Comandante Durán

Javier Juárez · Capítulo 6 de 25

Páginas del PDF

Comandante Durán

2 El espíritu de un artista

2

 

El espíritu de un artista

 

Un centenar de personas de primer orden trabajando con la ilusión máxima, a alta presión. ¿Qué más puede pedir un país?

 

JOSÉ MORENO VILLA,

Vida en claro. Autobiografía

 

Coincidiendo casi en el tiempo con la llegada de los Durán a Madrid, un profesor malagueño heredero ideológico de la Institución Libre de Enseñanza, Alberto Jiménez Fraud, fundó en la capital la Residencia de Estudiantes. Este hecho, aparentemente alejado de la biografía personal de Gustavo Durán, tendría, sin embargo, una influencia decisiva en su vida. Él nunca se alojó en el palacete neomudéjar de la calle Pinar, pero su evolución posterior sería incomprensible sin sus visitas y sin la amistad de las personas que allí conoció. Aquel foco de juventud y genialidad alumbró la etapa más creativa de su vida, dando satisfacción a sus aspiraciones y permitiendo el contacto con amigos que forjaron su personalidad y orientaron su talento.

Tras concluir sus estudios de derecho en la Universidad de Málaga, Jiménez Fraud entró en contacto con la Institución Libre de Enseñanza fundada por Francisco Giner de los Ríos. La relación profesional con éste y sus métodos laicos dejaron una profunda huella en Jiménez Fraud, quien completó su visión académica con una visita prolongada a Inglaterra entre 1907 y 1909. De ella extrajo un modelo pedagógico a semejanza de los impartidos entonces en Oxford y Cambridge, basados en la estrecha relación entre profesor y alumno. Durante esa etapa en el Reino Unido, y en coordinación con José Castillejo, ayudó a estudiantes españoles a encontrar alojamiento en los centros estudiantiles británicos. Conoció a fondo su funcionamiento y también los internados.

A su regreso decidió poner en práctica un sistema similar construyendo un centro donde los jóvenes estudiantes de fuera de Madrid pudieran alojarse, rodeados del mismo espíritu universitario, entre compañeros de estudios, ejerciendo una tutoría permanente, creando una cadena de instrucción entre la universidad y la propia residencia que permitiera al alumno mantenerse siempre dentro de un ambiente académico. No era su objetivo construir un simple hotel de estudiantes, del que por entonces Madrid carecía y que obligaba a los alumnos a alquilar habitaciones en modestas pensiones, sino inaugurar un centro completo de formación y descanso. Jiménez Fraud proyectó su idea bajo la premisa de que sólo con un cupo reducido de estudiantes podría impartir su modelo.

La primera Residencia de Estudiantes se inauguró el 1 de octubre de 1910, en un caserón en el número 14 de la calle Fortuny de Madrid, y contaba con quince alumnos. Gozó de todas las bendiciones oficiales e incluso del patronazgo real cuando el rey Alfonso XIII visitó las instalaciones y donó una suma importante para su mantenimiento. En pocos meses la residencia adquirió nuevos inmuebles en la misma calle y atendió una demanda creciente de alumnos. Debido al éxito pronto resultó necesario un edificio mayor, diseñado expresamente para dar cabida a las nuevas iniciativas de la residencia.

Se eligió para edificar la nueva sede un promontorio en lo que entonces eran los límites de Madrid en su zona norte, al este de la plaza de San Juan de la Cruz. Fuera de estos terrenos sólo existían el hipódromo, en los terrenos donde posteriormente se construyeron los Nuevos Ministerios, y algunas edificaciones inconexas como el actual Museo de Ciencias Naturales, erigido sobre una ladera para albergar lo que entonces fue el Museo de Industria y de las Bellas Artes. Aquel lugar presentaba entonces un aspecto un tanto inhóspito y desangelado. Se lo conocía como los altos del Hipódromo o el cerro de los Vientos, porque allí el aire acosaba sin descanso, sin vegetación alta o árboles tupidos que lo impidieran.

En 1914 comenzó la construcción de los cinco pabellones previstos, si bien no todos se concluyeron a la vez. A un ritmo sorprendentemente veloz para la época, un año después, a mediados de 1915, se inauguraron los tres primeros, demorándose unos meses más la culminación de los edificios cuarto y quinto.

La nueva Residencia de Estudiantes, la que siempre se identificaría como la única olvidando los inicios de la calle Fortuny, se diseñó según los cánones del estilo neomudéjar, con todas sus fachadas revestidas de ladrillo visto. Los interiores eran, y son, austeros y funcionales, según los gustos personales de Jiménez Fraud y la finalidad con la que había concebido el lugar, sin que ello impidiera dotar a la residencia de modernas instalaciones como el célebre laboratorio de fisiología general que albergaba su sótano, y por el que pasaron algunos de los científicos más brillantes de la época, como Juan Negrín, su director, Severo Ochoa o Francisco Grande Covián, ambos alumnos del primero.

La biblioteca representaba otro aliciente de la institución, con suscripciones a publicaciones periódicas del extranjero que difícilmente se encontraban en otros puntos de la ciudad. Desde un principio, la residencia organizó conferencias para sus alumnos de tal prestigio que no sólo intelectuales españoles, sino también científicos y artistas extranjeros, hallaron eco en sus salones. Entre los primeros cabe citar a Eugenio D’Ors, Ortega y Gasset, Valle-Inclán, Ramiro de Maeztu, los hermanos Manuel y Antonio Machado, el residente Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Gregorio Marañón, Rafael Alberti, Salvador de Madariaga y un larguísimo etcétera. Entre los extranjeros, quizá la más célebre de las intervenciones fue la de Albert Einstein, quien en 1923 pronunció una disertación sobre la teoría de la relatividad traducida simultáneamente del alemán por José Ortega y Gasset. Los escritores H. G. Wells, G. K. Chesterton, Louis Aragon y el economista John M. Keynes también acudieron a la residencia a su paso por Madrid, convertida en los años veinte y principios de los treinta en la principal entidad cultural de la capital.

Otro ejemplo de esta profusión artística es la atención que se prestó a otras disciplinas como la música y el cine, en las que requieren una mención particular los conciertos de Maurice Ravel, Andrés Segovia y Manuel de Falla en 1928 y de Igor Stravinski en 1933, o las sesiones cinematográficas de Luis Buñuel.

Las habitaciones eran individuales las más caras y dobles las más económicas, pero todas ellas sobrias, con los enseres esenciales para el descanso y el estudio: cama, mesa, silla y armario. Jiménez Fraud y su equipo impusieron esa misma austeridad al espíritu del centro, desde un principio marcado por un cierto puritanismo académico, bastante estricto en las normas de convivencia. Estaba prohibido hacer ruido por la noche y no se servía alcohol ni vino en las comidas. El café se había sustituido por el té, una rareza importada desde Inglaterra que fue una de las costumbres más perdurables de la residencia, y que Lorca inmortalizó con ironía años más tarde en uno de sus dibujos de juventud, La desesperación del té (1924). El salón de actos, frecuentado por los estudiantes como centro de reunión, acogía un piano de cola Pleyel que años más tarde Lorca y Gustavo Durán tocaron en las veladas musicales que congregaron a tantos amigos en torno al poeta granadino.

En el exterior se proyectó una zona ajardinada bajo la supervisión del poeta Juan Ramón Jiménez, quien vivió en la residencia hasta su matrimonio con Zenobia Camprubí en 1916. El escritor onubense diseñó una frondosidad casi bucólica gracias a la proliferación de chopos, un seto de boj y unas adelfas. El lugar se prestaba al paseo meditativo o al mero placer de la contemplación, tal y como el director de la residencia deseaba, en un conjunto integral interno y externo pensado para dar satisfacción a las inquietudes intelectuales de sus jóvenes pupilos. Fue la mente lírica de Juan Ramón Jiménez la que, al contemplar el sencillo pero hermoso jardín, rebautizó aquel cerro de los Vientos como la colina de los Chopos.

El deporte, de acuerdo con las doctrinas más modernas, también ocupaba un espacio en el programa formativo, con la práctica de tenis, fútbol y otras actividades a las que Luis Buñuel, por ejemplo, fue tan asiduo. El emblema escogido por Jiménez Fraud como símbolo de la residencia fue el perfil de un busto griego del siglo V a. C. que representaba a un efebo de pelo rizado conocido como «el atleta rubio»; por cierto, de curiosa similitud con el Gustavo Durán adolescente.

El centro albergó un número relativamente reducido de estudiantes: ciento cincuenta. Esta cifra se mantendría estable desde la inauguración hasta el inicio de la Guerra Civil. La residencia o «la Resi», como era conocida por los estudiantes, inició su andadura en 1915 en la colina de los Chopos aunque la burocracia municipal ya hubiera ubicado su dirección en el número 17 de la calle Pinar (hoy el número 21), entonces alejada del Madrid más urbano pero a unos pocos minutos en tranvía de los teatros y las tertulias de café.

José Moreno Villa, responsable junto con Jiménez Fraud de la residencia, apuntó en sus memorias una estampa realmente envidiable de lo que acontecía en el centro:

 

Pienso en mi cuarto, lleno de sol mañanero en un día de domingo. Yo

ponía mis discos de Fox o de zarzuelas antiguas mientras pintaba. La

juventud eterna, los estudiantes, se esparcían por los campos de juego,

cantaban bajo las duchas, tomaban baños de sol en las terrazas o discutían

en sus cuartos. Abajo, en unos bancos, platicaban con Jiménez Fraud,

Ortega y Gasset, don Blas Cabrera, Sacristán, el psiquiatra, y algunos

otros que no eran tan asiduos como éstos… En suma: que Madrid hierve,

que mis amigos quieren superarse. Todo, todo un enjambre… ¡qué

maravilla! Durante veinte años he sentido ese ritmo emulativo y he dicho:

así vale la pena vivir. Un centenar de personas de primer orden trabajando

con la ilusión máxima, a alta presión. ¿Qué más puede pedir un país[4]?

 

Desde su apertura, José Bello Lasierra, un joven aragonés nacido en Huesca en 1904, ocupó una de las habitaciones de la residencia. Su padre, Severino Bello, era un próspero ingeniero inspirado por el mismo celo reformista que compartían Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos, amigos personales suyos. No es de extrañar, pues, que tanto Pepín como sus hermanos Severino y Manuel siguieran los pasos de Jiménez Fraud por Madrid, desde la calle Fortuny a la calle Pinar, habitando las dos ubicaciones de la residencia. Bello estudió medicina y abandonó la residencia en 1924 a causa del traslado de su padre y del resto de la familia a Madrid al ser nombrado director del Canal de Isabel II, haciendo innecesario su alojamiento fuera del hogar familiar. Pese a su prematura separación del centro, la cordialidad y el sentido de la amistad de Pepín Bello calaron hondo en la colonia de residentes, convirtiéndose antes de su marcha en un amigo entrañable de muchos de ellos y en catalizador del grupo que integraron Lorca, Dalí, Buñuel y también Gustavo Durán.

No escribía, no pintaba, no hacía cine ni componía música, pero poseía una imaginación plástica dotada para la abstracción. Dalí y Buñuel conocían bien sus ideas reveladoras, que en ocasiones les inspiraron y reflejaron en sus obras. El pintor catalán le retrató y Buñuel intentó sin éxito que apareciera en Un perro andaluz. Bello era un conversador inteligente y poseía una curiosidad casi infinita. De él escribió José Bergamín en la Gaceta Literaria del 1 de febrero de 1929 que Lorca y Dalí eran «menos originales, menos auténticos, sin duda». Siempre se le consideró merecidamente un artista genial, aunque sin obra. Lorca le tuvo por un amigo leal y cercano, un confidente al que recurrió hasta su muerte. Memoria privilegiada y lúcida de una época irrepetible, Bello sobrevivió a todos sus amigos para aportar el testimonio vivo de su recuerdo hasta su fallecimiento en Madrid a la edad de 103 años en enero de 2008.

Luis Buñuel, también aragonés, nacido en 1900 en Calanda (Teruel), se incorporó a la residencia en 1917, tras concluir el bachillerato en Zaragoza. Su padre había hecho fortuna en Cuba y planeaba para él un futuro como ingeniero. Así fue como el joven Buñuel se matriculó en la facultad de ingenieros agrónomos, pese a que después tomara un rumbo errático, cambiando de estudios e interesándose por la entomología para, finalmente, inscribirse en la facultad de filosofía y letras. Si algo no le generaba dudas en aquellos años de juventud era su pasión por el deporte, que practicaba a primeras horas de la mañana en los jardines de la residencia con voluntad espartana. El boxeo era su disciplina favorita, acorde con su carácter independiente y tenaz, pero le gustaban también el lanzamiento de jabalina o el atletismo. No descuidaba por ello su faceta intelectual y, si bien no terminaba de encajar en las carreras técnicas que emprendía, se sentía plenamente cautivado por las vanguardias artísticas que eclosionaban en Madrid al abrigo de movimientos paralelos en el resto de Europa. Antes de militar en el surrealismo lo hizo en el ultraísmo y admiró a Ramón Gómez de la Serna, por cuyas greguerías sentía una profunda admiración. Buñuel solía acompañarle en sus tertulias nocturnas del café Pombo, a un paso de la Puerta del Sol, todos los sábados por la noche.

En 1919 llegó a Madrid un joven poeta granadino precedido de cierto prestigio local pero todavía poco conocido en la capital. Ya había publicado su primera obra (Impresiones y paisajes, 1918), curiosamente un texto en prosa, y una limitada producción en verso que aún no había visto la luz fuera de los circuitos artísticos de Granada. Federico García Lorca tenía veintiún años cuando se trasladó a Madrid con la intención de proseguir sus estudios paralelos de derecho y filosofía y letras, que había iniciado en la Universidad de Granada. En la capital le aguardan un grupo de ilustres granadinos convencidos de sus posibilidades de éxito literario, y entre éstos Melchor Fernández Almagro destacará en su condición de amigo y cicerone del poeta.

Federico se matriculó en la Universidad Central, si bien su vocación literaria primaba sobre sus obligaciones académicas, y siempre preservó, como Buñuel, Dalí, Pepín Bello o Gustavo Durán, una devota lealtad a la formación autodidacta. Se sintió más cautivado por las tertulias, la lectura, los actos culturales, el teatro, los recitales, el cine, la música o la relación con sus amigos que por las aulas. Madrid le sedujo y ejerció sobre él una atracción deslumbrante. La efervescencia cultural que surgía en la ciudad en los primeros años veinte, donde las vanguardias artísticas rivalizaban por impresionar a sus nuevos adeptos, generó en el poeta una impresión grata de la que nutrió su experiencia literaria y personal. A ello contribuiría de manera notable la Residencia de Estudiantes y el grupo, el numeroso grupo, de amigos e intelectuales que conoció en ella durante aquellos años.

Su primer destino en Madrid fue una pensión de la calle de San Marcos, aunque pronto se trasladó a la residencia. Alquiló un cuarto a razón de siete pesetas al día. Se trataba de una habitación individual en el pabellón conocido como el Trasatlántico, debido a que la barandilla que cubría el balcón se asemejaba a la cubierta de un buque. Era un parecido un tanto forzado al que la imaginación desbordada de los residentes bautizó para siempre con aquel sobrenombre marinero. Meses después, tras conocerle, el poeta Rafael Alberti realizó este retrato magistral y lírico de la monacal habitación de Lorca:

 

Casi una celda, alegre, clara. Cuatro paredes blancas, desprovistas. A

lo más, un dibujillo a línea de Dalí, recién fijado sobre la cama del

residente de aquel cuarto. Porque estamos en la Residencia de

Estudiantes, sobre los altos del Hipódromo madrileño. ¿Una celda? Quizá

más bien una pequeña jaula supensa [sic] de dos adelfas rosadas, abrazada

de dos madreselvas piadosas, vigiladas por largos chopos tembladores,

hundido el ancho pie en el canalillo de Lozoya. Y todo al alcance de la

mano: flor, árbol, cielo, agua, la serranía sola, azul, el Guadarrama ya sin

nieve[5].

 

Durante los siguientes meses Lorca conoció Madrid y Madrid conoció a Lorca. Se introdujo con rapidez en los círculos literarios gracias a su talento, su propia personalidad y sus numerosos amigos. Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Pedro Salinas y Vicente Aleixandre se unieron progresivamente al amplísimo círculo de contactos del poeta. Pero fueron Salvador Dalí y Luis Buñuel, amigos y residentes, sus más próximos compañeros de aquellos años de iniciación. La curiosidad intelectual innata del aragonés se sentía plenamente recompensada por la sensibilidad artística del granadino, quien a menudo le leía sus nuevos poemas en paseos por el campo próximo a la residencia. Buñuel admitió que Lorca le abrió la puerta a un mundo para él bastante desconocido: la poesía española.

En septiembre de 1922 ingresó en la Residencia de Estudiantes otro de sus huéspedes más ilustres, aunque entonces no habían aflorado en su plenitud los rasgos de excentricidad y genio que convirtieron a Salvador Dalí en un pintor tan admirado por su obra como controvertido en su personalidad. Nacido en 1904 en Figueres (Girona), llegó acompañado de su padre, el notario Salvador Dalí Cusí, y de su hermana Ana María. El pintor gerundense contraponía la extravagancia a su natural timidez, y, en consecuencia, el Dalí que accedió a «la resi» a finales del verano de 1922 despertó más extrañeza que afinidad personal. Su introversión dificultaba su relación con los demás, a la que no contribuía su aspecto en apariencia descuidado, pero en realidad profundamente elaborado para ofrecer la imagen de un ser diferente, de un artista original de compleja adscripción en los gustos estéticos de la época. Lucía un pelo largo y lacio, muy alejado de los cánones masculinos, y solía vestir una capa decimonónica oscura complementada con un bastón dorado. Su aspecto parecía extemporáneo en aquel rincón de Madrid que pugnaba por aportar modernidad. Dalí tardó en intimar con el resto de los residentes, y, según la versión más extendida, fue Pepín Bello quien, al pasar un día por la puerta de su habitación, descubrió alguna de sus obras. Inmediatamente le invitó a sumarse a su grupo de amistades. Surgió entonces una relación múltiple en la que Salvador conectó particularmente con Federico, aunque cultivó la amistad de muchos otros residentes y artistas.

Tras ser expulsado durante un año de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, regresó a Madrid en septiembre de 1924. Llegó precedido de cierta notoriedad como extremista político, adscrito a movimientos de corte revolucionario y enorgulleciéndose de su breve paso por la cárcel, donde fue recluido en una redada preventiva efectuada con motivo de una visita del rey Alfonso XIII a Figueres en mayo de 1924. A su vuelta ya era un joven menos tímido, o al menos capaz de disimular su timidez, decidido a triunfar en el mundo del arte. Aprovechó su estancia en Girona para pintar, alternando el cubismo y el realismo antes de dar forma a un estilo más personal y militar plenamente en el surrealismo. Bello y Buñuel estaban allí y pronto reemprendieron la relación con el artista catalán. A su retorno de una estancia temporal en Granada en enero de 1925, Lorca también volvió a ver a su amigo.

El año de la llegada de Dalí a la residencia, 1922, y el de su reencuentro con Lorca en 1925 marcan el período de mayor relación personal entre todos ellos en el entorno de la residencia. A partir de 1925 Buñuel abandonó Madrid para instalarse en París, Lorca seguiría residiendo intermitentemente hasta 1928 pero su presencia sería menor, mientras que Dalí se marchó cuando fue expulsado definitivamente de la Academia de San Fernando en 1926. Aquellos primeros tres años constituyeron el epicentro de su vida en común y de su relación artística y personal. También fueron los años en que Gustavo Durán se incorporó al grupo. Lo hizo a través de su amistad previa con el pintor Néstor Martín-Fernández de la Torre y con su primo Claudio de la Torre.

En esa época Néstor era ya un pintor consagrado, de amplio reconocimiento artístico y notable éxito. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1887, desde niño mostró una clara vocación pictórica. Con apenas doce años, el pintor Eliseo Meifrén y Roig le aceptó como discípulo, y más tarde obtuvo una beca para continuar sus estudios en Madrid. Apenas iniciado el nuevo siglo, Néstor se estableció en la capital y recibió clases del pintor Rafael Hidalgo de Caviedes. Conoció también el Madrid artístico que se daba cita en los cafés frecuentados por Zuloaga o Romero de Torres. El Museo del Prado le sirvió de escuela magistral para aprender y copiar de los grandes maestros. Poco a poco, el pintor canario comenzó a destacar y a lograr que su nombre se hiciera un hueco en los grupos de iniciados y amantes del arte. Su talento fue premiado en varios certámenes y reconocido públicamente pese a su juventud. Su primera etapa madrileña concluyó con un retrato de Alfonso XIII. Decidió entonces continuar su formación en París y Londres, para establecerse posteriormente en Barcelona, donde inauguró su primer estudio de pintura en 1907.

Inicialmente se sintió atraído por el simbolismo, para evolucionar posteriormente hacia el modernismo. Un año después presentó su primera exposición en el Círculo Ecuestre de la Ciudad Condal, con una colección de retratos entre los que destacó el de María Rusiñol, La dama de las rosas, una composición original y provocadora en la que dominaban el color rojo y la combinación de decenas de rosas. En reconocimiento a su labor, fue designado para representar a España en la Exposición Universal de Bruselas de 1910 con la pintura Epitalamio.

Néstor emprendió después una segunda gira por Europa en la que visitó de nuevo París y Londres. En 1914 presentó su primera exposición en la capital, en la sala Lizárraga de la calle Mayor, al tiempo que participaba en una muestra colectiva en la Grafton Gallery de Londres. Meses después recibió el encargo de componer la escenografía y los figurines de El amor brujo de Manuel de Falla, estrenada en 1915 en el teatro Lara de Madrid. Su trabajo recibió el elogio unánime y permitió a Néstor, además de consolidar su carrera artística, acceder al mundo del teatro y de la escenografía. En esa época inició el gran conjunto artístico que se convertiría en su proyecto vital, El poema de los elementos, un retablo donde pretendía integrar su particular visión del mar, la tierra, el fuego y el aire. Sólo concluyó el primero, El poema del Atlántico o Poema del mar, formado por ocho piezas que describen los estados de la mar y los momentos del día (Amanecer, Bajamar, Borrasca, Mar en reposo, Mediodía, Noche, Pleamar y Tarde). En el momento de su muerte dejó inacabado el conjunto del Poema de la tierra, si bien concluyó varias de las obras que lo integraban. Sus otros dos poemas imaginados, los del aire y el fuego, nunca vieron la luz.

En los años veinte se trasladó a Madrid e inauguró un estudio en la calle Alameda, frente al Museo del Prado, que tanto frecuentó años antes y al que regresaría en numerosas ocasiones. Su estudio era un santuario dedicado al gusto más personal del autor, de un estilo barroco y recargado. Le gustaba rodearse de una decoración decimonónica, con encajes y bordados, columnas, cerámicas, bustos y un diván rojo de terciopelo. Las paredes estaban cubiertas de lienzos y dibujos. Ningún espacio libre escapaba al celo decorativo del pintor canario. Los periódicos le elogiaban con insistencia y su figura se hizo asidua en los salones del Madrid más cosmopolita.

Su primo Claudio de la Torre le acompañó en muchas de estas reuniones, adquiriendo en ese momento un renombre similar al de Néstor. Claudio había orientado su talento hacia la literatura y alcanzó un éxito prematuro en novela y teatro. A su regreso de la Universidad de Cambridge, donde había sido lector de español, obtuvo un notable éxito con su conjunto de relatos La huella perdida (1920), si bien el éxito y la popularidad le llegarían tras la publicación de la novela En la vida del señor Alegre, que obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1924.

Ambos frecuentaban la residencia y conocían a muchos de sus huéspedes, siendo Claudio quien mantuvo una relación más fluida con ellos debido a su interés por las vanguardias literarias, que tanto eco tenían entre los residentes. Existen documentos que prueban la amistad de Néstor y Claudio con Lorca, por ejemplo, desde 1923. A ese año pertenece una dedicatoria del poeta granadino al pintor canario, escrita en la primera obra en verso editada de Lorca, el Libro de poemas, y que reza: «Para mi querido amigo el gran Néstor. Con toda mi admiración. Federico, Madrid 1923». Néstor frecuentó también a Luis Buñuel y Salvador Dalí, que en aquellos primeros meses de aprendizaje se reconoció como admirador suyo pese a que su evolución pictórica posterior discurriera por sendas muy dispares.

En ese mismo año tan agitado de 1923 Néstor Martín-Fernández de la Torre inició su relación con Gustavo Durán. El primer encuentro pudo haber tenido lugar en uno de estos tres escenarios: el café Pombo, el hotel Ritz o la Residencia de Estudiantes. Néstor acudió en esos meses al menos a dos citas en el Pombo. La primera, el 13 de febrero de 1923, con ocasión de la celebración del Carnaval, banquete al que también acudieron Luis Buñuel y Ernesto Durán. No hay constancia de que Gustavo estuviera presente, pero es muy probable que así fuera pues solía acompañar a su hermano mayor a las tertulias. La referencia al Ritz como escenario de un primer encuentro entre pintor y músico nos remite a una exposición que tuvo lugar en esas fechas, en las que Néstor participó con algunas cerámicas decoradas por él mismo imitando el estilo oriental. No se puede, por último, obviar la propia residencia, frecuentada por Claudio, en menor medida por Néstor y también por Ernesto y Gustavo. Los dos hermanos ya se movían con asiduidad en esos ambientes artísticos con el mismo ímpetu y similar ilusión a la del grupo de residentes.

En todo caso, el lugar donde ubicar el inicio de la relación de Gustavo con Néstor reviste menos trascendencia que el momento, porque aquel encuentro, y los muchos que siguieron, transformaron su vida. La primera referencia documentada a la relación del pintor con el joven Durán está fechada el 30 de marzo de 1923 y corresponde a un catálogo de su primera exposición en

Madrid, dedicado a Gustavo[6]. Éste aún no había cumplido los diecisiete años, aunque su apariencia física y también su personalidad sugerían una edad superior. Dalí y José Bello eran dos años mayores y Buñuel, seis. Lorca tenía entonces veinticinco años. Néstor representaba una excepción, un artista de una generación precedente, que en 1923, el año en que Gustavo Durán entró en su vida, acababa de cumplir los treinta y seis. Aquél fue también el instante crucial en que el joven estudiante de piano descubrió en la residencia un mundo ajeno a sus preocupaciones familiares y donde tenían cabida la creación artística y la vida sin límites, feliz y despreocupada, entre amigos interesados por las mismas inquietudes.

Al margen de Néstor, durante aquellos primeros meses forjó una relación particularmente estrecha con Luis Buñuel y Federico García Lorca. Respecto de este último se ha dicho que la naturaleza de su amistad fue posiblemente íntima, en alusión a la condición homosexual de Lorca y también, por entonces, de Gustavo Durán. En esos términos se han referido a ella Ian Gibson y Pedro Almeida, los mayores expertos en Federico García Lorca y Néstor Martín-Fernández de la Torre respectivamente. Es cierto que ambos congeniaron desde un primer momento y, con independencia de si compartieron o no su intimidad, no cabe duda de que esa faceta común debió de unirles. La amistad fue inmediata e intensa en esa primera mitad de 1923, al extremo de que el poeta le confiaba a Durán todos sus proyectos artísticos, incluso aquellos sobre los que mantenía una absoluta discreción.

Durante los primeros meses de 1923 Lorca trabajaba en una obra de guiñol en colaboración con Manuel de Falla para su adaptación musical. No se trataba del primer trabajo común en un género que ambos intentaban rescatar de su consideración de arte menor. El 6 de enero de 1923 se celebró una sesión infantil de títeres en la casa de los García Lorca en Granada. El poeta había escrito para la ocasión una pequeña obra de título claramente lorquiano, La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón, y adaptado dos textos, el entremés Los dos habladores y el auto sacramental El Misterio de los Reyes Magos. Manuel de Falla dirigió el acompañamiento musical con interpretaciones de Stravinski, Albéniz, Debussy y Ravel. Todo ello en un ambiente familiar en el que la hermana del poeta, Isabel García Lorca, y su amiga Laura, hija de Fernando de los Ríos, cantaron dos canciones. Aquel marco entrañable convenció a los dos artistas de la necesidad de una colaboración futura de mayores dimensiones.

Falla trabajaba entonces en otra obra de títeres encargada por la princesa de Polignac. Se trataba de El retablo de maese Pedro, que ese mismo año se estrenó con éxito en Sevilla y París. Lorca, mientras tanto, superó sus últimos exámenes pendientes en enero y regresó a Madrid con la licenciatura de derecho en su haber pero sin el menor interés en ejercerla. «A partir de ese momento —diría su hermano Francisco— Federico no volvería jamás a

mencionar su carrera universitaria ni a abrir un libro de derecho[7]». Durante esos meses el poeta empezó a concretar el proyecto comprometido con Falla. La idea era avanzar en una representación para guiñol de la Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita, en cuya modificación trabajaba, y colaborar en una ópera cómica cuyo título iba a ser Lola la comedianta. En aquel momento el poeta mantenía un celoso secretismo sobre su contenido incluso hacia el mismo Falla. Al único que parecía tener al corriente era a Gustavo Durán.

En julio de 1923 Lorca preparaba su regreso estival a Granada. Antes de irse de Madrid intentó despedirse de una de sus amistades, José María Chacón y Calvo, escritor y crítico literario cubano entonces residente en Madrid. Cuando llegó a su domicilio de la calle General Pardiñas estaba ausente. Le escribió una afectuosa nota de despedida que incluía un párrafo final con una descriptiva mención a su relación con el joven compositor: «He venido temprano porque Gustavito Durán no quiere separarse de mí ni medio minuto.

Adiós, cubano; ya sabes cuánto te quiere. Federico»[8]. A ese período corresponde la primera composición musical conocida de Gustavo Durán, El corazón de Hafiz, en referencia al poeta persa del siglo XIV que cantó al amor universal y eterno. Dedicó la obra a Federico García Lorca.

Quizá fuera esta proximidad constante la que suscitó las reservas de algunos conocidos del poeta que veían en Gustavo a un advenedizo, o quizá fuera cierto despecho profesional ante la confianza depositada en él frente al mutismo con el que Lorca silenciaba su nuevo trabajo. Ya era un autor reconocido tras la publicación en 1921 de su primera obra en verso, Libro de poemas, aunque aún estaba lejos de la notoriedad que alcanzaría posteriormente. Una minoría ilustrada le consideraba ya un valor literario firme cuya evolución seguían de cerca. Entre éstos figuraban Ernesto Halffter, el gran músico y discípulo de Falla que entonces intentaba abrirse camino con sus primeras composiciones, y Adolfo Salazar, un excelente crítico musical que fue mentor de toda la generación de compositores que surgió en aquellos años.

Ambos permanecían expectantes ante la nueva colaboración de Lorca y Falla. Por Gustavo, sin embargo, aventajado alumno del conservatorio y discípulo de Joaquín Turina, Salazar no parecía sentir entonces un excesivo aprecio. Lo reflejó sin reparos en una carta enviada el 23 de julio de ese mismo año a Manuel de Falla:

 

Hay un muchachito [Gustavo Durán] con quien ahora está

entusiasmado Federico y que, empeñado en ser compositor modernista,

«liba» por cuantas partituras nuevas salen, y a Ernesto [Halffter] le fusila

hasta los títulos. Por él sé que el gran Federico anda bien, pues parece que

le escribe todos los días… El otro muchacho [Durán], amigo de Federico,

toma lecciones de Turina, pero me temo que esto le termine de

desorientar[9].

 

Los títulos a los que se refiere Salazar son las primeras composiciones para piano de Gustavo, Deux danses pour le piano (Danse giae y Danse joyeuse), ambas influidas por la música de Bartók y Stravinski, por quienes sentía admiración. Pero es cierto que la sonoridad y algún título, como sugiere maliciosamente Salazar, remiten también a Ernesto Halffter, quien en 1922 había estrenado, entre varias obras para piano, la Marche joyeuse. Con independencia del juicio expresado por Salazar, de la carta se deduce la estrecha relación personal que unía a Federico García Lorca y a Gustavo Durán. Existía, según Salazar, una correspondencia «diaria» entre Granada y Madrid, lamentablemente desaparecida o destruida. Nunca se ha hallado referencia de estas cartas y sólo se conservan unas breves tarjetas postales enviadas por Gustavo a Federico en los meses posteriores, actualmente en propiedad de la Fundación García Lorca.

A falta de otra información, debemos guiarnos por la correspondencia cruzada de Adolfo Salazar y Manuel de Falla. El primero vuelve a escribir al compositor el 11 de agosto de 1923, de nuevo a propósito de la falta de noticias sobre el teatro de títeres, y otra vez surge la mención peyorativa hacia Durán: «No he recibido aún noticias de Federico sobre la sorpresa, pero me figuro en qué consiste, por lo que le ha escrito al joven discípulo de

Turina»[10]. Falla reaccionó con cierta sorpresa, que de inmediato trasladó por escrito a Federico. La carta está fechada el 18 de agosto: «¿Escribió usted a Adolfo y a Halffter sobre lo del teatrillo? Salazar me ha escrito que por Durán

sabe de qué se trata»[11]. Finalmente, la ansiada representación de los títeres de Lorca con música de Falla nunca tuvo lugar. El proyecto de colaboración se fue diluyendo entre silencios y retrasos.

Gustavo Durán, entretanto, abandonó Madrid durante el verano de 1923 invitado por el pintor Néstor para pasar una temporada con él en Las Palmas de Gran Canaria. Néstor era homosexual y sin duda se había sentido atraído por el físico y la personalidad de Gustavo. Desconocemos si su relación se inició en los meses previos en Madrid o fue durante aquel viaje a Gran Canaria, pero es un hecho que, durante los siguientes once años, mantuvieron una amistad íntima. Es de suponer que su padre nada supo de la naturaleza de la relación entre ambos en ese momento y que la consintió asumiendo que su hijo era y sería compositor. Su mundo estaba, pues, entre intelectuales y artistas.

Néstor era un hombre amable y generoso, de hábitos sencillos y con un modelo de vida bastante ordenado. No le faltaba dinero con su trabajo y mantenía una intensa actividad social, aunque gustaba más de la discreción y la intimidad de los lienzos en su estudio. La llegada de Gustavo representó sin duda un cambio sustancial para ambos. Su vitalidad y extraversión pronto hicieron mella en el pintor, dejándose contagiar por su ímpetu. Gustavo asumió desde aquel momento, y progresivamente, el papel de amigo, secretario y modelo del pintor.

El viaje en barco desde Cádiz a Canarias tardaba varios días y su precio en primera clase constituía una pequeña fortuna. Néstor costeó los gastos. La ciudad de Las Palmas impresionó al joven músico con su luz y su clima, su barrio antiguo y el exotismo que le proporcionaba su posición estratégica, cruce de rutas navales entre Europa, América y África. Pese a que no quedan testimonios escritos de Gustavo relacionados con ese período, resulta fácil intuir la felicidad que debió de sentir en aquellas semanas de despreocupada liberación. Todas las mañanas recorría la playa de Las Canteras, una deliciosa porción del litoral que baña la ciudad de Las Palmas. Su fisonomía actual poco tiene en común con la despoblada playa que Gustavo conoció por primera vez en 1923, pero sus casetas de bañistas, blancas y azules como lo eran entonces, la brisa siempre limpia del Atlántico y el contorno ligeramente abrupto que la rodea permiten imaginar una estampa similar a la que el joven compositor descubría a diario en aquella primera experiencia de independencia personal.

Si la imaginación era la principal herramienta pictórica de Néstor, no descuidaba por ello la contemplación de la realidad para nutrir su fantasía. Era su pincel simbolista el que luego daba forma a modelos naturales. Aquel verano de 1923 el pintor trabajaba incansablemente en la finalización de El poema del Atlántico, cuya segunda fase había iniciado dos años antes.

Desde la misma playa de Las Canteras, junto a la arena que llegaba hasta la puerta del estudio, el pintor estaba entregado a la investigación plástica. A bordo de una barca observaba el fondo marino con una cubeta de cristal, compraba peces extraños a los pescadores de la zona y los utilizaba como modelos hasta que la podredumbre hacía imposible su uso. En ocasiones, amigos y familiares debían visitarle con un pañuelo en la boca para soportar el mal olor que inundaba el taller. Gustavo le ayudaba en su labor y él mismo posó para una de las ocho piezas que componen El poema del Atlántico. Se trata de Mar en reposo, un bello lienzo en el que dos jóvenes flotan inertes sobre el agua, ofreciendo una total sensación de levedad e ingravidez. Aparecen el uno junto al otro con sus cuerpos desnudos en una composición de colores suaves y luminosos, en ausencia del azul tenue del agua, lo que genera la impresión de suspensión de los cuerpos. Sólo la presencia de tres grandes peces rosados bajo la silueta de ambos ofrece la dimensión espacial del agua. En ese mar ficticio uno de los dos jóvenes centra la atención del cuadro, ocupa toda su visión, con los brazos abiertos y la cabeza ligeramente caída hacia atrás. Mantiene los ojos cerrados y transmite una poderosa sensación de paz, de armonía, en su quietud absoluta. Su rostro se adentra rápidamente en la retina del espectador y desde ahí se inicia el recorrido visual hacia el resto de la obra. Conmueve su expresión y la delicada extensión de su cabello rubio rizado sobre el agua. Aquel cuerpo era la expresión plástica de Gustavo Durán, y la apacible tranquilidad que sugiere, una metáfora simbólica de la muerte que, en opinión de Pedro Almeida, «puede haber encerrado una intención oculta de perpetuar su sentimiento hacia el compositor, dos cuerpos que flotan en las aguas del más allá donde

será el eterno encuentro»[12].

Néstor también se sirvió de Gustavo como modelo para otras obras, tales como los ojos que muestran algunas figuras de los Sátiros del valle de las Hespérides (1923), el majo de Verbena (1929) y el propio retrato inacabado que pintó de Gustavo en 1931, y que actualmente se expone en el Museo Néstor de Las Palmas. Fueron semanas, meses, de intenso trabajo en el estudio y de vida despreocupada en las calles de la capital canaria. Néstor, ya entonces una celebridad local, enseñó a su joven amigo todo lo que la isla ofrecía y que tan bien conocía: su música, sus bailes, su gastronomía, y también la vida ociosa y nocturna en los locales del barrio de Triana. Néstor ejercía de guía y protector, haciendo caso omiso de algunos rumores sobre la naturaleza de la relación entre ambos.

El joven compositor encajó perfectamente en la familia del pintor. A su hermano Miguel, estudiante de arquitectura, ya lo había conocido en Madrid, y para su hermana Sofía, dotada de una bellísima voz, compuso varias canciones que él mismo solía interpretar al piano. En realidad, toda la familia estaba vinculada al arte. La nómina del apellido De la Torre contiene ilustres representantes además del propio Néstor: su hermano Manuel sería un brillante arquitecto; su primo Claudio, ya mencionado, triunfaría en literatura, teatro y cine, y la hermana de este último, Josefina de la Torre, seguiría sus pasos en Madrid como poetisa y actriz, llegando a convertirse en los años cuarenta en la primera intérprete del teatro María Guerrero. A la familia pertenecían también la soprano Lola de la Torre y el barítono Néstor de la Torre, que triunfarían en los teatros de ópera a ambos lados del Atlántico.

Durante esos meses se produjo el cambio de régimen instaurado en septiembre de 1923 tras la proclamación de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, pero desde la lejana Gran Canaria la política en Madrid no parecía tan importante, y menos aún urgente. Con diecisiete años a cumplir en noviembre no existía, quizá ni siquiera latía, la preocupación política y social que posteriormente acompañó al compositor.

Permaneció en Las Palmas hasta principios de 1924, sin apenas contacto con Madrid ni con su familia. Desconocía la nueva crisis que se desató en el hogar de los Durán tras una violenta discusión entre José y Carmen. Ésta acabó marchándose temporalmente junto con su hija Carmela. Quienes sí sabían lo sucedido eran los amigos residentes de Gustavo. José Bello estaba al corriente y se lo había comentado en una carta a Federico García Lorca, entonces en Granada: «El otro día vi a Ernesto Durán y me dijo que Gustavo no viene hasta enero con Néstor. Todavía no sabe nada del lío de su familia, y tú me parece que tampoco: pues el caso es que después de una riña violenta se han separado el padre y la que llamaban tía, ésta se ha ido por un lado con su hija; el padre, con Ernesto y Araceli, se ha ido a vivir a otra casa. Araceli cuando todo este lío (hace ya mes y medio) me hizo su confidente y me contó cosas verdaderamente monstruosas que no son para contarlas en carta; cuando vengas te contaré todo, hay argumento para una docena de novelones como

no tienes idea»[13]. A su regreso a Madrid la crisis familiar había remitido. Carmen y su hija habían vuelto al hogar pero la situación distaba mucho de resultar cómoda, y menos aún para quien había saboreado una independencia breve pero dichosa.

Si 1923 resultó determinante por su amistad con Néstor y Lorca, 1924 constituyó el año de su consagración como músico y el del inicio de otra de sus más estrechas y prolongadas amistades: la que mantuvo con Alberti, aunque entonces se le llamara Rafael, al igual que Lorca simplemente era Federico.

Para entonces, Alberti había decidido ya su vocación por la poesía tras un período en el que había orientado su creatividad hacia la pintura. Cuando llegó a Madrid procedente del Puerto de Santa María (Cádiz) con quince años —había nacido en 1902—, visitó por primera vez el Museo del Prado. Fue un descubrimiento revelador que agitó su inquietud. El mismo instinto artístico heredado de su madre, que de niño y adolescente le hacía pintar caracolas y abstraerse en dibujos de inspiración marinera descuidando sus clases en el colegio jesuita de San Luis Gonzaga, se manifestaba ahora con la convicción del artista que ha hallado su camino. Ese primer Madrid que Alberti conoció someramente en los paseos entre su casa de la calle Lagasca y el museo era el mismo que empezaban a frecuentar Lorca y Buñuel, aunque sus destinos aún tardarían en cruzarse. En una primera etapa, Rafael conoció mejor los alrededores que la propia ciudad. Tras la muerte de su padre en 1920, hizo una breve incursión en el negocio familiar como representante de vinos de la casa Osborne. Visitaba los pueblos próximos a Madrid promocionando degustaciones de jerez que el joven poeta recordaría posteriormente como sus primeras experiencias de ebriedad.

No definió su vocación literaria hasta casi 1922. Una infiltración pulmonar le obligó a una cura de reposo al abrigo de los aires serranos de San Rafael (Segovia) durante varios meses. En ese tiempo se interesó vivamente por la poesía, especialmente por autores contemporáneos como Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Su amigo y pintor Gregorio Prieto le visitaba con asiduidad y le mantenía al corriente de las novedades literarias en la capital. Le enviaba la revista Índices, que publicaba Juan Ramón Jiménez, le mostró la primera obra en verso de Federico García Lorca, Libro de poemas, y le llevaba el boletín Ultra, la hoja ultraísta que impulsaba el activo Guillermo de la Torre. Allí, aislado entre las cumbres de la sierra de Guadarrama, confirmó su devoción por la poesía y escribió sus primeros versos, que verían la luz meses después en Marinero en tierra.

A través del crítico literario Enrique Díez Canedo y de Gregorio Prieto, el encuentro se produjo en octubre de 1924. Lorca invitó a cenar al creador gaditano en la Residencia de Estudiantes y después compartió con él una velada en los jardines, en la que le recitó los primeros versos de «El romance sonámbulo», en el que entonces trabajaba y que posteriormente incluiría en Romancero gitano. Aquélla fue una cita, según Alberti, inolvidable, llena de magia y duende, en la que ambos se descubrieron y admiraron. Desde entonces la amistad les uniría sobre la base de la empatía personal y la creación poética. Lorca y Alberti permanecerían ligados por siempre como poetas y amigos, como artistas con carisma y talento, sin negar por ello cierta rivalidad literaria, en el contexto de una curiosa distribución en dúos de la Generación del 27 que también asoció a Emilio Prados con Manuel Altolaguirre o a Jorge Guillén con Pedro Salinas, evidenciando que, bajo la aparente homogeneidad del grupo, subsistían sensibilidades diversas que, lejos de empobrecerlo, enriquecieron el patrimonio artístico de la llamada Edad de Plata de las letras españolas. A modo de broma, y emulando el símil gitano, Lorca y Alberti se llamaron «primo» el uno al otro. El camino literario de Alberti resultó tan vertiginoso como la amistad iniciada entonces y que pronto se hizo extensiva a otros residentes y amigos de Lorca, entre los que Gustavo Durán adquirió un singular protagonismo.

Éste, durante los primeros meses de 1924, continuó sus estudios de música y contribuyó a la organización del que en ese momento era el gran proyecto pictórico de Néstor: una magna exposición de su obra en el entonces palacio de Bellas Artes, hoy sede de la Biblioteca Nacional. El pintor concibió aquella muestra como su consagración definitiva, considerando que el creciente éxito de los años previos requería un respaldo efectista mediante un gran despliegue en el que el entorno, y no sólo las pinturas, convirtiera la exposición en uno de los grandes acontecimientos culturales de la capital.

Decidido a hacer de la escenografía de la muestra una obra de arte más, convirtió la sala en una cámara oscura —como una gruta, llegó a ser descrita por alguno de los asistentes—, donde los focos centraban la luz exclusivamente sobre los lienzos. El atrezo adicional incluía alfombras, tapices y muebles del estilo favorito de Néstor, muchos de ellos conseguidos entre los anticuarios de Madrid. Para ambientar el motivo marinero de muchos de los cuadros y el origen canario del autor, se respiraba cierto aroma salino seguramente logrado a través de algún perfume. Las gacetas culturales de Madrid, atraídas por una puesta en escena insólita, anunciaron con bastante antelación los preparativos manteniendo a sus lectores informados de los avances. Hasta el catálogo, de cubierta negra con letras doradas, imprimía cierta grandiosidad y misterio. Néstor presentó 57 obras, todas inéditas excepto cinco. Entre ellas figuraba Mar en reposo, con la imagen etérea del cuerpo ingrávido de Gustavo Durán.

Diez años después de su primera exposición en la capital, la muestra pictórica de Néstor se inauguró a las cuatro de la tarde del 20 de marzo de 1924. A la expectación suscitada respondió un numeroso grupo de autoridades. Unos días más tarde, cuando la prensa había recogido con generosa amplitud el eco de la exposición, acudieron el rey Alfonso XIII y, junto con él, un séquito de aristócratas. La acogida general fue positiva y el comentario común celebraba la muestra como un éxito y a su autor como un gran pintor. Varios amigos residentes visitaron el palacio de Bellas Artes y Federico se sintió impresionado por la composición de El poema del Atlántico, al extremo de que escribió un poema dedicado a Néstor con continuas alusiones a la obra:

 

Néstor:

Vinimos muy temprano

a comprarte el amanecer

en el Atlántico.

Tres nos quedamos dormidos

y los otros se marcharon.

Creemos de buena fe

que no te habrás disgustado.

Cuando vinimos, vinimos

por un instante soñando.

Estos versos te lo dicen,

estos versos de verano

hechos de flor de amistad

y de coñac jerezano.

Peces nadan, peces vuelan

por las olas de amaranto.

Las once de la mañana

están repartiendo ramos.

Despierta Néstor, despierta

ya somos tres invitados

que vienen a ver las olas

matizadas del Atlántico.

 

FEDERICO GARCÍA LORCA,

«Poema de saludo a Néstor[14]».

 

Ciertamente, Néstor tenía motivos para celebrar lo que sin duda había sido un triunfo personal que elevó su prestigio y también su cotización como artista. El 4 de abril se organizó un homenaje al pintor en el café Savoia de Madrid al que acudió un grupo íntimo de amigos y pintores, incluidos los hermanos Durán. A finales de junio, Gustavo asistió a otra celebración, ésta en honor de Claudio de la Torre, con motivo de la publicación de su novela En la vida del señor Alegre. La comida se celebró en el restaurante Ideal, en el parque del Retiro, y en ella participaron también Gabriel Miró, Ricardo Baroja, Enrique Díez Canedo, Pedro Salinas, Jorge Guillén y Cipriano de Rivas Cherif.

Tras el verano, posiblemente en Canarias en compañía de Néstor, Gustavo reemprendió en Madrid sus estudios musicales. Se inscribió en séptimo curso de piano y recibió clases del maestro Joaquín Turina. Ese otoño en que cumplió los dieciocho años marcaría igualmente el inicio de su amistad con Rafael Alberti. Desde un principio, poeta y compositor simpatizaron. Rafael era cuatro años mayor, pero la inquietud artística de Gustavo invitaba a compartir con él los poemas ya elaborados que meses después se publicarán en Marinero en tierra. El llanto lírico del hombre de mar desplazado tierra adentro fascinó al músico, implicado en una doble vertiente: la composición de canciones y el descubrimiento del folclore musical autóctono, en línea con la tendencia del momento y plenamente en vigor entre los residentes amantes de la música.

El entusiasmo por esta indagación en los orígenes de la tradición musical española contagió al propio espíritu de la residencia. Allí recalaba con frecuencia el musicólogo Eduardo Martínez Torner, recopilador del folclore regional y autor de Cuarenta canciones españolas, editado por la propia residencia en 1924. La influencia de Ramón Menéndez Pidal y de otros autores en su afán por desenterrar del olvido tal patrimonio cultural aportó novedosas y lúcidas visiones en reivindicación de un género habitualmente relegado. El propio Falla fue un gran estudioso de la música popular, y esta pasión se convirtió en uno de los elementos comunes sobre los que asentó su amistad con Lorca desde que se conocieran en Granada en 1920.

Para el poeta, la música había sido el medio por el que había canalizado sus primeras expresiones creativas, como para Alberti lo fue la pintura. A ello habían contribuido sus estudios de piano y la afición que imperaba en su propio hogar familiar, incluidas las canciones de la vega granadina que tarareaban las sirvientas de la casa y que tanto influyeron en la forja de su mundo interior de mitos populares.

Lorca protagonizó numerosas veladas sentado al piano de cola del salón de actos de la residencia, interpretando canciones regionales, temas del refranero y música clásica más convencional. Eran ejercicios de divertimento en que brillaba el genio lorquiano seducido por la letra y la música, pero representaban también juegos de erudición en que se ponía a prueba la destreza del oyente para adivinar la procedencia de tal copla o canción.

Gustavo y los hermanos Halffter, los compositores Rodolfo y Ernesto, participaron en varias de aquellas veladas como acompañantes, espectadores y también intérpretes al piano. Los recitales llegaban a alcanzar elevados niveles de calidad artística, y en ocasiones se invitaba expresamente a algún músico o a alguna bailarina a participar en ellos.

Jesús Bal y Gay, residente y músico gallego, recordaría años después la fascinación que sobre ellos ejercían aquellos momentos, a la caída de la tarde o después de la cena. Rememoraría, por ejemplo, a Durán tocando sus propias composiciones, o al poeta y también músico Gerardo Diego interpretando habitualmente a Schubert: «Algunas tardes venían a vernos Gerardo Diego, o Gustavo Durán, o Rodolfo Halffter, o Rafael Alberti, o Federico García Lorca, o Adolfo Salazar o Tatiana Enco. En tales ocasiones, el repertorio se ampliaba con el concurso de los visitantes, y era Diego el que nos hacía saborear una sonata de Schubert, o Halffter y Durán que nos hacían oír algo que estaban componiendo o Tatiana Enco que tocaba algo de Ernesto Halffter

o de Poulenc, o Federico, que improvisaba con su humor inigualable»[15].

Alberti también recordaría haber presenciado «graciosos desafíos —o, más bien, exámenes— folclóricos entre Lorca, Ernesto Halffter, Gustavo Durán, muy jóvenes entonces, y algunos residentes ya iniciados en nuestros

cancioneros»[16]. No resulta arriesgado imaginar a Gustavo, aún casi adolescente pero de una precocidad musical e intelectual manifiesta, sentado al piano en compañía de Lorca bajo la atenta mirada de Alberti, Buñuel, Bello o Dalí, e igualmente intuir que aquellas tardes musicales debían de representar para él, al igual que para el resto, auténticas experiencias de amistad y de exaltación artística.

En el ámbito de la música culta, a Gustavo y Federico les fascinaba Stravinski y su obra El pájaro de fuego, así como Mozart y Bach. Respecto a la popular, visitaron en una ocasión al padre Donostia, músico y folclorista vasco que en aquellos años realizaba su labor investigadora en Madrid, y en su presencia interpretaron varias piezas del compositor francés Erik Satie. Poco después, ambos, en compañía de Luis Cernuda y Rafael Alberti, compraron un ejemplar del Cancionero de palacio en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se trata de una obra erudita, también conocida como el Cancionero de Barbieri, que recoge numerosas canciones del Renacimiento español. Conocían también el Cancionero de Upsala, una pieza exclusiva y que en la época constituía toda una rareza, recopilada por el diplomático y musicólogo malagueño Rafael Mitjana y que contenía medio centenar de villancicos españoles del siglo XVI. Disfrutaban su pasión por la música en todas sus variantes, y entre sus amigos de los años veinte, Gustavo constituyó para Lorca posiblemente el más próximo a sus aficiones musicales.

A ese período, principios de 1925, corresponde también la primera interpretación en público de una composición del joven Durán. Quizá fuera por inseguridad o por pudor dada su corta edad, pero, curiosamente, figuraba en el programa con el seudónimo artístico de Gustavo de Orión. El recital tuvo lugar el 10 de enero de 1925 en el teatro de la Comedia. Al piano, interpretó un extenso repertorio Nicolás Kopeikin. Al día siguiente, el diario El Liberal escribía una crónica positiva y generosa, sin firma pero seguramente inspirada por una mano amiga conocedora de la auténtica identidad del compositor: «En la tercera parte del programa se aplaudió mucho una “Toccata” de Gustavo de Orión. Tras este nombre, por una de esas intuiciones que se nos susurran al oído, adivinamos a un joven compositor de delicado temperamento y de vasta cultura. Su obra —la primera que oímos en público— está orientada hacia el delicioso mundo de los clavecinistas, y si por su orientación es clásica, por cierto matiz finísimo de intención cabe se la considere moderna. Buena promesa para un futuro no lejano, aplaudimos la

obra del joven compositor con sincera simpatía. D»[17].

Durante la Semana Santa de 1925 Gustavo se trasladó a Sevilla en compañía de Néstor. Allí les aguardaba el primo de éste, Claudio de la Torre, quien trabajaba en su obra Tic-tac. Claudio había ganado el año anterior el Premio Nacional de Literatura en su modalidad de prosa con la novela En la vida del señor Alegre, y ahora animaba a Alberti a que agrupara sus poemas de Marinero en tierra y los presentara al certamen. Éste se resistió inicialmente, dada su nula producción poética publicada al margen de las revistas literarias y su todavía escaso eco en la comunidad literaria, pero la insistencia del canario venció finalmente su escepticismo. Alberti presentó el poemario ante un jurado integrado por José Moreno Villa, Antonio Machado, Gabriel Miró y Menéndez Pidal. Contra su propio pronóstico obtuvo el galardón, el Premio Nacional de Literatura en poesía 1924-1925, decisivo en su promoción literaria pero, sobre todo, un estímulo para su paupérrima economía personal. Alberti compartió el premio ex aequo con Gerardo Diego por su obra Versos humanos. El gaditano cobró cinco mil pesetas y el santanderino, tres mil.

Alberti se enteró de la noticia en el pueblo de Rute, en plena serranía cordobesa, en el que vivía su hermana María, y donde se recuperaba de una nueva dolencia respiratoria. A su regreso apenas dio crédito a su triunfo, entusiasmado por la concesión del premio y embriagado con sueños de gloria literaria. Una de sus primeras visitas fue a Juan Ramón Jiménez, quien siempre profesó hacia Alberti predilección literaria y un gran afecto personal, lo que suponía una consideración nada habitual en el genial y ácido onubense. Tras leer el manuscrito publicó algunos de los versos de Marinero en tierra en su revista Sí, que editaba con el sobrenombre de «el andaluz universal». Le escribió a continuación una hermosa carta de felicitación que Alberti incluyó en varias ediciones posteriores de la obra. Ésta incluía un poema, «Pirata», dedicado a Gustavo Durán:

 

PIRATA

A Gustavo Durán

 

Pirata de mar y cielo,

si no fui ya, lo seré.

 

Si no robé la aurora de los mares,

si no la robé,

ya la robaré.

 

Pirata de cielo y mar,

sobre un cazatorpederos,

con seis fuertes marineros,

alternos, de tres en tres.

 

Si no robé la aurora de los cielos,

si no la robé,

ya la robaré.

 

El Premio Nacional no incluía la publicación de la obra y no le resultó sencillo encontrar editor. Finalmente, José Ruiz Castillo, propietario de la editorial Biblioteca Nueva, asumió la edición pese a que en un primer momento intentó que el autor costease los gastos parciales de la misma. Alberti recurrió entonces a varios amigos para enriquecer la edición. Al pintor Daniel Vázquez Díaz le encargó un retrato lineal, que ilustró la portada de la obra. A sus tres amigos compositores, Gustavo Durán, Ernesto Halffter y Rodolfo Halffter, les pidió que hicieran una canción inspirada en uno de los poemas. Ernesto creó los acordes para «La corza blanca», Rodolfo puso música a «Cinema» y Gustavo escogió «Salinero»:

Dedicatoria autógrafa de Gustavo Durán a Manuel de Falla en la pieza musical «Salinero», compuesta para el poema del mismo nombre de Rafael Alberti. Incluido en Marinero en tierra, Biblioteca Nueva, Madrid, 1925. (Imagen cedida por el Archivo Manuel de Falla, Granada).

 

SALINERO

… Y ya estarán los esteros

rezumando azul de mar.

¡Dejadme ser, salineros,

granito del salinar!

 

¡Qué bien, a la madrugada,

correr en las vagonetas

llenas de nieve salada,

hacia las blancas casetas!

 

¡Dejo de ser marinero,

madre, por ser salinero!

 

Gustavo compuso la música de «Salinero» en julio de 1925. Se trata de su quinta pieza conocida. El libro apareció en otoño con las tres versiones musicales, el dibujo de Vázquez Díez y la carta a modo de introducción de Juan Ramón Jiménez. Una franja amarilla sobre la portada anunciaba llamativamente «Premio Nacional de Literatura 1924-1925». Alberti recordaría en sus memorias con agradecimiento aquella primera adaptación musical de sus poemas: «Entretanto, tres jóvenes compositores —Gustavo Durán, Rodolfo y Ernesto Halffter—, entusiasmados con el corte rítmico, melódico de mis canciones, pusieron música a tres de ellas. De ese trío, la de Ernesto, maravillosa —“La corza blanca”—, consiguió, a poco de publicada, una resonancia mundial. Las otras dos —“Cinema” y “Salinero”— eran bellas

también y se han cantado mucho»[18].

Aquéllos fueron meses de intensa actividad para el joven compositor, que veía prosperar su incipiente carrera rodeado de amigos artistas en los que ya resultaba fácil intuir el éxito. Pese a su temprana edad, creía firmemente en sus posibilidades como músico, y entre la riqueza excepcional que se dio cita aquellos años en torno a la residencia procuró también la amistad y el contacto con otros compositores. Trató con frecuencia a los hermanos Halffter y, como hemos visto, compartió con ellos algún proyecto —el caso de Marinero en tierra y otras iniciativas que desarrollarían en el futuro—. Es muy probable que también visitara la vivienda de éstos en la calle Hermanos Madrazo de Madrid, foco de tertulia musical y literaria al que asistían con asiduidad el crítico musical Adolfo Salazar, el compositor Juan José Mantecón, el dramaturgo Eduardo Marquina, Lorca y Alberti, entre otros. Conocía igualmente al músico Óscar Esplá, perteneciente por edad a una generación anterior, pero estrechamente vinculado a la residencia y al grupo musical que se desarrolló en aquellos años.

La correspondencia posterior de Durán confirma que intimó con muchos de los músicos del momento, que pocos años después integrarían la llamada «generación de la República» o «Grupo de los Ocho», bajo cuyo nombre se asoció a Salvador Bacarisse, Julián Bautista, Rosita García Ascot, Ernesto Halffter, Rodolfo Halffter, Juan José Mantecón, Gustavo Pittaluga y Fernando Remacha. Aunque sus carreras individuales ya habían adquirido cierta notoriedad, su presentación oficial como colectivo de afinidades musicales comunes tuvo lugar el 29 de noviembre de 1930 en la Residencia de Estudiantes. El sencillo acto consistió en una conferencia inaugural de Pittaluga y en un recital de piano de Rosa García Ascot.

Fueron años dichosos e irrepetibles en que la amistad se fundía con la creatividad. José Bello ideó en esa época una novela con las respuestas a las cartas que remitía a sus amigos. Lorca, Gustavo y Buñuel fueron algunos de los receptores. Pero, para desdicha del bueno de Pepín, ninguno de ellos conservó la correspondencia. El poeta Emilio Prados rememoraría años más tarde sus paseos con Gustavo por el viejo Madrid, aunque en aquel período ya expresaba en su correspondencia la amistad que les unía. En 1925 Prados había abandonado la residencia para establecerse en su Málaga natal, donde, junto con Manuel Altolaguirre, fundó la prestigiosa revista Litoral y la editorial Sur. En una carta enviada a Pepín Bello en septiembre de ese año, Prados se despide con una alusión a Gustavo al final de unos versos inacabados, confusos, que hacen referencia a una broma extendida entre los residentes sobre Ángel Llorca García, un interno de mayor edad que al ir a dormir se quitaba su ojo de cristal y tosía abruptamente. Emilio y otros amigos bromeaban comparando aquellas toses con los ladridos de un perro, e incluso escribieron una cancioncilla que decía: «A las once de la noche, once ladridos se oían; era el perro de Angelito, que en la cama se metía». En la citada carta, Prados se despide de Bello con una alteración de estos versos y el nombre de Gustavo Durán, quizá como autor de los mismos:

 

¡¡¡Tres acordes!!!

A las doce de la noche…

Y era el perro de Angelito…

Y absorbiendo el rico néctar…

¡¡¡Tres acordes

Gustavo Durán!!![19]

 

Emilio Prados también editó en el número 2 de la revista Litoral la cuarta obra conocida de Durán, Seguidillas de la noche de San Juan, compuesta en 1925 sobre letra de Lope de Vega y cuya partitura original ha desaparecido.

La correspondencia cruzada de Bello y Lorca permite deducir que éste seguía manteniendo intercambio epistolar con Gustavo en esas fechas. El 1 de octubre de 1925 Lorca escribió desde Granada una carta al domicilio de Pepín en el número 39 de la calle Martínez Campos de Madrid. Le pregunta por un accidente sufrido por su hermano Manuel Bello, que le preocupa y del que apenas tiene información. La respuesta tarda en llegar. Finalmente, unos días más tarde vuelve a escribir una tarjeta postal reprochándole en un tono irónico la falta de noticias. Tampoco Gustavo le ha ofrecido detalles de lo sucedido:

 

Apreciable amigo: Ya no espero nada de usted ni falta que me hace.

Tengo también mi orgullo. He pasado verdadera inquietud por su

hermano Manolo y por sus exámenes. Dentro de poco voy a Madrid y

espero no verle naturalmente. Mi hermano [Francisco García Lorca] está

disgustadísimo con Filín [Severino Bello Lasierra, uno de los hermanos

de Pepín] pues escribió y no le ha contestado preguntándole cosas

importantes de su ida a Inglaterra.

Yo cruz y cuadro. Él irá a Madrid dentro de dos días y no irá tampoco

a verles a ustedes. ¡Parece mentira! Gustavo [Durán] me dice que usted

me contará el accidente de Manolo. ¿Es que no puede saberse? ¡Vete a la

mierda! Federico[20].

 

El forzado malestar de Lorca no hizo en absoluto mella en su amistad, ni con Gustavo ni con Bello. Apenas unas semanas después, el poeta realizó un viaje a Jaén en compañía de otros tres amigos comunes: José Antonio Segura, Alfonso García Valdecasas y Miguel Pizarro Zambrano. El 24 de noviembre remitieron una tarjeta conjunta a Bello desde Jaén, y en ella bromeaban con la calidad de las personas que conocieron en la ciudad: artistas, intelectuales, etc. «Yo no me reúno con gentuza», llegaría a decir con ironía en el texto José Antonio Segura.

La respuesta, inmediata y en el mismo estilo burlesco, la firmaron también colectivamente Pepín Bello, Gustavo Durán y un tercer amigo, José García Rodríguez. La tarjeta representaba una imagen del cuadro La Piedad de Van der Weyden, del Museo del Prado, y fue enviada a Jaén sin fecha concreta en noviembre de 1925:

 

Querido Federico: si tú no te reúnes con gentuza, yo sí. Aquí estoy

con Gustavo y Pepito García. ¿Cuándo me contestarás cumplidamente a

mi «cartón»? Estuvimos con el caballero Paquito [Francisco García

Lorca]. Adiós, un gran abrazo. Pepín.

 

Querido Federico, si no te reúnes con gentuza, yo sí. Aquí estoy con

Pepín y Pepito García. Dentro de poco contestaré a tu «cartón».

Estuvimos con el gran caballero Paquito. Adiós, un gran abrazo de

Gustavo.

PS: Pepín es un sinvergüenza.

 

Querido Federico: si tú no te reúnes con gentuza, yo sí. Aquí estoy

con Gustavo y Pepín. Ya no cabe más. Un gran abrazo de Pepito[21].

 

Salvador Dalí es otro de los residentes que en aquellos años dejó testimonio de su relación con Durán, especialmente estrecha en esos meses finales de 1925 y principios de 1926. En una carta enviada también a Bello el 18 de diciembre de 1925, titulada «Astronomía versus putrefacción», el pintor, a modo de despedida, escribe con su inigualable ortografía:

«Recuerdos a Gustavo Durán i tu un gran abrazo de tu alDi alvaSdor»[22]. Unos días antes le había regalado a Durán, y dedicado con su firma, un catálogo de su primera exposición, celebrada entre el 14 y el 27 de noviembre de 1925 en la Galería Dalmau de Barcelona. En la dedicatoria escribió: «Para

Gustavo Durán. Con toda la amistad. Salvador Dalí. 1925»[23].

En noviembre, los hermanos Halffter y Gustavo enviaron un ejemplar de la primera edición de Marinero en tierra a Manuel de Falla con los tres poemas musicados y la correspondiente dedicatoria. La de Durán, breve, decía: «A Don Manuel de Falla respetuosamente. Gustavo Durán. Noviembre

de 1925»[24].

El día 27 de ese mismo mes de noviembre, Alberti viajó por segunda vez a Rute, en la provincia de Córdoba, a pasar las Navidades con su hermana. Allí escribiría algunos poemas y seis relatos breves que permanecerían inéditos durante décadas. Fueron descubiertos por su sobrina María y editados por primera vez en 1977, en un libro recopilatorio de su obra en la sierra cordobesa titulado Cuaderno de Rute. El libro incluyó una serie de cartas que Alberti escribió en esas semanas, y en las que menciona con frecuencia a Durán. Por ejemplo, en una carta enviada a Lorca el 1 de diciembre de 1925 en la que le dice: «Con muchísima alegría, recibí, en Madrid tu carta. Me la

entregó Gustavo»[25]. En una segunda misiva a Federico recuerda sus últimos días en Madrid: «Últimamente, en Madrid, nos reíamos mucho. Pepín, el gran proxeneta, Gustavo y yo íbamos por la mañana a La Granja. Pepín, entre otras muchas atrocidades, blasfemaba. Le ha escrito una carta al Papa pidiéndole la

excomunión. Lo pasábamos muy bien. Te recordábamos siempre»[26]. Existe otra referencia a Gustavo en la correspondencia de Alberti con Lorca, cuando también desde Rute le informa de que «mañana le enviaré a Gustavo un Marinero [un ejemplar del libro] para que se lo envíe a Paquito [Francisco

García Lorca]»[27]. Poco después escribe a Claudio de la Torre: «Siento la mar no tener aquí ejemplares del Marinero para enviarte uno. Que te lo

preste, por ahora, Gustavo»[28]. Con Pepín Bello bromea respecto a la pereza de responder a la correspondencia recibida: «Gustavo, también bastante

dejado de la mano insepulta de Mahoma, me escribió ayer»[29].

Cuando escribe al propio Durán mezcla ese mismo tono bromista con la explicación de sus experiencias esotéricas en el municipio de Iznájar. Le pide además que le mantenga informado de las críticas aparecidas sobre Marinero en tierra:

 

Queridísimo Gustavo. ¿Quién es el autor del «virulento engendro»

que me mandaste dentro de tu última carta? S. de R. no sé quién es. Claro

que se trata de un hijo de puta. ¡Naturalmente! No digo más. Me callo.

¿Para qué hablar de semejante lío?

Gustavo: ¿quieres hablar con el espíritu de Fátima? Simeón el adivino,

mi gran amigo, es íntimo amigo suyo. Te llevará a las 12 de la noche, a la

punta del monte de Las Cruces. Allí encenderá una vela, compuesta de

cera virgen y semen masculino; gritará, se pondrá pálido, rechinará los

dientes y, al fin, después de un horripilante zapateado, ya consumida la

luz, el espíritu de Fátima se te posará sobre el hombro izquierdo. ¡Qué

maravilla! ¡Si vieras con qué convencimiento habla Simeón de estas

visiones suyas! Es extraordinario.

Hace unos días estuve en Iznájar, pueblo de espiritistas, criminales,

suicidas y descreídos. Es imponente. Está, con su precioso castillo árabe,

en la cumbre de un precipicio comido de pitas y chumberas. ¡Qué frío,

allá en lo alto!

… Gustavo, ya de noche, muerto de miedo, volví a Rute. Y,

naturalmente, no pude coger el sueño.

Cuando vaya a Madrid, te contaré muchas más cosas interesantes. Por favor ¿quieres preguntar en los kioscos de periódicos por una

revista que creo se llama El Estudiante? Según me escribe Dámaso

Alonso, en el número de este domingo —mañana— hablará, uno de los

redactores, del Marinero en tierra. ¿Quieres, si se ocupa de mí,

comprarme dos números? (Se te avanzará, no lo dudes).

Adiós Gustavo, que me escribas pronto. Un fuerte abrazo de

Rafael[30].

 

A comienzos de 1926 Durán parecía plenamente consciente de sus capacidades como artista y formó parte de algunas de las iniciativas culturales más importantes de aquellos meses. Una fecha señalada de aquel año es el 25 de abril. Ese día se realizó un recital con motivo de la exposición del pintor belga Pierre Flouquet en el número 9 de la calle Villalar de Madrid. Se interpretó música del siglo XVI y también, buscando el equilibrio entre la tradición y la modernidad, de Durey, Ravel y Debussy. Entre otras obras se escucharon por primera vez en público las tres canciones compuestas para Marinero en tierra, incluida «Salinero». Gustavo Durán fue el intérprete al piano de todas las piezas. El concierto constituyó un éxito. Al día siguiente, el crítico Adolfo Salazar, dejando a un lado su habitual favoritismo hacia Ernesto Halffter, elogió por igual todas las obras. Escribía en su crónica en el diario El Sol: «El acto musical comenzó con tres canciones del siglo XV, de Narváez, Escobar y Fuenllana… cantadas con simpática voz y estilo por Alberto Anabitarte y acompañado [al piano] con gran sentido y conocimiento

de causa por Durán»[31].

Ese mismo mes asistió al acto fundacional para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora. A juicio de muchos de aquellos poetas, Góngora, el gran maestro del Barroco español, había sido injustamente tratado por la crítica del siglo XIX, y temían que la efeméride prevista para el año siguiente no reconociera debidamente su lugar de honor en las letras españolas. La idea nació en un café madrileño de modo improvisado, en una reunión en abril de 1926 a la que asistieron Rafael Alberti, Pedro Salinas, Melchor Fernández Almagro y Gerardo Diego. Surgió de aquel encuentro la convocatoria de una asamblea de escritores y artistas para organizar diversos homenajes. A este segundo cónclave gongorino asistieron, además de los autores presentes en la primera reunión, Federico García Lorca, José Moreno Villa, José Bergamín, José María Hinojosa, Dámaso Alonso, Antonio Marichalar y Gustavo Durán. Se decidió distribuir la obra del autor a fin de publicar ediciones conmemorativas de su producción completa. Así, por ejemplo, se asignó Soledades a Dámaso Alonso, Sonetos a Pedro Salinas y la Antología en honor a Góngora a Gerardo Diego. Muchos de estos proyectos no se publicaron, pero se cumplió con el tributo al gran poeta barroco en sendos actos en Sevilla en diciembre de 1927, que se han considerado como el punto de partida oficial de la generación que lleva su nombre.

En esas mismas fechas, mayo de 1926, Durán tomó parte en una de las experiencias más extravagantes y efímeras del momento: su inclusión en el llamado «grupo SIC», una «sociedad secreta», como la definió uno de sus impulsores en un alarde de ironía y grandilocuencia que no se correspondía en absoluto con los fines para los que se constituyó. SIC pretendía difundir el arte y promocionar las corrientes de vanguardia, aunque no logró ninguno de sus dos objetivos debido a su brevísima existencia. No obstante, la nómina de fundadores era ciertamente prodigiosa; de ella formaban parte Manuel Abril, Cipriano de Rivas Cherif, Gustavo Durán, Claudio de la Torre, Adolfo Salazar, Federico García Lorca o Melchor Fernández Almagro.

Se ha atribuido a este grupo la organización de los actos con motivo de la exposición de Pierre Flouquet previamente citada, que concluyó con un último concierto el día 2 de mayo. De nuevo Durán actuó como intérprete principal al piano, tocando piezas de Francis Poulenc y tres canciones basadas en letras de Jean Cocteau. Cantó, al igual que en la primera jornada, Alberto Anabitarte. Cipriano de Rivas Cherif recitó poemas de Josefina de la Torre y de Mariano Brull, precedido de un comentario de Adolfo Salazar. Sería el mismo Rivas Cherif quien dos días después publicaría en El Heraldo de Madrid el manifiesto fundacional del grupo SIC: «Sepan cuantos nos preguntan acerca de Sic y su constitución social que se trata, según nuestras noticias, de una sociedad secreta para difusión pública y aventurada de la literatura, el arte y la música modernas. Sic no confiere talento, imprime

carácter»[32].

Además de sus composiciones y conciertos, Durán realizó en esos meses una primera incursión en la crítica musical. Eligió para su primer trabajo a uno de sus autores predilectos, Igor Stravinski. Firmó en junio un extenso artículo titulado «La Sonata para piano de Igor Stravinsky» que aparecerá posteriormente en la revista Horizontes. Quizá le animara a ello una crónica de Joaquín Turina aparecida en febrero en la prensa francesa, en la que incluía a Durán como uno de los representantes más destacados de la música española del momento, junto con Ernesto Halffter —a quien situaba a la cabeza del grupo—, Salazar y Juan José Mantecón.

Pero no sólo la música ocupaba sus inquietudes personales. Durante esos años adquirió reputación de joven frívolo y amante de la diversión. Su vida constituía un ejercicio constante de actos sociales, ya fueran éstos conciertos, tertulias o reuniones. Gustavo disfrutaba de una vida intensa, en la que sólo la situación familiar representaba una preocupación constante, apenas atenuada por las temporadas de cierta tranquilidad en el hogar.

En 1925 su hermano Ernesto se había licenciado brillantemente como ingeniero sin abandonar por ello su afición por el teatro y el arte. El padre había pactado su matrimonio con Antonia Romero, la hija de su socio de antaño, Eustaquio Romero, en el negocio familiar de la calle Barquillo. Su autoridad indiscutida se impuso sobre la voluntad del hijo mayor, que aceptó, como aceptó Antonia, la conveniencia de un matrimonio por interés. Los Durán Romero se establecieron en una vivienda del número 25 de la calle Atocha, donde Ernesto desarrolló una exitosa carrera profesional, primero ligado al comercio familiar y después como ingeniero. A su segundo hijo le llamó Gustavo, en recuerdo de su hermano, como también hizo su tía Marina; el nombre quedó inevitablemente asociado al apellido Durán.

José Durán Labad, entretanto, mudó reiteradamente de domicilio, de la calle Mayor a San Bernardo, de ésta al número 100 de la calle Santa Engracia y luego al 8 de José Marañón, para fijar años después su última residencia en el número 5 de Alberto Bosch, detrás del Museo del Prado. Cambios que en parte evidenciaban su progreso económico, pero que también intentaban evitar las murmuraciones sobre la relación entre él y Carmen. Petra seguía internada, presa de una demencia provocada por años de encierro y abandono. Araceli y Carmela ya eran jóvenes adolescentes de una belleza llamativa. La primera, rubia y de mirada sugestiva, como sus hermanos, con un pelo rizado y largo que resaltaba aún más sus rasgos delicados. Carmela, morena de ojos negros, a semejanza de su madre, reñía en belleza de distinto signo pero sin desmerecer por ello su acentuado atractivo. Eran jóvenes inseparables, acostumbradas por cuna a una vida holgada en la que compartían café en el Ritz o en el Palace y tertulias con alguno de los amigos de sus hermanos.

Para éstos, especialmente para José Bello y Rafael Alberti, la presencia de Araceli y Carmela constituía un aliciente en sus visitas a la casa de los Durán. Ambos acudían con frecuencia y sabían de la situación que allí se vivía. Conocían al padre y su carácter, trataban a Carmen, a la que Alberti bautizó como «la marquesona», y comenzaron a ver a aquellas adolescentes como mujeres de poderoso atractivo. Con el tiempo Rafael, sin demasiado éxito, cortejó a Carmela. Fue una relación fallida antes de conocer a la pintora Maruja Mallo, y con años de antelación al encuentro con su pareja definitiva, María Teresa León. Bello, con mayor fortuna, pretendió a Araceli. De ella le atrajeron, como reconoció posteriormente, su hermosura y la sensatez que mostraba pese a la situación que vivía en su hogar:

 

Araceli tenía todos los ingredientes para ser una persona atormentada

pero no —relató Bello años más tarde—, no lo era. Su madre había sido

internada en un manicomio por su padre, el coronel don José Durán, de

Huesca, luego destinado en Barcelona y propietario en sociedad con unos

millonarios alemanes de un negocio de electrodomésticos que tenía su

sede en una hermosa tienda de la calle Barquillo. Lo peor es que la esposa

de aquel hombre severísimo estaba cuerda de toda cordura y fue

encerrada por la vesania de semejante monstruo… La prima medio

hermana era hija de su amante, a la que acopló en su casa en el hueco de

la pobre esposa. A Alberti y a mí nos daba pavor. Y a todo el mundo[33].

 

De aquella relación entre Bello y Araceli, breve y finalmente también fracasada, surgió una de las anécdotas más curiosas de la generación del 27, tal y como la relató en sus memorias el pintor y escenógrafo Santiago Ontañón:

 

A Pepín Bello le he oído contar lo siguiente: salía él con la hermana

de Gustavo Durán, una chica rubia llamada Araceli, y estaba Rafael

Alberti enamoriscado de una prima de ésta que se llamaba Carmela,

morena y también guapísima. Pepín Bello pidió a Rafael que le hiciera un

poema a Araceli. Fue un día, antes de comer, de aquellos en que como

tantos, Rafael le había acompañado hasta su casa de Martínez Campos.

Rafael tenía su casa no muy lejos, en el número 101 de Lagasca. No había

terminado Pepín de comer, cuando Rafael le llamó por teléfono: «Eso que

me has dicho, ya está»[34].

 

«Eso» no era sino un bellísimo soneto influido por la etapa gongorina y barroca del poeta. Se titulaba «Araceli» y lo incluyó posteriormente en su obra Cal y canto:

ARACELI

No si de arcángel triste, ya nevados

los copos, sobre ti, de sus dos velas.

Si de serios jazmines, por estelas

de ojos dulces, celestiales, resbalados.

 

No si de cisnes sobre ti cuajados,

del cristal exprimidas carabelas.

Si de luna sin habla cuando vuelas,

si de mármoles mudos, deshelados.

 

Ara del cielo, dime de qué eres,

si de pluma de arcángel y jazmines,

si de líquido mármol de alba y pluma.

 

De marfil naces y de marfil mueres,

confinada y florida de jardines

lacustres de dorada y verde espuma.

 

«Ni aunque hubiera puesto una colección de joyas ante los ojos de mi

novia hubiera quedado mejor de lo que quedé»[35], sentenció Bello jocosamente. Esta anécdota sirvió, además, para consolidar la fama de Alberti como poeta de inspiración inmediata, de una facilidad natural para componer a gran velocidad y también para mutar de un estilo a otro, de la palabra desnuda y simple de Marinero en tierra a la complejidad rítmica y semántica de Cal y canto, como este poema demuestra. Entre ambas obras, y en el transcurso de escasos meses, Alberti publicó otros dos libros: La amante, editado por Litoral, la revista de Prados y Altolaguirre, en Málaga en 1926, y El alba del alhelí, publicado por José María de Cossío en 1927. Cal y canto vería la luz en la Revista de Occidente en 1929.

Lorca también estaba informado de la relación entre Pepín Bello y Araceli Durán. Mediante carta envió a su amigo su «enhorabuena más cordial por

haberte puesto en relaciones con Araceli Durán. Es una preciosa novia»[36]. El noviazgo, sin embargo, terminó unos meses más tarde. Araceli acabó casándose el 7 de febrero de 1929, a la edad de dieciocho años, con el arquitecto Miguel Martín-Fernández de la Torre, de treinta y cuatro años y hermano de Néstor. Se trasladaron a vivir a Canarias.

Mientras tanto, en el verano de 1926 Gustavo se instaló en la casa de Néstor en Las Palmas. Se marchó a finales de julio y el 4 de agosto, antes de llegar a su destino, envió una tarjeta a Federico en Lanjarón (Granada) desde Santa Cruz de Tenerife. El motivo de la tarjeta es una representación de dos campesinos con el Teide al fondo, sobre el que Gustavo dibujó una erupción volcánica: «Queridísimo Federico: ya en Canarias pero aún no en Las Palmas, que es el puesto por mí deseado. Mañana llegaré. Hoy sólo pararé aquí unas horas. Te envío esta tarjeta para que tengas de esta nueva etapa un recuerdo

mío. Un gran abrazo de Gustavo»[37].

Lejos de ser una estancia simplemente estival, permaneció en las islas hasta bien entrado 1927. Apenas existe información de su actividad en un período tan extenso, a excepción de dos actos musicales en los que participó. El primero tuvo lugar el 26 de noviembre en el circo Cuyás, en favor de los damnificados por un reciente huracán en Cuba. Interpretó sus obras: Danse gaie, Danse joyeuse, Salinero y Seguidillas de la noche de San Juan. En el recital cantó Josefina de la Torre. El diario La Provincia comentó que se trataba de una «música sobria y sin efectismos que el público escuchó con

verdadero gusto»[38]. El segundo concierto se celebró en febrero de 1927 como homenaje a Domingo Doreste en el hotel Los Frailes de Las Palmas.

A su regreso a Madrid en la primavera de 1927 reemprendió su intensa agenda social y artística. Se reencontró con sus amistades y reanudó su presencia en las tertulias a las que era asiduo, básicamente dos: la de Óscar Esplá y la de Cipriano de Rivas Cherif. En casa de este último tomaría forma el que sería el proyecto musical más importante de su carrera, y al que se dedicaría plenamente en los siguientes meses: la composición de un ballet para Antonia Mercé, la Argentina.