Comandante Durán
Libro segundo Durán, militar
Libro segundo
Durán, militar
El comandante Durán en la ofensiva de La Granja. (Robert Capa © 2001 by Cornell Capa/Magnum
Photos/Contacto).
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Un intelectual en armas
Truena la locomotora,
el cañón en sus entrañas
un huracán de explosiones
barre los montes de Ávila.
JOSÉ HERRERA PETERE,
«El tren blindado»
Decían que parecía una tortuga con armadura. Sobre su estructura original se había construido un armazón rocoso y metálico. Su peso excesivo lo había convertido en un tren lento sobre los raíles, poco maniobrable, aunque ésa era una desventaja sobradamente compensada por su potencia de fuego. La visión del tren blindado era realmente imponente, en apariencia indestructible en los primeros días de una contienda que aún se dirimía mediante refriegas menores.
Lo terminaron de construir el 5 de agosto de 1936 los obreros ferroviarios en la estación del Norte de Madrid a las órdenes del teniente coronel Ramón Valcárcel, del cuerpo de ingenieros del ejército. Aunque ya desde finales de julio se había reforzado algún convoy, éste fue el primer tren propiamente blindado que operó en los alrededores de la capital. Su destino era la sierra de Madrid, donde las columnas del general Mola se habían apostado desde los primeros días de la guerra en las estribaciones de los puertos de Somosierra y el Alto del León.
Constaba en primer lugar de un vagón blindado artillado con dos cañones de 70 milímetros, y a éste lo seguía la locomotora, el ténder con el carbón, un coche correo, otro furgón y una plataforma llamada QQ, también blindada y armada con varias ametralladoras. En total, disponía de los dos cañones citados, nueve ametralladoras y capacidad de tiro para 89 fusiles; esto es, milicianos armados. Pintados en el blindaje, mostraba tres lemas: «MILICIAS FERROVIARIAS», «UHP» y «NORTE».
Entró en combate tres días más tarde en Tablada, en las proximidades de Guadarrama, contra las tropas franquistas atrincheradas en un sanatorio de tuberculosos. Posteriormente, se lo destinó a incursiones en la zona de Navalperal de Pinares, en la provincia de Ávila, en apoyo de la columna Mangada. Los combates más intensos los mantuvo contra la unidad del comandante Doval, a la que causó numerosas bajas. Se lo conocería por ello como el Tren de Navalperal, si bien en la denominación militar siguió constando como el Tren Blindado A o Tren Blindado 1, el primero de varios trenes de este tipo que se construyeron y combatieron en los alrededores de Madrid.
Aquel primer convoy debía mucho a Gustavo Durán. Él mismo formó parte de su dotación y participó en las labores de blindaje. Otro de los milicianos presentes, Ramón Rodríguez Gómez, confirmó años después al
investigador militar Jacinto Arévalo Molina[72] que Durán participó en esas primeras incursiones en Tablada y Navalperal. Junto con él citó también a Mauricio Amster, dibujante y diseñador de origen polaco que sería uno de los más célebres cartelistas durante la Guerra Civil. Ramón Rodríguez era entonces un joven de apenas diecisiete años, menudo y bajo de estatura, al que su rostro infantil le restaba años. Le apodaban el Carita. Su testimonio vino a confirmar los de otros dos amigos de Gustavo conocedores de aquella primera hora.
Uno es Pablo de la Fuente, escritor y editor. Estrecho compañero de Durán desde meses antes, compartió con él intensas tardes de reunión en la casa de Alberti y María Teresa. Desde el exilio en Chile, años después escribió un bello libro marcado por la nostalgia del tiempo y del país perdido. De título poético, Sobre tierra prestada, la obra rememoró aquellas primeras jornadas en la estación del Norte, en las que también participó:
En el depósito trabajaban con ardor, bajo el mando de un militar de
artillería, para montarlo rápidamente. Cuando vimos todo el tren con sus
manchas diferentes y sus dos cañoncitos, sentimos que no se nos podía
acusar de tomar la guerra en broma… Los cañones estaban en las dos
partes más altas de una de las grandes plataformas que existían en el
ferrocarril para el transporte de hierro (un QQ). Sobre ellos se formó un
tenderete, como gran quitasol, para no ser vistos de arriba. En el centro de
este largo vagón había un espacio cubierto con chapas y armado de
troneras para fusileros. Luego iban dos coches más, acorazados con chapa
y una capa de cemento de 20 cm de espesor, forrada en madera. Su valor
militar contra armas perforantes no era mucho —aunque no lo sabíamos
— pero daba una gran impresión de solidez ver, dentro de un vagón,
aspilleras que se abrían en pirámide recia y uno podía creerse tras un
parapeto montado en ruedas. La locomotora tenía dos torrecillas con
troneras, delante y detrás y en la cabina del maquinista unas gruesas
chapas protegían, de la visibilidad por lo menos, el trabajo. Enorme
progreso sobre los anteriores «blindajes» de traviesas y sacos de arena.
Un pequeño teléfono de pilas comunicaba entre sí estos vehículos desde
el punto de mando, colocado en el vagón artillero. El tren era una joya. Se
le bautizó con el nombre de «16 de febrero» en recuerdo de la fecha del
triunfo del Frente Popular. En cuanto salió la gente comenzó a llamarlo
«el tren de Navalperal»[73].
El segundo testimonio es el de Santiago Ontañón:
Recuerdo con toda precisión la imagen de María Teresa aquel día en
que, como resultado de una idea creo que suya, Pablo de la Fuente,
Gustavo Durán, Rafael Alberti y un grupo de ferroviarios, formaron aquel
tren blindado que sería el primero en llegar hasta la sierra, en medio del
incesante cañoneo y ametrallamiento del que era objeto. Consistió en
colocar sobre bateas una cuadrícula de sacos terreros, que hacían de aquel
armatoste una trinchera móvil. Aquel día hicieron comandantes a los
cuatro[74].
Ontañón, sin embargo, se equivoca al ubicar a Alberti y María Teresa en los últimos días de julio en Madrid. Se ocultaban entonces en los montes de Ibiza, donde les había sorprendido el estallido de la guerra. Tampoco es cierto que la idea fuera suya o que les hicieran comandantes a los cuatro. Pero Durán y Pablo de la Fuente sí estaban allí. Y junto a ellos un amigo común, un personaje decisivo en los primeros días de guerra que guió el camino de ambos; se llamaba Ángel González Moros.
Intrépido revolucionario, González Moros era un sindicalista aguerrido y un dirigente comunista vinculado al sector ferroviario. De inteligencia incisiva y carácter campechano, representó en los meses previos y posteriores a la guerra el nexo de unión entre los intelectuales comprometidos pero poco familiarizados con la realidad obrera, como Alberti y Durán, con el mundo del proletariado al que pertenecía. Según el testimonio de Felipe Maldonado, Durán le conoció en un viaje a Cuenca para participar en un mitin del Frente Popular, y con él vivió experiencias imborrables en los primeros días de la guerra.
La misma noche del 18 de julio de 1936 en que el alzamiento en Marruecos se trasladó a la Península, un grupo de sindicalistas ferroviarios se reunió en un local de la calle Mendizábal de Madrid. Decidieron tomar al día siguiente el control de la estación del Norte. Entre ellos se encontraba Ángel González Moros. Así ocurrió. El comité obrero tomó posesión de la estación y se aseguró el dominio del teléfono de coordinación desde el que se comunicaban con el resto de las estaciones. A través de él, por medio de repetidas llamadas a distintas provincias, pudieron saber qué zonas estaban ya sublevadas contra el gobierno y cuáles permanecían leales. González Moros, como cabecilla del comité, estuvo al teléfono toda la mañana. No sabemos con certeza si Gustavo Durán ya estaba allí, pero es muy probable que así fuera, y que él mismo realizara varias de esas llamadas.
En todo caso, André Malraux registró aquella escena en el inicio de su novela L’espoir (La esperanza) sobre la Guerra Civil, situando a dos personajes literarios, Ramos y Manuel, en realidad Moros y Durán, como los artífices de aquel primer mapa improvisado de la división real y política de las dos Españas:
A través de las historias de orientación que comprendía mal y en
medio del olor de cartón de la oficina, de hierro y de humo de la estación
(la puerta estaba abierta a la noche muy calurosa), Manuel anotaba las
llamadas de las ciudades. Afuera, el ruido de los cantos y de los culetazos
de los fusiles; debía sin cesar hacer repetir (los fascistas cortaban las
comunicaciones). Trasladaba las posiciones al mapa de la red: Navarra,
dividida; todo el este del golfo de Vizcaya, Bilbao, Santander, San
Sebastián, leal, pero dividido en Miranda. Por otra parte, Asturias,
Valladolid, leales. Llamadas telefónicas incesantes.
—Oiga, aquí Segovia. ¿Quién eres?
—Delegado del sindicato —contesta Manuel mirando a Ramos con
aire interrogador. ¿Qué era él, exactamente?
—¡Muy pronto te cortaremos los cojones! —No me daré cuenta.
¡Salud[75]!
Manuel no era otro que Gustavo Durán, y Malraux no pudo haber conocido aquel episodio real sino a través del testimonio posterior de éste. Manuel sería el hilo conductor de la novela, repleta, por otra parte, de paralelismos entre el personaje literario y la biografía real del español. Moros organizó las Milicias Ferroviarias y, a los pocos días, logró formar un batallón disciplinado que contaría con bandera y música. Casi en paralelo, ya sofocada la insurrección en Madrid, colaboró con el teniente coronel Ramón Valcárcel en el blindaje del tren de Navalperal. De aquella experiencia nacería la Brigada de Trenes Blindados, de la que González Moros sería comisario político.
Durán fue testigo y protagonista de todos aquellos hechos desde una posición todavía incierta. Como escribió Malraux, ¿qué era él exactamente? No era militar, no era sindicalista, ni tan siquiera político. Simplemente se le podía considerar un intelectual en armas. Se había convertido en miliciano desde el primer momento de la contienda, desde que las alarmantes noticias de la rebelión llegaron a Madrid, arrastrado por la confusión de una multitud que en las sedes de los partidos demandaba instrucciones y en la calle, armas. No había dudado en dar ese paso que suponía una ruptura total con su mundo anterior, decidido a combatir. Era plenamente consciente de que aquel cambio trascendental requería igualmente una transformación interna incluso más profunda, en la que aflorara el hombre capaz de sacrificios, el militar capaz de mandar y obedecer. Sucumbía el joven frívolo, el joven mimado y festejado del que hablara Anaïs. No tenía cabida en la rudeza de una guerra. El intelectual y el músico quedarían relegados a un segundo plano en favor de un compromiso que entonces consideraba prioritario. Durán se despidió de Durán. Cerró una etapa de su vida y abrió otra con la facilidad que demostraría en otras ocasiones para mutar y sobreponerse al pasado. Al igual que el episodio del tren, él también se blindó; se revistió de una coraza con la que resultar más útil, menos vulnerable. Nacía un nuevo Gustavo Durán fruto de las circunstancias históricas, y con él surgiría también desde un principio el mito, la leyenda a veces interesada del estratega sin formación elevado a las más altas tareas militares.
El primer día de guerra, en un gesto de pleno significado, se cortó su ondulada cabellera rubia. Nadie que quisiera imponer respeto entre militares y milicianos obreros podía lucir una provocadora cabeza de efebo. «Lo primero que hizo —recordaría José Bello— fue raparse al uno. El mismo peluquero le dijo que eso era una barbaridad con un pelo tan bonito. Durán le cortó en
seco: “Calle y corte”[76]». La imagen de su cabello desprendido representa una excelente metáfora de su voluntarismo y de su deseo de transformación. También lo era su indumentaria de combate durante aquellos primeros días: mono azul y alpargatas. Como si el destino se aliara trágicamente con la realidad, el mismo 18 de julio de 1936 moría en Bayona Antonia Mercé, la Argentina, la bailarina que había llevado por el mundo su obra de mayor éxito, la única que en realidad lo alcanzó. Su etapa musical había terminado.
Otras escenas de aquellos días parecen, pese a su autenticidad, más propias de la leyenda. Una de ellas muestra a Durán atravesando Madrid y sufriendo un percance mientras conducía un automóvil cargado de dinamita. Le acompañaba su amigo inseparable de entonces, Ángel González Moros, quien había ocultado previamente varias cajas de explosivos en previsión de que fueran necesarios en un futuro. La anécdota, que podría haber resultado trágica, fue recogida por Santiago Ontañón, posiblemente con cierta exageración:
En la Alianza había un militante comunista, obrero, de una gran
simpatía, gracias a la que yo creo que atravesó la guerra sin un rasguño.
Ya he hablado de él: Moros. Era muy amigo de Rafael, María Teresa y de
Gustavo Durán. Un día de julio del treinta y seis, ya desatada la
contienda, urgió a Durán para que tomase su recién comprado automóvil
y le acompañase a la Casa de Campo. Desenterró Moros un montón de
paquetes de dinamita y los fueron colocando en el pequeño Ford. Gustavo
iba al volante y en la calle Bravo Murillo, en Cuatro Caminos, chocó
contra un Rolls donde iba una señora muy distinguida y volcaron. Fue un
momento tremendo por el evidente peligro de explosión. Lo de menos era
que el cochecito de Durán hubiera quedado inservible. Salvado el peligro,
Moros lo tranquilizó y dirigiéndose a la señora que iba a bordo del Rolls
le dijo: «¿Quiere usted bajar del coche, que lo vamos a necesitar?». Y
atravesaron Madrid hacia su destino, ¡en un Rolls cargado de dinamita[77]!
Horacio Vázquez Rial también mencionó el incidente en su novela El soldado de porcelana en términos similares. Incluso Malraux relató un episodio muy parecido, con toda seguridad inspirado en aquel suceso. De nuevo los paralelismos con la historia real dibujan el personaje de Manuel-Gustavo: «Manuel había comprado de segunda mano un auto para ir a hacer esquí en la Sierra. Todas las mañanas, Ramos lo usaba para la propaganda. Aquella noche, Manuel lo había puesto de nuevo a disposición del Partido
Comunista, y trabajaba una vez más con su compinche Ramos»[78]. Aquella noche fue la del transporte de dinamita, cuyo depósito Malraux sitúa en la novela en el barrio de Tetuán. Respecto al accidente, lo ubica en las proximidades de Alcalá de Henares a causa de una maniobra brusca al paso de un camión con milicianos de la FAI. Tampoco hubo consecuencias.
Después de este incidente, Durán se sumó con González Moros a las Milicias Ferroviarias y al tren de Navalperal. Aún tardó un tiempo en encontrar una responsabilidad adecuada a su capacidad. Durante agosto, ataviado con un mono azul, siguió subiendo a la sierra a bordo del convoy. Por la noche, cuando los combates lo permitían, regresaba a Madrid junto con Pablo de la Fuente. Cuando podía dormía en casa y cuando no le era posible permanecía en El Escorial, estación base desde la que operaban. Pronto se ganó la confianza de aquellos milicianos rudos, obreros ferroviarios acostumbrados a un trabajo que no lo era menos.
Sin embargo, algunos de sus antiguos amigos no comprendían ni simpatizaban con el cambio radical experimentado por Gustavo. A José Bello, desilusionado con la República y uno de cuyos hermanos moriría fusilado en Paracuellos del Jarama, la militancia activa de su amigo le causó algún disgusto: «Uno de esos primeros días, tras lo del cuartel de la Montaña, se encontró a mi hermana Adelina por la calle y de acera a acera le espetó a voces: “¿Cómo está la fascistona de tu madre?”. Con lo que llovía, a pesar de que lo dijo cariñosamente, que eso te gritara un oficial de uniforme y además
pelón convertía la broma en cornisa, si te caía encima te aplastaba»[79].
Aquellas semanas fueron particularmente difíciles. No sólo por la creciente virulencia de los combates o por la dimensión de guerra abierta que ya había adquirido la rebelión militar. También lo fueron por la inquietud que le producía saber a dos de sus más íntimos amigos en la zona franquista: Federico García Lorca y Rafael Alberti. El primero había abandonado Madrid el 13 de julio en dirección a Granada, angustiado por el clima de guerra larvada tras los asesinatos de Calvo Sotelo y del teniente Castillo, de la Guardia de Asalto. Moriría fusilado en Granada en la madrugada del 17 al 18 de agosto. No existen testimonios de cómo reaccionó Gustavo al asesinato de su amigo, pero sin duda le afectó profundamente y es posible que reafirmara su convicción en la lucha que había emprendido. En todo caso, mantuvo siempre vivo su recuerdo pese a que, al igual que la familia del poeta, asumió en silencio su dolor y su memoria. Nunca habló a sus próximos de su muerte ni de las circunstancias del crimen. A Rafael Alberti y María Teresa León el inicio de la guerra les sorprendió en Ibiza, y en ella vivieron aislados y ocultos durante más de tres semanas, hasta que pudieron regresar a la Península tras reconquistar la isla las fuerzas republicanas a principios de agosto.
Los hermanos de Gustavo, Ernesto y Araceli, así como sus familias, permanecieron en Canarias, en zona franquista, donde más que guerra sobrevino la represión que impuso en el archipiélago el éxito inmediato del alzamiento militar. Allí permanecieron el resto de la guerra, discretamente protegidos por la familia de Néstor y Miguel Martín-Fernández de la Torre, integrados en la aparente fidelidad ideológica que exigía el régimen pero siempre temerosos, atentos a la suerte que, a miles de kilómetros y en el bando adversario, corría su querido hermano. Josefina, aún en la Barcelona republicana, aguardaba con idéntica preocupación noticias de las dos Españas, de su familia dividida entre Madrid, Canarias y el frente.
En los intervalos de sus acciones en la sierra, Gustavo comenzó a frecuentar desde su fundación la Alianza de Intelectuales Antifascistas en Defensa de la Cultura, creada el 30 de julio como un ateneo para aportar la divulgación cultural al esfuerzo de guerra. Su primer presidente fue el escritor y traductor Ricardo Baeza, al que pronto le sustituiría José Bergamín. Sin embargo, los auténticos impulsores de la Alianza fueron Rafael Alberti, nombrado secretario de la misma a su regreso de Ibiza, y María Teresa León. Organizaron la mayor parte de sus actividades y actuaron como sus delegados más reconocibles. La Alianza tenía su sede en un palacio incautado al marqués de Heredia-Spínola en el número 7 de la calle Marqués del Duero, una zona neurálgica en el corazón de Madrid, detrás de la actual Casa de América y a un paso de la Puerta de Alcalá.
Se trataba de un caserón amplio y oscuro que María Teresa describió con profusión en Memoria de la melancolía, recordando unos suelos de madera que más que crujir se estremecían al caminar sobre ellos, con salones mal iluminados y muebles antiguos, pesados y nobles, cuyos tonos negros ensombrecían aún más aquel ambiente de mausoleo, de museo decimonónico. Poseía cincuenta habitaciones y una valiosa biblioteca con veinte mil volúmenes. El sótano servía como refugio durante los bombardeos, mientras que las salas más amplias se utilizaban como centro de reunión y recepción durante las visitas de delegaciones oficiales. Los armarios, repletos de un vestuario más propio de aristócratas, se empleaban cuando determinados actos requerían etiqueta. Aquél fue, en definitiva, un espacio de cultura y diversión en un Madrid asediado. Poco importaba que la escasez de la guerra apenas pudiera proveer su despensa. Se sustituía con lo que se podía y con las aportaciones individuales que, de cuando en cuando, algún generoso visitante entregaba.
Su atractivo indudable lo constituía la nómina de intelectuales que formaban parte de la Alianza y que solían reunirse allí frecuentemente: Luis Buñuel, Luis Cernuda, Juan Chabás, Pedro Garfias, Ramón J. Sender, Antonio Aparicio, León Felipe, José Herrera Petere, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Max Aub, Arturo Serrano Plaja, María Zambrano, Rosa Chacel, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Rodolfo Halffter y Gustavo Durán, entre muchos otros.
En su afán por trascender el reducido ámbito del palacete de Marqués del Duero, la Alianza organizaba numerosos actos públicos, la mayoría de ellos en el teatro Español de Madrid, o recorría los frentes con pequeños grupos de delegados culturales. Para tal fin se dotó de cuatro automóviles equipados con radio y megafonía, cada uno de ellos a cargo de Arturo Serrano Plaja, Gabriel García Maroto, Jesús Prados y Juan Chabás. También contó con un camión enviado desde París por Louis Aragon. La Alianza se esforzaba por llevar representaciones de teatro a los cuarteles y al pueblo, evitando el repertorio tradicional de unos escenarios habitualmente frecuentados por sectores sociales mayoritariamente encuadrados en el bando enemigo. Se evitaba lo que entonces se denominaba un «teatro burgués», y para tal fin se creó Nueva Escena, la sección teatral de la Alianza, cuyo protagonismo recayó en María Teresa León, acompañada por un excelente grupo de escenógrafos, Ontañón entre ellos, y de músicos como Rodolfo Halffter, Óscar Esplá, Adolfo Salazar o Enrique Casal Chapí. El área de agitación y propaganda, también dirigida por María Teresa León, intentaba mantener elevada la moral combatiente.
Pocas semanas después de la fundación de la Alianza nació su órgano de expresión, El Mono Azul, una publicación dirigida por Alberti que, según su propia declaración de intenciones, era «una hoja volandera que quiere llevar a los frentes y traer de ellos el sentido claro, vivaz y fuerte de nuestra lucha
antifascista»[80]. De periodicidad semanal, se editó entre agosto de 1936 y febrero de 1939. Figuraban como responsables de la hoja volandera María Teresa León, José Bergamín, Rafael Dieste, Lorenzo Varela, Rafael Alberti, Antonio Luna, Arturo Souto y Vicente Salas Viu. Entre las colaboraciones poéticas de aquel primer número destacaba una extensa composición de José Herrera Petere titulada «El tren blindado», dedicada al convoy en el que combatió Durán:
Curvas de retama y piedra,
altos llanos los de Ávila,
de polvoredas y vientos,
puño cerrado y metralla,
rotos montes en trinchera,
sierras hundidas, cortadas
de terraplenes y túneles,
taludes y obras de fábrica.
Puesta de sol de aviones
queda alumbrando la rampa
que el tren blindado atraviesa,
aire rojo, verdes llamas.
Truena la locomotora,
el cañón en sus entrañas
un huracán de explosiones
barre los montes de Ávila.
A los salones de la Alianza iban no sólo políticos e intelectuales, sino también militares con inquietudes artísticas que valoraban aquel ateneo convertido en auténtica embajada cultural de la República. Modesto, Ciutat de Miguel o el propio Durán, en su doble condición posterior de militar ensalzado y músico, frecuentaron la Alianza. María Teresa nombró en sus memorias a los dos primeros, pero no la presencia asidua del último. Sin embargo, existe un documento que confirma la implicación de Durán con la Alianza desde el mismo momento de su creación. Se trata de su firma en el manifiesto fundacional publicado el 30 de julio de 1936. Se redactó para la ocasión un texto combativo que suscribieron un centenar de intelectuales, entre los que figuraban Ramón Gómez de la Serna, Luis Buñuel, Rosa Chacel, Manuel Altolaguirre, María Zambrano, José Bergamín, Adolfo Salazar, Santiago Ontañón y Luis Cernuda. Gustavo Durán aparecía entre los firmantes como compositor. Decía así:
Se ha producido en toda España una explosión de barbarie en que las
viejas formas de la reacción del pasado han tomado nuevo y más
poderoso empuje, como si alcanzasen una suprema expresión histórica al
integrarse en el fascismo.
Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y
aristocratismo [sic] de casta contra la República democrática, contra el
pueblo, representado por el Gobierno del Frente Popular, ha encontrado
en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos
momentos mortales de nuestra historia, que por su descomposición lenta
venían corrompiendo y envenenando el pueblo en su afán activo de crear
una nueva vida española…
Contra este monstruoso estallido del fascismo, que tan espantosa
evidencia ha logrado ahora en España, nosotros, escritores, artistas,
investigadores científicos, hombres de actividad intelectual, en suma,
agrupados para defender la cultura en todos sus valores nacionales y
universales de tradición y creación constante, declaramos nuestra
identificación plena y activa con el pueblo, que ahora lucha gloriosamente
al lado del Gobierno del Frente Popular, defendiendo los verdaderos
valores de la inteligencia al defender nuestra libertad y dignidad humana,
como siempre hizo, abriendo heroicamente paso, con su independencia, a
la verdadera continuidad de nuestra cultura, que fue popular siempre, y a
todas las posibilidades creadoras de España en el porvenir[81].
La relación de Gustavo con la Alianza, de la que llegó a ser tesorero, persistió en el tiempo, pese a que en los meses finales de la guerra sus responsabilidades militares le obligaron a ausencias prolongadas.
A mediados de agosto, tras la experiencia del tren de Navalperal, recibió órdenes de crear una unidad motorizada. La consigna partió del 5.º Regimiento, la milicia del Partido Comunista. Desde su cuartel general en un convento salesiano de la calle Francos Rodríguez, el 5.º Regimiento prestó una labor esencial en las semanas iniciales de la contienda. Se partía de una organización previa de carácter militar, las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas), muy activas en el asalto al cuartel de la Montaña y en la toma del convento salesiano que sería sede y centro de instrucción. En su patio empedrado se formaron las primeras unidades, pomposamente denominadas Compañías de Acero y compuestas por unos 250 hombres. Su primer comandante fue Enrique Castro Delgado, dirigente histórico que evolucionó en el exilio hacia posturas sumamente críticas con la dirección del PCE. Su primer comisario político, introduciendo por primera vez la figura homóloga del ejército soviético, fue el italiano Vittorio Vidali, más conocido por el seudónimo de Carlos Contreras o comandante Carlos, un italiano enviado por la Tercera Internacional con dilatada experiencia en la organización de formaciones comunistas. Fiel estalinista, Vidali ejerció una poderosa influencia sobre el PCE y su política de guerra, con implicaciones personales en algunos de los episodios más siniestros de la misma, entre ellos el acoso a los trotskistas y a su partido de referencia, el POUM.
Teniendo en cuenta la precariedad de medios y la urgencia defensiva en Madrid, el tiempo de instrucción era muy corto (ocho días luego ampliados a quince), pero se compensaba con una disciplina rígida y una identificación política plena. Su órgano de prensa, Milicia Popular, una de las primeras publicaciones creadas en la guerra, advertía ya en su primera edición, del 26 de julio, de los requisitos necesarios para ser admitido: gozar de buena salud acreditada mediante certificado médico; estar avalado por una organización antifascista, no necesariamente comunista; conocer algo de la vida en la milicia, o deseo de conocerlo, y comprometerse a obedecer una disciplina rígida. La primera Compañía de Acero se formó con obreros metalúrgicos socialistas y comunistas que habían luchado en los primeros combates de Guadarrama. Entró en combate el 5 de agosto en el Alto del León. Le siguieron muchas otras, y de ellas nacerían los nombres más conocidos y elogiados por la propaganda republicana: Líster, Galán, Valentín González el Campesino o Modesto. A ellos se uniría en breve Gustavo Durán.
Apelando a su sentido de la organización, el orden militar que prevalecía en el centro de instrucción debió de impresionarle vivamente. Él mismo estaba convencido de que ése, y solo ése, podía ser el camino de la victoria. No ahondaba en diferencias ideológicas ni en matices políticos a la hora de afrontar la tarea decisiva de la guerra. Quizá comprendió entonces que, pese a los contradictorios y dolorosos sentimientos hacia su padre, se parecía más a él de lo que hubiera creído o querido. De él había adquirido ese sentido de la disciplina y del orden, ese ademán autoritario apenas consciente que entonces brotaba con la naturalidad que exigían las circunstancias. Había descubierto que anidaban en él cualidades de militar, posiblemente no innatas, sino impregnadas en su educación diaria. No le faltaba convicción para ponerlas en práctica. Respecto a la estrategia, la técnica y la táctica militares, sabría ponerse al día. Siempre había sido un autodidacta.
La misión de constituir una brigada motorizada, más que riesgos, entrañaba dos dificultades logísticas: la escasez de motocicletas y la falta de instructores adecuados. El nombre de la unidad sería Batallón Motorizado de Ametralladoras, si bien fue popularmente conocido como Batallón de Hierro. Como cuartel se le asignó un convento requisado, el de las Siervas de María en la plaza de Chamberí número 7, muy cerca de la que había sido vivienda de los Durán en la calle Santa Engracia. Como capitán de cuartel le acompañó Eduardo Giménez de la Espada, dibujante en la vida civil. De la instrucción se encargaron tres oficiales: Mariano Gómez, Manuel Rodríguez y Laureano González.
Durante los primeros días se acondicionaron las instalaciones. A la entrada, lo que había sido la sala de acceso al convento se transformó en el Cuarto de Banderas. En el patio se construyó un pequeño refugio y se habilitaron las zonas privadas para albergar a los milicianos. Se improvisaron un pequeño taller de reparación y una zona techada para cobijar las motos. Al principio, apenas había unas docenas de soldados con formación deficiente y un grupo reducido de motos BSA. El número de milicianos se incrementó con rapidez, atraídos por lo novedoso de la unidad y su carácter de fuerza móvil de combate. Se aceptaba con especial entusiasmo a aquellos que traían consigo su propia motocicleta. Las demás fueron requisadas entre los parques móviles oficiales o incluso entre la población civil. La instrucción era doble e incluía tanto la propia formación militar como la conducción y reparación de motocicletas.
La creación del batallón desde la nada y a contrarreloj requirió esfuerzos ímprobos y una actividad frenética que pusieron a prueba la capacidad de mando del joven comandante Durán. A principios de septiembre pudo formar una primera compañía con un centenar de hombres motorizados, que inmediatamente prestaron servicio como enlaces entre la vanguardia del frente y los puestos de mando en la retaguardia. Al tiempo, se constituyeron tres secciones (asalto, dinamiteros y ametralladoras), acordes con la pretensión de convertir el batallón en unidad de enlace y fuerza de choque. En este sentido, resulta muy elocuente la visita que el comisario político del 5.º Regimiento, Vittorio Vidali, realizó al cuartel del batallón el 18 de septiembre de 1936. Congregados Durán, su Estado Mayor y los hombres disponibles, el comandante Carlos pronunció un discurso en el que recalcó con crudeza el carácter ofensivo de la unidad:
Camaradas: el Batallón de Hierro es, sobre todo, un batallón de
motoristas, pero también puede y debe ser un batallón de infantería,
porque quizá suceda que no siempre tengamos una motocicleta y un fusil
ametrallador para cada ciudadano… Este batallón ha de ser una fuerza de
choque; por eso mismo necesita que sus componentes sean hombres
decididos; resueltos; hombres dispuestos a jugarse la vida en cada
momento. Los que vinieron aquí creyendo que este batallón sólo se
dedicará a establecer enlaces con los frentes están totalmente
equivocados. El Batallón de Hierro tiene como principal misión la de
estar en las primeras líneas de fuego, entendiendo como primera línea la
que está delante de la más avanzada de la infantería, ya que como sabéis,
se trata de entrar con nuestras motocicletas en el campo enemigo… El que
continúe en este batallón ha de ser férreamente disciplinado. Hoy
podemos discutir aquí con el indisciplinado, pero mañana en el frente le
pegaremos un tiro. Hablo de una manera brusca, porque no es la primera
vez que intervengo en estas cosas, porque sé lo que pasa en el frente.
Nuestra disciplina debe ser de hierro, como debe serlo nuestro batallón,
no de plata ni de plomo[82].
Paralelamente, Durán trabajó con similar empeño en que la cultura y la educación formaran parte sustancial de la instrucción del miliciano. Dada la elevada tasa de analfabetismo, la unidad se impuso como objetivo que todos sus hombres supieran leer y escribir, y que tuvieran acceso a actividades culturales con las que combatir el tedio en los momentos de ocio. Se creó una Comisión de Cultura y Trabajo Social al frente del periodista Álvaro Menéndez, redactor de Claridad y uno de los organizadores de la Olimpiada Popular de Barcelona, en estrecha colaboración con el pintor y muralista José Vela Zanetti. Ambos se convertirían en los artífices de la intensa actividad artística y literaria que tuvo como escenario el cuartel, y que sorprendió por sus excelentes resultados a los superiores de Durán.
Todas las semanas se organizaba un festival cultural que incluía la proyección de una película, la mayor parte de ellas de temática política y factura soviética. Se proyectaron, por ejemplo, Octubre y El acorazado Potemkin. Tras la sesión había una charla o conferencia de alguna personalidad artística que Durán convocaba personalmente. Alberti y María Teresa León acudieron con frecuencia a estos encuentros. El acto se completaba con improvisadas actuaciones de folclore popular interpretadas por los propios milicianos. Se invitaba a estas sesiones a representantes de fábricas, hospitales o almacenes «y al final cualquiera de los asistentes puede hacer uso de la palabra. Así han hablado ya algunos obreros, que se han
revelado como excelentes oradores»[83].
Una de las iniciativas con mayor acogida entre los milicianos fue el periódico mural, un panel participativo en el que colaboraban cuantos hombres lo deseaban y en el que confeccionaban dibujos, escribían poemas, dibujaban caricaturas o pegaban recortes de prensa sobre la actualidad política y militar. Se solía exponer en el patio y, debido a la creciente participación, se llegaron a convocar concursos de murales entre las distintas secciones de la unidad. Cuando un redactor de la revista Crónica visitó el batallón en el mes de octubre, le sorprendió su efervescencia cultural y la masiva implicación de los soldados. Sobre los periódicos murales escribió:
Tiene una gran parte gráfica para enseñar por los ojos lo que en
algunos casos es difícil de hacer comprender de otra manera. En el
periódico mural se fija la orden del día. Hay, entre otras cosas, una
sección de caricaturas y otra de versos, como también un buzón en el que
se acogen las ideas y quejas de los milicianos y la colaboración que
envían algunos de ellos[84].
La biblioteca ocupaba un espacio amplio con una sala de lectura. Albergaba mil quinientos títulos donados por editoriales, el Instituto del Libro o la organización Cultura Popular. Incluía además varios diarios y revistas. Entre los libros había varios textos técnicos de estrategia y armamento, así como noventa ejemplares del Manual del motorista, particularmente apreciado.
La escritora María Zambrano también colaboró con Durán en el programa de actividades. La propia Alianza de Intelectuales seguía de cerca su evolución y consideraba al Batallón de Hierro un modelo de integración entre la milicia y la cultura. En el número 2 de El Mono Azul, editado el 3 de septiembre, se escribía al respecto:
En el Batallón de Hierro se está organizando, bajo la responsabilidad
del teniente del mismo y periodista Alonso Menéndez, la Comisión de
Trabajo Social de Cultura. A ésta se ha incorporado nuestra compañera
María Zambrano. Con la colaboración de nuestra librería del Frente
Popular y de otras instituciones, como Cultura Popular o Amigos de la
URSS, se está estableciendo una biblioteca. Inmediatamente se abrirán
dos salas de lectura, una para libros y otra para periódicos y revistas.
También se está creando el periódico mural. En el proyecto de esta
Comisión figura la inmediata realización de festivales periódicos, a base
de guiñol, teatro, recitales de poesía, en los que intervendrán miembros de
esta Alianza, y proyección de películas, que contribuirán a que se
manifieste el magnífico espíritu de este naciente Batallón de Hierro, del
que es comandante nuestro compañero Gustavo Durán[85].
No es de extrañar que, desde los primeros días, el Batallón de Hierro se dotara igualmente de un periódico semanal en papel. Fiel a su objetivo de publicación para la tropa, su contenido era esencialmente informativo y práctico. Pretendía huir de nociones demasiado intelectuales otorgando todo el protagonismo al soldado. Se titulaba Hierro y al frente del mismo aparecen de nuevo Alonso Menéndez, José Vela Zanetti y el dibujante Ramón Peinador. En su primer número, publicado el 24 de septiembre, incluía varias reseñas sin firma de tipo editorial en las que se detecta la opinión de Durán o una línea de pensamiento tutelada por él. Así, en un artículo titulado «Los hombres que precisamos» se afirmaba: «Las fuerzas negras de la Historia: Banca, Iglesia, terratenientes, no han podido conceder el mínimo que la Constitución republicana les pedía para impulsar hacia delante a nuestro país,
para mitigar el hambre de millones de españoles»[86].
A lo largo de sus ediciones semanales, una constante del boletín sería precisamente inculcar en los milicianos su condición de milicia popular, lo que implicaba, según el periódico, no sólo la convicción en la causa por la que combatían sino también la asunción de su pertenencia al pueblo. Exigía por ello respeto y consideración hacia los civiles liberados tras una acción de combate y el mismo comportamiento en el frente que en la retaguardia. Había una especial sensibilidad hacia los campesinos, de quienes se decía en el número 6: «Miliciano, trata bien al campesino… El objetivo por el que con más fe luchas, miliciano, es por la emancipación del campesino. Por conseguirle la tierra que trabaja y asegurarle una vida digna. El miliciano que no respeta un hogar rural es un miserable que sabotea uno de nuestros ideales
más caros»[87].
A mediados de septiembre la unidad estaba plenamente operativa aunque aún no había alcanzado el número de efectivos necesario. No obstante, el cuartel era un modelo de organización eficaz. Sorprende comprobar cómo en un período tan breve se había creado un complejo sistema de intendencia para atender sus necesidades básicas. Existía una sección de alojamiento, encargada de facilitar cama y ropa a los nuevos reclutas, labor en la que colaboró la mujer del doctor Gregorio Marañón con la donación de cien mantas. De la sección de abastecimiento dependía el vital suministro de víveres. Éstos se adquirían con vales y dinero de la unidad, así como con aportaciones voluntarias que hacían los propios soldados, quienes recibían diez pesetas diarias como salario. Según el artículo citado de Crónica, este servicio lograba provisiones bastante variadas y al menos en esos meses la cocina funcionaba a pleno rendimiento: «Dos o tres veces a la semana se hace cocido completo, que se alterna con patatas con carne y arroz con carne. El desayuno es un café con leche y pan. Todos los platos son a repetir, y en todas
las comidas se sirve postre y un vaso de vino por comensal»[88].
Dentro de las instalaciones se ubicaba también un taller de costura atendido por medio centenar de mujeres que confeccionaban y zurcían la ropa de los milicianos, y una peluquería, «servicio gratuito y sin propina», según el reportaje. Por último, contaba con una sección sanitaria dotada de un dispensario equipado con veinticuatro camas, botiquín, farmacia y quirófano. En él trabajaban dos médicos y seis enfermeras.
En el ámbito estrictamente militar, el modesto batallón progresó a brigada motorizada y después a regimiento a medida que aumentaba el número de milicianos. De poco más de 170 hombres a finales de agosto, dos meses
después pasó a contar ya con 800 y con 1200 en noviembre[89]. En agosto se incorporó a la unidad Amado Granel, miliciano de gran capacidad militar que pasó a la historia, años después, como el hombre que liberó París al frente de los combatientes españoles de «la Nueve», la primera unidad aliada que entró en la ciudad el 24 de agosto de 1944. Pronto fue ascendido a alférez y, a partir de enero, sustituyó a Durán como mayor jefe de la brigada.
La unidad entró en combate por primera vez en septiembre, en acciones esporádicas tras las líneas enemigas, aunque en esas primeras semanas su misión más común la constituía la labor de enlace, así como la de escolta de vehículos oficiales y camiones de transporte. A finales de ese mes mantenía enlace permanente a través de varios motoristas con la columna Mangada en la sierra, con la Inspección de Milicias y con los batallones del 5.º Regimiento desplegados en el frente, y había enviado doscientos hombres a reforzar las defensas próximas al río Tajo, al sur de Madrid. Fue precisamente en la provincia de Toledo donde el Batallón de Hierro participó abiertamente en la lucha de los últimos días de septiembre y primeros de octubre.
La vida en el cuartel también deparaba momentos de alegría y ruptura con la disciplina militar, como demuestra un hecho insólito del que Durán fue protagonista por primera y única vez en su vida. El 20 de septiembre contrajeron matrimonio en el cuartel la responsable de limpieza del batallón, Teresa Blanco, y el miliciano Vicente Ballesteros. Durán, en su condición de mayor jefe, ofició y fue testigo del matrimonio en compañía de un nutrido grupo de soldados, quienes presentaron armas y saludaron con el puño en alto. Una escena tan poco común trascendió de los límites del cuartel y varios periódicos, como Ahora, publicaron la noticia.
A medida que el cerco sobre Madrid se intensificó en otoño, las misiones del batallón se multiplicaron y el cuartel de Chamberí se convirtió en un centro de mando tentacular desde el que se enviaban enlaces y refuerzos a la sierra, la Casa de Campo, Toledo, Navalcarnero, Móstoles y Alcorcón. A sus efectivos se habían sumado en octubre dos pequeños coches blindados que actuaban en la primera línea del frente. Para entonces, las acciones del Batallón de Hierro habían recibido numerosas menciones atestiguando el valor de sus milicianos en el combate. Aunque en aquellas semanas Durán seguía figurando oficialmente como responsable de la unidad, en la práctica había abandonado el cuartel días antes. Con la mayor discreción, se había convertido en una de las personas clave en la defensa de la capital junto al hombre que la hizo posible: el general Kléber.