dvora, había sido una persona retraída y poco devota, para el gusto de la comunidad. Apenas salía de casa y dejaba la educación de sus hijos en manos de su hermana pequeña, que vivía con ellos.
Cuando el maldito austríaco llegó al poder, el matrimonio ya había fallecido, al igual que dos de sus hijos, y al menos no tuvieron que soportar la persecución de los judíos, señalados como los grandes culpables de todas las desgracias que le ocurrían al maltratado pueblo alemán.
Itzhak Steiner era el mayor de los que habían sobrevivido. Los otros dos se habían marchado a tiempo de Alemania. Uno de ellos, sin la genialidad de Itzhak, ejercía como profesor de Física en Suiza, mientras que el más pequeño había conseguido cruzar la frontera justo antes de que esta se cerrara.
Siempre había resultado una persona excéntrica. Reservado, con un temperamento temible, despreciaba las mentes simples, incapaces de abarcar las teorías abstractas en las que estaba inmerso. La Universidad de Leipzig se había percatado de su genialidad y le había ofrecido un puesto en su plantel de investigadores. Desde entonces, Itzhak no había vuelto a pisar su casa, ni siquiera cuando su madre cayó gravemente enferma y moría poco después.
En Leipzig se obsesionó con las ondas sónicas y conoció a los profesores Frenzel y Schultes, a quienes acompañó a la Universidad de Colonia para estudiar un extraordinario invento: el sonar. Steiner fue quien descubrió, en los ensayos, el extraño fenómeno de la sonoluminiscencia, un fenómeno caprichoso que lo terminó fascinando.
Cuando sus compañeros, con los que cada vez se llevaba peor, quisieron aprovecharse de su descubrimiento, Itzhak no se enfrentó a ellos, sabedor de que no tenía nada que ganar. Hitler llevaba un año al frente del gobierno teutón y las protestas de un científico judío no hubiesen sido atendidas.
Después de ser expulsado de la universidad, Steiner regresó a Leipzig, pero su estancia no duró mucho. Hitler había prohibido ejercer a los abogados y médicos judíos, y preparaba las leyes de Nuremberg, por las que se despojaba a estos de la ciudadanía y se les impedía acceder a cargos públicos.
Aconsejado por los escasos colegas con los que mantenía algún tipo de contacto y alentado por sus hermanos e invitado por varias universidades americanas, deslumbradas por su genialidad, decidió huir de Alemania, y en 1935 partió para conocer el «sueño americano», aceptando la oferta de Michigan para integrarse en su plantel docente.
Claro que el precio que pagar resultó excesivamente caro.
Su mujer, Edith, pertenecía a una familia berlinesa de buena posición. Aunque sus abuelos tenían orígenes judíos, los Aichborn —apellido elegido por Friedrich, el padre de Edith, para alemanizarse— eran cristianos y no mantenían contacto con la comunidad judía. Friedrich tenía una empresa de rodamientos, elemento que con el paso de la guerra se convertiría en material logístico de primera necesidad. También poseía acciones en varios negocios importantes, se codeaba con la aristocracia y, aunque no pertenecía al partido nazi, contaba con muy buenas amistades entre sus dirigentes.
Friedrich Aichborn no quiso oír ni hablar del tema cuando su querida hija le habló de abandonar Alemania. Ellos eran alemanes como los que más. Habían contribuido a levantar el país creando empleo y dejándose la piel. Tenían un imperio que cuidar. Ahora Alemania volvería a ponerse de pie y a quitarse el yugo al que la había uncido el infame Tratado de Versalles. ¿Llegaban grandes tiempos y el desconsiderado marido de su hija hablaba de «escapar»? ¿Escapar de qué? Hitler no duraría mucho en el poder y los grandes hombres, entre los que se contaba Aichborn, ocuparían su lugar. ¿Escapar? ¿A los Estados Unidos, uno de los países que habían estado sangrando a Alemania desde que terminara la Gran Guerra? Friedrich no era de los que huían, nunca. Y menos ahora.
Edith era una mujer de carácter débil que durante años había vivido sometida, igual que su madre, a los designios de su padre. De hecho, la única vez que le había llevado la contraria, saliéndose con la suya, había sido para casarse con Steiner, un incipiente genio al que, para sorpresa de todos cuantos conocían al temperamental científico, había llegado a amar.
Sin embargo, en aquella ocasión fue Friedrich quien se impuso, y Steiner, sin reponerse de la desagradable sorpresa, tuvo que abandonar Alemania solo, dejando atrás a su mujer y a las pequeñas Aina y Shira, que por entonces contaban cinco años.
Fue una dura prueba. Al irascible científico, que jamás había llegado a sospechar hasta qué punto correspondía al amor de su complaciente esposa, se le agrió aún más el carácter. Se encontraba abandonado en un mundo desconocido y amenazador para él, sin el apoyo de Edith y sin la presencia de sus inquietas hijas. Confundido, era incapaz de superar esta separación.
A pesar de la buena voluntad y de las esperanzas puestas en él, la Universidad de Michigan tuvo que reconocer que Itzhak Steiner no era lo que ellos esperaban. Se mostraba arisco, tenía poca paciencia con los alumnos y no era en absoluto sociable con sus colegas. Steiner nunca había conseguido aclimatarse a la vida universitaria americana, y poco a poco había dejado de impartir clases para dedicarse, en exclusiva, a desarrollar sus propias investigaciones.
Esta concesión, ruinosa para la universidad, fue una bendición para él. Liberado de responsabilidades docentes, disponía de todo el tiempo y recursos que pudiera precisar. Nadie dudaba de su genialidad, y la universidad se tuvo que consolar con el renombre que obtenía manteniéndolo en sus filas.
Atormentado por la ausencia de su familia e ignorado por el plantel de profesores, Steiner se volcó obsesivamente en sus investigaciones sobre aquel inquietante fenómeno de la sonoluminiscencia, en un vano esfuerzo de olvidar a Edith, de la que no había recibido ninguna respuesta a sus numerosas cartas.
Hasta que llegó aquel hombre.
Se había presentado una tarde lluviosa, llamando repetidas veces a la puerta de su despacho. El irascible genio había ignorado deliberadamente la interrupción, pero ante la molesta insistencia había tenido que abrir la puerta, no sin mostrar su fastidio. El hombre, un tipo serio con cara de pocos amigos, le había hecho entrega de un pequeño sobre, que el genio abrió de mala gana. Contenía una simple hoja con cuatro líneas escritas a máquina, que Steiner releyó varias veces antes de levantar la vista del papel y darse cuenta de que el hombre se había esfumado.
Dos días después, con la misma maleta con la que llegara a los Estados Unidos y la carta que le entregara el hombre en un bolsillo, en la que se le comunicaba la detención de su mujer, hijas y padres políticos, Steiner abandonaba en secreto los Estados Unidos y volvía a Alemania, no sin antes hacer un par de escalas, tal y como le ordenaba la misiva.
Cuando pisó su patria, las SS lo estaban esperando. Tras mostrar su documentación, lo subieron a un pequeño avión militar sin ventanillas y el mundo se olvidó de Itzhak Steiner.