Proyecto Moisés
Capítulo XXVI
Sábado, 22 de abril de 1944
Helgoland, Alemania
Schlüter, inclinado sobre la mesa del despacho del contraalmirante, dejó un segundo de examinar el plano de la isla, con el que trataba de adivinar por dónde penetraría el comando, para mirar su reloj: las diez y treinta y siete. Maldijo para sus adentros antes de volver a enfrascarse en la carta.
Había llegado con sus hombres a Helgoland cuando ya la luz declinaba, pero todavía a tiempo de echar un vistazo a la isla a bordo de una patrullera. Desde allí estudió el puerto fortificado, muy protegido por pesados cañones de larga distancia, con los que defenderse de posibles naves enemigas, y antiaéreos, para hacer lo propio con los bombarderos aliados.
Nada más tocar tierra, con la noche prácticamente encima, habían sido guiados al despacho del contraalmirante, que, a pesar de tener constancia de su llegada, los había hecho esperar largo rato en un estrecho pasillo.
Los temores del inspector se habían confirmado. El contraalmirante era un veterano de la Gran Guerra, militar de carrera y aristócrata nostálgico de los viejos tiempos, como lo atestiguaba su bigote anacrónico con las puntas redondeadas al estilo de Hindenburg. Odiaba todo lo moderno, la mezcla de clases sociales, a la Gestapo, a los advenedizos, entre los que sin duda clasificaba a Schlüter, a Himmler e incluso al mismo führer, y todo cuanto fuera en contra de las rectas costumbres castrenses.
El oficial de la Kriegsmarine apenas se había molestado en devolver el saludo nazi de Schlüter, limitándose a coger el sobre que se le ofrecía. Dentro estaba la orden firmada por el temido reichsführer, en la que se disponía que todo aquel a quien le fuera presentada debería facilitar la labor del inspector de la Gestapo sin discusión.
El contraalmirante no se había mostrado especialmente impresionado y había preguntado, con cierta desidia, según el parecer de Schlüter, qué era lo que el inspector deseaba. El inspector, limpiándose el ojo con el pañuelo, le había puesto en antecedentes de lo que sospechaba: un comando de entre ocho y nueve hombres iba a desembarcar para atentar contra la isla.
La noticia pareció no afectar al oficial de la marina. La isla era un fortín. Nada podría hacer un puñado de hombres contra ella, ni aunque estos fueran cien veces más.
Viendo que aquel hombre lo despreciaba por su condición de agente de la Gestapo y que no conseguiría granjearse sus simpatías, Schlüter se había contentado con pedirle un destacamento para patrullar palmo a palmo la isla, un plano de la misma y el listado de barcos arribados en las últimas veinticuatro horas.
El contraalmirante podía ser un militar a la antigua usanza, pero no era tonto. Sabía que no era buena idea ignorar las órdenes de Himmler. La Kriegsmarine no estaba bajo la autoridad de aquel loco sanguinario, pero todo el mundo conocía el poder que detentaba el vengativo reichsführer, y uno nunca sabía qué podía suceder en el futuro. Así pues, mandó a su secretario que reuniera un destacamento de sesenta hombres, bajo el mando de aquel medio tuerto, y ordenó que le trajeran los planos de la isla y el registro de atraques.
Cuando el sargento de marina Heldmann regresó con lo que se le había pedido, el contraalmirante, sin ningún pudor y aduciendo una supuesta reunión con sus oficiales, había desaparecido de la vista, dejando a Heldmann a las órdenes de Schlüter.
El inspector no se había molestado en sentirse ofendido por aquel desplante. Incluso había agradecido que el adusto y rancio militar, y su bigote, lo dejaran trabajar a su aire, y había olvidado enseguida al oficial, centrándose en los planos. Tras un par de consultas con el sargento de marina, Schlüter había dividido a sus hombres en dos grupos, con órdenes de revisar la isla, comenzando por las zonas más sensibles: los hangares de los enormes submarinos que se abastecían.
El inspector estaba convencido de que la clave era saber qué papel había jugado el científico judío en todo aquello. Todas las preguntas que había hecho hasta el momento habían tenido la misma respuesta: nadie sabía nada. El mismo contraalmirante, así como el resto de la guarnición, habían llegado a Helgoland un año atrás y, que ellos supieran, no había ningún proyecto que precisara de un físico ni laboratorio alguno. Schlüter no había dudado de su palabra. Sin duda, quienquiera que estuviera detrás de aquel proyecto habría mantenido al oficial de la marina al margen.
Después de recorrer con un guía y algunos de sus hombres toda la isla, Schlüter estaba más confundido que antes de su llegada. Había visto mecánicos, jefes de armamento, marineros, oficiales, ingenieros y, por supuesto, soldados. Todo cuanto era necesario en un astillero para que los «lobos de mar» pudieran descansar, abastecerse o llevar a cabo reparaciones en sus naves. Aquello no tenía sentido. ¿Para qué hacía falta un físico? ¿Qué sabía Brown que él ignoraba? ¿Qué le había ocultado el general Kaltenbrunner?
Según pasaban las horas, cada vez estaba más convencido de que, si iba a pasar algo, sería aquella noche, y había dado orden a todas las tripulaciones de los buques amarrados de que permanecieran ojo avizor y dieran aviso de cualquier incidencia que les llamara la atención. El destacamento había sido dividido en diez grupos de seis soldados, que Schlüter mantenía ocupados peinando la isla de arriba abajo. El inspector se lamentaba de no contar con perros, pues le habrían sido de gran ayuda.
¿En qué habría trabajado el tal Steiner en aquella maldita isla?, volvió a preguntarse Schlüter, estrujándose el cerebro y tomando un trago de una taza donde un líquido asqueroso, bastante peor de lo habitual, al menos servía para calentar un poco el cuerpo en aquella noche fría y lluviosa en mitad del mar del Norte. ¿Un nuevo torpedo? ¿Un nuevo prodigio de la ciencia en forma de submarino? ¿Podía ser un sumergible de última generación, lo suficientemente devastador como para llevar a los aliados a una misión de aquella índole? ¿Y qué utilidad podría haber tenido un físico en ello?
—Hemos revisado todos los túneles, los talleres, los hangares y los depósitos de armas —le dijo el subinspector Dinter al entrar en el despacho, sacudiéndose el abrigo empapado. Fuera, los demás hacían otro tanto y se frotaban las manos para entrar en calor, mientras buscaban con la mirada un sitio donde sentarse.
—¿Qué me dice de los silos, los dormitorios, los nidos de cañones, las playas…? —preguntó Schlüter de mal genio.
—Nada, inspector —contestó Dinter, negando con la cabeza—. Hemos mirado debajo de las piedras, y no hay ni rastro de ellos.
—Pues vuelvan a mirar —respondió irritado el inspector—. Están aquí, y hay que encontrarlos.
—Como usted diga, señor —contestó el subinspector de la Gestapo, abandonando el despacho con desgana.
Schlüter lamentó haberse dirigido de tan malas maneras a su ayudante. No era culpa de ninguno de ellos, sino de quien los había mandado a oscuras. Tenía un mal presentimiento, y él era un hombre que confiaba en sus corazonadas. Estaba convencido de que el escurridizo coronel americano estaba muy cerca.
—¿Qué has venido a hacer? —preguntó, mirando el plano, como si este pudiera desvelarle las intenciones de su adversario.
Agachados tras una enorme grúa metálica rodante, Brown, Riggs, Villar y Weidenfeld miraban incrédulos la cueva en la que habían entrado. Tendría ochenta metros de profundidad, casi la mitad de anchura y veinticinco de altura. Las paredes de piedra rojiza estaban iluminadas por unos potentes focos que colgaban del cielo de la bóveda, lo suficientemente altos como para quedar al abrigo de la marea cuando se inundaba la cueva, cuyo nivel máximo delataba la mancha de humedad que circundaba el astillero, a unos quince metros de altura.
Ocupando el centro de la enorme gruta, se alineaban diez pequeños submarinos pintados de negro mate y con los rayos de las SS como únicos distintivos. Cada uno de ellos descansaba en un andamiaje provisto de ruedas metálicas que discurrían sobre unos raíles, sin duda para facilitar sus movimientos cuando no estuvieran bajo el agua.
El coronel calculó que los submarinos medirían algo más de diez metros de largo y poco menos de uno y medio de diámetro. Tenían la forma de un cilindro con la punta afilada, un único rotor y una minúscula torreta donde se situaba la escotilla de acceso. A cada lado del cuerpo tenían adosado, por debajo de la línea de flotación, otro cilindro bastante más pequeño, para el que Brown no pudo adivinar su función.
Se trataba de prototipos de los revolucionarios y altamente secretos Seehunde, dotados de una turbina Walter de ciclo cerrado, alimentada por peróxido de hidrógeno, que les permitía alcanzar unos increíbles veinticuatro nudos en inmersión, y con espacio para dos tripulantes. Estos minisubmarinos eran capaces de descender a una profundidad de treinta metros y colarse entre las filas enemigas sin ser detectados, gracias al funcionamiento silencioso de sus motores y a las formas de su esqueleto, que podían confundirse con las de un cetáceo.
Los alargados tubos en los laterales, a los que Brown no había conseguido dar un sentido, contenían los dispositivos de la terrible arma que Steiner había bautizado como «cavitador de ultrasonidos».
Los cuatro hombres observaron con respeto aquellas, aparentemente, inocuas embarcaciones, sin poder llegar a creer que unos artefactos tan pequeños pudieran amenazar al inmenso ejército que habían visto formarse al sur de Inglaterra.
La gruta apestaba a una mezcla de humedad, salitre, combustible, grasa de maquinaria, humo de escape y disolventes. Uno de los submarinos tenía el motor en marcha, y su ronroneo se mezclaba con los crujidos del metal, los chirridos de las grúas, los golpes y las voces de los operarios, en una cacofonía desagradable.
Por lo que parecía, solo había dos entradas, una en cada extremo. Una de ellas, la que quedaba a sus espaldas, por debajo de los respiraderos que habían atravesado para entrar, era el grueso portón que habían visto desde el pesquero. Tenía quince metros de ancho, cinco de alto y un grueso de diez centímetros, reforzado en distintos puntos. La otra, enfrente, era más baja, de unos dos metros y medio, aunque igual de ancha y no tan robusta.
—Es inmensa —cuchicheó Weidenfeld, refiriéndose a la gruta.
Brown no contestó, pero no pudo evitar sentirse inquieto. Solamente tenían los diez kilos de explosivo plástico RDX, unas bengalas de magnesio y un bidón de diez litros de gasolina, al margen de los detonadores, material a todas luces insuficiente para asolar aquel lugar.
En el dique seco, mecánicos, soldadores, ingenieros y personal auxiliar se movían de un lado para otro bajo la atenta mirada de soldados de las SS, tratando de parecer lo suficientemente ocupados e imprescindibles como para no llamar la atención de estos.
El coronel trató de idear un plan con el que adentrarse en la cueva. Vestidos con aquellas ropas oscuras y los rostros tiznados, cualquiera que les echara el ojo encima daría la alarma. Debían encontrar otras prendas que les permitieran pasar inadvertidos. Pero para eso tenían que moverse del portón.
Weidenfeld llamó la atención del coronel y señaló hacia arriba. Por encima de la marca de agua, había unas pasarelas de rejilla metálica que cruzaban la gruta en todas direcciones. Si ascendían por la grúa tras la que se ocultaban, podían alcanzar uno de aquellos puentes y moverse por allí.
Brown hizo un gesto de asentimiento y apuntó con un dedo más lejos: la pasarela estaba custodiada por soldados. Señaló a Riggs y, mediante gestos, le indicó lo que quería de él. Los demás se esconderían entre un montón de barriles agrupados contra la pared, a unos quince metros. Sin levantar la cabeza, los cuatro se pusieron en marcha.
Gato escaló con facilidad los casi veinte metros hasta la pasarela y se quedó colgando de ella, a la espera de que llegase el primero de los centinelas. El soldado, aburrido, se movía perezosamente y echaba un vistazo desinteresado a lo que ocurría por debajo. Cuando llegó a la altura de la grúa, algo se materializó delante de él, fue levantado en el aire y arrojado por encima de la barandilla. Se rompió la crisma contra el suelo, sin tiempo ni de gritar. Villar y Brown aparecieron de inmediato para esconder el cuerpo tras los bidones.
Riggs se movió sigilosamente hasta el segundo soldado, que fumaba apoyado sobre la barandilla y se entretenía observando el trabajo de unos soldadores. El antebrazo del ladrón le bloqueó la garganta y lo arrastró hasta la grúa. Gato se quedó paralizado un segundo al ver asomar, por donde él había ascendido, a otro soldado, pero enseguida sonrió. El uniforme le quedaba pequeño a Comadreja, y dificultaba su ascensión. Con un último bufido, este pasó la baranda, se colgó el fusil, se recolocó el casco y empezó a patrullar, limpiándose el tizne con un trapo, mientras Riggs arrojaba por la barandilla el cuerpo ya sin vida de su víctima.
Cuando dieron cuenta de los cinco soldados que vigilaban desde las alturas, Brown y Villar escalaron la grúa. El primero, con el depósito de combustible, y este último, cargando a sus espaldas la mochila con el RDX y los detonadores. Una vez arriba, los cuatro se apresuraron a llegar hasta el fondo de la cueva, ayudados por la luz de los reflectores colgados del techo.
De nuevo fue Riggs el encargado de guiar al comando. Deslizándose por los agarramanos de la escalerilla, tocó suelo y se agazapó. No escucho nada extraño, solo el rumor de los motores, los chisporroteos de la soldadura y alguna conversación más cercana. Se asomó a la compuerta abierta. Un largo pasillo mal iluminado a los costados daba a diversas puertas metálicas con las esquinas un tanto roídas por el salitre.
Dio un silbido, e instantes después apareció Weidenfeld con su ridículo uniforme y se adentró por el pasillo, abriendo la primera puerta. Lo que vio no pareció ser de su interés. Cerró tras él y probó con la siguiente. Cerrada. Con la tercera tuvo más suerte. Desapareció dentro y, segundos más tarde, reapareció con un uniforme más a su medida, un par de batas blancas y un buzo manchado de grasa.
A su señal, sus tres compañeros descendieron sigilosamente la escalera y se apresuraron por el pasillo.
—Tome, coronel. Escóndanse ahí dentro y pónganse esto —dijo Weidenfeld, tendiéndoles la ropa y señalando la primera puerta que había abierto—. Voy a echar un vistazo por ahí; enseguida vuelvo.
El cuartucho parecía un pequeño despacho poco utilizado. Solo contenía una mesa y cuatro sillas, y el olor a humedad era más intenso. Brown y Villar se pusieron las batas por encima de sus oscuras ropas, mientras que Riggs se cambió las suyas por el buzo. Después, los tres, limpiándose el hollín del rostro, se dispusieron a esperar, confiando en que a nadie se le ocurriera entrar.
Lo que pareció un siglo más tarde, y en realidad fueron no más de diez minutos, se abrió la puerta. Los miembros del comando, agachados en la oscuridad, se pusieron en tensión. Cuando el soldado entró, Villar lo agarró por la espalda y lo tiró al suelo.
—¿Pero qué haces? ¿Te has vuelto loco? —protestó Weidenfeld cuando Villar lo soltó.
—¿Qué ha descubierto? —preguntó Brown.
—Esto es muy grande —contestó Comadreja, sacudiéndose el uniforme —. Los pasillos no están vigilados, solo los dormitorios, y la salida está en la planta superior. Aquí abajo están los almacenes. He visto botellas de soldadura, sopletes, un depósito de propano y otro más grande de gasoil. También tienen bidones de pintura, disolventes, aceites y grasas. Hay otras bombonas de gases que no conozco.
—¿Qué capacidad tiene el depósito de propano? —preguntó Villar.
—Quince mil litros. El de gasoil es mayor.
—Será difícil quemar el gasoil —dijo Cornín—. Tenemos que llegar hasta el propano.
—¿Será suficiente? —preguntó Brown.
—Creo que sí —fue la respuesta del guerrillero español.
—El depósito está al fondo de esta planta —continuó explicando Comadreja—. El almacén de pinturas, a dos puertas de donde nos encontramos, y las bombonas de acetileno y demás, una más allá.
—¿Qué hay arriba?
—Los dormitorios, despachos, laboratorios, comedores y cocinas.
—¿Hay respiraderos? —preguntó Villar.
—Son muy estrechos. Imagino que no quieren que nadie escape. Meten el aire con bombas. Solo he visto una salida como para que la crucen seis hombres a la vez, y la custodian cuatro soldados. A un lado de estos he visto otra puerta bastante ancha. Imagino que será el dormitorio de la guardia.
—¿Cuántos soldados puede haber? —preguntó Brown.
—Ni idea —respondió Weidenfeld, encogiéndose de hombros—. No he querido arriesgarme a que me vieran. Seguramente se conocerán todos entre sí.
—Hay que sellar esa salida —dijo el coronel—. No puede escapar nadie.
—Si podemos deshacernos de la guardia, no será difícil —opinó Weidenfeld—. Las puertas están blindadas. Solo hay que asegurar los cierres y soldarlos. Nadie podrá entrar ni salir. Pero ¿qué hacemos con los que están durmiendo? No sabemos a qué hora es el cambio de guardia. Puede que sea enseguida y echen de menos a los que patrullan por la pasarela.
—Habrá que arriesgarse y trabajar deprisa —contestó Brown—. Weidenfeld y yo subiremos a la planta superior y nos ocuparemos de las puertas. Riggs, ayude a Villar y dispongan las cargas. No puede quedar nada. Los submarinos tienen que ser destruidos, y esta cueva arrasada. Planos, documentos, gráficos, modelos; todo tiene que ser calcinado. ¿Entendido? Adelante.
Mientras Comadreja y Brown se encaminaban hacia las escaleras, Villar y Riggs se adentraron en los almacenes y se pusieron manos a la obra. Lo primero fue abrir las tapas de los bidones de pinturas, disolventes y aceites, y volcarlos. Enseguida los gases comenzaron a expandirse, y tuvieron que salir para no asfixiarse.
Pasaron al siguiente, donde los alemanes almacenaban las bombonas de oxígeno y acetileno. Reunieron una docena de estas últimas, algunas medio vacías, y las colocaron en un apretado círculo en torno a una parte del explosivo plástico que Villar sacó de la mochila. Después, rellenaron unos botes con la gasolina que traían y los untaron de grasa, colocándolos alrededor del explosivo plástico, junto a unas bengalas de magnesio.
Riggs ayudaba moviendo de un lado para otro las pesadas bombonas, con una expresión de miedo en su rostro sudoroso. Cualquier fallo y saltarían por los aires, pero el hosco español parecía saber lo que se hacía. Lo que más sorprendió a Gato fue verlo barrer el óxido de hierro que había por todas partes, mezclarlo cuidadosamente con algunas virutas finas de lo que parecía ser una aleación de aluminio, rellenar los frascos con la mixtura y meterlos dentro de la mochila.
Mientras Gato terminaba de colocar las bombonas, Cornín sacó de la mochila su pequeño maletín con los detonadores y extrajo dos cajas, una de hierro, del tamaño de un paquete de cigarros, y otra más grande y de madera.
Con cuidado, puso la caja grande bajo el RDX y las bengalas, extendió un cable hasta la espita de una de las bombonas y accionó un interruptor situado en un costado del artefacto, guardándose la caja pequeña en un bolsillo.
Villar no sabía qué era aquel aparato, pero había presenciado sus efectos. Lo que acababa de colocar era un iniciador de fuego a distancia, ideado por uno de los ingenieros del servicio secreto británico.
La caja de madera contenía en su interior un receptor de radio con la misma frecuencia que el emisor que se había guardado Cornín, y que serviría para accionar el artefacto cuando se encontraran a una distancia segura. Se trataba de una frecuencia de corto alcance, no utilizada por los alemanes, para evitar una detonación accidental.
Además, la caja tenía unas pastillas de magnesio, un par de baterías, que darían una vida estimada de cuatro horas al ingenio, y un depósito de cristal rellenado de una mezcla de gasolina y ácido sulfúrico, con una ampolla en su interior de clorato de potasio y azúcar. Sobre la ampolla se situaba un percutor de acero con un muelle trabado. El dispositivo estaba conectado mediante un relé a las baterías y al receptor.
La idea era sencilla, aunque arriesgada. Cuando el emisor que Villar tenía en su bolsillo enviara la señal de radio, el relé mandaría una corriente al muelle del percutor y este rompería la ampolla, mezclando todos los componentes. Instantes después, la deflagración provocaría una enorme bola de fuego a una intensísima temperatura, potenciada por las pastillas de magnesio.
Esta bola de fuego sería el desencadenante de la explosión que habría de reventar la cueva, gracias al explosivo plástico, las bombonas de acetileno y los depósitos de propano y gasoil que los dos hombres habían repartido en puntos estratégicos.
Villar se aseguró una vez más de que el cable que serviría de antena estaba bien extendido, el interruptor accionado y todo a punto para los fuegos artificiales. Antes de abandonar el almacén, abrieron un par de bombonas de oxígeno para alimentar el fuego que iban a provocar, y se llevaron otras dos más, dejando una de ellas en el almacén de pinturas. Cuando el fuego se propagara, necesitaría «respirar» entre tanto gas inflamable.
Arrastrando un carrito que contenía una bombona de oxígeno y otra de acetileno, conectadas entre sí por un soplete, se dirigieron al cuarto donde se encontraba el depósito de propano. Para horror del ladrón, el español encendió el soplete. Ajustó la llama, lo fijó a un taburete y colocó este lo suficientemente cerca para que la lengua de fuego lamiera el contenedor. A la luz de la rugiente llamarada, pensó Riggs, el rostro del español se asemejaba al del diablo, el cornín, como decían en su tierra.
Villar dejó uno de los frascos con el polvo metálico en la otra punta de la sala y la bombona de oxígeno con la espita abierta, y abandonaron el habitáculo en busca de otro carrito que pudieran transportar a la planta superior para soldar las puertas de la salida, tal y como les había pedido el coronel.
Mientras, Brown y Weidenfeld se habían ocupado del cuerpo de guardia que vigilaba los dormitorios, despachos y laboratorios de la planta superior. Durante un rato, habían estudiado los movimientos de los soldados, pero estaba claro que estos no esperaban ninguna sorpresa. Repartidos por parejas, bastante tenían con luchar contra el sueño y el aburrimiento.
Aunque sus uniformes los señalaban como soldados de las SS, ninguno de ellos correspondía al genotipo del deseado hombre ario. No eran rubios, ni tampoco muy altos, y uno de ellos tenía la piel demasiado oscura como para pensar que sus ancestros hubieran sido descendientes de germanos puros. Era evidente que la erosión de la guerra había relajado los requisitos para entrar en las temidas tropas de élite.
Los dos comandos se encontraban agachados frente al último recodo que daba a la salida, discurriendo cómo podrían llegar hasta los cuatro centinelas que custodiaban el paso al fondo del pasillo sin que estos diesen la alarma.
El pasillo tenía unos sesenta metros de largo por ocho de ancho y terminaba en el extremo opuesto, en unas puertas dobles de acero reforzado, frente a las cuales había una mesa y una silla. Esta estaba ocupada por el que parecía estar al frente de la guardia, un dormido cabo primero, recostado contra la pared de piedra rojiza. A su lado, apoyados contra los portones, un par de soldados conversaban mientras compartían un cigarrillo, y el cuarto leía un periódico.
Las dos puertas eran las que había mencionado antes Comadreja, y Brown estuvo de acuerdo en que seguramente serían las habitaciones de la guardia.
—Si cerramos esos portones —cuchicheó Weidenfeld—, no podrán entrar.
Comadreja señalaba unas hojas de metal reforzado hacia la mitad del pasillo, que a buen seguro servirían para contener un posible motín en el interior de la gruta y dar tiempo a la guardia a desplegarse. Parecían sólidas.
—Es imposible llegar hasta allí y cerrarlas sin que nos vean —dijo el coronel, mirando su reloj, que marcaba las diez y veintidós—. Tenemos que atraerlos hasta aquí.
—¿Y cómo lo hacemos?
—Avanzaré por el pasillo hasta que me vean. Esperemos que me tomen por un ingeniero que pretende escapar. Cuando me den el alto, volveré corriendo. Esté preparado.
—Como mucho, lo seguirán dos de ellos…, y quizá den la alarma.
—No creo que se molesten tanto por un civil. Esté preparado.
Brown se revolvió el cabello, que no se había vuelto a cortar desde que abandonara los Estados Unidos, para que pareciera recién levantado de la cama, y avanzó por el pasillo hacia los centinelas, fingiendo precaución. Cerca ya de los primeros portones, uno de los soldados lo vio y se puso en alerta. Su compañero se giró para ver qué ocurría y el que leía dejó caer el periódico y empuñó su arma.
—Achtung! Wer sind Sie?
Brown simuló sobresalto y miró al soldado con los ojos semicerrados, como si no viera bien. Instantes después comenzó una ridícula carrera, volviendo por donde había llegado y moviendo torpemente los pies.
Dos de los centinelas corrieron tras él, ganándole rápidamente el terreno, mientras el cabo seguía durmiendo y el cuarto soldado daba dos pasos hacia delante sin saber qué hacer.
Brown dobló el recodo desde el que habían estado vigilando y se agachó, con la bayoneta del uniforme de Weidenfeld en la mano. Dejó pasar al primero de los soldados, que le pisaba los talones, y hundió su arma hasta el fondo en la ingle del segundo, sujetándolo mientras caía con un grito de dolor para volver a apuñalarlo en el corazón.
Comadreja, detrás del oficial americano, recibió al sorprendido soldado que encabezaba la persecución con un culatazo de fusil en la boca que le hizo saltar varios dientes. Otro golpe en la nuez le rompió la garganta y quedó tendido mientras se asfixiaba.
Sin perder un instante, desnudaron a uno de los centinelas y Brown se puso su uniforme, vistiendo al cadáver con la bata del coronel.
—Alles in Ordnung? —gritaba el soldado que se había quedado atrás.
—Agárrelo por un brazo —ordenó Brown—. Lo arrastraremos hasta la entrada. Procure que no le vean la cara. Si el guardia nos descubre, yo iré a por él. Usted ocúpese del otro.
El tercer centinela estaba dudando si despertar al cabo o no. Había escuchado el grito, y sus compañeros no respondían. Decidió esperar un poco más. El cabo tenía muy mal genio y seguro que no se tomaría muy bien que lo molestaran. Le preguntaría si entre tres no podían reducir a un viejo, y lo castigaría durante una semana.
Con un suspiro de alivio, vio aparecer a sus compañeros de espaldas, arrastrando por el suelo el cuerpo del viejo. Le traía sin cuidado qué habían hecho con él, pero podían haberle respondido.
—¿Qué estabais haciendo? —preguntó en alemán.
—Este, que trataba de largarse —respondió Comadreja también en alemán, forzando su ronca voz, como si hubiera acabado de hacer un gran esfuerzo.
—Estaba a punto de despertar al cabo. ¿Lo habéis matado? No creo que le guste.
El comando ya se encontraba a una docena de pasos cuando el centinela empezó a sospechar.
—Pero…
Brown soltó el cadáver y se abalanzó sobre el guardia, clavándole la bayoneta en la garganta. Mientras, Comadreja tapaba con una mano la boca del cabo, que se estaba despertando por el alboroto, y de una patada le quitaba la silla en equilibrio sobre la que se recostaba, en un intento de romperle el cuello en cuanto cayó al suelo. Pero el cabo era fuerte y logró propinar un puñetazo a Comadreja en la sien, atontándolo, y morderle la mano que le tapaba la boca.
No pudo hacer mucho más el alemán. Brown había acudido en ayuda de Weidenfeld, y el mango de la bayoneta ya asomaba por debajo del esternón del cabo alemán.
—¿Está bien? —le preguntó Brown, al tiempo que ayudaba a Comadreja a incorporarse.
—Creo que sí —contestó él, sacudiendo la cabeza—. El muy hijo de puta casi me arranca un dedo.
—Vaya a ver si han terminado los otros. Yo echaré un vistazo por aquí.
Comadreja se colgó el fusil al hombro, se chupó el dedo con un gesto de asco para restañar la herida y se alejó por el pasillo. Minutos después regresaba acompañado por Riggs y Villar.
—¿Han tenido contratiempos? —preguntó Brown en voz baja.
—No —contestó Villar, mostrando el emisor de radio—. Está todo preparado.
—Bien. Weidenfeld tenía razón. Estos son los dormitorios de la guardia. Debemos bloquear las puertas para que no pueda escapar nadie.
—Podemos soldar los dos portones —dijo Villar, señalando los que habían estado custodiando los centinelas y los que estaban abiertos en medio del pasillo.
—No dará tiempo —repuso Weidenfeld, comprobando el soplete—. Si conseguimos cerrar uno de ellos será suficiente. No habéis traído varilla de soldar.
—Prueba esto —dijo Cornín, ofreciéndole uno de los tarros que llevaba en la mochila, en el que había metido el óxido de hierro y la viruta fina de aluminio—. Actuará como la termita. Ponlo sobre los cerrojos y caliéntalo con el soplete.
Comadreja descubrió, maravillado, que el español tenía razón. Costó que aquella mezcolanza cogiera temperatura, pero, en cuanto lo hizo, se fundió de inmediato, a juzgar por el color de la llama, y soldó firmemente las puertas.
—Vamos —dijo Brown cuando ambos portones estuvieron asegurados, mirando de nuevo el reloj—. Nos quedan veinte minutos. Hay que largarse de aquí.
Fuera de la cueva las cosas se estaban poniendo feas. Minutos después de que el grupo de Brown descendiera por el acantilado, había llegado una patrulla de seis hombres. Traían linternas con las que barrían sin ningún entusiasmo el suelo. Empapados por la pertinaz lluvia, maldecían por lo bajo, sin que el jefe de patrulla los hiciera callar.
En una noche tan oscura resultaba muy difícil que pudieran verlos, así que los hombres del comando se limitaron a permanecer quietos tras los matorrales hasta que la patrulla pasó de largo hacia la punta norte de la isla.
—Tenemos problemas —dijo Von Weizsäcker cuando los soldados se habían alejado lo suficiente.
—Saben que estamos aquí —confirmó Menchaca.
—¿De qué están hablando? —preguntó el capitán Pickeray, mirando a uno y a otro.
—Los alemanes saben que estamos aquí —contestó el profesor, resumiendo lo que acababa de escuchar decir a los soldados de la patrulla—. La Gestapo les ha ordenado buscarnos. Por eso hay más patrullas que los días pasados. Están peinando la isla.
—¿Qué hacemos? —preguntó el piloto—. Si nos quedamos aquí, nos descubrirán y encontrarán la cuerda.
—Hay que moverse —dijo Pickeray, tras reflexionar un instante—. Será mejor que los atraigamos a una zona más alejada.
—¿Una maniobra de distracción? —preguntó Menchaca—. Será difícil acertar con el momento. Si tardamos mucho, nos descubrirán a todos, y, si nos adelantamos, verán que los hemos engañado y vendrán por todas partes.
—Habrá que improvisar —dijo Pickeray, mirando su reloj—. Actuaremos dentro de treinta y cinco minutos. Confiemos en poder tener a los alemanes entretenidos el tiempo necesario para que el coronel consiga regresar.
—¿Cuál es el plan?
—Nos alejaremos hacia el sur, hacia el puerto. Las patrullas llevan linternas, así que las veremos desde lejos y podremos escondernos. Veremos qué encontramos para hacer un poco de ruido. En marcha.
Los miembros del comando, agachados y con los cinco sentidos alerta, se adentraron entre la maleza para quedar al abrigo del camino. La única arma que portaban, aparte del cuchillo que tenía cada uno, era la pistola con silenciador que empuñaba Gardner, al que la herida del hombro se le había vuelto a abrir.
Anduvieron casi un kilómetro antes de encontrar un búnker con una batería de tres enormes cañones de 305 milímetros que protegían la isla de un posible ataque aliado por mar.
—¿Piensas atacar esto? —preguntó Menchaca en un susurro—. Estará muy protegido.
—No hace falta que lo asaltemos —contestó Pickeray—. Bastará con que los alemanes piensen que lo queremos tomar. Es su principal defensa en esta zona contra nuestros barcos. Creerán que nuestro objetivo es neutralizarlos para abrir el mar a un posible convoy aliado.
—Disculpe, inspector —dijo el sargento de la Kriegsmarine entrando en el despacho violentamente—. Están atacando la batería Schroder.
Schlüter salió a la carrera tras el sargento Heldmann, llamando a gritos a sus hombres. Por todas partes se escuchaban órdenes y pasos apresurados. Fuera del edificio, los soldados se ajustaban los cascos y empuñaban las armas, y ya se dirigían hacia la zona alta de la isla donde estaban enclavadas las baterías. Los oficiales gritaban instrucciones y repartían a la guarnición. No querían arriesgarse, y habían decidido mandar tropas de refuerzo a todas las baterías, incluso a los nidos de antiaéreos.
El inspector, mientras trataba de seguir el paso de su guía, no dejaba de darle vueltas a la cabeza. ¿Podía ser aquel ataque el objetivo de Brown? Pero ¿qué relación podía tener todo aquello con el científico judío?
—¿Qué importancia tiene esa batería? —preguntó Schlüter al sargento sin dejar de correr.
—Es una de nuestras principales defensas, inspector —contestó Heldmann, apretando el paso—. Está situada en el sector oeste de la isla, al sur de la parte alta. Si la toman, los enemigos podrán acercarse por mar desde esa posición.
—¿Un desembarco?
—No lo sé, señor. Las condiciones climáticas no son buenas. Mucha lluvia y oscuridad. Pero pueden desencadenar un bombardeo con cañones desde los barcos.
¿Sería aquello lo que estaba buscando el comando?, se preguntó Schlüter. ¿Trataban de facilitar un ataque a gran escala para destruir aquella posición? Algo seguía sin encajar. La pieza de Steiner no tenía cabida en aquel puzle.
Ya podían distinguir, pese a la lluvia, la forma del macizo búnker que protegía la batería. Los refuerzos habían llegado y se repartían, tratando de encontrar al enemigo. Un oficial escuchaba el parte y disponía patrullas de reconocimiento.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Schlüter.
—Un asalto a la batería —respondió el oficial, sin dignarse a levantar la mirada del plano que protegía con su cuerpo—. Los asaltantes han engañado a los centinelas haciéndoles creer que venían a reforzar el puesto. Según parece, hablaban un perfecto alemán. Una vez dentro del búnker, han desarmado a dos centinelas y han arrojado una granada en el interior.
—¿Solo eso? —preguntó alarmado el inspector.
El oficial lo miró con desagrado.
—¿«Solo eso», dice? Ha sido una falta muy grave, y los culpables serán duramente sancionados. No estoy al corriente de lo que sucede en otros cuerpos, pero, desde luego, en la Kriegsmarine no toleramos estas faltas de disciplina. No deberían haber dejado pasar a esos hombres.
—¿Dónde están los atacantes? ¿Cuántos eran? ¿Alguien los ha visto? Tengo que hablar con él.
Para el oficial de la marina, el comportamiento exaltado de aquel inspector de la Gestapo resultaba intolerable.
—Han muerto dos de ellos a causa de su torpeza, pero aún queda uno herido que ha podido verlos. Está allí.
Schlüter corrió hacia donde le indicaba. A un soldado le estaban colocando un brazo en cabestrillo. Tenía el uniforme manchado con sangre que no parecía ser suya.
—¿Usted los ha visto? ¿Cuántos eran?
—No lo sé, señor. Yo solo vi a dos de ellos. Uno era muy grande y moreno. El otro era rubio.
Schlüter sacó la fotografía de Brown y los retratos a carboncillo, y se los enseñó al soldado.
—Este era uno de ellos. El rubio. Estoy seguro.
El marinero había reconocido la fotografía de Von Weizsäcker. Y la descripción del otro coincidía con la de un testigo de Friedrichskoog: un hombre muy corpulento, alto y moreno.
Schlüter se quedó pensativo un instante. Los asaltantes se habían limitado a arrojar una granada dentro del búnker, matando a dos soldados y causando destrozos mínimos y mucha confusión. Aquello no había sido un ataque en toda regla, tan solo una maniobra de distracción. Pero ahora las patrullas se habían congregado en torno a las distintas baterías, abandonando el resto de la isla, y no había manera de volver a dispersarlas con rapidez.
—Escuchen —dijo a sus hombres. Al igual que la guarnición, habían caído en la trampa y se encontraban todos allí reunidos—. Divídanse. Tienen que peinar toda la isla. Olvídense de las zonas donde haya baterías y antiaéreos. Tampoco busquen en la zona baja de playas y el puerto. Los de la marina se encargarán de ello. Concéntrense en la parte alta, en los acantilados, los túneles y el poblado. No enciendan linternas. Si encuentran algo, que uno se quede vigilando y el otro regrese lo más rápido posible a informarme. Eviten entrar en combate. Son más, y es posible que estén mejor armados. Muévanse.
—Villar subirá el primero; después, Weidenfeld —gritó Brown nada más abandonar la cueva por los respiraderos por donde habían entrado—. Yo iré detrás y Riggs cerrará la cordada. Villar, cuando esté arriba, dé dos tirones a la cuerda si está todo bien, y subiremos. Si no lo hace, haremos estallar las cargas desde aquí.
No habían tenido demasiados problemas para retroceder sobre sus pasos y cruzar la cueva hasta los respiraderos. Sin embargo, la operación les había llevado más tiempo del previsto y ahora se tenían que dar prisa, para evitar que el equipo del capitán Pickeray atacara de nuevo la gruta, según lo acordado.
Se habían vuelto a enfundar las ropas oscuras, escondidas en el primer almacén del piso inferior. Sin duda, les serían de mayor utilidad que las batas y los uniformes alemanes para pasar desapercibidos. Una vez al pie del acantilado, Brown había ordenado que Riggs, el mejor escalador del grupo, portase el detonador, lo que no había entusiasmado a Cornín.
Con la marea en su punto más alto, las olas golpeaban con gran estruendo contra el acantilado, obligando a los hombres a gritar para poder ser escuchados. Weidenfeld se aferraba a la roca con terror. Prefería no pensar en lo que debía hacer. Una ascensión vertical por una cuerda y una pared de roca, empapadas bajo la lluvia, en medio de una oscuridad absoluta y sin saber qué o a quién se encontrarían arriba.
En lo alto del acantilado, el capitán Pickeray se asomaba al vacío, tratando de ver algo, con los ojos entrecerrados a causa del viento y de las salpicaduras de agua.
Eran las once y un minuto y ya había dado instrucciones para comenzar el descenso, temiendo lo que hallarían abajo. Si habían atrapado a Brown, los alemanes estarían alerta y caerían en sus manos según llegaran a la cueva. Además, no tenían explosivos. ¿Qué podrían hacer?
—Capitán, la cuerda está tensa —dijo en ese momento Gardner, que se disponía a bajar.
Los cuatro hombres se agacharon y examinaron el acantilado, intentando ver algo en medio de la oscuridad.
—Alguien está subiendo. Me parece que es Villar —exclamó Von Weizsäcker.
Instantes después, todos distinguieron la silueta del hosco guerrillero luchando contra el viento, que trataba de separarlo de la pared. Poco a poco la silueta fue haciéndose más grande, hasta que entre Menchaca y Pickeray pudieron tirar de él.
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó el capitán, impaciente.
—Bien. Hemos puesto las cargas —respondió Cornín, dando los dos tirones convenidos para que los demás comenzaran a subir.
Brown sintió los tirones en la cuerda y dio la señal a Comadreja, que se aferró a ella con desesperación.
—Tranquilícese, Weidenfeld —lo animó Brown—. Enseguida estará arriba. Agárrese bien y no olvide impulsarse con las piernas. Si sube tirando de brazos, se quedará sin fuerzas. Recuérdelo.
Con una maldición, el estraperlista comenzó a subir. La cuerda resbalaba y los pies se escurrían de la roca mojada. El rugido de las olas parecía reclamarlo y en su mente imaginaba una caída en aquella negrura, golpeándose contra el acantilado antes de ser engullido por la marea.
—Maldito Brown —masculló, para sacudirse de encima un incipiente ataque de pánico.
Descargó el peso sobre las punteras de los pies en un saliente de la roca, tal y como le había enseñado Gato en los entrenamientos, y subió una mano por la cuerda. Después, impulsándose con una pierna, buscó con el pie contrario otra muesca en la pared. Un cambio de manos, y vuelta a empezar. Poco a poco se fue tranquilizando y su cuerpo recordó los automatismos. Tratando de apartar de la mente todo aquello que no tuviera que ver con la escalada, fue subiendo lentamente, sin fatigar los brazos. Un par de veces más perdió pie y quedó colgando, pero no permitió que el miedo lo inmovilizara.
Ahora notaba el peso de sus compañeros en la cordada, lo que aumentó su nerviosismo. Se habían soltado algunas piedras, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, haciéndolo resbalar. No podía quedar mucho. Cambió de pie, tomó impulso y la esquina en la que se había apoyado se desgajó de la pared.
—¡Cuidado, piedra! —gritó.
Sin poder ver cuánto quedaba para alcanzar la cima, la sensación de pánico lo atenazó. El fragor de las olas y el silbido del viento que trataba de arrancarlo de la pared hicieron que abrazara la cuerda con desesperación. Estaba convencido de no poder continuar; ya se veía cayendo al vacío, cuando unas manos lo agarraron por los brazos y tiraron de él hacia arriba.
—Hola, capitán —saludó con una sonrisa aliviada, viendo el rostro ennegrecido de Pickeray—. Nunca imaginé que algún día me alegraría de verlo.
—Lo mismo digo, Weidenfeld. Ha tardado mucho.
—Sí, decidí hacer un descanso para ver la puesta de sol —contestó Comadreja, tomando aire, para preguntar al cabo de unos instantes—: ¿De dónde han sacado esas armas?
—Nos las han prestado unos alemanes —dijo el capitán inglés con una sonrisa, dando una palmada a uno de los dos subfusiles MP40 robados en la batería de cañones que habían atacado en su incursión por el interior de la isla.
—¡Vaya! Veo que ustedes tampoco se han quedado mano sobre mano.
Brown no había querido esperar a que Comadreja alcanzara la cima y se dispuso a subir. A su lado, Riggs tensaba la cuerda para facilitarle el trabajo y le deseaba suerte. Sin perder un momento, el coronel buscó un punto de agarre, colocó el pie izquierdo y comenzó a subir.
Varias piedras pasaron rozándolo sin que las viera venir. Maldiciendo en silencio, retomó la ascensión, atento a que el fuerte viento no lo desestabilizara.
Tan solo había escalado algo más de tres metros cuando, de pronto, le pareció escuchar un grito apagado, y al instante una piedra de buen tamaño pasó al lado de su hombro. Alarmado, Brown siguió la trayectoria del proyectil.
—¡Cuidado, Riggs!
El aviso llegó demasiado tarde. La roca impactó en la sien de Gato, que perdió el conocimiento y se soltó de la cuerda, cayendo al vacío y siendo tragado por las olas.
—¡Riggs! —siguió gritando el coronel, tratando de encontrar al pequeño ladrón inglés.
Pero el mar lo había devorado y no quedaba rastro de él. Gato Siete Vidas las había perdido todas de golpe en mitad de la noche.
Había llegado solo a este mundo, había pasado de puntillas por él y en su muerte partía de igual manera. Un triste final para Thomas Riggs, al que el destino tan solo había concedido una única ocasión de sentir el calor de un abrazo tierno, el de una campesina desconocida que había pagado con su vida tan efímero momento.
—Bienvenido, coronel —dijo Pickeray, tirando del brazo del oficial americano. Entonces se fijó en el rostro desencajado de este—. ¿Sucede algo?
—Riggs ha caído —confesó Brown, tomando aire.
—¿Qué? —preguntó Comadreja, levantándose de un salto de la mojada hierba donde se había sentado a descansar—. ¿Qué ha ocurrido?
—Una piedra desprendida lo ha golpeado en la cabeza y ha caído al mar —explicó un Brown apesadumbrado.
—¿Está seguro? —gritó Weidenfeld forzando su voz ronca—. ¿Lo ha visto caer?
—Sí. Acababa de comenzar el ascenso. Cuando la piedra pasó a mi lado le grité, pero ya era tarde. El mar se lo ha tragado de inmediato.
Weidenfeld ahogó un grito de rabia. Había sido una de las piedras que él había soltado, sin poder evitarlo, la que había causado la muerte de su amigo.
Los hombres se quedaron sobrecogidos. Hasta el momento, todo les había salido bien desde que salieran de Inglaterra, y ahora la realidad de sus temores les caía encima como una losa. El tímido y habilidoso ladrón había muerto.
—También hemos perdido el detonador —dijo Brown finalmente.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Menchaca, viendo como Weidenfeld se derrumbaba en el suelo, con la cabeza entre las manos, abatido por un sentimiento de culpabilidad.
—Villar, ¿cree que bastará con esperar a que el depósito de propano estalle? —preguntó Brown.
—No lo sé —respondió, seco, el guerrillero—. Tenía mucho combustible. Es posible que tarde demasiado y les dé tiempo a los alemanes a descubrirlo y enfriarlo.
El propano, en estado líquido, debía hervir y gasificarse lo suficiente para estallar, pero antes saltaría la válvula de seguridad y daría la alarma.
—Hay que volver a bajar —dijo Brown con tono decidido.
—Los alemanes saben que estamos aquí —dijo Pickeray, muy preocupado—. Tienen patrullas por todas partes. Hemos hecho una maniobra de distracción para alejarlos de aquí, pero no tardarán en regresar.
—Tenemos que volar la cueva —insistió Brown.
—¿Es eso lo que le preocupa, coronel? —gritó angustiado Comadreja—. ¿Su maldita misión? Thomas ha muerto por mi culpa. Está muerto, ¿lo entiende…?
—Tranquilícese… —dijo Pickeray, poniendo las manos en los hombros del estraperlista, que se había vuelto a levantar como un rayo para encararse con el oficial americano—. No ha sido culpa suya, sargento. No ha sido culpa de nadie. Pero tenemos que finalizar la misión. Riggs ha muerto, y lo habrá hecho en balde si permitimos que los alemanes conserven el arma.
—¡No me venga con estupideces, capitán! Thomas no quiso venir. Ninguno quisimos venir. Está muerto. ¿Qué le importa a él por qué? ¿Cree que será más feliz si sabe que hemos volado la puta cueva?
—No. Y tampoco lo será si no lo logramos —intervino Brown—. Pero habrá muerto en vano, ¿no le parece? Sí, está muerto. Y pronto lo estaremos todos nosotros si no salimos de aquí. Y muchos otros también lo estarán si no conseguimos destruir esos submarinos.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensa hacerlo, coronel?
—¡Sargento! —llamó al orden Pickeray con voz amenazadora.
—Déjelo, capitán —dijo Brown, tomando una decisión—. Villar, ¿dispone de más detonadores?
—No como ese —respondió Cornín hoscamente, mostrando los restos de su maletín—. Solo estos dos lápices detonadores, pero su retardo es muy corto. Menos de diez minutos una vez activado.
Los hombres guardaron silencio. Era un suicidio. Quien bajara tendría menos de diez minutos para salir de la gruta y escalar de nuevo el acantilado. Imposible.
—Aun así, debemos destruir esa cueva… —repitió el coronel.
—¿Y quién va a hacerlo? —preguntó Comadreja, apretando los dientes.
—Yo —repuso Brown con tono tranquilo, dejando a los demás con la boca abierta—. Capitán, coja el mando y lleve a los hombres hasta el barco. Les daré todo el tiempo que pueda para que se alejen de la isla.
—¿Qué está diciendo, coronel? —protestó en voz baja Pickeray, acercando su rostro al del americano para que el resto no los oyera—. No puede estar hablando en serio.
—No hay otra forma. Márchense. No pierdan tiempo.
—Con el debido respeto, coronel. No estoy de acuerdo. Creo que habría que estudiar otras alternativas…
—No hay tiempo. En cuestión de minutos, abajo descubrirán lo que sucede, y no tendremos otra oportunidad. Obedezca, capitán, saque a estos hombres de aquí.
—¿Por qué usted, coronel? —preguntó Pickeray—. Deberíamos echarlo a suertes.
—¿A suertes? —intervino Weidenfeld indignado—. Yo no pienso…
—Iré yo —zanjó Brown, cogiendo la cuerda.
—Señor —masculló el capitán inglés, agarrando por el hombro a Brown —. Una vez dejé atrás a mis compañeros en Dunkerque y no tengo intención de volver a hacerlo. Exijo que…
—¡Es una orden, capitán! —ordenó Brown—. A partir de este momento, es usted responsable de la seguridad de estos hombres. ¡No pierda el tiempo!
—¡Me niego, señor! —contestó Pickeray, retador.
—¡Gardner! —llamó el coronel, sin desviar la mirada del terco capitán.
—¿Señor?
—Desenfunde su arma. Dispare contra todo aquel que intente impedirme bajar por esa cuerda. ¡Es una orden!
—Sí, señor —contestó el asesino, sacando la pistola con silenciador y apuntando a Pickeray—: Lo siento, capitán.
—Todos ustedes han hecho más de lo que se les podía pedir —exclamó Brown—. Si conseguimos hacer volar la cueva, miles de personas salvarán sus vidas. No es un precio muy alto. Cuando esté abajo, daré tres tirones y recogerán la cuerda. A partir de ese momento, el capitán Pickeray volverá a tomar el mando y todos ustedes lo obedecerán. Les deseo suerte.
Nadie se atrevió a decir nada y Brown, con la calma que lo caracterizaba, se limitó a cogerse de la cuerda e iniciar el descenso. Con el corazón en un puño, los hombres vieron como el coronel americano desaparecía por el acantilado. Durante un par de minutos la cuerda se movió un poco, y después hubo tres pequeñas sacudidas.
Sin perder un instante, Villar recogió la cuerda que deberían utilizar para bajar por el acantilado al otro lado de la isla y se la puso al hombro, ante el silencio sobrecogido de sus compañeros. Una sensación de vacío, como la que se experimenta ante un ataúd al descender al foso, los atenazaba.
—De veras que lo lamento, capitán —dijo Gardner al fin, guardándose el arma.
—Está bien —aceptó Pickeray, dando media vuelta—. ¡En marcha!
Aún impresionados por lo que acababan de presenciar, los seis hombres se adentraron, agachados, en la planicie, dispuestos a alcanzar el otro lado de la isla, donde habían dejado escondidas las embarcaciones.
A cincuenta metros de ellos, dos agentes de la Gestapo habían asistido a la escena, ocultos tras unos hierbajos. Siguiendo las órdenes del inspector, se habían quedado vigilantes, mientras un compañero más joven salía a la carrera hacia el puesto de mando para dar el aviso.
Ensordecidos por el fragor de las olas al golpear los acantilados, no habían podido escuchar la conversación mantenida por los espías, alcanzando apenas a ver cómo uno de ellos se descolgaba por el barranco, mientras los demás se alejaban hacia el este. Los agentes, tras deliberar entre ellos, habían decidido seguir al grupo a una prudente distancia, para no ser descubiertos. Las patrullas de la Kriegsmarine aún no habían retomado su vigilancia por esa zona y no se veía a nadie que les pudiera echar una mano si las cosas se complicaban. Los asaltantes eran seis, armados con dos subfusiles MP40 alemanes, y ellos solamente disponían de dos pistolas.
Cuando los espías llegaron al borde opuesto del acantilado, arrojaron la cuerda que llevaban por el precipicio y se dispusieron a bajar.
Los agentes se miraron entre sí, nerviosos. Aquellos hombres iban a escapar si no hacían algo de inmediato.
—¿Qué hacemos? Se van a escapar.
—El inspector ha ordenado que esperásemos refuerzos.
—Llegarán tarde. Vamos, los atraparemos por sorpresa.
El agente se puso en marcha y su compañero, maldiciendo para sus adentros, lo siguió empuñando su Luger. Uno de los espías ya bajaba por la cuerda y otro más se disponía a hacerlo, cuando los tuvieron a tiro.
—Halt! Keine Bewegung!
Todo sucedió muy rápido. Habían asegurado la cuerda, y Von Weizsäcker había sido el primero en descolgarse, seguido por Weidenfeld, cuando escucharon la orden. Villar, que aún mantenía la metralleta empuñada, se giró hacia el lugar por donde asomaban los dos alemanes que los habían pillado desprevenidos.
Los agentes de la Gestapo tuvieron el tiempo justo para descerrajar tres tiros entre los dos, antes de que la lluvia de balas lanzada por Cornín y Gardner los abatiera. Pero solo hizo falta uno para quebrarle la columna al profesor español, que cayó lanzando un grito.
—Villar, baje, deprisa —urgió Pickeray, mientras se abalanzaba sobre su amigo y compañero de trinchera—. Pablo, ¿estás bien?
—Me han dado —logró articular Menchaca—. No puedo mover las piernas.
—Tranquilo, te bajaré en brazos.
—¡No! ¡No podrás! Dejadme aquí y largaos.
—No pienso perder a otro hombre.
—Escucha, viejo amigo. Enseguida llegarán más alemanes. No tiene sentido que arriesgues la vida inútilmente. Los dos sabemos que no podrás bajarme. Vete. El coronel te ha confiado una misión.
Pickeray se quedó un momento sin saber qué decir, inconsciente de que su compañero de armas tenía razón.
—Escucha, Herbert. Habla con mi mujer, ¿de acuerdo? Dile que la quiero. Cuida, por favor, de ella y de mi hijo. ¿Lo harás? ¿Por los viejos tiempos?
—No te preocupes, tienes mi palabra —repuso el capitán, tratando de esbozar una sonrisa mientras le sostenía la cabeza.
—Gracias, camarada. Ahora vete. Déjame hablar un momento con Gardner.
Pickeray se incorporó, dijo adiós con un gesto, pues no podía articular palabra, y comenzó el descenso.
—Bueno, compañero —dijo Menchaca, hablando con dificultad—. Solos otra vez tú y yo. Los alemanes no pueden pillarme vivo, lo sabes, ¿verdad?
El sicario americano asintió con la cabeza, arrodillado al lado del profesor.
—Esperaba que no tuvieras que llegar a esto —dijo Menchaca, con la voz entrecortada por el esfuerzo—. Para mí has sido un buen amigo. Date prisa. Los alemanes deben de estar al caer.
—No puedo.
—¡Sí, maldita sea! —se enfureció el español—. Para eso te trajo el coronel. ¿Te crees que no lo adiviné? Brown me dio la oportunidad de quedarme en Inglaterra, pero decidí correr el riesgo. Si los alemanes me atrapan, vosotros estaréis en peligro; lograrán sacarme información sobre el proyecto americano, que no debe caer en sus manos. ¡Mátame, maldita sea! ¿Qué tipo de sicario eres?
La lluvia había amainado un poco y a lo lejos se escuchaban las voces de quienes habían oído los disparos llamando a los de la Gestapo, que yacían sin vida sobre la hierba.
—Enseguida estarán aquí. Hazlo, ¡rápido!
Gardner se puso en pie, sacó su pistola, comprobó mecánicamente que el silenciador estuviera bien ajustado y miró a los ojos a la única persona a la que en toda su vida habría llamado amigo, recordando cómo el español le había salvado la vida en aquel tren en llamas a punto de volar por los aires.
—Adiós, Pablo.
—Hasta la vista, amigo.
Una fracción de segundo después, Menchaca lucía un pequeño orificio entre los ojos abiertos, que Gardner cerró delicadamente. El americano no pudo velar mucho tiempo a su compañero. Las voces sonaban ahora más cerca. Los soldados no tardarían en llegar.