Proyecto Moisés
Capítulo IX
Viernes, 3 de marzo de 1944
Campamento Griffiss, Londres, Inglaterra
Sentado en una silla, engrilletado de pies y manos, Thomas Riggs, alias Gato, examinaba la estancia con aparente desgana: un enorme despacho con una mesa de madera ocupaba el lugar preferencial, rodeada de tres sillas, todas iguales. La pared de la izquierda, según se entraba, estaba cubierta por una biblioteca bien surtida. La de la derecha también quedaba tapada por un inmenso tapiz con una escena de caza. Frente a la puerta quedaba la fachada, con dos ventanales cerrados, y, en medio, un elegante reloj con su dorado péndulo marchando de un lado a otro.
Riggs había sido obligado a sentarse en una silla en el centro del despacho, sin que ninguno de los dos policías militares llegara a abrir la boca. En el reloj de pared daban las tres de la mañana. El motivo por el que la policía británica lo había sacado a media noche de una cárcel londinense, donde llevaba más de tres meses esperando a que se ejecutara su condena de muerte, para entregarlo a los americanos, no podía tardar demasiado en descubrirse.
El prisionero no había perdido el tiempo y había estudiado cuanto sucedía a su alrededor: le habían hecho subir tres plantas por unas amplias escaleras, que continuaban ascendiendo al menos otro tramo, más estrechas, eso sí. Tal vez había un último piso bajo cubierta, destinado a la servidumbre en tiempos pasados, cuando la casa estaba ocupada por civiles.
Gato echó un vistazo al artesonado del techo. Al menos tenía cuatro metros de altura. Si las plantas inferiores tenían la misma altura, eso significaría un salto de una decena de metros. No era mucho, pero de noche, sin poder ver dónde caer, quizá fuese demasiado arriesgado. Además, debía contar con que la casa estuviera rodeada de centinelas armados, a los que debía sumar los soldados que ocupaban las tiendas desplegadas por todo el campamento.
Mirando de reojo, con la cabeza gacha, para ver qué hacían sus centinelas, Riggs retorció sus muñecas esposadas a la espalda. Con disimulo, cogió entre el pulgar y el índice de su mano derecha el clip de una estilográfica que había podido robar del escritorio en un instante de descuido de sus carceleros, y buscó la cerradura contraria.
Uno de los aburridos guardianes miró con curiosidad a Riggs. Los policías británicos que lo habían llevado hasta allí habían avisado de que se trataba de un experto ladrón al que le aguardaba la horca, y nadie tenía la menor idea de qué podía estar haciendo en el campamento americano.
El militar pensó que Riggs debía de tener su misma edad. Seguramente no habría cumplido los veinticinco años. Al inexperto centinela, recientemente llegado desde Alabama, le chocaba que alguien tan joven pudiera estar sentenciado a muerte. ¿Qué habría hecho? Con la cabeza gacha, el pelo revuelto y el pijama un par de tallas demasiado grande, el preso casi daba lástima.
Les habían dicho que no debían perderlo de vista, aunque no por qué. Sin duda, se trataría de una exageración, como siempre. ¿Qué podía hacer aquel tipo, que no llegaría a sesenta kilos, contra él y su compañero, ambos de fuerte constitución y al menos una cabeza más altos que aquel alfeñique? Aparte de otros dos compañeros que custodiaban el despacho por fuera.
—He quedado con una chica mañana —le contó el centinela a su compañero, perdiendo interés por el preso—. ¿Te apuntas? Va a traer una amiga.
—No puedo —contestó el otro con tono de fastidio—. Cambié la guardia con el Ciempiés hace dos semanas.
—¿Te toca guardia este fin de semana? —preguntó el primero, sorprendido—. Pues mucha suerte. He oído que va a haber movimiento de jefazos por aquí.
Riggs escuchaba atentamente la conversación para detectar un cambio de tono que indicara sospecha por parte de sus centinelas. Hasta el momento, la charla era distendida, y el que había cambiado su guardia se maldecía por su suerte sin prestar ninguna atención.
Sin levantar la cabeza y con el cuerpo relajado, Gato movió los dedos de la mano derecha e introdujo la parte rota del clip en el ojo de la cerradura, afianzándolo. Después hizo palanca con cuidado y dobló el clip, convirtiéndolo en una improvisada ganzúa. Volvió a meter el clip dentro de la cerradura como si fuese una llave y empezó a hurgar en los engranajes.
—¿Qué crees que habrá hecho ese tipo? —preguntó en ese momento el centinela que había estado mirando a Riggs.
Gato se quedó quieto como una estatua. Ahora ambos centinelas lo observaban, pero estaban frente a él, y no podían advertir los movimientos de sus manos.
—¿Y a mí qué me importa? —gruñó el otro, que trataba de encontrar una excusa para poder devolverle su guardia a Ciempiés—. ¿Por qué no se lo preguntas?
—Nos han prohibido hablar con él.
—¿Y quién se va a enterar? —bufó el malhumorado.
De algún rincón del edificio llegó el golpetazo de una puerta al cerrarse y los dos policías, sin darse cuenta, se pusieron firmes, dando por terminada la conversación. El portazo también había alarmado a Gato, que aceleró sus maniobras; fuera quien fuera la persona que estuvieran esperando, podía entrar por aquella puerta en cualquier instante.
Con el clip en la cerradura, Riggs lo hizo girar de derecha a izquierda con habilidad, hasta que notó como los dientes se liberaban y la corredera comenzaba a deslizarse. Ya tenía una mano libre. Ahora tenía que tener cuidado: no podía permitir que los grilletes hiciesen ruido chocando uno contra otro.
Mientras maniobraba con la otra muñeca, su mente ya estaba trabajando en cómo desembarazarse de los centinelas. Contaba con el factor sorpresa. Se había dado cuenta de que ninguno de ellos lo tomaba como un posible rival y no se imaginaban que se hubiera soltado.
Sus guardianes se encontraban a tres metros, demasiada distancia, teniendo en cuenta que tenía los pies encadenados, con tan solo un pequeño margen que le permitía dar cortos pasitos. Tampoco podía contar con librarse de la cadena, pues lo descubrirían en cuanto bajase las manos a los tobillos.
Si conseguía quitarse de encima a los militares, en relativo silencio para no alarmar a los que aguardaban fuera, tendría que escapar por la ventana, confiando en que hubiera alguna cornisa o un canalón. Pero esto no lo asustaba. Era un experto escapista y hombre araña, no en balde era conocido por Gato, y estaba acostumbrado a huir.
En realidad, era lo único que había hecho en toda su vida: huir.
La primera vez había sido a los once años, cuando, escondido en uno de los sobrecargados carros de un pequeño circo, había escapado de los malos tratos a los que lo sometían sus compañeros del orfanato.
Thomas Riggs no había llegado a conocer a sus padres. Una noche cualquiera, ni más oscura ni más clara que las demás, sin siquiera un poco de lluvia que la volviera melancólica, fue abandonado dentro de una desvencijada caja de fruta, envuelto en una manta que hedía a pescado, en las puertas de Newsham Park.
Así, el orfanato de Liperpool se había convertido en su hogar durante toda su infancia, en la que esperó, al igual que el resto de niños, que un ángel liberador lo acogiera y lo sacara de allí. Pero, si había un Dios en el cielo, como decían sus tutores, este debía de tener cosas más importantes que hacer que atender a las plegarias de un mocoso.
Siendo de pequeña constitución e incapaz de amistarse con alguno de los niños mayores que lo pudiera apadrinar, el pequeño Thomas se había convertido enseguida en una víctima recurrente de las bromas pesadas y de las crueles jugarretas de sus compañeros más corpulentos.
Con el tiempo, el muchacho había aprendido a desviar su mirada asustadiza, excelente reclamo para un camorrista en busca de alguien más débil que él a quien martirizar. Evitaba la presencia de cualquier compañero, bien la de sus opresores bien la de otros críos convencidos de que el grupo da la fuerza, cuando, en opinión de Thomas, lo único que hacía era reunir a todos los peces en una misma red, facilitando el trabajo de los matones, que así no tenían que perder el tiempo en ir a buscarlos.
Poco a poco, Thomas había desarrollado la capacidad de volverse prácticamente invisible. Se había convertido en una solitaria sombra grisácea en la que nadie reparaba, ni siquiera sus cuidadores, y había descubierto un buen número de escondrijos donde poder permanecer a salvo en aquel edificio en el que las autoridades almacenaban a los huérfanos.
Por supuesto, de vez en cuando, alguno de aquellos brutos aún captaba un imperceptible movimiento a su alrededor y fijaba su aviesa mirada en Thomas, que tenía que encajar una nueva humillación, sin muestras de malestar que pudieran alentar a su atormentador.
Saber que, por mucho que se esforzara, nunca iba a librarse de aquellos bestias fue lo que lo impulsó a escapar del orfanato. Lo había hecho una noche de domingo.
El jueves anterior había llegado a la ciudad un circo itinerante que había montado su espectáculo en un descampado a las afueras. El muchacho había asistido a una de las representaciones a través de un hueco en la carpa, por donde había logrado deslizar su menudo cuerpo hasta las gradas. Allí, entre un mar de piernas, se había maravillado con las piruetas, los trucos de magia y las contorsiones de unos ingrávidos artistas que parecían carecer de huesos en el cuerpo.
Antes de que la función finalizara, Thomas ya había tomado una decisión. La noche del domingo, tras la última representación en la ciudad y mientras los artistas circenses recogían sus aparejos, dispuestos a continuar con su vida nómada, el muchacho había escapado del orfanato, descolgándose por unas sábanas anudadas desde el tercer piso del edificio, al igual que viera hacerlo a los trapecistas del circo.
Al abrigo de la oscuridad, había llegado hasta el descampado, donde ya la caravana estaba a punto de ponerse en marcha, y se escondió entre los pliegues de una carpa que ocupaba uno de los coloridos carros tirados por dos viejos caballos.
Dos días después, cuando el circo se detuvo en Warrington para ofrecer su espectáculo, fue descubierto, mientras, muerto de hambre, comía unas manzanas llenas de gusanos que les habían echado a los caballos. Los feriantes no acogieron con alegría al recién llegado, pues las autoridades de las localidades por las que pasaban siempre les acusaban de cualquier robo o daño sufrido, y, si los encontraban con un muchacho, la policía los encerraría una buena temporada, acusándolos de haberlo raptado.
Thomas les juró una y otra vez que no tenía familia y que nadie lo echaría de menos. Se ofreció a trabajar a cambio de un poco de comida y un rincón en el que dormir; se ganó así la lástima de aquellas gentes, que conocían de sobra lo que era no tener donde echar raíces y ser perseguido.
Y así fue como comenzó su vida nómada entre los artistas de circo. Durante años, y mientras endurecía y musculaba su cuerpo, se había dedicado a hacer las tareas más ingratas, como lavar a los animales, recoger sus boñigas, limpiar la carpa, montar y desmontar…
Estudió los ardides del oficio ayudando en los trucos del Portentoso Andrew, en los que su cuerpo, aún no desarrollado, era muy útil para esconderse en las cajas con doble fondo, donde el ilusionista lo hacía desaparecer.
También aprendió a columpiarse en las alturas y dar saltos de un trampolín a otro sin una red abajo que lo preservara en caso de caída, subiendo y bajando a pulso por largas cuerdas y siendo capaz de recorrer una maroma de diez metros de longitud con los ojos vendados, sin más ayuda que una vara larga con la que equilibrarse.
De esta manera, el circo se convirtió en su hogar, y los artistas, de quienes aprendió todas sus habilidades, en su familia. Con el tiempo, llegó a tener su propio número, siendo conocido por Gato Siete Vidas, en el que despertaba la admiración de los espectadores trepando por sitios imposibles, desafiando a la gravedad y atravesando huecos diminutos, como si su cuerpo fuese de goma. Terminaba su espectáculo con un truco de escapismo en el que lograba salir de un tonel, con la tapa bien claveteada, suspendido de lo más alto de la carpa.
Poco le duró a Thomas la felicidad. El país, con una quinta parte de su población viviendo por debajo del umbral de pobreza, no lograba remontar el vuelo. La gente tenía cosas más importantes en las que gastar su magro salario que en presenciar el espectáculo circense. Cosas como comer y vestir a sus hijos. Eran malos tiempos para los artistas, y muchos de ellos tuvieron que abandonar el circo y emplearse por un puñado de monedas en trabajos denigrantes.
Un mal día, el propietario del circo comunicó a los pocos empleados que aún le quedaban, entre los que se encontraba Gato Siete Vidas, que el telón había caído definitivamente, dejando en la calle, como al resto de sus compañeros, a Thomas, que por entonces rozaba la veintena.
Buscó trabajo de un lado a otro de Inglaterra, pero sin éxito. Gracias a sus habilidades, improvisó espectáculos callejeros, sufriendo para reunir unas monedas con las que malvivir, hasta que, un día, unos antiguos compañeros con los que se había encontrado en Leicester le propusieron algo: en un pequeño pueblo cerca de la ciudad, habían echado el ojo a una bonita casa. Sin duda, sus propietarios vivían muy bien y no era justo que ellos, en cambio, no tuviesen qué comer. ¿No estaba Gato de acuerdo?
El asalto a aquella mansión fue seguido de otros. De pueblo en pueblo allanaron casas, haciéndose con un buen botín. Pero uno de sus socios no sabía mantener la bolsa ni la boca cerrada, y no tardó en despertar las sospechas de la policía. Para librarse de una pena más larga, denunció a sus compañeros, y de esta forma Thomas volvió a ser encerrado; esta vez no en un orfanato, sino en una inmunda cárcel.
Sin embargo, aquellos altos muros coronados con alambre de espino no podían ser capaces de retener a Gato, y de nuevo volvió a fugarse —como años atrás había huido del orfanato—, con dos lecciones bien aprendidas: robar era más rentable que trabajar, y era mejor hacerlo solo.
Entretanto, en Alemania, Hitler dejaba a un lado sus discursos incendiarios y empuñaba las armas, empujando al Reino Unido a la guerra. El gobierno británico ordenó la movilización forzosa de hombres y mujeres para defender el país de la agresión germana, pero Thomas Riggs decidió que no le debía ninguna lealtad y se convirtió en prófugo. Al fin y al cabo, ¿cambiaría en algo su situación si los nazis invadieran las islas? Él era un paria y siempre lo sería, al margen de quien estuviera al frente del gobierno, tanto daba un rey como un soldado alemán con delirios de grandeza.
Durante cinco años se había desplazado de un pueblo a otro en una huida continua. Rememorando la técnica de la invisibilidad, aprendida a la fuerza en el orfanato, apenas se dejaba ver y nunca llamaba la atención. Quienes alcanzaban a verlo no tardaban en borrarlo de su mente, sin llegar a relacionarlo con los robos en alguna apartada mansión.
Era el verano de 1940, cuando Hitler mandó a los últimos frutos de la pujante industria germana a bombardear el Reino Unido, buscando la destrucción de la Fuerza Aérea Británica para dominar el espacio aéreo, como preámbulo de una próxima invasión de las islas. Aviones Heinkel y Dornier arrojaron sus mortíferas cargas sobre las fábricas y los campos de aviación británicos, pero pronto sus objetivos incluyeron a la población, rompiendo para siempre una norma no escrita de la contienda por la que se debía mantener a los civiles al margen. A partir de aquel momento, los pueblos sufrirían la misma suerte que sus tropas.
El recientemente elegido primer ministro Winston Churchill, con su vehemente oratoria, había dejado bien claro al agresor alemán que Gran Bretaña no estaba dispuesta a dejarse pisar como el resto de los países conquistados, y proclamó ante la nación: «Lucharemos en las playas, lucharemos en los lugares de aterrizaje, en los campos, en las calles. Lucharemos en las montañas. Jamás nos rendiremos».
La población, unida frente a un enemigo común, se aprestó a defender su independencia al precio que fuese. Llegaron los racionamientos, las colas para proveerse, el adiestramiento con las máscaras de gas, las sirenas que avisaban de la llegada de los bombarderos, el dormir en búnkeres o estaciones de metro y el «oscurecimiento» nocturno.
Thomas Riggs supo aprovechar bien esta orden del gobierno por la que toda luz que pudiera delatar la presencia de una ciudad a los aviones alemanes estaba terminantemente prohibida. Gracias a la forzosa oscuridad, al sueño de los habitantes de las mansiones que iba a robar o a su ausencia, si estos se resguardaban en algún refugio, Gato desvalijaba sus moradas. Claro que debía andarse con ojo, pues quien era sorprendido saqueando tenía suerte si quedaba en manos de la policía y no era linchado.
Gato había aprendido a ser sumamente concienzudo mientras trabajaba en el circo, donde un pequeño error podía acabar con una pierna rota o el cuello partido. Lo primero al llegar a una nueva localidad era observarlo todo y elegir un objetivo. Después había que vigilar el blanco y a sus ocupantes, estudiar sus costumbres y decidir el momento del golpe. Por supuesto, la parte más peligrosa era el momento de acceder a la casa, bien por el tejado o bien por la fachada. Después se deslizaba con sigilo de habitación en habitación, apropiándose de dinero, joyas o cuberterías de plata. Por último, con el saco bien cerrado, abandonaba la casa y se alejaba hacia otra ciudad donde deshacerse del botín.
En una ocasión, en un atraco a una casita a las afueras de Nottingham, todo se había complicado. La entrada, pasada la medianoche, había sido fácil. El botín había resultado un tanto pobre, pero Gato había preferido no insistir en la búsqueda de unas posibles joyas bien escondidas, medida que siempre respetaba, pues el peligro aumentaba exponencialmente cuanto más tiempo permaneciese dentro.
Ya se disponía a dejar la casa por la misma ventana por la que había entrado, cuando la vejiga del propietario enredó la situación. El hombre, medio dormido aún, había visto un movimiento en la cortina, provocado por el aire que pasaba a través del cristal que Gato había roto. Pensando que se habría dejado la ventana de la sala mal cerrada, se había acercado para asegurarla.
De pronto, el hombre había visto algo o, mejor dicho, no había visto algo que debería haber visto: la cubertería de plata tras la vitrina de cristal, ahora vacía. Totalmente despejado, empezó a gritar «¡ladrones!». Riggs, escondido tras una de las cortinas, había corrido hacia la puerta, tratando de ganar el pasillo, pero el hombre estaba en buena forma y se había abalanzado sobre él, aferrándolo por la espalda.
El hombre tenía fuerza y apretaba el cuerpo de Gato mientras seguía gritando. Colgando todo su peso, Riggs había levantado las piernas y aprovechado la cercana pared para dar dos pasos por ella y desnivelar al dueño de la casa. Cuando este había aflojado su presa para recuperar el equilibrio, invirtió el agarre y ahora era Gato quien estaba a la espalda del hombre, haciéndole una llave en el cuello para inmovilizarlo.
Pero el propietario no estaba dispuesto a rendirse y, pese a tener el rostro congestionado por la asfixia, había aprovechado su mayor envergadura para aplastar a Riggs contra la pared. Desesperado, Gato escuchaba gritos por el pasillo, mientras era golpeado contra la pared una y otra vez. Debía reaccionar, y lo tenía que hacer ya.
Con la mente embotada por el miedo a ser detenido, sus brazos habían cambiado la presa, trincando la cabeza del hombre, y, tomando impulso con las piernas en la pared, se había dejado caer mientras giraba el cuerpo, rompiéndole el cuello.
En ese momento, habían entrado en la sala la esposa y la hija, que, al ver a Riggs, habían empezado a gritar, cambiando el «¡ladrones!» que había gritado el fallecido por un «¡asesino!», que sonaba aún peor.
Riggs había conseguido escapar y durante meses no había vuelto a dar un golpe. Su retrato robot había aparecido en el periódico y, para su desgracia, la esposa y la hija del hombre que había matado habían resultado buenas fisonomistas.
Aquel desgraciado accidente había ocurrido el 4 de junio de 1942, el mismo día en que —aunque sobre esto Riggs no sabía nada— tropas de las SS ejecutaban a toda la población de Lidice, en la invadida República Checa, y arrasaban el pueblo, en venganza por el atentado contra uno de los mayores carniceros de la Gestapo.
Al cabo de un tiempo, y llevado por la necesidad, Gato había vuelto a las andadas. Sin poder olvidar la tragedia, se había propuesto ser doblemente cuidadoso, ya que, si era detenido, la policía no tardaría en relacionarlo con el asesinato en Nottingham y la horca se convertiría en su funesto destino.
Había dado algunos buenos golpes sin sufrir nuevos contratiempos. Se había movido mucho, dispersando sus asaltos a las casas y escondiéndose durante semanas, lejos de la vista de cualquier persona, y ya comenzaba a ver lo sucedido en Nottingham como un mal sueño.
Pero un año más tarde la suerte había vuelto a darle la espalda a Gato Siete Vidas.
En las afueras de un pueblo cerca de Exeter, había echado el ojo a una mansión. Dos días había tardado Riggs en estudiar su objetivo, un pequeño edificio de tres plantas, y llegar a la conclusión de que en la casa solamente vivía un matrimonio de avanzada edad, atendido por un mayordomo no mucho más joven y una cocinera que no dormía en la casa, sino que volvía por las noches al pueblo.
La noche del segundo día todo parecía tranquilo. Había poca luna y las nubes prácticamente la ocultaban. El matrimonio y el sirviente se habían acostado, las luces estaban apagadas y el silencio era absoluto. Gato se puso en marcha. Primero dio una vuelta en torno a la mansión, atento a cualquier eventualidad, y esperó aún diez minutos más. Ya eran las once y media y los ancianos estarían sumidos en un profundo sueño.
Había decidido subir por una de las esquinas de la casa, la más cercana a la habitación de los propietarios. En la planta baja, una gran cristalera, cegada con pintura para cumplir con el oscurecimiento, daba a una sala, pero Gato la desechó: no sabía qué podía encontrarse en su interior. A continuación de la cristalera, se hallaba una pérgola de obra sustentada por cuatro finas columnas. Riggs comenzó a ascender por una de ellas con la fuerza de sus brazos y piernas, hasta llegar a las vigas.
En equilibrio, calculó el impulso que debía darse para alcanzar el alféizar de una ventana en el segundo piso, y saltó hasta coger con los dedos el reborde. Mientras se sostenía con una mano, empujó el marco de madera, pero la ventana estaba bien cerrada. No había problema. Aquella no era la vía de acceso prevista. Balanceándose un poco, consiguió subir una pierna hasta el alféizar y levantó el cuerpo.
Por encima de la ventana corría una fina cornisa fuera de su alcance. No podía saltar por falta de apoyo. Haciendo oposición con manos y pies en los laterales de la ventana, se elevó lo suficiente como para agarrarse a la cornisa. Colgando de los dedos, la recorrió hasta el siguiente paso, una balaustrada que protegía otro amplio ventanal de cristales pintados.
Como había previsto, era el paso más difícil. El ventanal sobresalía de la fachada. Volvió a balancear el cuerpo y enganchó el pie derecho en el marco. Haciendo fuerza, hizo lo mismo con el izquierdo, y se soltó de la cornisa. Estaba colgando de los pies, boca abajo, a diez metros del suelo. Balanceando una vez más el cuerpo, logró alcanzar el dintel con una mano y cambiar la posición del cuerpo. Esta vez tuvo más fácil ponerse en pie, utilizando los adornos del ventanal.
Ya estaba en el tercer piso y aún no tenía a la vista el tragaluz del tejado por el que tenía pensado acceder. Ahora tenía dos posibilidades: dar un salto hacia un tejadillo de dos aguas rematado por un canalón, un metro más arriba y casi dos a su izquierda, o volver a hacer oposición con brazos y piernas y elevarse hasta alcanzar la cornisa superior.
Se decantó por la segunda opción, a pesar de resultar más complicada, pues el canalón al que hubiese tenido que aferrarse en el salto no parecía que pudiera aguantar su peso. Siguiendo el plan, comenzó a ascender con cuidado. Cuando ya había rebasado la mitad del ventanal, cargó todo el peso en los pies y estiró las manos. Se había quedado corto. Volvió a presionar a ambos lados y continuó ascendiendo un poco más antes de intentarlo de nuevo.
En esta ocasión, logró agarrarse a la cornisa y, sin aparente esfuerzo, se elevó sobre las manos hasta quedar agazapado sobre el resbaladizo tejado de pizarra, donde permaneció quieto, con el oído afinado. Había conseguido llegar arriba en menos de diez minutos. Ahora solo tenía que caminar sobre aquellas traicioneras tejas hasta encontrar el tragaluz.
Como un auténtico gato, se movió cinco o seis metros y alcanzó el ventanuco, apenas mayor que un libro. Estaba cerrado, pero Riggs venía preparado. Del saco que llevaba anudado a la cintura extrajo una ventosa grande con asa y un cortavidrios. Aplicó la ventosa al cristal y recorrió con la herramienta el marco del tragaluz. Esperó a que la débil luna se ocultara tras otra nube y aplicó presión al cristal, que se partió limpiamente, dejando una rueda de vidrio colgando de la ventosa.
Tuvo que contorsionarse para introducir su cuerpo por un espacio tan reducido. Primero la cabeza y un brazo, luego un hombro y después el otro. Ya tenía medio cuerpo dentro, aunque estaba boca abajo y no tenía donde agarrarse. Con cuidado, se dejó caer sobre las manos y rodó como lo hubiera hecho un gato en absoluto silencio.
En cuclillas, se ocultó tras un arcón, y aguzó el oído. Miró a su alrededor. Estaba en una especie de trastero con algunos muebles y cajas. Todo marchaba bien. Con sumo cuidado, abrió la puerta y comenzó a bajar las escaleras hasta el piso inferior.
Nunca había llegado a saber qué era lo que había alarmado al dueño de la mansión, un viejo combatiente de la Gran Guerra que aún conservaba en buen estado su fusil Lee-Enfield Mark III, con el que le apuntaba al pie de las escaleras.
Para que Riggs comprendiera que no se trataba de un farol, el viejo había disparado una de las diez balas que tenía el cargador, destrozando un valioso jarrón a un palmo de su cabeza. La policía, alertada por el mayordomo, había tardado menos de veinte minutos en aparecer y hacerse cargo de él. Y, por segunda vez en su vida, dio con sus huesos en la cárcel.
Como había imaginado, lo relacionaron con el asesinato de Nottingham y con unos cuantos golpes más. Un juicio sencillo para el ministerio fiscal. Las pruebas habían sido concluyentes y el testimonio de la viuda y de la hija del fallecido, determinante. La condena, como no podía ser de otra manera, había sido la horca.
Desde entonces, Thomas Riggs llevaba tres meses esperando al verdugo, y lo que menos podía imaginar es que los policías lo montaran en una furgoneta y lo custodiaran hasta el cuartel de los americanos, del que ahora planeaba escapar.
—¿Qué le parece, capitán, si vamos a recibir a Riggs? —preguntó Brown, señalando el jeep que los aguardaba a las puertas de la tienda de campaña donde se alojaban.
—He estado leyendo el historial de ese tal Gato, señor —repuso Pickeray, mostrando el grueso dosier—. Si lo que cuentan de él es cierto, se trata de un fenómeno. Sigiloso, capaz de atravesar cualquier agujero. Dicen que puede trepar por una pared de cinco metros totalmente lisa, esconderse en una pequeña caja, saltar de un edificio a otro o arrojarse desde un tercer piso sin partirse la crisma.
—Impresionante, ¿verdad? —dijo sonriendo Brown, mientras tomaba asiento al volante—. Si es capaz de hacer la mitad de todo eso, nos será de gran utilidad. La policía británica tuvo la deferencia de facilitarme varios expedientes de ladrones de casas que permanecen encarcelados, y el de Riggs era el más brillante.
—Conociendo a mis compatriotas, no creo que les haya hecho mucha gracia entregarle a Riggs.
—En eso tiene razón, capitán —dijo Brown tocando el claxon, para que un vehículo oruga, detenido en el camino, se moviera—. Su primer ministro Churchill tuvo que interceder personalmente.
La silueta de la casona donde se situaba el cuartel general aliado se entreveía a través de los árboles. El campamento permanecía a oscuras y, salvo los centinelas y altos oficiales, nadie podía merodear por allí sin permiso.
—Riggs está condenado a muerte —dijo Pickeray con preocupación—. Accederá a cualquier cosa que le pida. Pero ¿cómo evitará que nos traicione y se escape en cuanto tenga la menor oportunidad?
—Tengo una idea, pero hablemos primero con él.
Riggs había oído las rodadas del jeep sobre la gravilla, rompiendo el silencio de la noche. Si sus ocupantes eran el motivo por el que él estaba allí, le quedaba poco tiempo para escapar.
El mayor de los militares que lo custodiaban debía de haber llegado a la misma conclusión y se había asomado a la ventana, mientras su compañero se revisaba inconscientemente el uniforme.
Gato se puso en pie de un salto y dio un paso tan largo como lo permitía la cadena que le aferraba los tobillos. Luego se impulsó y, poniendo las manos en el suelo, dio una voltereta, pasando la cadena por detrás del cuello del sorprendido policía militar y cruzando las piernas con fuerza.
El otro centinela, viendo cómo su compañero se retorcía estrangulado por la cadena del prisionero, que colgaba como un crucifijo invertido, sacó la porra y se apresuró a auxiliarlo.
Su sorpresa fue absoluta al ver cómo aquel, en apariencia, frágil prisionero encorvaba de una manera inhumana la espalda, lo enganchaba del cinturón y, sin darle tiempo de reaccionar, trepaba por su camisa hasta hacerle presa en el cuello, tendiendo un puente, con brazos y piernas de un policía a otro, que estos trataban inútilmente de romper.
Finalmente sus carceleros, sin resuello, perdieron el sentido. Riggs se soltó, manipuló rápidamente los grilletes que le aprisionaban los tobillos con el clip y se acercó a la ventana. Fuera, apagados los faros del jeep que había llegado, la oscuridad era total.
Sin perder tiempo, Gato abrió la ventana y se asomó. Podía ver unas siluetas que se movían despacio por el césped. Sin duda eran centinelas que patrullaban por el recinto. Sacando el cuerpo, tanteó la pared por encima del marco: una pequeña cornisa. Apenas tenía un par de centímetros y, aparte de una función decorativa, debía de servir para que el agua no goteara sobre los cristales.
Riggs se colgó de los dedos y empezó a recorrer la fachada apoyando los pies en las junturas de los ladrillos, desplazándose hacia su izquierda, donde se encontraba la esquina más cercana.
Solo había recorrido cuatro metros, lo suficiente para sumirse en la negrura de la noche, cuando empezaron los gritos y dos cabezas se asomaron al hueco de la ventana abierta, sin llegar a descubrirlo. Ahora las voces también llegaban del jardín y unas linternas barrían la fachada en su búsqueda.
Ya conseguía ver con claridad la esquina. Aún no sabía qué haría cuando la alcanzase. Quizá pudiera doblarla y la siguiente fachada estuviera menos vigilada, lo que le permitiría saltar. Pero un inesperado golpe de suerte llegó en su ayuda. De la esquina, dos metros más arriba de donde colgaba, un cable telefónico, anclado a la pared, se perdía en la oscuridad, paralelo al suelo, probablemente hasta un poste por el que Riggs podría descender al abrigo de cualquier mirada.
Con agilidad, Gato trepó a la cornisa y se hizo con el cable. Antes de echar a andar por él, comprobó que estuviera suficientemente tenso y que pudiera aguantar su peso. Para entonces, las luces se multiplicaban y se acercaban. Podían descubrirlo en cualquier momento. Si bien no era la maroma del circo, el cable tendría que servir. Abriendo los brazos para equilibrarse, Riggs dio el primer paso y se separó de la pared.
Brown dirigía con rápidos gestos a los soldados medio dormidos, a quienes los gritos de alarma habían despertado, distribuyéndolos alrededor de la casona y en su interior, por si el preso se hubiera escondido dentro.
Había entrado en el cuartel general con Pickeray y subido hasta la tercera planta. A aquellas intempestivas horas, solo había encontrado personal auxiliar que llevaba a cabo su trabajo con tranquilidad. Había recorrido los diversos pasillos hasta llegar a la puerta del despacho donde debía permanecer, bien custodiado, el pequeño ladrón inglés. Frente a la entrada, dos policías militares se habían cuadrado ante su presencia, y uno de ellos, con galones de cabo, se había apresurado a abrir una de las hojas.
La calma le había durado al oficial americano menos de un segundo. Dentro de la estancia, un policía estaba tendido sin sentido en el suelo, mientras su compañero, sentado, con el rostro congestionado, se frotaba el cuello haciendo esfuerzos por coger aire.
Maldiciendo, Brown había corrido hacia la ventana abierta, seguido por Pickeray, y ambos habían escudriñado la noche en busca del fugitivo. No podía andar demasiado lejos.
—¡Cabo! —había ladrado Brown—. Dé la alarma de inmediato. Rodeen la casa y traigan linternas. Que nadie abandone el edificio. Vamos, capitán. Salgamos fuera.
Sin esperar, el coronel había bajado las escaleras de dos en dos, arrancándole la linterna a uno de los centinelas y corriendo de un lado para otro iluminando la fachada.
Entretanto, Pickeray había corrido al jeep, encendido el motor y las luces y liberado los focos de las cortinillas que usaban para amortiguar la luz. Echando marcha atrás, había retirado el vehículo una decena de metros para que la luz iluminara una zona más ancha. Después había recogido la linterna de dotación con la que alumbraba la fachada.
—Coronel —había dicho Pickeray, en voz baja al cabo de un minuto, poniendo la mano en el hombro del oficial americano—. Creo que he visto algo. Mire allí.
Brown miró en la dirección que le indicaba el inglés. Una silueta parecía andar por el cielo a una docena de metros sobre el suelo.
—Debe de ser un cable telefónico o de luz, de los que han puesto sus hombres.
—No lo enfoque, capitán. Si se da cuenta de que lo hemos descubierto, saltará y echará a correr.
Mientras decenas de soldados se sumaban al rastreo, los dos oficiales se separaron de la casa, siguiendo la dirección que llevaba el fugitivo. La preocupación inicial había dejado paso a la admiración. Aquel hombre superaba las expectativas de Brown. Ahora solo faltaba que no escapara.
El cable terminaba en un poste de madera, y el fugitivo estaba a punto de alcanzarlo. Brown, sin perder ni un instante de vista la silueta, hizo un gesto a Pickeray para que se pusiera al otro lado del poste y lo rodeara. Agachados y aguantando la respiración para no delatarse, los dos oficiales vieron cómo la silueta aferrada al palo iniciaba un rápido descenso, ágil como un mono.
—No se mueva, señor Riggs —dijo Brown, irguiéndose con la pistola en la mano.
Gato había llegado al poste. A su alrededor, erráticos conos de luz aleteaban en la noche, pero parecía que nadie enfocaba hacia donde se encontraba él.
Poniendo las plantas de los pies a ambos costados del palo, había bajado en un santiamén. Aún no tenía ni idea de cómo podría escapar de aquel enorme campamento, repleto de tiendas de campaña que no cesaban de vomitar decenas de soldados. Tendría que improvisar.
Justo había tocado el suelo y se aprestaba a acuclillarse para estudiar el terreno, cuando a su espalda una voz desconocida le ordenó:
—No se mueva, señor Riggs.
La reacción de Gato fue tan rápida que el oficial no tuvo tiempo de reaccionar. Con un golpe de su mano abierta en la que empuñaba la pistola, logró desarmar al intruso y echó a correr.
O, al menos, lo intentó.
Alguien surgido de la oscuridad lo había sujetado por la espalda, como quien agarra un barril, y lo sostenía en el aire totalmente inmovilizado, ejerciendo una presión enorme.
El oficial desarmado se aprestaba a intervenir. Dos hombres contra Gato, siendo uno de ellos un coloso, a tenor de cómo lo mantenía inmóvil, eran demasiado para él en la situación en que se encontraba, así que, antes de que el oficial pudiera echarle mano, pateó su rostro.
Sin embargo, ya no había nada que hacer. Uno de los centinelas había oído el alboroto y había dado la alarma. Ahora Riggs estaba en el suelo, boca abajo, con el coloso encima, varios soldados apuntándolo con sus rifles. El oficial pateado ya se levantaba del suelo.
—Llévenselo —dijo este frotándose la mandíbula, donde había impactado el pie de Gato.