Comandante Durán

Javier Juárez · Capítulo 12 de 25

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Comandante Durán

8 Jarama

8

 

Jarama

 

Jarama, para hablar de tus regiones

de esplendor y dominio, no es mi boca

suficiente, y es pálida mi mano:

allí quedan tus muertos.

 

PABLO NERUDA,

«Batalla del río Jarama»

 

El hotel Gaylord estaba ubicado en un edificio de siete plantas en la calle Alfonso XI, entre Valenzuela y Montalbán, a un paso de Cibeles y de la Puerta de Alcalá. Había sido lujoso y lo seguía siendo, posiblemente el único inmueble de la ciudad digno de tal calificativo por su rica decoración, su ubicación privilegiada y porque su cocina se nutría de exquisiteces imposibles de encontrar en otro lugar. El local había sido confiscado por las autoridades para acoger a la delegación soviética. Por ello siempre era posible encontrar comida y bebida excelentes: caviar, vodka, vino e incluso champán. El vestíbulo era más propio de un cuartel, con un trasiego constante de hombres uniformados de aspecto eslavo. En las habitaciones se hospedaban los asesores soviéticos de mayor rango, miembros de la Komintern y oficiales de alta graduación de las Brigadas Internacionales. En su bar se podía encontrar, además de una abundante variedad, a algunos de los hombres más influyentes de aquella guerra, ya fueran militares, políticos o escritores. El Gaylord se convirtió en uno de los lugares emblemáticos de aquel Madrid en armas junto con el hotel Florida, en la plaza de Callao, sede de la mayoría de los corresponsales extranjeros, el restaurante del hotel Gran Vía o el bar Chicote, en la misma avenida.

La casa de José Durán, en el número 5 de Alberto Bosch, se encontraba cerca del Gaylord. Cuando la presión sobre Madrid disminuyó a finales de noviembre, Gustavo empezó a bajar con cierta frecuencia a la ciudad a visitar a su padre. También iba al hotel que albergaba a la delegación soviética. El breve recorrido entre ambos inmuebles permitía cruzar una de las zonas más hermosas y cuidadas de Madrid, atravesando la iglesia de los Jerónimos, el Retiro o el Museo del Prado. El agradable paseo, de apenas diez minutos, representaba el tránsito entre dos mundos opuestos que convivían en permanente vigilancia, pues la delegación soviética había enclavado su cuartel general en el corazón del barrio que se suponía más profranquista de todo Madrid, el de Salamanca, el que reunía a los madrileños de la alta burguesía y el único que solían respetar los bombardeos de quienes asediaban la capital.

Gustavo salía a veces del Gaylord acompañado de amigos con los que se dirigía a la casa de Hermosilla o de Alberto Bosch para prolongar allí la velada, a costa del susto de algunos de sus moradores, atónitos ante la presencia en su portal de Rafael Alberti, André Malraux, Pablo Neruda, Herbert Matthews, Ilya Ehrenburg, Robert Capa o el propio Hemingway. En otras ocasiones cruzaba la calle Alcalá y se dirigía a la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, a escasos metros del Gaylord, donde podía liberarse con mayor libertad de la tensión de la guerra. A veces se sentaba al piano y tocaba alguna partitura. Representaba una pequeña concesión a sí mismo. Cerraba los ojos mientras sus dedos presionaban y extraían acordes casi de forma inconsciente. Su gorra de plato sobre el piano y su uniforme delataban la incongruencia de aquella escena. Los dos Durán, el del pasado y el del presente, se fundían en aquellos momentos de evasión, en esos breves instantes de renuncia a la realidad.

Al teniente coronel Vicente Rojo no le había pasado desapercibida su actuación durante la batalla de Madrid como intermediario habitual entre él y Kléber. Había apreciado igualmente su capacidad organizativa. Le había visto personalmente cuando acudía a despachar a los sótanos del Ministerio de Hacienda, y la impresión a corta distancia no hizo sino ratificar su opinión. La empatía fue recíproca. Durán admiró de él la experiencia y la seriedad de su conducta en una guerra de la que, si algo había aprendido, era la necesidad de un mando único y organizado. La regularización de las milicias en ejército se encontraba en una fase avanzada, y a finales de 1936 se proyectó la creación de nuevas brigadas mixtas con fuerzas procedentes de las antiguas columnas obreras. Rojo pensó inmediatamente en Durán para el mando de una de estas unidades. El 4 de enero de 1937 recibió en El Pardo la orden de formar una nueva fuerza, la 69.ª Brigada Mixta, de la que sería mayor jefe.

Para esta nueva brigada contaba con los supervivientes de varios batallones que habían combatido en la sierra y en los alrededores de Madrid desde los primeros días. Estos batallones eran los Leones Rojos, creado por el sindicato de dependientes de comercio; Prieto, de adscripción socialista; Asturias, integrado por mineros asturianos llegados a Madrid para participar en su defensa; Margarita Nelken, también formado en su mayoría por militantes socialistas, y Pacífico. Todas estas unidades tenían experiencia en combate, pero por ese motivo varias de ellas estaban diezmadas. Sus hombres no habían recibido instrucción militar, sino que se habían formado con la propia experiencia de la guerra. La primera labor de Durán fue crear un Estado Mayor y un cuadro de oficiales capaces de imponer la estructura organizativa de un ejército regular en aquella fuerza variopinta. Eligió para ello a hombres que le habían acompañado en el Batallón Motorizado y a alguno de los oficiales extranjeros que habían servido en las Brigadas Internacionales. Del primero reclamó al leal y competente Giménez de la Espada, nombrado jefe de información. Otro oficial, Agustín Hernández, se encargó de la organización de la unidad. De los voluntarios internacionales seleccionó a Ernst Adam Raabe, un profesor alemán, hombre de amplia formación cultural y militante contra el nazismo en su país, que se convirtió en jefe de su Estado Mayor y en su más fiel compañero durante la guerra; y también al francés Jean de Foucault, pintor y escenógrafo que acabó casándose con Carmela, a la que el propio Gustavo le había presentado.

Su cuartel general continuó en El Pardo y la unidad quedó adscrita a la 8.ª División del I Cuerpo de Ejército. La 69.ª Brigada, pronto conocida como Brigada Durán, entró en acción el 6 de enero de 1937 en Las Rozas, sin apenas tiempo siquiera para organizarse. Formaba parte de las fuerzas de contención que pretendían frenar en ese punto el avance del general Orgaz para controlar la carretera de La Coruña, junto con la XI Brigada Internacional, la Brigada de Valentín González el Campesino y la 38.ª Brigada Mixta.

La situación durante aquella jornada volvió a ser angustiosa para las fuerzas republicanas; la más peligrosa, posiblemente, desde el ataque general del 15 de noviembre. El mayor número de bajas lo sufrió el Batallón Thaelmann, al que Kléber ordenó resistir en Las Rozas a toda costa. Combatieron en inferioridad de condiciones y resistieron durante todo el día las acometidas de la infantería marroquí, que en la fase final tomó las trincheras al asalto con sus bayonetas. Según el historiador Antony Beevor

sólo sobrevivieron 35 hombres[111]. Hugh Thomas añadió que, cuando se dio órdenes al batallón de avanzar, la respuesta fue la siguiente: «Imposible. El

Batallón Thaelmann ha sido destruido»[112]. Entre el 6 y el 10 de enero las tropas franquistas prosiguieron su avance conquistando a su paso Pozuelo, Aravaca, Las Rozas y Majadahonda, lo que suponía controlar diez kilómetros de la carretera de La Coruña, entre Las Rozas y la cuesta de las Perdices.

Tras reorganizar sus defensas, el día 11 de enero Miaja y Rojo emprendieron una contraofensiva con todos los efectivos disponibles, incluida la 69.ª Brigada, cuya posición estaba ubicada a la derecha de la ocupada por la XI Brigada Internacional. Como fuerzas de reserva aguardaban las brigadas de Líster y Galán. Las primeras noticias fueron positivas para los atacantes en su intento de reconquista de Las Rozas y Majadahonda, pero la resistencia frenó una incursión más profunda. Al caer la tarde los partes de operaciones confirmaron el fracaso en ambos municipios, agravado por una niebla intensa en la que se perdieron dos compañías internacionales que pasaron dos días deambulando sin encontrar sus líneas.

El frente, con pequeñas alteraciones, quedó finalmente estabilizado el día 15, una vez confirmada la imposibilidad de progresión de ambos bandos. Como había ocurrido un mes antes, la guerra de trincheras sustituyó a los combates diarios. El ejército franquista conservó las posiciones tomadas y el tramo de diez kilómetros de la carretera. Los republicanos lograron mantener la comunicación con los milicianos al norte, salvando por otros accesos el sector dominado por el enemigo. Para el bando republicano resistir en Madrid era ganar, y así consideró el resultado de la lucha, pese a que hubiera retrocedido y expuesto la ciudad a una situación aún más comprometida. Franco, a su vez, siguió adelante con su estrategia de cerco, desplegando a continuación sus fuerzas hacia el sector que acogerá la primera batalla moderna y en campo abierto de la guerra, la del Jarama.

Poco después, Kléber fue relevado del mando en Madrid y desplazado a responsabilidades menores. Reclamó en varias ocasiones a Durán para que le acompañara, pero la petición fue denegada. A finales de ese año regresó a Moscú. Juzgado y condenado a quince años de trabajos forzados en Siberia, falleció en 1954, poco antes de recobrar la libertad. Años después se le rehabilitó públicamente. Como muchos de los soviéticos venidos a España, caso del embajador Rosenberg, del escritor Koltsov, del asesor militar Berzin o del cónsul en Barcelona, Vladimir Antonov-Ovsenko, todos ellos ejecutados a su vuelta a Moscú, Kléber sufrió el castigo indiscriminado de las purgas en la época más sanguinaria del régimen estalinista.

La tercera fase de la batalla por Madrid se libró fuera de la capital, en el valle del río Jarama. La actual autovía que enlaza Madrid con Valencia, en aquella época una carretera de similar trazado pero de dimensiones mucho más modestas, atraviesa un valle plagado de lomas erosionadas que sobresalen en el horizonte y salpican un paisaje por lo general árido, aunque fértil y verde a orillas del río. Quien cruza actualmente el valle, a escasos veinte kilómetros de Madrid, no suele reparar en la decisiva batalla que allí se libró ni en la estampa pacífica y solemne de algunos de aquellos cerros, convertidos durante las tres semanas de febrero de 1937 que duraron los combates en objetivos militares de la máxima importancia. Por el control de aquellas cotas se libraron luchas encarnizadas que acabaron con la vida de miles de combatientes. Dos de ellas simbolizan aún hoy el horror y la dureza del enfrentamiento; una es La Marañosa, la otra, El Pingarrón.

Los oficiales franquistas sabían que profundizar el avance desde el sur y aislar las comunicaciones con Levante cortando la carretera de Valencia no sería fácil. Se trataba de una amplia área bajo control gubernamental y, además, la capacidad de resistencia y organización del nuevo Ejército Popular apoyado por las Brigadas Internacionales había mejorado notablemente. Por número de efectivos, por la concentración de material bélico, por la estrategia de combate y por el número de bajas, la batalla del Jarama se convirtió en el primer enfrentamiento a gran escala de la Guerra Civil.

En los primeros días de febrero los nacionales habían concentrado una fuerza considerable: cinco columnas móviles o brigadas a las órdenes de García Escámez, Sáenz de Buruaga, Barrón, Asensio y Rada. Al frente de las tropas de campaña se encontraba de nuevo el general José Enrique Varela Iglesias, y por encima de éste coordinaba todo el operativo el general Luis Orgaz. Apoyaban a la infantería seis baterías de 155 mm, una sección de los nuevos cañones alemanes de la Legión Cóndor de 88 mm —legendarias armas probadas entonces por primera vez en combate— y aproximadamente medio centenar de tanques alemanes. El objetivo último era cruzar el río Jarama, conquistar el municipio de Arganda y, desde allí, dirigirse hacia Alcalá de Henares. De haber tenido éxito se habría casi completado el cerco sobre Madrid, ya presionado en el norte por las columnas de Mola, en el oeste desde la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria, y desde el sur, en los mismos límites de la ciudad, entre Carabanchel y Usera.

Desde el sur precisamente, en las proximidades de la carretera de Andalucía, partió el 6 de febrero el ataque en un frente estrecho de dieciséis kilómetros con la intención de ampliar su capacidad ofensiva. Frente a los nacionales se habían dispuesto cuatro agrupaciones republicanas compuestas por varias unidades españolas: la 11.ª División de Líster, los hombres de Modesto y del Campesino, así como las XI, XII y XV brigadas internacionales, sumando en total una fuerza equilibrada en número. Les respaldaban una agrupación blindada de tanques rusos T-26 al frente del general Pavlov, una batería artillera muy inferior a los cañones de 88 mm alemanes y un importante despliegue aéreo con cazas soviéticos I-15 e I-16 que se mostraron, como los tanques, determinantes en el resultado final de la batalla. Pese a la lluvia y al frío intenso, el avance franquista consiguió importantes posiciones al tomar con facilidad La Marañosa y Ciempozuelos.

La leyenda asociada a Durán dice que en la fase inicial de la batalla se dirigió al frente de sus hombres hasta las puertas del hospital psiquiátrico con la intención de rescatar a su madre. Cuando llegó comprobó que el centro estaba vacío. El personal médico se había ido y los internos, aprovechando la confusión, se habían escapado. Gustavo cruzó el patio ahora deshabitado donde una mañana, hacía ya dos años y medio, su madre le confesó su cordura. El hecho fue registrado por Rafael Alberti y recogido en su novela por Horacio Vázquez Rial. Sin embargo, en la historia del centro no consta ningún episodio de esa naturaleza. Al margen del cambio del personal médico tras la toma de Ciempozuelos por los nacionales, el único incidente de consideración fue la muerte de ocho pacientes por un bombardeo en 1938. Petra seguramente nunca abandonó su reducido mundo, desconocedora de la guerra que se libraba al otro lado del muro que conformaba su única realidad.

Al día siguiente, Barrón alcanzó el punto de unión de los ríos Jarama y Manzanares, muy próximo al puente de Arganda y a la propia carretera de Valencia en las proximidades de Vaciamadrid. El 8 de febrero, las tropas republicanas se reorganizaron y comenzó una contraofensiva que tuvo su epicentro en el fallido asalto de las tropas de Líster a La Marañosa. El día 11, tras una pausa provocada por las lluvias, tropas de regulares consiguieron atravesar el río Jarama por el estratégico puente ferroviario de Pindoque. Se deslizaron sigilosamente en mitad de la oscuridad y apuñalaron a los guardias del Batallón André Marty que lo custodiaban. La misma estratagema repitió el coronel Asensio tras conquistar San Martín de la Vega. Sus hombres cruzaron el río cogiendo por sorpresa a los centinelas y consiguió hacerse con el control del cerro Pingarrón, a 693 metros de altitud, una planicie elevada en la que el barro cubría todos los accesos, entre matorrales, encinas y olivos.

Ese mismo 12 de febrero entró en combate por primera vez la recién constituida XV Brigada Internacional, comandada por el general Gal. Se llamaba János Galicz, austrohúngaro de nacimiento aunque adoptó la nacionalidad soviética tras la Revolución de Octubre. Su jefe de Estado Mayor era el británico George Nathan, veterano de la Primera Guerra Mundial. Contaba en sus filas con combatientes de veintiséis nacionalidades distintas, entre ellos los del Batallón Saklatvala, llamado así en homenaje a un comunista indio miembro del Parlamento británico en los años veinte, aunque fue más conocido como Batallón inglés, al mando del carismático Tom Wintringham. La XV Brigada fue especialmente célebre por la inclusión en sus filas del Batallón Abraham Lincoln, cuyos primeros 550 voluntarios entraron en combate por primera vez en el Jarama. Ambas unidades, la británica y la norteamericana, sufrieron enormes pérdidas durante aquellas jornadas, inmortalizadas por los brigadistas de la Lincoln en una canción más conocida incluso que los propios avatares de la batalla. Sobre la música de una canción tradicional, «Red River Valley», improvisaron una letra que glosaba la dureza de los combates:

 

JARAMA VALLEY

 

There’s a valley in Spain called Jarama

It’s a place that we all know so well.

It was there that we gave of our manhood

Where so many of our comrades fell.

 

VALLE DEL JARAMA

Hay un valle en España llamado Jarama,

es un lugar que conocemos bien.

Fue allí donde ofrecimos nuestro valor

y donde muchos de nuestros camaradas cayeron.

 

La canción hacía justicia a la aterradora visión que por primera vez la mayoría de ellos tuvo de la guerra. El día 12 el batallón británico recibió órdenes de defender una posición duramente hostigada por las tropas franquistas desde los altos de El Pingarrón. Mantuvieron combate durante más de siete horas soportando las acometidas enemigas. Al terminar el día sólo habían sobrevivido 225 hombres de los 600 que componían el batallón. Su jefe, Tom Wintringham, resultó herido. Bautizaron aquella cota como «la colina del suicidio».

La ofensiva franquista quedó prácticamente detenida el día 17 y, desde esa jornada, la batalla se concentró entre San Martín de la Vega y El Pingarrón, punto vital para el dominio de la zona sur del valle. Parcialmente tomado por Líster y de nuevo recuperado por los hombres del comandante Mariano Gómez Zamalloa, la lucha se intensificó a partir del día 20. La artillería republicana castigó la loma durante tres días. El día 23 el general Gal inició un ataque con la XV Brigada. Fue entonces cuando la 69.ª Brigada Mixta de Durán, hasta entonces estacionada cerca de Carabaña como fuerza de reserva, se incorporó a la lucha por El Pingarrón.

Los combates por su control no tuvieron precedentes en los días anteriores. El acceso a la cima, desde donde los defensores batían con facilidad a los atacantes, les costó a éstos un gran número de bajas. Pero también entre quienes defendían la posición el fuego enemigo provocó cuantiosos daños. El comandante Zamalloa perdió a la mayor parte de sus oficiales y él mismo resultó herido. Los combates llegaron a ser cuerpo a cuerpo. El Batallón Lincoln, al frente del comandante Robert Merriman, recibió allí su bautismo de fuego. Sin apoyo artillero y bajo una lluvia de plomo, se lanzaron en un ataque casi suicida hacia las trincheras, situadas a 250 metros. En la embestida perecieron 120 voluntarios y otros 175 fueron heridos. El fracaso devino en amago de motín cuando los supervivientes amenazaron con abandonar el frente. La lucha prosiguió durante todo el día, en el transcurso del cual El Pingarrón cambió de manos tres veces, hasta ser finalmente dominado por las tropas nacionales. A sus pies, bajo el barrizal en que descansaban los viñedos y los olivares, centenares de cadáveres cubrían el terreno.

El día 27 se repitió el ataque con similar resultado y parecido desgaste de hombres. Pero esta vez sería el último. Después de tres semanas de combates, ambas fuerzas estaban diezmadas. Luego de una noche de lluvias torrenciales, el sol alumbró el valle por primera vez en muchos días. Bajo su luz el aspecto dantesco de la llanura adquiría una dimensión aún más tétrica. En cualquier dirección la devastación de la guerra había dejado una huella trágica y reconocible. La batalla acabó con un balance similar a los intentos anteriores por controlar Madrid. Ambos bandos se declararon vencedores: los franquistas porque habían profundizado sus líneas unos quince kilómetros y tomado Ciempozuelos y San Martín de la Vega; los republicanos por haber mantenido el control sobre la carretera de Valencia y porque el papel determinante de los tanques y aviones soviéticos les permitía confiar en sus posibilidades futuras.

Las trincheras y fortificaciones que se levantaron entonces para asegurar ambas posiciones trazaron un nuevo frente al sudeste de Madrid. En el campo quedaron varios miles de soldados, diez mil republicanos y unos seis mil nacionales, entre muertos y heridos. El Pingarrón representó en la historia particular de la batalla del Jarama el más cruel y devastador de los enfrentamientos que tuvieron lugar aquellos días. Vicente Rojo, al escribir sobre la batalla, afirmó que, «posiblemente, entre todos los cerros que han jalonado nuestro frente general de guerra, el de El Pingarrón, en el Jarama, es

el que puede escribir su propia historia con mayor cantidad de sangre»[113].

Las bajas en la unidad de Durán fueron también elevadas, especialmente entre sus responsables políticos. Cayó gravemente herido en El Pingarrón el comisario general de la brigada, Antonio Vicente Ramos, así como el comisario del 1.º Batallón, fallecido tras sufrir graves heridas el 23 de febrero. También Antonio Rubio, comisario del 3.º Batallón, tuvo que ser retirado del campo de batalla con lesiones de importancia. El dramatismo de los combates quedó grabado en la memoria de todos los integrantes de la 69.ª Brigada Mixta. El pintor y amigo de Durán, Vela Zanetti, escribió en Nuevo Ejército:

 

Sólo aquellos que sienten hondamente nuestra razón de luchar, sólo

aquellos que tienen fe en los valores del pueblo, podrían reconocer en los

soldados que avanzaban sobre El Pingarrón en orden perfecto y a pecho

descubierto, haciendo frente a masas de tanques y cielo de aviones, a los

mismos milicianos de que Durán se había hecho cargo en El Pardo el 4 de

enero. Solamente separados por unos días de organización, de prácticas y

de rígida disciplina militar. Allí luchó y ganó la confianza militar y el

agradecimiento del pueblo la 69.ª Brigada. Desde entonces sus soldados

son conocidos por los hombres del Pingarrón[114].

 

Sin embargo, no todos los soldados se habían comportado tal y como describe Zanetti. Algunos se habían dado la vuelta en medio del asalto, presas del miedo. Las órdenes eran severas y Durán recibió instrucciones de actuar ejemplarmente. Tres hombres pertenecientes a dos compañías distintas fueron seleccionados y fusilados tras someterles a consejo de guerra. Él personalmente asistió a la ejecución. La muerte de aquellos hombres le provocó una angustia contenida, una emoción que sabía incompatible con la disciplina. Había presenciado muchas muertes durante los meses de guerra, pero ninguna le generó un dilema moral como aquéllas. Tras los fusilamientos intentó disimular su abatimiento, pero su propio cuerpo evidenció una profunda crisis. Cuando telefoneó al puesto de mando para confirmar el cumplimiento de las órdenes, su voz no respondió. Había enmudecido.

La veracidad de este episodio fue confirmada por dos testimonios. El primero es el de Felipe Maldonado. Tras relatar el incidente, describió que «vueltas las unidades a sus posiciones y Durán al puesto de mando, pidió línea telefónica para dar parte de lo sucedido. No pudo hacerlo. La emoción le

había dejado completamente afónico»[115].

La segunda versión la ofreció el escritor André Malraux en su novela L’espoir, añadiendo un dramatismo literario que quizá exageró los hechos sin perjuicio del excelente retrato que dibujó de la escena, de la tensión del oficial y de la desesperación de las víctimas. En el relato de Malraux existen diferencias respecto a la realidad; sitúa los fusilamientos en las cercanías de Segovia en un período indeterminado, aunque próximo a los hechos, y habla de dos fusilados en lugar de tres. Pese a estas licencias, los paralelismos entre ficción y realidad resultan tan próximos como los que unen de nuevo al protagonista, Manuel, con el propio Durán:

 

En el momento que pasaba frente a la puertita que adivinaba por la luz

del corredor, se echaron sobre él y se sintió agarrado por las corvas. En la

luz plena de lluvia de las linternas eléctricas inmediatamente encendidas

por Gartner y aquellos que lo seguían, dos soldados de la brigada, de

rodillas en el fango espeso, le abrazaban las piernas. Él no les veía la cara.

—¡No pueden fusilarnos! —gritaba uno de ellos—. ¡Nosotros somos

voluntarios! ¡Hay que decirlo!

Había callado el cañón. El hombre no gritaba levantando la cara, sino

bajándola hacia el barro, y a sus gritos los envolvía el gran cuchicheo de

la lluvia. Manuel no decía nada.

—¡No pueden, no pueden! —gritaba el otro a su vez—. ¡Mi coronel! La voz era muy juvenil. Manuel no veía las caras. En torno de cada

gorra de policía contra su cadera, en la mancha confusa de las antorchas,

gotitas que parecían subir del suelo revoloteaban entre las líneas apretadas

de la lluvia. Súbitamente, como Manuel no contestaba, uno de los dos

condenados echó la cara hacia atrás para mirarlo; de rodillas, con el torso

echado también hacia atrás para ver a Manuel por encima de él, los brazos

caídos sobre ese fondo inmemorial de noche y lluvia sin edad, era uno de

los que siempre pagan. Había frotado salvajemente su cara contra las

botas llenas de barro de Manuel; su frente y sus pómulos estaban

cubiertos de barro, rodeando la mancha cadavérica de las órbitas de los

ojos, que permanecían blancas.

«Yo no soy el Consejo de Guerra», estuvo a punto de contestar

Manuel, pero le dio vergüenza esa negación. No se le ocurría nada, sentía

que sólo podía librarse del segundo condenado si le empujaba con el pie,

lo cual le parecía odioso, y permanecía inmóvil ante la mirada

enloquecida del otro que jadeaba, sobre cuya cara caían ahora ríos de

lluvia torrencial, como si toda su cara estuviera cubierta de lágrimas.

Manuel se acordaba de los de Aranjuez y de los del quinto cuerpo en

la misma lluvia, al terminar la mañana, detrás de sus pequeños cercos; su

resolución de reunir al consejo de guerra no había sido irreflexiva, pero

no sabía qué hacer, atrapado entre la hipocresía y lo repugnante: ya fusilar

es bastante sin agregar reflexiones morales.

—¡Hay que decirlo! —gritó de nuevo el que lo miraba—. ¡Hay que

decirlo!…

«¿Decir qué?», pensaba Manuel. La defensa de esos hombres estaba

en lo que nadie sabría decir jamás, en su cara empapada, en su boca

abierta, en aquello que había hecho comprender a Manuel que se

encontraba frente al rostro eterno de aquel que siempre paga. Nunca había

sentido hasta ese punto que había que elegir entre la victoria y la piedad.

Inclinado, trató de apartar al que le estrechaba la pierna: el hombre se

aferró furiosamente, la cabeza siempre baja, como si no hubiera conocido

en el mundo otra cosa que esa pierna que le impedía morir. Manuel estuvo

a punto de caer y se apoyó sobre sus hombros, sintiendo que harían falta

varios hombres para separarle. De repente el hombre dejó caer sus brazos

y miró a Manuel, de abajo a arriba: era joven, pero menos de lo que

Manuel había pensado. Estaba más allá de la resignación, como si lo

hubiera comprendido todo, no sólo ahora sino por los siglos de los siglos.

Y con la amargura indiferente de los que hablan ya desde el otro de la

vida:

—¿No te queda ya voz para nosotros?

Manuel se dio cuenta de que no había pronunciado todavía una

palabra. Dio algunos pasos y los hombres quedaron detrás de él. El olor

profundo de la lluvia sobre las hojas se sobrepuso al de la lana y el cuero

de los uniformes. Manuel no se volvió. Tras él sentía la presencia de los

dos hombres de rodillas en el barro, sus cuerpos inmóviles mientras sus

miradas le seguían [116].

 

Malraux omite en la novela la secuencia de los fusilamientos. A la mañana siguiente, describe a Manuel como un personaje taciturno y triste, convencido militarmente de la decisión tomada, pero moralmente asaltado por las dudas. Pasó revista a las tropas «pero no conseguía olvidar los rostros vueltos y cubiertos de barro». Pidió consejo al coronel Ximénès, un militar de carrera, amigo y confidente, al que Manuel respetaba. El coronel, presentado ante el lector como un militar profesional y veterano, no comunista y de sentimientos religiosos, posee evidentes similitudes con el coronel Rojo, o

con el coronel Escobar según algún autor[117]. El oficial adopta un tono paternalista hacia Manuel, acentuado por la expresión con que se dirige a él:

 

—Creo que ayer he vivido el día más importante de mi vida —dijo

Manuel.

—¿Por qué hijo mío?

Manuel le contó lo que había ocurrido. Caminaban en silencio. Desde

el principio, a Ximénès le había sorprendido el cambio de la fisonomía de

Manuel, su pelo cortado al cero, su autoridad. Del joven que había

conocido sólo subsistía la rama de pino húmedo que Manuel tenía en la

mano…

—Sabía lo que había que hacer, y lo he hecho. Estoy resuelto a servir

a mi partido y no me dejaré detener por reacciones psicológicas. No tengo

remordimientos. Se trata de otra cosa. Usted me dijo un día que es más

noble ser jefe que individuo. De la música, no hablemos más; la semana

pasada me acosté con una mujer a la que había amado en vano… durante

años; y tenía ganas de irme… No echo de menos nada de todo ello, pero

si lo abandono es por algo. No se puede mandar si no es para servir, de

otra manera… Asumo la responsabilidad de esas ejecuciones; se han

llevado a cabo para salvar a los demás, los nuestros. Pero téngalo en

cuenta: cada uno de los escalones que he subido en la dirección de una

mayor eficacia, de un mejor mando, me han separado un poco más de los

hombres. Cada día soy un poco menos humano.

—Yo no puedo decirle sino cosas que usted no puede comprender,

hijo mío. Usted quiere obrar y no perder un mínimo de fraternidad…

Todo lo que le separa de los hombres debe acercarlo a su partido.

—Acercarse al partido no vale nada si ello supone separarse de

aquellos para los que el partido trabaja[118].

 

La reflexión moral y política de Manuel y Ximénès servía tanto de descargo de conciencia como de declaración de principios. Por boca de ambos se expresaba el propio Malraux, pero sin duda se articulaba también una línea de pensamiento perfectamente atribuible a Durán, a quien el autor francés demostró conocer y entender. Su relación se remontaba a los años de París dentro de los círculos artísticos que Néstor y Durán frecuentaron. Se encontraron de nuevo en Madrid, como se ha señalado en páginas anteriores, en mayo de 1936. Gustavo, en compañía de Alberti y María Teresa León, acompañó al autor durante su estancia en la capital para expresar su apoyo al Frente Popular. Pero fue la Guerra Civil la que estrechó lazos de amistad entre ambos, unidos como combatientes del mismo ejército.

Malraux, dotado para la aventura y la acción tanto como para la literatura, se movilizó nada más conocer las primeras noticias sobre el estallido de la guerra de España. El día 21 de julio de 1936 aterrizó en Madrid. A su llegada le recibieron José Bergamín y un joven Max Aub. Es de suponer que se reunió también con Durán durante aquellos días en que visitó el frente al norte de Madrid, Barcelona y otros escenarios de lucha que luego reflejaría en su novela L’espoir. A su regreso a París el 28 de julio, reunió un grupo de aviones de combate y pilotos para ponerlos a disposición de la República. El gobierno le reconoció su esfuerzo otorgándole el grado de teniente coronel y permitiéndole, a su vez, que dirigiera personalmente la agrupación aérea, a la que bautizó como Escuadrilla España, integrada por voluntarios idealistas y mercenarios pagados por el gobierno español. Durante los primeros dos meses, Malraux y sus hombres se alojaron en el hotel Florida. Estableció numerosos contactos con militares, políticos e intelectuales españoles durante esta segunda estancia, y entre éstos Gustavo Durán destacó pronto como un amigo próximo, un hombre de inquietudes similares que, además, le permitía conocer de primera mano la evolución de la guerra.

Existían evidentes paralelismos entre ambos: su adhesión a la causa republicana, sus simpatías comunistas, su conversión de intelectuales en hombres de acción, sus gustos artísticos, la propia visión de la realidad y, seguramente, dudas comunes sobre muchos aspectos políticos. Quizá por esa semejanza, Malraux comprendió bien la personalidad y los valores de Durán, trasladados en muchos casos de modo fidedigno al personaje de Manuel en su novela. El propio Durán le relató algunos de sus episodios reales, luego convertidos en experiencias de Manuel: las primeras horas de guerra en la estación del Norte, el tren blindado, el accidente de la dinamita o el fusilamiento de los soldados. Al trasladarlos al relato, Manuel adquiría un perfil literario que era en sí mismo otro reflejo de Durán, ligeramente distorsionado por la pluma lúcida del autor, pero esencialmente él.

Malraux apenas alteró los propios datos biográficos del modelo: músico, treinta años, de gran cultura, con experiencia en la industria cinematográfica, sin formación militar. En los rasgos físicos de Manuel existe también un parecido razonable: «Rostro un tanto pesado, con unos ojos de color verde claro bajo cejas muy negras… una cabeza de marinero mediterráneo». Demostró conocerle bien incluso en sus fundamentos políticos y en las razones de su lucha. Nadie como Malraux acertó tanto en la descripción política de Durán cuando se refería a Manuel:

 

Manuel no era disciplinado ni por gusto de la obediencia ni por gusto

del mando, sino por naturaleza y sentido de la eficacia. Y era culto, a lo

cual el coronel era sensible. Que este ingeniero de sonido, excelente

músico, fuese un oficial nato asombraba al coronel, que apenas conocía a

los comunistas por otras cosas que no fueran leyendas absurdas; y no se

daba cuenta de que un militante comunista de cierta importancia, obligado

por sus funciones a una disciplina estricta y a la necesidad de convencer, a

la vez administrador, riguroso agente de ejecución y propagandista, tiene

muchas posibilidades de ser un excelente oficial[119].

 

El autor francés se trasladó con su escuadrilla a Albacete en noviembre, pero siguió disfrutando de libertad de acción. No respondía ante las Brigadas Internacionales, sino ante el responsable de la aviación republicana, el aristócrata y comunista Ignacio Hidalgo de Cisneros, quien, por cierto, nunca tuvo una impresión positiva del francés, al que consideraba un aventurero poco hábil a los mandos de un avión. El escritor no era, en efecto, un piloto diestro, y en este punto parecen coincidir todos sus biógrafos. Abandonó España en febrero de 1937 para iniciar una gira por Estados Unidos en defensa del régimen republicano. Regresó después a España y coincidió en al menos otras dos ocasiones con Durán: en el Congreso de Intelectuales que se celebró en el verano de 1937 y, meses más tarde, durante el rodaje de la película Sierra de Teruel, en una de cuyas escenas aparece brevemente un personaje que perfectamente podría ser Gustavo Durán.

Cuando Malraux terminó la novela L’espoir a finales de 1937, Durán fue una de las pocas personas que leyeron el texto antes de su publicación y, a petición del autor, corrigió algunos hechos relatados en el libro para adecuarlos mejor a la realidad. Años más tarde, en 1967, el escritor Robert Payne le pidió a Durán que aclarase si él había inspirado el personaje de Manuel. Le respondió por escrito:

Malraux me tomó como modelo para el personaje de Manuel, al

extremo de copiar algunas expresiones que yo decía en esos momentos y

reproducir gráficamente muchos de mis rasgos y peculiaridades, si bien el

personaje resultante, de un modo típicamente malrauxiano, fue una

mezcla de lo que él y yo éramos en aquel tiempo, dando más énfasis a sus

propias reacciones e ilusions lyriques [alusión al título de la primera parte

del libro] que a las mías[120].

 

La respuesta sugería un cierto distanciamiento respecto del personaje y del propio autor. Habían transcurrido treinta años y en ese tiempo las vidas de Malraux y Durán habían cambiado. Les unía un pasado que al mismo tiempo les separaba, pues si bien las raíces comunistas del autor galo no fueron obstáculo para su futuro político ligado a De Gaulle, a Durán, sin embargo, le generaron graves y constantes problemas políticos. Como señala Javier Rupérez en un exhaustivo trabajo sobre Durán como modelo literario de Malraux y Hemingway, «Gustavo Durán manifiesta un evidente deseo de

mantener una prudente distancia con el autor y su novela»[121]. Quizá a causa de esa intencionada discreción, pocos biógrafos de Malraux citan al español

en sus trabajos. Sólo Jean Lacouture y el citado Robert Payne[122] le mencionan, y de modo muy superficial. No así Oliver Todd ni Curtis

Cate[123], por señalar algunas de las biografías más completas sobre el escritor francés.

Su silencio pasó por alto la presencia de Gustavo en una de las citas decisivas de aquel año de 1937, cuando Madrid y Valencia acogieron el Congreso de Intelectuales contra el fascismo, y escritores de todo el mundo se dieron cita en las calles de Madrid mientras en sus alrededores se libraba la batalla de Brunete. Entre militares e intelectuales, únicamente él participó activamente en ambos escenarios.